«El Tercer Concilio de Toledo, del año 589, es un acontecimiento histórico, eclesiástico y europeo de primer orden. La España de aquel tiempo estaba dividida internamente en un doble sentido. Al enfrentamiento étnico entre la población románica y la germánica, se sumaba la correspondiente oposición religiosa entre las versiones católica y arriana del cristianismo. Las contraposiciones de la sangre sólo podían ser salvadas por la unidad del espíritu; ambos pueblos podían crecer y, por la senda de la unidad en la fe, caminar juntos... El Concilio de Toledo vino a sellar solemnemente el paso del pueblo visigodo a la religión católica... El Concilio de Toledo ha creado futuro; ha construido Europa, produciendo unidad a partir de la fuerza del espíritu. En el concilio de Toledo buscamos ‘y encontramos’ modelos de unidad, algo que pueda reunir a unos y otros y abrir caminos por donde avanzar». Joseph Cardenal Ratzinger

Era un 8 de mayo, en 589, en la ciudad de Toledo; se vivía aquel día en la Urbs regia, seguramente sin percatarse de ello, «una de las fechas más simbólicas de nuestra historia» [1]. La Iglesia de Santa María abría sus puertas para iniciar la celebración del Tercer Concilio Toledano, convocado y presidido por San Leandro de Sevilla, acompañado por el Obispo de Mérida, Massona, así como por el Rey Recaredo. Con él comenzaba una trayectoria histórica de unidad que, aún con sus dificultades y momentos críticos en el tiempo, no ha visto interrumpida España hasta nuestros días.

Aparte de la importante significación y consecuencias religiosas y humanas de este hecho, es decir, «aparte de los motivos religiosos, aparecía el gran proyecto político de crear una monarquía hispana que duraría poco más de un siglo, pero que permanecería ya para siempre como una referencia a la que era imprescindible retornar. La defensa contra el Islam se colocó bajo esta perspectiva del recobro» [2]. Así fue. Como afirma, con el acierto tan característico suyo, D. Julián Marías: «La España perdida o destruida por los árabes se convierte en empresa. No hay solo nostalgia: del pasado se traspone al futuro. España se ve como ‘perdida’ y al mismo tiempo ‘buscada’ [3].

El Tercer Concilio de Toledo sin duda –ahí están los hechos–, «ha creado futuro» que pervive en nuestros días como «memoria e identidad» de lo que somos [4]; por tanto, como irrenunciable a lo que estamos llamados a seguir siendo para vivir en el futuro, en expresión de Ortega, como «un proyecto sugestivo de vida en común», es decir como «Nación». Aquel Concilio de Toledo ha constituido España; más aún, «ha constituido Europa, produciendo unidad a partir de la fuerza del espíritu» (Joseph Card. Ratzinger) [5]. Este Concilio funda y marca el «esplendor visigótico», olvidado por completo para muchos y borrado de los libros de historia de la escuela –donde se debería enseñar a ser lo que somos como pueblo– o, en el mejor de los casos, recluido a exposiciones o conmemoraciones de un pasado remoto que, para muchos, no tiene ni debería tener mayor incidencia ni más vigencia hoy que la de una pieza de museo en la galería de la historia.

EL TERCER CONCILIO DE TOLEDO

Antecedentes del Tercer Concilio de Toledo

El hecho decisivo que marca nuestra historia con una marca indeleble es, sin duda, el III Concilio de Toledo: allí tiene su génesis, mejor su nacimiento, España. A partir de entonces, en España comenzó una época, en el fondo, nueva y un camino común de futuro; se produjo o consolidó un período que, aunque breve, en torno a un siglo, fue de gran esplendor.

«Hispania Romana»

Pero esto tuvo unos antecedentes de siglos. Habría que remontarse a la etapa romana como antecedente histórico de España. «Lo que no había existido entre los pueblos primitivos de la Península. lo que no consiguen las penetraciones parciales de fenicios, cartagineses o griegos, alcanza una primera realidad al asentarse la presencia de los pueblos romanos... España se convierte en provincia romana» [6].

Creo que éste es un dato incuestionable e incontrovertible, admitido por todos». Este territorio que llamamos hoy España incluía, además, todo lo que es Portugal y parte de Francia, la Galia Narbonense, todo ese bloque territorial era una provincia romana. El Imperio Romano había llegado hasta aquí, hasta los confines de Europa en esta parte, y dominaba estos territorios, como había llegado a Inglaterra, a las Islas Británicas. Las legiones romanas habían hecho sentir sus cantos de guerra por toda Europa y gran parte de África, y esto que llamamos España era eso, una provincia romana. No existía como nación, no era independiente, no tenía personalidad propia. Había ido, sí, penetrando poco a poco la civilización que los romanos impusieron, como también se había introducido ya el cristianismo; de modo que en todo este vasto territorio las gentes eran en su mayoría cristianos, católicos, hijos de la Iglesia. Y desde el punto de vista civil, legal, administrativo, eran súbditos del Imperio Romano» [7]. Ya a finales del siglo I a.C., y en los siglos posteriores de ser provincia del Imperio Romano, en aquellos territorios se gestó «una forma de vida, comienzo de una personalidad colectiva...: una forma de vida romana, una estructura social bastante bien definida dentro de Roma, la hispana» [8] en la que no faltó toda la impronta cristiana que comenzó a extenderse y arraigarse muy temprano en España, sin duda ya en el siglo primero de nuestra era por el litoral mediterráneo y en la Bética.

La impronta cristiana en la «Hispania Romana»

Las raíces cristianas prendieron pronto y hondo en las tierras hispanas, como testimonian los mártires de los que tenemos noticia ya en los primeros siglos (Fructuoso, Augurio, Eulogio, Leocadia, Eulalia...); o como también atestiguan acontecimientos eclesiales de gran relevancia y significación católica como es el Concilio de Elvira, celebrado en el actual Albaicín de Granada en los comienzos del siglo IV, cuyas actas son las más antiguas que se conservan de los concilios de la Iglesia universal, y que muestra una extensión grande con una notable fuerza del cristianismo en España. Durante el período de la Hispania Romana, antes de la invasión de los pueblos del norte, surgen personalidades decisivas en acontecimientos relevantes para el cristianismo universal (tal es el caso de Osio de Córdoba, o del emperador Teodosio, o del papa Dámaso, o de Aurelio Prudencio, calagurritano, uno de los más grandes poetas en lengua latina con Horacio y Virgilio y, sin duda, el más importante de los poetas cristianos latinos).

Vemos también a grandes pastores y teólogos como son, por citar alguno, el Obispo de Barcelona, San Paciano, quien, entre otras cosas, frente a las tesis de los novacianos, presentes en la Tarraconense, definió la catolicidad de la Iglesia cristiana explicando que la Católica encerraba en sí tanto la idea de unidad, como la de universalidad; o San Gregorio de Elvira, escritor y santo padre de la Iglesia Hispana, considerado como el predicador más notable de la Hispania Romana y campeón de la fe cristiana que se proclama en Nicea, cuyos escritos muestran un amplísimo conocimiento de la literatura cristiana y un tener a mano una biblioteca con un muy amplio número de obras de Oriente y Occidente. En el siglo IV, pues, nos encontramos con un fecundo y floreciente cristianismo, hondamente arraigado y ampliamente extendido en las tierras hispanas y, al mismo tiempo, no lo olvidemos, enteramente vinculado a la Católica y con amplios contactos y relaciones con el Oriente y el Occidente cristianos, así como con la Iglesia en el Norte de África.

La decadencia romana y penetración de los pueblos barbáricos

Lo que era una realidad compacta en su conjunto y en sus provincias, el Imperio Romano, ya a finales del siglo IV y en los comienzos del V, comienza a debilitarse y a desmoronarse. «Poco a poco fue perdiendo entidad, se disolvía en sí mismo, entró en una fase de decadencia última; y aunque llegaba con sus tentáculos, los de su poder, a las provincias que siempre había dominado desde hacía mucho tiempo, era un poder el que ejercía muy frágil; se palpaban ya las consecuencias de las divisiones existentes entre los propios emperadores romanos y sus delegados y, siendo provincias del Imperio, estaban a merced del impulso más fuerte que un vecino ambicioso o un invasor lejano pudiera realizar cuando quisiera. Es lo que sucedió». Es cierto que la «caída» del Imperio es un fenómeno complejo y con múltiples implicaciones, pero, no cabe duda que en ella, la infiltración, penetración y, finalmente, invasión y establecimiento de los pueblos y reinos barbáricos, o germánicos, contribuyó de manera decisiva a esta caída paulatina y dio lugar a una etapa histórica de la mayor importancia, tanto para lo que llamamos «Europa», como para la historia cristiana en la que son un acontecimiento trascendental: Todos aquellos pueblos germánicos y de gentes más lejanas «recibirían la fe, entrarían en la Iglesia y con su conversión pondrían las bases de esa gran realización religiosa y cultural que fue durante muchos siglos la Europa cristiana» [9].

Estas «invasiones» del norte –suevos, vándalos, alanos y visigodos– con distinto carácter, extensión, duración y penetración, llegan a España a principios del siglo V. Desde entonces nuestra historia no puede entenderse sin los casi tres siglos a los que con toda verdad podemos llamar, llamamos, «la época visigótica», porque son ellos, los visigodos, –procedentes originalmente de la Escandinavia, primero, y después en el siglo III y IV asentados junto al Danubio, en Hungría y Rumanía, arrianas– los que con toda propiedad se asientan y reinan aquí. Este hecho es trascendental para nosotros». Si se quiere empezar por lo primario, elemental y probablemente más importante, hay que decir que lo decisivo que las invasiones bárbaras significaron para Hispania fue el que, por primera vez, lo que hoy llamamos Europa se hizo presente en su historia.

Hasta entonces, en efecto, todo había venido a la Península Ibérica desde y por el Mediterráneo: fenicios, cartagineses, griegos, romanos, todos habían llegado a las costas españolas, desde ellas habían penetrado en el territorio para comerciar, guerrear o establecerse» [10]. Y lo que son las cosas de la historia, para mí de la Providencia, aquí, en España, un siglo y medio, más o menos, más tarde se producirá el arranque de esa simbiosis, fusión, unión, entre «romanidad» y «germanía» que da lugar a Europa y, por supuesto, a España, inseparable de ella desde entonces.

Hacia el hecho decisivo del Concilio

Desde los primeros años del siglo V están en España los pueblos barbáricos del norte: suevos, vándalos, alanos, y visigodos. A mediados de ese siglo, excepto una pequeña minoría sueva, pagana, asentada en la Galacia, el predominio visigodo era total, incluso en el Sur de Francia, la Septimania francesa. La Hispania a la que llegan –en el conjunto innegable de su diversidad étnica– era la más romanizada y romana de las provincias del Imperio, la más unitariamente conformada jurídica y culturalmente por Roma, la que guarda mejor la configuración y administración imperial, con la lengua latina como lengua de todos, hablada de modo excelente; y con una presencia extensa y fuertemente arraigada del cristianismo, fiel a la Católica, en todo su territorio. Los visigodos, extendidos por todos los territorios de la península, asumen aquella realidad y la hacen suya en todo, excepto en su dimensión católica por estar aferrados al arrianismo mitigado como seña identitaria y diferenciadora; estaban más cerca de la Hispania Romana que encontraron, y la asumieron mejor que el resto de los barbáricos asumieron las otras provincias romanas en las que se establecieron [11].

Presionados por los francos, los visigodos se quedan casi exclusivamente en lo que es aquel conjunto que integraba la península Ibérica; se constituye la monarquía única visigótica, nueva forma política por la que se rige o gobierna ese conjunto. Poco a poco se va produciendo lo que podemos llamar el «repliegue visigodo» a la península ibérica, articulándose, dentro de ella, cada vez con mayor claridad en torno a Toledo, como urbs regia (Sevilla y otras capitales pierden relevancia). Así, «la transformación del poder político va a hacer coincidir la monarquía goda con lo que había sido la España romana, y anticipa lo que será después, propia y rigurosamente, España. El ámbito ya logrado mediante la romanización, perturbado y dividido por las invasiones bárbaras y la ruina del Imperio, se restablece bajo el dominio visigodo. Y se forma una comunidad –ciertamente no ‘nacional’–, cuyos ingredientes son: la población originaria romanizada, de lengua latina y religión en su mayoría cristiana católica; los restos de la organización romana y la pujante organización eclesiástica; por último, un elemento étnico –minoritario, pero apreciable ‘unos doscientos mil’– germánico, que ejerce el poder político pero está separado de los habitantes originarios por la forma herética arriana de su cristianismo» [12].

Se sucedieron reyes visigodos, que ejercieron con fuerza el poder político; buscan la unidad política del reino godo en la península y el llegar a ser una fuerza poderosa en el conjunto de los pueblos. Como una gran potencia junto al Imperio de Oriente, en efecto, la reseña Juan de Bíclaro, en su Crónica Cronicon Ioannis Biclarensis [13]: «de un lado, los Godos de España; del otro, los Romanos de Constantinopla, que, por cierto, son expulsados de sus establecimientos en España por Leovigildo. No hay todavía unidad entre los pobladores y los dominadores; ni unidad religiosa; pero empieza a haber un elemento de entusiasmo por los destinos de la monarquía goda; podríamos decir el nacimiento de un proyecto colectivo, de una empresa que atrae de diverso modo a los dos grupos desiguales que conviven» [14].

A pesar de ese entusiasmo naciente, no se alcanza la deseada y buscada unidad que pudiese hacer de «hispano-romanos» y «germanos» un solo pueblo, una nación de la que se pudiera hablar como de un «proyecto común de futuro» capaz de unir a todos los habitantes en aquel suelo ibérico. Los germánico-visigodos seguían en su profesión arriana. Eran respetuosos, eso sí, con la confesión católica y costumbres católicas de hispano-romanos, como lo eran con las leyes romanas; salvo con los suevos, a los que «arrianizaron» los visigodos, no hacían «misión» en favor de su arrianismo. Pero, con todo, aquellos germánicos mantenían la identidad que habían establecido los visigodos entre germanismo y arrianismo, aunque atenuado; no pensaban ni se atrevían a pensar en otra identidad distinta; corrían el riesgo de quedar absorbidos y perder, así, el poder político; de alguna manera, les iba en ello la vida.

Aunque sólo sea de pasada, es importante tener en cuenta el proceso de evangelización y conversión de los pueblos barbáricos que tan espléndidamente describe y analiza en diversos escritos J. Orlandis [15]; un proceso que, según este autor, comporta ya a finales del siglo VII la práctica incorporación a la Iglesia de todas las poblaciones que habitaban en las antiguas tierras románicas de Occidente, aunque su evangelización no alcance siempre un mismo grado de madurez [16]. Conviene también subrayar, en concreto, el papel del arrianismo en todo este proceso, singularmente por lo que se refiere al mundo godo. En efecto, «el arrianismo era el gran problema que obstaculizaba la consecución de la unidad cristiana en Occidente y el impulso para la conversión de los germanos que aún seguían invocando sus antiguos dioses. Los visigodos, que lo habían introducido convirtiéndolo además en signo de identidad, profesaban la fórmula moderada que se había formulado en el Concilio de Rímini del 359, que la Iglesia católica rechazaba pero que parecía una concesión decisiva al racionalismo helénico: Cristo había sido la criatura más excelsa, semejante en todo a Dios (omousios), aunque distinta de Él. A cristianos de escasa formación les parecía más fácil de entender que la rigurosa exigencia del Símbolo de Nicea y de la consustancialidad (omousia). Pero, según explicaba san Leandro, que entonces se ocupaba de la educación de su hermano Isidoro, y que habría de sucederle en la sede sevillana, encerraba dos grandes peligros para el futuro desarrollo de la humanidad: negaba la comunicación entre ésta y la Trascendencia y destruía la doctrina de Éfeso acerca de la maternidad divina de María, lo que ponía en juego la excelsitud de la femineidad. Descendiendo al terreno de la política, establecía una barrera de separación entre la minoría militar dominante, goda, y la mayoría sometida, romana, que seguía en estrecha comunión con el Papa. Todo ello mermaba las posibilidades de que Hispania pudiere alzarse como el gran bastión de la latinidad en aquel Occidente que sobrevivía al Imperio» [17].

En el sucederse de los Reyes visigodos, llega un momento clave: el reinado del más grande de ellos desde el punto de vista político, esto es, Leovigildo. Sus afanes de gran potencia y su lucidez al concebir la necesidad de la unión religiosa para sus fines le hacen intentar la unidad por la imposición arriana para todos los habitantes, «romanos y germanos»: los hispano-romanos habían de hacerse arrianos. Cree que la vía era seguir caminos expeditivos coercitivos, imponer a todos los pobladores la religión arriana de forma eficaz y sin escatimar medios y medidas de fuerza para ello: destierra, así, a obispos católicos y derrama sangre martirial. No se movió de su sitio; lo mantuvo con mano férrea, sin enmendar. Ni siquiera ante su propia familia y ante sus allegados políticos se detuvo su proyecto avasallador. San Leandro fue desterrado a Cartagena y Constantinopla, donde se encuentra con san Gregorio Magno, que será para él un gran amigo y un gran respaldo en el futuro. Massona, el gran Obispo de Mérida, sufrió, con entereza, libertad, y testimonio de fe grandes. Hermenegildo, su hijo, a quien, en principio, pensaba entregarle el gobierno de la Bética, pagó con su vida por la firmeza de su fe.

Intento fallido y equivocado, que no sólo no logra el entendimiento y la unidad pretendida de dos etnias y dos confesiones cristianas, para llegar a ser una potencia casi imperial, sino que la hace más inviable, la aleja, provoca una reacción decidida de los pobladores frente a los dominadores; pero, más aún, conduce al desgarramiento religioso en el seno de la propia familia. Es cierto que Leovigildo, en continuidad con sus antecesores en la corona, siempre respetuosos con lo católico, en principio no quería iniciar una persecución sangrienta, ni imponer por la fuerza el arrianismo mientras no fracasasen otras gestiones tendentes a lograr la unidad apetecible. Dejó la tolerancia del pueblo visigodo, y asumió la intolerancia como camino expeditivo hacia una unidad fuerte. Los casos mencionados constituyeron los índices más dramáticos y obscuros de su voluntad decidida e impositiva, de su intolerancia religiosa y de la herejía como instrumento al servicio de una política unificadora. Se trataba de dominar las conciencias como garantía del vasallaje del conjunto de la población, mas no pudo lograrlo porque, cierto, eran una débil minoría frente a la mayoría de origen hispano-romano y católico, y, sobre todo, por las raíces ya hondas y firmes de la fe católica en aquel pueblo hispano, alimentadas y fundamentadas por mártires, pensadores y pastores, y, de manera muy principal, por lo bien regidos, apoyados y defendidos en la fe, generalmente, por sus pastores.

Pero el hecho de la muerte en Cartagena de Hermenegildo, el hijo mayor de Leovigildo, y el consiguiente fracaso de éste, hizo cambiar las cosas. Es muy probable que ya el mismo Leovigildo, al final de sus días, recomendara a su otro hijo y heredero posterior del trono, Recaredo, que debería intentar lograr la unidad religiosa del pueblo por la vía de la unidad católica. Así lo afirma una tradición posterior que «nos dice que la muerte del hijo, que no puede atribuírsele, movió a Leovigildo a reconocer su error y que, poco antes de su muerte (586), recomendó a su hijo y sucesor, Recaredo, que lo enmendara aceptando la fe de Roma» [18].

El rey que sucede a Leovigildo es su hijo Recaredo. La conversión de Recaredo, decisión personal suya en principio, apenas heredado el trono de su padre (587), abrió el camino de la conversión de su pueblo y de la unidad necesaria en la Hispania [19]. Con su conversión sincera, si bien no exenta también de motivaciones políticas, reencontró el camino que habría de conducir ad unitatem et pacem, según dice el Biclarense [20]. Catequizado por san Leandro, Arzobispo de Sevilla, amigo personal del papa San Gregorio Magno, uno de los grandes «creadores de Europa» [21], Recaredo, al vivir las convicciones de su fe y palpar las consecuencias del fracaso de su padre, decide realizar aquel proyecto de unidad, pero por el camino contrario: que todos sean católicos. Las circunstancias cambiaban, y se tornaban favorables al nuevo proyecto de unidad católica.

Aparte de que, innegablemente, para la conversión del pueblo visigodo y la consecuente unidad, jugó un papel importante el exemplum regis, como también lo había jugado de manera decisiva la conversión del rey en el caso de otros pueblos del norte, Recaredo intentó la unidad por la vía de la persuasión y el convencimiento de las mentes. Convoca una asamblea del episcopado arriano y más por el convencimiento que por la fuerza consigue que algunos obispos arrianos sigan su ejemplo. Provoca frecuentes conversaciones con los obispos arrianos y católicos, impulsa debates y discusiones ante el pueblo entre significadas personalidades del ámbito eclesiástico católico y del arriano –tal es el caso del debate célebre entre el Obispo católico Massona, de Mérida, y el Obispo Suna, arriano– para que el pueblo pudiese tener elementos de juicio y discernimiento antes de tomar una decisión. Hubo también mucha predicación y catequesis por parte de los obispos. Se iba preparando el terreno, hasta que, superadas esporádicas y lógicas reticencias, llega la convocación oficial de un gran Concilio Nacional, en Toledo, que sirviese de marco adecuado a la solemne conversión del pueblo visigodo.

Antes, no lo olvidemos, se había producido en la Galaecia la conversión de los suevos a la fe católica y la unidad de suevos e hispano-romanos. Lo que sucedió en la Galaecia de los suevos «hacía creíble una utopía político-religiosa capaz de superar todos los conflictos creados por los romanos y los bárbaros... ‘allí’ se ponen los primeros cimientos a lo que será Europa: la unidad de los diversos aunados por un Credo común... Braga y Toledo son dos escalones que permiten llegar a la Europa cristiana» [22]. La misión y obra de San Martín de Braga, con los dos primeros concilios bracarenses (561 y 572) «significan los precedentes más significativos del II Concilio de Toledo» [23]. Llegamos así al 9 de mayo de 589, en que se inicia el «acontecimiento decisivo» del III Concilio de Toledo, que abrió una nueva época en España, con la unidad y la concordia, y con el comienzo de la sociedad visigótica [24].

El Tercer Concilio de Toledo

Convoca a Toledo el Rey Recaredo, ya convertido a la fe católica, siguiendo el ejemplo de Constantino, en Nicea, y de Marciano, en Calcedonia; convoca a todos los miembros del episcopado hispano-visigótico a una asamblea gozosa; quería el monarca que «todos los obispos del Reino se alegraran en el Señor por su conversión y la de la raza de los godos, y dieran gracias a la Bondad divina por un don especial» [25]. Pero también convoca la autoridad religiosa, en aquellos momentos, el Arzobispo de Sevilla, San Leandro; con él están dos grandes personalidades eclesiásticas: el abad Eutropio del monasterio Servitano en la diócesis de Arávica, no lejos de Cuenca, que le ayuda en toda la organización [26], y el Obispo de Mérida, Massona. Los Obispos convocados acudieron a la convocatoria, sabiendo que se les convocaba para lograr la unión de visigodos e hispano-romanos, para profesar la fe católica, el Credo nicenoconstantinopolitano; el fin principal de la convocatoria era la abjuración solemne del arrianismo por parte del Rey y de su pueblo, y dar gracias a Dios por ello. Llegaron 57 obispos católicos y seis vicarios representantes de otros tantos que no pudieron acudir: la totalidad, pues, de las provincias eclesiásticas –Bética, Cartaginense, Galicia, Lusitana, Narbonense y Tarraconense–; se unieron ocho obispos arrianos que abjurarían públicamente de la herejía arriana y confesarían el Credo católico. Un número importante de abades y de mandatarios del Reino se sumaron también a aquel acontecimiento eclesial e histórico de primer orden.

Aquel 8 de mayo de 589, cuando comienza solemnemente el Concilio, era domingo. En la inauguración solemne el Rey habla a los Obispos y les dice:

«No creo, reverendísimos obispos, que desconozcáis que os he llamado a la presencia de nuestra serenidad con objeto de restablecer la disciplina eclesiástica. Y como quiera que hace muchos años que la amenazadora herejía no permitía celebrar concilios en la Iglesia católica, Dios, a quien plugo extirpar la citada herejía por nuestro medio, nos amonestó a restaurar las instituciones eclesiásticas conforme a las antiguas costumbres. Debéis, pues estar contentos y gozosos de que las costumbres antiguas y canónicas, con la ayuda de Dios, vuelvan a los cauces antiguos mediante nuestra gloria. Sin embargo ante todo os amonesto y exhorto igualmente que os entreguéis a los ayunos, vigilias y oraciones, para que el orden canónico, que un largo y duradero olvido había hecho desaparecer del recuerdo episcopal y el que nuestra edad confiesa ignorar, se os revele nuevamente por el don divino» [27].

Los Padres conciliares, después de tres días de ayuno, oración y penitencia, volvieron al templo de Santa María para reanudar la reunión conciliar, en la que, de nuevo, les habló el Monarca, al tiempo que les hizo entrega del tomus regius, leído solemnemente por un notario, en que declaraba el monarca que «habiendo recibido de Dios la carga del reino y el gobierno de tantos pueblos, tenía sin embargo clara conciencia de su condición mortal y de que no podía merecer la bienaventuranza futura si no era con el culto de la verdad y confesando al Creador tal como se merece. La fe -decía- es el único homenaje de acción de gracias que podemos rendir a Dios por los beneficios recibidos, porque, ¿qué podemos nosotros darle, ‘si no es creer en Él con toda devoción, tal como según las Escrituras quiso Él ser entendido y mandó que se le creyese?’» [28]. Lo que correspondía era abjurar del arrianismo y confesar la fe católica. Y así lo dijo el Rey Recaredo:

«No creemos que se oculte a vuestra santidad cuánto tiempo España padeció bajo el error de los arrianos y cómo, habiendo sabido vuestra beatitud, no mucho después de la muerte de nuestro padre, cómo nosotros mismos nos habíamos unido a la santa fe católica, creemos se produjo por todas partes un inmenso y eterno gozo. Y, por lo tanto, venerados padres, hemos determinado reuniros para celebrar este concilio, a fin de que vosotros mismos déis gracias eternas al señor con motivo de los hombres que acaban de volver a Cristo. Lo que deberíamos tratar igualmente delante de vuestro sacerdocio acerca de la fe y esperanza nuestra que profesamos, os lo damos a conocer por escrito en este pliego. Léase, pues, en medio de vosotros. Y nuestra persona gloriosa, aprobada por el dictamen conciliar, brille ennoblecida por el testimonio de la misma fe para todos los tiempos futuros» [29].

El pliego o tomo que se estaba leyendo, añadía que no podía alcanzar la bienaventuranza eterna, sino con la confesión de fe que le agrada a Dios:

«Esto es que confesemos que el Padre es quien engendró de su substancia al Hijo, igual a sí coeterno, y no que sea Él al mismo tiempo nacido y engendrador, sino que una es la persona del Padre que engendró, otra la del Hijo que fue engendrado, y que, sin embargo, uno y otro subsisten por la divinidad de una sola substancia: el Padre, del que procede el Hijo, pero Él mismo no procede de ningún otro. El Hijo es el que procede del Padre, pero sin principio y sin disminución subsiste en aquella divinidad, en que es igual y coeterno al Padre. Del mismo modo, debemos confesar y predicar que el Espíritu santo procede del Padre y del Hijo, y con el Padre y el Hijo es de una misma substancia; que hay en la Trinidad una tercera persona, que es el Espíritu Santo, la cual, sin embargo, tiene una común esencia divina con el Padre y el Hijo. Pues esta santa Trinidad es un solo Dios: Padre, Hijo y Espíritu Santo, por cuya bondad, aunque toda criatura haya sido creada buena, sin embargo, por medio de la forma humana tomada por el Hijo, se ve reparada en su origen pecador a la primera beatitud. Pero del mismo modo, como es señal de la verdadera predestinación creer que la Trinidad está en la Unidad, y la Unidad en la Trinidad, así se dará una prueba de verdadera justicia si confesamos una misma fe dentro de la universal Iglesia y guardamos los apostólicos preceptos apoyados en apostólico fundamento. Sin embargo, vosotros, obispos del Señor, conviene que os acordéis de cuántas molestias padeció hasta ahora, de parte del adversario, la Iglesia católica de Dios en España. Cuando los Católicos y defendían la constante verdad de su fe y los herejes apoyaban con animosidad más pertinaz su propia perfidia, yo también, según lo veis por los resultados, encendido por el fervor de la fe, he sido impulsado por el Señor para que, depuesta la obstinación de la infidelidad y apartado el furor de la discordia, condujera a este pueblo, que servía al error bajo el falso nombre de religión, al conocimiento de la fe y al seno de la Iglesia católica» [30].

A continuación, y antes de hacer su profesión pública de fe católica, el Monarca expone y afirma lo que él ha hecho y está haciendo para la conversión de los visigodos:

«Presente está toda la ínclita raza de los godos, apreciada por todas las gentes por su genuina virilidad, la cual, aunque separada hasta ahora de la fe, por la maldad de sus doctores, y de la unidad de la Iglesia católica, sin embargo, en este momento unida conmigo de todo corazón participa en la comunión de aquella Iglesia que recibe con seno maternal a la muchedumbre de los más diversos pueblos y los nutre en sus pechos de caridad, y de la cual se dice por boca del profeta: ‘Mi casa será llamada casa de oración para todos los pueblos’. No sólo la conversión de los godos se cuenta entre la serie de favores que hemos recibido; más aún la muchedumbre infinita del pueblo de los suevos que con la ayuda del cielo hemos sometido a nuestro reino, aunque conducida a la herejía, por culpa ajena, ha sido traída, por nuestra diligencia al origen de la verdad. Por lo tanto santísimos Padres, ofrezco al eterno Dios, por vuestra mano, como un santo y expiatorio sacrificio, a estos nobilísimos pueblos, que por nuestra diligencia se han ganado para el Señor, pues será para mí una inmarcesible corona y gozo en la retribución de los justos si estos pueblos, que por nuestros cuidados corrieron a la unidad de la Iglesia, permanecen firmes y constantes en la misma. Y así como por disposición divina nos fue dado a nosotros traer a estos pueblos a la unidad de la Iglesia de Cristo, del mismo modo os toca a vosotros instruirlos en los dogmas católicos, para que, instruidos totalmente con el conocimiento de la verdad, sepan rechazar acertadamente el error de la perniciosa herejía y conservar por la caridad el camino de la verdadera fe, abrazando con deseo cada día más ardiente la comunión de la Iglesia católica» [31].

A continuación, Recaredo pasa a anatematizar a Arrio con todos sus dogmas y a profesar la verdadera fe conforme los profesa la Iglesia en los grandes Concilios ecuménicos, que todos deben creer:

«Del mismo modo que anatematizo a Arrio con todos sus dogmas y todos sus cómplices, el cual afirmaba que el Hijo Unigénito de Dios era de substancia inferior a la del Padre y no engendrado por éste, sino creado de la nada, y anatematizo a todos los concilios de malvados que se celebraron en contra del santo concilio de Nicea, así respeto y venero, para honra y alabanza, la fe santa del concilio Niceno, la cual proclamó el santo concilio de los 318 obispos en contra de Arrio, peste de la verdadera fe. Abrazo igualmente y confieso la fe de los 150 obispos congregados en Constantinopla, que con el cuchillo de la verdad acabó con Macedonio, que restaba importancia a la substancia del Espíritu Santo y separaba la unidad de la esencia del Padre y del Hijo. Creo igualmente y reverencio también la fe del primer concilio de Éfeso, la cual fue proclamada contra Nestorio y su doctrina. También acepto reverentemente con toda la Iglesia católica la fe del concilio de Calcedonia, la cual, llena de santidad y erudición, proclamó este concilio contra Eutiques y Dióscoro. Con la misma devoción reverencio también todos los concilios de los venerables obispos ortodoxos, que no se apartan de la pureza de la fe, y de estos cuatro concilios arriba dichos» [32].

Tras la lectura-profesión de fe de los símbolos de Nicea, Constantinopla y Calcedonia, se prohíbe que nadie siga o enseñe doctrinas distintas a las profesadas en estos Concilios, con la pena de anatema. Recaredo rubrica lo proclamado con estas palabras:

«Yo, Recaredo, rey, reteniendo de corazón y afirmando de palabra esta santa y verdadera confesión, la cual idénticamente por todo el orbe de la tierra la confiesa la Iglesia católica, la firmé con mi mano derecha con el auxilio de Dios» [33].

A continuación la reina Baddo refrendó y rubricó la misma confesión de fe, pública, clara y precisa, de su esposo. Todos aplaudieron de gozo y le otorgaron al Rey el título de «conquistador de nuestros pueblos para la Iglesia católica». Todos los Obispos suscriben y ratifican la confesión de fe, los procedentes del arrianismo, el último será el de Tortosa, lo hacen con esta fórmula: «Yo, en nombre de Cristo, obispo de la ciudad de Tortosa, anatematizando los dogmas de la herejía arriana arriba condenados, firmo con mi mano y de todo corazón esta santa fe católica que he creído, entrando en la Iglesia Católica». Siguen los cánones, las determinaciones preciosas del Concilio, para la vida cristianas de las gentes y la organización de la Iglesia y aun de la misma sociedad, en las que no vamos a entrar. «Haría falta que pasasen más de cuarenta años y llegar al Concilio IV de Toledo, para que el principio de la unidad católica hiciese cristalizar, institucionalizada, una cooperación orgánica entre las dos Potestades a nivel de gobierno nacional, cuyo conducto específico sería el concilio general» [34]; de todas las maneras los fundamentos y desarrollos para la convivencia en verdadera unidad ya se habían puesto en este Tercer Concilio.

Se cerró la celebración con la exultante homilía de san Leandro, de tanta belleza, como expresión de fe y de sentimientos de gozo y alegría inenarrables por lo acaecido y por el gran futuro que abría; aquella homilía fue un canto de júbilo y de acción de gracias a Dios.

Repercusiones y consecuencias posteriores

Con el Concilio Toledano III se abre un nuevo período histórico en el camino, no sólo en el del cristianismo, sino también en el de Europa, y en el de España sobre todo. Aquél fue «un concilio, un símbolo, que testimoniaba la Traditio y servía de base para una visión de la sociedad y de la historia, permitía que fueran superadas las distancias y rupturas, se armonizase la herencia romano-católica con las aportaciones bizantinas y se asumiesen también las particularidades de cada grupo étnico de fuera de los límites de la romanidad» [35]. Antes del Concilio «eran dos pueblos de raza y religión diversas, dos pueblos que habitaban en la misma morada... Solamente en el Concilio III de Toledo, España adquiere plena conciencia de su unidad, de su soberanía e independencia. Desde entonces todos los hispanogodos quieren ser hermanos asociados en el mismo destino histórico» [36]. A partir de aquí podemos afirmar que empieza a existir la «España Visigoda», la Hispania Gotorum: los godos que son Hispania, e Hispania que son los godos en una simbiosis total: «La España visigoda no se reduce a los ‘visigodos’; es la expresión de una nueva empresa histórica, regida por los godos pero realizada primordialmente por los hispanorromanos, y que consiste en la reconstrucción, con otros principios, de la antigua Hispania romana; regida por los godos, pero desde dentro, no por un emperador distante y unas autoridades delegadas» [37].

El elemento fundamental de la profesión única de la fe católica fue decisivo para que «la unidad previa a la constitución de España en el sentido de que esta palabra tiene para nosotros...: lo que podríamos llamar el dónde de España», [38] se convirtiese en un proyecto compartido y vivido en común por los diferentes pueblos de la península, se convirtiese en una nación: en España. Hasta entonces la diferencia de procedencia étnica y de confesión religiosa de quienes habitaban la península ya más de dos siglos juntos –hispano-romanos y germánicos– hacía imposible la verdadera integración y la posibilidad de considerarse una unidad de proyecto histórico cada vez más definido, que, ni siquiera la invasión islámica, pudo en el futuro interrumpir del todo.

La Hispania Romana, conforme al pensamiento de R. Menéndez Pidal, «aunque dividida en varias provincias, fue siempre considerada como una entidad superior que daba unidad a la división provincial» [39]; sin duda, constituía de alguna manera una unidad histórica, identificada más que otros, en el conjunto de los pueblos; con la invasión de los germánicos no se interrumpe lo alcanzado aunque se introduce un nuevo elemento que daría al final, precisamente con la conversión de Recaredo y el Concilio III de Toledo con una entidad propiamente nueva. Aquella Hispania, incluso con los primeros siglos de invasión germánica, era «la primera versión de España, pero no propiamente española», aunque formando una sociedad que podemos llamar hispánica» [40]. En aquella Hispania, con todas las muchas dificultades, pero también con todos los logros innegables, tras la invasión barbárica, «coexistieron» y «cohabitaron» en una cierta unidad hispano-romanos y visigodos, pero no era la España que, arrancando del III Concilio Toledano dará lugar a España misma y a la Europa, que Carlomagno y otros creadores alumbraron, de alguna manera.

Lo que es el Tercer Concilio Toledano, la repercusión y consecuencias que ha tenido lo expresó como pocos, con esa claridad –que es clarividencia– y precisión que le caracteriza el entonces Cardenal Joseph Ratzinger, hoy Benedicto XVI, en el Congreso celebrado con ocasión del XIV Centenario de este singular y excepcional acontecimiento. «El Tercer Concilio de Toledo, del año 589 –dice J. Ratzinger–... es un acontecimiento histórico, eclesiástico y europeo de primer orden. La España de aquel tiempo estaba dividida internamente en un doble sentido. Al enfrentamiento étnico entre la población románica y la germánica, se sumaba la correspondiente oposición religiosa entre las versiones católica y arriana del cristianismo. Las contraposiciones de la sangre sólo podían ser salvadas por la unidad del espíritu; ambos pueblos podían crecer y, por la senda de la unidad en la fe, caminar juntos... El Concilio de Toledo vino a sellar solemnemente el paso del pueblo visigodo a la religión católica... El Concilio de Toledo ha creado futuro; ha construido Europa, produciendo unidad a partir de la fuerza del espíritu. En el concilio de Toledo buscamos ‘y encontramos’ modelos de unidad, algo que pueda reunir a unos y otros y abrir caminos por donde avanzar» [41].

Otro Cardenal, D. Marcelo González Martín, con perspicacia y acierto, dijo también en la celebración del décimo cuarto centenario de aquel Concilio: «Entonces se forjó la unidad católica de los pueblos de España. No era solamente la profesión de fe católica por parte del Rey y la abjuración del arrianismo, con lo cual se aseguraba la unidad católica de los pueblos de España. Lo que se consiguió entonces fue la pacificación de los espíritus –de los hispano-romanos y de los visigodos– que libres ya de los enfrentamientos, a que daban lugar las disidencias religiosas, podían avanzar hacia el futuro con el gozo compartido de una misma fe y de un mismo modo de sentir en la consideración y análisis de los problemas de índole social y familiar, en el respeto y la función que se concedía a los tribunales de justicia, en la educación política y religiosa del pueblo en todas sus instancias. Eran logros culturales tan notables que algunos han estimado aquella época como el primer siglo de oro español. No hay hipérbole. Pocos decenios después de este Concilio aparecen refulgentes las grandes figuras de San Ildefonso y San Julián de Toledo, Braulio y Tajón de Zaragoza, Quirico de Barcelona con sus escritos y sus escuelas monacales o catedralicias; y por encima de todos Isidoro de Sevilla, el hermano de Leandro, hijo espiritual de este III Concilio y que presidiría el siguiente, el más eficaz en cuanto a determinaciones internas en la vida de la Iglesia. Gracias a hombres como Isidoro y a las determinaciones del III Concilio y la unidad religiosa de España, se pudo lograr la influencia innegable de la Península Ibérica sobre Europa, la Europa de las nacionalidades cristianas que por entonces empezaban a ser fijadas» [42].

En parecidos términos se expresaba el Papa Juan Pablo II al llegar a Santiago de Compostela en 1989, año de la celebración del XIV Centenario del III Concilio de Toledo: «El III concilio Toledano, además de ser un hito importante para el logro de la concordia y de la unión en la historia hispana, nos ofrece la clave para comprender la comunión de España con la gran tradición de las Iglesias de Oriente. ¿Cómo no recordar las figuras de los santos hermanos Leandro e Isidoro? Ambos, santos y transmisores del saber, favoreciendo la unión de los pueblos y la superación de las rupturas causadas por la herejía arriana. Con ellos la Iglesia católica se presentaba ante los pueblos como el espacio creador de libertad en que se encontraban contrapuestas las culturas hispano-romana y goda. Así fue posible inaugurar una nueva época e ir más allá de las diferencias y divisiones que ofrecían aspectos no fácilmente reconciliables. Frutos preciados de aquel acontecimiento eclesial fueron la armonización profunda de perspectivas entre la Iglesia y la sociedad, entre inspiración evangélica y servicio al hombre» [43]. No es banal resaltar lo significativo del hecho que Juan Pablo II hiciese estas afirmaciones precisamente en Santiago de Compostela, tan importante para la construcción de Europa –peregrinación a la tumba del Apóstol, rutas jacobeas–, donde él mismo tuvo aquel memorable discurso y afirmación europeísta unos años antes, en noviembre de 1982, y donde, en aquel momento, se reunían en una Jornada Mundial de Juventud tantísimos jóvenes de Europa y España, que siempre son futuro y herederos de una Tradición que les precede.

A partir de este Concilio, verdadera piedra miliar para el futuro, unificados y admitidos por todos la misma fe de la Católica, insertos plenamente en la corriente vivificadora de la gran Traditio eclesial, se produjo un período de enorme esplendor, se originó una gran vitalidad de la Iglesia en España, que será base para momentos posteriores de la historia, hasta el presente. Esta vitalidad de la Iglesia visigótica «se puso de manifiesto en su inmensa capacidad creadora. Los escritores eclesiásticos produjeron una abundante literatura, en la que figuran todos los géneros literarios: tratados doctrinales, enciclopedias como las «Etimologías» isidorianas, crónicas, biografías, epistolarios, etc. Mas la prueba de aquella vitalidad viene dada, mejor que por las obras de uno u otro personaje, por aquellas que fueron creaciones de la propia Iglesia en cuanto tal. Entre ellas figuran en primer lugar los concilios generales, que debían reunirse siempre que alguna cuestión de fe o de interés común aconsejase su celebración. Los concilios visigóticos fueron un fenómeno impar en la Iglesia de entonces. Porque esas asambleas, tan importantes en el aspecto disciplinar e incluso en el político, no lo fueron menos en el campo de la teología: los obispos visigodos poseían ciencia teológica y por eso los Símbolos de la fe de los concilios toledanos constituyen contribuciones notables a la formulación de la doctrina católica. En el ámbito del Derecho, la España visigoda produjo su propia colección canónica, la ‘Hispana’, mucho más rica que la ‘Dionisiana’ de Roma, y durante largos siglos, hasta el Decreto de Graciano, la colección más valiosa de Occidente. La Iglesia del siglo VII ordenó también su propia liturgia, la mozárabe, que se observó tanto en la España cristiana, como en las comunidades bajo dominio musulmán, hasta la reforma gregoriana del siglo XI. En fin, la fecundidad creadora de la Iglesia en la época visigótica se puso de manifiesto en su monacato... ‘con’ unos rasgos originales que lo singularizan dentro de la historia de los monjes occidentales» [44].

También en la sociedad el Concilio III de Toledo tiene una incidencia decisiva; además del hecho mismo de la unidad, del triunfo de la unidad con todo lo que ella significa, por las determinaciones del Concilio, por la asumpción de la fe católica y de la verdad cristológica y su derivación antropológica, se produce un cambio de costumbres, que, entre otras muchas, podemos poner por ejemplo: en la consideración de exacciones fiscales, que no pueden ser abusivas ni oprimir al pueblo; en el trato con los siervos, que deben ser tratados con respeto y amor evangélico; o en la consideración de la mujer, que no puede ser obligada a casarse contra su voluntad, que, viuda, no puede ser obligada a contraer nuevas nupcias, que, virgen, no puede ser obligada a casarse contra su deseo de permanecer virgen, o en la consideración del derecho político, que obliga al monarca, al menos desde un punto de vista moral, a admitir su carácter de espejo del pueblo y a someterse al derecho y a las mismas leyes, es decir, al bien común.

La confesión de una misma fe católica, la unidad de todo el pueblo sobre esta base, trae, pues, una renovación en la Iglesia y en la misma sociedad, que conllevará un esfuerzo denodado, sobre todo de pastores, para formar y educar al pueblo en esa misma fe y en sus exigencias morales, y para que permanezca fiel y vigoroso en las costumbres cristianas y en la comunión con la Iglesia, fiel a la Traditio y a la «Católica» –como así sucedió–. El esfuerzo obrado en este sentido hará que no perezca en siglos posteriores y que se mantenga, a pesar de todo, cuando todo, aparentemente, se venga abajo, y se desmorone en 711 ante la invasión musulmana: entonces la monarquía visigótica se hundiría para siempre y las manifestaciones culturales de la vida cristiana dejarían de existir en muchos lugares. «Cuando en España se ha logrado una versión, más completa que en ningún otro territorio, de lo que va a ser un país europeo, la invasión árabe y beréber del año 711 rompe la trayectoria iniciada y pone en cuestión sus mismos fundamentos y con ellos su posibilidad. Es la encrucijada más grave y más dramática de las que han jalonado la historia española, aquella en que tiene más sentido preguntarse por la ‘España que pudo ser’ si queremos entender la que llegó a ser, aquella en que vivimos» [45].

Aunque no sea éste el objeto de este discurso y constituya un breve paréntesis en el mismo, pero para la mejor comprensión y significado del «esplendor visigótico», originado en el III Concilio de Toledo, es oportuno añadir, sobre el Islam, que éste supuso la gran ruptura del Alto Medioevo. «Desde su mismo origen, el Islam es, en cierto sentido, un retroceso hacia un monoteísmo que no acepta el giro cristiano hacia el Dios encarnado y que se cierra igualmente a la racionalidad griega y su cultura, la cual amparada en la idea de la encarnación de Dios en el mundo humano, había entrado a formar parte del monoteísmo cristiano» [46]. Se puede decir del Islam que es una «versión nueva, en otro contexto, del donatismo y del gnosticismo» [47], y que la visión que tiene del cristianismo es a través de versiones arrianas del mismo. En todo caso, la propuesta del profeta de la Meca es «volver al nacionalismo y cobijarse a la sombra de una nueva concepción de la razón... Con el Islam se culmina el proceso desunificador y de sesgo nacionalista que había aparecido en el África cristiana del siglo III» [48].

Significación y claves del Tercer Concilio de Toledo

Precisamente para responder a aquella pregunta por la España que pudo ser y así entender la que llegó a ser, quiero ahora fijarme en unas claves que están en la base de lo que aporta el Concilio III de Toledo para la construcción de España y de la misma Europa, que no es otra cosa que lo que aporta, en definitiva, el propio cristianismo en su identidad más profunda, en sus orígenes y en su desarrollo. Me refiero, concretamente, a la clave cristológica y, con ella, a otros aspectos con ella y en ella implicados inseparablemente. Este Concilio Toledano es la confesión de la fe en la verdad de sucristo, Dios y hombre verdadero, frente al arrianismo que negaba dicha divinidad consubstancial al Padre y al Espíritu Santo. Esta es una cuestión fundamental; no se trata de una mera cuestión doctrinal interna de un credo de una parte de la sociedad; no deja indiferente al hombre, a la visión del hombre, a la edificación de una humanidad y sociedad nuevas, a la unidad de las gentes, al futuro... Nos vincula con la Tradición, sin la que no somos lo que somos con una identidad que no podemos odiar si no nos odiamos a nosotros mismos.

España, acontecimiento espiritual

La España que ahí, y de ahí, nace, más allá de una geografía o espacio físico, es un acontecimiento del espíritu. En efecto, el Concilio III Toledano, que «vino a sellar solemnemente el paso del pueblo visigótico ‘arriano’ a religión católica», ha construido «España», forjando «unidad a partir de la fuerza del espíritu», entrañada en la profesión o identidad católica, con los rasgos que le definen. Con la unidad visigótica, o esplendor visigótico, España, como sociedad y ámbito social y cultural, preexiste con anterioridad a la existencia de sus diversas configuraciones territoriales u organizativas del momento y posteriores que se han dado a lo largo de los tiempos. Nuestra Nación, lo que somos como proyecto de vida en común, hace referencia a un origen, o mejor a una proveniencia, a una tradición viva que permanece, inseparable de lo que fue y significa aquel Concilio. En este sentido, el cristianismo, la fe católica -se profese o no por las personas, y se quiera o no- constituye «el alma» de España.

Es esto mismo lo que está en el fondo del discurso académico o lección magisterial del Papa Benedicto XVI en la Universidad de Ratisbona respecto de Europa, la cual, por lo demás, según él mismo, no es concebible en su gestación y desarrollo sin el III Concilio Toledano. Como Europa, también España, comienza a nacer, en el fondo con «el encuentro de fe y razón, entre auténtica ilustración y religión» que entraña el cristianismo. Si bien es verdad que Europa o España y cristianismo no coinciden, ni han coincidido nunca del todo, también lo es con toda evidencia que la matriz cristiana ha sido lo que ha dado su impronta peculiar a nuestra identidad. No se puede dudar que la fe cristiana es parte, de manera radical y determinante, de los fundamentos de lo que somos, de lo que es nuestra identidad, de lo que es España como unidad y proyecto común de vida. El cristianismo nos ha dado forma a lo largo de siglos, hasta hoy.

Pienso que España, de manera semejante a Europa, es «volver a las fuentes y llevar a cabo lo que el cristianismo primero ha intentado» [49], y que es asumido por la unidad visigótica. Aquella unidad ha creado futuro, y sigue con la misma posibilidad, capacidad, vocación de continuar creando futuro. Ciertamente España ha nacido cristiana, y durante casi milenio y medio ha existido como tal: es más, aquella unidad y proyecto común que se funda y cimienta en el Tercer Concilio de Toledo, a punto de perderse por la invasión islámica como se pretendía aunque no se logró del todo, precisamente a partir de un pequeño reducto, va recuperándose en un esfuerzo, único en la historia de los pueblos, y logrando vida, unidad, proyección de futuro, consolidación precisamente en el intento de mantenerse en la fidelidad a lo que fue, aportó y significó aquel acontecimiento espiritual de trascendencia histórica del III Concilio Toledano.

Contemplar aquellos orígenes y contemplar a España en sus orígenes, nos ayuda a comprenderla en su decurso histórico -todo lo que fue su proyección europea, lo que constituyó la larga etapa de la Reconquista, o la unidad de los Reyes Católicos y su proyección al Nuevo Mundo de la América impulsada por ellos y sus sucesores, incluso toda la etapa moderna y contemporánea, sus creaciones y aportaciones en el campo del pensamiento, del arte, de la cultura, de la atención a los pobres, de la familia y de la educación, o sus grandes figuras, etc. etc.–; como también nos ayuda hoy a mirar hacia el futuro. Desde esta mirada surge espontánea la pregunta: ¿Será cristiana la España del mañana? Lo será en cuanto se mantenga en sus raíces, en cuanto mantenga viva su memoria y su identidad. Pero aún podríamos preguntarnos con mayor radicalidad: ¿Será España si deja de ser cristiana, si renuncia a la memoria de los orígenes que le dieron lugar y existencia, esto es, si renuncia a sus raíces y fundamentos cristianos? Si deja de ser cristiana, si sucumbe a fuerzas disgregadoras, y olvida o, peor, suprime las raíces cristianas que le dan unidad e identidad –cosa posible como en otros lugares sucedió–, España dejará de ser España, dejará sencillamente de ser; será otra cosa u otras cosas; no seremos, con toda certeza, lo que somos, la nación que nos ha identificado y que nos identifica como unidad en la diversidad del conjunto que constituimos ni se nos identificará como unidad en el conjunto de los pueblos.

El III Concilio de Toledo, que da a luz el «esplendor visigótico», la Hispania Gothorum, creó futuro, generó luz, y tiene la vocación y la fuerza innovadora inscrita en su entraña de seguir creando futuro y ofrecer luz para hoy. Su memoria -en el sentido más hondo y dinámico que este término expresa- constituye una llamada a no resignarnos a modos de pensar y vivir que no tienen futuro, porque no se basan en la sólida certeza del «Logos», que se hizo carne, y que reasume todo el Logos, la razón del pensamiento helénico, simplemente la razón y la verdad que sustenta y está en todo. España, se vea o no, se quiera o no, es esta herencia y memoria de la fe cristiana, que ha dejado su impronta en lo que es y en lo que somos, en lo que se ha manifestado de manera principal e identificatoria. Pero esta herencia y esta memoria no pertenecen sólo al pasado; es y sigue siendo, puede y debe seguir siendo un proyecto para el futuro que se ha de transmitir y en el que hay que ilusionar a las nuevas generaciones, puesto que es el cuño de la vida de las personas, hombres y mujeres, y de las regiones o tierras que han forjado juntos la realidad de España como acontecimiento del espíritu. Gracias a esa herencia y memoria, gracias a la Tradición recibida como legado, gracias a lo que hemos recibido somos, y somos lo que somos, con una identidad que no podemos odiar ni rechazar si no nos odiamos y rechazamos a nosotros mismos.

Nuestro futuro, como el de Europa, como el de los hombres, está en la riqueza legada, Jesucristo, Verbo de Dios encarnado; no puede estarlo en una «cultura de la nada», del vacío, de la libertad sin límites y sin contenido, de la irracionalidad, de la negación de la razón o de su reducción a límites que la incapacitan para la verdad, del relativismo o del escepticismo vendidos como conquista intelectual. El redescubrimiento del acontecimiento cristiano en toda su originalidad –lo que sucedió en Toledo en el 589 y lo que ha sido el «alma» de España que nos hizo artífices de gestas tan importantes en la historia–, con todo lo que comporta y aporta, sigue ofreciendo hoy, y seguirá ofreciendo mañana, la esperanza firme y duradera a la que aspira, también en estos momentos y si cabe más, España.

CONCLUSIÓN

La herencia del «esplendor visigótico» y el rostro que lo identifica, la memoria y la identidad de lo que allí nace –España–, se quiera o no son inseparables de la cristianía que la han hecho posible. Esta es una verdad histórica que tal vez la cultura dominante del momento trata de relegar al olvido y fuerza a ignorarla, o superarla por algo totalmente nuevo e inédito. Recuperar esta memoria, ligada a Toledo, resulta indispensable para mirar y dirigir nuestros pasos al futuro, valientemente, sin complejos y con toda decisión. Nuestra historia es «nuestra» historia, y nuestras raíces somos nosotros; olvidar esta historia o desfigurarla, erradicar o dejar morir nuestras raíces, sería dejar de ser lo que somos, sería desaparecer, y carecer, por tanto, de futuro.

La memoria del «esplendor visigótico» –en el que hemos resaltado el III Concilio de Toledo, y hemos destacado brevemente una de sus figuras, San Ildefonso, Arzobispo de Toledo– no es sólo una mirada al pasado, sino capacidad y apertura al futuro. Allí están las raíces que nos hacen ser lo que somos; son raíces que no podemos cortar si queremos pervivir, son raíces que han supuesto y suponen tantísimo para nuestra cultura, para nuestro patrimonio humano y social, para nuestro futuro y nuestra unidad. Son raíces de fe en comunión con la Católica, en fidelidad a una Traditio.

Considerando y valorando de manera objetiva el «esplendor visigótico», cimiento y generador de tanto cimiento, del que somos deudores, veo conveniente recordar aquellas palabras dirigidas a Europa , pero como si se dirigiese a España –y concluir con ellas– del siempre querido siervo de Dios, el Papa Juan Pablo II, en Santiago de Compostela: España, «¡vuelve a encontrarte! Sé tú misma. Descubre tus orígenes. Aviva tus raíces. Revive aquellos valores auténticos que hicieron gloriosa tu historia y benéfica tu presencia en otros continentes. Reconstruye tu unidad espiritual, en un clima de pleno respeto a las otras religiones y a las genuinas libertades. Da al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios!» [50].


NOTAS 

[1] A. Domínguez Ortiz, España. Tres mil años de historia, Madrid, 2001, 45.
[2] Luis Suárez Fernández, Los creadores de Europa. Benito, Gregorio, Isidoro y Bonifacio, Pamplona 2005, 152.
[3] Julián Marías, España inteligible. Razón histórica de las Españas, Madrid 2006, 93.
[4] Cf. Juan Pablo II en su obra con el mismo título, Memoria e identidad. Conversaciones al filo de dos milenios, Roma 2005; Madrid 2006.
[5] Joseph Card. Ratzinger, Perspectivas y tareas del catolicismo en la actualidad y de cara al futuro, en XIV Centenario Concilio III de Toledo, 589-1989, Toledo 1991, 107.
[6] Julián Marías, o.c., 63.
[7] M. González Martin, El Concilio III de Toledo y la unidad católica de España, en El Concilio III de Toledo. XIV Centenario, Toledo 1991, 70.
[8]Julián Marías, o.c., 63. Cfr. ss.
[9] J. Orlandis, Historia de la Iglesia I. La Iglesia antigua y medieval, 11 edición, Madrid 2006, 194.
[10] Julián Marías, o.c., 73.
[11] Cf. E. A. Thompson, Los godos en España, Madrid, 1971; J. Orlandis, La Iglesia de la España visigótica y medieval, Pamplona 1976; Ib., Estudios de historia eclesiástica visigoda, Pamplona 1998; J. M. Mínguez, La España de los siglos VI al XIII. Guerra, expansión y transformaciones. En busca de una frágil unidad, San Sebastián 1994
[12] Julián Marías, o.c., 76.
[13] Ed. J. Campos, Madrid 1960.
[14] Julián Marías, o.c., 75.
[15] Cf. por ejemplo J. Orlandis, Europa y sus raíces cristianas, Madrid 2004, 43-173; Id, Historia de la Iglesia, I, p. 191-217; LUIS SUÁREZ, Las raíces cristianas de Europa, Madrid 1986; Centro Italiano di Studi sull’alto Medioevo, La conversione al cristianesimo nell’Europa dell’Alto Medioevo, Spoleto 1967.
[16] J. Orlandis, Historia de la Iglesia I, 210.
[17] Luis Suárez, Los creadores de Europa, 147.
[18] Ib., 150.
[19] Cf. J. De Bíclaro, Cronicon Ioannis Biclarensis.
[20] Cf. Ib.
[21] Cf. Luis Suárez, o.c., p. 107-144.
[22] Cf. E. Romero Pose, Raíces cristianas de Europa, Madrid 2006, 15; cfr. también 345-365.
[23] Ib., 360.
[24] Cf. J.A. Dominique de Caylus, Espagne (Église d’), en DThC, V, 533- 603; A. Michel, Toledo (Conciles de), en DTHC, XV, pp. 1176-1208), o mejor, con toda propiedad, el comienzo de la «España visigoda» (Cf. Julián Marías, o.c., 77-82).
[25] J. Vives, Concilios visigóticos e hispano-romanos, Madrid-Barcelona 1963, 107.
[26] Cf. J. de Biclaro, o.c., ML 72, 869.
[27] Mansi, 9, 977.
[28] J. Vives, o.c., 109; Mansi, 9, 978.
[29] Mansi, 9, 977-978.
[30] Ib., 9, 978-79.
[31] Ib., 9, 979.
[32] Ib., 9, 980.
[33] Ib., 9, 983.
[34] J. Orlandis, o.c., 224-225
[35] E. Romero Pose, o.c., 36.
[36] R. García Villoslada, Introducción a la Historia de la Iglesia en España, vol 1, Madrid 1979, XLII.
[37] Cf. Julián Marías, o.c., 77 ss.
[38] Ib. , 57.
[39] R. Menéndez Pidal, Los españoles en la historia. Introducción a la Historia de España, I, vol 1, Madrid 1954; LIV
[40] Cf. A. M. Rouco Varela, España y la Iglesia católica, Madrid, 2006, p. 23; cf. Julián Marías, o.c., 57-59
[41] Joseph Card. Ratzinger, Perspectivas y tareas, 107.
[42] M. González Martin, El Concilio III de Toledo, Identidad católica de los pueblos de España y raíces cristianas de Europa. Carta pastoral, septiembre 1989, en XIV Centenario III Concilio de Toledo, 83.
[43] Juan Pablo II, Discurso a su llegada a Santiago de Compostela, 19 de agosto, 1989, en XIV Centenario III Concilio de Toledo, 77-78.
[44] J. Orlandis, Historia de la Iglesia I, 211-212.
[45] Julián Marías, o.c., 85.
[46] Joseph Card. Ratzinger, Iglesia, ecumenismo y política. Nuevos ensayos de eclesiología, Madrid 1987, 245.
[47] E. Romero Pose, o.c., 39.
[48] Ib., 39.
[49] Ib., 43.
[50] Juan Pablo II, Discurso en el acto europeísta celebrado en la Catedral de Santiago de Compostela, 9 de noviembre, 1982, n. 4.

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