La libertad entendida como completa desvinculación de la persona y de la sociedad -Estado y mercado- respecto de una verdad objetiva, tanto natural como revelada, termina siendo capa de malicia, pretexto para hacer el mal con buena conciencia, una enfermedad de la libertad de la que no se debe ser cómplice.

El liberalismo político contemporáneo es una tradición desarticulada, pero muy fuerte precisamente en la medida en que su dispersión la inmuniza contra toda crítica. En efecto, los liberales acostumbran a decir que tal o cual defecto, detectado en una u otra parte de la tradición, no pertenece a su esencia; o que tal o cual crítica no se aplica a una versión modificada de la tradición. Los representantes más conspicuos del liberalismo político -un Rawls, un Dworkin o un Berlin- tienen la suficiente sutileza como para asentar algunos puntos fundamentales, generalmente algunas conclusiones sobre cuánto se ha de “liberar” la práctica moral y jurídica de las restricciones sociales antiguas, y rectificar continuamente sobre los detalles, incorporando los puntos más fuertes de sus críticos.

Este artículo propone una explicación del liberalismo político y, especialmente, de esa ambigüedad, esa mezcla de elementos positivos -salvaguardias de la libertad- y negativos -cohonestación del libertinaje- en la tradición política liberal.

Las dos caras del liberalismo político

El liberalismo ha tenido siempre un efecto desconcertante sobre la mentalidad de los católicos. Por una parte, atrae instintivamente por presentarse -y, en buena medida, ser- como salvaguardia de la libertad contra toda suerte de opresión y de injusticia. La libertad es un don de Dios, prerrogativa excelsa de la criatura racional y presupuesto indispensable de la adecuada consecución de la bienaventuranza eterna. Por otra parte, el liberalismo tiene un rostro inconfundiblemente anticristiano y hasta antirreligioso, en la medida en que, en cada época histórica, algunos de sus representantes han visto en la religión una de las fuentes de opresión y han inspirado formas terribles de intolerancia religiosa: persecuciones cruentas, confiscaciones de bienes, desconocimiento de las creencias del pueblo…

El liberalismo, en consecuencia, atrae y repele a la vez, y, por eso, además, desconcierta. Para explicar este desconcierto, hoy tan difundido, repasamos algunos rasgos del liberalismo clásico (siglos XVIII-XIX) y las principales transformaciones del liberalismo del siglo XX.

El liberalismo político clásico y sus problemas

Aunque el término “liberalismo” procedes de la denominación “liberales” aplicada a un sector político en las Cortes de Cádiz (1812), los elementos de la ideología liberal pueden rastrearse hasta mucho antes. En el siglo XIV, con Guillermo de Occam, el nominalismo -la tesis de que sólo existen seres individuales, sin ninguna esencia común, agrupados según nombres atribuidos convencionalmente- y el voluntarismo -la idea de una primacía de la voluntad sobre la inteligencia- pusieron, en el seno de la teología escolástica, la semilla que daría, como uno de sus frutos, en el siglo XVI, el individualismo religioso y la tesis del “libre examen” de las Escrituras, núcleo de la herejía protestante. Ya entonces, si bien a nivel teológico, se combina la afirmación de una autonomía radical del individuo frente a la autoridad con a creencia, paradójica, en que el hombre realmente carece del libre albedrío, merced a la corrupción de la naturaleza por el pecado. Se afirma la “libertad esclava”: libertad de la autoridad (eclesiástica), pero no libertad para obrar el bien moral, radicalmente impedido por el pecado. La “verdad” religiosa ya no es única, sino que se halla fragmentada en una serie de interpretaciones individuales libres, según la tesis del libre examen.

La ruptura protestante se tradujo, a la larga, en un hecho político gravísimo: la fragmentación política y las luchas de religión en Europa. En el siglo XVII y XVIII, junto con ese arrastrado conflicto religioso, comienzan los esfuerzos intelectuales más poderosos por elaborar un pensamiento libre de la fe. Los librepensadores llevan a su consecuencia lógica la idea de que cada individuo ha de examinar libremente la verdad, sin sujeción a una autoridad. Los primeros luteranos querían liberar a los cristianos del Papa; los librepensadores, al hombre de la religión, es decir, de la superstición y del mito. La crisis de la conciencia europea, por seguir la expresión de Paul Hazard, es la explicación cultural e histórica del liberalismo político.

Algunos autores, que tiene en común ese pensar liberado de las cadenas religiosas, fueron añadiendo diversos elementos que hoy, combinados de mil maneras, configuran el liberalismo fragmentado del siglo XXI.

Thomas Hobbes (1588-1679) propone, precisamente como solución al problema de las guerras religiosas, la paz mecánica impuesta por un Soberano, al cual los ciudadanos han conferido un poder absoluto de definición de lo justo y de lo injusto. Hobbes era partidario de un poder fuerte que diera amplias libertades, pero que, de hecho y de derecho, no tendría ninguna autoridad por encima.

John Locke (1632-1704), recurriendo también a la hipótesis del contrato social celebrado por individuos egoístas y racionales, avizora como solución al problema del conflicto religioso -el problema político por excelencia del primer liberalismo- la reducción de las religiones a la esfera privada y la garantía estatal de la más amplia tolerancia para todos los credos, salvo para los ateos, por ser perniciosos, y para los católicos, por ser instrumentos de un poder extranjero. (Este argumento puede sonar ridículo, pero estuvo vigente en Estados Unidos e Inglaterra hasta bien entrado el siglo XX, y sigue vigente en algunos países, como China Popular).

Locke defiende la idea de un gobierno limitado por el deber de respetar los derechos naturales (vida, libertad y posesiones), todos los cuales pueden reducirse a una propiedad o dotación de la persona, y por una forma de gobierno que incluya el sufragio y la separación de poderes.

En Montesquieu (1689-1755) también aparecerá con fuerza el valor de la libertad y esa forma mecánica de asegurarla contra el abuso del poder político, la separación de poderes: “el poder detiene al poder”.

La idea de un pensamiento libre -libre de la autoridad religiosa-, prolongada en la de un sistema político de construcción puramente humana -el Estado como artificio para la paz-, se complementa por la defensa de la libertad de comercio como motor del progreso. Adam Smith (1723-1790), el moralista presentado habitualmente como paradigma del liberalismo económico, tenía clara conciencia de las funciones estatales, entre ellas las relacionadas con la educación de los ciudadanos; pero defendía un amplio “dejar hacer” en el orden económico, cuyo alcance específico ha sido radicalizado en nuestros días.

Immanuel Kant (1724-1804) también ha inspirado el liberalismo político, ya desde su definición de la ilustración como movimiento esencialmente emancipador, pero también en su concepción del Estado legal como una forma de coordinar esferas de autonomía, o en su sueño de una comunidad mundial de repúblicas. Sin embargo, la mayoría de los liberales contemporáneos, incluso si apelan vagamente a alguna de las formulaciones kantianas, no son realmente estudiosos ni discípulos del pensador de Königsberg.

John Stuart Mill (1806-1873), en fin, añadió otro elemento hoy corriente en el liberalismo político, su famoso “principio de daño”, según el cual el Estado sólo debe prohibir o castigar aquellas conductas que causan daño a los otros, tolerando todas las conductas privadas, por muy inmorales que sean o que parezcan a las autoridades. Como siempre, algunos liberales no aceptan esta idea -singularmente criticada por Popper-; pero no deja de ser un modo corriente de argumentar en pos de una mayor liberalización de conductas tradicionales prohibidas.

Rasgos de familia del liberalismo clásico

Este rápido espigueo de autores no ha tenido más objeto que el de recoger algunos rasgos de familia del liberalismo clásico, que podrían resumirse en los siguientes:

1. Se fundamenta en un individaulismo antropológico (los grupos humanos son accidentales), epistemológico (sólo conocemos seres particulares, y construimos generalizaciones) y ético-político (la acción se ordena a la satisfacción de intereses individuales, no a un “bien común”);

2. Adopta alguna forma de la tesis de la soberanía popular o, al menos, del origen del poder en los gobernados y del control del poder mediante mecanismos de división:

3. Defiende la libertad moral, religiosa, económica y política, con énfasis -mayor o menor según los autores y épocas- en la autonomía respecto de las autoridades respectivas, libertad unida a alguna formulación de derechos naturales que consisten precisamente e libertades o en formas de la propiedad;

4. Se “privatiza” la religión, como forma de evitar los conflictos religiosos, unida a la tolerancia de todas las creencias, salvo algunas excepciones: según la “paradoja de la tolerancia”, no se tolera a los intolerantes, especialmente a la Iglesia católica; pero, donde los católicos han sido perseguidos (v.gr., en la Inglaterra posterior al cisma de Enrique VIII), los argumentos liberales han operado en su favor;

5. Cree en una ética universal -incluso geométrica-, válida para todos los seres racionales, sin necesidad de recurrir a las religiones ni a las tradiciones para fundamentarla (el Derecho Natural), y

6. Exige un gobierno limitado, respetuoso de las libertades de los ciudadanos (no de los esclavos, pues muchos liberales clásicos aceptaban la esclavitud como institución), y libre respecto de compromisos con religiones determinadas (separación de la Iglesia y el Estado).

El significado histórico concreto del liberalismo varía según el contexto social. Así, por ejemplo, en la fundación de Estados Unidos significa sobre todo libertad de comercio y gobierno representativo, y muy pronto, además, tolerancia religiosa y separación no hostil entre el Estado y las iglesias (salvo respecto de la Iglesia católica, que en algunos estados fue considerada una intolerable injerencia de un poder extranjero). En cambio, en la Francia, católica, como más tarde, durante el siglo XX, en España, México y otros países católicos, significó la persecución religiosa, el despojo de los bienes eclesiásticos, la separación hostil del Estado respecto de la Iglesia, la imposición de una ideología laicista en la educación y en la prensa oficial, etcétera. En países como Inglaterra, el liberalismo político llevó, a la larga, a dar libertad a los católicos e igualdad de derecho ciudadanos.

En cualquier caso, el liberalismo siempre se entiende como una lucha para ampliar la libertad de quienes, en determinado contexto social, son presentados como injustamente reprimidos u oprimidos. Por eso, las diversas versiones del socialismo (utópico, marxista, socialdemócrata, etc.) son derivaciones, a su manera, del espíritu liberal, en la medida en que intentan liberar a los hombres de cadenas que las versiones anteriores no siempre ven, y que incluso producen, como las cadenas de la explotación económica, de la miseria, del dominio de una clase, etc. se comprende así la alabanza de Karl Popper a Marx. Todas las formas de liberalismo coinciden, eso sí en ver en la autoridad y en la religión un peligro que, por lo menos, se ha de tener a raya, si es que no se ha de erradicar para llegar a una liberación más completa.

La ampliación del liberalismo en el siglo XX

El siglo XX ha sido testigo de dos fenómenos aparentemente contrarios espíritu originario del liberalismo: su transformación consciente en una tradición con autoridades y su ampliación hacia ámbitos de pluralismo que los liberales ilustrados pretendían tener acotados por normas morales objetivas y racionales. En los que resta de este artículo exponemos los rasgos de esta transformación.

El liberalismo político del siglo XX sigue la misma lógica ambigua de sus orígenes, pero de una manera más variada y, por ende, más eficaz desde el punto de vista de su atractivo ideológico; hay liberalismos para todos los gustos.

Por una parte, ese movimiento perpetuo del liberalismo, en el sentido de ampliar la libertad respecto de una situación social y legal denunciada como represora, se manifiesta ahora en exigencias de “libertad moral” para adoptar cualquier código moral de entre los que se ofrecen en la plaza pública -abandonada la ilusión ilustrada de una ética natural, racional y universal-. Se nota especialmente en un furor de rebeldía política, primero, y de liberación sexual, ahogándose aquélla en ésta, puesto que no es fácil mantenerse “rebelde” contra el mismo Estado que satisface y promueve la narcotización de los espíritus. Se comienza por desconocer la indisolubilidad del matrimonio, se pasa luego a relativizar las normas de la moral matrimonial (v. gr., la prohibición del adulterio), a promover la anticoncepción y el aborto, y, de ahí, a la legitimación de la conducta homosexual.

El aborto es una práctica cuya legitimación se impone, en los sectores liberales, por la conexión que tiene con la libertad de elección sexual. Aunque la propaganda siempre comience por reclamar la despenalización del aborto por razones que parecen no tener nada que ver con la liberación sexual –salvar la vida de la madre, disminuir los abortos clandestinos, ¡proteger a la famila!... -, finalmente la etiqueta pro-choice y la enorme cantidad de abortos financiados por los gobiernos liberales no permiten dudar de que se trata de una cuestión de libertad sexual. Con ironía ha dicho Peter Kreeft que la cuestión sobre el aborto, la que más profundamente divide a los estadounidenses, dejaría de ser controvertida si dejara de tener que ver con el sexo.

La desvalorización acelerada de la vida humana naciente ha repercutido, después, en exigencias de extensión de la “autonomía” de las personas sobre la vida en general, primero sobre la vida propia (suicidio) y después sobre la ajena (eutanasia, con o sin consentimiento expreso de la víctima). Por eso, no es exagerado sostener que el liberalismo político es la principal ideología sustentadora de la “cultura de la muerte”. Incluso los liberales -entre ellos, muchos católicos- que hace unos años pensaban llegar hasta un cierto límite, muy lejano de la permisión de atentados contra la vida humana, han terminado, arrastrados por la fuerza de los principios, defendiendo la tolerancia liberal del aborto y de la eutanasia.

Por otra parte, el liberalismo contemporáneo da una interpretación de los derechos esenciales de la persona humana que, en lugar de servir para salvaguardar su dignidad, ampara acciones que atentan contra ella. Un caso paradigmático es el de la libertad de expresión, que quiere ponerse como capa para cubrir los atentados más burdos contra la honra -un valor muy poco “liberal”, en el sentido del liberalismo político-, contra la moralidad pública -en algunos contextos, la libertad de expresión liberal es mero cauce de pornografía y libertinaje de expresión liberal es mero casuce de pornografía y libertinaje sexual- y contra otros derechos minusvalorados.

En todo caso, así como el liberalismo clásico de los siglos XVIII y XIX tenía el atractivo de ofrecer una salida al problema del pluralismo religioso, ahora el liberalismo contemporáneo se presenta como la solución al problema del pluralismo ético, siempre con la amenaza implícita -a veces, explícita- de que las posturas no liberales llevarían a “nuevas guerras de religión” (este tipo de argumento conlleva una amenaza de guerra y de represión contra los sindicatos como “iliberales”).

En efecto, una clave para comprender el liberalismo político contemporáneo es verlos como un movimiento de ampliación de la tolerancia liberal a otras áreas de la vida social, más allá de la religión. No se trata de la “tolerancia del mal”, cuando no puede reprimirse sin mayor daño, sino de la tolerancia como “aceptación” de las diversas posiciones, consideradas igualmente buenas en la arena pública, aunque cada uno elija una de ellas como la mejor para sí mismo. Los ciudadanos tienen opiniones encontradas sobre el sentido de la vida, por lo que el Estado liberal se limitaría a proporcionar un marco neutral donde cada uno pueda perseguir su propia concepción de la vida buena. La neutralidad -de la cual, nuevamente, hay versiones par todos los gustos- se presenta como la única respuesta aceptable para todos en las sociedades modernas con su característica diversidad y pluralismo.

En el terreno económico, el liberalismo se ha dividido entre los hoy llamados “libertarios” (V.gr., Hayek y Nozick), que defienden el mercado libre y la disminución del tamaño del Estado y de sus regulaciones, y los “liberales igualitaristas” (Rawls, Dworkin y otros), que preconizan la intervención del Estado de bienestar como medio para liberar a los ciudadanos de las cadenas de la pobreza o de la explotación. No obstante la contradicción entre estatismo y privatismo, la común raíz liberal ve la economía como un campo autónomo respecto de las leyes morales y, todavía más, respecto de las restricciones religiosas. Además, las limitaciones que el estatismo -el socialismo liberal- puede imponer a la iniciativa privada se orientan a garantizar a un número mayor de individuos el goce de las más amplias “libertades públicas” y, especialmente, de la libertad real de consumir -exige cierta igualdad de recursos o de oportunidades-, de la libertad de expresar sus ideas y emociones y de la libertad sexual. En cambio, las libertades más profundas, como la libertad de educar a los hijos en las propias convicciones, son más prescindibles y susceptibles de ser obstaculizadas impunemente. Por eso, no es normal que convivan equilibradamente el liberalismo económico y el socialismo cultural.

Los liberalismos contemporáneos conjugan las más diversas justificaciones. A veces se recurre a alguna forma de escepticismo o subjetivismo moral, porque solamente la imposibilidad de conocer una supuesta verdad moral haría imperativo reconocer a todas las posiciones un igual valor de verdad en el campo público. Análogamente, se recurre al relativismo ético, bajo sus múltiples ropajes, para convencer a los ciudadanos de que sus convicciones morales, por muy seguros que estén de ellas, no pueden tener el mismo valor para todos en la comunidad política.

Este argumento escéptico y relativista se refuta a sí mismo, porque debería poder extenderse a la relativización de los mismos valores liberales, con lo cual dejaría sin posibilidad de excluir algunas posiciones como esencialmente contrarias al orden liberal. Pero los liberales no son tan tolerantes. Ellos quieren, lógicamente, excluir del trato tolerante a los intolerantes, a los irrazonables, es decir, a los iliberales. Más aún, como ha mostrado John Rawls recientemente, el liberalismo político puede justificar el uso de la fuerza en las relaciones internacionales para defender el orden liberal contra sus enemigos. Mas, para aceptar el uso cruento de la fuerza, la conciencia moral de los ciudadanos liberales exige una ética más fuerte que la del escéptico o relativista. Al cabo, si todas las éticas son iguales, no se puede discernir el terrorismo alevoso de la legítima defensa colectiva. Por eso, hay también defensas no escépticas del liberalismo, que recurren a elaboraciones más o menos cercanas a Kant –como pretende Rawls- o al utilitarismo de Bentham y Mill.

La diversidad de justificaciones no impide que el liberalismo sea una tradición fuerte, porque su fuerza de cohesión no es la razón abstracta, sino la necesidad de justificar determinadas conductas “liberadoras”. Algunos liberales son kantianos; otros, utilitaristas; los de más acá, escépticos; pero todos defienden, por poner un ejemplo, la posibilidad del aborto legal o del divorcio vincular allí donde el avance liberal haya ido más lento. Desde luego, en otro contexto social más antiguo, quizás defenderían otras formas de liberación respecto de las leyes entonces restrictivas; pero el patrón de conducta es siempre el mismo, presentar la verdad como opresora y defender una libertad desorbitada.

En cualquier caso, el liberalismo político exige la privatización de la ética. Así como el liberalismo primitivo, creyendo en una ética universal, exigía solamente la privatización de la religión para separarla de la política, ahora el liberalismo evolucionado exige la privatización de la primera. Sin embargo, la discontinuidad entre ética y política -un rasgo definidor del liberalismo actual, salvo por el caso estrambótico de Ronald Dworkin- no puede ser total. El mayor problema teórico del liberalismo actual es que no logra ofrecer criterios aceptables -los mismos liberales no concuerdan en sus criterios- para delimitar las razones y principios “públicos”, válidos para todos los individuos “razonables”, respecto de las opciones “no públicas” que cada uno puede elegir para sí, sin imponer al resto, y respecto de las formas de vida “irrazonables” que pueden ser objeto de la intolerancia liberal.

La defensa de la verdadera libertad contra el totalitarismo

El liberalismo político contemporáneo resulta atractivo no sólo en cuanto halaga las pasiones desordenadas de la multitud, o de la “vanguardia” de un estilo de vida que combina el refinamiento intelectual con el hedonismo consumista, sino también porque, en un siglo de grandes opresiones, de sistemas totalitarios y también de formas suavemente democráticas de coartar la legítima libertad de las personas y de las familias, algunos autores han sustentado, con principios liberales, la sociedad libre que puede defenderse también con principios clásicos.

La palabra “liberal” tiene un sentido positivo cuando significa la oposición al centralismo político, a la concentración de poder, a los obstáculos contra la iniciativa personal, familiar y social, al control central de la cultura y de la enseñanza, al absolutismo y al abuso y, en los casos extremos, al totalitarismo.

Autores como Isaiah Berlin (1909-1997) o Karl Popper (1902-1994) propusieron versiones moderadas del liberalismo, que siempre incorporan alguna dosis de escepticismo moral -con la admisión de alguna de las aberraciones del libertinaje, como el aborto-; pero, al mismo tiempo, se opusieron tenazmente a las ideologías totalitarias, en momentos en que la mayor parte de la intelectualidad occidental flirteaba con el comunismo o, como en el caso de las izquierdas latinoamericanas, se amancebaba con él. Las ideas de Popper sobre la sociedad abierta se dirigen, más que contra la visión clásica de la política -no obstante la interpretación popperiana de Platón-, contra las utopías de los modernos planificadores. En este sentido, como ha dicho John Finnis, la posibilidad de que los gobernadores controlen y, si es necesario, cambien a los malos gobernantes, que Popper destaca como rasgo definidor de la democracia, no es ajena a la tradición del gobierno de las leyes y no de los hombres (Aristoteles).

Si ser liberal significa aceptar la idea de un gobierno limitado y sujeto al ordenamiento jurídico y la idea de que las decisiones de Estado deben estar justificadas con razones objetivamente oponibles en la arena pública, entonces ser liberal es una exigencia de la ética política clásica, contra toda forma de totalitarismo o abuso de poder. En cambio, si ser liberal implica -por desgracia, parece ser lo más habitual- negar la auténtica obediencia a las autoridades, o “liberarse” de las más elementales obligaciones de justicia para con el prójimo -como la de no denigrarlo so pretexto de libertad de expresión o de creación artística, o la de no matarlo so pretexto de libertad sexual-, o imponer a los demás la privatización de su ética mientras uno hace regir públicamente la propia, entonces ser liberal es sinónimo de renegar de la verdad a favor de una voluntad desbocada o irresponsable, algo inaceptable para un hombre de conciencia.

Otro tanto cabe decir del liberalismo económico. Si ser liberal no es más que saber economía, favorecer la iniciativa y el empuje de los particulares por sobre la presunta omnisciencia de los agentes estatales, utilizar el mercado como eficiente asignador de recursos, tener a raya el afán socialista de controlar a los privados para enriquecer a algunos funcionarios, entonces ser liberal es simplemente dejar hacer el bien y reconocer su mérito a quien lo tiene. Es una exigencia de justicia. En cambio, si ser liberal supone, so pretexto de “libertad económica”, legitimar cualquier transacción con tal de que las partes consientan en ella -sin ojos para el consentimiento forzado de los más débiles en su propia explotación o esclavitud-, o renegar, la autoridad, del deber de proteger a los más necesitados y de intervenir abiertamente para remediar abusos, o cerrar las políticas públicas a los objetivos de bienestar común -creyendo que las grandes diferencias de fortuna son siempre naturales, o que detrás de la miseria, del elevado desempleo no hay problemas morales y religiosos que exceden las posibilidades de solución de la simple operación de un “mercado libre”-, si eso es ser liberal económico, no cabe serlo sin venderlo todo, la honra y el alma.

La libertad es un don de Dios. En su defensa pueden coincidir y han coincidido muchos cristianos con muchos no creyentes sinceramente liberales en el buen sentido de la palabra. Gracias a esta coincidencia, ha podido detenerse el totalitarismo y, en menor medida, el centralismo excesivo y el socialismo en sus formas más duras. Sin embargo, la libertad entendida como completa desvinculación de la persona y de la sociedad -Estado y mercado- respecto de una verdad objetiva, tanto natural como revelada, termina siendo capa de malicia, pretexto para hacer el mal con buena conciencia, una enfermedad de la libertad de la que no se debe ser cómplice.


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"Les ruego y les pido de todo corazón: ¡Den marcha atrás!" , le habría escrito León XIV al superior general de la Fraternidad Sacerdotal de San Pío X, en una carta en la que también le advirtió que "desgarrar la túnica inconsútil (sin costuras) de Cristo es un pecado de extrema gravedad" 1 . Hagamos un breve recuento de esta controversia que abrió el obispo francés Marcel Lefebvre (1905-1991) hace ya más de cincuenta años. Se dice que Pablo VI no autorizó la misa tridentina solicitada por Lefebvre por temor a contravenir el Concilio Vaticano II en momentos en que se estaba recién desplegando. Luego, bajo el pontificado de Juan Pablo II, se produjeron las primeras ordenaciones episcopales (1988) que obligaron a la excomunión de cuatro obispos lefebvristas (dos de los cuales asistieron a la reciente ceremonia masiva en Écône, Suiza). El entonces Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, cardenal Ratzinger, estuvo a punto de conseguir un acuerdo que autorizaba la misa en latín y reconocía los sacramentos impartidos por los sacerdotes de la Fraternidad, pero Lefebvre no se avino a firmar el preámbulo doctrinal que reconocía la autoridad del Concilio. La controversia en torno al canon 25 de "Lumen gentium" fue el verdadero escollo: Aunque los obispos aisladamente no gozan del privilegio de la infalibilidad, sin embargo, cuando incluso dispersos por el mundo, pero en comunión entre sí y con el sucesor de Pedro, enseñan cuál es la fe y la moral auténticas, si están de acuerdo en mantener una opinión como definitiva, entonces proclaman infaliblemente la enseñanza de Cristo 2 . Lefebvre nunca reconoció el carácter inspirado y por ende autoritativo de la reforma conciliar. El cardenal Ratzinger (luego Benedicto XVI) siempre adoptó una actitud abierta y comprensiva hacia el tradicionalismo católico, tanto por razones políticas (evitar la radicalización de los sectores conservadores) cuanto por razones teológicas. En su alocución a los obispos de Chile, pronunciada con ocasión de su visita al país en 1988 3 , Ratzinger se preguntaba por el desafío que representaba monseñor Lefebvre. A su juicio, el lefebvrismo encuentra tres puntos de apoyo en las fisuras abiertas tras el Concilio. El primero es la pérdida del sentido de lo sagrado en la liturgia y la tendencia a identificar el verdadero culto exclusivamente con el amor fraterno, desplazando el centro de gravedad desde la consagración eucarística hacia la vida en comunidad y la oración común. El segundo es la interpretación del Concilio como una ruptura con la Tradición, en lugar de comprenderlo "como parte de la entera y única Tradición". Progresistas y conservadores coinciden en que el Concilio rompió con la Tradición, unos para celebrarla, otros para lamentarla, pero una interpretación justa del Concilio debería basarse en una hermenéutica delicada y precisa de la ruptura y de la continuidad. El Concilio no alteró ni un ápice la sustancia de la Fe ni la fidelidad a la Iglesia santa, pero tampoco es una mera reiteración de lo dicho. El tercero es el debilitamiento de la convicción acerca de la unicidad de la verdad, que termina por erosionar el impulso misionero al considerar a todas las religiones igualmente verdaderas. En "Summorum pontificum" (2007), Benedicto XVI declaró que la misa tridentina nunca había sido abolida y concedió a cualquier sacerdote la posibilidad de celebrarla sin necesidad de autorización episcopal. Al mismo tiempo, levantó las excomuniones de los obispos rebeldes en un esfuerzo por relajar las tensiones litúrgicas (y tal vez como una manera de detener el crecimiento sostenido de la Fraternidad en esos años). Con motivo del Año de la Misericordia (2015), el Papa Francisco concedió a los sacerdotes de la Fraternidad la facultad de absolver de manera válida y lícita los pecados (primero de forma excepcional y luego indefinidamente), y posteriormente reconoció también la validez sacramental de los matrimonios que efectuaran. Pero en Traditionis custodes (2021) restringió severamente la misa tridentina, prohibió que se hicieran en las iglesias parroquiales o que pudieran celebrarlas sacerdotes recién ordenados, y exigió que los obispos las autorizaran en lugares y con los oficiantes permitidos 4 . Durante este año, la Fraternidad ha vuelto a ordenar cuatro nuevos obispos sin mandato pontificio, bajo pretexto de que son indispensables para la orden sacerdotal. La respuesta vaticana ha sido la más severa: excomunión "latae sententiae" (ya pronunciada, es decir, que no requiere juicio previo) para los obispos implicados, ilicitud de los sacramentos impartidos por sacerdotes de la orden e invalidez en el caso de los sacramentos de penitencia y matrimonio, y excomunión simple para los fieles que adhieran (no para quienes asistan a una misa tridentina, pero que en su fuero interno permanezcan adheridos a la autoridad pontifical). La Fraternidad se define como una orden sacerdotal. "El fin de la Fraternidad es el sacerdocio y todo lo que se relacione con él y únicamente lo que le concierne, es decir, tal como Nuestro Señor Jesucristo lo quiso cuando dijo: 'Haced esto en memoria mía'" 5 . La defensa del estatuto y las prerrogativas sacerdotales y la concentración casi exclusiva en el culto eucarístico han sido desde el comienzo su motivación principal. La Fraternidad cuenta con un buen número de sacerdotes (733) y de seminaristas (264) y en los últimos cincuenta años este número ha crecido sostenidamente a pesar de las intervenciones papales, sea en severidad o benevolencia. Sorprende el carácter marcadamente europeo de la Fraternidad, pues un tercio de sus sacerdotes son franceses, y con suizos y alemanes se hace la mitad, aunque también se advierte un buen reclutamiento norteamericano (sobre todo por la vitalidad que está mostrando el seminario de Dillwyn). Su influencia en el continente latinoamericano es escasa, algunos argentinos (donde tienen el noviciado de La Reja), un pequeño priorato en Chile y casi nada más, porque una buena parte de los adherentes brasileños ha retornado a la comunión con el Papa. ¿Por qué el tradicionalismo católico no se asienta tan bien en suelo latinoamericano y los ecos de esta controversia nos parecen tan lejanos? Se pueden intentar varias explicaciones. La primera es que el catolicismo latinoamericano nunca fue profundamente tridentino. El tradicionalismo nace como la defensa específica de un catolicismo centrado en una liturgia solemne, el uso del latín, la exacerbación de la iglesia presbiteral, la teología escolástica y un sentido fuerte de la exclusividad institucional (fuera de la Iglesia no hay verdad ni salvación posible). Pero este modelo eclesiológico nunca penetró de manera homogénea en América Latina, donde el catolicismo ha sido más popular, mariano y devocional que doctrinal o institucional. Muy pocos han experimentado la misa —y menos aún en latín— como el centro de su identidad religiosa. El tradicionalismo europeo suele apoyarse en una memoria litúrgica muy poderosa que se remonta a la era de las catedrales y en el recuerdo vivo de un orden religioso perdido que los franceses han llamado la "civilización parroquial": la parroquia llena, las vocaciones abundantes y la escuela católica. Nada de esto hubo entre nosotros, salvo y apenas en las élites sociales. El tradicionalismo católico es marcadamente una religiosidad aristocrática incubada en colegios y universidades confesionales y en pequeños círculos intelectuales vinculados con el cultivo de las humanidades clásicas y de las ciencias jurídicas que conservan —como dice Yves Congar— una eclesiología dominada por una visión jurídica de la Iglesia como "societas inaequalis et hierarchica" 6 y que en cuanto "societas perfecta" se ofrece como modelo del conjunto de las relaciones sociales. La crítica del modernismo que está tomada de la famosa encíclica "Pascendi dominici gregis" de Pío X (1907) consiste en esto, en la incomodidad que despiertan las relaciones entre personas libres e iguales entre sí. Todo debe organizarse jerárquicamente, unos mandan y otros obedecen; de lo contrario, se cae en el desorden de la increencia y del pecado. Pío X escribió muchas veces que sin autoridad la fe se perdía irremediablemente, y algo de razón tiene, pero ¿cuál puede ser la calidad de una fe que no se ha elegido libremente? La controversia en torno a la libertad religiosa reconocida en el Concilio tiene este origen. Por otra parte, el tradicionalismo suele exigir mucho refinamiento cultural y, además de un sentido particular de la continuidad histórica, requiere una fuerte dosis de apreciación estética y una teología explícita concordante. También en este sentido es una religiosidad de élites. Debe considerarse asimismo que el tradicionalismo aparece como una religión de minorías intensivas en medio de un panorama amplio y profundo de secularización de masas. El tradicionalismo no suele prosperar donde el catolicismo todavía conserva una amplia presencia cultural y más bien florece cuando el catolicismo se ha vuelto una opción minoritaria y altamente reflexiva. Ser un católico tradicional implica una elección consciente, una identidad fuerte, en ocasiones agresivamente contracultural, y una práctica intensa que requiere tiempo y dedicación. Digamos, por último, que el catolicismo latinoamericano ha sido históricamente muy ultramontano, es decir, muy leal a la sede pontificia, un catolicismo conformista, decía Paul Johnson en su monumental "Historia del Cristianismo", que dedica apenas dos páginas a los quinientos años de catolicismo en América Latina como algo que no ha producido ninguna novedad de la que valga la pena escribir. Esta fidelidad papal se consolidó durante el siglo XIX y buena parte del XX y apenas ha vacilado en las últimas décadas. En suelo europeo, en cambio, ha existido una tradición intelectual y eclesial mucho más propensa a discutir, polemizar e incluso resistir decisiones romanas. El tradicionalismo necesita una élite religiosa, una memoria litúrgica y una disposición a resistir la autoridad eclesiástica. América Latina ha poseído algo de la primera, la segunda de forma débil y la tercera casi nunca. Notas [ 1 ] León XIV; Carta del Santo Padre al reverendo padre Davide Pagliarani, Superior General de la Fraternidad Sacerdotal San Pío X. 29 de junio de 2026. [ 2 ] Concilio Ecuménico Vaticano II; Constituciones, Decretos, Declaraciones . Edición promovida por la Conferencia Episcopal española. Biblioteca de Autores Cristianos, 2022, p. 54. [ 3 ] Ratzinger, Joseph; "Alocución a los obispos de Chile: unidad en la tradición de la fe". Humanitas, Cuaderno n°20, diciembre 2008. [ 4 ] García-Huidobro, Joaquín; " Traditionis custodes : Francisco ante una decisión difícil". Humanitas n°98, año XCVIII, 2021, pp. 638-647. [ 5 ] Estatutos de la FSSPX. [ 6 ] Congar, Yves-Marie; Le Concile de Vatican II . Les Éditions du Cerf, París, 1984.
A continuación presentamos un compilado de las diversas actividades realizadas por la Dirección de Pastoral y Cultura Cristiana UC entre mayo y julio de 2026.
Reflexiones del conversatorio "Desafíos de la IA", dentro del Seminario Comunicaciones e Iglesia que se realizó en la Pontificia Universidad Católica de Chile los días 27 y 28 de julio de 2026.
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