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Lo dijo el Padre Hurtado

Editores: Samuel Fernández y María Ester Roblero
Ediciones El Mercurio, Santiago, 2018, 232 págs.


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Es conmovedor leer las columnas periodísticas del Padre Hurtado compiladas por primera vez en este libro. Primero, por la crudeza con que san Alberto describe a nuestro Chile de los años 40. Y luego, porque comprobamos que, aunque hayan pasado más de 70 años desde su muerte, muchos de los problemas que describe siguen aquí.

El libro logra abrirnos los ojos a otro hecho no siempre considerado: el Padre Hurtado vivió solo 16 años de su vida adulta en Chile, entre 1936 y 1952, cuando murió con apenas 51 años de edad. Pero en ese fructífero período publicó diez libros, recorrió Chile dando retiros, ejercicios espirituales y conferencias; construyó el noviciado de los jesuitas en el pueblo de Marruecos (que hoy lleva el nombre del Padre Hurtado), creó el Hogar de Cristo, la ASICH y la revista Mensaje... En medio de esas trabajadas jornadas, escribió estas numerosas columnas periodísticas en los principales diarios y revistas de su época: El Diario Ilustrado, El Mercurio de Santiago y de Valparaíso, revista Margarita, revista Ercilla, además de las publicaciones internas de la Acción Católica y más tarde el Hogar de Cristo.

La recopilación de este material comenzó bajo la coordinación del Padre Samuel Fernández en la Universidad Católica en 1999. La edición de “Lo dijo el Padre Hurtado” estuvo a cargo de María Ester Roblero este año 2018. Su mayor mérito radica en la organización de las columnas de modo no cronológico, dando cuenta así de las preocupaciones de san Alberto a su regreso a Chile.

En el primer capítulo se presentan las columnas y entrevistas que reflejan su experiencia en la Europa de entreguerras donde estudió hasta convertirse en jesuita; en el segundo, aquellas columnas que describen con exactitud y desgarro la situación de Chile; en el tercero, aquellas publicaciones en que relata historias de miseria y dolor; en el cuarto, una serie de escritos en que urge a solucionar el drama de la niñez abandonada y la adolescencia vagabunda; el quinto y el sexto reúnen crónicas y entrevistas acerca de dos de sus grandes obras:

el Hogar de Cristo y la ASICH (Acción Sindical Económica y Chilena) y donde rompe el paradigma caridad/limosna para alzar el de caridad/justicia social. Por último, en el séptimo capítulo, se reúnen escritos sobre su apostolado con jóvenes, la predicación del evangelio de la mano de Cristo Pobre y bajo la protección de María.

Uno de los capítulos más impactantes es el 4, titulado “Extrema urgencia en Chile: Los jóvenes vagabundos”. Las columnas allí reunidas demuestran que el Padre Hurtado comprendió muy temprano que el problema de la delincuencia juvenil tenía como raíz el abandono de los niños. Relata cómo al recoger a muchachos casi desnudos debajo de los puentes para llevarlos al Hogar de Cristo, se enteraba que el 95% de ellos había sido detenido alguna vez por carabineros.

El Padre Hurtado reconocía en sus columnas los intentos del gobierno por solucionar este drama, pero discrepaba de sus estrategias y reclamaba porque no se tomaban en cuenta las iniciativas privadas. Todo lo que escribe refleja que se había preparado mucho sobre este tema: en 1935 había recorrido numerosas instituciones sociales europeas y en 1945 visitó “La Ciudad de los Niños”, fundada a comienzos de siglo por el sacerdote Edward Flannagan para reformar a niños y jóvenes delincuentes y abandonados. De ahí sacó la idea de las Granjas talleres que creó en Colina y donde puso en práctica lo que había visto y aprendido: priorizar el aprendizaje de hábitos, el desarrollo de habilidades y lo más importante para él, la voluntad de los adolescentes.

También resulta sorprendente el Cap. 6, titulado “Fe y Justicia: Mi deseo más ardiente”. El Padre Hurtado nació con el siglo XX, el año 1901, 10 años después que el Papa León XIII escribiera la primera Encíclica Social, Rerum novarum, en 1891, sobre los derechos sociales de los trabajadores. En 1920 un joven Alberto Hurtado supo del surgir de Lenin y después en 1938 de León Trotsky. En este contexto histórico sus columnas reflejan su determinación en 1947 por llevar el mensaje cristiano a los obreros y empleadores. Y que su motivación al fundar la ASICH no fue otra que promover la doctrina social de la Iglesia Católica en Chile.

“Lo dijo el Padre Hurtado” es un libro de enorme valor histórico. Pero su gran aporte a los lectores es que logra corregir el recuerdo que debemos tener de san Alberto. Estas columnas nos lo muestran como viajero, post graduado, políglota, emprendedor, innovador… y por supuesto, como un hombre de gran fe que llegó a los altares.


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