En ese diálogo se observa un doble lenguaje en el socialismo español actual. Desde los órganos del partido se lanzan propuestas más radicales para imponer un creciente laicismo en la vida pública. Y, vista la reacción ante estos globos sonda, el gobierno puede ofrecer una actitud más dialogante. En cualquier caso, esta confrontación puede servir para calibrar la capacidad movilizadora de los católicos.

Europa es entendida por Ratzinger como concepto cultural e histórico.

Europa demuestra una variedad etnológica extraordinaria, en sus valores constitutivos se ha manifestado como un gran laboratorio metacultural. La homologación del planeta en función de los parámetros culturales europeos no debe verse, pues, como efecto de una política de imperialismo cultural programada desde el viejo continente, sino como la confirmación, históricamente evidente, de la unidad real del género humano, de la que la Modernidad tomó conciencia. Europa no puede representarse como una cultura producida en un espacio geográfico determinado, sino como un espíritu que ha creado su propio espacio geográfico, y que continúa creándolo.

La dificultad o extrañeza que causa en la opinión pública la asociación del tema de la santidad con el de la política tiene un doble motivo: al considerarse el campo de la política como especialmente contaminado por la corrupción y el maquiavelismo, puede no parecer adecuado para el desarrollo de un ideal de santidad y porque la actividad política suscita tanto adhesiones como enemistades y oposiciones que afectan el juicio sobre las personas implicadas en ella, no solamente en el momento en que viven, sino a veces por siglos.

Nos limitamos a reafirmar la necesidad de desarrollo de una crítica seria a la altura de la exigencia de un tiempo que necesita trascender relativismos culturales y subjetivismos de principio. 

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El desafío de ofrecer una educación integral a lo largo del territorio compromete a diferentes actores sociales, estatales y también religiosos: la formación no requiere solo de infraestructura, logística y recursos, es necesario relevar la dimensión valórica y su rol en la cohesión social.
A principios de enero, muchas personas y familias abrieron las puertas de sus casas —a veces, por primera vez en años— para compartir y conversar con 1.450 jóvenes universitarios desplegados desde la región de Coquimbo hasta la región de Aysén. La Pastoral de la Pontificia Universidad Católica de Chile organizó estas misiones y trabajos con una sola motivación: compartir la esperanza de Cristo resucitado, generar vínculos, y apoyar en demandas concretas en territorios con escasos recursos y presencia pastoral.
En esta nueva columna, Nello Gargiulo reflexiona sobre la necesidad de abordar la problemática migratoria involucrando a todos los actores sociales y estatales que pueden aportar en la materia, ya sea por su trabajo directo con la realidad de los extranjeros avecindados en Chile, o por el rol formativo, fiscalizador o financiero que realizan en miras al desarrollo del país. El ejemplo de lo realizado por monseñor Scalabrini hace un par de siglos, puede iluminar las decisiones de hoy.
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