¿Por qué hablar de desintegración cuando Europa está viviendo desde hace más de cincuenta años la euforia de su unión y está recorriendo tantas etapas en ese camino? En realidad, son dos las sendas que Europa tiene abiertas ante sí: las institucionales, que marcan los pasos de la unión política, jurídica y económica; por otra parte, las que señalan el cambio de signo de la conciencia europea.

No abordo este tema ni desde la perspectiva política ni como historiador. Invoco ante todo mi condición de monje, pues son conocidos los vínculos muy estrechos que tenemos con Europa. Si me permiten esa libertad: Europa es cosa nuestra desde su cuna: conocemos la criatura de la que, en buena medida, hemos sido progenitores, a la que hemos educado y conducido hasta su mayoría de edad. Después hemos acompañado sus pasos y sus aventuras -y desventuras-. Hoy estamos un poco perplejos ante esta criatura, como seguramente les ocurre también a muchos de ustedes.

La actuación de la Iglesia y de los monjes desde la primera hora dio a la configuración europea un signo cristiano y teológico muy perceptible, representado en Cristo, el Evangelio, la fe, la gracia y la cristiandad.

Por eso me acerco al tema a partir de algunas consideraciones inspiradas en la teología de la historia, que viene a ser el saber más certero acerca de las profundidades del acontecer humano. En realidad, sólo quien conoce a Dios conoce al hombre: en Él, en cuanto origen de todos los seres, está el arquetipo primordial de todos ellos, y en particular el de quien lleva su misma imagen. Por eso, es imprescindible mirar a Dios para reconocer al hombre.

Este hecho sigue siendo determinante a la hora de comprender más exhaustivamente los acontecimientos humanos y sus protagonistas, y es desde luego clave para discernir muchos de los factores esenciales que intervienen en la crisis actual de Europa. Se va a tratar, por tanto, de una evaluación hecha desde los presupuestos y valores que ella misma se dio como marco de referencias fundamentales, y que han permanecido vigentes, en el conjunto de la sociedad europea, hasta tiempos todavía muy próximos. Ello hará que algunas de las valoraciones que siguen puedan resultar inusuales, y desde luego políticamente incorrectas. Me permito sugerirles que, en este punto (como en otros), se atrevan a practicar esta incorrección como muestra de una buena salud intelectual.

¿Por qué hablar de desintegración cuando Europa está viviendo desde hace más de cincuenta años la euforia de su unión y está recorriendo tantas etapas en ese camino? En realidad, son dos las sendas que Europa tiene abiertas ante sí: las institucionales, que marcan los pasos de la unión política, jurídica y económica; por otra parte, las que señalan el cambio de signo de la conciencia europea. Es aquí donde se encuentra el fermento de esa deconstrucción a que el hombre europeo parece cada vez más fervientemente entregado. Se trata de la cuestión que ha centrado la reflexión de tantos observadores de la realidad europea desde la perspectiva de su crisis espiritual. Empezando por escritores rusos como Dostoiewsky, Berdiaev y Solzhenytzin, o los occidentales contemporáneos como Thierry Molnar, Giovanni Reale, Remi Brague, George Weigel y, en otro nivel, Juan Pablo II (Carta apostólica Iglesia en Europa, 2003), Benedicto XVI (uno de cuyos libros Europa, grandeza histórica y moral, comentaremos próximamente en las páginas de humanitas), y los documentos de las Conferencias Episcopales Europeas.

¿Qué ha sucedido en este orden de cosas?, ¿cuál ha sido el desencadenante de esta desintegración en curso? Como causa fundamental parece que hay que señalar la disolución del núcleo a partir del cual tomó cuerpo y sobre el que se mantuvo compacta la realidad histórica europea: su universo metafísico, espiritual y humanista. O más exactamente, el alejamiento respecto a ese núcleo, ya que la naturaleza suprahistórica del mismo asegura su integridad por encima de los vaivenes humanos.

La inestabilidad fundamental que recorre el espacio humano europeo proviene, en efecto, de la separación de ese núcleo; todo lo que se separa del centro se desintegra, como se desintegra el cuerpo separado del alma. La subversión del mismo ha trastornado sustancialmente la figura y el espíritu del hombre europeo, y ha desarticulado su contextura interior. Ha sido un fenómeno de larga gestación en el que han intervenido diversas concausas: la acción de las filosofías iluministas y de las ideologías materialistas, el agotamiento de las ideas e impulsos históricos, el debilitamiento de la fe en los valores trascendentes, la decisión deliberada de poner fin a un ciclo histórico multisecular aunque no se dispusiera de un modelo de recambio, como sucedió con la declaración del fin de la modernidad, para la que no hubo ninguna propuesta alternativa.

En todo caso, la desintegración de Europa tiene el sentido y el efecto de una desvertebración de la misma, consiguiente al empeño de renunciar a sus genes, aun a sabiendas de que no es posible anular o transmutar los genes sin que el organismo perezca. De hecho, la construcción política del continente se está levantando sobre las ruinas de la vieja casa europea, mediante una acción deliberada que proyecta el nuevo edificio con materiales y diseños que son extraños a su estructura fundamental, aunque algunos de ellos vengan siendo ensayados desde hace tiempo.

Un Pueblo, o una comunidad de Pueblos, no es sólo una geografía, unas fronteras o una población; ni siquiera es el resultado de la existencia de un Estado, de un sistema político o de una Constitución. Todo eso forma también parte de la configuración de los pueblos, pero es sólo su infraestructura. Con esos elementos en cualquier momento y lugar puede hacer aparición casi de la nada una nueva nación, como sucedió en oriente medio después de la primera y Segunda guerra mundial, o en el África descolonizada.

Los elementos esenciales de un pueblo vienen determinados por el espíritu, la tradición, la historia, los valores espirituales y morales, la cultura, la lengua, las instituciones naturales como la familia y la sociedad. Ellos son los que definen su identidad -su alma-, y su eclipse provoca su decadencia o su ruina, aunque persista una fachada.

La Constitución Europea

En nuestro continente la expresión tópica de esta situación ha culminado, hasta ahora, en el preámbulo de la Constitución Europea, mantenido intacto en el Tratado de Lisboa. En él se consuma la ruptura con ese núcleo que en el lenguaje religioso universal, especialmente en el monoteísta, se llama o se sintetiza en Dios.

Situada en el proyecto general del nuevo orden mundial, del que ya es sólo un apéndice, la Europa unida debe sustituir las señas de identidad particulares de cada uno de sus pueblos por las definiciones comunes que la Constitución única y los sucesivos instrumentos que la expliciten vayan elaborando. Lo cual ha tenido una primera expresión en el campo religioso, del que, como se sabe, se ha hecho desaparecer la mención del nombre de Dios y las referencias al cristianismo. Ello representa uno de los objetivos básicos de este documento, cuyo desarrollo será considerado primordial cuando llegue el momento previsto, dando así la oportunidad de implantar un modelo racionalista y profano a escala del continente. La intención de vaciar a Europa de Dios se extenderá, con toda probabilidad, a todo lo que lleve el signo de Dios. Así está previsto, y escrito en algún sitio.

En todo caso, la referencia a lo divino y cristiano determinó, desde sus orígenes, la orientación de las realidades mayores de la Europa naciente: los conceptos del mundo y del hombre, la existencia personal y colectiva, las formas religiosas, el pensamiento, la cultura, el conjunto de su civilización. Más adelante ella fue difusora en el mundo de este Evangelio cristiano. La fractura religiosa del siglo XVI no alteró durante mucho tiempo lo esencial de estos datos, aunque sí propició un debilitamiento, que sería incrementado por las corrientes racionalistas de la ilustración, por las ideologías materialistas de diverso signo, y finalmente por el relativismo de nuestro tiempo.

La figura sustancial de Europa fue moldeada por este contenido cristiano. Ciertamente en ella han actuado otros elementos: pensamiento hebreo, filosofía griega, derecho romano y algunos componentes de procedencia no islámica sino árabe, como las traducciones de autores griegos realizadas en la Siria cristiana (siglos IV-VIII). Pero su presencia debe ser considerada también, de manera muy significativa, como una contribución de la cristiandad, que asumió la misión de conservar, investigar e incorporar ese legado a la herencia común europea. ¿Cuál habría sido el destino de ese patrimonio si las invasiones bárbaras e islámicas no hubieran sido detenidas o integradas en la civilización cristiana?

En ese preámbulo se ha sintetizado la nueva filosofía, excluyente de la herencia cristiana. Europa no pone, con esta Constitución, el cimiento de su futuro, sino que retira la piedra angular. Quiere ser la declaración de un comienzo, pero es la proclamación de un final: el de Europa. La disolución de su elemento germinal y nucleador determina su extinción. Europa no va a ser una realidad nueva; sencillamente, va a dejar de ser Europa en la medida en que deje de ser ella misma. Porque las cosas no son porque tengan un nombre y una apariencia, sino porque poseen una entidad sustantiva. Pero Europa parece preferir despojarse de la suya, y las instituciones, recursos y proyectos de los que se está dotando sólo cumplen una función formal, como sillares de un edificio construido sobre arena.

Estamos ante la proclamación del nuevo evangelio de Europa: un Evangelio apócrifo. Con él se la ha rebautizado en el nombre de otra trinidad: la razón, la Libertad, el progreso. Estas divinidades estaban ahí desde hace mucho tiempo, pero no habían ascendido todavía al altar, del que se está haciendo descender el nombre de Dios, su Ley, su Evangelio, su Iglesia, su Cruz: todo lo que había animado el alma de Europa.

Este nuevo orden europeo se asienta sobre un desorden constitutivo, por cuanto los dinamismos a los que se confía la ética, el poder, la razón, la ciencia, la política o la libertad, quedan, cada vez más, fuera de la Ley, de la razón y del orden primordiales. Es como si la tierra decidiera dejar de girar alrededor del sol para hacerlo en torno a sí misma.

Hemos establecido la contradicción entre Dios y el hombre, entre lo espiritual y lo temporal, entre religión y política. Pero ya no nos entretenemos, como en el pasado, en analizar la dialéctica de estas oposiciones, sino que pasamos a declarar caduco el primero de esos elementos. Por consiguiente, no hay lugar para ellos en la esfera pública. Ahora bien, suponer que Dios no cabe en una Constitución equivale a decir que Dios queda fuera de la razón, del orden humano, de la sabiduría y del progreso del hombre.

La nueva democracia europea no tiene pasaporte para Dios, a quien hemos puesto fuera de la ley. Lo tiene para cualquier civilización, religión o cultura que llame a sus puertas, por muy extraña o enemiga que haya sido de Europa, pero no para quien es el más antiguo de sus habitantes, para quien ha marcado más profundamente su pensamiento y su vida.

Ahora bien, dejar a Dios fuera de Europa es anunciar su disolución, no la de Dios sino la de Europa: todos saben que Él ha sido su verdadera y permanente constitución interna. No siempre la de sus Estados, instituciones y leyes, pero sí, casi siempre, la de sus pueblos hasta tiempos cercanos a los nuestros, bajo cristiandades católicas, protestantes u ortodoxas. ¿Creemos que el proyecto de la nueva Europa está mejor diseñado y va a ser más eficaz y resistente que el de la Europa tutelada por una modernidad que finalmente hubo de ser declarada concluida por estéril?

La intención del preámbulo no es la de certificar un hecho sino la de establecerlo: dar por terminada la era cristiana en Europa. La ausencia de Dios no es un dato ni histórico ni sociológico general, pero debe llegar a serlo, y cabe pensar -así lo piensan muchos- que su eliminación de la Constitución es la advertencia de su expulsión efectiva, más o menos cercana, de todos los niveles fundamentales de la vida real.

Se trata, en efecto, de una decisión gratuita que no encuentra ningún argumento válido ni en la razón, ni en la experiencia; una decisión que no proviene de una opción de la sociedad, como no lo han sido nunca las iniciativas ideológicas o políticas contra Dios. Desalojar a Dios antes de haberle encontrado un substitutivo adecuado, o bien creer que ese sucedáneo existe, o que se puede vivir sin ambos, sólo se produce en situación de irracionalidad obsesiva, en contra de la experiencia humana acumulada desde los orígenes. Las culturas más desarrolladas, etapa en la que creemos encontrarnos, no son las que cultivan más habilidosamente la ciencia y el progreso, o las que hablan más clamorosamente de libertad, sino las que poseen un conocimiento superior del hombre, las que, por tanto, permiten desarrollar las dimensiones humanas más profundas, que parten y transitan por la cercanía de Dios.

Sucederá que este preámbulo será considerado un monumento a la perpetua memoria de la incongruencia humana: “¿por qué se amotinan las naciones y los pueblos planean un fracaso?” (Sal 2, 1). Europa no cree en Dios pero sí en Nietzsche, de quien ha escuchado que Dios ha muerto, y pasa consiguientemente a eliminarlo de su porvenir. Pero el resultado no es la aparición del superhombre, europeo o universal, sino el mismo que había sido previsto: muerte de la cultura, nihilismo, vaciamiento espiritual, es decir, secularización de la filosofía, abolición de la metafísica, positivismo de las ciencias humanas, agnosticismo, relativismo existencial y moral. Tras ello sólo queda una frágil ética, o más bien una voluntariosa política destinada a la construcción de la Europa civil.

Autoafirmación del hombre y negación de Dios

Decía el Cardenal Ratzinger en la Conferencia de Subiaco, 1 abril 2005, dos días antes del fallecimiento de Juan Pablo II: “Las motivaciones por las que la Constitución Europea no contempla al cristianismo entre los fundamentos de Europa presuponen la idea de que sólo la cultura ilustrada radical podría ser constitutiva de la identidad europea”. Y añadía: “La coexistencia en ella de diferentes culturas religiosas es admitida en la medida en que respeten y se subordinen a los criterios de la cultura ilustrada, que mide todas las cosas por el único criterio de la libertad”. Ahora bien, la libertad genuinamente humana es la que se reconoce inseparable de la verdad, la que es indagadora y creadora de obras verdaderas, humanas.

La nueva etapa, presidida también ahora por la esfinge de la libertad, quiere situarnos en el postcristianismo. El cristianismo, nos aseguran, ha sido superado. Al dogma sobre Dios sucede ahora la afirmación del hombre, el credo que sostiene la hegemonía definitiva del hombre y de su obra. Por eso debe desaparecer la presencia de lo cristiano como algo que la modernidad ha desacreditado con la fuerza de su verdad y de sus obras. Da igual -se sostiene- que muchos europeos se sientan todavía cristianos, o que los vestigios de la vieja cultura pueblen aún casi todos los rincones del continente. Unos y otros representan el pasado, ya extinguido como representación válida del nuevo orden humano. Dicho orden -continúa afirmando el dogmatismo laicista- debe ser desde ahora total y exclusivamente humano: moldeado enteramente por el hombre, al margen de Dios, de la conciencia o de la Iglesia. Es una decisión -y un progreso- ya irrenunciable, que forma parte del nuevo sueño y de la nueva imagen que el hombre tiene acerca de sí mismo. El hombre es ya depositario de la verdad, el que señala la trayectoria a seguir, por tanto el que impone las reglas del juego. Caminar en la dirección contraria es declararse incompatible con él y con el sentido común. Tenemos ya nuestra propia ley, fundada en la razón; poseemos la ciencia, la libertad, el bienestar, el poder y el placer. Ellos son la nueva fuente de salvación y felicidad. Tal es nuestra nueva propuesta para la creación del reino de este mundo.

Europa cree en el fin de la historia: la que ha tenido por eje a Dios, da paso ahora a la que emerge como el tiempo del hombre. Pero se trata, como diría Hegel, de una frivolidad metafísica, de palabras insensatas de un hombre alucinado que quiere dar por concluida la aventura humana hacia Dios, más que en realidad obstruye todos los caminos del hombre. La autoafirmación frente a Dios reproduce el gesto de Lucifer y el de adán, y anuncia su mismo destino.

En este punto parecen necesarias algunas reflexiones a la luz de ese análisis teológico. Sus premisas nos dicen que el posicionamiento del hombre ante Dios es decisivo para el resultado de su obra personal y colectiva. Así lo insinúa el primero de los actos humanos del que tenemos noticia: el que tuvo lugar a la sombra del árbol del paraíso. Allí el hombre decidió hacer su propia elección en sentido opuesto al que Dios le había sugerido: probó el fruto vedado, con secuelas que desviaron el signo de la historia y que exigieron la intervención reparadora del propio hijo de Dios. Entonces se evidenció que plantear la acción y el progreso humanos al margen de Dios sólo conduce al destierro: del paraíso y de sí mismo.

De hecho, cuando la historia evacua a Dios, se vacía de sí misma. Él sustenta toda realidad humana positiva, en todo su devenir y en la totalidad de sus expresiones. Al margen de Dios la naturaleza humana se eclipsa, porque ha ingresado en ella a partir de su creación por Dios y de la participación en su ser. Dejar su vestido divino significa para el hombre desnudarse de sí mismo, porque toda su realidad proviene de su semejanza con Dios. Desprendido de ella se encuentra a solas con su perfil inicial, cuando era todavía una figura informe de polvo y barro, antes de que sobre él viniera el soplo del espíritu de Dios.

Separarnos de Aquel que Es, como Dios se define a Sí mismo, implica para nosotros dejar de ser e instalarnos en la nada. No podemos evitar que al situarnos fuera de Él nos expatriemos de la realidad, ni que lo que se construya al margen de Él sea un espejismo. Fuera de Dios no hay tiempo, ni realidad, ni verdad. No podemos evitar que sea así, como no podemos impedir que DIOS SEA DIOS. Nada de lo que el hombre elija en su lugar puede suplir mínimamente lo que ha perdido. Pero los europeos, desasidos del espíritu y prendados de la materia y de la ciencia, han renunciado a la gracia y a lo real. Ahora bien, las cosas -la materia- ni sustituyen ni son la realidad. ¿Qué riqueza les queda entonces a los europeos, para sí y para los otros, ellos tan opulentos antes ante el mundo?

Ocurre, en efecto, que la frustración en el plano divino se traslada también al humano. Fracasado lo esencial, el resto se malogra. No hay éxitos a costa de Dios. Nada tiene futuro cuando escapa al ecosistema natural y divino en que el hombre ha nacido. Cuando sus actos no son acordes con la realidad humana integral, por tanto con la integridad de la verdad y del bien, pierden en la misma proporción su dimensión humana. Es lo que nos dicen los santos y místicos de nuestro tiempo: nuestra libertad se ha convertido en nuestro infierno, nuestras leyes humanas no ya tienen ninguna raíz. El profeta Isaías advertía: “Ay de los que llaman al mal bien y al bien mal, que tienen las tinieblas por luz y la luz por tinieblas” (Is 5, 20).

La memoria perdida de Dios deja al hombre sin la memoria de sí mismo, y su eclipse es el anuncio del fin: nada sobrevive a Dios. Nada puede subsistir después de haber dejado morir, en nuestra conciencia, al autor de la vida. durante muchos siglos, y hasta ayer mismo, los europeos han leído en la Escritura y han creído convencidamente que “si el Señor no construye la casa, en vano se cansan los que la edifican” (Sal 126, 1), que “sin mí, no podéis hacer nada” (Jn 15, 5), o como decía Santa teresa: “sin Dios no podemos ni torta”; habían creído que “la sabiduría, la prudencia y la sensatez proceden de Dios” (Ecl 11, 15). ¿Qué ha sucedido para que los europeos hayan olvidado estas evidencias elementales?

La voluntad de sofocar la memoria de Dios tiene, más bien, acentos de amenaza final, no sobre Él sino sobre nosotros. Tal eliminación, si es que tuviera alguna posibilidad de ser efectiva, nos dejaría sin el fundamento. Desechado éste, del edificio construido como monumento del orgullo no quedará piedra sobre piedra. Si la exclusión del cristianismo se consumara, ello sería la certificación de que el universo humano, y en particular Europa, ha muerto como espacio de humanidad: donde no hay lugar para Dios ¿hasta cuándo lo habrá para el hombre?

Sin embargo, “estas cosas están ahora ocultas a sus ojos” (Lc 19, 42). Esos ojos que necesitaríamos para ver en la noche por la que atravesamos. Para ver y comprender que Dios es el máximo progreso alcanzado por el hombre, que sin Él quedan rotos todos los equilibrios morales, y aparcados los problemas cardinales: Dios, el hombre, el Bien, la verdad, la Libertad, el Sentido, la muerte. de hecho, no han sido las luces de la razón las que han hecho vivible y comprensible, para la mayoría de los hombres, la existencia humana y sus preguntas básicas, sino las miradas que se han dirigido a Dios. Las luces y la ilustración indispensables no son las que nacen de la mente humana, sino las que ésta enciende en la Luz de Dios, en su Sabiduría y Verdad.

Pero la ausencia del Logos, de la fuente de racionalidad y sabiduría supremos que es el verbo de Dios, abre la última puerta a un desorden que puede llevar al fin de la civilización. Habíamos afirmado, desde Aristóteles, que el hombre era la medida y la razón de todas las cosas, pero ahora ignoramos si hay alguna razón y medida para él, excepto la del poder o la ciencia. Es previsible un momento culminante para esta Babel actual, que puede sobrevenir cuando de ella surja el hombre de la confusión, quien, pretendiendo ser la encarnación de la Luz y la Verdad, actuará como verdadero Leviatán, príncipe del caos.

Sucede que desde el comienzo de la historia alguien busca y alguien se prepara el nuevo trono y altar de la tierra. pero como nos advierte la Escritura: “sus proyectos son engaño” (Sal 118): todos los proyectos urdidos contra “Dios y contra su Cristo”, y que tienen un origen común en el que la misma Escritura llama “el adversario”, “el jefe”, “príncipe” (Jn 12, 31; 16, 11) y “Dios de este mundo” (2 Cor 4, 4), y describe como “la Bestia que sube del abismo” (Ap 11, 7).

Pero, como asegura el propio Cristo: “ahora Satanás es echado fuera” (Jn 12, 31). El reino de este mundo, del que él cree ser señor, está ahora a punto de desplomarse, precisamente cuando ‘la ‘voluntad de poder’ de Satán y sus prosélitos parece afirmarse definitivamente: “el trono de la bestia y su reino es ahora cubierto de tinieblas” (Ap 16, 10). Entretanto, escuchamos un rumor en los cielos: “todas las criaturas de la tierra, de los abismos y del mar abatieron sus coronas delante del trono y se postraron delante del Cordero, y adoraron al que vive por los siglos de los siglos” (Ap 5, 14).

Europa fuera de sí

Dar por definitivamente anulada la hipótesis de Dios significaría el máximo desatino del sentido común, para Europa y para la humanidad. El desafío a Dios se convierte en amenaza total para el hombre. Hasta ahora habíamos descrito con esta expresión hechos tales como la guerra fría, el colapso atómico o la destrucción ecológica. Pero nada más amenazador que el exilio impuesto a Dios. Algo que para Él resulta una intimidación ociosa, pero en lo que hay para nosotros un ultimátum en el que se nos condena a un vacío metafísico y existencial, y tal vez a un desastre bastante más tangible. En todo caso, ahí tenemos al hombre que, aunque orgulloso de sus poderes científicos y técnicos y de su bienestar material, habita un mundo convertido en feria de vanidades. “todo se tambalea y la tierra tiembla”, pronosticaba el mismo Nietzsche ante la perspectiva de esa ausencia de Dios.

Despojada de su espíritu, Europa se desconoce y se niega a sí misma, ante sí misma y ante el mundo. Es el resultado, ya descrito, de toda negación de Dios. Ella ha cortado su cordón umbilical, no para iniciar una vida autónoma, sino para extirpar, al menos momentáneamente, el hilo de la vida. Europa se extingue cuando apaga su luz y su alma, y deja de ser para los demás pueblos el referente de cualquier valor humano y espiritual superiores.

Thierry Molnar escribió que “Europa se ha salido de la historia”, lo que significa que ha perdido el pasado y no encuentra el futuro, si no es en la búsqueda del bienestar y de la ciencia. Aunque tal vez habría que decir que es el hombre el que se ha salido del hombre, el que ha abandonado su casa y su nombre, o más exactamente, que se ha salido de Dios, es decir, del alveolo en que ha sido engendrado. Entonces ha buscado otros progenitores y se ha convertido a otros maestros y a otros evangelios. ¿Qué bancarrota del pensamiento ha podido producirse para que, por ejemplo, las enseñanzas de Marx, Nietzsche o Freud hayan sustituido, en tantas mentes, a las del Evangelio, hasta que también ellos han sido recluidos en las catacumbas de la postmodernidad?

Europa está incurriendo en una trágica irresponsabilidad por el hecho de mantener desprestigiado e hibernado el pensamiento más dinámico que ha conocido la historia y al que ella debe lo mejor de lo que ha sido. Sin embargo, tanto los pueblos como los individuos necesitan arraigos profundos y duraderos. Porque ¿cómo estar en la vida y en la historia sin conocer nuestra genealogía, sin saber de dónde venimos, ni quiénes somos, ni a dónde vamos? Sin ello no somos ni estamos en ningún sitio. Si no tenemos un punto de partida no podemos señalarnos ninguna meta. Empezamos a ser y a estar a partir de lo que somos originalmente. Sin pasado no hay futuro, sin raíces no hay árbol: éste no nace de la nada.

Pero Europa, y en general el mundo de la cultura occidental quieren ser hoy el fruto de la nada: una construcción imaginaria, asentada en la negación, en un no-ser. De ahí que en nuestro tiempo cada día nacemos de la nada, porque rechazamos el ayer. Pero sin ayer no hay hoy; por eso vamos de nada en nada, hacia la nada, porque esa nueva nada -la de cada día- se sostiene en nada. El cercenamiento de las raíces es un salto al vacío y al nihilismo.

De ahí que el peor presagio para el proyecto de Europa deriva de la situación de intrascendencia metafísica y espiritual en que al presente se halla asentada su cultura. Ello hace utópico el sueño europeo, con ésta o con cualquier Constitución que parta de las mismas premisas. Algo que contrasta con lo que había sucedido hasta ahora: Europa había elegido siempre, para rejuvenecerse, la reivindicación de los orígenes; tal fue el caso del renacimiento y de la reforma, incluso si falsearon algunas de sus interpretaciones.

Había en ello una cierta reproducción de uno de los mitos más universales, con gran presencia en la Edad media: el del ave fénix, renacida siempre igual a sí misma, que retorna siempre a su misma patria y a su mismo ser, y que después de inmolarse periódicamente, se rejuvenece recobrando de sus propias cenizas un ser nuevo, que no es alteración del anterior, sino idéntico a sí mismo. Sabe que una mutación podría desfigurarla y destruirla irremediablemente, y que allí acabaría su historia, aunque el sustituto que tomara su lugar adoptara su mismo nombre y forma. Por eso quería sobrevivir permaneciendo fiel a su identidad sustancial. ¿Qué otra es la lección de la naturaleza en su invariable renovación cíclica?

Ese es también el estilo de Dios: innovar restaurando. Como en el bautismo, que no crea en nosotros un ente nuevo, sino que nos restituye al estado original. Como Cristo al volver a la vida, después de su aniquilación en la cruz y en el sepulcro: retoma su propia vida y su mismo cuerpo. El profeta Isaías había predicho del mesías: “reconstruirás viejas ruinas, levantarás sobre cimientos de antaño; serás llamado reparador de brechas, restaurador de casas en ruinas”. Todo esto formaba parte de nuestra tradición cultural y religiosa.

Pero hoy Europa se está vaciando del Espíritu, por tanto de los dones que le acompañan. Está extinguiendo la fuente de la Luz y de la vida. La construcción del futuro sobre el vacío de Dios y del humanismo espiritual, que ha sido, bajo diversas formas, la constante de la historia humana, de manera particular en Europa, augura al proyecto que estamos forjando un porvenir muy poco estable. Sobre esta subversión de nuestra identidad y sobre el desafío a la soberanía de Dios, no es posible levantar ningún proyecto viable. El futuro posible -sostenible- hay que esperarlo de aquel que “ha hecho al hombre un poco inferior a los ángeles y lo ha coronado de gloria y dignidad” (Sal 8, 6).

Con esta nueva puesta en escena, Europa corre el riesgo de sufrir el expolio de esa herencia en la que, a través de la fe cristiana, había recibido el don más espléndido. En ella la suerte del hombre queda en manos de los hombres: sus leyes y gobernantes se convierten en los depositarios de la sabiduría y de la providencia que se niega a la divinidad. La Iglesia laica es ahora definidora del bien y del mal, intérprete y garante de los destinos del hombre.

Pero esta situación no nos lleva al fin de la decadencia de Occidente, sino a su consumación. La Europa postcristiana será posteuropea, construida a la vez sobre los restos de la cristiandad y sobre los escombros ideológicos de la modernidad. El vuelo libre que quiere emprender se trocará en caída libre hacia el irracionalismo, en forma, tal vez, de un paganismo y un totalitarismo desconocidos hasta ahora.

Europa será entonces una palabra sin contenido europeo, desprovista de un concepto propio, históricamente irreconocible, y condenada al ocaso por las mismas razones por las que la modernidad y las ideologías totalitarias se han colapsado: la expulsión de Dios y la asfixia espiritual.

En ese clima de depresión metafísica, Europa no estará ya habitada por el hombre europeo; será un continente poblado de sombras. El hombre es su sombra cuando se desprende de su figura interior; la externa es sólo un receptáculo, que puede quedar desocupado cuando hemos extinguido el espíritu (cf 1 Tes 5, 19), que es siempre una participación del Espíritu del Dios vivo.


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