En el marco del ciclo de charlas “Cultura y Fe: Una mirada del patrimonio religioso”, se plantea esta conversación en torno al interés que posee este hito arquitectónico de la XVI región. La conversación entre cuatro invitados abordó la pregunta acerca de cuáles son los valores del Conjunto Franciscano –materiales, inmateriales, simbólicos, sagrados– que deberían conservarse y potenciarse, tanto para la Orden como para la comunidad próxima.

Humanitas 2021, XCVIII, págs. 648 - 660 

Ciclo “Cultura y Fe: Una mirada del patrimonio religioso”

El patrimonio religioso, tanto material como inmaterial, cumple un rol estratégico en el conocimiento de la historia y cultura, y comprender eso en profundidad es una gran oportunidad para entender los procesos sociales y culturales que se viven en la actualidad.

“Cultura y Fe: Una mirada del patrimonio religioso”, es el nombre del ciclo de charlas al que la Dirección de Pastoral y Cultura Cristiana de la Pontificia Universidad Católica de Chile y el Centro UC de Patrimonio Cultural invitaron a participar con motivo del Día del Patrimonio Cultural 2021 y cuyo enfoque era descubrir y acercar la historia que hay detrás de la Colección Gandarillas, las fiestas religiosas, los franciscanos en Chile y la Catedral de Santiago.

A través de un recorrido virtual por las obras, y mediante diálogos interdisciplinarios, se buscó poner a disposición del público y las comunidades este debate sobre el patrimonio religioso, vinculando los aspectos físicos asociados con la arquitectura, el arte y la investigación, con aquellos relacionados con la Fe. Esta serie de encuentros propuso crear nuevos significados religiosos y laicos, generando nuevos espacios de encuentro entre nosotros, como católicos y chilenos.

Buscamos acercar a las personas a nuestro patrimonio cultural religioso y, para ello, propusimos generar sentido a lo que vivimos día a día: Iglesias, celebraciones, exposiciones, peregrinaciones o fiestas religiosas, de las cuales a veces no conocemos tanto sus historias, sus tradiciones, y cómo estas marcan nuestra identidad, nuestra herencia, en nuestro pasado, presente y futuro.

Umberto Bonomo y Patricia Matte[1]

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El Conjunto Franciscano se ubica en la ciudad de Chillán, capital de la Región de Ñuble, en el centro sur de Chile.

Agradecemos a la Dirección de Pastoral y Cultura Cristiana de la Universidad Católica y al Centro UC de Patrimonio Cultural por la posibilidad de publicar las charlas principales de cada encuentro. Presentamos a continuación la segunda entrega de este ciclo, que corresponde a la adaptación de lo presentado por el arquitecto y académico de la Escuela de Arquitectura UC Dino Bozzi en conversación con Elvira Pérez, académica del Centro de Patrimonio Cultural UC y jefa del programa de Magíster en Patrimonio Cultural; y Felipe Márquez y Julio Campos, frailes franciscanos.

El interés en este hito arquitectónico no es casual: el Centro UC de Patrimonio Cultural junto a la Iglesia Católica está desarrollando un puntal regional de puesta en valor del Conjunto Franciscano de Chillán. El proyecto se llama “Diagnóstico patrimonial: definición de criterios y lineamientos de intervención”. Esta conversación entre los cuatro invitados abordó la pregunta acerca de cuáles son los valores del Conjunto Franciscano –materiales, inmateriales, simbólicos, sagrados– que deberían conservarse y potenciarse, tanto para la Orden como para la comunidad próxima.

* Al iniciar su exposición, el académico aclaró que lo que está presentando fue preparado en conjunto con la arquitecta Dafne González, alumna del Magíster en Patrimonio Cultural UC, cuya tesis aborda esta edificación y su contexto. Dafne González es la autora de los esquemas de la presentación, así como de buena parte de la investigación, que es resultado de su tesis de título y magíster, dirigida por Bozzi.

En esta ocasión hablaremos del Conjunto Franciscano de Chillán, un edificio que nos es muy querido a quienes estamos aquí. Expondremos acerca de su historia y de su arquitectura, para después contrastarla con el ámbito más espiritual.

Para comenzar, como una consideración de tipo geográfico, podemos señalar que el Conjunto Franciscano se ubica en la ciudad de Chillán, capital de la Región de Ñuble, en el centro sur de Chile. La actual ubicación de la ciudad de Chillán es más o menos la quinta refundación de una misma ciudad, San Carlos de Chillán, que se ha destruido y reconstruido por distintos motivos. Los dos hitos fundamentales fueron los ataques mapuche en su momento, y luego una serie de terremotos. La ubicación actual de la ciudad es producto del terremoto de 1835 que provoca la refundación de Chillán Antiguo –ciudad que conocemos porque es donde, entre otras cosas, nació Bernardo O’Higgins– que se integra con un nuevo trazado, ya no colonial sino republicano, retomando la idea propia de la época de la Colonia del damero fundacional, pero con una lógica más moderna.

Destaca en el trazado de la ciudad de Chillán la presencia de cinco plazas, incluyendo la plaza de armas en la mitad de la ciudad, una plaza destinada al mercado, y luego una serie de plazas donde se ubican distintas iglesias, una de las cuales es la de San Francisco.

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Situación urbana actual en torno al Conjunto Franciscano de Chillán.

La iglesia histórica fundada en 1805 y el Conjunto del convento desarrollado junto a la iglesia tiene una larga historia a lo largo del siglo XIX. Originalmente, frente a la plaza se emplazaba una iglesia con dos torres, y a la izquierda un volumen que conectaba el convento a la plaza, desaparecidos en la actualidad. El Conjunto se habría extendido por varias manzanas, pero progresivamente se fue reduciendo hasta lo que queda hoy: la iglesia, la casa de los frailes, y del convento original solo queda una construcción en forma de L que es un patio fundamental en la estructura del convento, y un pequeño patio posterior que da hacia las casas traseras y que fue durante mucho tiempo utilizado como huerta. Todavía junto a él hay un colegio que está desde su origen. Todo esto frente a una plaza sumamente relevante, a la que también da la cárcel de Chillán y una serie de otros equipamientos importantes de la ciudad. Los propios terrenos de la iglesia van dando lugar al desarrollo del barrio en el entorno.

El convento tiene dos pisos: es una construcción de adobe hoy día bastante dañada que suponemos –porque no tenemos datos concretos– que data de mediados o fines del siglo XIX, con dos niveles claramente intervenidos en distintos momentos; la iglesia, que es un proyecto nunca acabado del arquitecto Eduardo Provasoli; la casa de los frailes, que es una construcción bastante más moderna, de los años 80; el patio, sumamente interesante, que además de un montón de vegetación y de ser fundamental en una arquitectura de claustro tiene algunas cosas muy notables, como, por ejemplo, la palma chilena más austral de Chile; y, como decíamos, el patio menor de la chacra en la parte posterior.

Este Conjunto tiene muchas piezas, y cada una tiene su historia. Partamos por el templo propiamente tal, que es probablemente el que concentra la mayor carga histórica conocida para nosotros.

Es difícil dimensionar lo que existe en términos patrimoniales y lo que es patrimonial de una comunidad. Porque aunque hay imágenes desastrosas y lugares inaccesibles, en paralelo se habilitan pequeños espacios y se logra volver a la vocación de encuentro de este espacio: el patio, la sala menor. No solo lo habita gente que va a misa, es también un lugar de encuentro ciudadano que logra transmitir valores a través de estos mismos encuentros. Por lo mismo, es importante mantener este edificio en proceso de construcción material, pero también comunitaria, fraternal”. (Fray Felipe)

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Este grabado de Ricardo Santos Tornero (1872) retrata una de las vistas desde la plaza de San Francisco: una Iglesia de dos grandes torres y a su izquierda el volumen, probablemente en adobe, que daba del convento a la plaza. Ninguno existe hoy

El templo 

El edificio del templo de San Francisco en Chillán es un edificio no terminado. Típicamente, cuando hablamos de un edificio patrimonial solemos describirlo como algo que fue de cierta manera y se ha ido deteriorando en el tiempo, dejó de ser, perdió esto, se agregó lo otro. Pero la iglesia de San Francisco en Chillán es sumamente interesante porque, luego de su primera versión, inmortalizada por Santos Tornero en su grabado, que fue demolida para construir el edificio nuevo, comienza una saga de un proyecto inacabado, pero en constante construcción. A la iglesia que conocemos hoy día le faltan algunos elementos que fueron proyectados por Provasoli y que no terminaron nunca de ejecutarse, como también algunos elementos que fueron desapareciendo en el camino.

La iglesia es producto del diseño de Eduardo Provasoli, arquitecto milanés asentado en Chile, que tiene una obra notable dentro del país. Entre sus obras más reconocidas está la iglesia de la Divina Providencia en Santiago, San Francisco del Barón en Valparaíso, y San Francisco de Castro, donde trabajó hasta hace muy poco Fray Julio y que es probablemente una de las iglesias más importantes de Chile. Todas estas iglesias, en particular la de Chiloé, tienen algo en común: el proyecto de Provasoli no fue ejecutado por Provasoli, y fue modificada, probablemente entre el diseño y la ejecución, la materialidad con la que se construyó. 

“Es muy conmovedor constatar la fuerza que tuvieron los frailes de levantar templos importantes. Hablan de un momento de la Orden muy fuerte”. (Fray Julio)

El proyecto de Provasoli de la iglesia de San Francisco fue ejecutado por otro personaje sumamente relevante en la historia de la arquitectura en Chile: Víctor Auclair, un arquitecto francés que, llegando a Chile, se convierte en uno de los primeros impulsores de lo que sería con el tiempo conocido como hormigón armado. En ese momento el hormigón armado no era exactamente la tecnología que conocemos hoy, sino que era una tecnología de grandes perfiles de acero revestidos en hormigón. Auclair hace una adaptación del proyecto de Provasoli a esta nueva tecnología. Comienza la obra en 1912, donde se ejecuta un verdadero enrejado de acero revestido en hormigón, estructura óptima para las condiciones sísmicas de nuestro país.

El edificio posee tres naves en forma de cruz latina, una forma basilical, y va evolucionando hacia un edificio completo donde el enrejado semitransparente empieza a tomar masa con las columnas ya ejecutadas, para luego ir cerrando la techumbre. Es una obra de tiempo extenso, que pasa por varias manos, pero manteniendo la lógica del hormigón que había planteado Víctor Auclair. Ya en el año 37, un par de años antes del terremoto, está bastante avanzada. La iglesia en ese momento tiene una notable diferencia con lo que se puede observar hoy: la presencia de una gran cúpula, una gran linterna en el crucero, es decir, donde se cruzan lo que serían los dos maderos de la cruz latina y que ilumina el sector del altar. Esta cúpula estaba en el proyecto original de Provasoli y alcanzó a ser construida por Auclair. En paralelo, aparecen algunos elementos laterales, como una logia en el costado, también metálica, y las primeras estructuras de lo que debía ser el atrio, el acceso de la iglesia hacia la plaza.

Pero la historia de este edificio es un proyecto continuo de construcción, de modificaciones y de adaptaciones; no podía ser menos debido a la característica telúrica de Chile. Para el año 39, si bien la iglesia resiste bastante bien el terremoto de acuerdo con lo que se observa en registros fotográficos, y el edificio y el convento son utilizados como refugio para los heridos –cuenta la historia que, por ejemplo, el pozo del patio es el que entrega agua al barrio–, la cúpula cae. A pesar de la caída de la cúpula, la iglesia de San Francisco corresponde, de acuerdo con los estudios de Horacio Torrent, a uno de los diecisiete edificios que sobreviven al terremoto en toda la ciudad de Chillán, siendo uno de los más importantes en términos de dimensiones, probablemente junto con la iglesia de los Carmelitas en la misma ciudad. El resto de los edificios, y prácticamente todas las viviendas, son destruidos. Las antiguas iglesias, como la Merced y la Catedral, también terminan en el suelo.

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Imágenes del proyecto del templo franciscano, Collection Auclair, 1923.

Ha sido una construcción colectiva constante en el tiempo. Junto con los proyectistas, que serían Provasoli primero y Auclair después, sumamos a esta historia al propio terremoto, que establece modificaciones. Quienes están encargados de reparar el edificio deciden en ese momento no completar las obras que se estaban ejecutando, particularmente en la zona del atrio de acceso, y también demoler las logias que daban al exterior, no así hacia el interior, donde podemos todavía reconocer la presencia de ellas junto a la casa de los frailes. La iglesia de San Francisco se transforma de un edificio en obra constante a un edificio que, por así decirlo, queda inacabado y con la marca indeleble del terremoto en su estructura. En el año 41, mientras todavía se realiza la remoción de escombros, se llega más o menos a la configuración que conocemos del templo hoy día, donde la gran cúpula es reemplazada por una linterna mucho más baja, la estructura de hormigón es menor, y se han despejado los elementos laterales de los que todavía podemos reconocer algunos vestigios si es que visitamos la iglesia en su exterior. Están todavía los basamentos de lo que iban a ser las grandes torres de la iglesia jamás ejecutadas. También algunos vanos que han sido tapiados.

El proyecto del edificio del Conjunto Franciscano y de la iglesia Franciscana no se limita y no queda detenido a la reparación posterremoto, y probablemente no se detiene hasta hoy. Los frailes dejarán de vivir en la casa adjunta y, por lo tanto, la relación se configurará de Parral a Chillán. Así surge la pregunta de cuál es el futuro de este Conjunto.

En esta línea, es importante mencionar el proyecto de la unidad de patrimonio de la Municipalidad de Chillán, que consistió en la habilitación de la sala menor, una sala que corresponde a una de las capillas laterales, como una sala de exposiciones y de eventos, pensando en el futuro uso de esta iglesia.

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En 1912, Víctor Auclair retoma el proyecto comenzado por Provasoli y ejecuta una estructura de acero que será revestida en hormigón.

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“El Conjunto Franciscano se trata de un proyecto inconcluso, una edificación que tiene el potencial de seguir construyéndose, y pareciera existir una comunidad empoderada que se ha reunido dispuesta a ello”. (Elvira Pérez)

El convento 

La historia del convento es probablemente más oscura, puesto que, al ser más antiguo, contamos con menos información, pero al mismo tiempo corresponde al tipo de edificación que mejor conocemos: es la más típica en esta lógica de construcción en Chile. Estamos hablando de un edificio de adobe de dos niveles, con corredores laterales que hoy día se encuentra sumamente dañado, tanto así que está prácticamente inutilizado. Hay solo algunas salas donde se han podido prolongar las actividades con la comunidad que realizan los franciscanos.

El convento tiene una larga historia. Sabemos que es de mediados o fines del siglo XIX y que como suele ocurrir con las estructuras de adobe, ha tenido problemas con los terremotos. Pero probablemente en el origen de los mayores problemas del edificio está el encuentro con el templo de hormigón: los dos momentos históricos no se entendieron bien desde un punto de vista estructural, y eso origina buena parte de los daños. Las imágenes antiguas nos cuentan esta larga historia.

A la izquierda del convento fue construido el templo, y a la derecha el patio, también la estructura de lo que sería la casa de los frailes hacia la calle del convento. Y todo esto en torno a un magnífico patio que fue en su momento el lugar donde ocurría buena parte de la vida de los frailes y que con el tiempo se ha transformado en un centro fundamental de las actividades de la comunidad.

“Sueño este lugar como lugar de encuentro de toda la ciudadanía, de todas las dimensiones, cultural, educacional, espiritual, solidaria, social. Una oportunidad que debe aprovechar la ciudad de Chillán”. (Fray Felipe)

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En estas imágenes de 1929, se aprecia el avance del revestimiento de la estructura metálica y la famosa palma chilena en el antiguo patio del convento.

El patio tiene un par de las palmas chilenas más australes del mundo y una serie de especies exóticas importadas a la región, generando una suerte de microclima propio. Hay una cantidad de especies distintas en una lógica paisajística bastante peculiar, como de un huerto desordenado con trazos originales y relativamente sueltos. Uno puede pasear por este patio, ya sea en torno al corredor o muy libremente por el interior.

La Unidad de Patrimonio desarrolló en el patio un banco amarillo[2] que ha devenido en un lugar de reunión de la comunidad, la que ya no podía reunirse en el deteriorado edificio. Ha sido un proyecto sumamente notable, con una intervención mínima, que viene a sumarse al proyecto de Auclair y al proyecto de Provasoli, dando lugar al aspecto comunitario propio de los franciscanos y que ha sido siempre eje de este edificio.

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Ya en el año 37, un par de años antes del terremoto, la construcción ha progresado bastante. La iglesia en ese momento tiene una notable diferencia con lo que se puede observar hoy: la presencia de una gran cúpula.

“Repara mi iglesia” 

Quería plantear esta frase de san Francisco que hace referencia no solo a aquello que los arquitectos proyectamos, sino que a algo que está más allá de la materialidad de los edificios: “Francisco, repara mi iglesia, ¿no ves que se hunde?”. Este paseo por la historia de un proyecto complejo, un proyecto donde ha participado una cantidad de arquitectos notables, es simplemente una cancha de juego donde ocurren otras cosas. De esta historia lo que se hace más relevante es la existencia de una comunidad, la comunidad franciscana, la cuestión espiritual que toma forma en este lugar. ¿Qué pasa ahí, dónde está esta tensión entre un edificio muy notable pero inserto en una historia humana e incluso divina muchísimo más notable?

Desde la arquitectura estamos convencidos de que el patrimonio no está en los objetos, sino más bien en las personas y en las relaciones que las personas establecen entre ellas, y en los valores que son representados en estos lugares, como puede ser la iglesia de San Francisco.

En este caso esa frase de san Francisco “repara mi iglesia”, en verdad es “repara mi comunidad”. Incluso para los que no somos creyentes se trata de una idea muy potente, porque explica la cuestión trascendente. Entender que ese edificio, donde uno hace comunidad hoy con unos frailes franciscanos, es el mismo edificio donde hicieron comunidad aquellos que me precedieron, mi abuela, tía, papá, y donde uno espera que sus hijos tengan una experiencia similar.

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Actualmente el conjunto presenta un estado de deterioro muy avanzado y hasta peligroso en ciertos espacios; sin embargo, el uso del patio y la habilitación de la Sala Menor constituyen un signo de continuidad de la importancia y rol que ha jugado el Conjunto Franciscano a lo largo de los años.

“A la comunidad el Conjunto les recuerda su infancia y adolescencia, tuvo un calor sacramental, y termina siendo un sacramento para quienes hacen vida ahí”. (Fray Julio)

El Conjunto Franciscano de Chillán no tiene la categoría de Monumento Nacional, no obstante tiene un grado de conservación histórica que hace la municipalidad. Lo relevante de su existencia está en el cariño al cercano, a la visita, al encuentro, los valores y la comunidad. Su historia es muy relevante y, como un edificio imponente diseñado por Provasoli, hoy en concreto es compartir un té.

Los frailes han gestionado el patrimonio a través de la Corporación del Patrimonio Franciscano, que invita tanto a vecinos como a universidades de distintas ciudades y expertos a hacer comunidad en torno a su patrimonio. Las organizaciones que conforman la corporación del Patrimonio Franciscano son la Orden Franciscana en Chile, la Universidad Católica de la Santísima Concepción (Concepción), el colegio San Buenaventura, que colinda con el convento; la Universidad de Talca, la Pontificia Universidad Católica de Chile, a través del Centro del Patrimonio Cultural; la Universidad del Biobío, la junta de vecinos Sargento Aldea n°2, la Municipalidad de Chillán a través de la UPA, y, por último, la Asociación de Amigos del Patrimonio Franciscano. Esto da cuenta de la diversidad de personas, de intereses, anhelos y aspiraciones que rodean este lugar.


Notas

* Dino Bozzi: Arquitecto, académico de la Escuela de Arquitectura de la Pontificia Universidad Católica de Chile.
* Al iniciar su exposición, el académico aclaró que lo que está presentando fue preparado en conjunto con la arquitecta Dafne González, alumna del Magíster en Patrimonio Cultural UC, cuya tesis aborda esta edificación y su contexto. Dafne González es la autora de los esquemas de la presentación, así como de buena parte de la investigación, que es resultado de su tesis de título y magíster, dirigida por Bozzi.
[1] Umberto Bonomo es director del Centro UC de Patrimonio Cultural, y Patricia Matte es directora (S) de Extensión y Cultura de la Pastoral UC. Para más información, ingresa a pastoral.uc.cl/patrimonioreligioso o a centropatrimonio.uc.cl 
[2] Tanto el proyecto del Patio Franciscano –la banca amarilla– como el de la Sala Menor son obra de los arquitectos Carolina Catrón y Ricardo Azócar.

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