J Juan Pablo II

El beato Juan Pablo II sufrió la Pasión también en su cuerpo

Durante los años que ocupó el cargo de Embajador de Chile ante la Santa Sede (2001-2007), don Máximo Pacheco Gómez —miembro del Consejo de Consultores y Colaboradores de HUMANITAS— tuvo ocasión de estudiar la vida de Su Santidad Juan Pablo II y conocer aspectos inéditos relativos a los sufrimientos que debió sobrellevar el Pontífice tanto por el atentado de que fue víctima, como por causa del deterioro en la salud que acompañó su existencia terrena. De particular interés e importancia es, en este marco, la relación del Dr. Renato Buzzonetti, médico personal de Juan Pablo II. Estos relatos e informes, incorporados por el embajador Pacheco a sus Memorias, han sido reescritos por él para esta edición que asume el carácter de homenaje y agradecimiento al Beato Juan Pablo II.

HISTORIAL MÉDICO DE KAROL WOJTYLA

El historial médico del Beato Juan Pablo II tiene una larga cronología, que se remonta a sus años en Polonia.

El 29 de febrero de 1944 fue atropellado en Cracovia por un camión alemán que se dio a la fuga dejándolo herido gravemente en la cabeza. En esa ocasión, el joven seminarista permaneció seis horas inconsciente en la calle, hasta que una misteriosa mujer lo recogió y lo llevó al hospital en estado de coma. El Papa siempre creyó que esa dama era la Virgen María.

Ya siendo Papa, el 13 de mayo de 1981, fue víctima del conocido atentado en la Plaza de San Pedro. Requirió de una intervención quirúrgica que duró cinco horas y veinte minutos, en el Hospital Agostino Gemelli de Roma. Recibió una transfusión de tres litros de sangre y le fueron extirpados cincuenta y cinco centímetros de intestino.

El 21 de junio ingresó en el Hospital con pulmonía. Dos días después se confirmó que tenía una infección por citomegalovirus, derivada de la intervención anterior.

El 5 de agosto fue operado de nuevo y suprimieron la colostomía practicada en junio.

Diez años más tarde, el 12 de julio de 1992, le extirparon un tumor, un tramo de intestino de treinta centímetros y la vesícula.

El 11 de noviembre de 1993 se fracturó un hombro a causa de una caída durante una audiencia.

El 29 de abril de 1994 resbaló en el baño y se rompió la cabeza del fémur de la pierna derecha. Se le implantó una prótesis en la cadera que lo obligó a caminar apoyado en un bastón durante largo tiempo.

El 25 de diciembre de 1995 debió retirarse a sus aposentos cuando estaba impartiendo la bendición Urbi et Orbi, como consecuencia de una gripe con fiebre alta.

El 6 de mayo de 1996 los médicos le prescribieron una semana de reposo por fiebre y trastornos estomacales.

El 8 de octubre 1996 volvió al quirófano para que le extirparan el apéndice, en una operación con anestesia general.

El 5 de febrero de 1997, una enfermedad viral lo obligó a anular la audiencia con el Presidente español José María Aznar.

El 5 de noviembre de 1997 una afonía le impidió celebrar una misa por los Cardenales y Obispos difuntos.

El 11 de enero de 1998 sufrió un desvanecimiento mientras celebraba una misa. No se desplomó porque lo sujetó su maestro de ceremonias Monseñor Piero Marini.

El 14 de diciembre de 1998, la revista Newsweek informó que el Papa sufría de la enfermedad de Parkinson.

El 18 de enero de 1998 se suspendieron todos los actos oficiales, por estar aquejado de gripe.

El 12 de enero de 1999 sufrió una caída en la Nunciatura de Varsovia y debieron colocarle unos puntos de sutura en la frente. Además una gripe con estado febril lo obligó a guardar cama.

El 13 de abril de 2001, por primera vez en veintitrés años de Pontificado, el Vía Crucis del Viernes Santo lo presidió arrodillado.

El 23 de febrero de 2002, el Papa no pudo intervenir en la Audiencia Pública de los días miércoles por una afección a la rodilla, consecuencia de su artrosis.

El 24 de marzo de 2002 no ofició la Misa del Domingo de Ramos, por primera vez en su Pontificado, debido a intensos dolores en su rodilla. Ese día el Papa apareció cansado en su sillón colocado en la escalinata de la Basílica de San Pedro y leyó el Evangelio sentado, con voz vacilante. El Cardenal italiano Camillo Ruini ofició la Misa.

El 28 de marzo de 2002 el Papa no ofició la Misa del Jueves Santo y en su reemplazo lo hizo el Cardenal Angelo Sodano.

El 29 de marzo de 2002, día Viernes Santo, el Vía Crucis lo presidió desde un balcón, en vez de seguirlo a pie como lo había hecho en años anteriores, con excepción de 2001.

La enfermedad de Parkinson

Es un hecho reconocido por el Vaticano que Su Santidad sufría de un síndrome parkinsoniano.

En efecto, en una entrevista al semanario italiano Oggi, en el año 2000, el doctor Gianfranco Fineschi, miembro del equipo médico de Juan Pablo II, reconoció esta enfermedad y señaló. “Los medicamentos que él toma para curarse del mal afectan su musculatura, la gesticulación facial y hacen que camine más lento”. El Parkinson, como se sabe, es una enfermedad del sistema nervioso, que afecta a la zona del cerebro encargada del control y coordinación del movimiento del tono muscular y de la postura. La mayor parte de los síntomas afectan la actividad psíquica, pero no lesionan la actividad intelectual.

Los medicamentos que se conocen hasta el momento permiten aliviar la mayor parte de los síntomas, aunque no eliminen la causa. Tratada debidamente, no acorta las perspectivas de vida.

Sus últimos años

A pesar de lo anterior, el Santo Padre llevaba una vida de gran esfuerzo. Se levantaba todos los días a las seis de la mañana, rezaba una hora en su capilla y posteriormente celebraba misa con sus invitados. Luego del desayuno hacía una hora más de oración. A continuación trabajaba en su escritorio. Seguían las audiencias, el almuerzo y un breve descanso. Posteriormente rezaba durante otras tres horas y luego trabajaba en su escritorio. Comía y se acostaba alrededor de las diez de la noche. Trabajaba incluso los sábados y domingos. Durante el año pronunciaba más de ochocientos discursos y encabezaba más de mil audiencias en el Vaticano o en el extranjero.

El 29 de marzo de 2002, el Pontificado de Juan Pablo II se convirtió en el sexto en duración en la historia de la Iglesia, incluido el de San Pedro. Juan Pablo II era el Romano Pontífice número doscientos sesenta y cuatro.

Como la enfermedad de Parkinson que lo afectaba era lenta, pero irreversible, los síntomas que empezaron a percibirse fueron: primero, el temblor de su brazo izquierdo; después, su falta de movilidad que hacia el final atacó su rostro y apenas podía sonreír y también afectó sus cuerdas vocales.

El principal problema del Papa, en el final de su vida, fue su falta de movilidad. Para desplazarse de un lugar a otro del Vaticano debía ser transportado en una plataforma rodante. Además, se dice que para todas sus actividades cotidianas contaba con la ayuda de su secretario personal, Monseñor Stanislaw Dziwisz. Éste lo ayudaba a vestirse y a moverse dentro de sus habitaciones.

Siempre existió el convencimiento de que al frente de la Iglesia Católica estaba el Papa, quien no delegó ninguna facultad porque su dolencia no había lesionado su actividad intelectual, la cual siguió siendo lúcida y enérgica en la conducción de la línea fundamental de su política. Los avatares clínicos no lograron reducir la fortaleza con que este Sumo Pontífice octogenario dirigía la Iglesia, realizaba sus actividades y organizaba sus viajes apostólicos al extranjero.

En relación con su posible dimisión, en la Audiencia General del 17 de mayo de 1995, Juan Pablo II expresó: “renuevo a Cristo el ofrecimiento de mi disposición para servir a la Iglesia todo el tiempo que ella quiera, abandonándome completamente a su Santa Voluntad. Dejo a Ella la decisión sobre cómo y cuándo querrá liberarme de este servicio”.

En el plano normativo, cabe señalar que no había respuesta a la hipótesis de una incapacidad para el ejercicio del cargo. Así, solamente se contempla en el canon 332, párrafo segundo, la posibilidad de renuncia voluntaria del propio Pontífice, en los términos que siguen: “Si el Romano Pontífice renunciase a su oficio, se requiere para la validez, que la renuncia sea libre y se manifieste formalmente, pero no que sea aceptada por nadie”. Esta norma existió sólo a partir de 1983, pero el Papa ya manifestó que no pensaba dimitir y que seguiría hasta que “Dios lo quiera”. [*]

HABLA EL MÉDICO PERSONAL DE JUAN PABLO II

En sus años en el Vaticano don Máximo Pacheco trató al destacado profesor Dr. Renato Buzzonetti, médico personal del Papa. Gracias a su solicitud con el interés del Embajador en conocer acabadamente de la vida de Juan Pablo II, le hizo partícipe del presente informe que no sólo da una acuciosa cuenta de los momentos que siguieron al atentado del 13 de mayo de 1981, sino de cómo se inició y desarrolló la relación entre este ilustre médico y su venerado paciente. He aquí su relación:

“A las 17.19 hrs. del miércoles 13 de mayo de 1981 en la Plaza de San Pedro estallaron dos tiros de arma de fuego que hieren a Juan Pablo II. Él, de pie en un jeep blanco, estaba recorriendo la mitad derecha de la plaza, donde se encontraba reunida una considerable multitud de fieles para la acostumbrada Audiencia General de los miércoles. En el lugar se encontraban en servicio seis médicos con los respectivos equipos y dos ambulancias. El doctor Alessandro Sabato, médico especialista en reanimación encargado de la escolta sanitaria del Santo Padre, se lanzó detrás del automóvil, pero éste se alejó velozmente de la plaza y atravesó el Arco de las Campanas. Recorrió la “Vía de la Fondamenta”, que rodea el externo del ábside de la Basílica vaticana, bajó por el Grottone y, atravesando el patio del Belvedere, alcanzó la Dirección de los Servicios Sanitarios del SCV (Stato Cittá del Vaticano).

“Allí, informado telefónicamente por el médico encargado del puesto ubicado frente al portón de bronce, yo, Renato Buzzonetti, médico personal de Su Santidad, me encontraba listo para atender al Santo Padre junto a otro personal sanitario. Por una serie de afortunadas o providenciales coincidencias me había retrasado en llegar a la plaza.

“El Papa fue colocado en la entrada del edificio. Estaba consciente, obedecía a los mandos elementales, movía las piernas, tenía las pulsaciones arteriales latentes. Se notaba una pequeña mancha roja sobre la faja que le ajustaba el hábito blanco. El Santo Padre fue, por lo tanto, acostado en la camilla de una de las dos ambulancias que arribaron. A las 17.29 horas la ambulancia partió y, atravesando el portón de Santa Anna, se dirigió al Policlínico Gemelli, por disposición mía convalidada por el secretario. Durante el recorrido, la sirena de la ambulancia se bloqueó y el chofer usó desesperadamente la bocina.

“Durante el viaje el hábito del Santo Padre iba levantado, se observaba los pantalones impregnados de sangre, se notaba la fractura de las falanges, del segundo dedo de la mano izquierda y la herida de refilón del codo derecho. Durante el transporte la presión arterial se redujo sin alcanzar niveles críticos.

“En la ambulancia, el Santo Padre se quejó con suaves gemidos e invocó sin interrupción en polaco “Jesús, María, madre mía”.

“A las 17.36 hrs. la ambulancia llegó al policlínico. El paciente fue transportado al décimo piso, en la habitación que, desde 1979, está siempre dispuesta para cada emergencia clínica del Santo Padre. Aquí le fueron prestados los primeros auxilios y fue visitado por el cirujano de guardia, profesor Alfredo Wiel-Marin. La piel estaba sudada y fría, la presión arterial había bajado sucesivamente, la conciencia estaba obnubilada.

“El Papa fue inmediatamente llevado a la sala operatoria: fueron forzadas dos puertas para abreviar los tiempos del trayecto.

“A las 17.50 hrs. se encontraba en su camilla operatoria de la sala D del bloque operatorio cincuenta del noveno piso, y se había iniciado la administración de anestesia total.

“Bajo mi consejo, Monseñor Stanislao Dziwisz impartió al Santo Padre la Unción de los Enfermos y la Absolución.

“Es interesante destacar que la sala operatoria ya estaba activa ante la inminencia de una operación normal, es decir no de urgencia, y el personal se encontraba en gran parte preparado.

“La anestesia, iniciada por el profesor Francesco Beccia, es realizada y dirigida por el profesor Corrado Manni, Director del Instituto de Anestesia y Reanimación de la Universidad Católica del Sacro Cuore, quien llegó mientras tanto. Las fases preliminares de la intervención fueron efectuadas por el profesor Giovanni Salgarello, ayudante de la Clínica Quirúrgica. La cirugía fue en su totalidad, ejecutada y llevada personalmente a feliz término por el profesor Francesco Crucitti, titular de la Cátedra de Semiótica Quirúrgica y Sustituto del profesor Gian Caria Castiglioni, Director del Instituto de Clínica Quirúrgica, en aquellas horas ausente de Roma.

“El profesor Crucitti se encontraba en una clínica de Roma. Informado por una monja de lo acaecido, fue en ayuda al Gemelli, pidiéndole a un motociclista de la policía urbana abrirle paso. En efecto, aquel día estaba de guardia el equipo de la Clínica Quirúrgica y el profesor Crucitti, justamente sintió el deber de asumir la dirección de la operación.

“Después de las 19 hrs. llegó desde Milán el profesor Castiglioni, quien procedió a efectuar una parte de la intervención quirúrgica. La asistencia cardio-circulatoria fue asegurada por el profesor Ugo Manzoli, Director del Instituto de Cardiología de la Universidad Católica. En el curso de la operación fue necesario realizar la transfusión de 3.150 ml. de sangre, cuyas primeras unidades llegaron desde el Hospital pediátrico Bambino Gesú, donde, desde 1979, había en custodia una existencia prudencial reservada para el Papa.

“La cirugía resultó necesaria por las lesiones viscerales múltiples provocadas por una herida de arma de fuego con trayectoria abdomino-sacral. Las lesiones se verificaron en contra del intestino tenue, de la sigma, de los mesenterios del retroperitoneo con una masiva hemorragia endoabdominal. Fueron encontradas además, una herida lacero-contusa del antebrazo derecho y una herida que le traspasó el segundo dedo de la mano izquierda con fractura de la segunda y tercera falange. Finalmente, se procedió a la colostomía excluyente temporánea.

“Fue providencial que los proyectiles homicidas no alcanzaran la aorta abdominal y la médula espinal.

“A las 23.25 hrs. culminó la operación. A las 0.05 hrs. del jueves 14 de mayo, el Santo Padre entró en el Centro de Reanimación Bianca Rosa Fanfani, donde reinaba orden y silencio. En la noche, el Santo Padre fue controlado por personal del reparto, por el secretario, por la hermana Tobiana Sobotka, la superiora de la comunidad religiosa de la Casa, y por mí. En las primeras horas del día el Papa recuperó completamente la conciencia y, ya en las primeras palabras, dijo: “Dolor… sed”, y luego: “Como a Bachelet”, el vicepresidente del Consejo General del Poder Judicial y ex presidente de la Acción Católica Italiana asesinado por las Brigadas Rojas. El mismo recuerdo volverá más veces a sus labios en los días sucesivos.

“Al alba el Papa le dijo al Secretario “ayer no hemos recitado Completas” y luego escuchó la plegaria de la noche diferida.

“Todo el personal médico, los enfermeros y auxiliares estuvieron a la cabecera del Santo Padre, en particular las jóvenes enfermeras pasaron horas enteras de la noche de pie, junto a la cama del enfermo.

“El 14 de mayo es oficializado el Colegio Médico al cual se confió el cuidado del Papa y que está compuesto de la siguiente manera: Profesor Castiglioni, Crucitti, Manni, Manzoli, Breda (médico clínico) y doctor Buzzonetti.

“En la tarde del jueves 14 el Santo Padre, hospitalizado en su cama, concelebra la Santa Misa.

“El domingo 17 de mayo viste la estola y celebra misa: se levantan las persianas del box y está presente el personal de servicio. Luego de la misa, el Papa graba el saludo del Regina Coeli que será emitido por la Radio Vaticana.

“A las 00.10 hrs. del lunes 18 de mayo, día de su sesenta y un cumpleaños, me congratulo con el Santo Padre y más tarde le ofrezco una rosa roja en nombre de mi esposa y de mis hijos. En ese mismo día, el enfermo es trasladado al décimo piso del policlínico en una habitación equipada para su internación. Ésta se encontraba predispuesta desde 1979 por acuerdos reservados con el Rector de la Universidad, profesor Giuseppe Lazzati.

“Al momento de la despedida, el Santo Padre saluda a todo el personal del centro de reanimación y, entre otras cosas, dice: “El médico y el sacerdote tocan la dimensión escatológica del hombre y ayudan al hombre a cruzar la frontera misteriosa de la muerte”.

“El martes 19 de mayo en la tarde, tuvo lugar la consulta médica propuesta por la Secretaría de Estado y por los Cardenales polacos, con la participación de clínicos de nivel internacional tales como el profesor J. Loygue, de la Facultad Médica San Antonio de París; el profesor H. Bunte, de la Universidad de Munster; el profesor E. Welch de Bastan, el profesor K.M. Cahill, de Nueva York; el profesor G. Turowski, de la Academia de Medicina Copernicus de Cracovia, y el profesor F. Vilardell, del Hospital San Pablo y Santa Cruz de Barcelona. Los asesores son recibidos por el Santo Padre y quedan turbados por el gentil saludo que el enfermo reserva a cada uno de ellos en el respectivo idioma.

“La consulta se termina con la satisfacción explícita por el resultado de la intervención y por las prevenciones terapéuticas adoptadas.

“El 23 de mayo el Colegio Médico levanta el pronóstico reservado.

“En la noche del 3 de junio, a las 19.10 hrs., el Santo Padre, pálido y emocionado, regresa al Vaticano luego de veintiún días de internación. Pero bien pronto manifiesta nuevamente una reacción febril, que había ya aparecido en los últimos días de internación en el Gemelli. Para llegar a una definición diagnóstica, se realiza, entre otras cosas, una ecografía del abdomen en la gran sala de la biblioteca del departamento. El Papa tenía fiebre alta, el ambiente familiar estaba cargado de preocupación y oscuros temores; los médicos se interrogan alarmados. Pero el examen debe ser interrumpido por las interferencias electrónicas de las antenas de la Radio Vaticana. Solamente la intervención personal del Sustituto de la Secretaría de Estado, logra convencer a los directivos de la radio, que temen un gesto de sabotaje de las Brigadas Rojas, y las transmisiones son brevemente suspendidas con el anuncio de un desperfecto técnico inexistente. El examen fue completado, pero dio un resultado ambiguo.

“Para encontrar la exacta naturaleza del síndrome febril, el 20 de junio, el Santo Padre vuelve al Gemelli. Allí, sobre la base de los resultados de los exámenes de laboratorio, se le diagnosticó una infección por “citomegalovirus”.

“En esa circunstancia fueron llamados a formar parte del Colegio de médicos tratantes el profesor Luigi Ortona, Director del Instituto de Enfermedades Infecciosas de la Universidad Católica, el profesor Giancarlo Fegiz, Ordinario de la Clínica Quirúrgica, y el profesor Giuseppe Giunchi, Clínico Médico de la Universidad la Sapienza de Roma.

“El atentado, la difícil operación quirúrgica, las complicaciones debidas a la enfermedad infecciosa aparecida y la larga hospitalización marcan una experiencia indeleble en el corazón y en la psicología del Papa, el cual, superadas las fases críticas, arde de deseos de retomar su puesto de trabajo por lo menos —dice— en la segunda década de agosto, cuando la Curia termina las vacaciones.

“Con esta preocupación, la noche del 21 de julio, en el Gemelli, el Papa interviene en la reunión del Colegio Médico. Se encuentra en óptima forma y, aún declarándose no competente en cuestiones médicas, confirma el derecho del enfermo —su derecho— de ser sujeto y no objeto pasivo en la cuestionada enfermedad. Acepta la cuota de riesgo que ello implica y accede que, de ninguna manera saldrá del Policlínico sino hasta después de la segunda operación. Finalmente, ruega no aplazar esta última etapa para no postergar aún más los muchos compromisos programados, incluyendo las visitas Ad Limina.

“En efecto, el 5 de agosto, el profesor Crucitti efectúa la prevista operación de cierre de la colostomía de protección.

“Alcanzada la curación clínica, el 14 de agosto, vigilia de la solemnidad de la Asunción, a las 10.10 hrs., Juan Pablo II regresa al Vaticano al término de una dramática sucesión de cosas, que había conocido fases alternas de arriesgadas complicaciones y de pausas serenas, de tensiones mal disimuladas y de silenciosa y trabajadora dedicación. Seguirá una larga convalecencia en la residencia veraniega de Castel Gandolfo.

“En la mañana del miércoles 7 de octubre de ese año, el Papa vuelve a la Plaza San Pedro en el jeep blanco para la Audiencia General.

“Un paso atrás. La noche del 29 de diciembre de 1978, mientras estaba en el Hospital San Camillo, en esa época el más grande hospital público de Roma, con sorpresa fui llamado al apartamento privado en el tercer piso del Palacio Apostólico Vaticano, el habitado por el Papa. En efecto, desde hace casi trece años pertenecía también al cuerpo sanitario de S.C.V. compuesto por médicos que prestan servicio part time, pero no sospechaba que, sin previo aviso, sería conducido a la presencia de Juan Pablo II.

“Éste, con pocas y rápidas palabras en un italiano aún incierto, me propuso ser su médico personal y de inmediato me hizo una eficaz y precisa síntesis de su historia sanitaria. Comenzó entonces para mí una aventura profesional y espiritual que duró casi 27 años.

“En ese lejano día, yo no podía imaginar que, pasados casi dos años, habría estado directamente implicado en el trágico evento del atentado, que condujo al Papa a las puertas de la muerte y, en forma tan atroz, hirió el corazón de la Iglesia y la conciencia del mundo entero.

“Al inicio de enero de 1979, el Papa se había sometido pacientemente a un acucioso check-up en previsión del primer gran viaje a México. Luego siguieron controles clínicos periódicos con un cumplimiento casi semestral.

“Los años que siguieron no estuvieron caracterizados por problemas médicos de relevancia. Las condiciones de salud del Santo Padre fueron buenas y le permitieron enfrentar los nuevos ritmos de vida y las gigantescas responsabilidades con tenaz y a veces obstinado empeño, aun cuando el cansancio y el estrés psíquico se hacían sentir. Desde 1979 confesaba que la Audiencia General del miércoles era muy fatigosa.

“Pero con el pasar de los lustros comenzaron a aparecer algunas molestias, más bien comunes en las personas no tan jóvenes. Eran ya lejanas las épocas en las cuales el joven sacerdote, luego Obispo y Cardenal, podía estar días de vacaciones en un campamento de jóvenes, dedicarse al excursionismo, a la natación, al esquí, a la canoa. El Papa pagaba el pasado de una edad civil que no coincidía con la biológica, siendo esta última agotada por los años juveniles muy difíciles, por fatigas, necesidades y sacrificios no comunes, por un agotador ministerio primero en Polonia y luego en el Solio Pontificio.

“El año 1992 estuvo marcado por otra operación, radical y curativa, practicada en el Hospital Gemelli por el profesor F. Crucitti. Fue el 15 de julio, a raíz de una neoplastia de sigma: se trataba de un adenoma túbulo-velloso con un único pequeño foco de displasia severa. La internación fue directamente anunciada por el Papa desde la ventana de su apartamento en el curso del encuentro con los fieles por el Ángelus dominical.

“Se trató de una dolencia más bien silenciosa, con poca sintomatología, a la cual el paciente no le dio importancia. Tanto, que la calló por varios meses. Apenas el Papa me confió sus dolencias, de inmediato le prescribí, también por escrito, todos los oportunos controles, comunicando las más probables hipótesis de diagnóstico. Pero los exámenes decisivos pudieron ser realizados sólo al inicio del mes de julio, según un calendario fijado personalmente por el Santo Padre.

“También en esta ocasión la convalecencia fue larga, pero enfrentada con gran disponibilidad. El Santo Padre tenía como meta la visita a Santo Domingo con motivo del Quinto Centenario de la Evangelización de las Américas.

“Fueron ciento cuatro los viajes internacionales de Juan Pablo II, el último a Lourdes el 14 y 15 de agosto de 2004; y ciento cuarenta y seis los viajes en Italia, el último a Loreto, el 5 de septiembre de 2004. Ambos fueron celebrados en el nombre de Santa María. Pero los viajes del año 2004 fueron particularmente fatigosos para el Papa, ya obligado a andar en silla de ruedas, condicionado por una voz suave y entrecortada, con el rostro endurecido por una máscara de sufrimiento y con la mirada vuelta ya hacia la lejanía.

“También, con anterioridad, no pocos viajes fueron marcados por problemas de salud leves o menos leves. Ellos fueron enfrentados por el Papa con firme voluntad y resueltos con medidas médicas, a veces osadas, en la convicción de que el cuidado de la salud de un Papa, en algunas circunstancias, obliga a tomar opciones distintas, más cautelosas.

“Por eso, el policlínico Gemelli merecía, una vez más, el título de Vaticano III, asignado por el Papa durante una precedente internación.

“Al finalizar la mañana del 11 de noviembre de 1993, al término de una audiencia en el Aula de la Bendición, el Santo Padre, bajando una tarima, caía pesadamente al suelo. El profesor Gianfranco Fineschi, Director del Instituto de Clínica Ortopédica de la Universidad Católica, proveía a la reducción incruenta de la luxación traumática anterior del hombro derecho, con coexistente fractura parcial de la glenoide y a la sucesiva inmovilidad con vendaje.

“A mí, su médico, me era permitido considerar que en el accidente había jugado también una cierta inseguridad del equilibrio en el ámbito del síndrome neurológico de naturaleza extrapiramidal, y cuyos primeros signos habían sido observados desde los últimos meses del año 1991.

“El morbo del Parkinson había aparecido con un temblor en su postura y con el reposo de algunos dedos de la mano izquierda. Lentamente había progresado hasta caracterizarse con todos los datos que invalidaban y sobre el cual, no obstante la específica terapia farmacológica y de rehabilitación, no había dado resultados muy brillantes. En el curso de los años, numerosas consultas médicas siempre convalidaron el diagnóstico y la estrategia terapéutica.

“Una caída más grave se verificó en la tarde del 28 de abril de 1994. El Papa resbaló en su departamento, provocándose una fractura transcervical acaecida en el interno del fémur derecho con dislocación. Para convencer al Papa de la gravedad de lo sucedido, además de la visita de un especialista ortopédico en plena noche, se efectuó un examen radiográfico en el mismo departamento pontificio: al día siguiente el Santo Padre tenía que partir a Sicilia, para una visita pastoral. “El implante de la prótesis de la extremidad fue realizada por el profesor Fineschi en el Gemelli, la hospitalización fue más bien larga y seguida por un fastidioso período de reeducación motriz. El Papa comenzó a usar bastón, que no fue abandonado casi nunca más. En los años sucesivos, siguió usando la plataforma móvil: era un enfermo cada vez menos dueño de sus movimientos y de su equilibrio.

“En la mañana de la Navidad de 1995, los canales televisivos de todo el mundo transmitían la imagen del Papa visiblemente sufriente, que leía el mensaje natalicio desde la ventana de su estudio y no desde de Logia de la Bendición, como de costumbre. El Santo Padre interrumpía inesperadamente la lectura de los saludos navideños en diferentes idiomas, a causa de un incontrolable hipo, y agregaba: “Disculpen, tengo que interrumpir”. Inmediatamente impartió la bendición y se alejó de la ventana frente al atónito asombro de los muchos miles de fieles reunidos en la Plaza.

“A las 10.00 hrs. no había bajado a la Basílica para la celebración de la tercera Misa de Navidad, y la Sala de Prensa de la Santa Sede había comunicado que se trataba de una “leve indisposición febril” del Santo Padre. En realidad se trataba de una patología intestinal, nueva para el Santo Padre, acompañada de fiebre, que se habría configurado mejor con recurrentes episodios imprevistos.

“A la luz de la clínica y de la negatividad de una rectocoloscopía como control de rutina efectuada al inicio del mes de diciembre, establecí el diagnóstico de apendicitis aguda. El cuadro en los meses sucesivos fue confirmado también con una TAC, realizada el 14 de agosto de 1996 en el Hospital Regina Apostolorum de Albano Laziale en ocasión de una reincidencia.

“Lamentablemente, los numerosos compromisos del Papa y un comprensible rechazo con respecto a una nueva operación, obligaron a reenvíos continuos, también en virtud de la eficacia de la terapia médica.

“La repetición de estos malestares generó un real desconcierto en la opinión pública y el 14 de septiembre fue necesario emitir un largo comunicado explicativo, escrito y firmado por mí y aprobado por el Santo Padre, luego de una consulta médica realizada dos días antes.

“El 18 de octubre, Juan Pablo II volvía por sexta vez a una sala operatoria del Gemelli, donde el profesor Crucitti cumplía una muy larga operación. Se confirmaba el diagnóstico de “recurrentes episodios filogísticos del apéndice”.

“Para complicar y agravar las dificultades de la vida pública y privada del Santo Padre, en los años 2002 y 2003 se manifestaron recurrentes e intensos dolores cargados en correspondencia de la extremidad inferior derecha, debido a una grave osteoartrosis de la rodilla derecha del IV-V grado de Albach, en el cuadro de una patología degenerativa poliarticular. Se iniciaron las más idóneas y modernas terapias, mientras que la solución quirúrgica con la colocación de una prótesis fue netamente descartada por el Papa.

“¿Cuál fue la relación del Santo Padre con su médico? He aquí un recuerdo personal:

“Durante la última estada veraniega en Valle d’Aosta en julio de 2004, en Prat Sec, en los alrededores de Courmayeur, sobre un prado verde y bajo el sol canicular, por enésima vez le repetí al Secretario Monseñor Dziwisz mi propósito de renunciar luego de veintiséis años de servicio que podían inducir a una razonable rotación. Él me dijo que no debía y no podía, porque esta era la voluntad del Santo Padre —que en verdad otras veces me lo había expresado personalmente— y aún más, me confiaba que todos los días el Papa en la Misa recordaba a su médico. Era un chantaje, frente al cual debía rendirme.

“Por otra parte, conocía bien la afectuosa benevolencia del Santo Padre hacia mi persona. Con los años ésta se había manifestado, aun sobriamente, en muchas formas, hasta su iniciativa de bautizar a mi primera nieta, que el Papa llamaba con el diminutivo polaco de Olenka.

“En el curso de nuestra relación no profesional, en la que fueron afrontadas tanto las molestias banales y transitorias, como las serias patologías agudas y crónicas que condicionaron su existencia y su misión pastoral y apostólica, Juan Pablo II mantuvo siempre conmigo un diálogo sereno y concreto, en el cual pedía pocas pero detalladas explicaciones sin ceder a la curiosidad, aunque comprensible, de los minuciosos detalles y de las seguras previsiones.

“Era una persona muy atenta a los síntomas que advertía, los que describía con gran exactitud con el evidente y único fin de iluminar al médico y acelerar la curación para retornar a su trabajo.

“Siempre mostró una actitud de profunda serenidad interior, que —no obstante algún momento de humana y visible contrariedad e intolerancia— lo llevaba a aceptar de las manos de Dios la enfermedad, el dolor físico, la forzada inactividad.

“Por lo tanto, la relación entre médico y paciente, por un lado marcada por una indudable confianza y, por el otro, de respetuosa y prudente sinceridad, conoció pocas horas realmente difíciles: es decir, las de las graves decisiones, que interesaban a la salud del Santo Padre y su servicio apostólico. Pero cuando fue necesario, el Papa fue el primero en comprender lúcidamente las exigencias más apremiantes y decidir con rapidez en el modo más justo. Y si en alguna ocasión hubo retraso u omisión, se trató de elecciones hechas con convicción.

“El respeto profesional y la discreción también hoy circunscriben la narración de mi experiencia y de mis recuerdos.

“En verdad, muchos médicos, italianos y no italianos, además de mí, han tenido modo de brindar su labor con relación a Juan Pablo II. Fueron médicos de notable valor y experiencia, de gran prestigio científico, algunos de altísimo nivel internacional, de religión católica, protestante y hebrea, provenientes de Italia, España, Suiza, Alemania, Francia, Reino Unido, Estados Unidos y Polonia. Todos se acercaron al Papa con gran devoción y han ofrecido su colaboración con delicada simplicidad y preciosa competencia. Y todos los consultores, hecha excepción de algún colega italiano, con su riguroso silencio han testimoniado un envidiable estilo de señorial y de profesional reserva.

“El rápido pasar de los años volvió cada vez más complicadas las varias patologías que ponían a dura prueba la salud del Santo Padre. La asistencia médica multidisciplinaria se volvió aún más obligatoria, y la guardia sanitaria, que seguía discretamente al Papa cada vez que salía de su apartamento privado, estaba en constante tensión y alarma.

“El Ángelus del domingo 30 de enero de 2005 fue recitado por el Santo Padre con voz ronca, emitida con gran esfuerzo y sin ocultar el sufrimiento.

“El 31 de enero, la Sala de Prensa de la Santa Sede comunicó que las audiencias previstas para aquel día habían sido suspendidas a causa de un síndrome gripal. Luego se suspendió la Audiencia General del miércoles 2 de febrero de 2005. A decir verdad, la sintomatología era modesta y no hacía presagiar una evolución tan rápida y grave de peligrosas complicaciones. Sin embargo, se abría el capítulo más doloroso de los complejos acontecimientos clínicos que habían marcado el Pontificado de Juan Pablo II.

“Las precarias y frágiles condiciones de salud del Santo Padre pronto se complicaron con una laringotraqueítis aguda y con crisis de laringoespasmo, que reducían peligrosamente el espacio respiratorio. La noche del 1 de febrero las condiciones del enfermo se precipitaron en muy pocas horas y se instauró un arriesgado cuadro asfíctico; a las 22.50 hrs., se volvió urgente e inevitable la internación —en ambulancia equipada como centro de reanimación— al Gemelli. El Santo Padre fue internado en la habitación reservada para él, en el décimo piso.

“La evolución fue positiva y el sábado 5 de febrero el Santo Padre podía serenamente seguir por televisión, desde su habitación, la ceremonia realizada en el aula Paulo VI para la fiesta de la Virgen de la Confianza, patrona del Seminario Romano Mayor. La respiración se había vuelto suficientemente regular y las condiciones generales estaban repuntando.

“La permanencia en el hospital fue prolongada con el fin de lograr la estabilización del cuadro clínico. Diariamente el Papa concelebraba la Santa Misa en su habitación. El miércoles 9 de febrero, primer día de cuaresma, el Papa concelebraba la Eucaristía y bendecía las cenizas, que le eran impuestas por el Secretario.

“Completados los controles diagnósticos —incluso la TAC total-body, que permitía excluir otras patologías— el 10 de febrero, el Santo Padre, en auto, regresaba al Vaticano alrededor de las 19.40 hrs. Antes de dejar el hospital, entregó a los médicos una copia de su libro Memoria e identidad recién impreso con firma autógrafa, y entregó además dos bellísimas e inusuales cartas de elogio y agradecimiento al profesor Lorenzo Ornaghi, Magnífico Rector de la Universidad Católica, y a mí, también en mi calidad de Director de Sanidad e Higiene del Estado de la Ciudad del Vaticano.

“En los días sucesivos se verificó una recaída de la conocida patología respiratoria con fases alternas, controladas con rigor por el personal médico vaticano, que lo cuidaba permanentemente. El cuadro clínico se caracterizaba por la renovación de nuevos episodios de insuficiencia respiratoria aguda, causados por una ya existente y bien documentada estonosis funcional de la laringe. Particularmente penosas para el enfermo eran las crisis de cornaje, respiración ruidosa y chillona, que caracterizaba las fases aspiratorias.

“Conviene recordar que en los meses de febrero y marzo, durante la permanencia en el Vaticano, fueron ejecutadas cinco video-fibrolaringoscopias en la cama del enfermo por el doctor Angelo Camaioni, primario otorrinolaringólogo del Hospital San Giovanni de Roma y especialista de la Dirección de Sanidad e Higiene del Estado de la Ciudad del Vaticano.

“Una nueva crisis, cercana a la asfixia, se verificó en la noche del 23 de febrero: fueron horas dramáticas, durante las cuales el Cardenal Marian Jaworski, Arzobispo de Leopoli de los Latinos, impartió la Unción de los Enfermos a su viejo amigo. La situación, aunque adecuadamente enfrentada en el curso de la noche, aconsejaba una nueva internación en el Gemelli, que sucedió a las 11:50 hrs. del jueves 24 de febrero.

“Se hacía ya indispensable y urgente una traqueotomía electiva de protección y la colocación permanente de la relativa cánula. La operación habría hecho más segura la respiración, pero probablemente habría empeorado la fonación.

“Con el profesor Rodolfo Proietti, director del Departamento de Aceptación y Emergencia del Policlínico Gemelli, expliqué al Santo Padre las meditadas motivaciones de la intervención, en el entendido de garantizar una respiración suficiente y de evitarle las crisis de sofocación de la cual había ya tenido una penosa experiencia. El enfermo dio su consentimiento, no sin antes haber consultado, con conmovedora simplicidad, si era posible estirar las vacaciones de verano.

“En horas de la noche del mismo día, el breve acto operatorio fue ejecutado por el profesor Gaetano Paludetti y por el doctor Angelo Camaioli. El profesor Proietti proveyó la anestesia general.

“Conmigo se encontraba presente el profesor Enrico de Campora, Ordinario de la Clínica Otorrinolaringoiátrica de la Universidad de Florencia y Consultor de la Dirección de Sanidad e Higiene del Estado de la Ciudad del Vaticano.

“Luego de la intervención, terminados los efectos de la anestesia, regresado a su habitación, el Papa pedía una hoja para escribir de su puño, con letra incierta y en idioma polaco, estas palabras: “Qué me han hecho! Ma… totus tuus!”.

“Era una expresión de estupor y de desconcierto por la nueva condición existencial. Cuya precipitación constataba brutalmente. De inmediato sublimó su desconcierto por el acto de entregarse a María.

“El proceso postoperatorio se desarrolló sin complicaciones y se inició de inmediato la rehabilitación de la respiración y de la fonación.

“En los dos períodos de internación, no abandonó los altos deberes de su ministerio, escuchando lecturas, firmando documentos, dictando textos y recibiendo colaboradores.

“De esto, el Papa Benedicto XVI es un autorizado testigo, quien como Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, en una entrevista a la televisión polaca transmitida el 17 de octubre de 2005, evoca así una visita efectuada a Juan Pablo II al Gemelli en torno al 5 ó 6 de febrero: “El Papa sufría visiblemente, pero estaba plenamente lúcido y muy presente. Yo había ido sólo para un encuentro de trabajo, porque necesitaba de alguna decisión suya. El Santo Padre —si bien sufriendo— seguía con gran atención lo que yo decía. Me comunicó en pocas palabras sus decisiones, me dio su bendición, me saludó en alemán, concediéndome toda su confianza y su amistad”.

“El 6 de marzo, el Santo Padre vistiendo la casulla rosada, celebró la misa del IV Domingo de Cuaresma, en la pequeña capilla contigua a su habitación y logró pronunciar la fórmula de la bendición final con voz suave e insegura, pero con discreta dicción.

“El domingo 13 de marzo el Papa regresaba al Vaticano alrededor de las 18.40 hrs. Apenas llegado a su departamento, se dirigió a la capilla para unirse al canto de las Lamentaciones, que en lengua polaca conmemoran la Pasión del Señor.

“Desde el mes de febrero en el apartamento papal había un eficiente servicio de guardia médica del Vaticano. También en los años precedentes, en ocasiones de fases críticas de las condiciones de salud del Papa y luego de varias operaciones, mis colaboradores y yo nos habíamos alternado, día y noche, en una cercana vigilancia.

“Pero las difíciles condiciones de salud del Papa hicieron urgente la activación de una estructura más compleja. Ella era constantemente controlada por un equipo vaticano multidisciplinario, compuesto por diez médicos de reanimación, por especialistas de cardiología, infecciosos, otorrinolaringología, medicina interna, radiología y patología clínica, ayudados por cuatro enfermeros profesionales, bajo mi dirección. Según las peculiares y seculares tradiciones de los Arquiatras pontificios y del servicio sanitario Vaticano, el personal médico pertenecía a algunos prestigiosos hospitales públicos y a dos facultades universitarias de la ciudad de Roma. Todos con corazón de humilde cireneo ayudaban al anciano Pontífice, nuestro Papa, a llevar su cruz hasta el final.

“En los días sucesivos continuó una lenta recuperación de las condiciones generales, vuelta difícil por la deglución muy dificultosa, por la fonación demasiado penosa, por el déficit nutritivo y por la notable astenia.

“El domingo 20 y el miércoles 23 de marzo, el Santo Padre cumplió una aparición por la ventana de su estudio, muda, limitándose a la bendición con un simple gesto de la mano derecha.

“En la Semana Santa, concelebró los ritos del Triduo Pascual en su capilla y se unió al Vía Crucis en el Coliseo mediante una larga y difícil filmación televisiva.

“El 27 de marzo, domingo de Pascua, el Papa se entretuvo por alrededor de trece minutos frente a la ventana abierta sobre la plaza abarrotada de fieles en espera del mensaje pascual. Tenía en la mano las hojas del texto, que, en el atrio de la Basílica, era leído por el Cardenal Angelo Sodano con voz emocionada.

“Con admirable buena voluntad antes había tratado de leer el texto y parecía como que pudiera tener éxito. Pero en vano el Papa trató de pronunciar las palabras litúrgicas; con un gemido susurró: “No tengo voz” y, en silencio, con la mano derecha trazó una larga señal de la cruz sobre la ciudad y sobre el mundo; fue su última bendición Urbi et Orbi. Fueron aquellos últimos días de vida de Juan Pablo II, que la Providencia hacía coincidir con el misterio de la Pasión, Muerte y Resurrección del Señor de la Gloria.

“El lunes del Ángel el Santo Padre no se presentó a la ventana de su estudio.

“Miércoles 30 de marzo, el Santo Padre nuevamente se asomaba y, sin hablar, bendecía a la multitud consternada, que lo esperaba en la Plaza de San Pedro. Fue su última estación pública del Vía Crucis.

“El mismo día se comunicó que había sido iniciada la nutrición enteral mediante la colocación permanente de una sonda nasogástrica, porque por la vía oral se había vuelto impracticable.

“Jueves 31 de marzo, poco después de las 11.00 hrs., el Santo Padre, que se había dirigido a la capilla para la celebración de la misa, sufrió un estremecimiento flagelante, al que le siguió una fuerte elevación térmica hasta 39, 6º. Aparecía un muy grave shock séptico con colapso cardiocirculatorio, debido a una presente infección de las vías urinarias.

“De inmediato fueron tomadas todas las apropiadas medidas terapéuticas y de asistencia cardiorrespiratoria.

“A continuación de una explícita pregunta de Monseñor Dziwisz, el Papa expresó claramente la decisión de permanecer en su habitación, donde se le tenía asegurada una ininterrumpida y calificada asistencia especializada.

“Al terminar la tarde, la misa era celebrada a los pies de la cama del Papa. Éste concelebraba con los ojos entrecerrados pero, al momento de la consagración, elevaba débilmente, por dos veces, el brazo derecho, es decir, sobre el pan y sobre el vino. Esbozaba, además, el gesto de golpearse el pecho durante el rezo del Agnus Dei.

“El Cardenal Mariam Jaworski le administraba la Unción de los Enfermos. A las 19.17 hrs. el Papa tomaba la Santa Comunión.

“Al finalizar la misa, después de los secretarios, las hermanas de la casa besaron la mano del Papa, quien las llamó por su nombre y agregó: “Por última vez”. También los médicos y los enfermeros se acercaron emocionados. Yo, apretándole fuerte la mano, le dije: “Su Santidad, le queremos mucho y estamos cerca con todo el corazón”.

“Sucesivamente el Santo Padre pidió celebrar “la hora eucarística” de meditación y plegaria, finalizada con el canto de las hermanas.

“El viernes 1º de abril, a las 06.00 hrs. de la mañana, el Papa consciente y sereno, vistiendo la estola y la cruz pectoral, concelebraba la misa.

“Alrededor de las 07.15 hrs. con gran recogimiento seguía la meditación de las catorce Estaciones del Vía Crucis y hacía la señal de la cruz en cada Estación.

“Sucesivamente se asociaba el rezo de la Tercera Hora del Oficio Divino y escuchaba la lectura de las estrofas de la Sagrada Escritura, hecha por el padre Tadeusz Styczen, su discípulo.

“Las condiciones clínicas se habían vuelto ya de extrema gravedad, y se caracterizaban por el tan alarmante compromiso de los parámetros hematólogos y metabólicos en el contexto de una agravada insuficiencia cardiocirculatoria, respiratoria y renal.

“El enfermo, que con gran dificultad podía susurrar solamente pocas sílabas, con intensa y silenciosa participación se asociaba a la continua plegaria de aquellos que lo asistían.

“En la mañana del sábado 2 de abril, a las 07.30 hrs., la misa era celebrada en presencia del Santo Padre, que comenzaba a presentar un inicial aunque discontinuo compromiso del estado de conciencia.

“Al final de la mañana se registraba un brusco aumento de la temperatura. Hacia las 15.30 hrs., con voz muy débil y palabras masculladas en lengua polaca, el Santo Padre pedía “dejarlo ir donde el Señor”. Los médicos se daban cuenta de que el fin era inminente y que cada nueva y agresiva medida terapéutica habría sido inútil.

“Poco antes de las 19.00 hrs. el Santo Padre entraba en coma. El monitor documentaba el progresivo desgaste de las funciones vitales.

“Según una tradición polaca, una pequeña vela encendida iluminaba la penumbra de la habitación, donde el Papa se iba apagando.

“A las 20.00 hrs. se iniciaba la celebración de la misa de la Fiesta de la Divina Misericordia, a los pies de la cama del Santo Padre en agonía.

“El rito era presidido por monseñor Stanislaw Dziwisz con la participación de monseñor Mieczyslaw Mokrzycki y de monseñor Stanislaw Rylko. Las hermanas de la casa, algunos sacerdotes y amigos, los médicos y los enfermeros rodeaban el altar.

“Cantos religiosos polacos acompañaban la celebración de la misa y se unían a aquellos de los jóvenes y de la multitud de los fieles, recogidos en plegaria en la Plaza de San Pedro. A las 21.37 hrs. el Santo Padre expiró.

“Frente a su cuerpo ya inanimado los presentes entonaban el Te Deum. El himno de alabanza y de agradecimiento se fundía con la plegaria unánime que desde el pueblo cristiano llegado a la Plaza subía hacia la ventana de la habitación del Papa de pronto iluminada”.


Notas:

[*] Hasta ahora han sido doce los Papas que no han cumplido todo su período. Entre los que han abdicado se encuentran los siguientes: San Clemente (97); San Ponziano (235); San Celestino V (1294); Gregorio XII (1415). Por su lado, los que han sido depuestos, sea por persecuciones, órdenes imperiales o indignidad, son: San Silverio (537), San Marino I (655); Romano (897); Juan XII (964); León VIII (965); Benedicto V (966) y Benedicto IX (1048).

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