La libertad no puede figurar, por su carácter de atributo de una potencia, como un fin, porque éste es siempre un acto. En la armonización de esta dialéctica libertad-acto moralmente perfectivo, se juega la verdadera forma del orden político.

El concepto de “forma” (eidos) no está específicamente tratado por Aristóteles en su filosofía de las cosas humanas, especialmente en la Política. Sin embargo, nada obsta para que examinemos cómo esta noción capital de la filosofía aristotélica, tiene un uso implícito y bastante claro en su pensamiento político.

Es fácilmente comprobable por otra parte, que el concepto de forma está intrínsecamente ligado a otro que para Aristóteles ocupa el lugar de honor en su pensamiento: el de la teleología o finalidad: “aquello en vistas de lo cual” (tò hoû héneka), son más exactamente las palabras del Estagirita. Y esto es a tal punto así, que ambos términos reciben frecuentemente un mismo tratamiento [1]. La forma es fin y el fin es la forma: la forma de un árbol es el fin del árbol, ya desde su venir al mundo como semilla. Este aspecto finalístico de la forma, especialmente evidente en el orden natural, o por lo menos en aquellas cosas sometidas a procesos de generación y crecimiento. Precisamente, el hecho de que las cosas naturales tengan un fin, y que en su conjunto la naturaleza sea causa de un orden finalísticamente orientado, constituye uno de los grandes temas de discusión de Aristóteles, en sus libros físicos, contra el mercanicismo atomístico de Demócrito. Lo que está en potencia de ser algo, pertenece en todas sus progresiones a ese algo final hacia el cual se dirige su mismo dinamismo evolutivo. Por eso, entre otros ejemplos que podrían aducirse, el embrión de un ser animado se “pertenece” a sí mismo o a su propia forma final como individuo desarrollado, antes que al eventual individuo portador y proveedor de su hábitat biológico [2].

Lo que sucede en el orden de los asuntos humanos guarda varias semejanzas con lo que sucede en el orden natural subhumano. La coincidencia fundamental es que las formas comunitarias elementales tienen, para Aristóteles, además de una coordinación horizontal-interior, una ordenación finalística de tipo vertical-extrínseca que, paradójicamente, es la más importante y da su sentido a las primeras. Así como en un sistema biológico la morfología y fisiología citológica e histológica, sólo pueden explicarse exhaustivamente en tanto se las comprenda como ordenadas al fin superior del organismo plenamente constituido, y éste a su vez es etiológicamente más comprensible a la luz de su integración en la biocenosis (o, diríamos, en el orden ecológico), de la misma manera, las comunidades prácticas toman su sentido de una comunidad política última que les provee su energía aglutinante. El orden político es la forma final natural de las asociaciones infrapolíticas [3]. La praxis humana está, por naturaleza, ordenada a una perfección cuyo acabamiento solamente es asequible en la instancia política. Por eso la forma más perfecta de cualquier orden comunitario es alcanzada cuando se llega a instaurar un orden político. Esta virtualidad política de toda acción humana, y por lo tanto de toda comunidad -que es, materialmente, un conjunto de acciones- constituye lo más radicalmente natural de las comunidades. Con la expresión “radicalmente natural” aludimos a un cierto orden de cosas que no dependen de nosotros. Así como no es asunto nuestro, sino de la naturaleza, decidir acerca de la ordenación fisiológica de una determinada estructura celular u orgánica, tampoco nos compete decidir si las comunidades infrapolíticas deben o no ordenarse a la comunidad política. Sobre el fin y sobre las cosas del pasado no se delibera, sostiene el Estagirita. Hasta aquí, muy abreviadamente, las semejanzas entre el orden natural y la acción humana.

Pero junto a estas similitudes, coexisten algunas diferencias importantes con el orden natural no humano. La más significativa de todas y, probablemente, la más pasada por alto, es que, si bien en la naturaleza hay una cierta espontaneidad de los procesos de desarrollo orgánico y metabólicos (la etimología de “espontáneo” remite a la idea de una promesa -de ahí “esponsales”-, y en griego, a una promesa que tiene a los dioses como garantes), en lo relativo a la praxis, la ordenación teleológica de las comunidades no está garantizada por esa espontaneidad en ninguno de sus momentos evolutivos. Necesariamente, o espontáneamente, una familia se ordenará a una forma superior de asociación, por más que su bien más perfecto, en tanto comunidad familiar, sea extrafamiliar. Las cosas humanas tienen la especial característica de que, aun no pudiendo nada contra la ordenación finalística por la cual se encuentran tendencialmente dirigidas, la consecución de su fin es siempre un asunto encomendado y no garantizado. Por eso lo “político” de una comunidad depende de decisiones humanas y es un asunto de configuración permanente. Ahora bien, una comunidad puede ser llamada “política” cuando posee una constitución: por eso la constitución es la forma de esa comunidad aquello por lo cual queda asegurada su identidad. “La constitución, escribe Aristóteles, es la vida misma de la ciudad” [4]. Sin embargo, esa misma constitución por la cual una comunidad es política, a su vez no es un conjunto de disposiciones jurídicas que tengan por fin asegurar ciertas reglas de juego claras, o garantizar los derechos individuales. Nada más extraño al pensamiento aristotélico que la idea de la ley como una garantía de derechos [5]. Por el contrario, la ley, y especialmente la ley constitucional, es para el Estagirita una cuestión de pedagogía moral pública; dicho de otro modo, la ley, antes que una “ventaja jurídicamente protegida”, es el exponencial político de la virtud moral. Por eso una asociación puede llamarse política sólo cuando su constitución manifiesta públicamente la voluntad de conformar una comunidad éticamente orientada. De este modo, el fin de la ley es, sí, el de constituir una comunidad política, pero esa comunidad sólo podrá llamarse “política” si la ley constitucional que la conforma concuerda con una meta de perfección moral. Esta perfección moral es, nada más y nada menos, que el fin mismo de la vida, del cual se ocupa precisamente la Política. No basta con que haya tratados comerciales, un aparato judicial, un territorio común, etc., para que estemos en presencia de una polis [6]. Así los distintos grados de complejidad asociativa de las comunidades humanas, se encuentran, por una parte, teleológicamente vinculados y tendencialmente orientados hacia la forma política. Pero por otra parte, esta inclinación no transmite, por sí sola, el suficiente empuje inercial como para producir el tránsito automático de un estadio organizacional a otro hasta llegar a la forma política. La naturaleza en este caso provee la tendencia; arte humano corresponde completar la obra que la naturaleza ha esbozado y acotado [7].

La teleología política aristotélica, a la cual quedan integradas y por la cual son suficientemente explicadas todas las posibilidades de asociación humana, exige por cierto, dado su carácter de no automaticidad, una cuidadosa sincronización pedagógico-moral de cada uno de sus momentos. La pedagogía familiar, por ejemplo, debe ser coherente con la pedagogía política. La discordancia de objetivos pedagógicos entre los diferentes estratos de la vida social, tiene un efecto centrífugo sobre las comunidades. Esta desarticulación de los momentos educativos, especialmente evidente para Aristóteles en el régimen democrático [8], provee las bases psicológicas de un egoísmo social, cuya consecuencia es la injusticia en sus más variadas expresiones. Pero en la perspectiva aristotélica queda claramente identificada la razón por la cual la ley debe ser el instrumento político de la ética, el cual contribuye a la formación de un orden político concebido como un todo moralmente perfectivo [9]. No hay lugar en este pensamiento para una separación entre “moral pública” y “moral privada”, pues la moral misma tiene como única posibilidad de propagación su hacerse pública; su perfección es un asunto de pedagogía social en cualquiera de sus niveles: ni exclusivamente familiar ni exclusivamente estatal [10]. Y como la ley es dada por el legislador, la educación moral de éste ha de ser la primera preocupación pedagógica de la comunidad. Por eso la Ética Nicomaquea es un tratado escrito para ellos, y no es totalmente esotérico ni totalmente exotérico. Conviene recordar esto porque podría dar la impresión de que el esquema moral propuesto en esa obra es demasiado exigente, poco “realista”, olvidando que su destinatario no es el pueblo, al que Aristóteles considera incapaz de acceder inmediatamente a la perfección del carácter [11], sino el que está llamado a regirlo. La estructura misma de la Ética Nicomaquea y no pocos pasajes aparentemente inconexos, quedan suficientemente claros si conservamos la hipótesis de que su destinatario no es el pueblo (demos), sino aquellos llamados a darle a éste su forma o identidad como comunidad política, esto es, los legisladores (nomothétes). No se trata, en esta perspectiva al menos, de encontrar la fórmula de “moralizar la política” sino de hallar la dimensión política de la moral -que no es exactamente lo mismo-, por medio de una rigurosa pedagogía ética de los futuros legisladores.

Este esquema político aristotélico que insiste de manera especial en los aspectos pedagógicos, llama sin embargo la atención del lector contemporáneo por el magro espacio dedicado a la noción de libertad, especialmente si tomamos en cuenta que la misma es hoy considerada un concepto político central. E incluso, su relevancia política ha sido precedida por varios siglos de discusiones, no ya en el campo de la filosofía política, sino en el de la filosofía moral en las polémicas acerca del libre albedrío.

La libertad en política: dos niveles de significación

Así entonces, el concepto de libertad no tiene una gravitación tan decisiva como categoría ético-política en el Corpus aristotelicus, como erróneamente se podría estar inclinado a juzgar si efectuáramos una transpolación hermenéutica de criterios contemporáneos en materia política. O por lo menos no la tiene si indagamos la función de la libertad como posible télos político. Veamos la afirmación de un autor insospechado: “Es notable que el ideal de la libertad, que impera como ningún otro en la época moderna desde la revolución francesa para acá, no desempeñe ningún papel importante en el período clásico del helenismo, a pesar de que la idea de la libertad como tal no está ausente de esta época” [12]. La libertad es sin duda un concepto político, pero su significación en el universo pedagógico-moral aristotélico no alcanza las dimensiones que pueden comprobarse en la modernidad.

La condición de “libre”, debe ser entendida en la filosofía política clásica como opuesta a la de “esclavo”; nada más y nada menos. En este contexto la libertad no tiene el inabarcable alcance ético y metafísico de la modernidad, el cual “nutre e informa todo el arte, la poesía y la filosofía del siglo XX” [13]. Sin embargo, en el Corpus aristotélico encontramos un tratamiento de la libertad aparentemente confuso. Por una parte, son numerosos los lugares en donde se alude a la perfección ética que implica la formación de un carácter libre. El hombre libre parece ser uno de los objetivos pedagógicos más deseables [14]. Pero por otra parte, la libertad es el principio de uno de los regímenes de gobierno clasificados por Aristóteles como corrupto; en efecto, al igual que para Platón, la democracia es para el Estagirita un régimen odioso, entre otras cosas, porque el espíritu que lo rige es el de la libertad [15]. Debemos pues encontrar una explicación a este equívoco.

Sócrates, con su concepto del dominio interior del hombre por sí mismo (enkráteia), esboza la teoría de la libertad como un asunto de interioridad moral. Platón sistematiza este punto de vista ético en su conocida teoría del comunismo (Rep., Libro V, cap. 7). La preocupación platónica es la de alejar de cualquier forma de codicia que pudiera desviar de su función a quienes tienen el cuidado del orden político [16]. En el pensamiento platónico, la libertad es una libertad interior que se alcanza mediante la renuncia y el despojo. Mientras menos se tenga, más libre se es y más eficazmente se podrá dirigir el Estado. En el fono, la perspectiva aristotélica no abandona en ningún momento su adscripción a la tradición socrático-platónica en cuanto a la interioridad de la libertad, y jamás este término es empleado en referencia a una supuesta facultad jurídica. La crítica aristotélica a la posición platónica no es tan radical como pudiera suponerse, bastaría sólo con discutir la tesis “comunistas”, en el sentido de que no necesariamente la posesión de bienes es un obstáculo para la virtud, sino, incluso, hasta una cosa necesaria para el florecimiento de la perfección moral.

Uno de los pasajes del Corpus aristotélico donde curiosamente se ve más claramente este asunto de la libertad, es el de la teoría de la esclavitud. El hombre libre lo es porque no es esclavo; pero el esclavo no es el que ha perdido su libertad, sino el que lo es por no ser libre. La esclavitud es para el Estagirita una condición del espíritu según la cual aquel que la padece no es libre de decidir acerca de su vida, y por lo tanto, no puede decidir acerca de la de los demás. El análisis aristotélico de la esclavitud es muy revelador en este sentido. Después de una fugaz descripción fenoménica del esclavo (Pol. 1254ª 13-17), Aristóteles pasa a tratar el asunto con detenimiento desde una perspectiva psicológica (Id. 17-1255b 15), y afirma, entre otras cosas, que para algunos hombres “la esclavitud es a la vez conveniente y justa”, o que “el amo y el esclavo que por naturaleza merecen serlo tienen intereses comunes y amistad recíproca, y cuando no es éste el caso, sino que son amo y esclavo por convención y violencia, sucede lo contrario”. La esclavitud no es entonces para Aristóteles, en lo esencial, una categoría laboral, política o racial, sino ético-psicológica. Por eso, la inhabilitación política del esclavo es consecuencia de una determinada situación de su espíritu atribuible a una mala pedagogía, pero sobre todo a una deficiente naturaleza. Este es un punto de vista compartido por toda la tradición socrática, desde Jenofonte [17] y hasta por los mismos Padres de la Iglesia. La divergencia con estos últimos está en que no es posible admitir una esclavitud por naturaleza, pues ello implicaría que Dios habría creado dos naturalezas humanas, lo cual es claramente inadmisible. Debe notarse sin embargo, si es que los Padres se dirigen a Aristóteles cuando niegan que Dios haya podido crear una naturaleza esclava, que el Estagirita no trata del esclavo como de una naturaleza diferente; el esclavo no es otra especie del género “animal”, distinta del hombre, sino un hombre, cuya naturaleza es la de esclavo [18]. Es obvio que con esta aclaración acerca de la humanidad del esclavo, se infiere que el sentido en que Aristóteles está empleando el término naturaleza, no es el de forma substancial, sino más bien el de solvencia intelectual (logos) y / o carácter (ethos), como cuando nosotros mismos nos referimos a una persona de buen o mal natural. En todo caso, el acuerdo de base radica en que la esclavitud es una característica espiritual cuyo origen es, para Aristóteles, la naturaleza, y para los Padres, el pecado. Pero aún así, una explicación no excluye a la otra: la causa inmediata de la esclavitud es la naturaleza (hasta aquí Aristóteles), la cual a su vez ha sido dañada por el pecado, y ésta es la causa remota señalada por los Padres. Ser esclavo no es una condición necesariamente desgraciada, e incluso para Aristóteles es lo más conveniente para un hombre que no es libre, es decir, que no es capaz de decidir y elegir por sí solo un rumbo conveniente para su vida. La libertad interior es la condición sine qua non de las decisiones que conformarán a su vez las acciones buenas y justas, objeto de la Política. Ella no es nunca una meta política.

Cuando la libertad es formulada como el ideal de una organización política, ésta sella su condena de muerte. La mejor descripción de la sociopatología y de la consecuente psicopatología debidas a la entronización de la libertad como una meta por alcanzar psicopatología debidas a la entronización de la libertad como una meta por alcanzar, es vívidamente presentada por Platón a partir del cap. 10 del octavo libro de la República. Es muy importante no perder de vista el lugar que ocupa en el pensamiento platónico y aristotélico la referencia a la pedagogía personal respecto del orden político al que se aspira. Pero subsiste aquí la pregunta: ¿por qué la libertades al mismo tiempo buena, cuando es un asunto ético, y mala como objetivo político? La explicación de esto es que en realidad, la libertad no puede ser formulada como el fin de una comunidad política que se quiera moralmente perfectiva, porque ésta sólo existe cuando el entramado de acciones que la conforman, son eso, acciones o actos, y no potencias o facultades. La libertad, en el vocabulario técnico de la filosofía, es un concepto afín al de potencia; la libertad siempre es libertad de algo y no libertad pura, en sí. Algo similar sucede con el mismo concepto político de poder. La grandeza o infamia del poder dependen del acto al cual éste se ordena; el poder nunca existe en estado químicamente puro, siempre es poder de algo y es ese algo (o acto de gobierno) lo que califica moralmente el poder. Y lo mismo vale para la libertad. Si ella fuera el ideal de la comunidad política, ésta se pondría en situación de reservarse la modificación perpetua de todas las acciones, independientemente de su bondad o maldad. La libertad, en tanto es el atributo de una potencia (sc. del orektikós noûs u órexis diannoetiké: EN, 1139b 4-5), está orientada hacia lo bueno y hacia lo malo. Pero es preciso quebrar esa indefinición a favor de lo bueno y justo, que es lo único capaz de configurar un verdadero orden político, antes de privilegiar, como en el caso de la democracia, el estado de permanente indefinición respecto de lo justo y bueno. La cara “políticamente correcta” de este escepticismo es presentada hoy como una intangibilidad de las preferencias valorativas. Sin embargo, la prelacía del principio de libertad es precisamente lo que lleva a la disolución de la ciencia política en una simple cratología, en una ciencia del poder. Precisamente ésa es la perspectiva maquiavélica de la política. Pero desde una óptica aristotélica, es posible concluir que si no hay libertad interior, ninguna decisión justa y buena será posible. De lo que se trata más bien es de reposicionar la función de la libertad en su lugar natural, es decir, en lo político, como un concepto subordinado al de la buena sociedad, y no subordinante de la misma; y en lo ético, como una condición previa de las buenas elecciones y decisiones, es decir, como un instrumento de la verdad práctica. Pero en cualquier caso, la libertad no puede figurar, por su carácter de atributo de una potencia, como un fin, porque éste es siempre un acto. En la armonización de esta dialéctica libertad-acto moralmente perfectivo, se juega la verdadera forma del orden político.


Notas 

[1] Pol. 1252b 32 ss. Phys. 198 25-26, inter alla.
[2] Esta es una idea que también está presente en Tomás de Aquino: “Algunos dijeron que las operaciones vitales que aparecen en el embrión no proceden de su alma, sino de la madre, o de la virtud formativa que hay en el semen. Estas dos aserciones son falsas, porque las funciones vitales, como sentir, alimentarse y crecer, no pueden tener por causa un principio extrínseco. Así, debe decirse que preexiste en el embrión el alma, al principio nutritiva, después sensitiva y por último intelectiva” (Suma Teológica, la, q. 118, a 2 ad2).
[3] Véase, inter alia, Pol. 1252ª4 – 7; 1252b 28 – 1253ª1.
[4] Pol. 1295ª40-b1.
[5] Sin embargo, el libro de Fred Miller defiende la tesis de que la idea de “derechos subjetivos” está de algún modo presente en Aristóteles. Fred Miller, Nature. Justice, and Rights in Aristotle`s Politics. Oxford, Clarendon Press, 1995, cap. 4.
[6] Pol., 1280ª 31 ss.
[7] Obviamente, este concepto de “arte” es empleado aquí como sinónimo de facultad práctica general, y no lo restringimos a< su acepción de “técnica” ni de “bellas artes”.
[8] Pol., 1337ª21-34.
[9] “A la pregunta de un padre acerca de la mejor manera de educar éticamente a su hijo, un pitagórico dio la siguiente respuesta (también atribuida a otros): “haciéndolo, ciudadano de un estado con buenas leyes”, G.W.F., Hegel, Principios de la filosofía del derecho, Par. 153, Obs. Buenos Aires, Sudamericana. 1975. Trad. De J. L. Vermal.
[10] “La pedagogía es el arte de hacer éticos a los hombres: considera al hombre como natural y le muestra el camino para volver a nacer, para convertir su primera naturaleza en una segunda naturaleza espiritual, de tal manera que lo espiritual se convierta en un hábito (…) El hábito pertenece tanto a lo ético como al pensamiento filosófico, pues éste exige que el espíritu sea educado contra las ocurrencias arbitrarias y que éstas sean derrotadas y superadas para que el pensamiento racional tenga el camino libre”. G.W.F., Hegel Op. Cit. Par. 151. Agreg.
[11] Ética Nicomaquea, 1180ª 4 ss.
[12] W. Jaeger, Paideia: los ideales de la cultura griega, México, FCE, 1980 (quinta reimpresión). P. 433.
[13] Ibid.
[14] Ver, inter allia, Pol., 1338b, 24; 1279ª 21 (“la ciudad es una comunidad de hombres libres”)
[15] Id., cap. 7 Libro III: ver también 1291b 30ss: Retórica , 1366ª 4-5.
[16] Ver E. Barker, The Political Thought of Plato and Aristotle, New York, Dover Publications, s/f, p. 154.
[17] Memorabilla, I, 5, 5-6 y IV, 5, 2-5, Cit., por Jaeger, op.cit, p. 434.
[18] Pol. 1245ª 14-17.

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"Les ruego y les pido de todo corazón: ¡Den marcha atrás!" , le habría escrito León XIV al superior general de la Fraternidad Sacerdotal de San Pío X, en una carta en la que también le advirtió que "desgarrar la túnica inconsútil (sin costuras) de Cristo es un pecado de extrema gravedad" 1 . Hagamos un breve recuento de esta controversia que abrió el obispo francés Marcel Lefebvre (1905-1991) hace ya más de cincuenta años. Se dice que Pablo VI no autorizó la misa tridentina solicitada por Lefebvre por temor a contravenir el Concilio Vaticano II en momentos en que se estaba recién desplegando. Luego, bajo el pontificado de Juan Pablo II, se produjeron las primeras ordenaciones episcopales (1988) que obligaron a la excomunión de cuatro obispos lefebvristas (dos de los cuales asistieron a la reciente ceremonia masiva en Écône, Suiza). El entonces Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, cardenal Ratzinger, estuvo a punto de conseguir un acuerdo que autorizaba la misa en latín y reconocía los sacramentos impartidos por los sacerdotes de la Fraternidad, pero Lefebvre no se avino a firmar el preámbulo doctrinal que reconocía la autoridad del Concilio. La controversia en torno al canon 25 de "Lumen gentium" fue el verdadero escollo: Aunque los obispos aisladamente no gozan del privilegio de la infalibilidad, sin embargo, cuando incluso dispersos por el mundo, pero en comunión entre sí y con el sucesor de Pedro, enseñan cuál es la fe y la moral auténticas, si están de acuerdo en mantener una opinión como definitiva, entonces proclaman infaliblemente la enseñanza de Cristo 2 . Lefebvre nunca reconoció el carácter inspirado y por ende autoritativo de la reforma conciliar. El cardenal Ratzinger (luego Benedicto XVI) siempre adoptó una actitud abierta y comprensiva hacia el tradicionalismo católico, tanto por razones políticas (evitar la radicalización de los sectores conservadores) cuanto por razones teológicas. En su alocución a los obispos de Chile, pronunciada con ocasión de su visita al país en 1988 3 , Ratzinger se preguntaba por el desafío que representaba monseñor Lefebvre. A su juicio, el lefebvrismo encuentra tres puntos de apoyo en las fisuras abiertas tras el Concilio. El primero es la pérdida del sentido de lo sagrado en la liturgia y la tendencia a identificar el verdadero culto exclusivamente con el amor fraterno, desplazando el centro de gravedad desde la consagración eucarística hacia la vida en comunidad y la oración común. El segundo es la interpretación del Concilio como una ruptura con la Tradición, en lugar de comprenderlo "como parte de la entera y única Tradición". Progresistas y conservadores coinciden en que el Concilio rompió con la Tradición, unos para celebrarla, otros para lamentarla, pero una interpretación justa del Concilio debería basarse en una hermenéutica delicada y precisa de la ruptura y de la continuidad. El Concilio no alteró ni un ápice la sustancia de la Fe ni la fidelidad a la Iglesia santa, pero tampoco es una mera reiteración de lo dicho. El tercero es el debilitamiento de la convicción acerca de la unicidad de la verdad, que termina por erosionar el impulso misionero al considerar a todas las religiones igualmente verdaderas. En "Summorum pontificum" (2007), Benedicto XVI declaró que la misa tridentina nunca había sido abolida y concedió a cualquier sacerdote la posibilidad de celebrarla sin necesidad de autorización episcopal. Al mismo tiempo, levantó las excomuniones de los obispos rebeldes en un esfuerzo por relajar las tensiones litúrgicas (y tal vez como una manera de detener el crecimiento sostenido de la Fraternidad en esos años). Con motivo del Año de la Misericordia (2015), el Papa Francisco concedió a los sacerdotes de la Fraternidad la facultad de absolver de manera válida y lícita los pecados (primero de forma excepcional y luego indefinidamente), y posteriormente reconoció también la validez sacramental de los matrimonios que efectuaran. Pero en Traditionis custodes (2021) restringió severamente la misa tridentina, prohibió que se hicieran en las iglesias parroquiales o que pudieran celebrarlas sacerdotes recién ordenados, y exigió que los obispos las autorizaran en lugares y con los oficiantes permitidos 4 . Durante este año, la Fraternidad ha vuelto a ordenar cuatro nuevos obispos sin mandato pontificio, bajo pretexto de que son indispensables para la orden sacerdotal. La respuesta vaticana ha sido la más severa: excomunión "latae sententiae" (ya pronunciada, es decir, que no requiere juicio previo) para los obispos implicados, ilicitud de los sacramentos impartidos por sacerdotes de la orden e invalidez en el caso de los sacramentos de penitencia y matrimonio, y excomunión simple para los fieles que adhieran (no para quienes asistan a una misa tridentina, pero que en su fuero interno permanezcan adheridos a la autoridad pontifical). La Fraternidad se define como una orden sacerdotal. "El fin de la Fraternidad es el sacerdocio y todo lo que se relacione con él y únicamente lo que le concierne, es decir, tal como Nuestro Señor Jesucristo lo quiso cuando dijo: 'Haced esto en memoria mía'" 5 . La defensa del estatuto y las prerrogativas sacerdotales y la concentración casi exclusiva en el culto eucarístico han sido desde el comienzo su motivación principal. La Fraternidad cuenta con un buen número de sacerdotes (733) y de seminaristas (264) y en los últimos cincuenta años este número ha crecido sostenidamente a pesar de las intervenciones papales, sea en severidad o benevolencia. Sorprende el carácter marcadamente europeo de la Fraternidad, pues un tercio de sus sacerdotes son franceses, y con suizos y alemanes se hace la mitad, aunque también se advierte un buen reclutamiento norteamericano (sobre todo por la vitalidad que está mostrando el seminario de Dillwyn). Su influencia en el continente latinoamericano es escasa, algunos argentinos (donde tienen el noviciado de La Reja), un pequeño priorato en Chile y casi nada más, porque una buena parte de los adherentes brasileños ha retornado a la comunión con el Papa. ¿Por qué el tradicionalismo católico no se asienta tan bien en suelo latinoamericano y los ecos de esta controversia nos parecen tan lejanos? Se pueden intentar varias explicaciones. La primera es que el catolicismo latinoamericano nunca fue profundamente tridentino. El tradicionalismo nace como la defensa específica de un catolicismo centrado en una liturgia solemne, el uso del latín, la exacerbación de la iglesia presbiteral, la teología escolástica y un sentido fuerte de la exclusividad institucional (fuera de la Iglesia no hay verdad ni salvación posible). Pero este modelo eclesiológico nunca penetró de manera homogénea en América Latina, donde el catolicismo ha sido más popular, mariano y devocional que doctrinal o institucional. Muy pocos han experimentado la misa —y menos aún en latín— como el centro de su identidad religiosa. El tradicionalismo europeo suele apoyarse en una memoria litúrgica muy poderosa que se remonta a la era de las catedrales y en el recuerdo vivo de un orden religioso perdido que los franceses han llamado la "civilización parroquial": la parroquia llena, las vocaciones abundantes y la escuela católica. Nada de esto hubo entre nosotros, salvo y apenas en las élites sociales. El tradicionalismo católico es marcadamente una religiosidad aristocrática incubada en colegios y universidades confesionales y en pequeños círculos intelectuales vinculados con el cultivo de las humanidades clásicas y de las ciencias jurídicas que conservan —como dice Yves Congar— una eclesiología dominada por una visión jurídica de la Iglesia como "societas inaequalis et hierarchica" 6 y que en cuanto "societas perfecta" se ofrece como modelo del conjunto de las relaciones sociales. La crítica del modernismo que está tomada de la famosa encíclica "Pascendi dominici gregis" de Pío X (1907) consiste en esto, en la incomodidad que despiertan las relaciones entre personas libres e iguales entre sí. Todo debe organizarse jerárquicamente, unos mandan y otros obedecen; de lo contrario, se cae en el desorden de la increencia y del pecado. Pío X escribió muchas veces que sin autoridad la fe se perdía irremediablemente, y algo de razón tiene, pero ¿cuál puede ser la calidad de una fe que no se ha elegido libremente? La controversia en torno a la libertad religiosa reconocida en el Concilio tiene este origen. Por otra parte, el tradicionalismo suele exigir mucho refinamiento cultural y, además de un sentido particular de la continuidad histórica, requiere una fuerte dosis de apreciación estética y una teología explícita concordante. También en este sentido es una religiosidad de élites. Debe considerarse asimismo que el tradicionalismo aparece como una religión de minorías intensivas en medio de un panorama amplio y profundo de secularización de masas. El tradicionalismo no suele prosperar donde el catolicismo todavía conserva una amplia presencia cultural y más bien florece cuando el catolicismo se ha vuelto una opción minoritaria y altamente reflexiva. Ser un católico tradicional implica una elección consciente, una identidad fuerte, en ocasiones agresivamente contracultural, y una práctica intensa que requiere tiempo y dedicación. Digamos, por último, que el catolicismo latinoamericano ha sido históricamente muy ultramontano, es decir, muy leal a la sede pontificia, un catolicismo conformista, decía Paul Johnson en su monumental "Historia del Cristianismo", que dedica apenas dos páginas a los quinientos años de catolicismo en América Latina como algo que no ha producido ninguna novedad de la que valga la pena escribir. Esta fidelidad papal se consolidó durante el siglo XIX y buena parte del XX y apenas ha vacilado en las últimas décadas. En suelo europeo, en cambio, ha existido una tradición intelectual y eclesial mucho más propensa a discutir, polemizar e incluso resistir decisiones romanas. El tradicionalismo necesita una élite religiosa, una memoria litúrgica y una disposición a resistir la autoridad eclesiástica. América Latina ha poseído algo de la primera, la segunda de forma débil y la tercera casi nunca. Notas [ 1 ] León XIV; Carta del Santo Padre al reverendo padre Davide Pagliarani, Superior General de la Fraternidad Sacerdotal San Pío X. 29 de junio de 2026. [ 2 ] Concilio Ecuménico Vaticano II; Constituciones, Decretos, Declaraciones . Edición promovida por la Conferencia Episcopal española. Biblioteca de Autores Cristianos, 2022, p. 54. [ 3 ] Ratzinger, Joseph; "Alocución a los obispos de Chile: unidad en la tradición de la fe". Humanitas, Cuaderno n°20, diciembre 2008. [ 4 ] García-Huidobro, Joaquín; " Traditionis custodes : Francisco ante una decisión difícil". Humanitas n°98, año XCVIII, 2021, pp. 638-647. [ 5 ] Estatutos de la FSSPX. [ 6 ] Congar, Yves-Marie; Le Concile de Vatican II . Les Éditions du Cerf, París, 1984.
A continuación presentamos un compilado de las diversas actividades realizadas por la Dirección de Pastoral y Cultura Cristiana UC entre mayo y julio de 2026.
Reflexiones del conversatorio "Desafíos de la IA", dentro del Seminario Comunicaciones e Iglesia que se realizó en la Pontificia Universidad Católica de Chile los días 27 y 28 de julio de 2026.
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