Su biógrafa detalla los últimos meses de vida de la Santa, integrando escritos inéditos de su vida.

© Humanitas 93, año XXV, 2020, págs. 88 – 111.


Sequedades, faltas y apego a la Madre Priora

La hermana Teresa de Jesús se exigía y cuestionaba sin límites. Recién entrada al Monasterio, el Padre Avertano del Santísimo Sacramento OCD, su director espiritual en el Carmelo, la introdujo en la doctrina de San Juan de la Cruz. Sus primeros consejos se centraron en la oración y en la vida comunitaria. En cuanto a la oración le recomendó la sencillez, el espíritu de fe, la pureza y que en la oración no buscara la imagen, sino el concepto puro de Dios, porque si lo imaginaba, lo empequeñecería. En cuanto al trato con las hermanas le dijo que fuera igualmente amable con todas. Que su intención fuera agradar a Dios. Que de tal manera obrara independiente con las criaturas, que se creyera sola en el convento. Que no quisiera atraerse la simpatía y el cariño de nadie.

A los pocos meses el alma de la hermana Teresa había llegado a tal punto que no quería ofender en lo más mínimo al Señor. Sus cartas, su diario y sus anotaciones son testigo de ello.

Madrecita nuestra:
Tengo tantas faltas en mi alma y he sido tan infiel a Nuestro Señor que ya no puedo más del remordimiento. Así es que se las voy a decir para que a nombre de Dios me perdone.
He sido muy orgullosa, a veces interiormente me rebelo contra su autoridad…
He faltado a la caridad cuando me reí en su presencia.
He faltado a la modestia religiosa corriéndome un poco para atrás la toca en el recreo.
Me reí en el Coro y en la oración estuve un rato distraída.
Perdóneme Madrecita, hace hoy 8 días de mi toma de hábito.
Así le pago al Señor y a Vuestra Reverencia por todo lo que hacen por mí. Perdóneme y ruegue por mí.

Para la hermana Teresa de Jesús, las faltas que describe son graves, viéndolas mucho más de lo que en realidad son porque tiene la conciencia cada vez más delicada. Por ello, considera un deber comunicarlas a su Priora y Maestra de Novicias Madre Angélica Teresa del Santísimo Sacramento. Bien pudo evitar manifestarlas pues no es obligación contarlas a la priora, más bien, se trató de un acto de humillación.

Para una carmelita La Madre Priora es como su propia madre. Por encima de estos primeros movimientos que menciona, no deja de respetar a la Madre Angélica, de 59 años, quién además era prima de segundo grado de Lucía Solar, la mamá de la hermana Teresa.

Sin embargo, tiempo después, en noviembre de 1919, la hermana Teresa se siente turbada. Gracias a su humildad y sinceridad enfrenta con valentía el problema, contándolo por carta a su antiguo confesor y director espiritual, el claretiano Padre Blanch:

… creo estar apegada a la Madre Priora pues pienso con frecuencia en lo que hace y dice. Además, me gusta estar con ella, que me demuestre cariño y me da pena cuando noto que no está tan cariñosa… siempre siento en mi corazón ese deseo de manifestaciones de ternura. Más aún ahora, porque N. Señor no me las prodiga. Esto me da pena porque solo quiero ser de Dios, y quisiera no solo ser desapegada exteriormente sino interiormente; pero me parece que el desear esas ternuras, está innato en mí…

Lo que me hace dudar sea apego es que su trato me lleva a Dios. Además, la admiro como a una santa y su ejemplo me ayuda para ser mejor. También cuando trato con ella de cosas de mi alma me da mucha paz, sobre todo, como solo con ella puedo hablar de Dios de su amor y bondad, me expansiono; lo que es una necesidad para mi alma, aunque creo será más perfecto no buscar esa satisfacción. Le aseguro que todo este tiempo, Rvdo. Padre, no he hecho más que luchar y veo que en esta turbación nada gano.

El Padre Blanch no se hace esperar con la respuesta: “Ha de esforzarse en desarraigar todo afecto imperfecto del corazón, pero advierta que no lo conseguirá tan pronto como lo desearía. Si persevera en luchar, al fin logrará purificar el corazón. El verdadero amor a las hermanas debe nacer de la raíz del amor a Dios”.

En esos momentos la hermana Teresa de Jesús estaba viviendo una noche muy oscura del espíritu que se traduce en largos periodos de sequedades. En la misma carta al Padre Blanch agrega:

Lo llamo, lo lloro, busco [a Jesús] dentro de mi alma. Estoy hambrienta de comulgar, pero [Jesús] no se me manifiesta. Sin embargo, reconozco, que esto lo merezco por mis pecados y quiero sufrir. Quiero que Jesús me triture interiormente para ser hostia pura donde Él pueda descansar. Quiero estar sedienta de amor, para que otras almas posean ese amor que esta pobre carmelita tanto desea.

No le resulta nada de fácil pues al no tener el consuelo de Dios, la naturaleza tiende a buscar el consuelo en las criaturas. Pero como el Señor se apiada de su constante lucha, la consuela de vez en cuando. Es así como sigue la carta: “… De repente sentí a N. Señor a mi lado, llenándome de suavidad y de paz…Estuve un rato con Él y después como que se fue y dejé de sentir esa suavidad”.

El Padre Blanch, le responde: “No se aflija demasiado por esas sequedades y por la soledad espiritual en que se encuentra. Puesto que así lo quiere la voluntad de Dios y Ud. la debe abrazar con todo el corazón”.

Fue a fines de noviembre cuando el Señor la iluminó, valiéndose del Padre Epifanio de la Purificación OCD, quien venía dándoles retiros sobre San Juan de la Cruz. Fue él quien la refuerza en el camino de la desnudez, de la renuncia y del desprendimiento. Le dio algunos consejos para dominar los impulsos y cómo debía vivir en soledad. Fue él quien le inculcó que los bienes de Dios deben ser contenidos en un corazón vacío. No solo debe escapar del mundo y despojarse de sus apetitos, sino que también debe escapar de sí misma.

Gracias a una hoja de papel sabemos que Teresa le había manifestado al Padre Epifanio el apego que ella creía sentir por la Madre Angélica Teresa. De esas conversaciones se desprende, entre otras resoluciones, que ella misma toma y escribe, que debe “considerar que la Madre es como una custodia donde está Jesús expuesto. A ella la amaré porque representa la autoridad de Dios y su divina voluntad... Jamás manifestar que sufro, a no ser que nuestra Madre me lo pregunte… No buscar consuelo en nadie ni aún en Jesús…”.

El 11 de diciembre, ante una posible visita del Padre Blanch, el gran conocedor de su alma, la hermana Teresa le responde que no tiene extrema necesidad de hablar con él, si bien el estado de su alma es igual, debido a las sequedades, le avisará si lo necesita.

Lo que significa que la hermana Teresa, a pasos agigantados, estaba superando esa falta gracias al auxilio del Señor y sus oraciones. El apego que en algunos momentos había sentido por la priora, se va purificando. Dios la ha fortalecido, haciéndola dirigir su voluntad hacia Él y así elevar sus sentimientos para alcanzar las alturas de la contemplación mística.

 

Verano en el Monasterio del Espíritu Santo

Estamos en la ciudad de Santa Rosa de Los Andes, un pueblo extenso que aún no ha despertado al progreso, con apenas 10.500 habitantes. Es pleno verano, febrero de 1920. El calor es insoportable, el sol ha penetrado las murallas del convento de tal manera que la temperatura se conserva en el adobe. La hermana Teresa de Jesús de 19 años, está en su celda, la penúltima del patio del noviciado. Durante el día ha estado trabajando en la huerta “con pala y azadón,” arrancando malezas, canalizando el agua de la gran acequia que nacía de “un anchuroso canal” que dividía la huerta en dos. Asimismo, estuvo aseando y hermoseando la ermita de la Sma. Virgen.

 

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Sumario:

  • El pasado 12 de abril se conmemoró el centenario de la muerte de Teresa de Los Andes, la primera chilena elevada a los altares. Su biógrafa Ana María Risopatrón comparte este relato que detalla sus últimos meses de vida, integrando escritos inéditos de la santa y aspectos desconocidos de ella y su familia.

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