J Juan Pablo II

Juan Pablo II ante la vida consagrada

A la vida consagrada dedicó dos exhortaciones apostólicas, una serie de catequesis e incontables alocuciones y homilías.

Fue impresionante el eco que tuvieron las enseñanzas del Concilio Vaticano II, y los impulsos de renovación que suscitó vigorosamente. Con razón el Papa Juan XXIII profetizaba, al concluir la primera etapa de los trabajos, que la aplicación del Concilio sería verdaderamente un nuevo Pentecostés, que haría florecer en la Iglesia su riqueza interior y su extensión hacia todos los campos de la actividad humana. Por eso, para comprender el magisterio del Papa Juan Pablo II en relación a la Vida Consagrada, no podemos desprenderlo del contexto de su evolución a partir del Concilio.

I

En primer lugar, cabe destacar que la proclamación que hizo el Concilio acerca de la vocación universal, es decir, de todos los bautizados, a la santidad y el apostolado, suscitó un reordenamiento casi revolucionario de los estados de vida en la Iglesia, no en lo que se refiere a la doctrina, pero sí en el sentir de los discípulos de Cristo. Puso fin a una idea tan generalizada como errónea: que las vocaciones a la santidad y al apostolado, salvo algunas raras excepciones, no se pueden realizar sin incorporarse a un instituto religioso o a un seminario. La proclamación conciliar produjo un gran impacto. Tanto en la familia que fundan como también en el trabajo, los laicos, que están llamados a la santidad y al apostolado, pueden realizar su vocación.

Entonces, ¿qué razón habría para buscar los caminos a la santidad y las obras apostólicas en los institutos de vida consagrada y las sociedades de vida apostólica? ¿No ofrecen acaso numerosos movimientos apostólicos y otras nuevas fundaciones una espiritualidad laical en medio del mundo? Este reordenamiento, que aún hoy sigue renovando el rostro de la Iglesia, seguramente ha sido uno de los factores que han incidido en la disminución del número de jóvenes que golpean a las puertas de aquellos institutos cuya vida y cuya misión casi no se diferencian de la vida y la vocación de laicos célibes que viven coherentemente su consagración bautismal.

El Concilio provocó además un dinamismo extraordinario al interior de las comunidades. Para que se renovaran les propuso que su patrimonio espiritual llegase a ser un hontanar vivificante. Para ello, que volvieran a las fuentes evangélicas de toda vida cristiana, y a la originaria inspiración de los institutos, es decir, al conocimiento y la observancia del espíritu de los fundadores y a los fines propios, como también a sus sanas tradiciones. Les propuso que participaran de la vida de la Iglesia, y que hicieran suyos y fomentaran con todas sus fuerzas, según su propio carisma, los proyectos y propósitos de la misma. Asimismo, los impulsó a conocer mejor las condiciones de los hombres y de los tiempos, como también las necesidades de la Iglesia.

El decreto conciliar Perfectae Caritatis, que contenía este gran programa de renovación de la vida religiosa, propuso una profunda revisión de las constituciones, los directorios, los libros de costumbres y las normas de vida, de oración y de trabajo de las comunidades, en consonancia con las condiciones físicas y psíquicas de los miembros, las necesidades del apostolado, como también con las exigencias de la cultura y con las circunstancias sociales y económicas. Además este Decreto señaló que era necesario revisar el régimen de los institutos. Todo esto, según el documento citado, para acoger las orientaciones del Concilio, suprimiendo todo lo anticuado. Perfectae Caritatis abrió las puertas y fijó las metas a un trabajo de refundación de las comunidades en fidelidad a los propósitos y el espíritu de quienes las habían fundado.

Como era de esperar, suscitó una profunda alegría y mucha vida en las comunidades. Redescubrieron con gozo y entusiasmo el carisma de sus fundadores y fundadoras, y su vocación, a partir de la riqueza del Evangelio, de ser buena noticia para la sociedad. La renovación originó, entre otras cosas, un notable diálogo interno en seminarios y capítulos generales decisivos para los institutos; una fecunda participación en la vida y el trabajo pastoral de las diócesis; un esfuerzo sincero por vivir la comunión, lejos de todo formalismo; nuevas maneras de orar, más personales y cercanas a la vida; un nuevo estilo de gobierno, la inserción de comunidades en poblaciones de dolorosa pobreza, y una formación inicial y permanente más profunda y amplia.

Lo pudimos constatar: también provocó tensiones internas y rupturas con el pasado, abandono de signos de pertenencia y, en diversas comunidades, una profunda inseguridad y desconcierto acerca de la propia manera de vivir la consagración, los votos, la vida de oración y de comunidad, el apoyo a los más pobres en la denuncia de las injusticias y en la lucha junto a los trabajadores por una vida, un trabajo, una educación, una atención sanitaria, una remuneración y una participación dignas. Tampoco fue fácil la opción por las obras más adecuadas para realizar la intuición de los fundadores en circunstancias tan diferentes a las suyas. Ya el Concilio preveía que la búsqueda del carácter y del espíritu genuinos de los institutos los llevaría incluso a abandonar obras. Vale la pena recordar algunas búsquedas que desestabilizaron a numerosas comunidades. Tengamos presente, por ejemplo, la agitación que recorrió a aquellos institutos cuyos fundadores los constituyeron como institutos de vida apostólica, y muy pronto fueron convertidos en comunidades contemplativas. Recordemos asimismo la vacilación que provocó la reflexión sobre las obras propias y la adopción de obras y acciones evangelizadoras diferentes, cuando se tomó conciencia de que la fundadora había asumido la tarea de enseñar en los campos y los pueblos, abandonados por el Estado, como la obra de caridad más propia del Instituto, y se constató que esa tarea –si bien lejos del proyecto de una formación cristiana- había sido asumida por el Estado. No olvidemos algunas experiencias extrañas que nacieron por el noble y apresurado afán de inculturar la vida religiosa y las formas de acción apostólica. Por último, es evidente que ciertas formas de la vida de las comunidades y de sus miembros debían abrirle paso en determinados institutos a una mayor libertad y responsabilidad personales, porque adolecían de formalismo.

En virtud del espíritu de comunión que proclamó el Concilio, las búsquedas recordadas ocurrieron en un clima nuevo, optimista, hacia la colaboración con los laicos. Fueron pocos los institutos que no los invitaron a compartir la espiritualidad y la vida de la comunidad; un número muy reducido, aun la toma de decisiones. Así surgieron, con mayor o menor organización, nuevos movimientos de laicos, porque asumieron y adaptaron a su vida una espiritualidad que hasta entonces había estado reservada a los consagrados del Instituto. Un número importante de miembros en algunos institutos optaron, sin embargo, no por acompañar sino por asimilar y compartir más de cerca la vida social, política y familiar de los laicos, alejándose de estilos de vida y compromisos propios de quienes habían sido llamados por Dios a una vida consagrada estando en el mundo pero sin ser del mundo.

Como pudo constatarse, numerosas experiencias enriquecieron la vida y el trabajo de muchas comunidades consagradas, su camino a la santidad, y su comunión y colaboración con otras comunidades, constituyéndose en signos proféticos del Reino de Dios en la sociedad. Pero no faltaron las que presumieron ser proféticas, siguiendo caminos confusos, a veces secularizados, realmente incompatibles con su vocación. Recuerdo, entre otras, a algunas comunidades norteamericanas que acabaron con la pobreza, porque se opondría a la vida en el mundo de una persona madura, y también con la obediencia, ya que todas podían solucionar los problemas mediante votaciones. Diluyeron el apostolado comunitario, puesto que cada miembro debía vivir como un profesional, y también la vida comunitaria, ya que el mundo moderno espera que una personalidad soltera, consciente de su misión, viva en su propio departamento. La cultura de la sociedad había logrado configurar el sentir, la vida y el trabajo de estos institutos, y ellos habían dejado de ser un fermento evangélico y profético en la sociedad. Naturalmente, no tenían vocaciones. Algo semejante ocurrió en diversas comunidades de religiosas en Holanda y en otros países.

Refiriéndose a los problemas que enfrentó la vida consagrada en los años anteriores al Sínodo que se ocupó específicamente de su vida y su misión, el Papa escribió: “En estos años de renovación la vida consagrada ha atravesado, como también otras formas de vida en la Iglesia, un período delicado y duro. Ha sido un tiempo rico de esperanzas, proyectos y propuestas innovadoras encaminadas a reforzar la profesión de los consejos evangélicos. Pero ha sido también un período no exento de tensiones y pruebas, en el que experiencias, incluso siendo generosas, no siempre se han visto coronadas por resultados positivos.” (VC 13)

Muy pocos años después de la clausura del Concilio Vaticano II, que le entregó a la Iglesia una gran claridad doctrinal sobre su ser y su misión en el mundo actual, e innumerables impulsos de vida para que desplegara fecundamente su misión en nuestro tiempo en bien de la humanidad, el 16 de octubre de 1978 fue elegido por el Cónclave el Papa Juan Pablo II, cuya beatificación hemos celebrado en Roma y en el mundo entero. Con la claridad de un maestro, con el ardor de un santo y con el corazón de un pastor abordaría las esperanzas suscitadas en las comunidades religiosas por el Concilio Vaticano II, proponiéndoles los mejores caminos para vivir el misterio, la comunión y la misión de la Iglesia, y apoyando la fidelidad creadora al carisma fundacional a partir del compromiso con Cristo y con la Iglesia. A veces, también señalando y corrigiendo algunos extravíos, ocasionados por comprensiones erradas de la renovación postconciliar, que impulsaban más bien a cambiar que a renovar, a asimilar formas ajenas a la propia identidad, en lugar de asumirla con fe, valentía y esperanza al servicio del mundo y de los más afligidos.

En diciembre del año 1990, en medio de un impresionante dinamismo, desconocido en los últimos tiempos, de renovación y también de cuestionamientos de numerosos institutos de vida consagrada y de sus miembros, recibí el llamado del Santo Padre a colaborar con él en la Congregación para los Institutos de Vida Consagrada y las Sociedades de Vida Apostólica, como Arzobispo Secretario de este Dicasterio Romano. El proceso iniciado, orientado e impulsado por el Concilio, de insospechada magnitud, había concluido su primera etapa, y un gran número de institutos había elaborado sus nuevas constituciones. Estaba concluyendo la etapa de la aprobación pontificia de las mismas, después de haberlas experimentado en la vida y el apostolado del Instituto durante varios años. Cuando me incorporé a la Congregación, sus expertos recordaban el buen trabajo de muchos institutos en sus capítulos generales, las dificultades que encontraron en algunos, que con el entusiasmo de los cambios habían perdido una parte de su inspiración fundacional, y las solicitudes de aprobación de nuevas observancias de algunos institutos de fecunda tradición en la Iglesia, debido a interpretaciones diversas y encontradas, a veces realmente secularizadas, del carisma fundacional.

II

Después de haber descrito sucinta y parcialmente la fructífera efervescencia postconciliar en la mayoría de las comunidades de vida religiosa, quisiera referirme a continuación a algunas situaciones difíciles que encontré y que debí enfrentar como colaborador del Santo Padre, en las cuales reconocí con admiración la actitud suya, que debía caracterizar también mi servicio a la Vida Consagrada. Más adelante deseo consignar los grandes impulsos de renovación que él entregó a las comunidades para cumplir con el encargo recibido de Dios en virtud de su ministerio petrino.

1. Fui llamado al servicio de las comunidades religiosas, precisamente por haber nacido y vivido en nuestro continente, para que ayudara a solucionar determinadas situaciones muy complejas. Entre ellas, la primera, la crisis por la cual atravesaba la CLAR (Confederación Latinoamericana y Caribeña de Religiosos). Esta Confederación reúne a las Conferencias nacionales de superiores y superioras mayores, es decir, de superiores generales y provinciales, de todos los países de América Latina y El Caribe. Por esos años, la Confederación estaba inspirando la vida religiosa en los países de su competencia, impulsando la renovación y la inculturación de la vida religiosa, pero rompiendo con su tradición, interfiriendo la autonomía y el servicio de los superiores generales de los institutos, y de manera no sólo autónoma sino también confrontacional con la Jerarquía. Uno de sus consejeros me confidenció: “quisimos prestar un servicio desinteresado, y nos transformamos en un poder que impone, carente de respeto”. Ya a fines de los años 60, el Presidente de la Conferencia de Religiosos de Chile, el recordado P. Egidio Viganó SDB, percibía las imposiciones de la CLAR y proponía temas descartados por ésta, pero esenciales para la vida consagrada, para que fueran objeto de estudio e intercambio en las Asambleas de la Conferencia de Religiosos en Chile. Chile no era el único país que no seguía las orientaciones de la CLAR.

A modo de ejemplo de su actitud conflictiva, recuerdo algunos hechos. La Presidencia de la CLAR de ese entonces había querido editar de manera autónoma, es decir, prescindiendo de la Jerarquía, una traducción comentada de la Biblia, pero a última hora llegó a un acuerdo con el Presidente del CELAM para que la publicación fuera conjunta. Ya el segundo tomo, sin embargo, iba a ser enviado a la imprenta sin el visto bueno del CELAM, porque “los religiosos unidos jamás serán vencidos”. Se aproximaba, por otra parte, la celebración del quinto centenario de la llegada de Cristóbal Colón a América y, con ello, de la llegada del Evangelio. Con ocasión de esa hora de gracia, el Papa estaba impulsando la preparación del aniversario, durante nueve años, para que la celebración fuera una gran acción de gracias, no ocultando los enormes sufrimientos que causó la Conquista. Para la directiva latinoamericana de los religiosos, no había nada que celebrar. Sólo cabía arrepentirse. Para ello, según consta en una de sus actas, se proponían convocar un gran encuentro de superiores generales y provinciales de Latinoamérica, poco después de la conclusión de la IV Conferencia del Episcopado de Santo Domingo. La razón: entregar líneas pastorales diferentes, que no acentuaran la gratitud por la primera evangelización, sino recogieran en primer lugar el sufrimiento de los pueblos autóctonos, e invitaran a su liberación, porque en este Continente “los religiosos somos más poderosos que los Obispos”. Otro elemento de la confrontación fue el siguiente: la CLAR perseguía una determinada forma de inculturación de la Vida Religiosa. Para ello le abría camino a un modelo unitario, las CRIMPO, es decir, las comunidades religiosas insertas en medios populares, desconociendo y minusvalorando o negando la vigencia de todos los demás carismas que Dios les había dado a las diferentes fundaciones, por ejemplo, el carisma de la educación, de la pastoral hospitalaria, de la catequesis, etc. Uno de sus teólogos, de mucha autoridad, escribía que en el tiempo presente no hay fundadores de comunidades religiosas. En la actualidad, el único fundador sería el pueblo que rodea a estas “comunidades de inserción”, y que las evangeliza. Para ello, es necesario que los religiosos practiquen el total desasimiento de su cultura, de su formación, de sus proyectos evangelizadores, aun del propio carisma y del resto del Instituto, de tal manera que puedan ser evangelizados por el pueblo, y así se cree esta nueva forma de vida comunitaria homogénea y universal. El daño a la acción del Espíritu habría sido incalculable. Él es el artífice de la unidad del Pueblo de Dios y el origen de todos los ministerios y carismas auténticos de la Iglesia, y de su diversidad conforme al plan de Dios. Ningún plan humano y ninguna ideología pueden suplantarlo. Él inspira a los Pastores para que disciernan qué carismas provienen de Dios, y para que animen, unan y coordinen las iniciativas evangelizadoras en el Pueblo de Dios. Había que suprimir o reorientar la CLAR, se decía, de manera que dejara de promover un magisterio paralelo y no pidiera sumisión a los religiosos y a sus institutos en América Latina ante determinados objetivos que le quitarían libertad a los carismas dados por el Espíritu a la Iglesia.

Ya el año 1990 el Papa había tomado una iniciativa de gran valor. Había enviado a los religiosos de América Latina una Carta apostólica, Los Caminos del Evangelio. Pero esta carta suya no había sido recibida por la CLAR como una orientación y una ayuda que provenía de su corazón y su sabiduría de pastor. Muchos la habían desestimado, suponiendo erradamente que la había escrito un gran luchador contra las influencias del marxismo en ciertos grupos de católicos de América Latina, y contra desviaciones en la Vida Religiosa, el Cardenal don Alfonso López Trujillo.

Juan Pablo II, antes de tomar una nueva decisión, quiso escuchar a todos los Nuncios Apostólicos de América Latina y El Caribe. No fueron pocos los que pidieron la supresión de la CLAR. Poco después, en enero del año 1991, convocó a una reunión en Roma a los seis superiores generales y a las seis superioras generales de los institutos religiosos de mayor difusión en el Continente, para escuchar sus pareceres. Recuerdo que el Prepósito general de la Compañía de Jesús, el P. Peter Hans Kolvenbach, viajó desde Asia para asistir a ella. A juicio suyo el problema no tendría solución si no se cambiaba a todas las personalidades que intervenían en el gran conflicto.

Juan Pablo II no optó por suprimir este lugar de encuentro y diálogo de los religiosos en América Latina. Tomó diversas medidas para que volviera a su cauce originario, y se pusiera realmente al servicio de la Vida Religiosa en América Latina. Quiso liberar a todas las comunidades carismáticas de la indebida presión que se estaba ejerciendo sobre ellas para que cambiaran su identidad; la que Dios les había dado. Quiso ayudar a la CLAR a retomar la misión de ser un instrumento de comunión, y así a reanudar los lazos de comunión con los obispos, con la Santa Sede y con los mismos institutos.

Para ello, intervino las elecciones. La Asamblea que se realizaría en el mes de febrero no podría elegir a los miembros de la nueva Presidencia, pero sí proponer nombres para el nombramiento que esta vez él mismo haría. Nombró un Delegado Pontificio para la Confederación, con derecho a veto sobre los acuerdos que tomara la Presidencia, y alentó el diálogo permanente que mantendría la Congregación Romana con la CLAR. Cuando partí a la Asamblea, me dio su bendición y me animó, asegurándome con fe y esperanza: “Reaccionarán bien”. Así fue, después de unos primeros días tormentosos. El vuelco se produjo el día de la peregrinación que hicimos al Santuario de Nuestra Señora de Guadalupe. Fue una impresionante experiencia de muerte y resurrección, una experiencia realmente pascual la de ese día y la de los años que siguieron. Al regresar a Roma, informé al Santo Padre lo vivido junto al Lago de Guadalupe. Se rió de buena gana al saber que el día más difícil había sido el 22 de febrero, fecha en que la Iglesia celebra la cátedra de san Pedro.

2. Recibí en mis primeras semanas en Roma otro encargo del Santo Padre muy diferente del anterior. Se refería a la renovación de la regla de vida de una Orden muy querida por él y por toda la Iglesia. Él apreciaba sobremanera los escritos de santa Teresa de Ávila y de san Juan de la Cruz. Los conocía desde el tiempo de sus estudios de teología. Su alma contemplativa, con tanta sed de Dios, subía con ellos al Monte Carmelo. No quería perder para la Iglesia un don tan grande. Por eso siguió atentamente la revisión de las constituciones de los conventos de carmelitas descalzas.

Por desgracia, para la renovación de las reglas y de los textos legislativos de las comunidades contemplativas, no se invitó a valiosas representantes de los monasterios a reelaborar sus propias constituciones. Con el deber de escucharlas, el trabajo fue encargado a sacerdotes de las órdenes que compartían la misma espiritualidad.

Muchas hermanas carmelitas, que tenían en su mente y en su corazón la manera de expresarse de santa Teresa, no se sintieron interpretadas por el lenguaje postconciliar de esos valiosos varones, sus hermanos carmelitas. Era muy diferente. Además, la indicación que ellos habían recibido de escribir constituciones genéricas, por así decirlo, que dejaran fuera lo que no regía en todos los conventos del mundo, más de setecientos, concluyó con un texto escuálido. Por estos y otros motivos, no fue aprobado por el santo Padre el texto preparado durante los años anteriores por los padres carmelitas y por la Congregación para los Institutos de Vida Consagrada. Se aprobó otro texto, preparado por unos pocos conventos españoles, liderados por dos prioras: la superiora del convento de Cerro Los Ángeles y la priora de la comunidad de san José de Ávila. Algunos colaboradores del Santo Padre le aseguraron a él que estas últimas constituciones eran fieles a la intención de la Santa Madre y serían adoptadas por todos los monasterios que vivían ejemplarmente la estricta observancia establecida por santa Teresa. Una carta del Secretario de Estado les aseguraba a los otros monasterios que se encontrarían constituciones para su observancia, la que se había apartado de la tradición genuinamente teresiana. Para sorpresa del Santo Padre, 600 conventos no adoptaron las constituciones aprobadas por él el año 1990. Visité varios conventos para conocer las razones de este rechazo. En nada se apartaban de la observancia fidelísima a santa Teresa. La razón no era una relajación de la estricta observancia. Sobre todo no querían perder a sus confesores y predicadores carmelitas, admiradores de la reforma teresiana, los cuales habían sido excluidos en las constituciones ya aprobadas.

Esos encuentros personales con el Papa revelaban su sabiduría y su santidad. Sorprendido por la información errada que había recibido, y compartiendo el sufrimiento de los conventos que no tenían constituciones aprobadas, me encargó la revisión del otro texto que había sido elaborado, pero no aprobado. Lo hice con la ayuda competente de dos religiosos, hombres de confianza de ambas partes. El Santo Padre aprobó nuestro trabajo, y acompañó la publicación del segundo texto de constituciones con una carta, fechada el 1° de octubre del año 1991, que revela su espíritu amplio, sabio y generoso. Copio tres párrafos de dicha carta:

“A lo largo de mi pontificado ya he tenido ocasión de manifestar mi afecto por todas las Carmelitas Descalzas y poner de relieve la importancia de vuestro carisma, tanto en las visitas hechas a algunos monasterios, como en la beatificación de insignes Hermanas vuestras que el Señor me ha concedido elevar al honor de los altares. Entre ellas quiero recordar a las Beatas: María de Jesús Crucificado, Isabel de la Trinidad, las Carmelitas Mártires de Guadalajara —María Pilar, Teresa, María Ángeles—, Teresa Benedicta de la Cruz (Edith Stein) y Teresa de Jesús (de los Andes). Con estas beatificaciones he querido presentar a toda la Iglesia el testimonio de la vida contemplativa y poner ante vuestros ojos unos ejemplos de santidad que puedan guiar vuestros pasos en esta hora de la historia.

En esta circunstancia me dirijo con afecto a todas las Carmelitas Descalzas, con motivo de la aprobación de un nuevo texto de las Constituciones. Termina así un largo proceso en el que la Santa Sede, consciente de la gran importancia de vuestra vocación específica, tanto para la familia del Carmelo como para toda la Iglesia, ha sometido a un particular discernimiento vuestra legislación, para salvaguardar la herencia espiritual de Santa Teresa.

Ambos textos, aprobados igualmente por la Iglesia, quieren ser una fiel interpretación del carisma teresiano. Este permanece inalterado, así como el estilo de vida propuesto por la Santa Madre en sus Constituciones y otros escritos suyos. Sus diferencias no se refieren, por tanto, ni a la substancia del carisma contemplativo carmelitano-teresiano ni al necesario y constante retorno a su primigenia inspiración; corresponden más bien a diversas modalidades de interpretar la adaptación a las cambiadas condiciones de los tiempos (cf. Perfectae Caritatis, 2), y de formular la legislación de los Institutos religiosos, cuya aprobación es competencia exclusiva de la Santa Sede (Código de Derecho Canónico, cánones. 578 y 587). Se trata, por tanto, de apreciaciones diferentes que nacen de una misma voluntad de fidelidad al Señor, y que la Santa Sede ha querido respetar, así como respeta la libertad que cada monasterio tiene de optar por uno u otro de los textos constitucionales aprobados.”

Con este espíritu, colmado de respeto, amor paterno y esperanza, alentó el Santo Padre la renovación de los institutos, sin detenerse ante pequeñas diferencias y controversias, pero sí alentando la entrega generosa y la docilidad filial al querer y la conducción de Dios. De la disponibilidad de la Virgen María y de su aceptación del plan divino, manifestado también en la voz del Señor de los tiempos y de la historia, quería aprender quien la amaba entrañablemente y la seguía. Así brillaba la disposición interior que iluminaba sus pensamientos y su vida: Totus tuus.

Podría continuar con la enumeración de situaciones difíciles que abordamos como colaboradores del Papa, por encargo suyo y en sintonía con él. Mostrarían el contexto vivo que él consideraba en sus acciones, y nos ayudaría a valorar, en sus intervenciones, la calidad de su amor pastoral. Pero si lo hiciera, también debería mencionar un sinnúmero de experiencias admirables, por ejemplo, en los procesos de fundación de nuevas comunidades de vida consagrada, que manifestaban la voluntad de Aquel que tiene en sus manos la conducción de la Iglesia. Tratemos, más bien, de describir brevemente, pero con mayor amplitud, la relación de Juan Pablo II con la Vida Consagrada.

III

Fue tan universal el ejercicio del ministerio petrino durante el pontificado de Su Santidad Juan Pablo II, que sería erróneo caracterizarlo a él unilateralmente como el Papa del protagonismo de los laicos, o el Papa de los movimientos eclesiales, o el Papa de los jóvenes y de las familias, o el Papa de los santuarios, o el Pastor de los grandes viajes, saliendo al encuentro de los fieles en incontables países. Con igual razón se podría hablar del Papa de la Vida Consagrada.

A ella le dedicó dos exhortaciones apostólicas —Redemptionis donum el año 1983, y Vita Consecrata el año 1996—, una serie de catequesis el año 1994, incontables alocuciones y homilías, una especial atención en cada uno de sus viajes y en sus encuentros con las dos Uniones de Superiores Generales, como asimismo con las comunidades que fueron recibidas en audiencia especial con ocasión del capítulo general que celebraban en Roma. Es posible que a ninguno de los otros estados de vida el Papa se haya dirigido específicamente en tantas ocasiones como a la Vida Consagrada.

Alguien podría engañarse, caracterizando al Papa Juan Pablo II por sus actividades como una fuente inagotable de encuentros, discursos y homilías, con motivo de diversas circunstancias. Más que eso, era un buen Pastor, que salía a llamar a las ovejas del rebaño de Jesucristo, a las suyas, por su nombre, que les abría puertas, las protegía de malos pastores y de salteadores, las precedía, las inspiraba, les abría camino y las conducía a los mejores pastos y al agua fresca y cristalina que mana de ese torrente de agua viva, que es el Espíritu.

El Padre santo era, antes que nada, un hombre de Dios, un contemplativo de las Personas de la Sma. Trinidad y de su acción en la Iglesia y en el mundo. Por eso, sobrecogido por la presencia y por la obra de Dios, no se cansaba de invitar a los institutos y a todo el Pueblo de Dios, a considerar a los fundadores, a los carismas que Dios les había confiado y a las mismas comunidades que ellos habían fundado como un verdadero don de Dios para la Iglesia y la humanidad, que nos compromete y nos llena de admiración y gratitud. Traigamos a la memoria algunas afirmaciones suyas en los primeros números de la Exhortación apostólica Vita Consecrata, en las cuales la presenta como un gran don de Dios para la Iglesia:

“En realidad, la vida consagrada está en el corazón mismo de la Iglesia como elemento decisivo para su misión, ya que indica la naturaleza íntima de la vocación cristiana y la aspiración de toda la Iglesia Esposa hacia la unión con el único Esposo. En el Sínodo se ha afirmado en varias ocasiones que la vida consagrada no sólo ha desempeñado en el pasado un papel de ayuda y apoyo a la Iglesia, sino que es un don precioso y necesario también para el presente y el futuro del Pueblo de Dios, porque pertenece íntimamente a su vida, a su santidad y a su misión.

Las dificultades actuales, que no pocos Institutos encuentran en algunas regiones del mundo, no deben inducir a suscitar dudas sobre el hecho de que la profesión de los consejos evangélicos sea parte integrante de la vida de la Iglesia, a la que aporta un precioso impulso hacia una mayor coherencia evangélica. Podrá haber históricamente una ulterior variedad de formas, pero no cambiará la sustancia de una opción que se manifiesta en el radicalismo del don de sí mismo por amor al Señor Jesús y, en Él, a cada miembro de la familia humana. Con esta certeza, que ha animado a innumerables personas a lo largo de los siglos, el pueblo cristiano continúa contando, consciente de que podrá obtener de la aportación de estas almas generosas un apoyo valiosísimo en su camino hacia la patria del cielo.” (VC 3)

“¿Cómo no recordar con gratitud al Espíritu la multitud de formas históricas de vida consagrada, suscitadas por Él y todavía presentes en el ámbito eclesial? Estas aparecen como una planta llena de ramas que hunde sus raíces en el Evangelio y da frutos copiosos en cada época de la Iglesia. ¡Qué extraordinaria riqueza! Yo mismo, al final del Sínodo, he sentido la necesidad de señalar este elemento constante en la historia de la Iglesia: los numerosos fundadores y fundadoras, santos y santas, que han optado por Cristo en la radicalidad evangélica y en el servicio fraterno, especialmente de los pobres y abandonados. Precisamente este servicio evidencia con claridad cómo la vida consagrada manifiesta el carácter unitario del mandamiento del amor, en el vínculo inseparable entre amor a Dios y amor al prójimo.

El Sínodo ha recordado esta obra incesante del Espíritu Santo, que a lo largo de los siglos difunde las riquezas de la práctica de los consejos evangélicos a través de múltiples carismas, y que también por esta vía hace presente de modo perenne en la Iglesia y en el mundo, en el tiempo y en el espacio, el misterio de Cristo.” (VC 5)

La exhortación apostólica postsinodal Vita Consecrata ha sido valorada como el documento más importante del pontificado de Juan Pablo II. Contiene sus orientaciones y sus esperanzas acerca de la vida consagrada, y la síntesis más completa y alentadora para la aplicación del Concilio, al concluir una primera etapa de la renovación que éste propuso e impulsó vigorosamente (ver recuadro). La fuente del rico magisterio de Juan Pablo II la encontramos en su resolución, como hombre de Dios, de amar con todo el corazón a las personas y a las comunidades a las cuales Dios ama con predilección, y de proclamar la vocación y la misión que tienen en el plan de Dios. A ellas les entregó a manos llenas su amor, su tiempo, su conducción, su misericordia y su sabiduría.

Entre estas realidades, como lo manifestó tantas veces, estaban los Institutos de Vida Consagrada, que la Iglesia ama como a uno de sus mayores tesoros. No podía ser de otra manera. Él mismo lo explicó con estas palabras: “La Iglesia no puede renunciar absolutamente a la vida consagrada, porque expresa de manera elocuente su íntima esencia esponsal. En ella encuentra nuevo impulso y fuerza el anuncio del Evangelio a todo el mundo. En efecto, se necesitan personas que presenten el rostro paterno de Dios y el rostro materno de la Iglesia, que se jueguen para que los otros tengan vida y esperanza (…) Toda la Iglesia tiene en sus manos este gran don y, agradecida, se dedica a promoverlo con la estima, la oración y la invitación explícita a acogerlo.” (VC 106)

El Sucesor de Pedro quiso ponerse generosa y sabiamente al servicio de esta porción del Pueblo de Dios como Vicario del Buen Pastor. Le dedicó a ella su amor, su oración, sus pensamientos y sus enseñanzas, animándola con toda la inspiración que surge del Evangelio. Cuando fue necesario, también continuó la poda de los sarmientos que hace el Dueño de la Viña, liberando a los carismas de cuanto pudiera impedirles ser ese fermento fecundo y original que Dios le dio a la Iglesia y al mundo; liberándolos, para que acogieran el soplo de vida y la invitación a la comunión, al servicio y a la misericordia que procede del Espíritu; como también el torrente de agua viva y vivificante, que proviene del Padre y del Cordero.

Para concluir este homenaje al Papa Juan Pablo II, con motivo de su beatificación, recordemos esa hermosa comparación que nos entregó de la vida consagrada con María de Betania y la unción con la cual le manifestó a Cristo, con suma gratuidad, toda su admiración y su amor:

“A quien se le concede el don inestimable de seguir más de cerca al Señor Jesús, resulta obvio que Él puede y debe ser amado con corazón indiviso, que se puede entregar a Él toda la vida, y no sólo algunos gestos, momentos o ciertas actividades. El ungüento precioso derramado como puro acto de amor, más allá de cualquier consideración «utilitarista», es signo de una sobreabundancia de gratuidad, tal como se manifiesta en una vida gastada en amar y servir al Señor, para dedicarse a su persona y a su Cuerpo místico. De esta vida «derramada» sin escatimar nada se difunde el aroma que llena toda la casa. La casa de Dios, la Iglesia, hoy como ayer, está adornada y embellecida por la presencia de la vida consagrada.

Lo que a los ojos de los hombres puede parecer un despilfarro, para la persona seducida en el secreto de su corazón por la belleza y la bondad del Señor es una respuesta obvia de amor, exultante de gratitud por haber sido admitida de manera totalmente particular al conocimiento del Hijo y a la participación en su misión divina en el mundo.” (VC 104)

Con mucha frecuencia el Santo Padre rezaba por la Vida Consagrada y la confiaba a la Santísima Virgen. Esa oración suplicante de quien la amaba entrañablemente, era su primera aportación a la renovación que el Concilio esperaba de los consagrados. Recordemos por eso la oración a la Virgen María con que concluyó su Exhortación Apostólica:

“María, figura de la Iglesia, Esposa sin arruga y sin mancha,
que imitándote «conserva virginalmente la fe íntegra, la esperanza firme y el
amor sincero, sostiene a las personas consagradas
en el deseo de llegar a la eterna y única Bienaventuranza.
Las encomendamos a ti, Virgen de la Visitación,
para que sepan acudir a las necesidades humanas
con el fin de socorrerlas, pero sobre todo para que lleven a Jesús.
Enséñales a proclamar las maravillas que el Señor hace en el mundo, para
que todos los pueblos ensalcen su nombre.
Sostenlas en sus obras en favor de los pobres,
de los hambrientos, de los que no tienen esperanza,
de los últimos y de todos aquellos que buscan a tu Hijo con sincero corazón.
A ti, Madre, que deseas la renovación espiritual y apostólica de tus hijos e hijas
en la respuesta de amor y de entrega total a Cristo,
elevamos confiados nuestra súplica. Tú que has hecho la voluntad del Padre,
disponible en la obediencia, intrépida en la pobreza
y acogedora en la virginidad fecunda, alcanza de tu divino Hijo,
que cuantos han recibido el don de seguirlo en la vida consagrada,
sepan testimoniarlo con una existencia transfigurada,
caminando gozosamente, junto con todos los otros hermanos y hermanas,
hacia la patria celestial y la luz que no tiene ocaso.
Te lo pedimos, para que en todos y en todo sea glorificado, bendito y amado
el Sumo Señor de todas las cosas,
que es Padre, Hijo y Espíritu Santo.

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Revista HUMANITAS

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