Joaquín García-Huidobro
Tirant Lo Blanch
Valencia, 2020
288 págs.

El mérito de este libro es que hace pensar. Una ruptura dolorosa atraviesa Chile de parte a parte. Según el autor, ella puede deberse a una visión enfermiza, una filosofía que entiende a la sociedad como un campo de batalla entre oprimidos y opresores, dos grupos que parecen no tener nada en común y que están enfrentados en un conflicto que solo se resolverá con la desaparición de una de las partes en pugna. Pero ese tejido también se rasgará si se piensa que solo existen los individuos y sus proyectos personales, sin que haya una tarea compartida que los saque del mundo privado y los abra al mundo común. En ambos proyectos, que, bajo distintas modalidades y con distintas intensidades, se disputan hoy el corazón de los ciudadanos, hay una dolorosa ausencia. La palabra que nos falta es: comunidad.

Este es un libro de filosofía política, y la filosofía política “florece en épocas de crisis”. En Chile, no cabe duda, vivimos una crisis que estalló en octubre de 2019. Sin embargo, el libro no está pensado para buscar soluciones a esa crisis, aunque ella aparezca y reaparezca en estas páginas. Esa falta de comunidad, que da el título al libro, lleva a reflexionar sobre el individualismo de izquierda y derecha, la familia, el aborto y la eutanasia, la universidad desorientada, la democracia…

La izquierda, en el mundo occidental, ha asumido la perspectiva individualista de los derechos; los pobres más pobres con escaso peso electoral se convierten en los invisibles, cierto feminismo en vez de preocuparse por las madres solteras vulnerables lucha por igualar a varones y mujeres en las bibliografías universitarias.

En las razones proaborto se resalta que la mujer es dueña de su cuerpo, siguiendo la concepción individualista de la propiedad, que la izquierda decía combatir. La eutanasia es también un concepto individualista. Se exige la libertad para morir sin tener en cuenta que paulatinamente se priva a otros de la libertad para vivir, porque tienen que justificar su propia existencia.

La historia reciente de la derecha chilena aparece también marcada por el individualismo. Un grupo importante de personas piensa que la intervención militar fue necesaria por el comunismo que predominaba en la UP y la debilidad de la Democracia Cristiana para hacerle frente. Pero parte de este grupo no ve que la estructura de la sociedad chilena hizo posible este rompimiento. En la actualidad mucha gente no logra comprender la exhibición del lujo como un hecho político que acarrea graves consecuencias.

En Chile se ha producido al respecto un fenómeno muy curioso. Han surgido una serie de intelectuales cercanos a la derecha o al pensamiento social cristiano para los cuales el tema de la igualdad y desigualdad en el país es objeto de una preocupación constante. No lideran un partido político, pero son conocidos por sus libros, publicaciones, artículos en la prensa, centros de estudios. Tienen un talante similar al de los pensadores que surgieron en Chile con ocasión del centenario de 1910. Un capítulo del libro está dedicado a ellos, a sus “intuiciones”, a sus críticas, al carácter político de sus argumentos que los distancian de los planteamientos económicos y morales de la derecha tradicional y que tampoco se alinean con la izquierda. Indudablemente García-Huidobro los mira con simpatía, pero les hace una objeción muy realista que se explica en parte por la juventud de estos pensadores. Ellos atacan la violencia nihilista, anarquista, pero no perciben esa otra violencia “profesional” del marxismo-leninismo actuando en la práctica, capaz de destruir en unas horas gran parte del transporte público de la capital.

Otro tema interesante es el sufragio. Actualmente en Chile, como en muchos países occidentales, el voto no es obligatorio y el autor considera esto un grave error. Votar es la mínima contribución que un ciudadano adulto puede prestar al bien común. El que no vota se considera a sí mismo un extranjero o un niño dentro del país, le quita respaldo al gobierno elegido, porque su mayoría ciudadana es débil, no quiere ser igual a los demás en ese momento en que todos tenemos un mismo lápiz y una sola papeleta. Hay quienes preferirían que solo votaran los más preparados, los más inteligentes. Chesterton ironizaba sobre ellos, diciendo : “Yo todavía soy de esa inteligente minoría que no cree en la minoría inteligente”. Muy distinto es el caso de quien acude a votar en blanco, porque esa persona se define, protesta contra dos o más posibilidades que le parecen igualmente malas.

El tema de la educación, particularmente de la educación universitaria, es otro sobre los que obliga a pensar. Hoy la Universidad está amenazada por la “barra libre” y el “alumno cliente”. Es la Universidad de los hedonistas, que la conciben como un pretexto para pasarlo bien, hacer contactos, organizar el próximo asado, entretenerse, un lugar donde el consumo excesivo de alcohol y el peligro de las drogas son algo no lejano. Otro alumno peligroso es el “encapuchado” y el “asambleísta”, dedicado a refundar el país sin hacer nada, que se impone por el miedo que provocan cuando son grupo. Las huelgas y tomas que ellos organizan, aunque sean por una causa noble, siempre son dañinas para el fin de la Universidad, que es el saber. Un tiempo prolongado de inasistencia a clases es perjudicial para todos. El tercer enemigo de la Universidad viene por un lado bien distinto. Es la burocracia que pretende manejar la Universidad como una empresa, ahoga la espontaneidad de los profesores y reduce la búsqueda del saber a cuestionarios.

En la intrincada búsqueda por retomar la comunidad perdida, el libro presenta un modelo que le parece válido: la familia, más exactamente la familia tradicional, padre y madre, hijos que son hermanos. Es verdad que es un modelo incómodo, hoy día inaccesible para muchos. Si una amplia mayoría de los niños que nacen en Chile nacen fuera del matrimonio, ¿por qué presentarles como modelo un bien que no está a su alcance? Porque objetivamente es el mejor y si uno no lo tuvo, puede aspirar a formarla.

La familia, con todos sus defectos, tiene ventajas políticas. En ella se aprende a enfrentar los conflictos, es un ejercicio permanente de tolerancia, reconciliación, solución de disputas. Se crean pequeños hábitos cooperativos, se adquieren los modelos masculino y femenino, se celebran ciertas fiestas. En la familia existe una confianza primordial de los hijos en sus padres, se adquiere la experiencia del perdón. Ciertamente esto no sucede en todas las familias y hay muchas personas con una experiencia desgraciada de su vida familiar, pero aun así cabe prestar atención a este modelo.

Gran parte de los problemas que aquejan a nuestra sociedad brotan de la falta de atención a las necesidades ajenas, de la carencia de un sentido de comunidad. Por eso no es razonable soslayar la existencia de grupos de personas donde esta comunidad mal que mal se desarrolla. Esa instancia es la familia, cuya relevancia política un país no puede ignorar.

Elena Vial

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"Les ruego y les pido de todo corazón: ¡Den marcha atrás!" , le habría escrito León XIV al superior general de la Fraternidad Sacerdotal de San Pío X, en una carta en la que también le advirtió que "desgarrar la túnica inconsútil (sin costuras) de Cristo es un pecado de extrema gravedad" 1 . Hagamos un breve recuento de esta controversia que abrió el obispo francés Marcel Lefebvre (1905-1991) hace ya más de cincuenta años. Se dice que Pablo VI no autorizó la misa tridentina solicitada por Lefebvre por temor a contravenir el Concilio Vaticano II en momentos en que se estaba recién desplegando. Luego, bajo el pontificado de Juan Pablo II, se produjeron las primeras ordenaciones episcopales (1988) que obligaron a la excomunión de cuatro obispos lefebvristas (dos de los cuales asistieron a la reciente ceremonia masiva en Écône, Suiza). El entonces Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, cardenal Ratzinger, estuvo a punto de conseguir un acuerdo que autorizaba la misa en latín y reconocía los sacramentos impartidos por los sacerdotes de la Fraternidad, pero Lefebvre no se avino a firmar el preámbulo doctrinal que reconocía la autoridad del Concilio. La controversia en torno al canon 25 de "Lumen gentium" fue el verdadero escollo: Aunque los obispos aisladamente no gozan del privilegio de la infalibilidad, sin embargo, cuando incluso dispersos por el mundo, pero en comunión entre sí y con el sucesor de Pedro, enseñan cuál es la fe y la moral auténticas, si están de acuerdo en mantener una opinión como definitiva, entonces proclaman infaliblemente la enseñanza de Cristo 2 . Lefebvre nunca reconoció el carácter inspirado y por ende autoritativo de la reforma conciliar. El cardenal Ratzinger (luego Benedicto XVI) siempre adoptó una actitud abierta y comprensiva hacia el tradicionalismo católico, tanto por razones políticas (evitar la radicalización de los sectores conservadores) cuanto por razones teológicas. En su alocución a los obispos de Chile, pronunciada con ocasión de su visita al país en 1988 3 , Ratzinger se preguntaba por el desafío que representaba monseñor Lefebvre. A su juicio, el lefebvrismo encuentra tres puntos de apoyo en las fisuras abiertas tras el Concilio. El primero es la pérdida del sentido de lo sagrado en la liturgia y la tendencia a identificar el verdadero culto exclusivamente con el amor fraterno, desplazando el centro de gravedad desde la consagración eucarística hacia la vida en comunidad y la oración común. El segundo es la interpretación del Concilio como una ruptura con la Tradición, en lugar de comprenderlo "como parte de la entera y única Tradición". Progresistas y conservadores coinciden en que el Concilio rompió con la Tradición, unos para celebrarla, otros para lamentarla, pero una interpretación justa del Concilio debería basarse en una hermenéutica delicada y precisa de la ruptura y de la continuidad. El Concilio no alteró ni un ápice la sustancia de la Fe ni la fidelidad a la Iglesia santa, pero tampoco es una mera reiteración de lo dicho. El tercero es el debilitamiento de la convicción acerca de la unicidad de la verdad, que termina por erosionar el impulso misionero al considerar a todas las religiones igualmente verdaderas. En "Summorum pontificum" (2007), Benedicto XVI declaró que la misa tridentina nunca había sido abolida y concedió a cualquier sacerdote la posibilidad de celebrarla sin necesidad de autorización episcopal. Al mismo tiempo, levantó las excomuniones de los obispos rebeldes en un esfuerzo por relajar las tensiones litúrgicas (y tal vez como una manera de detener el crecimiento sostenido de la Fraternidad en esos años). Con motivo del Año de la Misericordia (2015), el Papa Francisco concedió a los sacerdotes de la Fraternidad la facultad de absolver de manera válida y lícita los pecados (primero de forma excepcional y luego indefinidamente), y posteriormente reconoció también la validez sacramental de los matrimonios que efectuaran. Pero en Traditionis custodes (2021) restringió severamente la misa tridentina, prohibió que se hicieran en las iglesias parroquiales o que pudieran celebrarlas sacerdotes recién ordenados, y exigió que los obispos las autorizaran en lugares y con los oficiantes permitidos 4 . Durante este año, la Fraternidad ha vuelto a ordenar cuatro nuevos obispos sin mandato pontificio, bajo pretexto de que son indispensables para la orden sacerdotal. La respuesta vaticana ha sido la más severa: excomunión "latae sententiae" (ya pronunciada, es decir, que no requiere juicio previo) para los obispos implicados, ilicitud de los sacramentos impartidos por sacerdotes de la orden e invalidez en el caso de los sacramentos de penitencia y matrimonio, y excomunión simple para los fieles que adhieran (no para quienes asistan a una misa tridentina, pero que en su fuero interno permanezcan adheridos a la autoridad pontifical). La Fraternidad se define como una orden sacerdotal. "El fin de la Fraternidad es el sacerdocio y todo lo que se relacione con él y únicamente lo que le concierne, es decir, tal como Nuestro Señor Jesucristo lo quiso cuando dijo: 'Haced esto en memoria mía'" 5 . La defensa del estatuto y las prerrogativas sacerdotales y la concentración casi exclusiva en el culto eucarístico han sido desde el comienzo su motivación principal. La Fraternidad cuenta con un buen número de sacerdotes (733) y de seminaristas (264) y en los últimos cincuenta años este número ha crecido sostenidamente a pesar de las intervenciones papales, sea en severidad o benevolencia. Sorprende el carácter marcadamente europeo de la Fraternidad, pues un tercio de sus sacerdotes son franceses, y con suizos y alemanes se hace la mitad, aunque también se advierte un buen reclutamiento norteamericano (sobre todo por la vitalidad que está mostrando el seminario de Dillwyn). Su influencia en el continente latinoamericano es escasa, algunos argentinos (donde tienen el noviciado de La Reja), un pequeño priorato en Chile y casi nada más, porque una buena parte de los adherentes brasileños ha retornado a la comunión con el Papa. ¿Por qué el tradicionalismo católico no se asienta tan bien en suelo latinoamericano y los ecos de esta controversia nos parecen tan lejanos? Se pueden intentar varias explicaciones. La primera es que el catolicismo latinoamericano nunca fue profundamente tridentino. El tradicionalismo nace como la defensa específica de un catolicismo centrado en una liturgia solemne, el uso del latín, la exacerbación de la iglesia presbiteral, la teología escolástica y un sentido fuerte de la exclusividad institucional (fuera de la Iglesia no hay verdad ni salvación posible). Pero este modelo eclesiológico nunca penetró de manera homogénea en América Latina, donde el catolicismo ha sido más popular, mariano y devocional que doctrinal o institucional. Muy pocos han experimentado la misa —y menos aún en latín— como el centro de su identidad religiosa. El tradicionalismo europeo suele apoyarse en una memoria litúrgica muy poderosa que se remonta a la era de las catedrales y en el recuerdo vivo de un orden religioso perdido que los franceses han llamado la "civilización parroquial": la parroquia llena, las vocaciones abundantes y la escuela católica. Nada de esto hubo entre nosotros, salvo y apenas en las élites sociales. El tradicionalismo católico es marcadamente una religiosidad aristocrática incubada en colegios y universidades confesionales y en pequeños círculos intelectuales vinculados con el cultivo de las humanidades clásicas y de las ciencias jurídicas que conservan —como dice Yves Congar— una eclesiología dominada por una visión jurídica de la Iglesia como "societas inaequalis et hierarchica" 6 y que en cuanto "societas perfecta" se ofrece como modelo del conjunto de las relaciones sociales. La crítica del modernismo que está tomada de la famosa encíclica "Pascendi dominici gregis" de Pío X (1907) consiste en esto, en la incomodidad que despiertan las relaciones entre personas libres e iguales entre sí. Todo debe organizarse jerárquicamente, unos mandan y otros obedecen; de lo contrario, se cae en el desorden de la increencia y del pecado. Pío X escribió muchas veces que sin autoridad la fe se perdía irremediablemente, y algo de razón tiene, pero ¿cuál puede ser la calidad de una fe que no se ha elegido libremente? La controversia en torno a la libertad religiosa reconocida en el Concilio tiene este origen. Por otra parte, el tradicionalismo suele exigir mucho refinamiento cultural y, además de un sentido particular de la continuidad histórica, requiere una fuerte dosis de apreciación estética y una teología explícita concordante. También en este sentido es una religiosidad de élites. Debe considerarse asimismo que el tradicionalismo aparece como una religión de minorías intensivas en medio de un panorama amplio y profundo de secularización de masas. El tradicionalismo no suele prosperar donde el catolicismo todavía conserva una amplia presencia cultural y más bien florece cuando el catolicismo se ha vuelto una opción minoritaria y altamente reflexiva. Ser un católico tradicional implica una elección consciente, una identidad fuerte, en ocasiones agresivamente contracultural, y una práctica intensa que requiere tiempo y dedicación. Digamos, por último, que el catolicismo latinoamericano ha sido históricamente muy ultramontano, es decir, muy leal a la sede pontificia, un catolicismo conformista, decía Paul Johnson en su monumental "Historia del Cristianismo", que dedica apenas dos páginas a los quinientos años de catolicismo en América Latina como algo que no ha producido ninguna novedad de la que valga la pena escribir. Esta fidelidad papal se consolidó durante el siglo XIX y buena parte del XX y apenas ha vacilado en las últimas décadas. En suelo europeo, en cambio, ha existido una tradición intelectual y eclesial mucho más propensa a discutir, polemizar e incluso resistir decisiones romanas. El tradicionalismo necesita una élite religiosa, una memoria litúrgica y una disposición a resistir la autoridad eclesiástica. América Latina ha poseído algo de la primera, la segunda de forma débil y la tercera casi nunca. Notas [ 1 ] León XIV; Carta del Santo Padre al reverendo padre Davide Pagliarani, Superior General de la Fraternidad Sacerdotal San Pío X. 29 de junio de 2026. [ 2 ] Concilio Ecuménico Vaticano II; Constituciones, Decretos, Declaraciones . Edición promovida por la Conferencia Episcopal española. Biblioteca de Autores Cristianos, 2022, p. 54. [ 3 ] Ratzinger, Joseph; "Alocución a los obispos de Chile: unidad en la tradición de la fe". Humanitas, Cuaderno n°20, diciembre 2008. [ 4 ] García-Huidobro, Joaquín; " Traditionis custodes : Francisco ante una decisión difícil". Humanitas n°98, año XCVIII, 2021, pp. 638-647. [ 5 ] Estatutos de la FSSPX. [ 6 ] Congar, Yves-Marie; Le Concile de Vatican II . Les Éditions du Cerf, París, 1984.
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