La continua permanencia de leyendas sobre Chesterton presenta un problema similar al crítico que trata de evaluar la obra de Chesterton como educador. Todavía existe un Chesterton legendario que parece muy diferente del Chesterton que se revela en las biografías y los estudios sobre su persona. De hecho, hay una buena cantidad de Chesterton legendarios. Y sin embargo, cada uno de los Chesterton legendarios es un repositorio de verdades valiosas.

Se lo ha descrito a Chesterton como uno de los más grandes apologistas cristianos de la era moderna. Bernard Shaw lo llamó también «un genio colosal». Pero ser genio trae aparejado ciertas dificultades, y una de ellas es la manera en que se forman leyendas contradictorias alrededor de una persona genial. Y sin embargo precisamente este proceso de creación de la leyenda es en sí mismo significativo. Como lo ha señalado un crítico recientemente, las leyendas deben ser respetadas porque son «la manera ordinaria de expresar las manifestaciones del genio de ciertas personas que no pueden ser descritas en términos ordinarios.» El mismo Chesterton era consciente de que alrededor de su persona se habían formado leyendas que competían entre sí. Tenía muy en claro la diferencia entre su yo legendario y su yo privado, que experimentaba sentimientos de culpa y ansiedad. Escribiendo a su mentor, Ronald Knox, en el momento de crisis que precedió a su recepción en la Iglesia Católica en 1922, Chesterton comentaba la diferencia entre su yo público seguro, por una parte, y su yo privado y real por la otra:

Estoy en un estado de ánimo en el que me siento un monstruoso charlatán, como si llevara una máscara y estuviera relleno con almohadones, cada vez que veo algo acerca del Chesterton público; me duele, porque a pesar de que los puntos de vista que expreso son reales, la imagen es horriblemente irreal comparada con la persona real que necesita ayuda precisamente ahora. Tengo tanta vanidad como cualquiera acerca de esos éxitos superficiales mientras ocurren, pero nunca sentí ni por un momento que afectaran la realidad de si estoy totalmente corrompido o no; de manera que cualquier comentario público acerca de mi posición religiosa me resulta como el viento en el otro extremo del mundo; como si trataran de otra persona –como de hecho lo hacen. No me preocupa un hombre grande y gordo que aparece en los escenarios y en las caricaturas, aún cuando disfruta las controversias desde lo que y creo que es el lado correcto. Me preocupa en qué se ha convertido un niño pequeño al que su padre entretenía con un teatro de juguete, y un chico de escuela del que nadie oyó hablar… y toda la mórbida vida de la mente solitaria de un ser viviente con el cual he convivido. Es esta historia, que tan a menudo está a punto de terminar mal, la que quiero que termine bien.

La continua permanencia de leyendas sobre Chesterton presenta un problema similar al crítico que trata de evaluar la obra de Chesterton como educador. Todavía existe un Chesterton legendario que parece muy diferente del Chesterton que se revela en las biografías y los estudios sobre su persona. De hecho, hay una buena cantidad de Chesterton legendarios. Y sin embargo, cada uno de los Chesterton legendarios es un repositorio de verdades valiosas. La obra de la crítica, por lo tanto, no es destruir tales leyendas, sino descubrir su significado subyacente. Esas leyendas tienden a dominar la imaginación pública durante un tiempo y luego desaparecen abruptamente. Además, cada leyenda, mientras es dominante, pretende proveer la única verdad auténtica sobre el escritor; y cada leyenda, mientras perdura, borra la memoria de imágenes legendarias anteriores e igualmente válidas, que expresan verdades igualmente valiosas acerca del escritor de genio. En esas circunstancias, existe el peligro de que las afirmaciones acerca de un escritor y el intento de definir su significado se conviertan en una suerte de duelo entre leyendas vívidas pero aparentemente contradictorias acerca de su persona.

Al menos dos leyendas importantes acerca de Chesterton como maestro existieron durante su vida. Cada una de ellas lleva en sí valiosas verdades sobre el escritor real, verdades que quizás eran más manifiestas para el público en general que para el tímido y humilde Chesterton, que no podía reconocerse en las figuras idealizadas que sus admirativos lectores parecen haber creado. El primero de esos maestros legendarios es el que existía en el momento de la muerte de Chesterton el 14 de junio de 1936. Este maestro era el gran apologista y portavoz del Cristianismo. Era el polemista católico que mantenía controversias aparentemente interminables con el Dean Inge, el Obispo Barnes y el Profesor Coulton, tanto como otras discusiones mucho más relajadas con enemigos amistosos, tales como Bernard Shaw y H. G. Wells. Algunas de estas controversias religiosas se materializaron en reuniones y debates públicos; otras fueron emitidas por la BBC. Las charlas de Chesterton se convirtieron en una característica regular y popular de la radio de los primeros años de la década del treinta. En esas charlas y en los debates con Shaw y Bertrand Russell, o simplemente consigo mismo, mientras analizaba en la radio libros y acontecimientos del día, se fue forjando la leyenda pública sobre Chesterton como un maestro que era principalmente un polemista. Algunas de sus más importantes obras se originaron en tales debates. The Everlasting Man (1925), por ejemplo, es, en cierto sentido, por lo menos, simplemente la respuesta a la versión irreligiosa de la historia que H. G. Wells había presentado a una vasta audiencia popular en los primeros años de la década del veinte, en su Outline of History.

Sin embargo, especialmente en las décadas finales de su vida, Chesterton el maestro era visto como un defensor doctrinario de la Iglesia, a medida que su reputación crecía entre los protestantes y en el creciente publico secular en su tierra, y en el extranjero y entre los lectores católicos. Los viajes triunfales de Chesterton por Irlanda, Polonia, Canadá y los Estados Unidos en los años veinte y en los primeros treinta, confirmaron la impresión pública de que era sobre todas las cosas un polemista. En 1930, por ejemplo, cuando fue a Canadá, la visita fue promovida por un colegio católico, y se reunió en privado con el arzobispo católico de Toronto, con el gran filósofo católico Etienne Gilson y con la comunidad católica local de la Congregación San Basilio, quienes fueron sus anfitriones durante ese viaje. Los libros que escribió durante esos últimos años tendieron a confirmar la misma impresión pública de su rol como un maestro de religión. Los últimos volúmenes de historias del Padre Brown, por ejemplo, enfatizan las características doctrinas religiosas que dividían la minoría católica de la mayoría no católica entre la cual vivían.

Aun las circunstancias de la muerte de Chesterton se agregaron para reforzar la imagen pública de educador católico. Para la primavera de 1936, resultaba claro para todos que estaba envejeciendo, a pesar de que a los sesenta y dos años no era todavía en realidad un viejo. Su muerte repentina cayó como un golpe. Pero era cada vez más claro que nunca se había recuperado totalmente de las enfermedades del corazón y del riñón que casi habían provocado su muerte en el otoño de 1914. Esa enfermedad, con su drama de meses en coma, había constituido un acontecimiento nacional. La enfermedad terminal fue un acontecimiento más doméstico y más católico. Durante los últimos años de su vida, las fotos suyas que aparecían en los periódicos eran principalmente fotos de sus visitas a escuelas y hospitales católicos. Una reciente biografía muestra una típica fotografía de un Chesterton de aspecto muy enfermo rodeado por religiosas en la inauguración de un hospital católico en Beaconsfield. Cuando murió, se enfatizaron los aspectos católicos de su muerte. Maisie Ward señalaría que acababa de regresar de un peregrinaje a Lisieux, y que el telegrama de condolencias a su viuda del Papa Pío XI, describiéndolo como un «dotado defensor de la Fe», le confería el mismo título real que un papa anterior había dado a Enrique VIII. También se comentó la visita del Padre Vincent McNabb a su lecho de muerte. Se dijo que el Padre Vincent primero entonó la Salve Regina, como si fuera un fraile dominico, y que luego, viendo su pluma en la mesa de luz, y recordando el gran libro acerca de Santo Tomás que había escrito algunos años antes, la tomó entre sus manos y la besó.

Estas eran la clase de historias que ayudaron a confirmar una de las leyendas de Chesterton, el maestro de la verdad católica. También eran el tipo de historias que provocaron una violenta reacción frente a esa leyenda. Orwell, que siempre tuvo simpatía hacia algunas de las ideas políticas de Chesterton, y cuyos primeros escritos fueron publicados en su revista G.K.’s Weekly, solo estaba expresando una opinión común cuando describió a Chesterton como «un escritor de considerable talento, que eligió suprimir su sensibilidad y su honestidad intelectual para soportar la causa de la propaganda Católico Romana.» Tampoco esta situación legendaria lo ayudó por mucho tiempo entre sus hermanos católicos. A medida que transcurrían los años, muchos lectores católicos comenzaron a considerarlo con cierta incomodidad; él era el campeón de una minoría que estaba comenzando a resentirse de la necesidad de tal ayuda.

Sin embargo el más sorprendente efecto de la imagen de Chesterton como educador católico fue la manera en la que borró de la memoria una anterior e igualmente significativa imagen de él. Si Chesterton hubiera muerto –como casi sucede– en noviembre de 1914, sería recordado por una imagen pública muy diferente que la de un polemista católico romano. La imagen de un enfermo y envejeciente apologista católico de los veinte y los treinta obscureció otra imagen pública: la del wunderkind cuya meteórica ascensión a la fama en los primeros años del siglo lo convirtió en una de las más conocidas figuras literarias de su época. Porque fue el carácter literario e imaginativo de su obra lo más apreciado en esos años eduardianos; y fueron sus escritos literarios y de imaginación los que vertía con una abundancia casi inextinguible a sus lectores eduardianos. Durante esos años anteriores a la Primera Guerra Mundial, escribió las biografías de Browning y Dickens, y casi toda su crítica literaria sobre Dickens; su estudio crítico de Bernard Shaw; las mejores historias del Padre Brown; sus mejores obras en verso, incluyendo su más grande poema, The Ballad of the White Horse; todas sus novelas menos una, además de una aparentemente inagotable fuente de periodismo, tan vasta que aún hoy algunos de los mejores trabajos continúan escondidos bajo una docena o más de los oscuros periódicos en los que él amaba volcar su mejor y más ingeniosa prosa. No debe extrañar, entonces, que esos fueran los años de mayor influencia de Chesterton.

Pero mientras tanto, se iba formando lentamente una leyenda alrededor de su figura. La exuberancia y lo divertido del joven Chesterton fueron elementos decisivos en la creación de esta imagen pública. Había alcanzado lo que él mismo miraba como el signo más seguro de ser una especie de clásico: era citado por gente que nunca había leído su obra. Sus dichos se estaban convirtiendo rápidamente en proverbios. Todo el mundo conocía un chiste de Chesterton o una broma acerca de él. Era la delicia del caricaturista. Era uno de los pocos escritores reconocidos simplemente por sus iniciales. Se dijo que la fama de su artículo semanal firmado «GKC» en el Daily News de Cadbury, forzó a que se duplicara la tirada de ese diario en la edición de los sábados en la que aparecía su columna. En 1908 publicó dos de sus más brillantes autobiografías imaginativas: la novela The Man Who Was Thursday, tan exitosa como una ficción autobiográfica o como una meditación y recreación del Libro de Job; y un tratado filosófico personal, Ortodoxia, que cuenta la historia de su intento de inventar una nueva religión y subsecuente descubrimiento de que ya había sido inventada y se llamaba Cristianismo. «Yo no la hice», escribe. «Dios y la humanidad la hicieron y ella me hizo a mí.» En noviembre de 1911, en Cambridge, una audiencia de casi mil personas fue a escucharlo hablar en un club estudiantil sobre el futuro de la religión, y le oyó decir que la religión cristiana, que el mundo secularizado pensaba muerta, estaba por levantarse nuevamente de entre los muertos: «Personalmente creo que ganaremos», le dijo a su juvenil audiencia. En 1913, ante la insistencia de su amigo Bernard Shaw, escribió su primera obra teatral, Magic. Nuevamente se encuentran fuertes elementos autobiográficos en esta obra de imaginación, pero la pieza era también una extensión de la clase de debate público (acerca de la realidad de lo sobrenatural) que Chesterton amaba provocar, y que había estado manteniendo por años en las páginas de periódicos y revistas con escritores como Robert Blatchford, Belfort Bax y Bernard Shaw.

Y sin embargo este logro literario era sólo un aspecto de la reputación eduardiana de Chesterton como educador de la nación. La característica más querible de su imagen pública era el sentido en el que expresaba su profunda vocación y positivo compromiso con la vida de su época. Era como si la abundancia de su imaginación creativa, el generoso y hasta descuidado abandono con el que trabajaba en media docena de géneros literarios, y la risa y diversión que irradiaba de su obra fueran solamente signos exteriores de una cualidad interior que su público amaba aún más que cualquiera de su apresuradamente escrita decena de obras literarias que la expresaban. Era Chesterton al que amaban, más que cualquier libro, poema o ensayo de Chesterton en particular. El Chesterton eduardiano era la encarnación de lo que ellos valoraban más de sí mismos y de su tradición nacional. El joven periodista se había convertido en el repositorio de las esperanzas e ideales de sus lectores. Él expresaba para ellos el espíritu de una de las épocas más exuberantes desde los tiempos de Isabel I. Él encarnaba la energía, el optimismo y el espíritu eduardiano que más tarde iba a describir como «un universal hambre y hasta furia por la vida.»

También encarnaba los temores eduardianos por la amenaza a sus tradiciones cristianas. En su importante libro sobre Chesterton, el Profesor John Coates habla de una crisis cultural eduardiana. Señala que la gente para la que Chesterton escribió y en la cual descansaba su inmensa popularidad, era gente confundida en su interior. Ya no eran guiadas por las fuentes de la sabiduría cristiana, pero todavía no habían abandonado la tradición moral cristiana que habían heredado y que apenas podían entender. Intelectualmente curiosos pero solo superficialmente educados, estaban absorbiendo acríticamente las ideas ajenas e irreligiosas que transmitían la venenosa basura periodística que leían en esa la primera era del periodismo masivo. Sin embargo, al mismo tiempo y en los mismos diarios y revistas, también leían a Chesterton y saboreaban el alimento intelectual que les proveía, como una especie de antídoto contra ese veneno.

La fama legendaria de Chesterton en la era eduardiana estaba basada, en última instancia, en este papel de maestro moral y defensor de una tradición amenazada. Resulta apropiado que más tarde escribiera una pieza sobre el Dr. Johnson y que apareciera en un espectáculo teatral eduardiano disfrazado como ese gran moralista cuyo pensamiento era tan cercano al suyo propio. A pesar de que le gustaba argumentar, y era un formidable polemista, entendía que la enfermedad de la época no podía ser enfrentada solamente con argumentación. Se necesitaba algo más para limpiar la atmósfera moral colectiva de la época en la que vivía. Él y el grupo anglo-católico con el que trabajaba, entendieron que era inútil evangelizar individuos a menos de que se encontrara una forma de evangelizar la atmósfera moral que afectaba a esos individuos tan decisivamente como la atmósfera física en la que vivían. Chesterton vio que su vocación literaria era esencialmente pastoral. Como uno de los sabios victorianos a los que él tanto se parecía, veía la literatura como una forma de profecía. Las controversias con Robert Blatchford y Shaw, la escritura de Heretics y Orthodoxy y, por cierto, todos sus escritos durante esos años anteriores a la guerra, eran parte de un único esfuerzo para ejercer su influencia en la formación moral y religiosa de la nueva era que él sentía que estaba naciendo. Como iba a explicar más tarde en su conferencia del Centenario de Oxford en 1927, «La Cultura y el peligro inminente», era esencial entrenar las mentes de los hombres para que actuaran sobre la comunidad e hicieran del intelecto una fuente de creación y de acción crítica. Y desde que la mente colectiva que estaba tratando de influenciar era todavía en cierto sentido cristiana, su obra era esencialmente una obra de educación cristiana. En su Autobiography escribe acerca de la atmósfera religiosa de la época en un lenguaje profético: «Me ha sido acordado, por decirlo así, una suerte de visión general de todo ese campo de negación y tanteos y curiosidad. Y pude ver muy claramente lo que en realidad significaba. No había una Iglesia Teísta; no existía una Hermandad Teosófica; no había Sociedades Éticas; no existían Nuevas Religiones. Pero vi a Israel dispersada sobre las colinas, como ovejas sin pastor».

Aun sus aparentes limitaciones resultaron una ayuda para llevar a cabo esta inmensa tarea de educación religiosa. Devoto anglicano desde su casamiento con Frances Blogg, había estado en contacto con los teólogos anglicanos que estaban trabajando en estrategias para evangelizar la cultura inglesa. Chesterton habló y escribió para la Christian Social Union y para su periódico Commonweal, y para otras publicaciones menos afines, como Church Socialist Quarterly, Hibbert Journal y el periódico de A.R. Orage New Age. Era amigo de muchos de los teólogos sociales anglicanos, como Henry Scott Holland, el Obispo Gore, Charles Masterman y ese cristiano extremista, Conrad Noel. Aprendió mucho de ellos, y parece claro que ellos aprendieron mucho más de él. Parece no haber concurrido regularmente a los servicios religiosos anglicanos; nunca fue confirmado como tal, y en muchos aspectos su posición religiosa todavía tenía algo de la vaguedad del Unitarismo universalista liberal que caracterizó su hogar en la infancia. Pero si estas cosas eran debilidades, eran debilidades que lo convertían en una figura confiable y confortable para el público lector eduardiano vagamente religioso para el cual escribía.

Una ventaja adicional era que no estaba claramente identificado con ningún grupo religioso. Era un cristiano sacramental que podía hablar a protestantes evangélicos y a otros cristianos no sacramentalistas, sin resultar amenazante, porque no era católico romano. A través de sus escritos pudo formarse una posición religiosa que era más persuasiva porque parecía incluir en ella cada cosa buena que veía en la vida contemporánea. Era uno de los liberales que los católicos ortodoxos temían, pero era también uno de los cristianos católicos que eran perseguidos por los liberales. En su persona parecía incluir una genial amistosidad hacia puntos de vista aparentemente irreconciliables, y sin embargo, también se oponía vigorosamente a cualquier intento de diluir o transar en puntos de vista firmemente sustentados. Resulta de alguna manera típico de él que sus novelas pocas veces tienen un único héroe o un único punto de vista. Es como si él mismo fuera el héroe de sus primeras novelas. Él es Adam Wayne y Auberon Quin, los héroes de su primera novela The Napoleon of Notting Hill (1904); él es también Evan MacIan y James Turnbull, los héroes de su primera novela religiosa The Ball and the Cross (1910). Él es a la vez el fanático y el crítico del fanatismo, el extremista católico y el militante socialista hostil a tal extremismo. De alguna manera él es capaz de simpatizar con ambos lados de las más importantes cuestiones. Como la Iglesia que describe en Orthodoxy, acoge cada punto de vista y busca medios para reconciliar posiciones opuestas entre sí. Siempre su genio es inclusivo. Chesterton es la genial encarnación de una singularmente ecuménica clase de ortodoxia: «Cuando uso aquí la palabra ‘ortodoxia’ – escribe alegremente en el libro de ese nombre–, quiero decir el Credo de los Apóstoles, como fue entendido por todos los que se llamaban cristianos hasta hace muy poco tiempo, y la conducta histórica general de aquellos que sostenían ese credo.»

Su forma de escribir también confirma la leyenda eduardiana acerca de él como una especie de divertido y buen humorado maestro cristiano, que amaba usar el lenguaje críptico de la adivinanza y la parábola. Este lenguaje de la imaginación era para él un medio de descubrir verdades que resultaban inaccesibles a la razón discursiva. Educado como un artista en la Slade School, pocas veces ejercitó su habilidad profesionalmente. Y sin embargo, en otro sentido, todos sus mejores escritos son ejemplos de la obra de un artista profesional. Aún más, la preferencia por las imágenes y parábolas, está claramente conectada con su visión de la vida. En uno de sus primeros ensayos escribe: «Todos los hombres son alegorías, rompecabezas, historias terrenas con significados celestiales». Su visión imaginativa e inclusiva de la vida se expresaba a través de una práctica literaria que era a su vez imaginativa e inclusiva. El héroe de The Poet and the Lunatics explica: «Dudo que alguna de nuestras acciones sea realmente otra cosa que una alegoría. Dudo que la verdad pueda ser contada de otra forma que mediante una parábola». Así, todo era trigo para su molino periodístico. Estaba tejiendo un arte en pro de la vida, abierto a todo lo que estaba sucediendo en un mundo rápidamente cambiante. Como defensor de la tradición y como crítico de la modernidad, había encontrado, sin embargo, una manera de interpretar la vida moderna bajo una luz positiva como una revelación en marcha de verdades religiosas. Todo esto resultaba enormemente atractivo y tranquilizador para sus preocupados lectores. Lo que el Chesterton eduardiano estaba logrando era una obra que resulta difícil describir con un lenguaje ordinario; era un creador de parábolas que insistía que la propia vida es una parábola; era un enamorado de las leyendas, que, siendo una figura mayor, sólo podía ser descrito en términos legendarios. Para T.S. Eliot, era el hombre que mantenía con vida la minoría cristiana; para Gilson era «uno de los más profundos pensadores que han existido», y para el lector ordinario era simplemente «nuestro Chesterton».

El problema para los admiradores de la obra educativa de Chesterton, es la reconciliación de esas dos aparentemente contradictorias leyendas acerca de su personalidad de maestro. El campeón y apologista agresivo del catolicismo parece ser una persona totalmente diferente de la despreocupada figura eduardiana que parecía incluir en su persona cada punto de vista sin ser identificada con ninguno. El artista creador de parábolas con una incurable curiosidad y amistad hacia la variedad y la comedia de la existencia humana parece tener poco en común con el polemista religioso que discute interminablemente con los racionalistas liberales de los años veinte y treinta. Aun el periodismo de las últimas décadas de su vida parece diferente y algo más estrecho. Los artículos semanales en el Illustrated London News y una docena de otros periódicos y revistas que lo habían convertido en una parte importante del escenario cultural inglés, continuaron publicándose, pero el último Chesterton parecía dedicar cada vez más sus desfallecientes energías al apoyo de la Liga Distributista y a su periódico G. K.’s Weekly, que era el órgano de la Liga. Para el asombro de sus amigos y críticos, insistía en centrar su carrera y su periodismo en el mantenimiento de un periódico pequeño y aparentemente sin importancia y un movimiento social aparentemente condenado, que entonces parecía a muchos lo que les parece hoy en día, la más desesperada y quijotesca de todas las causas perdidas que nunca haya sostenido. Había aquí una especie de paradoja chestertoniana. Parecía como si el tardío y más católico Chesterton fuera menos católico y más sectario que el primitivo y no religiosamente comprometido Chesterton no católico.

El intento de comprender y quizás resolver ese conflicto debe ser la tarea principal de toda la crítica chestertoniana. Inevitablemente existirán desacuerdos acerca de cuál de las visiones de Chesterton como maestro representa los aspectos más valiosos y permanentes de sus logros, pero debería ser posible también rescatar lo mejor en cada una de las imágenes en competencia. Chesterton es, después de todo, un único ser humano al igual que un único escritor. Pueden haber existido desarrollos o declinaciones en su vida, pero su vida también representó continuidad e integración. Debe existir un principio subyacente que explique a la vez las agudas divisiones que dieron vida a tan contradictorias imágenes públicas y la oculta unidad que integre una personalidad aparentemente fragmentada y contradictoria.

La crítica chestertoniana apenas ha rozado este problema. El Abbé Ives Denis, cuyo libro G. K. Chesterton: Catholicisme et Paradox le confiere una autoridad especial para hablar sobre el tema e insiste que Chesterton es fundamentalmente un escritor católico. Brocard Sewell, que conoció personalmente a Chesterton en los últimos años de la década del veinte y el treinta, y trabajó en el equipo editorial de G. K.’s Weekly, insiste que el Distributismo era la preocupación central de la vida de Chesterton. John Coates, autor de Chesterton and the Edwardian Cultural Crisis, encuentra la clave de la obra de Chesterton en los años de la era eduardiana. Otros críticos apenas intentan conectar el maestro como polemista y el maestro como conciliador. Sin embargo aquí hay un campo para la crítica biográfica y especialmente para esa especie de criticismo biográfico que explicaría los caminos por los que la locura era para Chesterton a la vez una interna y profundamente sentida amenaza personal y una metáfora de los desórdenes que reconocía en el mundo exterior a su mente. Existen otras líneas de continuidad entre su obra primitiva y tardía. El polemista de sus años finales está prefigurado en su temprana y profética obra como crítico social, incluyendo su solitaria oposición al siniestro movimiento por la eugenesia y sus intuiciones sobre el tratamiento de los prisioneros en la era eduardiana, intuiciones que están siendo redescubiertas hoy en día por los sociólogos modernos.

La crítica encontrará otras pistas de la subyacente unidad en la vida de Chesterton en las diversas formas en las que toda su obra continúa atrayendo el interés de grupos de lectores ampliamente divergentes. Se debe decir más sobre lo que él significa para los cristianos protestantes y para la comunidad judía, la que, ofendida por algunos de sus escritos, a menudo pasa por alto su noble defensa del pueblo judío, tanto al principio de su carrera durante los pogroms rusos como al final de la misma, cuando la persecución hitlerista recién comenzaba, una defensa que ganó una bendición a su memoria del líder judío americano, Rabí Stephen Wise.

Quizás la mejor esperanza de reconciliación de las dos imágenes de la obra educacional de Chesterton se encuentra en la crítica que presta mucha atención a la fe religiosa sacramental de Chesterton. Este punto de vista sacramental provee la mejor explicación de la unidad subyacente de su carrera de escritor. El sacramentalismo explica tanto su desarrollo como pensador así como su práctica literaria de gran apologista cristiano. Convencido de que Dios se encuentra en las realidades materiales, desarrolló una especie de misticismo natural sobre la forma en la que realidades aparentemente profanas son en verdad signos sacramentales de Dios. En un poema muy temprano y muy típico, expresa una conversación consigo mismo sobre el sentido final del universo creado. Se interroga y se dirige hacia sí como una suerte de visionario poeta, el profeta místico que ha descubierto el sentido secreto de la vida ordinaria:

Decidor de las piedras y las hierbas

Experto en los oficios y el credo de la Naturaleza,

Dime qué se oculta en el corazón

De la más pequeña de las semillas

La respuesta a su propia pregunta resume su misticismo sacramental:

Dios todopoderoso, y con Él,

Querubines y Serafines, llenando toda la Eternidad

Adonai Elahi. The Holy of Holies

Fue esta creencia la que confirió unidad a las múltiples facetas de su periodismo eduardiano. La crítica religiosa de la vida que presenta en todos sus escritos está basada en último término en la creencia de que Dios está presente en la Creación a través de signos y símbolos. En el centro de las más profanas realidades es posible encontrar a Dios. Rara vez escribió acerca de temas directamente religiosos, pero en los acontecimientos de la vida ordinaria o en un pedazo de tiza o en una calle de la ciudad, encontró el misterio religioso central. El título de una pieza juvenil de Yeats, Where There Is Nothing, There Is God, le provocó el comentario: «La verdad se me presentó más bien en la forma de que donde hay algo, está Dios.»

El sacramentalismo explica también la conexión entre el pensamiento social de Chesterton y su obra literaria. «La base del cristianismo y también de la democracia –escribe– es que el hombre es sagrado». Esta sacralidad, creía Chesterton, se deriva directamente de la encarnación de la Palabra de Dios. Desde la creación, Dios se reveló en el mundo material que había creado. Pero desde la Encarnación, Dios se reveló más claramente en el Santo que se encarnó en un ser humano ordinario y que continúa viviendo en el mundo a través de las vidas de gente ordinaria que son los signos luminosos de la presencia de Dios:

El Niño que existía antes del principio del mundo

(…necesitamos solo caminar un corto trecho

Necesitamos ver sólo un cerrojo abierto..)

El Niño que jugaba con la Luna y el sol

Está jugando con una brizna de paja

The Wise Men

En su libro sobre Santo Tomás de Aquino, Chesterton escribe: «La Encarnación ha venido a ser la idea central de nuestra civilización». La vida humana ordinaria de todos los días es una recreación sacramental de la historia del evangelio. Nuevamente, Chesterton expresa su creencia en la Palabra divina, que se ha hecho carne y habitó entre nosotros, muy emotivamente en su verso:

Si esos secos corazones realmente

olvidan ese santo rocío en un suelo

polvoriento,

Los Cuatro Santos, fuertes alrededor del lecho, El Dios que

muere sobre la puerta; Tales misterios que pueden habitar

entre los hombres, El secreto como una cara inclinada, borrosa pero no

distante: y la noche que no es abismo, sino abrazo

The Pagans

Este era el «secreto» de la gente que Chesterton llamaba «el pueblo secreto». Ellos eran los asombrados y mudos para los que él era a la vez la guía y la voz. Pero desde el punto de vista de su fe sacramental, eran también mucho más de lo que cualquiera de ellos suponía, porque Chesterton veía en ellos a aquel que llamó el Hombre Eterno. La fe sacramental en la encarnación explica también por qué el Chesterton eduardiano y el Chesterton apologista católico son a la postre la misma persona. El Chesterton de la memoria popular católica es el Chesterton real. La obstinada convicción popular de enemigos y amigos de que él era sobre todo un portavoz del catolicismo resulta ser perfectamente cierta. Pero, ¿por qué alguien puede sorprenderse? ¿No había insistido siempre el mismo Chesterton en que las creencias populares son generalmente ciertas? La historia de la lenta transformación de Chesterton desde una amable figura eduardiana hacia el algo más triste y maduro Chesterton de la memoria católica es también la historia de su completa incorporación en la comunidad cristiana que él había llegado a reconocer como el único Sacramento de Dios. La historia privada de Chesterton que confió al Padre Knox, terminó felizmente. A pesar de la edad, la enfermedad y los crecientes recelos acerca de lo que estaba sucediendo en el mundo a su alrededor, los sacramentos de la Iglesia le restauraron la juvenil inocencia y felicidad que la leyenda eduardiana ya le había atribuido, pero que, para su pesar, era consciente que hasta entonces no poseía correctamente. Sus palabras finales sobre el tema fueron dichas en 1922, en su pueblo de Beaconsfield, el día en que fue recibido en completa comunión con la Iglesia católica, y fueron palabras de triunfo:

Los sabios tienen cien mapas para darnos que dibujan su reptante cosmos como un árbol, zarandean la razón a través de muchos coladores que retienen la arena y dejan pasar el oro; y todas estas cosas son menos que polvo para mí. Porque me llamo Lázaro y estoy vivo.

The Convert

Sin embargo, mucho después de que fuera alcanzada ésta feliz armonía, las dos imágenes de Chesterton continúan persiguiéndose alrededor del mundo, como las dos versiones del Padre Brown que Chesterton describe en su último volumen de cuentos policiales. Quizás ninguna de esas imágenes representa totalmente la profundidad y la complejidad de este hombre extraordinario, pero cada una de las imágenes del maestro legendario expresa verdades acerca de él que vale la pena meditar medio siglo después de su muerte. Tanto el luchador de la fe cristiana como el gentil artista imaginativo eduardiano son por cierto una única persona que vale la pena conocer.


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