El protagonista del Evangelio de hoy (Jn 16, 5-11) es el Espíritu Santo. En la charla de despedida a los discípulos antes de subir al cielo, Jesús nos da una verdadera catequesis sobre el Espíritu Santo, y nos explica quién es. Los discípulos están tristes al oír que su Maestro dentro de poco los dejará, y Jesús les regaña suavemente por eso, porque la tristeza no es una actitud cristiana. ¿Y cómo no estar tristes? Contra la tristeza, pedimos al Señor en la oración que mantenga en nosotros la renovada juventud del espíritu. Aquí entra en juego el Espíritu Santo porque es Él quien hace que haya en nosotros esa juventud que nos renueva siempre.

Una gran santa decía: “un santo triste es un triste santo”. Así, un cristiano triste es un triste cristiano: eso no va. ¿Qué significa? Que la tristeza no entra en el corazón del cristiano, porque es joven, con una juventud que se renueva y que le hace cargar tantas pruebas, tantas dificultades. Y es el Espíritu Santo es el que nos hace capaces de llevar esas cruces, como hemos leído en la lectura de los Hechos de los Apóstoles (16,22-34) acerca de Pablo y Silas, quienes, encadenados, cantaban himnos a Dios. El Espíritu Santo lo renueva todo. El Espíritu Santo es el que nos acompaña en la vida, y nos sostiene, es el Paráclito. ¡Qué nombre tan raro! Cuando era sacerdote, en una misa con niños el domingo de Pentecostés les pregunté si sabían quién es el Espíritu Santo. Y un niño me respondió: “el paralítico”. Había oído “Paráclito” pero no sabía qué era, y por eso dijo: “paralítico”. Pues a veces también nosotros pensamos que el Espíritu Santo es un paralítico, que no hace nada. La palabra paráclito quiere decir el que está junto a mí para sostenerme, para que yo no caiga, para que yo vaya adelante, para que yo conserve esa juventud del Espíritu. El cristiano siempre es joven: siempre. Y cuando comienza a envejecer el corazón del cristiano, empieza a disminuir su vocación de cristiano. O eres joven de corazón, de alma o no eres plenamente cristiano.

En la vida habrá dolores. Pablo y Silas fueron apaleados y sufrieron, pero estaban llenos de alegría, cantaban… Esa es la juventud. Una juventud que te hace mirar siempre con esperanza: ¡venga, adelante! Pero para tener esa juventud hace falta un diálogo diario con el Espíritu Santo, que está siempre junto a nosotros. Es el gran don que nos dejó Jesús: esa ayuda que te hace ir adelante. Y aunque seamos pecadores, el Espíritu nos ayuda a arrepentirnos y nos hace mirar adelante. Habla con el Espíritu: Él te dará el apoyo y te devolverá la juventud. En cambio, el pecado envejece, envejece el alma, lo envejece todo. Nunca esa tristeza pagana. No digo que la vida sea un carnaval: no, eso no es verdad. En la vida hay momentos difíciles, pero en esos momentos se siente que el Espíritu nos ayuda a seguir adelante, como a Pablo y a Silas, y a superar las dificultades. Hasta el martirio.

Pidamos al Señor que no perdamos esa renovada juventud, que no seamos cristianos jubilados que han perdido la alegría y no se dejar llevar adelante. El cristiano nunca se jubila; el cristiano vive, vive porque es joven, cuando es verdadero cristiano.


Fuente: Almudi.org

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