La primera lectura, de la Carta a los Romanos (7,18-24), nos habla de la constante lucha interior del Apóstol de las gentes entre el deseo de hacer el bien y el hecho de no ser capaz de lograrlo, una auténtica guerra que está dentro de él.

Alguno podría preguntarse si, haciendo el mal que no quiere, San Pablo estaría en el infierno, o sería un derrotado. Sin embargo, es un santo, porque también los santos sienten esa guerra dentro de sí. Es una ley para todos, una guerra de todos los días. Es una lucha entre el bien y el mal; pero no un bien abstracto y un mal abstracto: entre el bien que nos inspira el Espíritu Santo y el mal que nos inspira el mal espíritu. Es una lucha. Y una lucha de todos. Si alguno dijese: “Pues yo no siento eso, soy un bendito, vivo tranquilo, en paz, no siento…”, yo le diría: “Tú no eres un bendito: tú eres un anestesiado, que no sabe lo que le pasa”.

En esa lucha diaria, hoy vencemos en una, mañana habrá otra y pasado mañana otra más, hasta el final. Pienso en los mártires, que tuvieron que luchar hasta el final para mantener la fe. Y en los santos, como Teresita del Niño Jesús, para quien la lucha más dura fue el momento final, en el lecho de muerte, porque sentía que el mal espíritu quería arrebatársela al Señor. Hay momentos extraordinarios de lucha, pero también momentos ordinarios, de todos los días. En el Evangelio de Lucas (12,54-59), Jesús dice a la gente, y de paso a todos nosotros: «Sabéis interpretar el aspecto de la tierra y del cielo, pues ¿cómo no sabéis interpretar el tiempo presente?». Tantas veces los cristianos estamos ocupados en muchas cosas, incluso buenas; pero ¿qué pasa por dentro de ti? ¿Quién te inspira eso? ¿Cuál es tu tendencia espiritual, en eso? ¿Quién te lleva a hacer eso? La vida nuestra habitualmente es como una vida de la calle: cuando vamos por la calle, solo miramos las cosas que nos interesan; las otras, ni las miramos.

La lucha es siempre entre la gracia y el pecado, entre el Señor que quiere salvarnos y sacarnos de esa tentación y el mal espíritu que siempre nos tira para abajo, para vencernos. Deberíamos preguntarnos si cada uno de nosotros es una persona de la calle, que va y viene sin darse cuenta de lo que pasa, o si nuestras decisiones vienen del Señor o las dicta nuestro egoísmo, o el diablo. Es importante saber qué pasa dentro de nosotros. Es importante vivir un poco dentro, y no dejar que nuestra alma sea una calle por donde pasan todos. “¿Y eso cómo se hace, Padre?”. Antes de acabar la jornada, toma dos o tres minutos: ¿qué ha pasado hoy de importante dentro de mí? “Oh, sí, he tenido un poco de odio y he criticado; he hecho aquella obra de caridad…”. ¿Quién te ha ayudado a hacer esas cosas, tanto las malas como las buenas? Hacernos esas preguntas para saber lo que pasa dentro de nosotros. A veces, con esa alma chismosa que todos tenemos, sabemos lo que pasa en el barrio, lo que pasa en la casa de los vecinos, pero no sabemos lo que pasa dentro de nosotros. 


Fuente: Almudi.org

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