T Teología y Espiritualidad de la Iglesia

La confluencia de razón, fe y vida en la búsqueda de la verdad, según el Cardenal Newman

"Newman propicia una fe vital y real, que integra al hombre entero, superando dos enfoques que la desnaturalizan: la reducción racionalista y la fideísta".

Cuando el Papa Juan Pablo II, en la encíclica Fides et Ratio, presentó una lista de grandes teólogos cristianos que destacaron también como grandes filósofos en la época más reciente, encabezó esa lista con John Henry Newman [1], quien es, desde el 13 de octubre de este año, nuevo santo de la Iglesia Católica. Pero durante la primera parte de su vida había pertenecido a la Iglesia anglicana, y su conversión al catolicismo fue un acontecimiento en su Inglaterra natal, que por una parte le trajo incomprensiones y sinsabores, y por otra parte también un amplio reconocimiento por la honestidad y profundidad de su búsqueda incesante de la verdad y su gran aporte a la comprensión del sentido de la experiencia religiosa y la fe cristiana. En lo que sigue expondré, en primer lugar, algunos de los principales hitos de su trayectoria personal e intelectual, para luego ocuparme de su libro de mayor enjundia filosófica y teológica, el Ensayo para contribuir a una gramática del asentimiento, y terminar mostrando tres ejemplos significativos de la influencia siempre vigente de su pensamiento.

Itinerario vital

Nacido en Londres el 21 de febrero de 1801 como primogénito de seis hermanos, Newman tuvo una formación religiosa de carácter predominantemente liberal. A los quince años, siendo estudiante de la escuela de Ealing, recibió la influencia espiritual del clérigo anglicano Walter Mayers, y con ello lo que después llamaría su “primera conversión”. En octubre de 1817 ingresó en el Trinity College de Oxford, donde obtuvo el bachillerato en artes. Junto con la finalización de sus estudios se produjo la quiebra económica de su padre, banquero de profesión, y la ruina de su familia, que pasó a depender económicamente de él. Con veintiún años fue elegido profesor (fellow) del Oriel College, el más prestigioso de Oxford, y en 1825 se ordenó presbítero de la Iglesia Anglicana. En 1828 comenzó a regentar la parroquia universitaria de Santa María, donde, acompañado de un pequeño grupo de amigos, impulsó desde 1833 el llamado Movimiento de Oxford, con el fin de renovar un anglicanismo amenazado por el debilitamiento de la fe y por la pérdida de libertad debida a una reforma política de 1832, que sometía la Iglesia al Parlamento. Los miembros de este movimiento eran llamados tractarianos, porque exponían sus ideas en tracts o folletos, en los que trataban, entre otras cosas, de la realidad de la Iglesia como misterio, visible e invisible, de su independencia del Estado, del sentido de la revelación y la fe en su relación con la razón, de la defensa del principio del dogma rechazado por el liberalismo, de la continuidad y desarrollo doctrinal de la Iglesia desde sus orígenes.

En el contexto de su tarea educativa y pastoral comenzó la lectura sistemática de los Padres de la Iglesia y su vida de escritor. Sus sermones, desde 1826 a 1843, fueron publicados sucesivamente como Sermones parroquiales sencillos, en seis volúmenes, a los que después se añadieron dos más. También fue orador oficial por la Universidad, y de sus intervenciones entre 1826 y 1843 resultaron los Sermones Universitarios. Entre 1834 y 1836, escribió El oficio profético de la Iglesia en sus relaciones con el romanismo y el protestantismo popular. En esa obra Newman expuso la teoría de una “tercera vía”, según la cual el anglicanismo se situaría en la vía media entre el protestantismo y el catolicismo romano, manteniendo contra el primero la autoridad de los Padres de la Iglesia y rechazando, frente al segundo, los que le parecían “añadidos romanos” al Evangelio.

Hacia fines de los años 30 comenzó a tener las primeras dudas sobre el anglicanismo, por lo que en septiembre de 1841 se retira a vivir en Littlemore, lugar próximo a Oxford, donde llevó una vida de oración, penitencia y estudio junto a algunos seguidores, para buscar la verdad y discernir la voluntad de Dios. Finalmente, en 1843, al acentuarse sus dudas sobre la Iglesia de Inglaterra, Newman renunció a su cargo en Santa María, y predicó su último sermón anglicano en Littlemore, La despedida de los amigos.

En 1845 escribió su Ensayo sobre el desarrollo de la doctrina cristiana, con el fin de terminar de aclarar sus ideas acerca de la relación entre la Iglesia Católica y el anglicanismo. Antes de terminar el libro quedó convencido de que la Iglesia romana era la heredera legítima de la Iglesia primitiva de los Padres, y resolvió entrar en la Iglesia Católica. El 3 de octubre de ese mismo año renunció al cargo de fellow del Oriel College, y comenzó a redactar unas treinta cartas a familiares y amigos, que enviaría una vez dado el paso. Al año siguiente se traslada a Roma para estudiar teología en el colegio de Propaganda fide y el 30 de mayo de 1847 fue ordenado sacerdote. Atraído por la piedad sencilla y el estilo abierto, positivo y bondadoso del apostolado de Felipe Neri, ingresó a la Congregación de Sacerdotes Regulares Oratorianos en 1848 y, en el mismo año, de regreso a Inglaterra, fundó el Oratorio de Maryvale, en Birmingham.

 

Los años posteriores a su conversión fueron muy duros, debido a la incomprensión y las críticas que se le hicieron, no solo desde el anglicanismo, sino también de una parte de su familia y de algunos sacerdotes conversos como él, pero que extremaron su catolicismo hacia posiciones más rígidas. En 1851 se le encargó dirigir la Universidad Católica en Dublín, a raíz de lo cual escribió La idea de una Universidad (1852), de gran influencia en el ámbito universitario católico. Como fin primordial de la educación superior sostuvo la formación intelectual, cuyo primer paso es:

cultivar la mente de los jóvenes con las ideas de ciencia, método, orden, principio y sistema; de reglas y excepciones; de riqueza y armonía. El resultado de esta educación es una persona intelectual tal como la concibe el mundo de hoy: aquella que tiene opiniones válidas sobre temas de filosofía y actualidad. [2]

Pero esta orientación formativa que no aborda directamente la doctrina religiosa, y el hecho de que Newman propusiera a laicos para ejercer funciones directivas, despertaron sospechas de falta de ortodoxia y anticlericalismo, que le restaron el apoyo de algunos obispos y obstaculizaron enormemente la realización práctica de su proyecto, que finalmente fracasó. Newman renunció a la Universidad en 1859, y ese mismo año se hizo cargo de The Rambler, una revista para católicos instruidos que había sido fundada en 1846, desde la que hizo una decidida defensa del papel esencial del laicado para la Iglesia y del sensus fidelium como lugar teológico. En un artículo titulado “Sobre las consultas a los fieles en materia doctrinal” argumentaba que el examen de las creencias de los fieles sencillos era una de las maneras de descubrir las verdades de fe. Este artículo le valió a Newman la acusación de herejía por parte del obispo de Newport, e incluso que más tarde se la calificara como “el hombre más peligroso de Inglaterra” [3], aunque, después del revuelo inicial, en Roma se desestimó la acusación.

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Oratorio de Birmingham

 

Desde el lado anglicano fue acusado por el escritor Charles Kingsley de ser deshonesto y promover la mentira en la Iglesia. La respuesta de Newman fue la Apología pro vita sua, (1864) [4], en la que relata su evolución espiritual de manera pormenorizada, sin descalificar la iglesia a la que había servido, con hondura humana y religiosa, además de brillantez literaria, rasgos que le han valido ser comparada con las Confesiones de San Agustín. El gran éxito de este libro le permitió recuperar el prestigio dañado por las acusaciones en su contra y fortalecer la causa del catolicismo en Inglaterra, a la que también contribuiría algunos años más tarde su Gramática del asentimiento (1866), sobre la cual volveré. Pero en 1874 fue objeto de un nuevo ataque, proveniente del político liberal William Gladstone, quien ponía en duda la obediencia de los católicos al poder civil, por tener su lealtad dividida entre la Iglesia y el Estado. Esta vez, Newman respondió con la Carta al Duque de Norfolk (1975), en la que expuso con gran elocuencia una doctrina sobre la libertad de conciencia como principio moral y teológico fundamental, que en ningún caso se opone a la autoridad legítima, puesto que esta la presupone y tiene la obligación de velar por ella. El propio Conde de Norfolk apoyó algunos años después la solicitud de los católicos de Inglaterra para que el Papa León XIII nombrara a Newman cardenal en mayo de 1879, a la edad de 78 años. 12 años más tarde, el 11 de agosto de 1890 murió en Birmingham. El epitafio en su tumba dice Ex umbris et imagínibus in veritatem (“Desde las sombras y las imágenes a la Verdad’).

 

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Manuscrito de "Apología Pro Vita Sua", Oratorio de Birmingham.

La gramática del asentimiento

El Ensayo para contribuir a una gramática del asentimiento [6] es un libro en el que Newman trabajó por cerca de 20 años, hasta su publicación en 1870. En él se recogen en una gran síntesis las ideas centrales de su pensamiento, tanto teológico como filosófico, sin constituir propiamente un sistema racional, pues defiende la tesis de que, si bien la razón es indispensable para la comprensión y el desarrollo de la fe religiosa, no puede dar cuenta adecuada de todos los hechos de la existencia humana. Newman propicia una fe no puramente intelectual y abstracta, sino vital y real, que integra al hombre entero, superando dos enfoques unilaterales que la desnaturalizan: la reducción racionalista, que rechaza la dimensión sobrenatural de la fe, y la reducción fideísta que menosprecia la razón.

Como lo indica su nombre, el libro se presenta modestamente como un ensayo para contribuir a una gramática, es decir a un estudio de los componentes del asentimiento y sus combinaciones, de donde resulta un aporte a la justificación de la razonabilidad de la certeza de fe que puede tener el cristiano sobre las verdades centrales de su religión, aunque no se apoye en argumentos acreditados lógicamente como irrefutables. En este sentido, su intención principal no es convertir a los que no creen, sino más bien clarificar reflexivamente los fundamentos de credibilidad de la fe de los cristianos y el sentido de su experiencia religiosa.

El problema abordado por Newman tiene una doble cara. Una es preponderantemente filosófica, y trata de las condiciones de posibilidad de la certeza en el conocimiento en general, independientemente de la eventual creencia religiosa. La otra cara es teológica, pues se refiere a las condiciones que hacen posible un asentimiento de fe en la que se base una vida cristiana plena en la que se integren armónicamente el pensamiento, los afectos y acciones comprometidas y congruentes con esa fe.

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1. Inferencia y asentimiento

El acto de fe es un acto de asentimiento, es decir una aceptación absoluta e incondicional de una proposición. Pero Newman distingue dos formas de asentimiento: el asentimiento a proposiciones nocionales, es decir proposiciones que versan sobre conceptos y el asentimiento real, que se refieren a proposiciones sobre objetos concretos. El asentimiento nocional permanece en el plano de la abstracción teórica y no tiene la capacidad del asentimiento real para activar y movilizar la existencia humana. El razonamiento o inferencia se distingue del asentimiento porque es condicional y se da con distintos grados según la fuerza de las premisas que la constituyen. Esto no significa que no haya conexión entre inferencia y asentimiento, pero este no es siempre necesario. La experiencia de la vida cotidiana permite constatar que los asentimientos pueden perdurar sin los actos de inferencia que lo provocaron, y también a veces lo contrario, es decir que, aunque permanezcan las razones para asentir a algo, el asentimiento se disuelve. También sucede que en ocasiones el asentimiento no se da, a pesar de la fuerza de los argumentos.

Newman distingue entre la inferencia formal, informal y la natural. La inferencia formal es la que saca conclusiones a partir de premisas y conclusiones anteriores. Es propia de las matemáticas, la lógica y las ciencias, no así de la vida cotidiana. No permite alcanzar certeza acerca de asuntos concretos, pues es prácticamente imposible examinar cada premisa relacionada con el conocimiento de una verdad compleja. La inferencia informal es aquella -de la que ya hablara el filósofo John Locke- en la que no hay evidencia suficiente para constituir una prueba formal, pero sí suficiente para otorgarle certeza. Se da por acumulación de probabilidades, cuya fuerza para producir certeza reside en la cantidad de datos coincidentes y no en cada uno de ellos por separado. Así tenemos certeza, por ejemplo, de la insularidad de Gran Bretaña o de que moriremos algún día. Por último, la inferencia natural es el razonamiento más habitual, que no pasa de proposiciones a proposiciones, sino de lo concreto a lo concreto. En ella los antecedentes no son reconocidos como objeto de análisis, sino que son considerados solo de modo indirecto. Es una especie de presentimiento instintivo que alcanza la certeza por medio de un proceso de inferencia inconsciente e implícito del que brota el asentimiento. Así ocurre, por ejemplo, con la gente sencilla que no puede explicar sus certezas morales y religiosas.

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La voluntad o las convicciones morales, que son irrelevantes para la inferencia suelen ser, en cambio, determinantes para el asentimiento. La racionalidad de las creencias está garantizada por la existencia de un gran número de razones, cuya convergencia unánime en apoyo de una cosa basta para crear una certeza racional sobre la misma, aunque cada una por sí misma no sea sino más o menos probable. Este paso de probabilidades a certeza, más que por un silogismo lógico, se hace por lo que Newman denomina “sentido ilativo”.

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Escritorio del Cardenal Newman, en el Oratorio de Birmingham

2. El sentido ilativo

Newman entiende el sentido ilativo como un proceso mental que determina el criterio último de verdad o error de nuestra inferencia, de la que se desprende y a la que perfecciona. Se ocupa de raciocinios referidos a cosas concretas, permitiendo llegar a conclusiones personales que ninguna lógica podría alcanzar por sí sola, a partir de hechos cuya realidad sería insensato poner en duda: “Nuestro ser, con sus facultades, nuestra alma y nuestro cuerpo, son hechos que no admiten duda; todas las cosas han de referirse a ellos necesariamente, y no ellos a las demás cosas” [7]. El sentido ilativo se extiende a todo lo que puede ser entendido sobre alguna materia determinada. Así, por ejemplo, a partir de las percepciones de objetos particulares inferimos que tiene que existir un mundo material. Pero no se posee por igual en todos los campos, sino que puede darse en mayor o menor medida en la filosofía o en la historia, por ejemplo. En este sentido, es una facultad análoga a la capacidad de juzgar propia de la prudencia en la vida práctica, de la que trata Aristóteles en la Ética a Nicómaco.

Los antecedentes en los que se basa el sentido ilativo provienen de presuposiciones personales que van más allá de los meros argumentos. Aunque la realidad sea la misma, los diferentes individuos muchas veces la perciben de maneras diferentes. Newman defiende el derecho a poner en duda las presuposiciones que parezcan impertinentes o absurdas, pero sin llegar al extremo de afirmar que la filosofía no puede aceptar ninguna presuposición y que debería partir por una duda universal. Hay presuposiciones de los primeros principios que tenemos por verdaderos por sus propios méritos, ya que incluso la duda absoluta implica su afirmación, como por ejemplo la existencia de sí mismo. Si bien en este punto coincide con el punto de partida de la filosofía moderna planteado por Descartes, Newman se aleja claramente de ese enfoque al decir: “Si se presentara la alternativa, yo preferiría mantener que hemos de comenzar creyéndolo todo lo que se nos ofrece para ser aceptado, más bien que decir que tenemos el deber de dudar de todo. Éste parece realmente el verdadero camino de la sabiduría” [8].

El Cardenal está muy lejos de afirmar que no hay una verdad objetiva por el hecho de que no todos los seres humanos la posean por igual, pero ve en ello la indicación de que

en nuestras diferencias existe algo mucho más profundo que los accidentes de las circunstancias externas y que necesitamos de la intervención de un poder mayor que toda humana enseñanza y que toda humana argumentación para hacer que nuestras creencias sean verdaderas y coincidan entre sí. [9]

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Librería privada de John Henry Newman en el Oratorio de Birmingham.

 

3. Religión natural y religión revelada

Los desarrollos sobre la certeza y el sentido ilativo son aplicados por Newman a la religión, tanto natural como revelada. Afirma que, en temas de religión, cada persona solo puede hablar por sí misma según su propia experiencia, pero que, al compartirla descubre una profunda afinidad con la de otros. Este hecho se comprueba primeramente en la religión natural, sobre cuya base se erige y se comprende mejor la religión revelada. Al respecto, la conciencia personal juega un papel fundamental, pues en ella Dios se presenta como un juez acerca de lo que está bien y lo que está mal, de un modo que no es rígido o estático, sino que se corrige y desarrolla a lo largo de la vida. En una época en que la Iglesia Católica todavía miraba con desconfianza la libertad de conciencia, Newman la considera como el principio esencial que confirma la fe, pues conduce a la experiencia de un Dios personal:

“La conciencia está más próxima a mí que cualquier otro medio de conocimiento. Pero de la misma manera que se me ha dado a mí, ha sido dadas también a otros; y puesto que acompaña a cada uno en su interior y no requiere nada fuera de ella misma, puede servir para comunicar a cada uno de los demás individualmente el conocimiento que a él más le interesa como […] Además, la conciencia nos enseña no sólo que Dios existe, sino también cuál es su naturaleza; proporciona a nuestra mente una imagen real de Dios como medio para su adoración.” [10]

En un segundo nivel se encuentra la experiencia común de la humanidad a través de las religiones primitivas que coinciden en la conciencia del pecado, en la necesidad de expiación, el sentido del sacrificio y la esperanza de una vida superior. En tercer lugar, la experiencia del mal y del sufrimiento en el mundo parece señalar la ausencia u ocultamiento de Dios, aunque por otra parte existe también la conciencia de que esa aparente ausencia de Dios obedece más bien a la distancia que el hombre mismo ha puesto con la maldad de sus actos. A ello se agrega el sentimiento de que el ser humano es débil, incapaz de actuar siempre según el dictamen de su conciencia, no se basta a sí mismo ni puede cambiar su naturaleza, por lo que tiende al sentimiento de miseria y el desánimo que lo alejan de la religión.

Frente a esta descripción, Newman advierte que, si bien el diagnóstico sobre la realidad humana actual puede ser doloroso y triste, es también una condición que hace posible enfrentarlo y superarlo. La distancia con Dios no es total, y es posible experimentar de muchas maneras su presencia en el mundo, no necesariamente con milagros espectaculares, que son muy escasos, pero con las pequeñas alegrías y consuelos de la vida cotidiana que revelan la acción y bendiciones de la Providencia. Entre los aspectos más reveladores de la religión natural está la experiencia del sacrificio como un acto liberador, pues consiste sobre todo en la capacidad de desprendimiento de aquello que, por ser objeto de un deseo egoísta, se vuelve una carga para la vida humana plena.

Desde la religión natural surge la expectativa o presentimiento de que Dios se revelará o que se ha revelado, fundado en su infinita bondad que no dejará al hombre desamparado en su miseria. Aquí entran en juego las coincidencias que, sin ser milagrosas en sí mismas, llevan, por el sentido ilativo, desde la probabilidad a la certeza de la presencia y actuación de Dios en el mundo, y al convencimiento de que el cristianismo es la religión en la que se cumplen a cabalidad y en plenitud los presagios de la fe natural, en tanto que lleva a su conclusión la revelación mosaica. Como heredera del judaísmo, la religión cristiana recibe las tradiciones y cumple las promesas y los anuncios proféticos, cuyo origen se remonta al comienzo de la historia; pero introduce también transformaciones esenciales en lo que respecta al modo de concebir la universalidad del Reino de Dios y al Mesías que lo anuncia e inaugura germinalmente en el mundo. Jesús no recurre a la fuerza ni al poder político, sino a la predicación humilde y pacífica, aunque su mensaje no impone la paz, sino más bien despierta el odio y la persecución que llaman al testimonio heroico de los mártires. A pesar de ello, Jesús aseguró a sus seguidores que finalmente la Iglesia prevalecerá y se extenderá por todo el mundo hasta el fin de los tiempos. Newman muestra que el cumplimiento de esta promesa se reafirma una y otra vez, confirmando nuestra fe, y que ello permite tener la convicción de que no dejará de hacerlo, no obstante lo cual hace una advertencia que en el tiempo actual resulta de una pertinencia impresionante:

[…] aunque en todos los tiempos hay muchos hombre santos y religiosos en el cristianismo, y aunque la santidad, lo mismo que en los comienzos, será para siempre la vida, la sustancia y la semilla germinal del reino de los cielos, sin embargo habrá muchos, la mayoría, que serán a causa de sus vidas un escándalo y una injuria para el cristianismo, y no una defensa. [11]

Ecos

El pensamiento del cardenal ha ejercido una influencia decisiva en el pensamiento teológico contemporáneo, como se puede ilustrar a partir de tres ejemplos. En primer lugar, mencionaré a otra santa de este siglo, Edith Stein o Sor Benedicta de la Cruz, también conversa -en su caso desde el judaísmo- quien, al iniciar su camino en la Iglesia Católica, y por recomendación del jesuita Erich Przywara, tradujo en 1923 al alemán La Idea de una Universidad, y posteriormente las Cartas y Diarios de Newman anteriores a su conversión. A propósito de esta segunda traducción, Stein escribe a su colega filósofo y amigo Roman Ingarden, en junio de 1924: “[…] para mí es muy hermoso sentirme tan cerca de un espíritu como Newman, como la traducción trae consigo. Su vida entera ha sido solo una búsqueda de la verdad religiosa y le ha conducido inevitablemente a la Iglesia Católica.” [12]

En otra carta, dirigida al mismo Ingarden en noviembre de 1927, le dice que, para comprender el camino religioso que ella ha emprendido, podría ayudarle Newman a servirse de “las vías intelectuales hasta los límites de la razón y con ello situarse a las puertas del misterio” [13]. Ese mismo año escribe un obituario para su director espiritual P. Joseph Schwind, de quien dice que cumplió a cabalidad la sentencia del Cardenal Newman, según la cual es relativamente fácil desarrollar un aspecto de la vida cristiana, como el rigor, la mansedumbre, la seriedad o la serenidad, pero que la verdadera perfección cristiana se revela en la unidad armónica de virtudes opuestas [14].

Finalmente, en una conferencia sobre “El ethos de las profesiones femeninas”, dictada en la Asamblea de la Asociación Universitaria Católica de Salzburgo (septiembre de 1930), señala que un trabajo realizado con esmero y una elevada formación espiritual pueden ser un remedio para las dificultades y el desánimo que enfrentan las mujeres en su condición de vida, y remite a la descripción del “perfecto gentleman” ofrecida por Newman en La idea de una Universidad: “un diseño de personalidad que parece equivalente a la verdadera santidad”, aunque agrega que solo puede tratarse de una semejanza, pues “ […] solo por la fuerza de la gracia puede verdaderamente desarraigarse y renovarse desde el interior la naturaleza caída, y no solo reformarse desde el exterior.” [15]

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Recuerdos de amigos del Cardenal Newman al costado del altar de su capilla, Oratorio de Birmingham.

 

Especialmente digna de desatacar es también la profunda huella del cardenal Newman en el Concilio Vaticano II, que incluso ha sido llamado “el Concilio de Newman”. Algunos de los más influyentes teólogos que participaron en el Concilio se reconocieron deudores de su pensamiento, entre ellos Charles Journet, Yves Congar, Henry de Lubac, Hans Urs von Balthasar. Un sello característico del Concilio fue la renovada recepción de los Padres de la Iglesia, a lo que contribuyó el impulso inicial de Newman con el movimiento de Oxford. Y en los documentos del Concilio se nota su influencia, por ejemplo, respecto de la fe en tanto que asentimiento no fundado en meros argumentos lógicos, sino en la adhesión a la persona de Jesucristo, Palabra de Dios que se autocomunica, encarnándose en el mundo [16]. No menos importante es el enfoque histórico de la revelación y de la salvación, así como la centralidad de Cristo en esta historia. Todos los documentos del Concilio están atravesados por este enfoque. Así, por ejemplo, en la constitución dogmática Dei Verbum se encuentra la afirmación de que la revelación no es un mero conjunto de proposiciones, sino que resplandece en la persona de Cristo, quien es, en todos los momentos y aspectos de su vida, la gran manifestación del misterio de Dios y del misterio del hombre, el gran don salvífico de Dios a la humanidad [17].

Asimismo, se ve la impronta de Newman en la doctrina sobre la libertad y dignidad de la conciencia personal, “el núcleo más secreto y el sagrario del hombre, en el que éste se siente a solas con Dios, cuya voz resuena en el recinto más íntimo de aquélla,” [18] por lo que no es lícito impedir al hombre que obre según su conciencia ni forzarlo a obrar en contra de ella, principalmente en materia religiosa. El ejercicio de la religión debe ser libre, pero el hombre debe buscar la verdad en materia religiosa y una vez conocida ésta debe adherirse a ella con un asentimiento personal [19]. También es notoria la huella de Newman en la preocupación del Concilio por promover la restauración de la unidad entre todos los cristianos [20] y en la importancia que le asigna a la vocación y la misión de los laicos en la Iglesia [21].

Por último, recogemos el testimonio del Cardenal Joseph Ratzinger, futuro Papa Benedicto XVI en el discurso pronunciado con ocasión del centenario de la muerte de Newman, en Roma el 28 de abril de 1990. Refiriéndose a su etapa de estudiante de teología, recuerda: “Para nosotros, en aquel tiempo, la enseñanza de Newman sobre la conciencia llegó a ser una base importante del personalismo teológico, cuyo diseño se nos ofrecía equilibradamente. Nuestra imagen del ser humano, al igual que nuestra imagen de la Iglesia, quedaba penetrada por este punto de partida.”

Junto con la doctrina sobre la conciencia, Ratzinger subrayaba la enseñanza de Newman sobre el desarrollo de la doctrina como su contribución más decisiva a la renovación de la teología: “Con esto, puso en nuestras manos la llave para construir un pensamiento histórico en el seno de la teología, o todavía mucho más: nos enseñó a pensar históricamente en teología, y así, a reconocer la identidad de la fe en todos los desarrollos.” El desarrollo no se refiere aquí solo a las ideas que se descubren, sino al cambio en la vida humana, como el que el propio cardenal experimentó en su camino al catolicismo.

Siendo ya Papa Benedicto XVI, le correspondió presidir la Misa de beatificación del Cardenal Newman, el 19 de septiembre de 2010. En esa ocasión recordó el lema del Cardenal, cor ad cor loquitur, “el corazón habla al corazón”, que “da la perspectiva de su comprensión de la vida cristiana como una llamada a la santidad, experimentada como el deseo profundo del corazón humano de entrar en comunión íntima con el Corazón de Dios.” Asimismo, rindió un especial homenaje a su visión de la educación, “que ha hecho tanto por formar el ethos que es la fuerza motriz de las escuelas y facultades católicas actuales”, buscando lograr “unas condiciones educativas en las que se unificara el esfuerzo intelectual, la disciplina moral y el compromiso religioso.”

En la vigilia del día anterior a la beatificación, el Papa resumió tres enseñanzas del cardenal Newman: En primer lugar,

en nuestros días, cuando un relativismo intelectual y moral amenaza con minar la base misma de nuestra sociedad, Newman nos recuerda que, como hombres y mujeres a imagen y semejanza de Dios, fuimos creados para conocer la verdad, y encontrar en esta verdad nuestra libertad última y el cumplimiento de nuestras aspiraciones humanas más profundas.

En segundo lugar, la vida de Newman “nos enseña también que la pasión por la verdad, la honestidad intelectual y la auténtica conversión son costosas”, porque el cristiano tiene que dar testimonio de la verdad, aunque ello signifique sacrificio y dolor. Por último, “Newman nos enseña que, si hemos aceptado la verdad de Cristo y nos hemos comprometido con él, no puede haber separación entre lo que creemos y lo que vivimos”.

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Tumba original en Rednal donde fue enterrado el Cardenal Newman.
* Las fotografías que ilustran este artículo pertenecen a © Mazur/catholicnews.org.uk 

FECHAS EN LA VIDA DE NEWMAN [22]

  • 1801 Nace en Londres
  • 1808 Comienza sus estudios en la Escuela de Ealing, Londres
  • 1816 Ingresa en Trinity College, Oxford
  • 1822 Fellow de Oriel College, Oxford
  • 1824 Diácono de la Iglesia Anglicana
  • 1825 Presbítero de la Iglesia Anglicana
  • 1826 Tutor de Oriel College
  • 1828 Párroco de Santa María, iglesia de la Universidad de Oxford
  • 1833 Comienza el Movimiento de Oxford
  • 1843 Último sermón en Santa María. Se retira a Littlemore, junto a Oxford
  • 1845 Es recibido en la Iglesia católica el 9 de octubre
  • 1846 Alumno del Colegio de Propaganda Fide en Roma
  • 1847 Ordenado sacerdote
  • 1849 Establece el Oratorio de san Felipe Neri en Birmingham
  • 1849 Se inaugura el Oratorio de Londres
  • 1851 Encargado de iniciar la Universidad Católica de Irlanda
  • 1853 Condenado por difamación en el proceso promovido por un fraile apóstata italiano
  • 1854 Rector de la Universidad Católica de Irlanda
  • 1856 Viaja a Roma para resolver dificultades surgidas con el Oratorio de Londres
  • 1858 Dimite como Rector de la Universidad de Irlanda
  • 1859 Director del Rambler (1848-1862), publicación católica de tendencia no ultra montana
  • 1859 A petición de padres de conversos, Newman comienza la Oratory School, un colegio de primera y segunda enseñanza
  • 1864 Polémica con Charles Kingsley y publicación de Apologia pro Vita Sua
  • 1867 Intenta emprender una institución católica en Oxford. Obligado a abandonar
    poco después
  • 1869 Declina acompañar al obispo francés Dupanloup como perito al Concilio Vaticano I
  • 1870 Publica A Grammar of Assent
  • 1875 Aparece la Carta al Duque de Norfolk
  • 1878 Fellow Honorario de Trinity College, Oxford. Su primera visita a Oxford en 23 años
  • 1879 Nombrado Cardenal por León XIII
  • 1890 Fallece en Birmingham
  • 2010 Newman, declarado beato
  • 2018 Certificado un milagro para su canonización
  • 2019 Newman es canonizado 

Notas 

[1] Carta encíclica Fides et Ratio del Sumo Pontífice Juan Pablo II a los obispos de la Iglesia Católica sobre las relaciones entre Fe y Razón, n. 74.
[2] Newman, John Henry; La idea de una Universidad. Traducción editada de pasajes escogidos. Pontificia Universidad Católica de Chile, Santiago de Chile, 2014, Prefacio, p.27.
[3] Dessain, Charles Stephen; Vida y pensamiento del Cardenal Newman. San Pablo, Madrid, 1990, p.163.
[4] Newman, John Henry; Apología “Pro Vita Sua”. Historia de mis ideas religiosas. Editorial Universitaria, Santiago de Chile, 1994.
[5] Newman, John Henry; Carta al Duque de Norfolk. Rialp, Madrid, 1996.
[6] Newman, John Henry; Ensayo para contribuir a una gramática del asentimiento. Encuentro, Madrid, 2010.
[7] Ibíd, p. 283.
[8] Ibíd, p. 306.
[9] Ibíd, p. 305.
[10] Ibíd, p. 316 s.
[11] Ibíd, p. 368.
[12] Stein, Edith; Obras completas, I: Escritos autobiográficos y Cartas. Ediciones El Carmen/Editorial de Espiritualidad/Editorial Monte Carmelo, Vitoria/Madrid/Burgos, 2002, p. 737 s.
[13] Escritos autobiográficos y Cartas (Op. Cit), p. 799.
[14] Ibíd, p. 672.
[15] Obras completas, IV: Escritos antropológicos y pedagógicos (Op. Cit), 2003, p.166.
[16] Cf. por ejemplo, Constitución dogmática sobre la Iglesia, Lumen Gentium, n.12; Constitución dogmática sobre la divina revelación, Dei Verbum, nn.5,6,10. Constitución pastoral sobre la Iglesia en el mundo actual, Gaudium et spes, n.62.
[17] Dei Verbum, nn. 2, 4
[18] Gaudium et spes, n.16.
[19] Gaudium et spes, n.17; Declaración sobre la libertad religiosa, Dignitatis Humanae, nn. 3,10.
[20] Cf. Decreto sobre el Ecumenismo, Unitatis Reintegratio, nn. 1,6. Cf. también Lumen Gentium, nn. 8, 15.
[21] Lumen Gentium, nn. 30-38. 
[22] García Ruiz, Víctor; John Henry Newman: el viaje al Mediterráneo de 1833. Ediciones Encuentro S.A., Madrid, 2018.

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