Cuenta el Evangelio de hoy (Lc 10,38-42) de dos hermanas que han invitado a Jesús a comer. Y Jesús aprovecha el modo de obrar de estas dos hermanas para enseñarnos cómo debe progresar la vida del cristiano. “María, que, sentada junto a los pies del Señor, escuchaba su palabra. Marta, en cambio, andaba muy afanada con los muchos servicios”. Ella misma se quejó a Jesús diciéndole: «Pero, Señor, esta no hace nada, te mira a ti y te escucha, pero aquí hace falta trabajar». Marta es una de esas mujeres fuertes, capaz incluso de regañar al Señor por no haber estado presente en la muerte de su hermano Lázaro. Sabe adelantarse, es valiente, pero le falta contemplación, es incapaz de perder el tiempo mirando al Señor. Hay tantos cristianos que van los domingos a Misa, pero luego están siempre ocupados. No tienen tiempo ni para los hijos, ni siquiera para jugar con sus hijos: y eso es malo. “Tengo tanto que hacer, estoy ocupadísimo…”. Y al final se vuelven “devotos” de esa religión que es el “ocupacionismo”: son del grupo de los ocupadísimos, que siempre están haciendo algo… Pero, ¡párate, mira al Señor, coge el Evangelio, escucha la Palabra del Señor, abre tu corazón…! Pero no, siempre el lenguaje de las manos, siempre… Y hacen el bien, pero no el bien cristiano, sino un bien humano. A esos les falta la contemplación. A Marta le faltaba eso.

Lo contrario, María. Lo suyo no es un “dolce far niente”. Ella miraba el Señor porque le tocaba el corazón y de ahí, de la inspiración del Señor, es de donde viene el trabajo que se debe hacer luego. Es la regla de San Benito: “ora et labora”, que encarnan monjes y monjas de clausura, los cuales, por cierto, no están todo el día mirando al cielo. Rezan y trabajan. Y sobre todo es lo que encarnó el apóstol Pablo, como está escrito en la primera lectura de hoy (Gal 1,13-24): cuando Dios lo escogió no se fue a predicar enseguida, sino que se fue a rezar, a contemplar el misterio de Jesucristo que se le había revelado. Todo lo que hacía Pablo lo hacía con ese espíritu de contemplación, de mirar el Señor. Era el Señor quien hablaba desde su corazón, porque Pablo era un enamorado del Señor.

Y esa es la palabra clave para no equivocarse: enamorados. Nosotros, para saber de qué parte estamos, si exageramos porque nos quedamos en una contemplación demasiado abstracta, incluso gnóstica, o si estamos muy ocupados, debemos hacernos la pregunta: ¿Estoy enamorado del Señor? ¿Estoy seguro de que Él me ha elegido? ¿O vivo mi cristianismo así, haciendo cosas… sí, hago esto y lo otro…, pero mira el corazón, contempla?

Pensemos en una mujer, casada; el marido vuelve del trabajo, cansado... se quieren. Y ella le dice: “¿Cómo ha ido?” — “Bien, bien” — “Pues siéntate, ponte cómodo, que yo sigo trabajando”. ¡Eso no es amor! Porque una mujer enamorada, cuando vuelve el marido del trabajo, lo abraza, lo besa, dedica tiempo para estar con él; y lo mismo el marido con la mujer. Esto significa que hay que dedicar tiempo ante el Señor, en la contemplación, y hacer lo que sea por el Señor al servicio de los demás. Contemplación y servicio: ese es el camino de nuestra vida. Cada uno que piense: ¿cuánto tiempo al día dedico a contemplar el misterio de Jesús? Y luego: ¿cómo trabajo? ¿Trabajo tanto que parece una alienación, o trabajo coherente con mi fe, trabajo como un servicio que viene del Evangelio? Nos vendrá bien pensar esto.


Fuente: Almudi.org

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