En el marco del ciclo de charlas “Cultura y Fe: Una mirada del patrimonio religioso”, la historiadora presenta esta colección de 639 piezas de arte virreinal como un “extraordinario ejemplo de patrimonio religioso que permite promover y consolidar el respeto y la conservación de estos objetos que dan cuenta de la capacidad creativa del catolicismo”. Presenta un recorrido por la gesta y contenido de esta valiosa colección, otorgada en comodato a la Pontificia Universidad Católica de Chile.

Foto de portada: “Frontal de Altar con motivos eucarísticos y de la flora y fauna local” (detalle), platero virreinal no identificado, Perú. Siglo XVIII, segundo-tercer tercio (Plata laminada, martillada, repujada, cincelada y burilada).

El patrimonio religioso, tanto material como inmaterial, cumple un rol estratégico en el conocimiento de la historia y cultura, y comprender eso en profundidad es una gran oportunidad para entender los procesos sociales y culturales que se viven en la actualidad. 

“Cultura y Fe: Una mirada del patrimonio religioso”, es el nombre del ciclo de charlas al que la Dirección de Pastoral y Cultura Cristiana de la Pontificia Universidad Católica de Chile y el Centro UC de Patrimonio Cultural invitaron a participar con motivo del Día del Patrimonio Cultural 2021 y cuyo enfoque era descubrir y acercar la historia que hay detrás de la Colección Gandarillas, las fiestas religiosas, los franciscanos en Chile y la Catedral de Santiago. 

A través de un recorrido virtual por las obras, y mediante diálogos interdisciplinarios, se buscó poner a disposición del público y las comunidades este debate sobre el patrimonio religioso, vinculando los aspectos físicos asociados con la arquitectura, el arte y la investigación, con aquellos relacionados con la Fe. Esta serie de encuentros propuso crear nuevos significados religiosos y laicos, generando nuevos espacios de encuentro entre nosotros, como católicos y chilenos. 

Buscamos acercar a las personas a nuestro patrimonio cultural religioso, propusimos generar sentido a lo que vivimos día a día: Iglesias, celebraciones, exposiciones, peregrinaciones o fiestas religiosas, de las cuales a veces no conocemos tanto sus historias, sus tradiciones, y cómo estas marcan nuestra identidad, nuestra herencia, en nuestro pasado, presente y futuro. 

Umberto Bonomo y Patricia Matte [1].

Angel Trono pintor de la region del lago Titicaca no identificado. Siglo XVIII primer tercio Oleo sobre tela brocateado con pan de oro

“Ángel Trono”, pintor de la región del lago Titicaca no identificado. Siglo XVIII, primer tercio (Óleo sobre tela, brocateado con pan de oro).

Agradecemos a la Dirección de Pastoral y Cultura Cristiana de la Universidad Católica y el Centro UC de Patrimonio Cultural por la posibilidad de publicar las charlas principales de cada encuentro. Presentamos a continuación la primera entrega de este ciclo, que corresponde a la exposición de Isabel Cruz de Amenábar acerca de la colección de arte hispanoamericano Joaquín Gandarillas Infante[2].

La colección de Arte Hispanoamericano de Joaquín Gandarillas Infante, actualmente en la Universidad Católica de Chile, constituye un interesante y poco conocido ejemplo de coleccionismo en nuestro país y en Sudamérica y un singular patrimonio que se transmitirá a futuras generaciones. A través de su vida, Joaquín Gandarillas logró reunir un valioso conjunto de obras de arte, testimonio del mestizaje estético, religioso y cultural de los países del Sur Andino y de su historia común, que amplía la mirada del presente y fortalece su unidad. 

A través de su vida, Joaquín Gandarillas logró reunir un valioso conjunto de obras de arte, testimonio del mestizaje estético, religioso y cultural de los países del Sur Andino y de su historia común, que amplía la mirada del presente y fortalece su unidad.

La práctica centenaria, y si se abre el término, milenaria del coleccionismo, ha permitido a lo largo de la historia, hasta hoy, conservar y dar a conocer a público un invaluable patrimonio de bienes artísticos, resguardados en iglesias, casas religiosas y posteriormente en museos e instituciones culturales que alimentan espiritualmente a las generaciones y les ofrecen la dimensión de futuro incorporando el pasado. 

El objetivo de compartir sus objetos, específicamente las obras de arte hispanoamericano que había reunido durante toda una vida, desarrollada entre 1930 y 2004, llevó al coleccionista chileno Joaquín Gandarillas Infante a dejar establecido antes de su muerte el traspasar su legado a una institución cultural. Así llegó a la Universidad Católica en régimen de comodato un valioso conjunto de más de seiscientas piezas de arte virreinal del sur andino que integra pintura, escultura, platería y mobiliario. 

La formación de colecciones de arte virreinal en Chile y su puesta en valor a través de exposiciones y estudios especializados es un fenómeno de larga data, que empieza ya en el siglo XVII, cuando aparecen en los documentos, inventarios y testamentos los primeros coleccionistas de arte, como Pedro Lisperguer Flores, tío de la famosa Quintrala, que logró coleccionar 140 pinturas, en su mayor parte de origen europeo, preferentemente de tema civil, “profano”, como se decía entonces, repartidos entre su casa de Santiago y su hacienda en Peñaflor. A fines del siglo XVII y durante el XVIII se empieza a coleccionar arte virreinal, pintura, escultura, platería y objetos raros y curiosos de origen precolombino. Se inicia en Chile el mercado del arte al modo occidental, pues las colecciones se adquieren por venta directa y mecenazgo o a través de mercaderes. Uno de los primeros fue el caso del obispo de Santiago, el franciscano Diego de Humanzoro, que encargó al Cusco, principal centro pictórico del Sur Andino, los 54 cuadros de la Vida de San Francisco, el mejor conjunto de pintura religiosa de Sudamérica, para ser ejecutados por artistas   indígenas y mestizos. En el siglo XVIII se consolida la posesión de bienes religiosos –pinturas, esculturas, relicarios, piezas de plata– y de los mercaderes de arte que traen a Chile, por tierra a través de los antiguos caminos incaicos y por mar desde Guayaquil y Callao, las obras a suelo chileno. Los documentos muestran que no solo la élite era depositaria de objetos como estos, sino también los grupos medios y los indígenas. Este patrimonio se transmitía familiarmente, de generación en generación, y se valoraba a través de los testamentos y los cronistas de la época.

Con la revolución de la Independencia se produjo el ocaso del coleccionismo y patrimonialización del arte virreinal, se confiscaron bienes de conventos, se destruyeron colecciones privadas y se fundieron para amortizar la guerra las piezas de platería de iglesias, conventos y oratorios particulares.

Los documentos muestran que no solo la élite era depositaria de objetos como estos, sino también los grupos medios y los indígenas. Este patrimonio se transmitía familiarmente, de generación en generación, y se valoraba a través de los testamentos y los cronistas de la época.

Cristo Crucificado en Agonia escultor de Potosi no identificado

“Cristo Crucificado en Agonía”, escultor de Potosí no identificado. Siglo XVIII, tercer tercio (Madera tallada, policromada, ojos de vidrio, pestañas naturales, plata laminada, repujada, cincelada y recortada).

Tras el proceso emancipatorio, el arte virreinal fue considerado “colonial”, es decir, tributario o imitación del europeo, carente de valor y manifestación del oscurantismo de una época que debía ser negada y olvidada en Chile y en las jóvenes naciones americanas. El gusto artístico nacional vira hacia Europa y especialmente hacia Francia, para adherir al neoclasicismo y al romanticismo. Pasada esta primera reacción contra el pasado bajo el régimen español, desde los mismos parámetros románticos que redescubren el “arte del pueblo”, empieza a revalorárselo en toda Hispanoamérica como parte de una historia común que conforma la nación. 

Una de sus primeras manifestaciones fue la llamada “Exposición del Coloniaje”, organizada en 1873 por el intendente de Santiago, Benjamín Vicuña Mackenna, en el antiguo Palacio de los Presidentes, en la Plaza de Armas, donde se expusieron desde retratos a platería y muebles. El organizador hubo de enfrentar aún los prejuicios y las dudas imperantes acerca de la validez estética de estas manifestaciones. 

Los años 1920 marcan otro punto de inflexión en el desarrollo de los criterios apreciativos, de conservación y el coleccionismo del arte virreinal por parte de particulares, en contrapunto, una vez más, con las ideas entonces en boga sobre el progreso y las nociones de modernización urbana. En 1925 se aprueba en Chile la primera Ley de Monumentos Nacionales, que resguarda algunas obras de arquitectura de esa época –la que, con modificaciones, sigue vigente hasta hoy– y justamente al año siguiente, en 1926, tiene lugar el primer remate importante de patrimonio virreinal con efectos en la formación de colecciones: las piezas artísticas pertenecientes al convento de San Francisco de la Alameda en Santiago, el más antiguo del país. Este debe reducirse por la disminución de vocaciones en la orden y de los nuevos planes urbanísticos que afectan al sector central de la ciudad. Un grupo de personas, conocedoras del valor del patrimonio franciscano, se pone de acuerdo para adquirirlo, conservarlo y promover su estudio y difusión. En 1928, la incipiente historiografía artística sobre esa etapa ve nacer una de sus primeras publicaciones, El Arte en la época colonial de Chile, de Luis Roa Urzúa; al año siguiente se realiza la “Exposición Colonial” en el denominado entonces Palacio de Bellas Artes, organizada por un grupo de aficionados y coleccionistas de arte virreinal. La celebración del cuarto centenario de la fundación de Santiago en 1941 es otro paso en la apreciación de estas artes, con las publicaciones sobre la historia de nuestra capital, la Arquitectura en el Virreinato del Perú y Capitanía General de Chile, de Alfredo Benavides Rodríguez; y la Arqueología del antiguo Reino de Chile, de Fernando Márquez de la Plata.

Los años 1920 marcan otro punto de inflexión en el desarrollo de los criterios apreciativos, de conservación y el coleccionismo del arte virreinal por parte de particulares, en contrapunto, una vez más, con las ideas entonces en boga sobre el progreso y las nociones de modernización urbana.

Lentamente, el arte virreinal cobra presencia en el panorama cultural chileno, y si bien aún forma parte del conocimiento de un grupo reducido de personas, la publicación de la obra de Eugenio Pereira Salas, Historia del Arte en el Reino de Chile, en 1965, y la formación del Museo Colonial de San Francisco, en 1969, constituyen hitos de gran importancia. Con la colaboración de la comunidad franciscana y la gestión de un grupo de coleccionistas, arquitectos y estudiosos, entre los que está Joaquín Gandarillas, se logra organizar las colecciones artísticas franciscanas y abrirlas al público en forma permanente. Es allí donde la figura de Joaquín Gandarillas, incorporado como integrante activo a la administración del museo, primero como miembro del directorio y luego como director, durante doce años, reafirma su vocación y orienta perdurablemente su rumbo de coleccionista y estudioso.

Con la colaboración de la comunidad franciscana y la gestión de un grupo de coleccionistas, arquitectos y estudiosos, entre los que está Joaquín Gandarillas, se logra organizar las colecciones artísticas franciscanas y abrirlas al público en forma permanente.

Miembro de una familia con marcada inclinación hacia el arte y la cultura, Joaquín Gandarillas Infante siguió estudios de agronomía, aunque desde niño le interesaron las piezas patrimoniales y comenzó pronto a formar su propia colección. Un viaje a España en la década de 1950 le mostró la importancia de las raíces hispanas en la construcción cultural de los países de la región y estimuló, a su regreso, los estudios especializados y el rescate de objetos virreinales, algunos de ellos olvidados o desvalorados, con los que se iba entrecruzando su destino. 

La experiencia de Joaquín Gandarillas, formada en el contacto cotidiano con las obras de arte que iba descubriendo y que para otros pasaban desapercibidas, y su contribución al desarrollo del Museo Colonial de San Francisco, afinaron en él una mirada extraordinariamente sensible y perceptiva que le permitió no solo ordenar y resguardar las colecciones de ese repositorio de reciente formación, sino atender a los valores genuinos del arte virreinal para formar su colección. El criterio simultáneamente contemporáneo y tradicional con el que Joaquín Gandarillas seleccionó su patrimonio artístico ponía en jaque al antiguo “buen gusto” europeizante y afrancesado, común entre la élite chilena, y lo confrontaba a su contracara cultural, el barroco mestizo. 

El destino que Joaquín Gandarillas planteara para el conjunto de las 639 piezas de arte virreinal que había logrado reunir –su conservación como conjunto, sin dispersar ni mezclar, y la creación de un repositorio especializado o su legado a algún museo o institución cultural para su exhibición y estudio– pudo concretarse tras su muerte. Con el objetivo de cumplir con esta voluntad, su familia y heredera constituyó en el año 2007 la Fundación Joaquín Gandarillas Infante, que en el 2013 firmó con la Pontificia Universidad Católica de Chile un Convenio y Comodato para exhibir y difundir su valiosa colección. Así, 167 pinturas, 138 esculturas e imaginería, 121 objetos de platería y orfebrería, y 35 piezas de mobiliario quedaban disponibles al público, en muestras acotadas y sucesivas, otorgándoles un sentido social, como parte del patrimonio cultural de Chile.

Son varios los rasgos que se pueden destacar de la Colección Joaquín Gandarillas Infante: la belleza de sus piezas; la variedad de formatos, materiales y técnicas; la singularidad del sello regional que muestra el proceso de mestizaje hispano indígena.

Tras una acuciosa tarea de inventario, catalogación y conservación preventiva que se extendió por casi cinco años, se inició la exhibición de este legado. 

Son varios los rasgos que se pueden destacar de la Colección Joaquín Gandarillas Infante: la belleza de sus piezas; la variedad de formatos, materiales y técnicas; la singularidad del sello regional que muestra el proceso de mestizaje hispano indígena. 

Tres niveles de las obras reflejan este proceso de mestizaje: el mensaje, la forma y los soportes. Lo verán a través de las diferentes artes, pintura, imaginería, platería y mobiliario.

Pintura 

El conjunto de pinturas de la Colección Joaquín Gandarillas reúne óleos sobre tela, madera y metal de variadas procedencias y diversidad de formatos. Destaca por su calidad, por su impronta mariana y su iconografía mestiza. Son obras representativas de la labor de los talleres en los principales centros pictóricos del virreinato, Cusco, Quito, Lima, La Paz, Potosí y Chuquisaca, y corresponden, en su mayor parte, al período de madurez de la plástica en la región –el siglo que corre desde finales del seiscientos hasta mediados del siglo XVIII–, bajo la creciente participación de pintores de origen indígena. Ello incide en el proceso de adaptación y reconfiguración de iconografías, formas y materiales. 

Iconográficamente, destacan dentro del contingente de pinturas de la Colección Gandarillas dos áreas temáticas: las imágenes de la Virgen María –hay que recordar que América es un continente mariano desde el punto de vista católico, en diferentes advocaciones regionales– y los ángeles y arcángeles.

Arrollados en “bultos” y “fardos”, los cuadros circulaban por tierra desde sus lugares de origen y luego por mar, a través de los puertos de Guayaquil y Callao, arribando a Valparaíso, Concepción y Valdivia; o transitan por los antiguos caminos incaicos del altiplano desde la cordillera y las sierras hacia las vertientes del Pacífico y del Atlántico Sur, alcanzando hasta los territorios y ciudades del Río de la Plata. 

Iconográficamente, destacan dentro del contingente de pinturas de la Colección Gandarillas dos áreas temáticas: las imágenes de la Virgen María –hay que recordar que América es un continente mariano desde el punto de vista católico, en diferentes advocaciones regionales– y los ángeles y arcángeles.

Escultura 

La imaginería virreinal de la Colección está compuesta por piezas en madera tallada, modelada y policromada y proviene de los principales centros productores del sur andino –Quito, Potosí, tierras altas de Charcas, Cusco, Lima, regiones rurales de Chile central y Chiloé–. 

La mayor parte de las obras de esta colección corresponde a los siglos XVIII y XIX, cuando la herencia de la escultura religiosa española ha sido adaptada y popularizada en iconografías, formatos y materiales por los maestros mestizos e indígenas y los talleres locales.

Estos talleres mantienen las condiciones artesanales de elaboración, de herencia medieval, operan como manufacturas, con división del trabajo, y con el tiempo se adaptan a los ámbitos regionales, haciéndose receptivos a las tradiciones indígenas preexistentes, a la disponibilidad de materiales, a sus espacios y a las preferencias de la devoción lugareña. Elaboran sus piezas de manera colectiva y seriada, lo que les permite agilizar la producción y abastecer las necesidades de amplios sectores de la población. 

En zonas más apartadas, como Chile, de menor demanda y concentración poblacional, son santeros los que ejecutan todas estas labores. En zonas de clima seco, donde la madera es escasa, como Bolivia y el norte de Chile, se usan materiales locales como el denominado maguey, extraído de la caña central del agave o áloe americano, del cual existen numerosas variedades en los Andes. 

La iconografía de las piezas de la Colección Gandarillas refiere principalmente al Crucificado –la más difundida iconografía de Cristo en nuestros territorios– a Jesús Niño y a la Sagrada Familia.

Cristo Crucificado Muerto escultor de Potosi no identificado. Siglo XVIII primer tercio. Madera tallada y policromada plata repujada y cincelada

“Cristo Crucificado Muerto”, escultor de Potosí no identificado. Siglo XVIII, primer tercio. (Madera tallada y policromada, plata repujada y cincelada).

Platería 

Las piezas de platería de la Colección Gandarillas, datadas principalmente en el siglo XVIII, son de variada funcionalidad, técnicas y procedencia dentro de los ámbitos religioso y civil. Permiten acceder a ese mundo fascinante –y a la vez doliente– del trabajo de la plata, hoy casi desconocido, que da una aproximación distinta a la historia de la región. 

El arte de la platería, que ocupa solo una pequeña parte de la enorme producción de este metal, posee un simbolismo de trascendencia y deviene en el plano social, es un indicador de estatus.

El descubrimiento y explotación de los fabulosos yacimientos de plata de los Andes del sur, en especial del denominado Cerro Rico de Potosí, ya a finales del siglo XVI, fue un acontecimiento clave en la región, en América y en el Mundo por la magnitud de las transformaciones económicas, políticas y culturales que provoca. El arte de la platería, que ocupa solo una pequeña parte de la enorme producción de este metal, posee un simbolismo de trascendencia y deviene en el plano social, es un indicador de estatus. 

Si el oro remite en el virreinato peruano al período prehispánico, a su magnífica orfebrería ritual, a partir de la Conquista llega el apogeo de la plata, prolongado durante tres siglos, como símbolo sagrado, manifestación de lujo y riqueza.

La “plata del Perú” constituyó una realidad de cifras cuantiosas y belleza sensorial; de prosperidad y ostentación; también de sufrimiento y muerte, pues su explotación cobró innumerables vidas humanas. El Cerro Rico de Potosí fue hasta el siglo XVIII la mina de mayor producción de plata de las Indias y probablemente del mundo, de donde se extrajo entre 1545 y 1800 un cuarto de la producción mundial de plata. Los objetos de la colección son muy variados y van desde los mates regionales a los frontales de altar ricamente repujados con motivos de origen local.

Mobiliario 

El conjunto de piezas de mobiliario virreinal de la Colección Gandarillas es de calidad y muestra una variada procedencia –que abarca el área del antiguo Virreinato del Perú y sus distintos ámbitos de producción, tanto ciudades como pueblos y zonas rurales–. Sus piezas corresponden principalmente al siglo XVIII. 

El mueble virreinal y la talla de carpintería y ornamentación en madera se realiza a partir de los modelos del Renacimiento y del Barroco español trabajados en madera tallada y policromada, que enriquecen taraceas e incrustaciones. La labor manual de los carpinteros y entalladores genera un sinnúmero de piezas de factura, diseños y materiales peculiares. 

Una gran variedad de maderas aclimatadas de Europa y nativas se usaban preferentemente en la ejecución de estas piezas. Entre las primeras, especies como el nogal, cerezo, peral, naranjo o limonero; maderas tropicales como la caoba, el cocobolo, el jacarandá y el amaranto; y provenientes de los bosques templado-lluviosos de la zona centro sur de Chile, el laurel, alerce, ciprés, palo de luma, lingue, mañío, avellano y roble pellín. Los elementos arquitectónicos se policroman y doran con pan de oro, y los muebles más finos se enriquecen con una vasta gama de materiales incorporados en otras maderas; en metal –bronce, hierro, plata–; en piedras como mármol o alabastro; y en elementos orgánicos, entre ellos cuero, hueso marfil, carey y nácar. Las piezas más representativas son muebles de guardar, cajas, cajuelas, cofres, arcones, baúles, bargueños, papeleros, y hasta hay una caja fuerte.

El mueble virreinal y la talla de carpintería y ornamentación en madera se realiza a partir de los modelos del Renacimiento y del Barroco español (…) La labor manual de los carpinteros y entalladores genera un sinnúmero de piezas de factura, diseños y materiales peculiares.

Difusión patrimonial 

Estos conjuntos de piezas artísticas han sido objeto de trece exposiciones temáticas realizadas con una periodicidad semestral en la sala que lleva su nombre en el Centro de Extensión de la Pontificia Universidad Católica de Chile y una exposición mayor en el Museo Nacional de Bellas Artes el año 2018, a fin de darlas a conocer de modo atractivo, didáctico y fundamentado. 

La colección Gandarillas es también un extraordinario ejemplo de patrimonio religioso que permite promover y consolidar el respeto y la conservación de estos objetos que dan cuenta de la capacidad creativa del catolicismo que, a diferencia de otras confesiones religiosas, ha equiparado la belleza al bien. 

La Colección Gandarillas constituye un patrimonio de alcance no solo nacional y regional, sino universal, que da cuenta de la calidad y belleza de estas manifestaciones y, gracias a la extraordinaria generosidad de este filántropo, posibilita adentrarse en el fenómeno del coleccionismo, en la memoria histórica de nuestros territorios y en su identidad compartida. 

Sin memoria, no hay historia ni identidad posible. Los objetos, las obras de arte son imágenes, repositorios, registros de memoria. Por eso es importante salvaguardar la memoria, en este caso a través de los objetos, buscando su significado y valor. Es importante en nuestro país estimular una cultura de las donaciones, para que todos puedan disfrutar en algún momento de esa diversidad de testimonios de un pasado remoto o próximo que una persona, en un gesto de fascinación y respeto, puede reunir y legar a una institución pública o privada. Nuestros museos son en buena medida fruto de la donación de colecciones. 

La colección Gandarillas es también un extraordinario ejemplo de patrimonio religioso que permite promover y consolidar el respeto y la conservación de estos objetos que dan cuenta de la capacidad creativa del catolicismo que, a diferencia de otras confesiones religiosas, ha equiparado la belleza al bien. De este modo, ha celebrado la creación artística e intelectual como un elemento más del plan divino. Por eso los últimos papas, desde Pablo VI a San Juan Pablo II, han buscado proteger y difundir este patrimonio existente en iglesias, conventos, capillas, bibliotecas, archivos y también en instituciones como la Pontificia Universidad Católica de Chile, pues hoy la cultura y el arte juegan un trascendente papel en la evangelización de los pueblos.


Notas

[1] Umberto Bonomo es director del Centro UC de Patrimonio Cultural, y Patricia Matte es directora (s) de Extensión y Cultura de la Pastoral UC. Para más información, ingrese a pastoral.uc.cl/patrimonioreligioso o a centropatrimonio.uc.cl. 
[2] El texto de esta ponencia, dictada el 27 de mayo de 2021, está basado, con modificaciones y adaptaciones, en el libro de Editorial UC Arte colonial americano. Colección Joaquín Gandarillas Infante. Isabel Cruz de Amenábar, Santiago, 2018.

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"Les ruego y les pido de todo corazón: ¡Den marcha atrás!" , le habría escrito León XIV al superior general de la Fraternidad Sacerdotal de San Pío X, en una carta en la que también le advirtió que "desgarrar la túnica inconsútil (sin costuras) de Cristo es un pecado de extrema gravedad" 1 . Hagamos un breve recuento de esta controversia que abrió el obispo francés Marcel Lefebvre (1905-1991) hace ya más de cincuenta años. Se dice que Pablo VI no autorizó la misa tridentina solicitada por Lefebvre por temor a contravenir el Concilio Vaticano II en momentos en que se estaba recién desplegando. Luego, bajo el pontificado de Juan Pablo II, se produjeron las primeras ordenaciones episcopales (1988) que obligaron a la excomunión de cuatro obispos lefebvristas (dos de los cuales asistieron a la reciente ceremonia masiva en Écône, Suiza). El entonces Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, cardenal Ratzinger, estuvo a punto de conseguir un acuerdo que autorizaba la misa en latín y reconocía los sacramentos impartidos por los sacerdotes de la Fraternidad, pero Lefebvre no se avino a firmar el preámbulo doctrinal que reconocía la autoridad del Concilio. La controversia en torno al canon 25 de "Lumen gentium" fue el verdadero escollo: Aunque los obispos aisladamente no gozan del privilegio de la infalibilidad, sin embargo, cuando incluso dispersos por el mundo, pero en comunión entre sí y con el sucesor de Pedro, enseñan cuál es la fe y la moral auténticas, si están de acuerdo en mantener una opinión como definitiva, entonces proclaman infaliblemente la enseñanza de Cristo 2 . Lefebvre nunca reconoció el carácter inspirado y por ende autoritativo de la reforma conciliar. El cardenal Ratzinger (luego Benedicto XVI) siempre adoptó una actitud abierta y comprensiva hacia el tradicionalismo católico, tanto por razones políticas (evitar la radicalización de los sectores conservadores) cuanto por razones teológicas. En su alocución a los obispos de Chile, pronunciada con ocasión de su visita al país en 1988 3 , Ratzinger se preguntaba por el desafío que representaba monseñor Lefebvre. A su juicio, el lefebvrismo encuentra tres puntos de apoyo en las fisuras abiertas tras el Concilio. El primero es la pérdida del sentido de lo sagrado en la liturgia y la tendencia a identificar el verdadero culto exclusivamente con el amor fraterno, desplazando el centro de gravedad desde la consagración eucarística hacia la vida en comunidad y la oración común. El segundo es la interpretación del Concilio como una ruptura con la Tradición, en lugar de comprenderlo "como parte de la entera y única Tradición". Progresistas y conservadores coinciden en que el Concilio rompió con la Tradición, unos para celebrarla, otros para lamentarla, pero una interpretación justa del Concilio debería basarse en una hermenéutica delicada y precisa de la ruptura y de la continuidad. El Concilio no alteró ni un ápice la sustancia de la Fe ni la fidelidad a la Iglesia santa, pero tampoco es una mera reiteración de lo dicho. El tercero es el debilitamiento de la convicción acerca de la unicidad de la verdad, que termina por erosionar el impulso misionero al considerar a todas las religiones igualmente verdaderas. En "Summorum pontificum" (2007), Benedicto XVI declaró que la misa tridentina nunca había sido abolida y concedió a cualquier sacerdote la posibilidad de celebrarla sin necesidad de autorización episcopal. Al mismo tiempo, levantó las excomuniones de los obispos rebeldes en un esfuerzo por relajar las tensiones litúrgicas (y tal vez como una manera de detener el crecimiento sostenido de la Fraternidad en esos años). Con motivo del Año de la Misericordia (2015), el Papa Francisco concedió a los sacerdotes de la Fraternidad la facultad de absolver de manera válida y lícita los pecados (primero de forma excepcional y luego indefinidamente), y posteriormente reconoció también la validez sacramental de los matrimonios que efectuaran. Pero en Traditionis custodes (2021) restringió severamente la misa tridentina, prohibió que se hicieran en las iglesias parroquiales o que pudieran celebrarlas sacerdotes recién ordenados, y exigió que los obispos las autorizaran en lugares y con los oficiantes permitidos 4 . Durante este año, la Fraternidad ha vuelto a ordenar cuatro nuevos obispos sin mandato pontificio, bajo pretexto de que son indispensables para la orden sacerdotal. La respuesta vaticana ha sido la más severa: excomunión "latae sententiae" (ya pronunciada, es decir, que no requiere juicio previo) para los obispos implicados, ilicitud de los sacramentos impartidos por sacerdotes de la orden e invalidez en el caso de los sacramentos de penitencia y matrimonio, y excomunión simple para los fieles que adhieran (no para quienes asistan a una misa tridentina, pero que en su fuero interno permanezcan adheridos a la autoridad pontifical). La Fraternidad se define como una orden sacerdotal. "El fin de la Fraternidad es el sacerdocio y todo lo que se relacione con él y únicamente lo que le concierne, es decir, tal como Nuestro Señor Jesucristo lo quiso cuando dijo: 'Haced esto en memoria mía'" 5 . La defensa del estatuto y las prerrogativas sacerdotales y la concentración casi exclusiva en el culto eucarístico han sido desde el comienzo su motivación principal. La Fraternidad cuenta con un buen número de sacerdotes (733) y de seminaristas (264) y en los últimos cincuenta años este número ha crecido sostenidamente a pesar de las intervenciones papales, sea en severidad o benevolencia. Sorprende el carácter marcadamente europeo de la Fraternidad, pues un tercio de sus sacerdotes son franceses, y con suizos y alemanes se hace la mitad, aunque también se advierte un buen reclutamiento norteamericano (sobre todo por la vitalidad que está mostrando el seminario de Dillwyn). Su influencia en el continente latinoamericano es escasa, algunos argentinos (donde tienen el noviciado de La Reja), un pequeño priorato en Chile y casi nada más, porque una buena parte de los adherentes brasileños ha retornado a la comunión con el Papa. ¿Por qué el tradicionalismo católico no se asienta tan bien en suelo latinoamericano y los ecos de esta controversia nos parecen tan lejanos? Se pueden intentar varias explicaciones. La primera es que el catolicismo latinoamericano nunca fue profundamente tridentino. El tradicionalismo nace como la defensa específica de un catolicismo centrado en una liturgia solemne, el uso del latín, la exacerbación de la iglesia presbiteral, la teología escolástica y un sentido fuerte de la exclusividad institucional (fuera de la Iglesia no hay verdad ni salvación posible). Pero este modelo eclesiológico nunca penetró de manera homogénea en América Latina, donde el catolicismo ha sido más popular, mariano y devocional que doctrinal o institucional. Muy pocos han experimentado la misa —y menos aún en latín— como el centro de su identidad religiosa. El tradicionalismo europeo suele apoyarse en una memoria litúrgica muy poderosa que se remonta a la era de las catedrales y en el recuerdo vivo de un orden religioso perdido que los franceses han llamado la "civilización parroquial": la parroquia llena, las vocaciones abundantes y la escuela católica. Nada de esto hubo entre nosotros, salvo y apenas en las élites sociales. El tradicionalismo católico es marcadamente una religiosidad aristocrática incubada en colegios y universidades confesionales y en pequeños círculos intelectuales vinculados con el cultivo de las humanidades clásicas y de las ciencias jurídicas que conservan —como dice Yves Congar— una eclesiología dominada por una visión jurídica de la Iglesia como "societas inaequalis et hierarchica" 6 y que en cuanto "societas perfecta" se ofrece como modelo del conjunto de las relaciones sociales. La crítica del modernismo que está tomada de la famosa encíclica "Pascendi dominici gregis" de Pío X (1907) consiste en esto, en la incomodidad que despiertan las relaciones entre personas libres e iguales entre sí. Todo debe organizarse jerárquicamente, unos mandan y otros obedecen; de lo contrario, se cae en el desorden de la increencia y del pecado. Pío X escribió muchas veces que sin autoridad la fe se perdía irremediablemente, y algo de razón tiene, pero ¿cuál puede ser la calidad de una fe que no se ha elegido libremente? La controversia en torno a la libertad religiosa reconocida en el Concilio tiene este origen. Por otra parte, el tradicionalismo suele exigir mucho refinamiento cultural y, además de un sentido particular de la continuidad histórica, requiere una fuerte dosis de apreciación estética y una teología explícita concordante. También en este sentido es una religiosidad de élites. Debe considerarse asimismo que el tradicionalismo aparece como una religión de minorías intensivas en medio de un panorama amplio y profundo de secularización de masas. El tradicionalismo no suele prosperar donde el catolicismo todavía conserva una amplia presencia cultural y más bien florece cuando el catolicismo se ha vuelto una opción minoritaria y altamente reflexiva. Ser un católico tradicional implica una elección consciente, una identidad fuerte, en ocasiones agresivamente contracultural, y una práctica intensa que requiere tiempo y dedicación. Digamos, por último, que el catolicismo latinoamericano ha sido históricamente muy ultramontano, es decir, muy leal a la sede pontificia, un catolicismo conformista, decía Paul Johnson en su monumental "Historia del Cristianismo", que dedica apenas dos páginas a los quinientos años de catolicismo en América Latina como algo que no ha producido ninguna novedad de la que valga la pena escribir. Esta fidelidad papal se consolidó durante el siglo XIX y buena parte del XX y apenas ha vacilado en las últimas décadas. En suelo europeo, en cambio, ha existido una tradición intelectual y eclesial mucho más propensa a discutir, polemizar e incluso resistir decisiones romanas. El tradicionalismo necesita una élite religiosa, una memoria litúrgica y una disposición a resistir la autoridad eclesiástica. América Latina ha poseído algo de la primera, la segunda de forma débil y la tercera casi nunca. Notas [ 1 ] León XIV; Carta del Santo Padre al reverendo padre Davide Pagliarani, Superior General de la Fraternidad Sacerdotal San Pío X. 29 de junio de 2026. [ 2 ] Concilio Ecuménico Vaticano II; Constituciones, Decretos, Declaraciones . Edición promovida por la Conferencia Episcopal española. Biblioteca de Autores Cristianos, 2022, p. 54. [ 3 ] Ratzinger, Joseph; "Alocución a los obispos de Chile: unidad en la tradición de la fe". Humanitas, Cuaderno n°20, diciembre 2008. [ 4 ] García-Huidobro, Joaquín; " Traditionis custodes : Francisco ante una decisión difícil". Humanitas n°98, año XCVIII, 2021, pp. 638-647. [ 5 ] Estatutos de la FSSPX. [ 6 ] Congar, Yves-Marie; Le Concile de Vatican II . Les Éditions du Cerf, París, 1984.
A continuación presentamos un compilado de las diversas actividades realizadas por la Dirección de Pastoral y Cultura Cristiana UC entre mayo y julio de 2026.
Reflexiones del conversatorio "Desafíos de la IA", dentro del Seminario Comunicaciones e Iglesia que se realizó en la Pontificia Universidad Católica de Chile los días 27 y 28 de julio de 2026.
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