"El alma tierna del niño y la entrega amorosa de la mujer han seguido siendo el tesoro que la Iglesia guarda, lamentablemente, en vasija de barro."

* Las imágenes que ilustran este artículo corresponden a la iglesia del Monasterio Benedictino de la Santísima Trinidad en Las Condes, Santiago de Chile. La iglesia, construida en 1965, fue diseñada por los entonces novicios de la Orden P. Martín Correa y P. Gabriel Guarda. Estas fotografías están en el libro Iglesias de Santiago, publicado por la Ilustre Municipalidad de Santiago en noviembre de 2008 (pp. 122 a 125).

© Humanitas 94, año XXV, 2020, págs. 286 – 305.


Las comunidades religiosas portan un tesoro en vasija de barro (2 Co 4,7), dice Dom Dysmas de Lassus, prior de la Gran Cartuja de Isere y por consiguiente prior general de la orden monástica de los cartujos, en un libro reciente sobre los riesgos de la vida religiosa[1]. Dom Dysmas de Lassus designa el mal de la Iglesia como la deriva sectaria de la vida religiosa, algo que ha acechado desde siempre a la vida monacal, pero que esta misma ha logrado contrarrestar a través de una regla y un modo de ejercer la autoridad que se ha ofrecido como un modelo ejemplar de gobierno recto y de uso templado de la autoridad dentro de la Iglesia. ¿Qué debe entenderse por deriva sectaria?[2]Sobre el fondo de los abusos sexuales a menores de edad, la Iglesia ha debido enfrentar, en efecto, una crisis igualmente penosa: la debacle de una parte de las congregaciones religiosas formadas después del concilio, casi todas ellas –al menos en el caso latinoamericano– carcomidas por una dinámica sectaria. En el catolicismo francés –uno de los más golpeados por la crisis eclesiástica– se tiene en mente el caso de la Famille de Nazareth, un modelo de renovación espiritual posconciliar[3] fundada por el padre Marcel C., quien se deja inspirar por la espiritualidad del padre De Foucauld (adhesión a Jesús, comunión y adoración frecuente, estudio de la Biblia y compromiso con los pobres). Oficialmente reconocida a comienzos de los setenta por el obispo de Chambery, apenas tres años después se convierte en una asociación laica con el nombre de Vivre au Grand Air (vivir a pleno sol, es decir, al margen de las estructuras eclesiales, algo que incluía la disolución del sacerdocio presbiteral), para devenir en sociedad internacional de investigación científica que se proclama atea y termina acusando a la Iglesia de impostura histórica.

El carisma descontrolado de la Familia de Nazaret constituye el prototipo de la secta tal como está descrita en sociología religiosa, generalmente escisiones del tronco institucional que exacerban el elemento carismático y que ha alimentado la larga corriente de los espirituales dentro de la Iglesia. La Iglesia ha conocido bien los excesos de los espirituales de todos los tiempos y ha sabido lidiar con ellos, incluso en el filo de la navaja, cuando es difícil discernir entre verdaderos y falsos profetas. Pero también está la vertiente farisaica del espíritu sectario, aquella que por el contrario extrema el cumplimiento de la ley, y se consume por el celo de su iglesia, al punto de apartar a todos los demás por moderación y tibieza o por ignorancia (los provincianos que no conocen la ley, la principal acusación que los fariseos dirigían contra Jesús de Nazaret). Los casos más salientes de deriva sectaria se encuentran en el lado de las congregaciones que quisieron rescatar a la Iglesia de los excesos posconciliares y construyeron órdenes religiosas basadas en un espíritu triunfal y militante del que la Communauté Saint Jean en Francia o Legionarios de Cristo serán ejemplos salientes. La Comunidad de San Juan es un instituto religioso de derecho diocesano fundado por el sacerdote dominico Marie-Dominique Philippe (1912-2006) en los años setenta, a partir de un brote de vocaciones y entusiasmo religioso que proviene de la Universidad de Friburgo en Suiza. En la cumbre de su éxito apostólico alcanzó a tener mil hermanos y hermanas (incluyendo su variante contemplativa) y tres mil oblatos, aunque los números han decrecido rápidamente, sobre todo después de conocerse los abusos de su fundador a través de una investigación de su propia congregación. La Comunidad ha sido expresamente acusada de deriva sectaria por sus métodos de reclutamiento, selección y formación, el tono apocalíptico de su mensaje tomado del evangelio de Juan y la disciplina abusiva impuesta sobre sus miembros, sobre todo de aquellos en proceso de formación[4].

El caso de la Legión de Cristo es bien conocido. La congregación fue fundada por el sacerdote mexicano Marcial Maciel (1920-2008), removido recién en 2005 por Benedicto XVI bajo graves acusaciones de vida marital paralela, plagio, desórdenes adictivos y abuso sexual sobre miembros de su propia familia y comunidad (acusaciones que recaerán luego sobre una treintena de sus sacerdotes, según ha reconocido la propia organización años después de la defenestración de Maciel). En el caso de Legionarios se ha resaltado su éxito apostólico (alrededor de 900 sacerdotes en el punto más alto de su desarrollo), aunque sobremanera alojado en las élites católicas de cada país y conseguido con métodos de selección, formación y disciplina de innegable cuño sectario[5]. Lo más notable en suelo latinoamericano han sido las réplicas casi idénticas que han sufrido varias asociaciones de la misma índole. Una de ellas ha sido el Sodalicio de Vida Cristiana fundado en Lima a comienzos de los setenta por Luis Fernando Figari (1947), apartado de la dirección de su obra acusado de abuso recién en esta década, a pesar de que su Vicario General, Germán Doig (1957-2001), muerto prematuramente, también había sido sorprendido con abusos durante la investigación preliminar que lo iba a conducir a su beatificación. Constituida como sociedad apostólica de derecho pontificio con aprobación definitiva bajo el pontificado de Juan Pablo II, Sodalicio fue intervenido por el Papa Francisco en la víspera de su viaje apostólico a Perú en 2018 (el mismo que incluyó a Chile). Respecto de Figari, el visitador apostólico, obispo Fortunato Urcey, concluye que “adoptó un estilo de gobierno excesiva e indebidamente autoritario, dirigido a imponer la propia voluntad”, y que “para obtener la obediencia de sus hermanos [él] utilizó estrategias y métodos de persuasión inadecuados, es decir, poco claros, arrogantes y, sin embargo, violento e irrespetuoso del derecho a la inviolabilidad de la propia interioridad y discreción”. Algo parecido ha sucedido con el sacerdote Carlos Miguel Buela, fundador del Instituto del Verbo Encarnado en los ochenta bajo el amparo del arzobispo de San Rafael (Mendoza) y temporariamente cobijada por la diócesis italiana de Velletri-Segni en años de desamparo, una orden que ha albergado al tradicionalismo católico argentino (probablemente unos 800 sacerdotes y un millar de hermanas asociadas al Instituto de las Servidoras del Señor y la Virgen de Matará). Buela fue destituido y apartado a una vida de penitencia y oración por el Papa Benedicto bajo acusación canónica de “comportamientos impropios con mayores de edad”, sobre todo seminaristas, sacerdotes y religiosas de su propia obra. También pesa una visita apostólica sobre los Heraldos del Evangelio, una orden fundada en los noventa por el sacerdote João Scognamiglio Clá a partir de una escisión de Tradición, Familia y Propiedad (TFP), el movimiento ultraconservador de Plinio Corrêa de Oliveira. Esta asociación, conocida por sus hábitos medievales con botas altas de montar y su devoción a la Virgen de Fátima (probablementre unos cuatro mil miembros en varios países), logró reconocimiento pontificio para sus dos Sociedades de Vida Apostólica, Virgo Flos Carmeli y Regina Virginum, bajo el pontificado de Benedicto XVI, pero el Papa Francisco ha ordenado la destitución de Clá y una investigación por graves defectos en el estilo de gobierno, que incluye sospechas fundadas respecto de la vida de los miembros del Consejo, el cuidado pastoral de las vocaciones, la administración y la gestión de las obras y la recaudación de los recursos. En esta lista debe incluirse la asociación que fundara el sacerdote chileno Fernando Karadima en torno a la parroquia El Bosque, también dimitido del ministerio sacerdotal por abusos graves cometidos contra jóvenes de su propia comunidad, y que se distingue de las anteriores solo por su alcance e irradiación puramente local (alrededor de cuarenta sacerdotes a su haber que continuaron siendo diocesanos). ¿Cómo es posible que al menos cinco fundadores de asociaciones religiosas de renombre hayan terminado ya octogenarios todos ellos acusados de abuso de autoridad, una acusación que ha comprendido casi siempre alguna forma de abuso sexual sobre miembros hombres o mujeres de su propia organización?

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Sumario:

  • La deriva sectaria de la vida religiosa ha acechado desde siempre la existencia monacal, y últimamente se ha hecho muy patente en el funcionamiento y devenir de diversas congregaciones de consagrados y también laicos. Mediante el análisis de los riesgos que expone Dom Dysmas de Lassus en su reciente libro, el autor elabora un paralelo entre los resguardos que adopta la forma de vida monástica y los desequilibrios y excesos que se han manifestado en otros carismas. Humanitas 2020, XCIV, págs. 286 – 305.

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