Sólo una lectura bíblica que se vale de una razón abierta a la novedad del misterio de Dios, en la encarnación, capaz de ampliar las propias categorías de pensamiento, es digna del hombre y es adecuada para escuchar a Dios, en su Palabra.

Una simple comparación entre la Verbum Domini, la intervención del Papa Benedicto en el Sínodo de la Palabra, y la producción teológica del profesor y luego del cardenal Ratzinger permite constatar algunas insistencias constantes, en torno al modo de relacionar exégesis bíblica científica y revelación, es decir, razón y fe, que han acompañado el amplio arco del servicio eclesial del actual pontífice. Desde sus primeros trabajos, como El Dios de la fe y el Dios de los filósofos, publicado en 1960, hasta sus últimas intervenciones, pasando por discursos programáticos como el de Ratisbona, se reconoce una gran continuidad en el desarrollo de algunos conceptos.

Exégesis histórica y exégesis teológica

La exégesis histórico-crítica se ha demostrado como un excelente instrumento para leer las fuentes históricas e interpretar los textos antiguos; de hecho, en la programática introducción al primer tomo del libro Jesús de Nazaret, el Papa Benedicto afirma que este método «sigue siendo indispensable» [1*], porque responde a la lógica de la encarnación: el texto bíblico nace en un contexto histórico y, en sí mismo, tiene una historia. Pero este método tan necesario muestra sus límites cuando se comprende como autosuficiente, es decir, como el único camino y como el camino completo para la comprensión del texto bíblico. La Escritura requiere de los métodos filológicos serios para ser comprendida, porque «La Palabra se hizo carne» (Jn 1,14), pero los acercamientos históricos y filológicos no agotan su lectura: el momento histórico debe ser complementado con el momento teológico.

En la exhortación Verbum Domini se recoge la intervención pronunciada por el Papa durante el Sínodo de la Palabra. En esa ocasión, Benedicto XVI destacó la fecundidad de la exégesis histórica e insistió en la necesidad de completar el acercamiento histórico con una exégesis teológica. Sobre la base de Dei Verbum 12, recordó los elementos fundamentales de la exégesis teológica: 1) Se debe interpretar el texto teniendo presente la unidad de toda la Escritura. 2) Se debe tener presente la tradición viva de toda la Iglesia. 3) Es necesario observar la analogía de la fe [2]. Estos elementos cualifican una interpretación como estrictamente teológica. Asimismo, estos tres elementos -unidad de la Escritura, relevancia de la tradición y analogía de la fe- no se deducen de los textos, sino que son convicciones anteriores a la lectura de los textos: son convicciones de fe que sostienen una lectura verdaderamente teológica de la Biblia, la lectura que es más adecuada a la naturaleza de las Sagradas Escrituras. Alguien podría sin embargo preguntarse: ¿No es menos científica una lectura que parte de convicciones de fe? La pregunta es importante, porque lleva a una reflexión en la que coinciden los resultados de las actuales filosofías del lenguaje.

Los presupuestos del lector de la biblia

La pregunta se resuelve de modo radical al constatar que no es posible leer sin convicciones previas. Por ello, Benedicto XVI advierte en Verbum Domini:

«La falta de una hermenéutica de la fe con relación a la Escritura no se configura únicamente en los términos de una ausencia; es sustituida por otra hermenéutica, una hermenéutica secularizada, positivista, cuya clave fundamental es la convicción de que Dios no aparece en la historia humana. Según esta hermenéutica, cuando parece que hay un elemento divino, hay que explicarlo de otro modo y reducir todo al elemento humano. Por consiguiente, se proponen interpretaciones que niegan la historicidad de los elementos divinos» [3].

Este tipo de hermenéutica secularizada no está abierta a la novedad: no está dispuesta a que las cosas hayan sido de un modo diferente de cómo suceden en torno a nosotros. Allí donde hay algo que va más allá de nuestra experiencia cotidiana habrá que «interpretarlo» hasta reducirlo a la medida de dicha experiencia. Allí, pues, no cabe un verdadero ingreso de Dios en la historia: «En efecto, la hermenéutica secularizada de la Sagrada Escritura es fruto de una razón que estructuralmente se cierra a la posibilidad de que Dios entre en la vida de los hombres y les hable con palabras humanas» (VD 36). Una exégesis crítica que presupone metodológicamente que la historia es estrictamente uniforme, es decir, que el hombre y el mundo están determinados de tal modo por las mismas leyes y los mismos límites, que se siente la necesidad de eliminar lo que parece imposible al interior de estas leyes. Según esta postura, en el estudio académico de la Biblia, lo que hoy no puede ocurrir debe ser negado, porque no pudo tampoco suceder ayer, ni tampoco sucederá mañana [4]. Se verifica la aguda crítica del filósofo Friedrich Schlegel (1772-1829) dirigida a los representantes de la crítica histórica de su época:

«Los dos principios fundamentales de la así llamada crítica histórica son el postulado de la vulgaridad y el axioma de lo rutinario. Postulado de la vulgaridad: todo lo auténticamente grande, bueno y bello es improbable, pues es extraordinario y, por lo menos, sospechoso. Axioma de lo rutinario: tal y como son las cosas entre nosotros y alrededor de nosotros deben haber sido en todas partes, pues así todo es verdaderamente tan natural» [5].

Para aceptar la revelación cristiana, entonces, es necesario estar abierto a una verdadera novedad en la historia, es decir, a estar disponible para que la realidad pueda ser más amplia y más rica de lo que estamos habituados a comprobar.

Ahora bien, ¿significa esto acaso que debemos renunciar a la razón para realizar una lectura creyente de la Escritura? ¿O debemos valernos de la razón, mientras ella nos pueda acompañar, pero abandonarla cuando nos topemos con el misterio? Una interpretación de la Biblia que renuncia a la razón, en alguna de sus fases, es decir, una lectura fideísta, degenera en fundamentalismo. Este tipo de acercamiento a los textos sagrados es capaz de sustentar cualquier tipo de arbitrariedad, injusticia y violencia. Una manera de leer la Escritura que deja fuera a la razón no es humana y, por ello, no es cristiana, porque no reconoce que Cristo es el «sí» pleno de Dios al hombre, a todo el hombre, incluida la inteligencia. La lectura fideísta de la Biblia abre paso a lo irracional, con todos los peligros que ello conlleva. La delicada correspondencia entre nuestra razón subjetiva, la razón objetiva de la historia y la historia, y la Razón divina, es decir el Logos creador, exige la participación de la razón en la lectura creyente de la Sagrada Escritura. Luego, nuevamente nos preguntamos, ¿debemos renunciar a la razón para leer la Escritura como creyentes? ¡De ninguna manera! Entonces, la pregunta ya no es si utilizar o no la razón, sino qué razón utilizar.

La pregunta acerca de la relación entre filosofía y exégesis bíblica es inevitable. La cuestión fundamental, entonces, sigue siendo la relación entre razón y fe, en este caso concreto, entre filosofía y exégesis bíblica, entre los presupuestos de lectura y la revelación. Es ilusoria una lectura bíblica que pretende ser filosóficamente neutra: «No es la exégesis la que prueba la filosofía, sino la filosofía la que engendra la exégesis» [6]. No es posible una lectura «neutra», sin convicciones previas, en lo cual concuerdan las actuales filosofías del lenguaje. Si no están presentes las convicciones de fe cristiana, habrá otro tipo de convicciones previas. Dicho de otro modo, los lectores son siempre «creyentes», la diferencia es que algunos «creen» en una cosa y otros «creen» en otra; unos leen con determinados presupuestos, mientras otros parten de presupuestos diferentes. En síntesis, no es posible leer sin presupuestos. Y, por lo tanto, no se debe considerar menos científica una exégesis animada por las convicciones de la fe cristiana, como si para practicar una exégesis verdaderamente científica y académica fuera necesario dejar a un lado la fe.

Parece demasiado amplio preguntarnos cuáles son los presupuestos más adecuados para leer la Escritura. Tal vez debemos contentarnos, por ahora, con preguntarnos cuáles son los presupuestos más adecuados para la exégesis teológica. Pero la cuestión es más compleja, porque los pre-supuestos no pueden ser simplemente anteriores, desde el punto de vista cronológico. Si esto fuera así, la Escritura no podría, de hecho, aportar ninguna real novedad a nuestra visión del mundo, y su lectura sólo podría confirmar las convicciones que el lector ya tenía previamente.

El programa de la ampliación de la razón

Una exégesis teológica exige un diálogo «de ida y vuelta» entre las convicciones del lector y el contenido de la lectura, es decir, entre la filosofía y la revelación. La revelación es leída por la razón y, a su vez, la revelación ilumina, purifica y amplía la razón. De esta manera, ya no es la experiencia humana que se alza como única medida de la interpretación bíblica, sino que la Escritura se vuelve también medida de las posibilidades de nuestra experiencia humana. La revelación histórica debe impactar en las estructuras de pensamiento: «El conocimiento de que Dios es un Dios referido al mundo y al hombre, que opera dentro de la historia, o dicho más hondamente, el conocimiento de que Dios es persona, un «yo» que sale al encuentro de un «tú», este conocimiento exige sin duda un nuevo examen en toda la línea de las declaraciones filosóficas, un «repensarlas», como todavía no se ha ejecutado suficientemente» [7]. En otras palabras, mientras una hermenéutica secularizada, desde el a priori de la imposibilidad de la intervención de Dios en la historia, sólo puede aceptar como real aquello que en la Escritura concuerda con nuestra parcial experiencia, una hermenéutica ampliada por la fe debe estar dispuesta a ensanchar los límites de las propias categorías de pensamiento para acoger -de modo intelectualmente responsable- aquello que se revela en la Escritura y que, en un primer acercamiento, parecía estar en discordancia con la propia experiencia humana.

Para ilustrar la fecundidad de este concepto en el campo de la cristología, presentemos un ejemplo de la aplicación de este método. Una mentalidad no iluminada por la fe tiende a reconocer una contradicción entre libertad humana y obediencia a Dios: obedecer es visto como la renuncia a ser libre. Esta convicción conduce a una disyuntiva en la lectura de los evangelios: si Jesús fue plenamente obediente, entonces no pudo ser plenamente libre y, por ello, no fue plenamente humano. En esta forma, Jesús es «medido» con la vara de un concepto precristiano de libertad, y no supera la prueba. Pero una razón dispuesta a ser ampliada por la revelación, al contemplar a Jesús en el huerto, reconoce que es posible la plena libertad y la plena obediencia a Dios porque descubre que «la voluntad humana está orientada a la divina. Al asumir la voluntad divina, la voluntad humana alcanza su cumplimiento, y no su destrucción» [8]. Mientras en Adán, parece que la libertad está definida por el «no» a Dios, en Jesús ella se realiza en su «sí» a Dios: la obediencia a Dios se revela como la plenitud de la libertad humana. Por este camino, el lector que se ha dejado impactar por la Biblia no sólo conoció mejor a Jesús, sino que amplió su propio concepto de libertad, conoció mejor qué es la libertad humana, su propia libertad, y por lo mismo comprendió mejor su propia vida.

Conclusión

La unidad de la razón y su pretensión de universalidad, basada en la imagen y semejanza divina en el hombre (Gn 1,26) y, más aún, en la encarnación (Jn 1,14), impulsa a la exégesis no sólo a valerse de la filosofía mientras ella la acompañe, sino a intentar una «reforma» de la misma filosofía a la luz de la revelación. Es una aplicación de la fecunda invitación del Papa Benedicto «a ampliar el concepto y el uso de la razón» [9]. El creyente que quiere ser intelectualmente responsable, guiado por la convicción de la inteligibilidad y unidad de la realidad, e iluminado por la revelación bíblica, está llamado a repensar las propias convicciones, es decir, a repensar su propia filosofía para hacerla capaz de acoger la nueva realidad que ha conocido por medio de la revelación. Es el camino seguido por los cristianos de los primeros siglos que, fieles al contenido de la regla de fe, buscaron nuevas categorías para expresar el contenido de la fe, convencidos de que la revelación cristiana es susceptible de ser pensada.

La fe cristiana, para mantenerse fiel a su identidad, no puede renunciar a la filosofía, ni tampoco puede dejarse juzgar por la filosofía, para que sea ella la que decida qué es «de acuerdo a la razón» o qué está en contradicción con ella (de este modo, la novedad cristiana quedaría fuera de la razón). La solución viene por un diálogo en que el pensador cristiano, iluminado por la revelación, reforma a la misma filosofía, y piensa de un modo crítico la propia fe para no confundir una determinada manera de comprender la fe, siempre culturalmente situada, con el contenido de la revelación. En este diálogo crítico, se purifica la fe y se purifica la razón. Es decir, este diálogo permite aproximarse a lo que verdaderamente pertenece a la fe y a las verdaderas exigencias de la razón. Es el camino que, penosamente, recorrió la teología cristiana que fue capaz de modificar y de «ajustar» la filosofía para hacerla capaz de dar cuenta de la realidad nueva que se ha dado a conocer al hombre por medio de la revelación.

Una lectura fideísta, que excluye la razón, en la práctica, elabora un sistema que se apoya sobre pocos versículos bíblicos y que, en la selección de estos versículos, no escucha a Dios, sino a su propia ideología, y así se abre camino para el fundamentalismo. Una lectura racionalista, que excluye a priori la actuación de Dios en la historia, tampoco escucha a Dios, sino a su propia ideología y está cerrada a la radical novedad de la revelación. Sólo una lectura bíblica que se vale de una razón abierta a la novedad del misterio de Dios, en la encarnación, capaz de ampliar las propias categorías de pensamiento, es digna del hombre y es adecuada para escuchar a Dios, en su Palabra.


Notas 

[1] Benedicto XVI, Jesús de Nazaret, vol. I, p. 12.
[2] Benedicto XVI, Verbum Domini, 34; cf. Intervención en el Sínodo (14 de octubre de 2008).
[3] Benedicto XVI, Verbum Domini, 35b; cf. Intervención en el Sínodo (14 de octubre de 2008).
[4] Cf. J. Ratzinger, Situación actual de la fe y la teología, Humanitas (mayo 2005) 30-43.
[5] F. Schlegel, Fragmentos del Lyceum, 25.
[6] J. Ratzinger, Situación actual de la fe y la teología, Humanitas (mayo 2005) 41.
[7] J. Ratzinger, El Dios de la fe y el Dios de los filósofos (Madrid, 2007) 32.
[8] Benedicto XVI, Jesús de Nazaret, vol. II, p. 190. Cf. Catequesis (1 de febrero de 2012).
[9] Benedicto XVI, Fe, razón y universidad. Recuerdos y reflexiones (Regensburg, 12 septiembre de 2006).

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"Les ruego y les pido de todo corazón: ¡Den marcha atrás!" , le habría escrito León XIV al superior general de la Fraternidad Sacerdotal de San Pío X, en una carta en la que también le advirtió que "desgarrar la túnica inconsútil (sin costuras) de Cristo es un pecado de extrema gravedad" 1 . Hagamos un breve recuento de esta controversia que abrió el obispo francés Marcel Lefebvre (1905-1991) hace ya más de cincuenta años. Se dice que Pablo VI no autorizó la misa tridentina solicitada por Lefebvre por temor a contravenir el Concilio Vaticano II en momentos en que se estaba recién desplegando. Luego, bajo el pontificado de Juan Pablo II, se produjeron las primeras ordenaciones episcopales (1988) que obligaron a la excomunión de cuatro obispos lefebvristas (dos de los cuales asistieron a la reciente ceremonia masiva en Écône, Suiza). El entonces Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, cardenal Ratzinger, estuvo a punto de conseguir un acuerdo que autorizaba la misa en latín y reconocía los sacramentos impartidos por los sacerdotes de la Fraternidad, pero Lefebvre no se avino a firmar el preámbulo doctrinal que reconocía la autoridad del Concilio. La controversia en torno al canon 25 de "Lumen gentium" fue el verdadero escollo: Aunque los obispos aisladamente no gozan del privilegio de la infalibilidad, sin embargo, cuando incluso dispersos por el mundo, pero en comunión entre sí y con el sucesor de Pedro, enseñan cuál es la fe y la moral auténticas, si están de acuerdo en mantener una opinión como definitiva, entonces proclaman infaliblemente la enseñanza de Cristo 2 . Lefebvre nunca reconoció el carácter inspirado y por ende autoritativo de la reforma conciliar. El cardenal Ratzinger (luego Benedicto XVI) siempre adoptó una actitud abierta y comprensiva hacia el tradicionalismo católico, tanto por razones políticas (evitar la radicalización de los sectores conservadores) cuanto por razones teológicas. En su alocución a los obispos de Chile, pronunciada con ocasión de su visita al país en 1988 3 , Ratzinger se preguntaba por el desafío que representaba monseñor Lefebvre. A su juicio, el lefebvrismo encuentra tres puntos de apoyo en las fisuras abiertas tras el Concilio. El primero es la pérdida del sentido de lo sagrado en la liturgia y la tendencia a identificar el verdadero culto exclusivamente con el amor fraterno, desplazando el centro de gravedad desde la consagración eucarística hacia la vida en comunidad y la oración común. El segundo es la interpretación del Concilio como una ruptura con la Tradición, en lugar de comprenderlo "como parte de la entera y única Tradición". Progresistas y conservadores coinciden en que el Concilio rompió con la Tradición, unos para celebrarla, otros para lamentarla, pero una interpretación justa del Concilio debería basarse en una hermenéutica delicada y precisa de la ruptura y de la continuidad. El Concilio no alteró ni un ápice la sustancia de la Fe ni la fidelidad a la Iglesia santa, pero tampoco es una mera reiteración de lo dicho. El tercero es el debilitamiento de la convicción acerca de la unicidad de la verdad, que termina por erosionar el impulso misionero al considerar a todas las religiones igualmente verdaderas. En "Summorum pontificum" (2007), Benedicto XVI declaró que la misa tridentina nunca había sido abolida y concedió a cualquier sacerdote la posibilidad de celebrarla sin necesidad de autorización episcopal. Al mismo tiempo, levantó las excomuniones de los obispos rebeldes en un esfuerzo por relajar las tensiones litúrgicas (y tal vez como una manera de detener el crecimiento sostenido de la Fraternidad en esos años). Con motivo del Año de la Misericordia (2015), el Papa Francisco concedió a los sacerdotes de la Fraternidad la facultad de absolver de manera válida y lícita los pecados (primero de forma excepcional y luego indefinidamente), y posteriormente reconoció también la validez sacramental de los matrimonios que efectuaran. Pero en Traditionis custodes (2021) restringió severamente la misa tridentina, prohibió que se hicieran en las iglesias parroquiales o que pudieran celebrarlas sacerdotes recién ordenados, y exigió que los obispos las autorizaran en lugares y con los oficiantes permitidos 4 . Durante este año, la Fraternidad ha vuelto a ordenar cuatro nuevos obispos sin mandato pontificio, bajo pretexto de que son indispensables para la orden sacerdotal. La respuesta vaticana ha sido la más severa: excomunión "latae sententiae" (ya pronunciada, es decir, que no requiere juicio previo) para los obispos implicados, ilicitud de los sacramentos impartidos por sacerdotes de la orden e invalidez en el caso de los sacramentos de penitencia y matrimonio, y excomunión simple para los fieles que adhieran (no para quienes asistan a una misa tridentina, pero que en su fuero interno permanezcan adheridos a la autoridad pontifical). La Fraternidad se define como una orden sacerdotal. "El fin de la Fraternidad es el sacerdocio y todo lo que se relacione con él y únicamente lo que le concierne, es decir, tal como Nuestro Señor Jesucristo lo quiso cuando dijo: 'Haced esto en memoria mía'" 5 . La defensa del estatuto y las prerrogativas sacerdotales y la concentración casi exclusiva en el culto eucarístico han sido desde el comienzo su motivación principal. La Fraternidad cuenta con un buen número de sacerdotes (733) y de seminaristas (264) y en los últimos cincuenta años este número ha crecido sostenidamente a pesar de las intervenciones papales, sea en severidad o benevolencia. Sorprende el carácter marcadamente europeo de la Fraternidad, pues un tercio de sus sacerdotes son franceses, y con suizos y alemanes se hace la mitad, aunque también se advierte un buen reclutamiento norteamericano (sobre todo por la vitalidad que está mostrando el seminario de Dillwyn). Su influencia en el continente latinoamericano es escasa, algunos argentinos (donde tienen el noviciado de La Reja), un pequeño priorato en Chile y casi nada más, porque una buena parte de los adherentes brasileños ha retornado a la comunión con el Papa. ¿Por qué el tradicionalismo católico no se asienta tan bien en suelo latinoamericano y los ecos de esta controversia nos parecen tan lejanos? Se pueden intentar varias explicaciones. La primera es que el catolicismo latinoamericano nunca fue profundamente tridentino. El tradicionalismo nace como la defensa específica de un catolicismo centrado en una liturgia solemne, el uso del latín, la exacerbación de la iglesia presbiteral, la teología escolástica y un sentido fuerte de la exclusividad institucional (fuera de la Iglesia no hay verdad ni salvación posible). Pero este modelo eclesiológico nunca penetró de manera homogénea en América Latina, donde el catolicismo ha sido más popular, mariano y devocional que doctrinal o institucional. Muy pocos han experimentado la misa —y menos aún en latín— como el centro de su identidad religiosa. El tradicionalismo europeo suele apoyarse en una memoria litúrgica muy poderosa que se remonta a la era de las catedrales y en el recuerdo vivo de un orden religioso perdido que los franceses han llamado la "civilización parroquial": la parroquia llena, las vocaciones abundantes y la escuela católica. Nada de esto hubo entre nosotros, salvo y apenas en las élites sociales. El tradicionalismo católico es marcadamente una religiosidad aristocrática incubada en colegios y universidades confesionales y en pequeños círculos intelectuales vinculados con el cultivo de las humanidades clásicas y de las ciencias jurídicas que conservan —como dice Yves Congar— una eclesiología dominada por una visión jurídica de la Iglesia como "societas inaequalis et hierarchica" 6 y que en cuanto "societas perfecta" se ofrece como modelo del conjunto de las relaciones sociales. La crítica del modernismo que está tomada de la famosa encíclica "Pascendi dominici gregis" de Pío X (1907) consiste en esto, en la incomodidad que despiertan las relaciones entre personas libres e iguales entre sí. Todo debe organizarse jerárquicamente, unos mandan y otros obedecen; de lo contrario, se cae en el desorden de la increencia y del pecado. Pío X escribió muchas veces que sin autoridad la fe se perdía irremediablemente, y algo de razón tiene, pero ¿cuál puede ser la calidad de una fe que no se ha elegido libremente? La controversia en torno a la libertad religiosa reconocida en el Concilio tiene este origen. Por otra parte, el tradicionalismo suele exigir mucho refinamiento cultural y, además de un sentido particular de la continuidad histórica, requiere una fuerte dosis de apreciación estética y una teología explícita concordante. También en este sentido es una religiosidad de élites. Debe considerarse asimismo que el tradicionalismo aparece como una religión de minorías intensivas en medio de un panorama amplio y profundo de secularización de masas. El tradicionalismo no suele prosperar donde el catolicismo todavía conserva una amplia presencia cultural y más bien florece cuando el catolicismo se ha vuelto una opción minoritaria y altamente reflexiva. Ser un católico tradicional implica una elección consciente, una identidad fuerte, en ocasiones agresivamente contracultural, y una práctica intensa que requiere tiempo y dedicación. Digamos, por último, que el catolicismo latinoamericano ha sido históricamente muy ultramontano, es decir, muy leal a la sede pontificia, un catolicismo conformista, decía Paul Johnson en su monumental "Historia del Cristianismo", que dedica apenas dos páginas a los quinientos años de catolicismo en América Latina como algo que no ha producido ninguna novedad de la que valga la pena escribir. Esta fidelidad papal se consolidó durante el siglo XIX y buena parte del XX y apenas ha vacilado en las últimas décadas. En suelo europeo, en cambio, ha existido una tradición intelectual y eclesial mucho más propensa a discutir, polemizar e incluso resistir decisiones romanas. El tradicionalismo necesita una élite religiosa, una memoria litúrgica y una disposición a resistir la autoridad eclesiástica. América Latina ha poseído algo de la primera, la segunda de forma débil y la tercera casi nunca. Notas [ 1 ] León XIV; Carta del Santo Padre al reverendo padre Davide Pagliarani, Superior General de la Fraternidad Sacerdotal San Pío X. 29 de junio de 2026. [ 2 ] Concilio Ecuménico Vaticano II; Constituciones, Decretos, Declaraciones . Edición promovida por la Conferencia Episcopal española. Biblioteca de Autores Cristianos, 2022, p. 54. [ 3 ] Ratzinger, Joseph; "Alocución a los obispos de Chile: unidad en la tradición de la fe". Humanitas, Cuaderno n°20, diciembre 2008. [ 4 ] García-Huidobro, Joaquín; " Traditionis custodes : Francisco ante una decisión difícil". Humanitas n°98, año XCVIII, 2021, pp. 638-647. [ 5 ] Estatutos de la FSSPX. [ 6 ] Congar, Yves-Marie; Le Concile de Vatican II . Les Éditions du Cerf, París, 1984.
A continuación presentamos un compilado de las diversas actividades realizadas por la Dirección de Pastoral y Cultura Cristiana UC entre mayo y julio de 2026.
Reflexiones del conversatorio "Desafíos de la IA", dentro del Seminario Comunicaciones e Iglesia que se realizó en la Pontificia Universidad Católica de Chile los días 27 y 28 de julio de 2026.
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