Difunta ahora la modernidad -y difunto Nietzsche- a pesar de que unos cuantos “tardomodernos”, como los ha llamado alguien, insisten en mantenerla inútilmente conectada a respiradores artificiales, la postmodernidad se anuncia como un nuevo momento en el camino de la cultura occidental, dispuesta a recuperar lo que la modernidad había dañado o ignorado. Es un movimiento pendular. Y vemos así cómo la religión vuelve a aparecer en la escena.

Uno de los procesos más interesantes a que ha dado lugar el perigeo de la modernidad es el resurgimiento de la religiosidad como dimensión esencial de la vida humana. Recordemos que la modernidad, hecho cultural de la historia de Occidente que alcanza su culminación entre los siglos XVII y XVIII, prolongándose hasta fines del XIX e incluso comienzos del XX, se irguió sobre la base de un hirsuto racionalismo. La razón moderna proclamó, de modo aparentemente humilde, ser incapaz de metafísica y útil sólo para el siempre modesto y provisorio conocimiento científico de la realidad material; pero, revelando al cabo de “hybris” que la movía, se constituyó, simultánea y tácitamente, en el tribunal supremo de la verdad: todo lo que no era susceptible de tratamiento racional era falso.

La realidad humana que primero fue llamada a dar cuentas ante este juez, y la primera en ser condenada, fue la religión, la modernidad privó a la religión de toda referencia a lo suprarracional, o sea, a lo que supera las posibilidades de esa misma razón humana que voceaba tan insistentemente sus incapacidades… Surgieron de este modo las religiones racionalistas, los deísmos y teísmos de personajes tan disímiles como Voltaire y Rousseau. Religión tan sin misterios como cualquiera de esos laboratorios de química amateur que proliferaban en las casas de los “philosophes”. Pero, naturalmente, una religión emasculada tan brutalmente no podía atraer a nadie y decayó al poco tiempo. Por otra parte, y desde una vertiente de la modernidad por muchos conceptos opuesta, Nietzsche proclamaba hacia fines del siglo XIX la muerte de Dios.

Difunta ahora la modernidad -y difunto Nietzsche- a pesar de que unos cuantos “tardomodernos”, como los ha llamado alguien, insisten en mantenerla inútilmente conectada a respiradores artificiales, la postmodernidad se anuncia como un nuevo momento en el camino de la cultura occidental, dispuesta a recuperar lo que la modernidad había dañado o ignorado. Es un movimiento pendular. Y vemos así cómo la religión vuelve a aparecer en la escena.

No se trata, sin embargo, de un regreso al cristianismo. Éste, en su versión protestante, jugó un papel seguramente decisivo en la configuración de la modernidad. Y el rechazo actual de los grandes ejes de ésta se traduce en un descrédito de dicho cristianismo. De lo que se trata es de una religiosidad pagana, vaga, confusa, sincrética, empapada de magia, de ocultismo, de esoterismo. La fascina todo lo exótico, extraño, preternatural y oriental, y abomina casi siempre de lo que denomina “tradición judeocristiana”. Bebe en fuentes tan disímiles como la antroposofía de Rudolf Steiner, la teosafía, el espiritismo, el budismo en sus diversas corrientes, el vegetarianismo, la creencia en seres extraterrestres, la macrobiótica y, especialmente en los Estados Unidos, los mitos y cultos de los diezmados Pieles Rojas. El movimiento que mejor representa esta curiosa mezcla de elementos es lo que se conoce como el “New Age”.

El heterogéneo conjunto de mitos, ritos, supersticiones y, por cierto, “business”, que recibe el nombre de “New Age” es una especie de “despertar”, en el sentido de “revival”, de una difusa comunidad mágico-oculista preexistente en Europa y los Estados Unidos, cuyo fundamento es lo que podría denominarse “cultura teosófica”. Si hubiéramos de arriesgar mayor precisión en un fenómeno que es tan complejo y de múltiples perfiles, podríamos decir que el “New Age” es un movimiento de “despertar” surgido entre los teósofos británicos independientes luego de la segunda guerra mundial.
Un análisis que procurara desentrañar toda esta confusión (el cual, seguramente, sería desautorizado por algunos adeptos que no se sentirían representados), debería distinguir en el “New Age” las siguientes vertientes principales.

En primer lugar, una vertiente de espiritualidades “alternativas”, que hunde sus raíces en el antiguo esoterismo y en el gnosticismo. Las manifestaciones de esto se encuentran, primeramente, en el renovado interés por las religiones no cristianas como el budismo, el hinduismo y el “zen”. El Oriente deja sentir su influencia además mediante diversas técnicas, como las artes marciales, las diversas tradiciones de medicina oriental, la dietética (en particular la macrobiótica, ligada a una particular visión del mundo). Seguidamente, son influyentes también las religiones hawaianas y precolombinas, en particular las de los Pieles Rojas de América del Norte. En torno a éstas se fundó en 1966 la “tribu del oso”, ligada claramente al “New Age”, y ha tenido lugar el trabajo de divulgación de Joseph Campbell (1904-1987), que propugnaba una vuelta a las religiones “orientadas a la naturaleza” en lugar de las “orientadas a la sociedad”, como el judaísmo y el cristianismo (uno de los discípulos del Campbell es George Lucas, director de la serie “La guerra de las galaxias”, quien ha admitido haberse inspirado en las ideas de Campbell). También son importantes algunos intentos de realizar una síntesis o “unidad trascendente” de religiones, tomando como base ideas de Carl Jung. Vinculadas con estos intentos sincréticos están las corrientes “metafísicas” y del “cristianismo esotérico”, que forman parte de lo que se conoce como el “New Thought”. Del mismo modo, hay que mencionar aquí el espiritismo, que permea lo que se ha denominado el “evangelio de Acuario” (por el signo zodiacal del mismo nombre, que presidiría la “nueva edad”, el “New Age”), y el ocultismo, que ha recibido la influencia de Gurdjieffe, de Ouspensky y de “psicólogos” como Helen Palmer y Claudio Naranjo. Es interesante mencionar aquí a un exponente chileno, el Instituto fundado por Oscar Ichazo. También es destacable en esta primera vertiente el neopaganismo, que ha revitalizado viejas prácticas de brujería (entre las que ha surgido en Inglaterra el movimiento llamado “Wicca”) que adoran la naturaleza con cierta tonalidad sexual que identifica naturaleza y fertilidad y se vincula con cierto feminismo, que exalta a la “Gran Madre”, la “Diosa”, ideas que han tenido especial éxito en los Estados Unidos. Finalmente, dentro de esta primera vertiente hay que mencionar el culto a los paltos voladores y extraterrestres, así como la astrología.

Una segunda vertiente del “New Age” está constituida por lo que, en términos generales, se puede denominar las “terapias alternativas”. Entre éstas destacan la medicina holística, que postula la existencia de ciertas “fuerzas” universales existentes en la naturaleza (que recuerdan a la “Fuerza” de la “Guerra de las Galaxias”); el “Reiki”, de apariencia oriental muy antigua pero, en realidad, fundado en Japón en la década de 1880 por un pastor protestante local, Mikao Usui, el que se propone sanar mediante el reequilibrio de la energía personal (“ki”) mediante la energía universal (“rei”), transmitida por la imposición de manos. También hay que mencionar en esta vertiente al movimiento vegetariano, ligado a ideas reencarnacionistas. Del mismo modo, son importantes en este sentido las psicologías alternativas, que suelen combinar de modo curioso el ocultismo con la cábala hebrea. Aquí habría que destacar a toda una legión de discípulos no ortodoxos de Freud. Con todo, el personaje más importante es Carl Jung, verdadero precursor del “New Age”, cuyos arquetipos no están lejos del gnosticismo que tanto lo fascinaba. Las derivaciones de esta psicología son interesantes, y van desde ciertas elaboraciones italianas de tradiciones místicas hebreas hasta lo que se conoce como “psicología transpersonal”. Finalmente, dentro de esta vertiente es necesario mencionar el movimiento llamado de “recovery” o de “recuperación”, que sólo en los Estados Unidos convoca a 45 millones de personas. El movimiento, que nació en 1935, fundado por dos médicos alcohólicos decididos a recuperarse de esta enfermedad, se llamó inicialmente “Vía de Escape” y luego “Alcohólicos Anónimos”, y está emparentado con algunos grupos protestantes ingleses de renacimiento espiritual. La idea central está en reconocer dentro de sí mismo la guía de una “voz Divina”. Posteriormente, se dio forma la “Rearme Moral” de Frank Buchman, movimiento de moralidad y honestidad y se dio a luz un texto, “Alcohólicos Anónimos” que explicaba los 12 pasos (originalmente 6) que conducían a la sanación. Uno de ellos era dejarse guiar por Dios, “según lo conciba cada cual”. Posteriormente, se comenzó a aplicar el método a la sanación de diversas cosas (problemas sexuales, exceso de peso, consumismo compulsivo, etc.) causantes de “adicción” o “dependencia”, terminándose en el concepto de “co-dependencia”, típico del “New Age”, que se refiere a casos en que alguien se deja condicionar por el comportamiento de otra persona, o se obsesiona con el deseo de controlarla. La terapia de los 12 pasos se comenzó a aplicar para sanar la dependencia respecto de, por ejemplo, la familiar o alguna Iglesia o la religión en general. Hay que decir que, en particular, la Iglesia católica fue considerada un “enfermo institucional”, “adicta a la necesidad de preservar un modelo machista, célibe y clerical de iglesia”. Como se ve, el método de los pasos se usa en el “New Age” para resolver casi cualquier problema.

La tercera vertiente que mencionaremos del “New Age” está constituida por las organizaciones sociales alternativas. Entre éstas hay que señalar, primero, el movimiento comunitario, que propicia la formación de comunidades separadas de la sociedad como modo de vivir ciertos ideales. Este movimiento, de cierta antigüedad (basta recordar el socialismo utópico de Fourier) ha legado al “New Age” dos ideas: la de la importancia de la mutua dependencia frente al individualismo de la “sociedad vieja”, y la de la importancia de vivir en contacto directo con la naturaleza. Una de tales comunidades es la existente en el Piamonte, llamada “Damanhur”, organizada como un movimiento mágico estructurado y jerárquico, cerrado pero en continuo intercambio con el “New Age” mediante iniciativas en el campo agrícola-alimentario, en el de la medicina natural, de la educación y de la ecología y otros temas que interesan a los “acuarianos”. Otras comunidades notables son “Christiania”, cerca de Copenhague, y “Arcosanti”, en Arizona. Hay que referirse, enseguida, a uno de los temas más importantes de estas comunidades y del “New Age” en general, el de la “ecología profunda”, vinculado con una “ciencia nueva” elaborada por algunos de los fundadores del “New Age”. Entre éstos hay que mencionar a Fritjot Capra, que fue docente de física de la Universidad de California en Berkeley, y al antropólogo y biólogo Gregory Bateson. En las obras de estas personas se da un tránsito no claro entre la ciencia y la religión, como en el caso de Capra, en su texto “El Tao de la física. Una exploración de los paralelos entre la física moderna y el misticismo oriental”, publicado en 1975. De libros como éste se derivaría la idea de que existe una unidad monística de toda la realidad: existe una “energía” única en el cosmos que lo unifica. La “ecología profunda”, para la cual Capra es de gran importancia, es el lugar donde se articula esta nueva visión científica y la “nueva política”. No se trata de “ecología” entendida como una rama de la ciencia, sino como un “movimiento”. Pero dentro de este “movimiento” sólo forma parte del “New Age” aquel sector que sostiene, siguiendo al filósofo noruego Arne Naëss, que debe reemplazarse el antropocentrismo de la visión de la realidad hasta ahora predominante, por una visión que considere al hombre sólo un elemento más de la realidad natural, que es simplemente la manifestación de una “Energía cósmica” en continuo devenir. Es decir, el hombre no vale ni importa más que una araucaria o un conejo Angora: he aquí, en dos palabras, la visión “geocéntrica” que se propone. El entronque de esta concepción claramente panteísta (según otro autor, Giovanni Filoramo, se trata “de la relación del gran cuerpo de Dios con el gran cuerpo de la Naturaleza”) es el filósofo del siglo XVII Baruch Spinoza, a quien Naëss considera “su héroe”. Igualmente importante que Spinoza es, en este sentido, Mahatma Gandhi. Entendida de este modo, la ecología profunda se ha vuelto extraordinariamente popular en el “New Age”, en particular su hipótesis de “Gaya”: la Tierra sería un ser viviente, con el que el hombre debe relacionarse como un viviente con otro. La idea fue popularizada por James Lovelock y Lynn Margulis, profesora de biología en la Universidad de Boston. De esta “hipótesis” algunos autores, como William Irving Thompson, han derivado consecuencias filosóficas y políticas. Por eso resulta de interés dentro de esta vertiente mencionar, en tercer lugar, la “nueva política”. Uno de los textos más importantes en este sentido es del mexicano Alberto Ruz Buenfil, “Arcoiris. Un pueblo sin fronteras. Hacia un milenio ecotópico” (1991), cuya versión en castellano lleva por título “Los guerreros del arcoíris”. El origen de todo esto está en la juventud rebelde de los beatniks, que llevó a la idea de una “vida tribal”, alternativa a la tradicional. Todos estos planteamientos estuvieron relacionados con las rebeliones juveniles y el consumo de LSD como medio para lograr una más alta “conciencia”. Entre los autores más importantes están Timothy Leary y Richard Alpert (que se rebautizó luego como “Baba Ram Dass”), y una de sus principales manifestaciones fue el festival de música de Woodstock, considerado como el pórtico de la “edad de Acuario”, una “explosión acuariana”. Vinculados con todo esto estuvieron algunos grupos de importancia derechamente política como los “yippies” y los “Panteras Negras”. Diversos grupos conexos se agregaron posteriormente a la política tradicional de los “verdes” europeos, aunque otros han vuelto a veces a la idea del “tribalismo”, separándose de la sociedad. El rastro de éstos no es fácil de seguir; a veces se los encuentra en algunas reuniones internacionales, como los “encuentros del arcoíris” o la “Convergencia Armónica” del mejicano José Argüelles en 1987 (éste sostenía que el 16 de agosto de 1987 habría de ser la primer fecha en 23.412 años en que los 9 planetas de nuestro sistema estarían alineados, y que la Tierra sólo iba a poder atravesar indemne ese momento si 144.000 iluminados se juntaban a cantar y meditar en diversos lugares del orbe; la próxima “convergencia armónica” está prevista para el año 2012). Muchos comunitarios del arcoíris han descubierto temas precolombinos o neopaganos, y su “conciencia tribal” ha asumido un tinte simultáneamente político y religioso.

Lo que antecede es una presentación apretada de esa red (“nerwork”) amplísima y compleja que es el “New Age”. Lo que nos ha movido a intentarla es la circulación en Chile de algunos libros vinculados a los movimientos tribales, de vida comunitaria alternativa, inspirados en la ecología profunda y admiradores del paganismo animista de las tribus de Pieles Rojas de América del Norte. Nos referiremos aquí a uno de ellos, “En ausencia de lo sagrado”, de Jerry Mander, publicado en Santiago por Editorial Cuatro Vientos, en 1994 (título en inglés: “In the absence of the sacred. The failure of technology ande the survival ofe the Indian nations”). En realidad, el interés principal de este texto es que lleva un prólogo de Douglas Tompkins, quien, como se sabe, ha estado en el centro de la preocupación pública, y cuyo pensamiento no siempre se ha dado a conocer en el contexto a que pertenece, ni con todas las implicancias que tiene. El hecho de que Tompkins demuestre un gran entusiasmo por los planteamientos de Mander nos permite hacernos una idea de hasta qué punto los comparte.

Desde luego, el libro de Mander no ofrece novedad alguna para quienes ya conocen algo de las abigarradas ideas del “New Age”. Con elocuencia y a menudo con acierto comienza realizando una crítica de los excesos tecnológicos a que se ha llegado en los Estados Unidos (interesante resulta la crítica de la televisión), postulando, en contraste y en un verdadero arrebato romántico, las bondades y bellezas de una vida en que la tecnología era todavía incipiente (las décadas anteriores a la segunda guerra mundial, durante la niñez del autor). El mensaje es que la tecnología es profundamente peligrosa. Se dedica, por lo tanto, a mostrar su “lado malo”. En todas estas secciones se advierte ese hastío tecnológico propio de las civilizaciones ultrarrefinadas (sólo en este sentido, claro), y al contraponerse luego este mundo tan frío e inhumano con el universo amable, envidiable e imitable de las tribus indígenas, es inevitable recordar el viejo mito del “buen salvaje”, tan popular en los estratos cultos del s. XVIII y, particularmente, en Rousseau. Nada nuevo aquí. Incluso la sociología de Mander, que carga toda la culpa en hombros del gobierno, las empresas y las fuerzas armadas, es una repetición de diagnósticos de izquierda propuestos hace 40 años por C.Wright Mills, sin que deje de haber un elogio de Karl Marx (p. 163) por su teoría de la plusvalía (quizá el punto más débil del pensamiento de este autor). Y el tono catastrófico que adopta trae a la memoria el empleado hace 25 ó 30 años por Paul Ehrlich (según cuyas “predicciones” la humanidad debiera estar ya prácticamente agonizando). Se trata de una especie de pesimismo malthusiano poco novedoso. Quizá el principal chivo expiatorio del libro es Ronald Reagan, a quien se ridiculiza o critica acerbamente casi “con ocasión o sin ella”. En fin, el libro representa el hastío tecnológico de los países ricos, que se pueden dar el lujo de sobrevivir viendo “pobremente”. Pero no representa la perspectiva de los países pobres, que sin ella seguramente no podrán hacer sobrevivir a su población, sumida en pobreza verdadera.

Lo que interesa es, más bien, lo que se dice entre líneas o como al pasar. Por de pronto hay que destacar los encendidos elogios que dedica al libro Fritjoff Capra, uno de los “gurus” de la ecología profunda. No es de extrañar, entonces, que Mander manifieste antipatía hacia la “religión organizada” (p. 92), al tiempo que alaba el animismo de los Pieles Rojas (admirado también por Timothy Leary, mencionado anteriormente), cuyo proceso de despojo y destrucción por los Estados Unidos es descrito con notable acierto (un largamente esperado primer paso hacia la destrucción de la “leyenda rosada” que el país del Norte ha creado en torno a su expansión territorial, y que tanto gusta de oponer a la “leyenda negra” de la conquista española). Junto con entusiasmarse con las concepciones religiosas y mágicas primitivas, en especial la de la Tierra como una “madre” en sentido más o menos literal, y con despreciar las concepciones antropocéntricas de la realidad, Mander reitera (clara pero suavemente) el conocido prejuicio que achaca al “judeocristianismo” la principal responsabilidad por la destrucción moderna del medio ambiente, por aquellos de que en la Biblia se manda al hombre “dominar” la tierra (silenciándose que, en el mismo Génesis, se dice que el hombre fue creado para “cuidad y cultivar” el jardín del Edén). Resulta clara, también, la antipatía de Mander hacia la economía social de mercado (pp. 461 y ss.). En fin, no tiene interés adentrarse en cada una de las ideas de este tipo en que abunda el libro. Sólo es importante, en especial para Chile y supuesta la presencia aquí de Douglas Tompkins con sus desmesuradas propiedades situadas en lugares donde es difícil para el Estado chileno ejercer control efectivo, reiterar la vinculación de todos estos planteamientos con posturas políticas que fomentan el “comunitarismo” o “tribalismo” y el “apartamiento de la sociedad”. Las regiones australes chilenas parecen ideales para realizar este tipo de ensayos, cuyos riesgos, a la luz de lo que se dice por ciertos sectores sobre Villa Baviera o Colonia Dignidad, son enormes (por ello es doblemente sorprendente que Tompkins cuente con el apoyo de importantes políticos socialistas y del PPD). Y esto puede alertar respecto de qué es lo que realmente hay dentro de la mochila de Tompkins y otros altruistas “boy scouts” que comienzan a llegar a esa zona del país.


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