París del 68 ciertamente fue un alarido repentino y efímero, pero no por ello intrascendente. No hay que olvidar que al grito de lucha de la juventud rebelde, se sumó un país entero y, aún más lejos, el estallido remeció al mundo.

El gran grito de guerra fue en París. Una nueva revolución francesa en pleno siglo XX, forjada en mentes juveniles herederas de las vanguardias del pensamiento que teñían el espíritu de los tiempos. Estudiantes universitarios que se levantaban contra la autoridad, la tradición, el sistema imperante. Disconformes con la realidad, pretendían no tanto cambiarla, pues las soluciones eran escasas, como hacer un quiebre. El Mayo francés fue un movimiento más destructivo que reformador, una revuelta fallida, pero cargada de significado; con una característica propia, además, pues a la corriente estudiantil se unió una crisis social y el movimiento se hizo universitario y obrero.

La declaración de guerra pareció haber sido sacada de la nada. Fue el legado de un grupo que se unió con miras a la acción per se. Sin grandes ideales en el horizonte decidieron protestar ¿por qué? Por protestar. ¿Contra qué? Contra una detención, una ocupación de la facultad, o cualquiera fuese la situación concreta. «La fuerza de nuestro movimiento reside precisamente en que se apoya en una espontaneidad incontrolable, que da el impulso sin pretender canalizar o sacar provecho de la acción que ha desencadenado» –explicó Daniel Cohn-Bendit, cabecilla del movimiento estudiantil al filósofo existencialista Jean Paul Sartre en una célebre entrevista realizada en medio del fragor de los acontecimientos. Y agregó: «La defensa de los intereses de los estudiantes resulta, de todos modos, una cosa problemática. ¿Cuáles son esos intereses? Los estudiantes no constituyen una clase. Los trabajadores, los campesinos, forman una clase social y tienen intereses objetivos. Sus reivindicaciones son claras y van dirigidas a los patrones, a los representantes de la burguesía. ¿Pero los estudiantes? ¿Quiénes son sus opresores, salvo el sistema?». La rebeldía en nombre de una «libertad» vacía de contenido creció fuera de toda expectativa. Al grito de violencia se unieron millares de voces y el grupo de jóvenes descontentos con todo se hizo poderoso.

La oleada de revueltas juveniles tocó al mundo y extendió su mensaje subversivo hasta lejanías insospechadas. El intento de sofocarlas con porras y disparos fue contraproducente. La sangrienta imagen se volvió histórica y se convirtió en emblema generacional.

Las grandes protestas de París tuvieron lugar entre el 3 y el 30 de mayo de 1968, pero su origen puede remontarse a las reformas universitarias de 1967. Éstas dejaron una sensación de descontento que se tradujo en la iniciativa de un grupo de estudiantes de la Facultad de Letras de la universidad de Nanterre, dirigidos por Daniel Cohn-Bendit, de formar el Movimiento 22 de marzo.

La existencia de un pequeño movimiento estudiantil no fue, en todo caso, demasiado advertida. Difícil hubiera sido imaginar la resonancia que tendría un grupo de jóvenes disconformes frente al Estado francés, que era reconocido como uno de los más sólidos y estables de Europa. Francia contaba por esos años con una jerarquía administrativa bien organizada y competente, formada por una élite respetada y coronada por el gobierno del general Charles de Gaulle, figura autoritaria y gran dominador del panorama político. A esto se sumaba el visible crecimiento del nivel de vida en el país. Una ola de prosperidad que fue conocida a mediados de la década siguiente como los treinta gloriosos, y que se insertaba en medio de la expansión capitalista y demográfica mundial que caracterizó a los sesenta.

La universidad no era ajena a la tendencia general. El crecimiento de la población había traído como consecuencia una multiplicación del alumnado y la entrada masiva de un grupo perteneciente al sector medio y bajo de la sociedad. Una clase que en ese entonces hacía esfuerzos por acomodarse a una institución que una generación antes había sido inaccesible.

Dominaba, en ese ambiente universitario, sobre todas las ciencias sociales y humanidades, el estructuralismo. El sujeto y el acontecimiento había desaparecido, todo era estructura. El marxismo, que conservaba su atractivo sobre las generaciones jóvenes, también siguió la tendencia. En este ambiente comenzó el difuso malestar que luego se encarnó en las diversas oleadas de protesta estudiantil alrededor del mundo: Praga, México, Italia, España, Estados Unidos, y hasta Chile tuvieron sus movimientos sesentayochistas. Pero el espíritu de la época se encarnó sobre todo en París, donde se libró una guerra que se peleó fuera de las salas de clase, en las calles. Donde los jóvenes se adueñaron de los espacios públicos enfrentándose a quien se les pusiera por delante, aunque la amenaza fuera un arma de fuego.

En este contexto es pertinente volver a los acontecimientos.

El viernes 3 de mayo un grupo de jóvenes, compuesto principalmente por estudiantes de la universidad de Nanterre, ocupó la plaza de la Sorbona en un acto de protesta organizado por el Movimiento 22 de marzo y la Unión Nacional des Éstudiants de France (UNEF). Respondiendo a la orden del rector de la Academia de París de desalojar el lugar, la policía se enfrentó con los estudiantes. Fue el primer choque con las fuerzas del orden. La revuelta se extendió por seis horas y acabó con varios detenidos. El rector de la Academia decidió clausurar la Sorbona. Se convocó a una huelga exigiendo la reapertura de la universidad y la liberación de los detenidos, peticiones que no fueron aceptadas por el gobierno.

La semana siguiente se inició expectante. El fin de semana había sido un respiro antes de la tormenta. El lunes 6 de mayo, que será luego conocido como el lunes sangriento, los «ocho de Nanterre» comparecieron ante el comité de disciplina instalado en la Sorbona, al que acuden cantando la Internacional. La ocasión dio lugar a un resurgimiento de las protestas y a una convocatoria a la huelga. La UNEF llamó a la unión de todos los estudiantes y a los trabajadores. Ya en la tarde, el Barrio Latino se convirtió en campo de guerra, y la lucha se extendió durante la noche. Los estudiantes formaron barricadas con coches volcados, mientras se armaban con los adoquines del pavimento. Las cifras oficiales hablan de 422 detenciones y cerca de 600 heridos. El Ministro de Educación Nacional, Alain Peyrefitte, explicó públicamente que la intervención policial del 3 y el 4 de mayo tenía por objeto proteger a la mayoría de los estudiantes parisinos contra un «puñado de agitadores». Ya había dicho el general de Gaulle al recibir al nuevo Consejo de la Asamblea Nacional: «No es posible dejar que se instalen en el interior de la Universidad los que se oponen a la Universidad. No es posible tolerar las violencias en la calle, lo cual nunca ha sido forma de instaurar el diálogo».

Las manifestaciones estudiantiles continuaron durante la semana. Cerca de 40 mil personas protestaban ya el martes, enarbolando banderas rojas y negras. Las colgaron del Arco del Triunfo. La Internacional era la música de fondo del levantamiento que ahora exigía la retirada de las fuerzas del orden del Barrio Latino, la liberación y amnistía de los estudiantes detenidos, y la reapertura de las facultades cerradas. El Barrio Latino quedó en estado de sitio y la volátil opinión pública comenzó a simpatizar con los aporreados estudiantes parisinos, sorprendida ante la brutal represión que resonaba en los medios de comunicación. Los movimientos obreros pusieron un pie en el juego y los partidos políticos expresaron su solidaridad con los estudiantes.

El gobierno no parecía dispuesto a ceder. El ministro Peyrefitte anunció el 8 de mayo que las facultades podrían abrir lo antes posible, pero no consideró las otras condiciones planteadas por los estudiantes. El movimiento estudiantil recrudeció. La izquierda aprovechó entonces para definirse a favor de los estudiantes. El Partido Comunista cambió su línea inicial, en orden a hacerse cargo de la insurrección.

El viernes 10 la policía tomó la Universidad de Nanterre. El panorama se volvió negro. En el Barrio Latino se formaron nuevamente barricadas. La policía las asaltó a las 2 de la mañana, sin que la lucha cesara hasta las 6. Monseñor Marty, Arzobispo de París, pidió en un mensaje retransmitido por Radio Luxemburgo que se restableciera la calma. El sábado 11 carros blindados se desplazaron, entre los insultos de las masas, por las calles tomadas, con el objeto de romper las barricadas. Entre tanto, los sindicatos obreros convocaban a huelga general para el lunes siguiente. Ante el desastre, el primer ministro Georges Pompidou, de vuelta de un viaje por Afganistán, dio la orden a las Compagnies Républicaines de Securité de abandonar la universidad de la Sorbona y entregarla sin resistencia a los estudiantes. La idea del Gobierno era retirarse con el objetivo de privar de su objetivo estratégico, la liberación de la Sorbona, a la manifestación convocada para el 13 de mayo. Pompidou explicó por escrito la causa de su decisión a Raymond Aron dos meses después: el plan era «ganar tiempo, circunscribir el mal, para luego tomar sin dolor la iniciativa cuando la opinión pública estuviese harta».

Pero la opinión pública no se cansó tan fácilmente como Pompidou preveía. El 13 de mayo se hizo realidad la gran manifestación anunciada por trabajadores y estudiantes, y así el movimiento que había comenzado entre unos díscolos jóvenes de Nanterre llegó a su culminación. París quedó abandonada a la voluntad de una falange compuesta por un millón de personas según las cifras sindicales (170.000 según las cifras oficiales). Infaltables, hicieron acto de presencia grandes personalidades de la izquierda como Francois Mitterrand y Pierre Mendès-France. Desde entonces la crisis estudiantil derivó en crisis social y movimiento obrero, en un paro general indefinido, en el caos y el levantamiento de quien quisiera tomar la palabra para protestar. Esa noche los estudiantes ocuparon la Sorbona, que se encontraba «liberada» de toda vigilancia policial. La enardecida juventud eligió como testigos de la ofensiva las imágenes de los grandes líderes revolucionarios del siglo, que fueron pegadas en los pilares que rodean la plaza de la institución. Se exhibieron así posters con las caras de Marx, Lenin, Mao, Trotski, Fidel Castro, el Che Guevara. Dueños al fin de la universidad los estudiantes organizaron una administración y comenzaron los debates sobre la revolución cultural y estudiantil. La revuelta parecía haber triunfado contra el Estado.

Fue la «liberación» final. No había autoridad dispuesta a callar a quien quisiera oponerse, alegar, opinar. Precisamente este fue el quid del levantamiento del ’68: en un París libre de la presencia del Estado en el cual el derecho a hablar y manifestarse se volvió ilimitado. De ello son testimonio las palabras de Daniel Cohn- Bendit: «Es preciso evitar la creación inmediata de una organización o definir un programa que serían inevitablemente paralizantes. La única oportunidad del movimiento es justamente ese desorden que permite a las gentes hablar libremente y que puede desembocar, por fin, en cierta forma de autoorganización». Se entiende que el icono del movimiento fueran las creativas pancartas que, jugando con palabras y conceptos, proclamaban las consignas del difuso ideal sesentayochista: los inolvidables «prohibido prohibir», «la imaginación al poder», «seamos realistas, pidamos lo imposible», «el caos soy yo» o la directa afrenta «no vamos a reivindicar nada, no vamos a pedir nada. Tomaremos, ocuparemos». El filósofo Jean Paul Sartre se manifestaba extasiado ante la originalidad de los jóvenes rebeldes y animaba a Cohn- Bendit a seguir adelante: «Lo interesante de la acción que ustedes desarrollan es que lleva a la imaginación al poder. Ustedes poseen una imaginación limitada como todo el mundo, pero tienen muchas más ideas que sus mayores. Nosotros estamos formados de un modo tal que tenemos ideas precisas sobre lo que es posible y lo que no lo es. (…) La clase obrera ha imaginado a menudo nuevos métodos de lucha, pero siempre en función de la situación precisa en la que se encontraba. (…) Ustedes tienen una imaginación mucho más rica y las frases que se leen en los muros de la Sorbona lo prueban. Hay algo que ha surgido de ustedes que asombra, que trastorna, que reniega de todo lo que ha hecho de nuestra sociedad lo que ella es. Se trata de lo que yo llamaría la expansión del campo de lo posible. No renuncien a eso».

Siguió la más grande huelga general de toda la historia social de Francia, en la que participaron más de siete millones de obreros y que trajo al imaginario el recuerdo de los días del Frente Popular, cuando otra huelga general derivó en la ocupación de fábricas. Los obreros se pararon con plazo indefinido por toda Francia y se tomaron sus lugares de trabajo. Planteaban reivindicaciones concretas relativas a horas de trabajo, salarios y vacaciones, pero sobre todo a una nueva relación con el trabajo. Una vida nueva en la fábrica.

Entretanto los estudiantes seguían dando rienda suelta a su insurrección paralela. De la ocupación de la Sorbona pasaron a la del Odeón. Establecieron una asamblea permanente y después se lanzaron de nuevo a las calles, contra la policía en una segunda noche de barricadas ocurrida el 24 de mayo.

La izquierda no cesaba de dar empujones para derribar al gobierno. El comunista Waldeck Rochet demandaba la formación de un «gobierno popular» con participación de su partido. Francois Mitterrand, socialista, y Pierre Mendès-France, radical, se declararon disponibles para formar un «gobierno provisional de gestión» con el programa de una convocatoria para elecciones presidenciales en la que se presentaría a Mitterrand como candidato.

Y de pronto aquel castillo de arena misteriosamente construido sobre una rabiosa pataleta contra la autoridad llegó a su fin. El general De Gaulle viajó a Alemania a conferenciar con el general Massu y regresó con las ideas claras y la voluntad reforzada contra el golpe de Estado en ciernes organizado por la izquierda. Se acabaron las regalías. No hubo referéndum de participación, sino que se disolvió la Asamblea y se convocó a nuevas elecciones legislativas. A la manifestación de la izquierda, respondió el general De Gaulle convocando el 30 de mayo a una marcha por los campos Elíseos de todos los franceses que se opusieran a la «amenaza del comunismo totalitario». La derecha salió ese día en masa a la calle. Aquel poder intelectual dispuesto a romper con todo, fue aplastado por el orden representado en el Estado del general de Gaulle. Y la sensatez regresó a la golpeada ciudad de París.

El 23 y 30 de junio la derecha triunfó en las elecciones legislativas. Y la rebelión murió agotada, sin haber alcanzado el poder. En el aire quedaron revoloteando, como ecos de Mayo del 68, algunos grupos fragmentados: maoístas, anarquistas, libertarios que fueron desmontados por la policía.

París del 68 ciertamente fue un alarido repentino y efímero, pero no por ello intrascendente. No hay que olvidar que al grito de lucha de la juventud rebelde, se sumó un país entero y, aún más lejos, el estallido remeció al mundo. París del ‘68, incluso con su fugacidad, es símbolo y estandarte del alma de una generación bajo el alero de la cual se anidó la historia reciente. El movimiento sesentayochista se insertó en una tendencia rupturista, rápidamente acallada en su parafernalia, pero que continuó vigente. Fue el emblema del cambio, de la liberalización de las costumbres, de una aversión a la autoridad cuya resonancia actual es evidente. Ya lo sentenció André Malraux al calificar el movimiento de Mayo del ’68 como «una verdadera crisis de civilización».


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