Durante su vida, József Mindszenty, al como Simón de Cirene, llevó la cruz con la cual era crucificado su pueblo. Toda su existencia está marcada por esta cruz que cargó sobre su espalda con intrépido valor.

Leemos en el Evangelio según San Lucas: “Cuando lo llevaban echaron mano de un cierto Simón de Cirene, que venía del campo, y le cargaron con la cruz para que la llevase en pos de Jesús” (Lc 23, 26).

Durante su vida, József Mindszenty, tal como Simón de Cirené, llevó la cruz con la cual era crucificado su pueblo. Toda su existencia está marcada por esta cruz que cargó sobre su espalda con intrépido valor. En las Memorias que nos dejó, encontramos las huellas dolientes de este camino de martirio.

Intuyendo su presencia de ánimo, Pío XII lo nombraba obispo de Veszprém el 4 de marzo de 1944, y el Cardenal Seredy le confería la ordenación episcopal del 25 de marzo. Durante 27años había sido párroco en Zalaegerszeg y es conmovedor recordar el saludo con el cual se despedía entonces de sus fieles, tal como da cuenta en las Memorias: “He predicado la palabra de Dios. He celebrado tantas santas misas para vosotros. He administrado los sacramentos: puedo decir que en mi confesionario jamás se han formado telarañas. Nuestras almas estaban muy unidas. Pase lo que pase, nunca creáis que el sacerdote puede ser enemigo de sus fieles. El sacerdote pertenece a cada familia y vosotros formáis parte de la gran familia de vuestro pastor (…)”. Son las líneas de vida sacerdotal con las cuales Mindszenty se mantuvo fiel como Pastor en todas las pruebas dolorosas de su existencia.

En 1919, durante el régimen de Béla Kun, ya había conocido el joven sacerdote la persecución y la cárcel. En 1944, al convertirse en obispo de Veszprém, describía así la trágica condición en que se había precipitado su nación: “Han llegado a Hungría la tribulación y la hora de las tinieblas. Desde Occidente aqueja el peligro negro y desde Oriente el rojo”. En el memorándum que se vio en el apremiante deber de presentar al gobierno filonazista en nombre de los Obispos, en octubre de 1944, decía valerosamente: “Nadie tiene autoridad para forzar una nación hacia el suicidio (…). Somos húngaros: vivimos y queremos seguir viviendo compartiendo el destino de nuestro pueblo”. Para hacerlo callar, los nazis lo encarcelaron poco después. Precisamente en la Navidad de 1944, celebraba en la cárcel la Misa para los prisioneros políticos de todas las tendencias y oraba con ellos por Hungría, dividida por el frente bélico, “donde unos decían combatir para salvarnos y los demás afirmaban morir para liberarnos”.

En la Memorias está descrita toda la tragedia que vivirá la nación en los años de la guerra y la postguerra. La carta pastoral de los obispos de mayo de 1945, inspirada por él, proclamaba nuevamente: “Desdichados y humillados, yacemos a lo largo del camino de los pueblos, inmersos en el dolor o llenos de pesar (…). Nuestros soldados sólo han conocido la desgracia y la derrota en esta guerra (…). En el pasado, la espada no dio una patria, pero le correspondió a la cruz salvaguardarla”: la Iglesia y el pueblo de Hungría estaban indisolublemente unidos en su corazón.

Este valor y esta generosa y apasionada entrega indujeron a Pío XII a elegir a Monseñor Mindszenty arzobispo de Esztergom y primado de Hungría. En esa ocasión, el nuevo obispo hablaba así a sus fieles al entrar en la catedral: “Con la ayuda de Dios y la madre María, seré gustoso la conciencia del pueblo, golpearé como el centinela vigilante a la puerta de vuestro ánimo, predicaré a nuestro pueblo las antiguas verdades eternas y llamaré a nueva vida a sus santas tradiciones”. Es el programa completo de su acción pastoral, con la franqueza y el valor de las posiciones que adoptará.

En el consistorio de febrero de 1946, en que lo elevaba a la sagrada púrpura, el Papa Pío XII, al colocarle sobre la cabeza el birrete cardenalicio, le decía confidencialmente: “Serás de los treinta y dos cardenales el primero en soportar el martirio simbolizado por este color rojo”.

Muy pronto la confrontación con el régimen, enteramente bajo la hegemonía del partido comunista, llegó a ser cada vez más tensa, sin exclusión de golpes. La abolición de la enseñanza religiosa en las escuelas, la nacionalización de las escuelas católicas. La disolución de las órdenes religiosas, la confiscación estatal de los bienes de la Iglesia y la propaganda ateísta fueron rebatidas y denunciadas con fuerza vehemente por el cardenal. El Primado protestó también en el ámbito internacional en defensa de los derechos humanos de los húngaros deportados o expulsados del territorio checoslovaco. Ahora su personalidad de Pastor y hombre libre, dada la autoridad moral de la cual gozaba en su patria y el prestigio adquirido en el extranjero, era considerada por el partido comunista uno de los mayores obstáculos para la ejecución de la política de duro y pesado dominio del régimen. El día después de la Navidad de diciembre de 1948, el cardenal era arrestado en su residencia. Comenzó así el camino de su Calvario, desde el apresamiento en la calle Andrássy 60 hasta las torturas físicas, perpetradas día  y noche, y el humillante proceso llevado a cabo en forma ruidosa en febrero de 1949, después del cual fue condenado a presidio perpetuo. El Papa Pío XII quiso denunciar personalmente, en el consistorio del 14 de febrero, “la dramática impresión provocada en todo el mundo civil por la artificiosa y capciosa constitución de las acusaciones” y la “inexplicable condición física del Cardenal”, que convirtiera a un hombre “hasta entonces excepcionalmente enérgico por su naturaleza y forma de vida en un ser débil y de mente vacilante” con el único fin de “provocar trastorno en la Iglesia Católica en Hungría, con la esperanza de obtener lo señalado por la Sagrada Escritura: Percutiam pastorem et dispergentur oves gregis (Mt 26, 31)”. (“Heriré al pastor y dispersaré al rebaño”).

Se reconoció el carácter “absolutamente ilegal” de las acusaciones del proceso, declaradas nulas por el gobierno húngaro de Nagy en los días de la batalla por la libertad de octubre de 1956. Las “horas de la libertad” fueron breves y agitadas. En una famosa apelación, que leyó en la radio la noche del 3 de noviembre de 1956, el cardenal se expresaba así: “Cada uno de los miembros de nuestra pequeña nación se regocija en el corazón por el hecho de que otros pueblos apoyan nuestra causa y nuestro amor a la libertad (…). Queremos vivir siendo amigos de todos los pueblos, de todos los países (…). El sentimiento nacional no debe seguir llevando a la lucha entre las naciones, sino florecer en todo el mundo en el campo de los valores culturales, que constituyen un tesoro común de todos los pueblos (…). Somos neutrales y no damos a la potencia rusa motivo alguno para proceder a un derramamiento de sangre. ¿No han comprendido sus jefes que respetaríamos mucho más al pueblo ruso si no nos subyugase? (…). La batalla emprendida no ha sido una revolución, sino puramente una batalla por la libertad (…)”.

Pocas horas después, el fuego de los cañones soviéticos en Budapest y el avance de los carros armados contra la sede del parlamento obligaban al Primado a buscar refugio en la embajada de Estados Unidos. Al día siguiente. Pío XII denunciaba que “con armas extranjeras se ha impuesto al pueblo húngaro una nueva servidumbre” y advertía al mundo que “la justa libertad de los pueblos no puede sofocarse en sangre”.

Comenzaba par el cardenal Mindszenty el sufrimiento de una nueva relegación. Durante años se vio obligado a ser un observador silencioso e impotente de las dolorosas vicisitudes de la Iglesia y el pueblo húngaro desde las ventanas cerradas de su aislamiento. Juan XXIII le envió otras veces al cardenal König para consulta y consuelo, y en abril de 1963 Monseñor Agostino Casaroli lo visitó con el fin de encontrar una solución para su situación personal. Si bien no tenía posibilidad de hacer cosa alguna, no quería separarse de su Iglesia y su pueblo. En 1971, aceptaba con dolor la invitación de Pablo VI, que le proponía dejar Hungría para obtener un mejoramiento de las condiciones de la Iglesia, y escribía textualmente al Papa que “después de una concienzuda consideración de sus deberes de pastor y como testimonio de su amor desinteresado por la Iglesia”, estaba “dispuesto a aceptar la cruz más pesada de su vida y abandonar la patria para expiar en el exilio por la Iglesia y mi pueblo”, y terminaba así: “Estoy convencido de que hasta el mayor sacrificio personal se vuelve insignificante cuando se trata de la causa de Dios y la Iglesia”.

Pablo VI lo presentó a los Obispos reunidos en Roma para el Sínodo “como ejemplo de intrépida firmeza en la fe e infatigable servicio a la Iglesia, inicialmente con su obra generosa y luego con su vigilante amor, la plegaria y el profundo sufrimiento”.

El cardenal fijó su residencia en el Pazmaneum de Viena y en los tres años siguientes visitó las comunidades católicas húngaras en Bélgica, Portugal, Alemania Federal, Inglaterra, Canadá, Estados Unidos y Sudáfrica.

El 5 de febrero de 1974, Pablo VI, en una decisión sumamente dolorosa, inspirada por la posibilidad de proceder a nuevas nominaciones obispales que diesen a la Iglesia Católica en Hungría los pastores que necesitaba con urgencia, y a solicitud del Episcopado húngaro, declaraba vacante la sede arzobispal de Esztergom.

Cuando murió el cardenal Mindszenty el 6 de mayo de 1975, en Viena, en la clínica de los Hermanos de la Misericordia, Pablo VI lo definía así: “Singular figura de sacerdote y pastor”.ç

La historia del cardenal Mindszenty es la historia de un martirio, de una cruz llevada siempre con gran dignidad y fe inquebrantable. Es una historia de sufrimientos, que al final se entrelaza con la de Pablo VI, igualmente cargada de sufrimiento.

El Cardenal Primado de Hungría tenía en la carne las señales de la persecución vivida bajo el régimen comunista. “Si relato mi historia -escribió en el prefacio de sus Memorias-, lo hago únicamente para que el mundo conozca el destino que nos reserva el comunismo y para que se advierta cómo el mismo no considera en modo alguno la dignidad del hombre, y si describiré mi cruz, será solamente para hacer recordar al mundo la cruz de Hungría y su Iglesia”.

Existen fotos del proceso-farsa de 1949, donde aparece Mindszenty ante jueces con ojos abiertos desmesuradamente y una expresión alucinada. Con todo, más que las torturas, la prisión y la inactividad forzosa tras los muros de la representación diplomática americana, deberían poner a prueba el vigor de Mindszenty el dolor del exilio y finalmente, el 5 de febrero de 1974, la remoción del cargo de arzobispo de Esztergom. Fue el único caso de dimisión solicitada por el Papa.

Si bien para Mindszenty el exilio fue una cruz pesada, para Pablo VI fue una cruz aún más pesada la decisión de declarar vacante el arzobispado de Esztergom. La dolorosa decisión del Papa fue dictada por el bien supremo de la Iglesia, que puede exigir a veces sacrificios igualmente supremos. La cruz del cardenal Mindszenty fue una cruz que el Papa quiso llevar sobre sí. Es un testimonio de amor a la Iglesia que no necesita comentarios.

Hoy el Cardenal Mindszenty ha sido totalmente rehabilitado por el Estado húngaro, que ha reconocido el carácter infundado de las acusaciones hechas a uno de sus ciudadanos y la injusticia de un proceso contra un inocente. Se han reconocido todos los derechos de los cuales fuera despojado, incluyendo el ámbito civil. Y la Iglesia lo venera como un mártir, y en su tumba en Esztergom, siempre adornada con flores, hay una incesante peregrinación de fieles.

La historia del Cardenal Primado es también la de obispos, sacerdotes, religiosos y laicos de la Iglesias Católicas, tanto latinas como orientales del este europeo, una historia de mártires, como los cardenales Beran, Tomasek, Wyszynski, Stepinac, Slpiyj y otros pastores, recientemente beatificados por el santo Padre en la visita a Ucrania, que siempre han mantenido vivos en la conciencia y la vida de esos pueblos sometidos a tantas pruebas el amor al Señor y a su Iglesia y la tutela de los derechos de la conciencia. Hoy que ha caído el muro de Berlín y el fracaso del comunismo ha sido patente ante los ojos de todos, los testimonios del cardenal Mindszenty y muchos otros  Obispos proclaman que más allá de las operaciones y persecuciones, la verdad del Evangelio vuelve vívida y fuerte a dar esperanza y a iluminar el camino de los hombres.


Nota:

[*] El texto corresponde al discurso pronunciado en la Academia Húngara de Ciencias al conmemorarse el 10° aniversario del traslado de sus restos a Eztergom.

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