Testigo y colaborador directo en los desvelos de San Alberto Hurtado, recapitula la historia vivida junto al santo.

Nunca olvidaré el retiro espiritual que, a una veintena de universitarios porteños, nos predicó el padre Hurtado en 1937. Hace pocos días, un colega radicado en Quilpué me envió la que parece única fotografía tomada a ese grupo. La imagen –algo borrosa, porque no se trata de trabajo profesional– solo permite distinguir a unos cuantos de los que estuvimos encerrados esa Semana Santa con el futuro San Alberto Hurtado: Tomás Eastman, Raúl Cereceda, Sergio Stone, Oscar Ruiz Tagle, Fernando Silva Sánchez, Fabio Vío, Jorge Barudy, entre otros. Ahí empezamos a conocer –y, por lo mismo, a no poder olvidar– al padre Hurtado. Algunos no nos volvimos a ver. Pero entre todos nació, de cierta manera, un remedo de hermandad, fruto de la extraña «paternidad común» que marcó en nosotros este jesuita de excepción. Digo «extraña» paternidad común, porque se fue acrecentando a medida que nos dábamos cuenta con quién habíamos iniciado una amistad que, por su canonización, adquiriría un sabor indisimulable de eternidad.

El Padre había vuelto a Chile poco antes del citado retiro, en 1936. Estábamos en la mitad de una de las décadas más conflictivas y trascendentales de la historia nacional y universal. Se había iniciado con la crisis mundial de los años 1929 y siguientes que influyó poderosamente en la traumática caída del Gobierno de Ibáñez. A comienzos de 1930, el Presidente había llegado a un acuerdo con todos los partidos políticos, en las Termas de Chillán, para saltarse las elecciones y designar a dedo el Congreso Nacional entero [1]. Éste, agradecido, le concedió facultades para legislar por medio de decretos [2], uno de ellos, interesantísimo, fue el n° 178, de 13 de mayo de 1931, conocido como el primer Código del Trabajo de Chile. Por coincidencia, dos días después, el 15 de mayo, apareció Quadragesimo Anno, la más famosa encíclica social de Pío XI, esperada con ansiedad por varias generaciones de chilenos. Desde Rerum Novarum, del Papa León XIII, habían transcurrido cuarenta años y era necesario orientarse en el nuevo panorama mundial: ¿Qué efectos habían producido las enseñanzas de León XIII; cómo se había generado la Primera Guerra Mundial y qué cambios mostraba el mundo después de ella, de la Revolución bolchevique (1917), el Tratado de Versalles, la OIT, la Tercera Internacional (1919)? ¿Qué problemas enfrentaba la Europa de posguerra, con el triunfo del fascismo italiano, la aparición del nazismo en Alemania, la emergencia poderosa de los Estados Unidos de América? En Chile regía una nueva Constitución, nacida de dos rebeliones militares (1924 y 1925), que imponía el presidencialismo y separaba a la Iglesia del Estado.

Por eso, Quadragesimo Anno fue devorada, primero, por las generaciones que vivieron los tiempos de la Rerum Novarum –1891– o nacieron cerca del cambio de siglo. Sacerdotes y obispos, que la habían impulsado, también anhelaban conocer la palabra del actual pontífice, que orientaba sobre su aplicación a la nueva realidad. Con ambas Cartas se configuraba en su esencia la llamada doctrina social de la Iglesia.

La generación de los nacidos en la década que envuelve el cambio de siglo (1895-1905) incluyó algunas figuras sobresalientes: Alberto Hurtado Cruchaga, Carlos Vial Espantoso, Juan Gómez Millas, Eduardo Cruz Coke, Juanita Fernández Solar, Ester Huneeus Salas, Clotario Blest, Pedro Lira, Chela Reyes, Teresita Ossandón Guzmán, Manuel Larraín, Augusto Salinas, Francisco Vives, Jorge Gómez Ugarte, Pizarro Espoz, Bartolomé Palacios, Carlos Vergara Bravo, Jaime Larraín García Moreno, y muchos otros. Con todo, sería difícil identificarlos como un grupo generacional. Se me figuran estrellas de primera magnitud en el firmamento político –sin mujeres ciudadanas–, social y cultural. A lo más podríamos pensar en la cercanía –o lejanía– de una misma constelación. Es claro que hubo gran amistad y proximidad entre algunos, como Cruz Coke y Pedro Lira, o los futuros eclesiásticos Alberto Hurtado, Manuel Larraín, Francisco Vives, Augusto Salinas y Jorge Gómez. Pero la llamada «juventud del año veinte» parece haber girado en torno a una pugna liberal-radical contra una tradición eclesial-conservadora. Jorge Gómez recuerda entre los polemistas «de la otra barricada» a Santiago Labarca, Barros Jarpa, Guillermo Labarca, Rivas Vicuña y tantos más que confrontaban a la antigua y laica Universidad de Chile, por un lado, y la joven y conservadora Universidad Católica por otro. Como fruto relativamente autónomo de ambas, cabe recordar la rivalidad entre la más antigua FECH y la ANEC [3], nacida unos quince años después.

El escenario resultó asaz diferente para un grupo nacido cerca de 1910 –tiempo del Centenario– y formado mayoritariamente en el catolicismo social que inspiraban las encíclicas Rerum Novarum de 1891 y Quadragesimo Anno, de 1931, que vino a confirmar y actualizar la primera. Era brillante, luchador y urgido por los tiempos, que apuntaban más a lo social que a lo dogmático, pero no a lo «social socialista», ni menos marxista o comunista, sino lo social entendido como manifestación irrenunciable del espíritu de comunidad que nace de la hermandad de los hijos de un mismo Padre, que enseñaba el Evangelio desde hacía dos milenios y reavivaban las dos señeras encíclicas recién citadas. Era la voz autorizada que respondía a las palpitantes circunstancias del mundo que enfrentaba la bullente juventud de los años treinta, donde descollaban Leighton, Philippi, Bowen, Frei, Palma, Garretón, Rogers, Alejandro Silva, Lorenzo de la Maza, Jaime Eyzaguirre, Rafael A. Gumucio, Paul Aldunate, Sergio Fernández Larraín, Ladislao Errázuriz, etc.

Curiosamente, Non abbiamo bisogno, una durísima crítica al fascismo de Mussolini, promulgada por Pío XI 45 días después de Quadragesimo Anno, no se conoció en Chile. Seis años después, cuando en 1937, Pío XI con coraje y estrategia visionaria, entregó a la publicidad, casi simultáneamente, sus encíclicas Mit Brennender Sorge, sobre el racismo y el nazismo y Divini Redemptoris, sobre el comunismo ateo, aconteció que ésta fue muy difundida, en cambio la otra siguió la suerte de Non abbiamo bisogno. Sin duda Stalin era un dictador más lejano que Mussolini y Hitler, estratégicamente situados en pleno Occidente cristiano. Creo que esta disparidad de informaciones influyó en la mayor facilidad con que pocos pero destacados jóvenes católicos defendieron en esa década la compatibilidad entre sus ideales religiosos y sus simpatías por los nacionalismos italiano y alemán.

Muchos que éramos estudiantes universitarios en los estremecedores años de la sangrienta Guerra Civil Española (1936-1939) y durante la Segunda Guerra Mundial (1939-1945), nos aprestábamos a colaborar en actividades religiosas, sociales, políticas y culturales con la generación de quienes ya eran nuestros profesores en la universidad. Habíamos nacido bordeando el año 1920 y podríamos llamar la generación de los años cuarenta (Juan de Dios Carmona, Gabriel Valdés, Gabriel Cuevas, Francisco Mardones, Renán Fuentealba, Magnet, Hernán Larraín, Domingo Santa María, Santiago Cáceres, Margarita Gallo, Neva Milicic, Juan Orrego, Marta Cruz Coke, Sergio Ossa, Manuel Cruz, etc. (Aylwin era socialista, entonces). Algunos, mayores o precoces, servían de pivote entre una y otra generación: los Piñera Carvallo, Lagarrigue, Tomic, Góngora, Armando Roa, Santiago Bruron, Oliva, Lecannelier, Jorge Prat, Francisco Bulnes. Cuando nuestra generación «de los cuarenta» se iniciaba en el profesorado o en las actividades profesionales, nos reemplazaba otra nueva y brillante pléyade. Habían alcanzado a ser nuestros propios alumnos en los comienzos de nuestra docencia universitaria: Juan de Dios Vial Larraín, Enrique Evans, Sergio Diez, Jaime Martínez, Hugo Montes, Darío Rojas, Rafael Eyzaguirre, Pepe Arellano, Julio Silva Solar y muchos otros. Algunos ya son maestros de varias otras generaciones. Fueron tensos y vertiginosos los cambios. Los primeros años de la década de los treinta fueron de tremenda inestabilidad chilena y mundial, agitada por la crisis económica iniciada en 1929. Todavía, bajo la Vicepresidencia de don Manuel Trucco Franzani –antes de asumir Juan Esteban Montero– sobrevino una sublevación en la Armada, dirigida por suboficiales que apresaron a sus almirantes y comandantes. En el clímax del conflicto la Fuerza Aérea debió bombardear al acorazado Almirante Latorre. Mientras la Iglesia, como contrapunto, creaba el Día de Jesucristo Rey del Universo (último domingo de octubre), la Acción Católica en nuestro país y la ciudadanía celebraban alborozadas el abrumador triunfo del ya citado don Juan Esteban Montero, intachable profesor radical y masón, pero ídolo de las mujeres de la época, católicas la mayoría. A los pocos meses, el 4 de junio de 1932, lo derrocaba una junta presidida por el general Arturo Puga e integrada por el ibañista Carlos Dávila y el Gran Maestre de la Masonería, líder de la NAP y fundador, a poco andar, del Partido Socialista, Eugenio Matte Hurtado. La Junta duró apenas doce días, pero la inestabilidad constitucional que inició, resultó harto más duradera. Varios golpes revolucionarios, algunos de opereta, se sucedieron hasta que asumió por segunda vez y en elecciones libres, don Arturo Alessandri Palma. En sus primeros cuatro años de gobierno (1932-1936), sin embargo, buscó y obtuvo el amparo de la Milicia Republicana, organización civil armada, que procuró asegurar la vigencia de la Carta de 1925, mediante una flagrante infracción de la misma.

Llegados a 1936, estalló la Guerra Civil Española. La juventud de la Acción Católica chilena, presidida primero por Martín García, y luego por Javier Lagarrigue y por quien esto escribe, junto a la ANEC, presidida por Raúl Oliva y Bernardino Piñera, eran atenazadas en los debates universitarios y políticos por una alternativa dramática: apoyar una revolución anticomunista, encabezada por un general católico (Franco), que defendía a la Iglesia española, o apoyar la constitucionalidad de la República, triunfante en manos de un socialismo fieramente anticlerical e integrante de un Frente Popular. Esta combinación la había impulsado la URSS en todo el mundo, buscando aliados –no sin razón– ante la amenaza de Hitler. El Frente Popular triunfó también en Francia el mismo año 1936 y en 1938 llegaría al poder en Chile. Los debates en nuestras universidades eran agrios y vociferantes. Para colmo, cuando al terminar la guerra española con el triunfo de Franco, se desató la Segunda Guerra Mundial, el Caudillo español se jugó por el Eje Berlín-Roma (Hitler y Mussolini). Los ataques de Hitler a la URSS y de Japón a Pearl Harbour, determinaron el ingreso de Estados Unidos y la URSS como aliados en la Segunda Guerra Mundial desde 1941. Fue lo que Churchill denominó «La Gran Alianza» en el tercer tomo de su famosa historia de ese sangriento conflicto. El 6 y 9 de agosto de 1944 el mundo se conmocionaba al conocer los horrendos efectos de las bombas atómicas que destruirían Hiroshima y Nagasaki, arrastrando a la capitulación del Japón.

Volvamos al padre Hurtado. En abril de 1941 fue nombrado asesor nacional de la Juventud Católica, lo que necesariamente estrechó mis contactos con él, pues en igual fecha yo había asumido, en reemplazo de Lagarrigue, la presidencia de esa rama. En un mundo tan revuelto, podemos preguntarnos, ¿qué opinaba el P. Hurtado? ¿Estaba con los aliados y los comunistas contra los nazis? ¿Apoyaba la causa del católico Franco contra los comunistas? ¿Pensaba que los católicos debíamos prepararnos para vivir bajo un régimen nazi, un régimen soviético, un régimen franquista, una democracia humillada como la Francia de Petain? Cuando los aliados pusieron fin a la guerra dejando caer la bomba atómica sobre Hiroshima y Nagasaki, ¿prefería el Padre Hurtado la continuación de la guerra, antes que ensayar la bomba atómica? ¿Propuso usar solo armas convencionales? ¿Qué me aconsejó sobre todo cuando asumí la presidencia de la Juventud Católica?

La respuesta es muy clara. Según el Padre, su tarea como asesor de la Acción Católica consistía en exigirnos una profunda formación religiosa, moral, social y cultural para poseer nosotros mismos criterios fundados sobre los hechos que nos acuciaban; mantenernos unidos en las cosas de fe; respetar las opiniones ajenas, pero jamás enredar a la Acción Católica en los debates que debían legítimamente sostenerse en otros ámbitos, principalmente en las universidades, el parlamento, los centros políticos y los medios de comunicación, pero bajo la responsabilidad privada y prudente de cada cual. La Acción Católica y sus órganos debían proporcionar información y formación, confiable y documentada, pero no debían abandonar jamás su función de brazo laico del apostolado jerárquico de la Iglesia. «Si nosotros nos abanderamos en un mundo enloquecido por la guerra y plagado de consignas y noticias falsas, parciales o inciertas, ¿quiénes van a ocuparse de las cosas del Reino de Dios, de la Trinidad Santa en las almas de los hombres, del Congreso Eucarístico, las Semanas Sociales u otras actividades de su irrenunciable incumbencia?», nos decía y repetía el Padre. Por si quedara alguna duda, una y otra vez formulaba la candente pregunta, que respondía mejor que cien lecciones a todas esas inquietudes: ¿Qué haría Cristo en tu lugar? ¿Qué haría Cristo si ocupara hoy tu cargo de presidente de la juventud católica o el mío de asesor? El sentido de la vida que trasuntaba en todos sus dichos y sus quehaceres el santo Capellán, nos fue conquistando desde aquel retiro de 1937. Por eso, cuando a comienzos de septiembre de 1939, supimos que había estallado la Guerra Mundial y un «aneccista» –Fernando Jiménez– tuvo la idea de iniciar una cruzada de oración hasta que hubiera paz, adherimos con entusiasmo. En mi cargo de secretario general de la ANEC asumí la compleja tarea de organizar los turnos de oración día y noche ante el Santísimo, expuesto en la capilla de la ANEC. No pudimos seguir en ello por cinco años, pero sí oramos durante 1.440 horas continuas, por turnos, día y noche. Dos inolvidables meses seguidos eran un significativo y unitario testimonio de fe.

Entonces y en los años siguientes meditamos, oímos y conversamos mucho y con muchos, sobre los males, dolores, esperanzas y opciones del mundo que enfrentábamos. Profesores, viajeros y expertos nos ilustraban. Pero la orientación constante del P. Hurtado iluminaba todas las preguntas y todas las respuestas: ¿Qué haría Cristo en mi lugar? Como consecuencia, buscábamos la mejor información posible, pero pensando no tanto en qué opinaríamos nosotros, sino en qué opinaría Cristo en nuestro lugar. La urgencia consistía en poseer criterios claros para mirar y pensar el mundo con los ojos y el corazón de Cristo; no con las consignas, odios, pasiones y desinformaciones que dominaban los medios de comunicación y los foros en esos tremendos días. Así trabajamos ayudando al padre Hurtado en la celebración del Octavo Congreso Eucarístico Nacional, de 1941, año que conmemoraba el cuarto centenario de la fundación de Santiago. Presentes el Cardenal Legado Pontificio Monseñor Copello, nuestro venerado Arzobispo José María Caro –sería Cardenal desde 1946– y prelados de Argentina, Brasil, Uruguay, Paraguay, Bolivia, Ecuador, Colombia, Venezuela, Cuba, México, Costa Rica, España y Estados Unidos, el torneo no podía ser más solemne. Orábamos todos juntos, ante la enorme Cruz levantada en plena Plaza Bulnes, el corazón de Santiago, frente al Palacio de la Moneda, donde agonizaba un tolerante Presidente de la República, don Pedro Aguirre Cerda, elegido por el temible Frente Popular. Hubo asambleas de todas las ramas de la Acción Católica. Las jóvenes –la rama más antigua de la Acción Católica– llenaron el Teatro Caupolicán, 10.000 socias con sus «boinas blancas», lideradas por Martita Cruz Coke. Los jóvenes, que también lo colmarían en 1943, se reunieron en el Teatro Municipal. El acto lo describe así Monseñor Salinas en su excelente biografía del Cardenal Caro [4]: «Los jóvenes católicos se congregaron en el Teatro Municipal, a las 15 horas, presididos por un grupo de obispos entre los cuales (estaban) Monseñor Alfredo Silva Santiago y Monseñor Manuel Larraín. Después de entonar la Canción Nacional, hicieron uso de la palabra, el Presidente de la Asociación Nacional de Estudiantes Católicos, don Domingo Santa María Santa Cruz; el señor Efraín Martínez y don José Luis Larraín, Presidente éste de los Jóvenes Católicos de Temuco, y don William Thayer, Presidente Nacional de la Asociación de Jóvenes Católicos, y los sacerdotes Joao de Barros Uchoa, del Brasil, y el Asesor Nacional, R. P. Alberto Hurtado Cruchaga». Para ilustrar el entusiasmo que despertó la celebración de este grandioso homenaje a la Eucaristía en pleno Frente Popular, el mismo libro citado recuerda que demoró tres horas y media el desfile final frente al palco del Legado Pontificio.

Cuando mi padre enfermó gravemente –había de morir el 16 de marzo de 1942– llegaron a visitarme el Asesor Nacional de la Acción Católica y el padre Hurtado, Asesor de los Jóvenes. No querían que dejara la presidencia de esa rama, sin embargo debí hacerlo ante mi situación familiar. Desde esa forzosa renuncia hasta 1947 mantuvimos un contacto suficiente, pero no frecuente con el Padre. Asuntos personales y mi ingreso a la administración pública, como oficial jurídico de las Comisiones Mixtas de Sueldos [5] me lo dificultaban. Como advertencia y recuerdo, quiso la Divina Providencia que mi jefe en la administración pública se llamara Alberto Hurtado C., radical, masón y muy correcto [6]. En ese lapso –1942-1947–, no obstante, el Padre me habló de sus planes para establecer un «Hogar de Cristo»: El pobre es Cristo, y los católicos no le ofrecemos un hogar donde pueda dormir o reponerse. El Ejército de Salvación nos da una lección. Conversamos varias veces sobre la vocación sacerdotal y el apostolado laico, concordando en que, laico o eclesiástico, había una vocación inamovible para todo hombre: la santidad. «Sed perfectos como el Padre Celestial es perfecto». «De ese llamado no se escapa nadie», decía. También me habló sobre la necesidad de una revista llamada a difundir los valores y principios culturales y sociales que enseña la Iglesia. La concebía muy abierta a las reflexiones que la realidad contemporánea exigía a los intelectuales de inspiración cristiana y me invitó a colaborar en ella [7]. En tal sentido, había dos notas, criterios o virtudes que no podían faltar en ninguna agrupación humana. La primera, el espíritu de pobreza: no tener apego a las cosas materiales. Si nos llegan; más aún, si las ganamos con nuestro esfuerzo, creatividad, empeño, bienvenidas. Pero Dios nos da uno, cinco o diez talentos para ser mejores: pagar lo que debemos; ser justos y generosos con quienes nos colaboran; para invertir en lo que necesita satisfacer la sociedad en que vivimos. No para «enterrarlos» en una vida disipada o vana. La otra virtud es el espíritu de comunidad. Saberse real y amablemente partícipes de una misma tarea con los miembros de las comunidades que integramos (familia, vecindad, sindicato, empresa, grupo de amigos, país, mundo).

A comienzos de 1948, de vuelta el Padre de su reunión con S.S. Pío XII, a quien le planteó sus planes apostólicos en el campo sindical, fui a visitarlo. Sorpresivamente me pidió lo acompañara a una entrevista con Luis Hernández Parker, entonces el más conocido comentarista de la actualidad política y social. Así fue que apareció en portada de la revista Ercilla una foto del Padre, con la leyenda: Quiere una CTCH católica, especie de desafío a la recién dividida CTCH. En efecto, por esos días el asunto sindical no podía estar más tenso. A fines del gobierno de Ríos, 1946, se había producido el quiebre de la CTC entre la fracción socialista, que comandaba Bernardo lbáñez, y la comunista, liderada por Bernardo Araya. La primera tenía su fuerza en transportes públicos, cobre, ferrocarriles, textiles, industrias químicas y otros grupos dispersos. La segunda la integraban de preferencia mineros del carbón, del salitre, de la construcción, portuarios, panaderos y diversas industrias [8]. A esta división se agregó, el violento rompimiento del Presidente González Videla con los comunistas, que habían apoyado su elección en 1946, e impulsaron la dramática huelga del Carbón, en 1947. Desde esa crisis empezó a gestarse la llamada Ley de Defensa Permanente de la Democracia, que, junto con destruir al Partido Comunista, desmanteló también el sindicalismo obrero, controlado abrumadoramente por aquél. Así, el tema más candente en el campo sindical era el de la unidad sindical y la constitución de un organismo único de los trabajadores que, por lo demás, era la manera como los comunistas buscaban eludir la persecución y, por otro lado, continuar alentando las consignas de la URSS, erigida entonces como la superpotencia capaz de hacer frente a los Estados Unidos.

El padre Hurtado vio muy claro que no había otro camino que la libertad sindical para llevar el Evangelio de Cristo a los obreros y hacer de ellos mismos protagonistas de su liberación. Ese era el sindicalismo auténtico, «realista», que explica en su obra sobre el asunto [9]. Por lo mismo, el rótulo que le puso Hernández Parker era conflictivo, pero ajustado a la realidad si por Central Sindical se entendía un organismo como el ACLI, de Italia, que fue el ejemplo que el mismo Padre le propuso a Pío XII ( organismo para-sindical y no central de sindicatos). Algunos le reclamaron al Cardenal Caro por esta entrevista, pero éste, que quería mucho al padre Hurtado, aceptó sin problemas sus explicaciones.

Sin embargo, el asunto iba más allá. La mitad del Episcopado, la mitad la Falange y la JOC entera, coincidían con los comunistas en el sindicato único y la central única. Esta parecía el organismo «ideal», que se concretaría a comienzos de 1953, ya fallecido el padre Hurtado. La mayoría de las directivas sindicales cristianas y la unanimidad de las marxistas apoyaban la creación de un organismo único de los asalariados por estimar que la «unidad de los trabajadores era indispensable ante la empresa, que era una, y ante el empresariado fuerte y unido. Nunca entendieron la diferencia entre unidad, que es virtud, porque es libre, y unicidad, que es vicio, porque impide la libertad [10]. Pero el padre Hurtado veía más lejos y se jugó por la libertad sindical, considerándola un derecho inviolable, sin perjuicio de buscar la unidad en un régimen de libertad. El mismo año 1950 en que publicó su libro sobre Sindicalismo, el Padre me invitó a tomar té, con tostadas, mermelada y dulces chilenos, a la Dulcería del Hogar de Cristo (Alonso Ovalle, frente a la Residencia de los Jesuitas, en los bajos de la ASICH). Lo acompañaba Ramón Venegas. En pocos minutos, me explicó su convicción: No tendría destino el mensaje social de Cristo en el mundo sindical chileno, si no nos abríamos ampliamente a la libertad sindical, que recién en esos años había aprobado la OIT (CIT 87 de 1948 y CIT 98, de 1949) [11]. Al término de su breve explicación me dijo una sola frase, que condicionó el resto de mi vida: «Tienes que preparar un Código del Trabajo fundado en la libertad sindical». Miró a su gran colaborador, Ramón Venegas, presidente de la ASICH; éste sacó su chequera y me entregó una cantidad profesionalmente razonable, justa y, diría, generosa, puesto que era anticipo por un trabajo futuro de difícil realización. Debo confesar que, entre 1950 y 2006, creo haber hecho algo en ese sentido, pero el mandato está inconcluso. Y lo estará siempre, porque la libertad de asociación estará inacabada, mientras no solo el mundo sindical y el empresarial, sino la sociedad entera no asimilen la profundidad y estrecha vinculación de los pilares en que se sustenta: 1. La naturaleza social de la persona humana –creada para no estar sola sino vivir en comunidad; 2. El sentido de su vida: « Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida», y 3. El misterio de amor que envuelven otras dos sentencias inseparables: «La Verdad os hará libres», «Ama y haz lo que quieras». Por eso, cuando el padre Hurtado me pidió preparar un Código del Trabajo fundado en la libertad sindical [12], me estaba encargando una tarea para toda la vida... la mía y la de los que creyeren en la libertad propia del hombre: una creatura hecha para vivir asociada. El primer borrador que preparé, junto a los abogados de la ASICH, lo alcanzó a ver el Padre. El segundo lo aprobó la ASICH, ya muerto su fundador, en 1954 y está agregado como anexo en el libro sobre el tema, publicado en el 2000 [13].

En 1951 falleció mi madre. El Padre Hurtado se empeñó en que fuera a Europa al Congreso Mundial de Apostolado Seglar que había convocado el Papa Pío XII. Yo era entonces Director del Secretariado Interamericano de la Acción Católica, lo que justificaba mi viaje, pero el Padre, con su incomparable bondad, estaba preocupado por mi estado de ánimo ante el fallecimiento de mi mamá. ¡Bien sabía de eso él mismo! Adicionalmente, me pidió que observara cómo eran y cómo podrían aplicarse en Chile las experiencias de grupos o comunidades cristianas que florecían en Europa, de las más diversas maneras. Hasta me consiguió unos pesos para el pasaje. Algo de esto relato en otra obra, por lo que vuelvo aquí al cauce central de estas reflexiones [14].

Debo confesar que el 18 de agosto de 1952, cuando falleció el P. Hurtado, una de mis reflexiones fue que no me faltaba nada por consultarle. En nuestras innumerables conversaciones, me respondió a todo cuanto me inquietaba y era propio de él aconsejarme. Además, me enseñó a no preguntar «leseras», cosas que yo debía conocer y decidir por mí mismo. Esa era mi responsabilidad y él no iba a avasallarla o suplirla. Así recibí del Padre todo lo que en esta vida necesitaba como orientación. Hoy sigo acudiendo al padre Hurtado en la oración; y le pido su ayuda para ser fiel a lo que nos enseñó. Pero, igual que el día de su muerte, en esa inolvidable misa en la Iglesia de San Ignacio, sigo agradeciendo al Señor no tener preguntas que hacerle al padre Hurtado. Solo pedirle una y otra vez que interceda por mí. El Padre no fue un diccionario o un recetario doméstico o profesional, sino un santo, que no solo nos predicó, sino nos mostró que en la santidad está la raíz de toda sabiduría. Las conversaciones en su pieza del colegio de San Ignacio no eran desmedidas. Nos recibía con una sonrisa de satisfacción, reflejo del agrado que le causaba el prójimo, por deslavado, majadero o limitado que pudiera ser. Empezaba cariñosa y humildemente el diálogo: –Patroncito: cómo está la patrona (mi madre); a ver qué te ocurre, qué necesitas. Y se enhebraba la conversación. Pero cuando el objeto propio de esa reunión había acabado, y llegaba el momento de atender a otro, que hacía antesala, me decía con igual afecto: –¡Ya! Ahora, mándate cambiar. Cariños a la patrona... etc. Nos evidenciaba delicadamente que su tiempo era nuestro, pero no indefinida o inútilmente nuestro. El tiempo es oportunidad de servicio y no se puede desperdiciar.

Doce años después de su fallecimiento, en 1964, como ministro de Estado, con el apoyo de la OIT y un grupo de colaboradores, propuse al Presidente Frei Montalva un proyecto completo de libertad sindical, en la misma línea que había intentado Jorge Rogers sin éxito, poco antes. El Presidente lo aprobó de inmediato y el proyecto ingresó a la Cámara de Diputados el 17 de febrero de 1965 [15]. Ahí durmió, para nunca despertar. No había madurado en Chile la conciencia cívica sobre las exigencias de una sociedad libre. Solo pasados otros trece años –¡y qué años, desde 1965 a 1978!– siendo ministro del Trabajo Vasco Costa, se dictó el decreto ley 2376 que, complementando lo que había establecido el D.L. 2.200 (15 de junio del mismo 1978), puso término a las diferencias sindicales entre obreros y empleados. Con ello, desaparecieron los sindicatos industriales, que solo podían afiliar obreros, y nacieron los sindicatos de trabajadores de empresa, con plena libertad de afiliación y desafiliación, sin distinción entre empleados y obreros. Un año más tarde, en julio de 1979, bajo el ministerio del Trabajo de José Piñera, se promulgaron los decretos leyes 2756 y 2758, que jurídicamente establecieron la libertad sindical en nuestro Código del Trabajo, para sindicatos, federaciones y confederaciones. Personalmente, me correspondió prestarle mi cooperación ciudadana, como amigo personal, al Ministro. Su aporte fue trascendente, pero como estábamos todavía dentro de un ecosistema político restrictivo y militar, la reforma no se notó. Más aún, fue ácidamente criticada porque desarmaba el sistema sindical fundado en los sindicatos únicos de obreros y había desconfianza en extensos sectores laborales respecto de toda reforma propuesta por un Gobierno que mantenía congeladas las elecciones sindicales y la negociación colectiva. Además, una fuerte minoría política –hablamos de 1978 o 1979– quería simplemente derrocarlo. El Gobierno del Presidente Pinochet culminó el proceso de reformas laborales, con la entrega del Código de 1987 (ley 18.620 de 6 de julio de ese año), simple recopilación de la normativa que eliminó las diferencias entre empleados y obreros y echado las bases de un sindicalismo libre. En ello trabajó una comisión técnica, que presidí y entre cuyos integrantes recuerdo a Ximena Gutiérrez, Alfredo Bowen, Rubén Mera, Patricio Novoa, Sergio Reiss y Luis Giachino. Restablecida la plenitud democrática, ya bajo el Gobierno del Presidente Aylwin, las leyes 19.010 (terminación de contrato de trabajo), 19.049 (centrales sindicales), 19.069 (sindicatos y negociación colectiva) y 19.250, sobre las restantes disposiciones del Código, modificaron y perfeccionaron la ley 18.620 (Código de 1987). Por mi parte, en la condición de senador, miembro y luego presidente de la Comisión de Trabajo y Previsión de la Cámara Alta, y más tarde como simple ciudadano, abogado y profesor universitario, cooperé, con variada suerte, pero intensa actividad, bajo las presidencias de los señores Aylwin (1990-1994) y Frei Ruiz Tagle ( 1994-2000) y, en alguna medida, lo continué haciendo informalmente bajo el gobierno del señor Ricardo Lagos (2000-2006), que le dio su estructura actual al Código del Trabajo, en el DFL nº 1 de 31 de julio de 2002, publicado en el Diario Oficial de 16 de enero de 2003, texto refundido, sistematizado y vigente. Este cuerpo de disposiciones debe relacionarse especialmente con los Convenios de la OIT ratificados por Chile y que se encuentran vigentes –como es el caso, entre otros, de los CIT 87 y 98, sobre libertad sindical, negociación colectiva y otros temas conexos, pues así lo dispone el art.5°, inciso 2° de la Constitución política en vigor.

Con todo, el objetivo actual del sindicalismo chileno no es establecer la libertad sindical –que ya existe– sino siempre perfeccionar, pero sobre todo asegurar el cumplimiento leal de la normativa vigente en Chile. Hay un incontrovertible consenso conceptual e incluso literal, consagrado en el Código del Trabajo, los tratados vigentes y las Garantías Constitucionales. Pero en lo más íntimo de la conciencia subsisten confusiones y la voluntad de cumplir es vacilante.

El padre Hurtado cumplió su parte y trazó la ruta en los cuatro años que mediaron desde su regreso a Chile, con la aprobación pontificia para su tarea apostólica (1948) y prematura muerte. Falta la parte nuestra en esa tarea. Falta construir y asentar una nueva cultura laboral, que integre en la mente, el corazón, la conciencia moral y los hábitos de los chilenos y de los centenares de millones que viven en el Occidente de raíz cristiana, el complejo de facultades, deberes, quereres y autonomías que caracterizan una sociedad libre. En nuestro caso, Chile, la decisión de vivir en libertad es firme, pero aún no sabemos bien cómo hacerlo. Tampoco es asunto resuelto en Occidente y en el resto del planeta. Es necesario integrar fluidamente en nuestros hábitos las exigencias morales, educacionales y conductuales que deben cumplirse para armonizar la paz, la amistad cívica y el progreso en una sociedad libre. «Aunque Cristo nos dijo: Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida», el Occidente de raíz cristiana –que lo sabe y repite– actúa como si no supiera para qué nos ha sido dada la vida.

Por eso, también, cuando medito sobre el mandato que me confió hace 56 años (en 1950) el padre Hurtado, creo que, en esencia, está cumplido, como tarea legislativa. Pero en cuanto hacer de la convivencia en libertad una forma de cultura evangelizada en nuestros corazones, nuestra mente y nuestra conducta, la tarea está pendiente. Al menos inconclusa. Completarla no es asunto de un líder, de un grupo, de pocos o de muchos. Es de todos. En Chile, naturalmente, de cuantos vivimos en él, pero, especialmente, de aquellos que alguna vez en la vida, al menos, pensamos que el padre Hurtado nos señaló un camino que no debemos extraviar y nos legó un tesoro de amor y solidaridad que no podemos dilapidar.


Notas

[1] Se llamó por eso Congreso termal.
[2] Se llaman decretos con fuerza de ley.
[3] FECH: Federación de Estudiantes de Chile; ANEC: Asociación Nacional de Estudiantes Católicos.
[4] «Un Pastor Santo». Ed. Andrés Bello m 1981, p. 209.
[5] Tribunales especiales del Trabajo, creadas por la ley 7295 que favorecía a los empleados particulares.
[6] Una vez más agradezco a otro Alberto Hurtado, un católico a carta cabal, que hizo posible la extensa investigación que dirigí, titulada « El padre Hurtado y su lucha por la libertad sindical « (Andrés Bello, 2000; 506 págs.).
[7] V. Mensaje; n° 1 octubre de 1951, págs.23-28.
[8] Medina, Andrés, p.99, citando a Angell.
[9] Sindicalismo: Historia- Teoría Práctica. Editorial del Pacífico, 1950.
[10] V. Thayer: El Padre Hurtado..., pág. 193, n° 18.
[11] CIT: Convenio Internacional del Trabajo.
[12] Thayer; ob.cit. pag.157.
[13] Ob. cit, págs. 451-473.
[14] Ni político, ni comunista. Sacerdote, sabio y santo. Olmué Ediciones, octubre de 2004.
[15] Thayer, ob. cit, págs. 473-485.

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