Una frase de este pasaje (Jn 6,1-15) nos hace pensar: «Lo decía para probarlo, pues bien sabía él lo que iba a hacer». Es lo que tenía en mente Jesús cuando dijo: «¿Con qué compraremos panes para que coman éstos?». Pero lo decía para ponerlo a prueba. Él lo sabía. Aquí se ve la actitud de Jesús con los apóstoles. Continuamente los ponía a prueba para enseñarles y, cuando la situación les superaba y no sabían qué hacer, se detenía y les enseñaba.

El Evangelio está lleno de estos gestos de Jesús para hacer crecer a sus discípulos en ser pastores del pueblo de Dios, en este caso obispos. Y una de las cosas que a Jesús más le gustaba era estar con la gente, pues también es un símbolo de la universalidad de la redención. Y una de las cosas que menos le gustaba a los apóstoles era la gente porque a ellos les gustaba estar cerca del Señor, escuchar al Señor, oír todo lo que Él decía. Hoy fueron allí a pasar un día de descanso –lo dicen las otras versiones de los Evangelios, porque los cuatro lo cuentan, ya que hubo dos multiplicaciones de panes–; venían de una misión y el Señor dijo: “Vayamos a descansar un poco”. Y fueron. Pero la gente supo adónde iban por mar, dieron un rodeo y les esperaron allí. Y los discípulos no estaban contentos porque la gente les había arruinado la excursión, no podían descansar con el Señor. A pesar de eso, Jesús empieza a enseñar, y ellos escuchan, luego hablan entre sí y pasaban las horas, las horas, las horas: ¡Jesús hablaba y la gente feliz! Pero ellos decían: “Nos han arruinado la fiesta y el descanso”.

El Señor buscaba la cercanía de la gente y procuraba formar el corazón de los pastores en la cercanía al pueblo de Dios, para servirlo. Pero ellos –se comprende– habían sido elegidos y se sentían como un círculo predilecto, una clase privilegiada, “una aristocracia”, digamos así, cerca del Señor, y por eso muchas veces el Señor hacía gestos para corregirlos. Por ejemplo, pensemos en los niños. Ellos protegían al Señor: “No, no, no, no acerquéis a los niños que molestan, incomodan… No, los niños con sus padres”. ¿Y Jesús? “Que vengan los niños”. Ellos no entendían. Luego lo comprendieron. También pienso de camino a Jericó, aquel otro que gritaba: “Jesús, hijo de David, ten piedad de mí”. Y ellos: “Cállate, que pasa el Señor, no lo molestes”. Y Jesús dice: “¿Quién es ese? Llamadlo”. Otra vez el Señor. Y así les iba enseñando la cercanía al pueblo de Dios.

¡Es verdad que el pueblo de Dios cansa al pastor, agota!: cuando hay un buen pastor se multiplican las cosas, porque la gente va siempre al buen pastor por un motivo o por otro. Un gran párroco de barrio sencillo y humilde, que tenía su casa junto a la parroquia, y la gente llamaba a la puerta o a la ventana a cualquier hora, una vez me dijo: “Me dan ganas de tapiar la puerta y la ventana para que me dejen descansar…”. Pero sabía que era pastor y debía estar con la gente. Así forma Jesús, enseña a los discípulos, a los apóstoles, esa actitud pastoral que es la cercanía al pueblo de Dios.

Y el pueblo de Dio cansa porque siempre nos pide cosas concretas, siempre te pide algo concreto, quizá se equivoca, pero te pide cosas concretas. Y el pastor debe cuidar esas cosas. La versión de los otros evangelistas cuando dicen a Jesús que han pasado las horas y la gente debería irse porque empieza a oscurecer, dice: “Despide a la gente para que vayan a comprarse de comer”, justo en el momento de oscuridad, cuando empezaba la noche… Pero, ¿qué tenían en la cabeza? Quizá tener un poco de fiesta entre ellos, ese egoísmo no malo –se entiende– de estar con el pastor, de estar con Jesús que es el gran pastor. Y Jesús responde, para ponerlos a prueba: “Dadles vosotros de comer”. Y eso es lo que Jesús dice hoy a todos los pastores: “Dadles vosotros de comer”. “¿Están angustiados? Dadles vosotros consuelo. ¿Están perdidos? Dadles vosotros una vía de salida. ¿Están equivocados? Dadles vosotros la solución a los problemas. Dadles vosotros…”. Y el pobre apóstol siente que debe dar y dar y dar, pero ¿de quién recibe? Jesús nos lo enseña: del mismo que recibía Jesús. Después de esto, despide a los apóstoles y va a rezar al Padre, a la oración. Esta doble cercanía del pastor es lo que Jesús intenta ayudar a entender a los apóstoles, para que sean grandes pastores.

Pero muchas veces la gente se equivoca y aquí se equivocó. «La gente entonces, al ver el signo que había hecho, decía: “este es verdaderamente el Profeta que va a venir al mundo”. Jesús, sabiendo que iban a llevárselo para proclamarlo rey, se retiró otra vez a la montaña él solo». Quizá –no lo dice el Evangelio– alguno de los apóstoles le dijera: “Pero Señor, aprovechemos esto y tomemos el poder”. Otra tentación. Y Jesús les hace ver que ese no es el camino. El poder del pastor es el servicio, no tiene otro poder, y cuando se equivoca con otro poder se arruina la vocación y acaban –no sé– como gestores de empresas pastorales, pero no como pastores. La estructura no hace la pastoral: el corazón del pastor es el que hace la pastoral. Y el corazón del pastor es el que Jesús nos enseña ahora.

Pidamos hoy a Dios por los pastores de la Iglesia, para que el Señor les hable siempre, porque los quiere mucho: nos hable siempre, nos diga cómo son las cosas, nos explique, y sobre todo nos enseñe, a no tener miedo del pueblo de Dios, a no tener miedo de estar cerca.


Fuente: Almudi.org

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