«Quedaron solo ellos dos: la miserable y la misericordia» (In Io. Ev. tract. 33,5). Así encuadra san Agustín el final del Evangelio que hemos escuchado recientemente. Se fueron los que habían venido para arrojar piedras contra la mujer o para acusar a Jesús siguiendo la Ley. Se fueron, no tenían otros intereses. En cambio, Jesús se queda. Se queda, porque se ha quedado lo que es precioso a sus ojos: esa mujer, esa persona. Para él, antes que el pecado está el pecador. Yo, tú, cada uno de nosotros estamos antes en el corazón de Dios: antes que los errores, que las reglas, que los juicios y que nuestras caídas. Pidamos la gracia de una mirada semejante a la de Jesús, pidamos tener el enfoque cristiano de la vida, donde antes que el pecado veamos con amor al pecador, antes que los errores a quien se equivoca, antes que la historia a la persona.

«Quedaron solo ellos dos: la miserable y la misericordia». Para Jesús, esa mujer sorprendida en adulterio no representa un parágrafo de la Ley, sino una situación concreta en la que implicarse. Por eso se queda allí, en silencio. Y mientras tanto realiza dos veces un gesto misterioso: «escribe con el dedo en el suelo» (Jn 8,6.8). No sabemos qué escribió, y quizás no es lo más importante: el Evangelio resalta el hecho de que el Señor escribe. Viene a la mente el episodio del Sinaí, cuando Dios había escrito las tablas de la Ley con su dedo (cf. Ex 31,18), tal como hace ahora Jesús. Más tarde Dios, por medio de los profetas, prometió que no escribiría más en tablas de piedra, sino directamente en los corazones (cf. Jr 31,33), en las tablas de carne de nuestros corazones (cf. 2Co 3,3). Con Jesús, misericordia de Dios encarnada, ha llegado el momento de escribir en el corazón del hombre, de dar una esperanza cierta a la miseria humana: de dar no tanto leyes exteriores, que a menudo dejan distanciados a Dios y al hombre, sino la ley del Espíritu, que entra en el corazón y lo libera. Así sucede con esa mujer, que encuentra a Jesús y vuelve a vivir. Y se marcha para no pecar más (cf. Jn 8,11). Jesús es quien, con la fuerza del Espíritu Santo, nos libra del mal que tenemos dentro, del pecado que la Ley podía impedir, pero no eliminar.

Sin embargo, el mal es fuerte, tiene un poder seductor: atrae, cautiva. Para apartarse de él no basta nuestro esfuerzo, se necesita un amor más grande. Sin Dios no se puede vencer el mal: solo su amor nos conforta dentro, solo su ternura derramada en el corazón nos hace libres. Si queremos la liberación del mal hay que dejar actuar al Señor, que perdona y sana. Y lo hace sobre todo a través del sacramento que estamos por celebrar. La confesión es el paso de la miseria a la misericordia, es la escritura de Dios en el corazón. Allí leemos que somos preciosos a los ojos de Dios, que él es Padre y nos ama más que nosotros mismos.

«Quedaron solo ellos dos: la miserable y la misericordia». Solo ellos. Cuántas veces nos sentimos solos y perdemos el hilo de la vida. Cuántas veces no sabemos ya cómo recomenzar, oprimidos por el cansancio de aceptarnos. Necesitamos comenzar de nuevo, pero no sabemos desde dónde. El cristiano nace con el perdón que recibe en el Bautismo. Y renace siempre de allí: del perdón sorprendente de Dios, de su misericordia que nos restablece. Solo sintiéndonos perdonados podemos salir renovados, después de haber experimentado la alegría de ser amados plenamente por el Padre. Solo a través del perdón de Dios suceden cosas realmente nuevas en nosotros. Volvamos a escuchar una frase que el Señor nos ha dicho por medio del profeta Isaías: «Realizo algo nuevo» (Is 43,18). El perdón nos da un nuevo comienzo, nos hace criaturas nuevas, nos hace ser testigos de la vida nueva. El perdón no es una fotocopia que se reproduce idéntica cada vez que se pasa por el confesionario. Recibir el perdón de los pecados a través del sacerdote es una experiencia siempre nueva, original e inimitable. Nos hace pasar de estar solos con nuestras miserias y nuestros acusadores, como la mujer del Evangelio, a sentirnos liberados y animados por el Señor, que nos hace empezar de nuevo.

«Quedaron solo ellos dos: la miserable y la misericordia». ¿Qué hacer para dejarse cautivar por la misericordia, para superar el miedo a la confesión? Escuchemos de nuevo la invitación de Isaías: «¿No lo reconocéis?» (Is 43,18). Reconocer el perdón de Dios es importante. Sería hermoso, después de la confesión, quedarse como aquella mujer, con la mirada fija en Jesús que nos acaba de liberar: Ya no en nuestras miserias, sino en su misericordia. Mirar al Crucificado y decir con asombro: “Allí es donde han ido mis pecados. Tú los has cargado sobre ti. No me has apuntado con el dedo, me has abierto los brazos y me has perdonado otra vez”. Es importante recordar el perdón de Dios, recordar la ternura, volver a gustar la paz y la libertad que hemos experimentado. Porque este es el corazón de la confesión: no los pecados que decimos, sino el amor divino que recibimos y que siempre necesitamos. Sin embargo, nos puede asaltar una duda: “no sirve confesarse, siempre cometo los mismos pecados”. Pero el Señor nos conoce, sabe que la lucha interior es dura, que somos débiles y propensos a caer, a menudo reincidiendo en el mal. Y nos propone comenzar a reincidir en el bien, en pedir misericordia. Él será quien nos levantará y convertirá en criaturas nuevas. Entonces reemprendamos el camino desde la confesión, devolvamos a este sacramento el lugar que merece en nuestra vida y en la pastoral.

«Quedaron solo ellos dos: la miserable y la misericordia». También nosotros vivimos hoy en la confesión este encuentro de salvación: nosotros, con nuestras miserias y nuestro pecado; el Señor, que nos conoce, nos ama y nos libera del mal. Entremos en este encuentro, pidiendo la gracia de redescubrirlo.


Fuente: Almudi.org

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"Les ruego y les pido de todo corazón: ¡Den marcha atrás!" , le habría escrito León XIV al superior general de la Fraternidad Sacerdotal de San Pío X, en una carta en la que también le advirtió que "desgarrar la túnica inconsútil (sin costuras) de Cristo es un pecado de extrema gravedad" 1 . Hagamos un breve recuento de esta controversia que abrió el obispo francés Marcel Lefebvre (1905-1991) hace ya más de cincuenta años. Se dice que Pablo VI no autorizó la misa tridentina solicitada por Lefebvre por temor a contravenir el Concilio Vaticano II en momentos en que se estaba recién desplegando. Luego, bajo el pontificado de Juan Pablo II, se produjeron las primeras ordenaciones episcopales (1988) que obligaron a la excomunión de cuatro obispos lefebvristas (dos de los cuales asistieron a la reciente ceremonia masiva en Écône, Suiza). El entonces Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, cardenal Ratzinger, estuvo a punto de conseguir un acuerdo que autorizaba la misa en latín y reconocía los sacramentos impartidos por los sacerdotes de la Fraternidad, pero Lefebvre no se avino a firmar el preámbulo doctrinal que reconocía la autoridad del Concilio. La controversia en torno al canon 25 de "Lumen gentium" fue el verdadero escollo: Aunque los obispos aisladamente no gozan del privilegio de la infalibilidad, sin embargo, cuando incluso dispersos por el mundo, pero en comunión entre sí y con el sucesor de Pedro, enseñan cuál es la fe y la moral auténticas, si están de acuerdo en mantener una opinión como definitiva, entonces proclaman infaliblemente la enseñanza de Cristo 2 . Lefebvre nunca reconoció el carácter inspirado y por ende autoritativo de la reforma conciliar. El cardenal Ratzinger (luego Benedicto XVI) siempre adoptó una actitud abierta y comprensiva hacia el tradicionalismo católico, tanto por razones políticas (evitar la radicalización de los sectores conservadores) cuanto por razones teológicas. En su alocución a los obispos de Chile, pronunciada con ocasión de su visita al país en 1988 3 , Ratzinger se preguntaba por el desafío que representaba monseñor Lefebvre. A su juicio, el lefebvrismo encuentra tres puntos de apoyo en las fisuras abiertas tras el Concilio. El primero es la pérdida del sentido de lo sagrado en la liturgia y la tendencia a identificar el verdadero culto exclusivamente con el amor fraterno, desplazando el centro de gravedad desde la consagración eucarística hacia la vida en comunidad y la oración común. El segundo es la interpretación del Concilio como una ruptura con la Tradición, en lugar de comprenderlo "como parte de la entera y única Tradición". Progresistas y conservadores coinciden en que el Concilio rompió con la Tradición, unos para celebrarla, otros para lamentarla, pero una interpretación justa del Concilio debería basarse en una hermenéutica delicada y precisa de la ruptura y de la continuidad. El Concilio no alteró ni un ápice la sustancia de la Fe ni la fidelidad a la Iglesia santa, pero tampoco es una mera reiteración de lo dicho. El tercero es el debilitamiento de la convicción acerca de la unicidad de la verdad, que termina por erosionar el impulso misionero al considerar a todas las religiones igualmente verdaderas. En "Summorum pontificum" (2007), Benedicto XVI declaró que la misa tridentina nunca había sido abolida y concedió a cualquier sacerdote la posibilidad de celebrarla sin necesidad de autorización episcopal. Al mismo tiempo, levantó las excomuniones de los obispos rebeldes en un esfuerzo por relajar las tensiones litúrgicas (y tal vez como una manera de detener el crecimiento sostenido de la Fraternidad en esos años). Con motivo del Año de la Misericordia (2015), el Papa Francisco concedió a los sacerdotes de la Fraternidad la facultad de absolver de manera válida y lícita los pecados (primero de forma excepcional y luego indefinidamente), y posteriormente reconoció también la validez sacramental de los matrimonios que efectuaran. Pero en Traditionis custodes (2021) restringió severamente la misa tridentina, prohibió que se hicieran en las iglesias parroquiales o que pudieran celebrarlas sacerdotes recién ordenados, y exigió que los obispos las autorizaran en lugares y con los oficiantes permitidos 4 . Durante este año, la Fraternidad ha vuelto a ordenar cuatro nuevos obispos sin mandato pontificio, bajo pretexto de que son indispensables para la orden sacerdotal. La respuesta vaticana ha sido la más severa: excomunión "latae sententiae" (ya pronunciada, es decir, que no requiere juicio previo) para los obispos implicados, ilicitud de los sacramentos impartidos por sacerdotes de la orden e invalidez en el caso de los sacramentos de penitencia y matrimonio, y excomunión simple para los fieles que adhieran (no para quienes asistan a una misa tridentina, pero que en su fuero interno permanezcan adheridos a la autoridad pontifical). La Fraternidad se define como una orden sacerdotal. "El fin de la Fraternidad es el sacerdocio y todo lo que se relacione con él y únicamente lo que le concierne, es decir, tal como Nuestro Señor Jesucristo lo quiso cuando dijo: 'Haced esto en memoria mía'" 5 . La defensa del estatuto y las prerrogativas sacerdotales y la concentración casi exclusiva en el culto eucarístico han sido desde el comienzo su motivación principal. La Fraternidad cuenta con un buen número de sacerdotes (733) y de seminaristas (264) y en los últimos cincuenta años este número ha crecido sostenidamente a pesar de las intervenciones papales, sea en severidad o benevolencia. Sorprende el carácter marcadamente europeo de la Fraternidad, pues un tercio de sus sacerdotes son franceses, y con suizos y alemanes se hace la mitad, aunque también se advierte un buen reclutamiento norteamericano (sobre todo por la vitalidad que está mostrando el seminario de Dillwyn). Su influencia en el continente latinoamericano es escasa, algunos argentinos (donde tienen el noviciado de La Reja), un pequeño priorato en Chile y casi nada más, porque una buena parte de los adherentes brasileños ha retornado a la comunión con el Papa. ¿Por qué el tradicionalismo católico no se asienta tan bien en suelo latinoamericano y los ecos de esta controversia nos parecen tan lejanos? Se pueden intentar varias explicaciones. La primera es que el catolicismo latinoamericano nunca fue profundamente tridentino. El tradicionalismo nace como la defensa específica de un catolicismo centrado en una liturgia solemne, el uso del latín, la exacerbación de la iglesia presbiteral, la teología escolástica y un sentido fuerte de la exclusividad institucional (fuera de la Iglesia no hay verdad ni salvación posible). Pero este modelo eclesiológico nunca penetró de manera homogénea en América Latina, donde el catolicismo ha sido más popular, mariano y devocional que doctrinal o institucional. Muy pocos han experimentado la misa —y menos aún en latín— como el centro de su identidad religiosa. El tradicionalismo europeo suele apoyarse en una memoria litúrgica muy poderosa que se remonta a la era de las catedrales y en el recuerdo vivo de un orden religioso perdido que los franceses han llamado la "civilización parroquial": la parroquia llena, las vocaciones abundantes y la escuela católica. Nada de esto hubo entre nosotros, salvo y apenas en las élites sociales. El tradicionalismo católico es marcadamente una religiosidad aristocrática incubada en colegios y universidades confesionales y en pequeños círculos intelectuales vinculados con el cultivo de las humanidades clásicas y de las ciencias jurídicas que conservan —como dice Yves Congar— una eclesiología dominada por una visión jurídica de la Iglesia como "societas inaequalis et hierarchica" 6 y que en cuanto "societas perfecta" se ofrece como modelo del conjunto de las relaciones sociales. La crítica del modernismo que está tomada de la famosa encíclica "Pascendi dominici gregis" de Pío X (1907) consiste en esto, en la incomodidad que despiertan las relaciones entre personas libres e iguales entre sí. Todo debe organizarse jerárquicamente, unos mandan y otros obedecen; de lo contrario, se cae en el desorden de la increencia y del pecado. Pío X escribió muchas veces que sin autoridad la fe se perdía irremediablemente, y algo de razón tiene, pero ¿cuál puede ser la calidad de una fe que no se ha elegido libremente? La controversia en torno a la libertad religiosa reconocida en el Concilio tiene este origen. Por otra parte, el tradicionalismo suele exigir mucho refinamiento cultural y, además de un sentido particular de la continuidad histórica, requiere una fuerte dosis de apreciación estética y una teología explícita concordante. También en este sentido es una religiosidad de élites. Debe considerarse asimismo que el tradicionalismo aparece como una religión de minorías intensivas en medio de un panorama amplio y profundo de secularización de masas. El tradicionalismo no suele prosperar donde el catolicismo todavía conserva una amplia presencia cultural y más bien florece cuando el catolicismo se ha vuelto una opción minoritaria y altamente reflexiva. Ser un católico tradicional implica una elección consciente, una identidad fuerte, en ocasiones agresivamente contracultural, y una práctica intensa que requiere tiempo y dedicación. Digamos, por último, que el catolicismo latinoamericano ha sido históricamente muy ultramontano, es decir, muy leal a la sede pontificia, un catolicismo conformista, decía Paul Johnson en su monumental "Historia del Cristianismo", que dedica apenas dos páginas a los quinientos años de catolicismo en América Latina como algo que no ha producido ninguna novedad de la que valga la pena escribir. Esta fidelidad papal se consolidó durante el siglo XIX y buena parte del XX y apenas ha vacilado en las últimas décadas. En suelo europeo, en cambio, ha existido una tradición intelectual y eclesial mucho más propensa a discutir, polemizar e incluso resistir decisiones romanas. El tradicionalismo necesita una élite religiosa, una memoria litúrgica y una disposición a resistir la autoridad eclesiástica. América Latina ha poseído algo de la primera, la segunda de forma débil y la tercera casi nunca. Notas [ 1 ] León XIV; Carta del Santo Padre al reverendo padre Davide Pagliarani, Superior General de la Fraternidad Sacerdotal San Pío X. 29 de junio de 2026. [ 2 ] Concilio Ecuménico Vaticano II; Constituciones, Decretos, Declaraciones . Edición promovida por la Conferencia Episcopal española. Biblioteca de Autores Cristianos, 2022, p. 54. [ 3 ] Ratzinger, Joseph; "Alocución a los obispos de Chile: unidad en la tradición de la fe". Humanitas, Cuaderno n°20, diciembre 2008. [ 4 ] García-Huidobro, Joaquín; " Traditionis custodes : Francisco ante una decisión difícil". Humanitas n°98, año XCVIII, 2021, pp. 638-647. [ 5 ] Estatutos de la FSSPX. [ 6 ] Congar, Yves-Marie; Le Concile de Vatican II . Les Éditions du Cerf, París, 1984.
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