M Moral y Sociedad

El Don de la Felicidad

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* El presente discurso fue pronunciado por su autor al recibir el grado de Doctor Scientiae et Honoris Causa, por la Pontificia Universidad Católica de Chile. El acto tuvo lugar en el Salón de Honor de esta Casa de Estudios, el 1o de diciembre de 2003.

Estoy profundamente agradecido al Gran Canciller; al Rector; al Consejo Superior; a la Facultad de Ciencias Biológicas, a todas las autoridades que han tenido parte en otorgarme esta distinción. Estoy también agradecido a los amigos que han querido acompañarme en esta tarde. Es cierto que se me confiere un honor muy grande, pero tengo que decir que, el otorgamiento de este grado es una parte muy pequeña dentro de la inmensa cantidad de beneficios que he recibido de la Universidad por espacio de más de sesenta años, desde el día de marzo de 1942 en que ingresé a estos mismos edificios para iniciar mis estudios de primer año de medicina.

He pensado entonces que sería apropiado hacer ante ustedes una reflexión sobre los bienes que he recibido de la Universidad. Esto es principalmente una manera de agradecer, pero además puede tener otro valor. Así como en la vida cotidiana no agradecemos el aire que respiramos, así también hay muchos bienes que recibimos en la vida casi sin darnos cuenta, y el hecho de ponerlos en relieve al final de la jornada puede tener alguna utilidad para los que están en las perplejidades y trabajos del comienzo o del camino.

Quiero pues referirme a bienes humanos fundamentales que me han sido dados principalmente por vía de la universidad. Hay dos advertencias previas que hacer. Al hablar de bienes recibidos, sería de elemental justicia mencionar a las personas por cuyo intermedio me llegaron, pero como ellas son muchas y no quiero correr el riesgo de olvidar a nadie he preferido omitir todo nombre. Y en segundo lugar, que para hacer una exposición ordenada me he inspirado en las ideas de John Finnis sobre los bienes naturales.

El primero es el bien del conocimiento, y conocimiento de la verdad.

Muy luego en mi vida universitaria pude sentir que me llegaba, viniendo de algunos profesores así como de compañeros y amigos, una invitación a saber. Aun cuando yo no me diera cuenta cabal, ese amable llamado era un bien central de la universidad.

Andando el tiempo me interesé por las ciencias naturales, pero al mismo tiempo sentí la necesidad de situarlas dentro del conjunto de las actividades de mi espíritu. Por mucho que me fascinara la ciencia, tuve siempre resistencia a la postura de quienes la miraban como el único camino seguro del conocimiento. Me parecía que la tarea propia de la razón, a la cual la universidad colaboraba, era justamente la de medir todas las actividades del espíritu y ubicarlas en el horizonte del pensamiento y de la acción. Llegué a darme cuenta de que el conocimiento en todas sus modalidades, es un bien necesario, indispensable para el hombre, y ello no por los beneficios que de él se puedan derivar, sino por la plenitud que significa. Y creo, por supuesto, que si nos gusta conocer, si nos sentimos mejor cuando conocemos que cuando ignoramos o confundimos, ello es porque sabemos que en cada cuestión existe algo que tratamos de alcanzar y que se llama la verdad. Mis primeros pasos de investigador, en los años cincuenta, se dieron como a tientas, sin preparación ni orientación suficientes, no solo en los aspectos propiamente científico-naturales, sino en los de sus marcos conceptuales. Tal como les ocurrió a muchos médicos y aprendices de científicos de entonces, era inevitable que mis ideas estuvieran fuertemente marcadas (sin saberlo yo, por cierto) por la noción de la “máquina del cuerpo”, gran legado de René Descartes. «Supongo que el cuerpo no es otra cosa que una estatua o máquina de tierra, a la que Dios forma con el propósito de hacerla tan semejante a nosotros como sea posible, de modo que no solo confiere al exterior de la misma el color y la forma de todos nuestros miembros, sino que también dispone en su interior todas las piezas requeridas…».

Esta idea nació en la perspectiva de la filosofía mecánica del siglo XVII, la cual prescindía del conocimiento de las esencias; excluía todas las causas no materiales; privilegiaba la exacta descripción de los mecanismos naturales, y descartaba cualquier noción de “para qué”, de finalidad, en los objetos de la naturaleza. A mí no me atraía la filosofía de la naturaleza, sino la ciencia y me instalé con pocas reservas dentro del marco conceptual trazado por Descartes, por mucho que la negación de una adaptación finalista en los seres vivientes me parecía contraria a la experiencia básica de la biología. Por lo mismo, experimenté una sensación de verdadera maduración personal cuando el contacto con otros investigadores me abrió a las implicaciones de la selección natural y me mostró que había una explicación mecanicista razonable para la disposición finalista y ordenada de la naturaleza viviente. La evolución orgánica me resultó indispensable en la comprensión de los temas experimentales que me ocuparon por largo tiempo en mi investigación. Como hombre de laboratorio, yo me sentía también muy ligado al mundo de la ciencia-tecnología, el cual no deriva tal vez tanto de Descartes como de su gran contemporáneo, Galileo, y de la genial capacidad anticipatoria de hombres como Francis Bacon.

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En esta aproximación, la verdad es lo que se comprueba en el experimento, y este enseña la manera de manejar una parte de la naturaleza, de tal modo que la tecnología viene a ser como un gran experimento exitoso. Ningún investigador puede negar la enorme utilidad que tiene esta noción. Pero su extensión a toda la realidad me parecía llevar a conclusiones inconsistentes. Todo el mundo sensible sería elaborable por la técnica, pero aquello cuya condición básica es ser elaborable es la materia, con lo que se llega a una forma de materialismo que no consiste tanto en la afirmación de que todo sea materia, como en la de que todo es «material» dispuesto para la elaboración. La posición del hombre me parecía radicalmente confusa: al mismo tiempo agente de la elaboración consciente y material objeto de esta. Siguiendo en la vía de la filosofía mecánica, esta universalización de la validez del método experimental eliminaba los “agentes libres”, al hombre en primer lugar y luego a Dios.

Años después, al preparar un curso de Bachillerato, me encontré con que el propio Descartes había planteado una perspectiva científica algo distinta, y que sigue teniendo notable actualidad.

La idea de la «máquina del cuerpo» aparece introducida principalmente en el «Tratado del Hombre» dentro de un conjunto de escritos de los cuales el primero, en cierta forma introductorio, es el “Tratado de la Luz”. Era allí donde en 1629 escribía Descartes:

“Pensad pues que vuestro pensamiento por un breve tiempo salga fuera de este mundo, para acceder a otro totalmente nuevo, que yo haré nacer en su presencia en los espacios imaginarios…”.

Sigue un largo y apasionante desarrollo donde el pensador se imagina a Dios creando la materia y dotándola de las leyes de su movimiento. Ese mundo fingido tiene esto de particular, que él se ajusta al pensamiento humano: no se introduce en él ninguna cosa cuya noción no sea «clara y distinta», de modo que su conocimiento pueda ser perfectamente verdadero.

En ese mundo no puede existir nada que no esté determinado por el juego de las leyes de la naturaleza. No existen ni espontaneidad ni libertad. El hombre mismo es sustituido por un autómata, la “máquina del cuerpo” tal como sería explicado en el “Tratado del Hombre”, y el mismo Dios no tiene otro papel que el haberle dado inicio al movimiento.

No es posible desconocer que el mundo así imaginado es el tipo del “modelo” en ciencia, o sea, un mundo reducido y simplificado donde solo existen entidades cuyo comportamiento esté claramente definido. Con el tiempo, el mundo o modelo concebido por Descartes ha sufrido modificaciones, complicaciones y agregados, desde la introducción de la “acción a distancia” en el siglo XVIII, hasta el rol de la información en la genómica.

Pienso incluso que hay huellas de esta forma de modelo en ciencias muy distantes, como por ejemplo la concepción de la sociedad que fue adelantada por Niklas Luhmann de un sistema autopoyético de comunicaciones, en el cual los elementos psíquicos conscientes —los “agentes libres”, diría yo— no forman parte del sistema social, sino de su entorno. Cualquiera que fuera la complicación del modelo, él necesitaba en forma inexorable la exclusión de los “agentes libres” y esta no genera problemas insuperables mientras sea claro que se está tratando con un mundo imaginario.

El éxito enorme del modelo así como sus complicaciones y agregados posteriores pueden tentar a pensar que ese mundo imaginado es el mundo real, y a negar también en la realidad la libertad que se había suprimido en la ficción. Ese fue el camino que siguieron el racionalismo y el materialismo en su paso a transformarse en “filosofías oficiales” de la ciencia, y darle carta de ciudadanía entre otras cosas a un determinismo que crea más problemas que los que resuelve.

Así hoy todavía, para dar un ejemplo sacado de entre muchos otros.  

En un debate recién publicado en NewScientist, Simon Blackburn de Cambridge decía que “es insostenible la idea intervencionista de la libertad (‘free will’) de que el ‘yo’ real pueda meter su dedo y cambiar la dirección del cuerpo-cerebro”.

Me interesa aquí destacar que la idea muy difundida de que el “avance de las ciencias” es el que ha ido desterrando las ideas de Dios y de la libertad humana —los que he llamado “agentes libres”— expulsándolas del mundo del hombre moderno, no parece sostenible. Lo que parece desprenderse de lo que estoy desarrollando aquí es que el mundo sin “agentes libres” es producto de una decisión previa, contemporánea con los inicios de la ciencia moderna, e introducida como un recurso de estudio o pensamiento, no necesariamente como una realidad.

El mundo imaginario de Descartes imita a una realidad objetiva, externa al espíritu humano, y el mundo material del experimentador trabaja con ella. Pero esto sugiere que las ciencias naturales no constituyen un terreno en cierta forma “absoluto” desde el cual se pueda juzgar de la validez de cualquier aproximación de la mente humana, sino que son más bien un mundo brotado de una decisión, un mundo escogido por el hombre, cuando busca el indudable bien de conocer y utilizar todos los mecanismos de la naturaleza sensible. Cada vez que el hombre opta por seguir el camino de la ciencia, se decide a poner entre paréntesis —a olvidar— la existencia de agentes libres. La ausencia de estos no es ningún resultado del avance científico, sino más bien de una opción metodológica.

Casi treinta años después de mis comienzos como investigador, un encuentro casi fortuito con un grupo de estudiantes que se tradujo en un breve curso y un librito sobre historia de la teoría celular me llevó a interesarme sistemáticamente en la historia de las ideas en biología. Me di cuenta de que por mucho que el mecanicismo pareciera haberse adueñado de la finalidad biológica, permanecían en pie las mismas paradojas que habían acompañado el auge del idealismo en biología. Cuando el hombre estudia la vida, ¿cómo puede ponerse como observador frente a lo observado, en circunstancias que él, su pensamiento y su acción son parte de la misma vida que observa? Esa era una vieja cuestión, y había sido como el nudo de una áspera polémica entre el famoso fisiólogo Albrecht Haller y Goethe, y a pesar del optimismo de algunos sigue siendo la piedra de tropiezo, en forma de lo que llaman los anglosajones “the mind-body problem”.

A mí me parece que la ciencia —sea en su aproximación experimental, sea como modelo rigurosamente estructurado, y más cerca de Haller que de Goethe— trae una cierta forma de toma de distancia frente a la realidad, y no puede sustraerse a ese sino.

Cuando Daniel Dennet afirma que “solo una teoría que explicara los eventos conscientes en términos de eventos inconscientes, podría explicar la conciencia”, lo que está diciendo es que para explicar la más fundante de las experiencias, hay que resignarse a dejarla de lado, y uno no puede sustraerse a la idea de que para mantener la aproximación científica está armando un mecanismo y dejando postergada cualquier otra dimensión de la realidad. Por eso no me dan tampoco confianza versiones del llamado “principio antrópico”, ni siquiera cuando son propuestas por físicos tan ilustres como Weinberg, cuando dice que bajo determinadas condiciones, “…sería razonable inferir que nuestra propia experiencia juega un rol importante en la determinación de por qué el universo es como es...”.

El discurso de la ciencia es un sistema clausurado, desde el mismo momento en que incorporó a algunos agentes y excluyó a otros, y no se puede introducir de nuevo a los excluidos sin destruir el sistema. Lo que no está clausurado es el espíritu humano que originó y sostiene a la propia ciencia, que no puede ser integrado a ella, sino que la mira como un observador inmensamente rico en perspectivas alternativas. 

La forma de pensar de la ciencia natural, ligada al esclarecimiento de los mecanismos, se da yuxtapuesta a otras formas de pensamiento que no tienen nada que ver con estos, como son el pensamiento histórico o filosófico. De hecho, forma parte de la condición humana que algunas de las proposiciones más universalmente tenidas por verdaderas no tienen comprobación científica posible. Aunque hoy día se siente —especialmente en el mundo anglosajón— una renovada tendencia a reducir el pensamiento seguro a pensamiento del tipo científico natural, creo por el contrario que la pluralidad de aproximaciones a la realidad es un hecho indesmentible y en el fondo expresión de una gran riqueza.

Esta manera de ver es más realista a la hora de considerar al ser humano. Antes de ser un objeto entre los objetos, o el resultado de la acción de mecanismos naturales, este es la puerta de entrada y el origen de todo conocimiento. Es el pensamiento humano el que toma decisiones sobre su aproximación a la realidad. El alma humana es en cierta forma todas las cosas. El ejercicio más propio de la razón consiste en regular la forma de conocimiento, y comprender en cada caso el alcance y los límites del saber que se busca. El pensamiento no es pasivo, sino activo y él no persigue un concordismo estéril, sino una unificación existencial de todas las formas de conocimiento para la plena expresión del ser humano.

Siento que todo este vagabundeo de muchos años me ha hecho progresar en algo, pero no tengo la pretensión de haber resuelto mis problemas iniciales, sino a lo sumo de habérmelos reformulado con mayor claridad. Me ha valido, sin embargo, la pena porque me ha mantenido en búsqueda y porque cada experiencia verdadera de conocimiento es la experiencia de un bien por el que vale la pena vivir. Esa búsqueda, y los hallazgos logrados, por humildes que parezcan, han sido para mí esenciales en la configuración del sentido de mi acción universitaria.

La multiplicidad de aproximaciones y la valoración crítica de ellas recuerda lo que era el sentido de la Facultad de Artes, núcleo de la universidad medieval, donde el conocimiento abarcaba desde la naturaleza sensible hasta el conocimiento natural de Dios, y se desarrollaba bajo el alero de la “filosofía”, ambiciosa denominación que cubría un ancho campo de saber humano y que era el orgullo de la universidad. Esta no se preciaba de su contribución al poder o a la fuerza de los reinos, sino de que mantenía en su seno un “estudio” —un cuerpo o conjunto de estudiosos y un conjunto de saberes— como lo describía orgullosamente Guy de Bazoches en el siglo XIV, en el Cartulario de la Universidad de París: “En esta isla de reyes (la isla del Sena, donde se alza la Catedral de Notre-Dame) puso su trono desde tiempo antiguo la filosofía acompañada únicamente por el estudio”. “In hac insula regale sibi solium ab antiquo filosofia collocavit… solo comie contenta studio”.

Por mucho que el mundo haya cambiado, estoy convencido de que si la más compleja de las universidades de hoy no quiere anularse y destruirse, ella debe dejarse empapar por el convencimiento de que el saber, el conocimiento, la verdad, son los mayores de sus bienes, el más genuino de sus tesoros.

No quisiera dejar pasar esta ocasión sin mencionar aunque sea muy brevemente otros bienes de aquellos que me llegaron por la universidad, y que transformaron mi vida, bienes que llegaron a mí como experiencias modestas pero a los que reconozco hoy como bienes humanos fundamentales.

En primer lugar, mi vida aquí en la universidad habría sido muy distinta si no hubiera tenido la experiencia continuada de la belleza. Ya antes de llegar a estudiar aquí, yo sabía —este conocimiento me lo había abierto un pequeño microscopio de bolsillo, regalo de mi padre— que los objetos naturales esconden imágenes de fantástica hermosura. No he conocido un gozo estético mayor que el que me brindó la observación microscópica, desde los preparados más corrientes, hasta llegar al día en los años cincuenta en que el microscopio electrónico desplegó ante mis ojos deslumbrados regiones hasta entonces desconocidas para el hombre, si me atreviera a pedir prestada una frase de Galileo, “cosas nunca vistas” “cose mai viste”. Difícilmente olvidaría la conmoción interior cuando logré atisbar las superficies ocultas de las células con toda la graciosa riqueza de su dibujo, y sentí en ese mundo de lo infinitesimal, la arrebatadora belleza de las formas vivientes.

He amado la contemplación de esa belleza, he llegado a ver en esa experiencia uno de los bienes de la vida, y reconozco hoy día que el haber hecho de ella parte de mi existencia cotidiana de trabajo es algo que llegó como un regalo por medio de la universidad.

En seguida reconozco otros bienes que hoy día me parecen haber formado parte del tejido mismo de mi vida. Tuve un trabajo que era como un juego. Como el juego de un niño, mortalmente serio y concentrado, en cierta forma perfectamente inútil, pero en el que estaba puesta mi vida. Trabajo que era juego, juego que era trabajo, que producía ciertamente objetos muy perfectos con la técnica microscópica, pero cuyo más profundo efecto era la experiencia interior que de él brotaba. Minuciosa tarea de perfección que me enseñó el valor de la “cosa bien hecha”.

De entre los bienes que me trajo la universidad tengo luego que evocar a las formas variadas y siempre enriquecedoras de la amistad. Creo que no son pocos aquellos que tomaron algún grado de conciencia de que con mi vida y mis actos quería sostenerlos y promoverlos a ellos. Y son innumerables los que me han sostenido y promovido a mí. Entre colegas; con profesores; con estudiantes, se genera un modo de sociabilidad en el que nos sabemos mutuamente interdependientes y nos alegramos de ello. Esta forma de vida amistosa, en la que uno espera confiadamente del otro y en la que resulta natural ser generoso, está en la perspectiva de la amistad, de la que dijo el filósofo griego que es “lo mejor de la vida”. Esa perspectiva de que tenía muchos amigos —aun desconocidos— se me fue haciendo evidente en quince años de rector durante los cuales recibí ayuda y comprensión generosa de tantos y pude por mi parte ejercer esa feliz entrega al bien de otros por la cual, en un espacio de quince años, no hubo casi una jornada que yo pudiera llamar mía.

Y ya que estoy hablando del bien de la amistad llegado por vía de la universidad, de una institución, me parece oportuno mencionar que mi vida fue cambiada por otra institución, por el matrimonio, generado por el amor, y fuente y defensa él mismo de una entrega de amor irrevocable.

El conocimiento, la experiencia de la belleza, el juego y el trabajo, la amistad, no son cosas triviales. Son bienes fundamentales en cuyo contacto el propio ser de uno se endereza, se despliega y florece. Esta puesta en acción, este florecimiento del propio ser es la naturaleza humana. Los grandes bienes que pobremente he intentado esbozar son bienes de la naturaleza humana.

Y no es simplemente una casualidad feliz que yo haya venido a recibir la luz de esos bienes en la universidad. Porque esta institución surgió hace siglos ordenada según un conjunto de bienes naturales, para preservarlos para la sociedad, para mostrarlos, para atraer hacia ellos. Hoy día entre nosotros, esta idea de la universidad como custodio, promotor y testigo de altos bienes humanos, parece un anacronismo. Hay hasta un verdadero miedo a declarar que existen bienes humanos, que no dependan del placer, del arbitrio, del poder, la ambición, la competencia o el provecho. Y estando la sociedad tan profundamente perpleja, no es raro que se esté desechando en la práctica la idea misma de una institución universitaria, y que lo profundo de sus fines de perfeccionamiento humano, sea sustituido por declamaciones vacías sobre la “excelencia del quehacer académico”, sobre el “pluralismo” o “la eficiencia”. Me duele la trivialización a la que asistimos sobre los fines y sentido de la universidad. Nos estamos olvidando de que la Universidad no es una oficina pública ni una empresa comercial. Ella no se genera por la simple decisión de particulares ni por disposición gubernativa. Es una institución generada por la sociedad para recibir el influjo de los que saben, y no puede subsistir si en la sociedad se pierde la conciencia de los bienes que la universidad defiende y representa.

Antes de terminar quisiera hablar en esta tarde de un ensanche en el orden del conocimiento, de la apertura para mí de un nuevo horizonte que yo había descuidado. Ella se inició cuando Su Santidad el Papa me llamó a la Pontificia Academia Para la Vida y se me impuso así el deber de pensar en las implicaciones éticas de las ciencias biomédicas.

No hace muchos años que las consideraciones éticas parecían enteramente marginales respecto del desarrollo de las ciencias. No solo las “respuestas” de las ciencias eran éticamente neutras, sino que también lo eran las “preguntas”. Pero en los últimos cincuenta años se ha hecho evidente que la sola investigación científica confiere tal poder que se impone con urgencia la pregunta por el sentido del ser y del saber humano. En medio del mundo homogéneo de la materia elaborable o del mundo algo fantasmal de los modelos, se hace evidente la presencia de uno que es alguien y no algo, que es parte del mundo material, y está sujeto a su devenir, pero que al mismo tiempo se halla en el origen de esas propias leyes que descubre. Cuestiones y preguntas de ontología y de ética que parecían apagadas vuelven bruscamente al primer plano.

No olvidemos que lo que define nuestras vidas son nuestros actos, lo que hacemos. Y ya sugería que la incorporación del saber no es una recepción pasiva, una especie de fotografía, sino una acción, un acto múltiple y complejo cuyo ejercicio debe ser guiado por la racionalidad práctica. La ética es la consideración razonada de las decisiones humanas, de ese punto en el que se unifican el saber y la acción. La apertura hacia la ética es la apertura hacia las condiciones de la vida buena.

La ética regula los actos y las decisiones del hombre, y juzga de su “para qué”. En la ética la cuestión del conocimiento mano se toca con la de la felicidad.

Pienso que hablar hoy de “felicidad” —incluso arriesgarse a ello dentro de los estrechos límites de nuestro propio Chile— entre tantos horrores, villanías y mentiras que ensucian el mundo de inteligencia y de belleza que puede el hombre construir, parece un contrasentido.

Pero la historia tiene lecciones. Permítanme un breve recuerdo de una empresa educativa anterior todavía a la institución universitaria.

Quiero evocar los finales del siglo VIII. Europa había sido despedazada, estaba rodeada de enemigos poderosos e implacables. La vida humana era precaria, la cultura parecía desintegrada. Un pensador y pedagogo, el monje Alcuino de York, llamado por Carlomagno, dejó entre muchas obras un tratado de gramática, escrito en forma de diálogo entre el maestro y los discípulos. Pobres discípulos, estudiando gramática elemental en un mundo de hierro y de miedo. En el libro, los alumnos —alumnos de gramática— interrogados por el maestro sobre el sentido y objeto de su empeño de estudiantes responden: “felicitatem quaerimus” “buscamos la felicidad”. Los que aun sin saberlo, estaban echando las semillas de Europa creían en la felicidad y la ligaban a la experiencia de saber, de aprender. ¿Cuántos son los que hoy entienden que su saber, su ciencia, su técnica, son mucho más que lo que le parecen, no son meros triunfos, o adelantos, son ventanas a la felicidad?

Es importante acordarse de los grandes bienes de la naturaleza humana, porque ellos son —creámoslo o no— la puerta de la felicidad que los trasciende y los sostiene. Esta experiencia humana lleva a tocar otra realidad que nos origina y con referencia a la cual quisiera concluir. David Lodge, el cáustico crítico del catolicismo inglés, escribía que “en algún momento de los años sesenta los hombres dejaron de creer en el infierno”. No digo que no sea así, pero más importante y estremecedor es que en algún momento los hombres dejaron de creer en el cielo, dejaron de creer que los actos pequeños de la vida tienen dimensión de eternidad y que los bienes auténticos que podemos gustar son reflejo y anticipo de una inimaginable plenitud. Y sin embargo, es bueno, es necesario, que el hombre busque resueltamente la felicidad. Y yo pienso que la principal razón por la cual los bienes naturales o la felicidad tropiezan con tanto escepticismo, es la percepción —bien correcta— de que ellos no nos son debidos ni son conquistas nuestras, sino que son un Don, y reconocerlos como tales nos plantea la cuestión decisiva de reconocer al Donante.

Casi al inicio de la regla benedictina se escucha la voz del Señor que pregunta: «“¿Quién es el hombre que quiere la vida y desea ver días buenos?”. Y a la respuesta “yo”, contesta, “apártate del mal y haz el bien; busca la paz y síguela”».

Esa lección escuché del Monasterio Benedictino de Las Condes, sitio que fue para mí de enseñanza sobre los bienes verdaderos de la vida. “Apártate del mal y haz el bien”, es como el sello de Dios en nuestros actos, es el principio de la tan combatida y mal entendida “ley natural”. “Busca la paz y síguela” es la exhortación a buscar todos los bienes en orden, de modo razonable.

La vida que estamos llamados a vivir se labra en la búsqueda de los bienes que nos están prometidos, búsqueda que se desarrolla en la alegre anticipación de lo bueno, a pesar del dolor y frustración de nuestras propias debilidades y traiciones, en la confianza serena de los hijos de Dios.

Es una vida riquísima de caminos abiertos a la realidad, y en la cual —por grandes que sean los altibajos— el sentimiento primero, el que todo lo domina, es el de acción de gracias.

Lo dice el Salmista:

«Gracias te doy de todo corazón, Señor Dios mío, daré gloria a tu nombre por siempre, pues grande es tu amor para conmigo, tú has librado mi alma del fondo del abismo».

Y con esto termino.

He querido, aquí, en este sitio donde he recibido tantas lecciones sobre los bienes de la vida buena, hacer de ellos una pobre evocación ante ustedes que representan hoy a toda la larga compañía de quienes me enseñaron a vivir.

Me han hecho Doctor Scientiae et Honoris Causa, y esa distinción la agradezco con el alma. Pero así y todo tengo que decir que no ha habido mayor honor que el de servir entre ustedes, ni tengo una ciencia mayor que aquella que por espacio de sesenta años ustedes y los que vinieron antes que ustedes me han hecho aprender y gustar.


Sobre el autor

Nacido en Santiago de Chile el 18 de mayo de 1925. Cursó sus estudios básicos en el Colegio de los Sagrados Corazones de Santiago. Médico cirujano por la Pontificia Universidad Católica de Chile en 1949. Realizó sus estudios de posgrado en el Instituto Cajal de Madrid. Posteriormente obtuvo las becas Rockefeller (1957) y Fulbright (1973-1974). Ha sido académico en la Facultad de Medicina y en el Instituto de Ciencias Biológicas de la Universidad Católica de Chile, siendo uno de los fundadores de la Facultad de Ciencias Biológicas de esta Universidad. Es miembro de número de la Academia de Ciencias del Instituto de Chile desde 1984. Fue rector de la Pontificia Universidad Católica de Chile entre 1984 y 2000. De 1994 a 2004 fue presidente de la Academia Pontificia para la Vida, segundo en ocupar este cargo después del profesor Jérome Lejeune. Le fue concedido el Doctorado Scientia Honoris Causa por la Pontificia Universidad Católica de Chile el año 2002. Es miembro del Comité Editorial de revista Humanitas desde su fundación


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