Iglesia, ¿pequeño resto o inmensa mayoría?

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Para situar las ideas que vamos a exponer en las líneas que siguen, es necesario conectarlas con la doctrina y el espíritu de dos de los grandes capítulos de la fe católica, relacionados a su vez con el dogma acerca de la Iglesia. Se trata de la concepción de la misma en su doble vertiente como Cuerpo Místico y Comunión de los Santos, a través de los cuales se despliegan algunas de las multiformes riquezas del misterio de la Iglesia. Aquí destacamos algunas que parecen especialmente sugestivas, tanto para la comprensión de la realidad eclesial como para la espiritualidad cristiana, pero a las que, por lo general, no se presta una atención frecuente. Con esta finalidad, parece oportuno recordar previamente algunos datos esenciales del pensamiento teológico acerca de ambos contenidos (artículos) del credo católico.

El Cuerpo Místico

Pertenece a la naturaleza de la Iglesia el constituir una realidad unitaria dentro de la diversidad de sus dimensiones. Ella es en todo momento la indivisa y única Iglesia y Esposa de Cristo, su Cuerpo Místico total, al que pertenecen todos los que, en cualquier tiempo, han estado asociados a Él. Sobre esta totalidad se constituye el organismo que la teología define como Cuerpo Místico de Cristo, en el que, a su vez, tiene lugar la Comunión de los Santos integrada, en todo tiempo y lugar, por cuantos han participado en la gracia de la Cabeza. «Cristo es la Cabeza del Cuerpo que es la Iglesia» (Col 1, 18), por lo cual ambos, «Cristo y la Iglesia, son el Cristo total (Christus totus). La Iglesia es una con Cristo [1], de manera que “siempre permanece unificada en Él, en su Cuerpo” [2]. En la encíclica Mystici corporis escribe Pio XII: “Cristo es en todo momento cabeza de la Iglesia única” [3]. Capitalidad de Cristo que le hace “principio, primogénito de toda criatura” (Col 1, 15; cf Rm 8, 29).

Pablo ilustra así el misterio de esta unión con Cristo: «de igual manera que todos los miembros del Cuerpo a pesar de ser muchos y diversos son un solo Cuerpo, así es también Cristo. Todos nosotros… hemos sido bautizados en un mismo Espíritu para formar un solo cuerpo» (1 Cor 12, 12-14). «Padre, consúmales completamente en la unidad» (Jn 17, 23), había manifestado Jesús en el trance de volver al Padre. Por tanto, un solo Cuerpo y una sola Iglesia. El mismo Pablo desarrolla esta doctrina al describir a Cristo como “Cabeza del cuerpo, de la Iglesia” (Col 1, 18), con la que constituye “un solo cuerpo en Cristo” (Rm 12, 5. Cf 1 Cor 10, 17; 12, 12, 13, 20, 27; Ef 5, 30), así como “un solo Espíritu” (Ef 4, 4) [4]

En ambos «unos viven aún peregrinos en este mundo, otros, ya difuntos, se purifican ayudados también por nuestras plegarias, otros, finalmente, gozan ya de la gloria de Dios e interceden por nosotros» [5]. Se trata de la Iglesia que ya ha superado las pruebas —triunfante—; la que se encuentra en medio de ellas —militante—, o la que se puri­fica de las culpas pendientes —purgante—. Estos hermanos “difuntos son también miembros de Cristo” [6]. «Lo mismo que el cuerpo es uno y tiene muchos miembros, y todos los miem­bros del cuerpo, a pesar de ser muchos, son un solo cuerpo, así es también Cristo. Todos nosotros hemos sido bautizados en un mismo Espíritu, para formar un solo Cuerpo. Y todos hemos bebido de un solo Espíritu» (1 Cor, 12, 13).

Esta pluralidad de estados no implica división ni escisión: «todos aquellos que por la generación carnal son muchos, por la regenera­ción divina son uno solo con Él. Así pues, Cristo es uno, formando en uno solo la cabeza y el todo; nacido del Dios único en los cielos y de una única madre en la tierra; muchos hijos, a la vez que un solo hijo. Pues así como la cabeza, los miembros son un solo hijo a la vez que muchos hijos» [7].

La incorporación, a lo largo de todas las edades, al cuerpo de la Iglesia nos introduce en el mismo organismo indiviso, igual siempre a sí mismo en todo tiempo y lugar, porque está unido en quien es al mismo tiempo su Cabeza y piedra angular, Cristo, y cuyo corazón es el Espíritu Santo [8]. En él nos integramos como miembros de un único cuerpo que abarca a todos los que en esta Iglesia han sido convocados para participar en la gracia de Cristo, en la cual “todos sois uno en Cristo Jesús” (Gal 3, 29).

 

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Este Cuerpo Místico de Cristo forma una sola comunidad y parti­cipa de una vida única. En realidad, en Cristo y en la Iglesia todo es uno: “un Señor, una fe, un bautismo” (Ef 4, 5), una gracia, un pueblo. “Tal era el plan que Dios había proyectado realizar en Cristo…: re­capitular en Él todas las cosas del cielo y de la tierra” (Ef 1, 10). De hecho, “en Él vivimos, nos movemos y existimos” (Hch..) cuantos, en cualquier tiempo, hemos estado incorporados a Cristo.

Con Él y en Él, todos los cristianos tenemos sus años, pertene­cemos al tiempo total de su historia y, con la Iglesia, poseemos en cada momento toda la extensión de su Cuerpo.

Esta ‘Iglesia’ o la totalidad de los que habla esta doctrina, es la Iglesia universal, la comunidad que integra a todos los miembros del Cuerpo Místico por encima de espacios y épo­cas. Por eso es místico, espiritual, libre de las dimensiones que confinan al hombre sometido a la duración. La Iglesia y sus miembros constituyen una realidad histórica, pero al mismo tiempo participan de la condición supratemporal de su Cabeza, que es ‘de ayer, de hoy y que vive por los siglos’ (cf Hbr 13, 8; Ap 4, 9- 15), de los que hace coetáneos a quienes, por encima de las contingencias del tiempo, integran una indivisible unidad sacramental con Cristo.

De ahí que la Iglesia una y total se encuentre presente en todo tiempo y lugar, lo que permite la audacia de San Pablo: “nosotros somos conciudadanos de la Jerusalén celeste“ (Fil 3, 18) [9]. Aquí y ahora, en cada ciclo de los tiempos, el pueblo cristiano está constituido por todos aquellos que han estado o esta­rán integrados en la comunión con Aquel que es de ayer, de hoy y de mañana, y en el cual todo es uno en un hoy único. Por eso, cada día la Iglesia militante celebra a algunos de los que ella misma ha declarado que gozan ya de la presencia de Dios, y cada año hacemos memoria de todos los bienaventurados y de todos los fieles difuntos. Porque con ellos formamos una sola Iglesia, y con nosotros constituyen, a su vez, una sola comunidad. Como Cristo está presente en cada fracción del pan eucarístico así, de algún modo, toda la Iglesia está entera en cada período de su devenir. Iglesia unida a Cristo, que es el nexo interno sobre la que se establece la unidad de los mismos, a los que reviste como de una túnica inconsútil.

Por eso, la Iglesia de hoy es toda la Iglesia: la de siempre, la que pertenece al pasado y la que será en el futuro; entera, católica, porque abarca todo tiempo y lugar; casa común de los hombres, aun de aquellos que lo ignoran. Ella es, en cada momento, la Iglesia única y total de Cristo, según el proyecto por el que “Dios nos eligió antes de la creación del mundo para ser su pueblo…, conforme al designio de quien lo hace todo según su voluntad” (Ef 1, 4-5, 11). Iglesia supratemporal que puede invocar como presentes su pasado y su futuro. Como decía Benedicto XVI en la Lectio divina pronunciada en el Seminario Romano el 8 de febrero del 2013: “la Iglesia es el árbol de Dios que vive eternamente y lleva la auténtica herencia: la vida eterna”.

La Comunión de los Santos

El Cuerpo Místico alimenta la Comunión de los Santos. Esta expresión alude a la unidad entre sí de cuantos son miembros de ese Cuerpo, entre los cuales “unos viven aún peregrinos en este mundo; otros, ya difuntos, se purifican ayudados por nuestras plegarias; otros, finalmente, gozan ya de la gloria de Dios… Todos juntos forman en Cristo una sola familia, la Iglesia” [10].

Pero este enunciado expresa también a la participación en la gracia, la vida y la riqueza que es propia de ese Cuerpo. Sus miembros son llamados ‘santos’ porque comparten la santidad de Cristo y de todos los demás miembros, junta­mente con todos los bienes de orden espiritual que son patrimonio del mismo. Es, por tanto, la comunión de todos los cristianos en la misma Cabeza, en el mismo Espíritu, en la misma Gracia, en iguales dones, carismas y méritos.

Esta “Comunión de los Santos es precisamente la Iglesia”, afirma el Catecismo de la Iglesia Católica (946), que menciona seguidamente (947) las palabras del Catecismo Romano: “Como esta Iglesia está gobernada por un solo y mismo Espíritu, todos los bienes que ella ha recibido forman necesariamente un fondo común” (1, 10, 24). Fondo que abarca las personas y las cosas que se integran en su patrimonio [11].

En virtud de la Comunión de los Santos, potenciada por la rea­lidad del Cuerpo Místico, la unión con Cristo-Cabeza nos asocia sustancialmente, en el orden de la vida divina y sacramental, a todos cuantos han estado unidos a Él por la gracia. De esta forma, los actos de aquellos que están incorporados a Cristo y a los que son de Cristo, adquieren una intemporalidad que les permite formar un todo con la única comunidad cristiana de todos los tiempos.

Esta pertenencia a Cristo, a la Iglesia y al Cuerpo místico nos hace, en cualquier tiempo, contemporáneos de todas las generaciones, de todo lo que a lo largo de ellas ha sido acumulado por la acción de Cristo y por la aportación de aquellos que están, han estado o estarán adheridos a Él por la gracia. Los cristianos lo son de cualquier tiempo, porque Cristo es de ayer, de hoy y de mañana, y en Él todo es uno, en un hoy único y eterno. Esta cualidad nos faculta para estar vinculados a todos esos ‘santos’ del presente, del pasado o del futuro.

Y por eso, en cada uno de nosotros hay, de alguna ma­nera, una presencia de todos los demás, que nos otorga la capacidad de representarles ante Dios y ser representados por ellos, de modo en cierta forma asimilable a como todos estábamos injertados en Adán, o como en Cristo, segundo Adán, se recapitula toda la humanidad. Ello permite que cada uno de nosotros pueda penetrar y sostener, en el suyo, el corazón del mundo, porque nuestro corazón y nuestro espíritu son más grandes que el mundo. Podrá así actuar para arrancar a todas las cosas, a todos los seres, todas las huellas que Dios ha dejado en ellos, para convertirlas en himno de alabanza.

Y podrá asimismo penetrar en los corazones humanos para re­coger en cada uno de ellos su grandeza, su belleza, su dolor, sus pecados, sus angustias y esperanzas, su oración y su amor, a fin de poder presentarlos, cada uno de nosotros, como nuestra ofrenda común [12]. De esta forma, tenemos la posibilidad de poner el mundo a los pies de Dios y envolverlo en un abrazo de oración e intercesión.

Es la ofrenda que da cumplimiento a las palabras del Apocalipsis (5, 12): «has hecho de nosotros un reino de sacerdotes para nuestro Dios».

En realidad, la tierra es el santuario del universo. En él, en ese planeta azul, que tiene el mismo color del manto de María, late el corazón espiritual de la creación. Aquí ha vivido el Verbo Hijo de Dios, Creador de todas las cosas, y aquí ha dejado su tienda. Esta realidad hace de la tierra el verdadero centro en torno al cual gira la totalidad del universo.

I

Misión del hombre en él es volver a llenar el silencio actual con el clamor que ha colmado hasta ahora la tierra y que se levantará de nuevo en ella hasta el final de los tiempos. Y no menos con el que ha sonado, resuena y vibrará sin fin en los cielos. Y, entretanto, en este tiempo de mutismo, hacer de las palabras apagadas el susurro de un silencio que será el pre­sagio del ciclón incontenible que volverá a retumbar, uniendo en un solo coro a todas las criaturas de Dios.

Nuestra es esta herencia de Cristo y de la Iglesia: la oración, los méritos, la virtud, la gracia y la gloria de todos sus hijos: ‘venid, recibid lo que ha sido preparado para vosotros desde la creación del mundo’ (cf Mt 25, 34). Una herencia que será plena en el mundo futuro, pero que es espléndida realidad inicial ya desde ahora, cuando es precedida por una conciencia vigorosa del dogma de la Comunión de los Santos.

“La comunión eclesial comprende todos los tiempos y todas las generaciones”, recordaba también Benedicto XVI [13]. Por una parte, la familia universal de los hombres constituye la primera Iglesia humana, reunida en torno a Dios en su condición de criaturas e hijos, redimidos por la sangre del Hijo, convocados a la misma comunión con el Padre, tanto en el presente como en el futuro. En el tiempo todos los hombres pertenecen a esta Iglesia universal, que reúne a cuantos hemos salido de las manos del Creador. Hay, por consiguiente, una Iglesia, una sociedad o comunidad, que coincide con la de los hombres y del mundo, y está sostenida en Aquel que es y que hace incesantemente nuevas todas las cosas.

Pero a partir de esta asamblea universal de los hijos de Dios, la Iglesia reúne en torno a Cristo a los que aceptan su palabra, viven según su fe y sus mandamientos y se nutren de la gracia que lleva a la salvación. En cada momento ella constituye una realidad que abarca la totalidad del tiempo. Como escribía el Pastor de Hermas en el siglo II: “la Iglesia ha sido fundada antes que todas las cosas, y el mismo mundo ha sido fundado para ella”.

Extensión real de la Iglesia

No se trata solo de recuperar conceptualmente esta realidad de la Iglesia para nuestra satisfacción presente y nuestra confianza futura. Más allá del nivel de conciencia que tengamos acerca de esta pecu­liaridad suya, lo cierto es que en ella reside el potencial más eficiente que opera en la comunidad humana a partir de la presencia de Cristo en la misma, y de la eficacia única de su acción mediante la gracia, los sacramentos, la redención, la palabra, y la propia acción mediadora de la Madre de Jesús.

Tal propiedad puede ser convertida en algo efectivo, capaz de hacer patente esa virtualidad y de proyectarla en todas las direcciones espirituales y humanas, hasta hacer de ella el or­ganismo más dinámico que actúa en el seno de la historia. La Iglesia es la presencia visible de Cristo en ella, y su pueblo es un “pueblo elegido, sacerdocio real, nación consagrada, pueblo adquirido por Dios” (1 Pe 2, 9). Pueblo que está destinado a ser patria de la humanidad entera.

El Cristo al que la Iglesia está sustancialmente unida y en el que reside la plenitud de la divinidad, es también el Hijo del Hom­bre, lo que equivale a decir que es la encarnación del pueblo humano, Cabeza de la humanidad, incluida la que le niega. Donde está Cristo está toda la humanidad y toda la Iglesia. Por consiguiente, toda la Iglesia está aquí y ahora en Cristo, unida a Aquel en cuyo hoy eterno vive. La Iglesia es coetánea de Cristo, y Cristo es, en todo momento, contemporáneo de la Iglesia. Ambos siguen el mismo itinerario y comparten el mismo presente, por encima de los vaivenes del tiempo y de los hombres.

Con su presencia, Cristo comunica constantemente a la Iglesia su vida, su fuerza, su salvación. Él es su Señor y su Esposo. Piedra angular (cf Mt 21, 22; 1 Pe 2,6) a la vez del mundo y de la Iglesia, a la que mantiene asentada sobre esa roca firme (cf 1 Cor 10, 4). Aunque de nuevo hoy parezcamos una intrascendente minoría, como las comunidades cristianas primitivas, la Iglesia está, aquí y ahora, en posesión de toda la potencia de Cristo, la misma con la cual aquellos cenáculos insignificantes se impusieron a la magnitud y poderío de un imperio que hizo lo posible por anular ese germen naciente. Pero aquellas comunidades se apoyaban en la fuerza de Cristo, ante la que cualquier otro poder era y es una ficción.

Nuestra es, por tanto, toda la santidad, virtud y perfección de cuan­tos han servido y agradado a Dios. De manera que, en efecto, también los ángeles son nuestros. Y por eso, desde aquí nos podemos unir a “las esferas angélicas que se movían en círculos concéntricos en torno a Dios” (Catalina Emmerick). Lo podemos hacer uniéndonos desde la tierra a sus ritmos eternos, a sus coreografías sin fin de alabanza y de amor. Como también ellos se unen a nuestra liturgia y la presentan ante el altar del cielo: “llegó otro ángel llevando un incensario de oro y se detuvo junto al altar; le entregaron gran cantidad de aromas para que los mezclara con las oraciones de todos los santos, situado ante el trono. De la mano del ángel subió ante Dios el humo de los aromas mezclado con las oraciones de los santos” (Ap 8, 3-4).

Y no menos es nuestra, de cada uno, la acción de toda la Iglesia. Cada uno de nosotros no somos un yo único: un indi­viduo, una isla, sino que somos un cuerpo, una comunidad, un continente; una Iglesia universal, a la que llevamos con nosotros porque nos lleva con ella. En cada uno de nosotros está toda la Iglesia; cada uno pertenece a toda la Iglesia, y toda la Iglesia nos pertenece. Estamos, en todo momento, en el único Cristo y en la única Iglesia, de una manera indisoluble, siempre que permanezcamos en la gracia de la Cabeza. Por eso, la Iglesia nunca deja de ser la Iglesia única e integral, en una plenitud que se extiende a la realidad de cada momento. Esta realidad, sobre todo cuando es vivida de manera consciente, nos da una nueva fuerza irresistible, avasalladora. El día que nos pusiéramos a orar con toda la Iglesia y pusiéramos a toda la Iglesia en oración caerían ante Dios todos los muros, como los de Jericó ante su pueblo.

En la Iglesia única, en la comunión de los santos, todos los que son de Cristo forman una asamblea, un coro único. En cada uno de sus miembros resuena la acción, la palabra, la vida de todo el Cuerpo. Cada una de sus vibraciones recorre su totalidad, en un movimiento omnidi­reccional que, desde cada miembro, se proyecta hacia todos los demás.

Esta economía cristiana, sustentada en la comunión de los santos y en el misterio litúrgico que hace contemporánea la presencia y la acción de Cristo, permite a cada miembro vivo de la Iglesia polarizar en sí el pasado, el ahora y el futuro y presentar, con Cristo y con la Iglesia, la ofrenda universal. Puede así activar todo el depósito de gracia, de santidad, de mérito y de oración que actúa en ella, y recapitular la multiforme aportación del cuerpo místico en Cristo su Cabeza, en María, en los santos, en los justos que han sido y serán.

La Iglesia se encuentra así envuelta en un océano de realidad divina y espiritual, al que pertenecemos desde nuestro origen, desde una eternidad a otra, y en el que actúa una fuerza ilimitada procedente de la potencia de la gracia divina y del peso de las acciones y méritos de origen angélico y humano. Esta Iglesia, que es “fragancia de Cristo” (2 Cor 2, 15), está en condiciones de ‘pedir lo imposible’, para sí y para todos. Por eso, ella puede levantar desde todos los corazones humanos, también desde los que están cerrados a Dios pero que son suyos, una sinfonía en que vuelvan a vibrar, a través de las nuestras, todas las voces apagadas, para que se conviertan en “alabanza de la gloria de su gracia” (Ef 1, 6), a fin de que también ‘los gentiles glorifiquen a Dios por su misericordia y canten su nombre’ (Rm 9, 15) [14].

Otra dimensión: Universalidad viva de la Iglesia

En realidad, el hombre se rige ya por otro reloj y otro calen­dario. T. S. Eliot lo expresó así en sus Cuatro Cuartetos: “En mi comienzo está mi fin… El tiempo presente y el tiempo pasado son dos presentes en el tiempo futuro”. Cristo había dicho: “si fuerais del mundo…, pero como no sois del mundo” (Jn 15, 19), lo que puede también significar: no estáis sometidos al mun­do, a sus leyes y límites. Podéis apresar, con el pensamiento y con el espíritu, el tiempo y el espacio; podéis llegar hasta los confines de Dios e introduciros hasta sus profundidades, hasta “hacernos un solo espíritu con Él” (1 Cor 6, 17); ese “Espíritu que lo penetra todo, incluso las profundidades de Dios” (1 Cor 2, 10). Si es así, si nuestro espíritu puede moverse en el Espíritu de Dios, ¡cuánto más nos pertenecerá, aquí y ahora, el ámbito total de la Iglesia!

Cada uno de nuestros instantes y de nuestras voces puede enton­ces convertirse en resonancias que lleven hasta Dios las de todos los seres de la creación, para que en todo momento, como en un coro global, adoren, glorifiquen y den gracias a su Autor. Tenemos así la posibilidad de remover cielos y tierra, espacios, tiempos y eternidades. La oración del primero y del último de los hombres, que han inaugu­rado y cerrarán los tiempos, puede reunir en uno solo el clamor de todos los corazones humanos.

dios en el trono

Con Aquel que recoge todo el polvo de los tiempos, el hombre puede surcar el tiempo y el espacio, transitar por ellos sin barreras, no con el cuerpo pero sí con el espíritu, y acercarse a cada una de las realidades que los pueblan para unirse a su glorificación de Dios, y para descubrir el amor, la sabiduría y el poder que revelan, a fin de hacer de ellos los portavoces de nuestra propia alabanza.

Todos los días vienen a ser, de esta forma, el día único de Dios. Ese es también nuestro día, que tiene una encarnación y prolonga­ción sacramental en el día litúrgico, y que nos hace contemporáneos del día eterno de Dios. En él encontramos nuestro día y el de todos, formando con el suyo un día indivisible, de modo que cada uno de los instantes humanos puede conectar con todos los demás instantes de la historia, del tiempo y de la realidad: los de Dios y los del hombre, los pasados y los futuros, los del cielo y de la tierra.

Podemos así, en un día, renovar y reproducir todos los días si los unimos al hoy de Dios, que abarca todos sus días y todos los nuestros. Entonces desde un palmo de tierra, desde un momento del tiempo, podemos abarcar todos los espacios, tiempos y generaciones como una realidad presente. Por eso, la exigua representación del pueblo de Dios en un período determinado no deja de personificar la representación visible de la comunidad eclesial supratemporal.

Esa insignificancia numérica y social de los cristianos en una etapa del tiempo deja intacta la realidad teológica de la Iglesia. Ella sigue su misión con independencia de la acogida o de la extensión que tenga en cualquier tiempo. Como sucedió con su Maestro, que estuvo entre los hombres llevando a plenitud la obra que el Padre le había encomendado, sin que fuera obstáculo la tibieza de la respuesta y las consecuencias sobre su persona. Esos resultados hicieron pensar a los suyos, de ayer y de hoy, que con su muerte todo había acabado para el proyecto de Jesús. Pero más bien, aquel fue el impulso definitivo a la fundación de la Iglesia y sobre el cual sigue fundando su perennidad.

Hoy la Iglesia no está paralizada. En ella sigue vivo todo el misterio y toda la fecundidad de que ha sido dotada. Esa magnitud numérica reducida no limita en ella la presencia de Cristo, ni sus poderes espi­rituales y sacramentales, ni el potencial de vida y de salvación que le ha sido entregado. En medio de la deserción de la fe y del deterioro cuantitativo, Ella se conserva intacta e invicta, inexpugnable. Porque la Iglesia no subsiste en sí, sino en Cristo. Con los coros angélicos ella alza también su voz: “¡la victoria es de nuestro Dios, que está sentado en el trono, y del Cordero! La alabanza y la gloria y la sabiduría, y la acción de gracias y el honor y el poder y la fuerza son de nuestro Dios por los siglos de los siglos” (Ap 7, 10. 12).

Con este poder, la Iglesia militante está capacitada para hacer pre­sente ante el Dios de los cielos y de los tiempos, ante el Señor, Rey de la gloria (cf Sal 23), todo el caudal de riqueza acumulada a lo largo de los siglos: sus obras, su oración, su alabanza, su santidad, su cruz y su expiación, toda la gracia depositada en ella. Puede reiterar la profesión de fe pronunciada por cada una de las generaciones cristianas para suplir la que hemos dejado de proclamar. Y asimismo, cada uno de nosotros puede levantar en sus manos a la Iglesia y a la humanidad enteras como ofrenda de nuestros corazo­nes. No importa que esas manos sean pocas. Dios pondrá en ellas su propia fuerza y la de cuantos han pertenecido y pertenecen a ella.

Este «resto» mantiene el mismo vigor que mostró la Iglesia católica tras la escisión de la Ortodoxia y de la Reforma. O como había ocurrido tras la deserción del Pueblo de Israel, al que Dios dio continuidad en la Iglesia. Al pueblo hebreo sucedió el pueblo cristiano y, si fuera preciso, al pueblo cristiano le sucederá una raza de hombres divinos. Porque lo débil de Dios es más fuerte que los hombres… Lo débil del mundo Dios lo ha escogido para humillar el poder, lo que no cuenta para humillar a lo que cuenta (cf 1 Cor 1, 27-29), de manera que “somos los pobres que enriquecemos a muchos” (2 Cor 6, 10).

En cada momento la Iglesia reúne la energía de toda la Iglesia que, más que Gedeón [15], puede poner en marcha los ejércitos del Señor y agitar cielos y tierras, mares y continentes. En cada instante la Iglesia puede ser puesta en acción total por cada miembro vivo de la misma. Cada corazón puede ser el altar del mundo, desde el que se eleve el cántico de todos los corazones y las voces de todas de las criaturas de Dios, y donde se haga presente la ofrenda de todos los hombres: la que hacen y la que tal vez no hacen pero que nosotros ponemos en ellos para así recogerla y presentarla en su nombre. Cada uno podrá ser así el Ángel a través del cual suba el aroma de todas las oraciones (Ap 8, 3). No en vano “somos el incienso que Cristo ofrece a Dios, entre los que se salvan y entre los que se pierden” (2 Cor 2, 15). Si “el batido de las alas de una mariposa en las selvas amazónicas puede provocar un tornado en Tejas” (efecto mariposa de Lorenz), ¡qué no podrá impulsar el latido de un alma en cualquier rincón del mundo!

Es la ofrenda por la que la Iglesia presenta a Dios “los cielos y la tierra, el universo visible e invisible”, puesto que “todo ha sido creado por Él y para Él” (Col 1, 15-20). “Cristo nos indica que el cosmos debe ser liturgia, gloria de Dios, y que la adoración es el principio de la transformación verdadera, la auténtica renovación del mundo” [16].

El hombre que permanece unido a Dios es el alma de ese mundo, puesto que es espíritu en el mundo, imagen viviente de Dios, partícipe de su naturaleza (cf. 2 Pe 1, 4). Él es el mediador de la creación en virtud del culto que le tributa en su nombre y en el de las criaturas, a las que representa y a las que da nombre, lo que le constituye en ese “pueblo de reyes y sacerdotes” que señorea a los seres creados (cf. Gen 1, 26) y por quien son ordenados a Dios. Él es su conciencia, su voz, su corazón. Él puede asumir sobre sí la conciencia y el peso del mundo. Entonces sus manos levantan el ara y ofrecen el holocausto de la humanidad y del cosmos. Esa liturgia no cesará, ni aun cuando cese el sacrificio (cf. Dan 8, 27), porque toda realidad es materia de ofrenda en manos del hombre. “¿Acaso Dios es sólo Dios de los judíos? ¿No lo es también de los gentiles? Sí, también de los gentiles, puesto que no hay más que un solo Dios” (Rm 3, 29-30).

En ella puede llegar hasta Él toda la potencia amante y orante de todos los seres para suplir la que se ha enfriado. Se moviliza así el dispositivo espiritual del mundo, el que le mantiene abierto a la acción de Dios y, a su vez, permite elevar hacia Él todo lo que puede ser convertido en oración, en gloria, en adoración, en ofrenda a Dios; toda perfección, belleza, amor, gozo, dolor; todo lo que puede ser convertido en canto de alabanza y en objeto de oración.

Toda la creación es un himno que, en silencio, se eleva por sí mismo, pero del que cada uno de nosotros nos podemos apropiar y ponerlo también en boca de cada criatura cósmica, humana y angélica para que llegue hasta las alturas. De esta forma, su voz será nuestra voz y la nuestra será la suya [17]. Porque el hombre es el mediador, con Cristo y en la Iglesia, de esa glorificación universal. Suyo es el campo del mundo, en el que recoger la cosecha de los siglos. El lugar de la Iglesia está en el corazón de cada hombre, pero también en la anchura de los espacios y los tiempos.

Desde su soledad y silencio aparentes la voz de la Iglesia tiene una resonancia superior a todas las palabras de los hombres, gracias a su sintonía con la de Dios, con la que pronuncia la liturgia de la tierra, del cielo y del universo. Con ellos canta en las lenguas de los diez mil millones de billones que, según se nos dice, representa la cifra aproximada del total de las estrellas, que entonces parpadean al ritmo de los corazones humanos.

No es la Iglesia la que ha quedado enmudecida, sino el hombre cuyo silencio sobre Dios anula la eficacia de todos sus discursos y obras.

¿Iglesia en crepúsculo?

En contraste con esta perspectiva exultante de la Iglesia, la imagen exterior de ella en la actualidad y la valoración interna sobre sí misma nos presenta la visión del declive, sociológico y cuantitativo, del mundo cristiano. Este habría entrado en una fase crepuscular a consecuencia del descenso continuado de las creencias y de las masas de fieles, cada vez más ausentes del ámbito social de nuestro tiempo. De hecho, este sería uno de los fenómenos más significativos de nuestra época, porque parece representar el eclipse, al menos momentáneo, del ele­mento más dinámico que ha movilizado en todo tiempo la historia del mundo occidental.

Ello provoca una sensación de incertidumbre, y a veces de an­gustia, que sube al corazón de los cristianos cuando observan la fuerza decreciente de su presencia en la sociedad y, lo que es más deplorable, el sentimiento de que Dios no cuenta hoy en el mundo más que con el amor y la santidad de unos pocos amigos. Porque es lo cierto que la hora de la oscuridad parece haber reducido casi a la nada el sentido de la religión y de la obediencia a la verdad. Dios acepta hoy, para Sí y para la iglesia, este tiempo de silencio y de catacumbas a que el hombre le condena, como aceptó la kénosis de la Cruz y del sepulcro. Porque es el tiempo dado al hombre para que diga su palabra sobre Dios en toda libertad, antes de que llegue la hora en que Él diga la suya sobre el hombre y sus palabras.

Entretanto, del fondo de esta comunidad cristiana dolorida, surge un lamento semejante al de los israelitas ante la caída de la casa de David: “has derrocado sus murallas y derrotado sus fortalezas; todo viandante lo saquea y es la burla de sus vecinos; has sostenido la diestra de sus enemigos y has dado el triunfo a sus adversarios…; has quebrado su cetro glorioso y derribado su trono” (Sal 88, 39, 53). O como el gemido ante la desolación de Jerusalén: “¡Cómo yace solitaria la ciudad antaño populosa! Se ha quedado viuda la grande entre las naciones, la princesa de las provincias. No hay entre sus amigos quien la consuele; sus leales le han vuelto la espalda” (Lam 1, 1-2).

El desierto y la soledad se ensanchan en el alrededor de esta Iglesia que parece, cada vez más, un resto, una semilla; apenas una nubecilla del tamaño de una mano, como la que divisó el criado del profeta Elías, pero que sin embargo creció hasta cubrir la tierra de Israel (cf. 1 Re 18, 43-46). Ella parece hoy la habitante del desierto al que ha sido condu­cida, como la Mujer del Apocalipsis, para en él dar a luz al nuevo pueblo de la humanidad, que será hijo de María y de la Iglesia Ya ahora aparece como palmera solitaria que acoge bajo su silueta a los supervivientes de este turbador naufragio, como ese único árbol que florece y que ofrece su sombra en la canícula de esta hora del mundo.

Pero los datos sociológicos y estadísticos que describen esta situación no dan la medida de la realidad. La verdad acerca de la Iglesia no se deduce de la opinión o de las encuestas. Tampoco de quienes, a la hora de valorarlas, sustituyen la palabra de Dios por la de los augures de los tiempos nuevos. Unas y otros desconocen completamente el misterio de la Iglesia, las razones de su fortaleza y de su esperanza.

Son estas las que en medio de sus tribulaciones le permiten repe­tir con el antiguo pueblo de Dios: “Tú has sido nuestro refugio de generación en generación” (Sal 89, 1). Y apropiarse las palabras del salmo 3: “pero Tú, Señor, eres mi escudo y mi gloria, Tú mantienes alta mi cabeza”, o las del profeta Isaías: “el Espíritu del Señor ha sido enviado para dar la buena noticia a los que sufren, para vendar los corazones desgarrados, para proclamar la amnistía a los cautivos, a los prisioneros la libertad, para proclamar el año de gracia del Señor: el día del desquite de nuestro Dios; para consolar a los afli­gidos del Señor, para cambiar su ceniza en corona, su traje de luto en perfume, su abatimiento en cánticos… Reconstruirán las viejas ruinas, levantarán los antiguos escombros, renovarán los despojos de muchas generaciones” (Is 61, 1sg). Porque “Yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin de los tiempos” (Mt 28, 20).

Como aquel pueblo, la Iglesia de hoy no se siente débil, ni se en­cuentra sola ni abandonada porque descansa sobre el brazo fuerte de su Señor. A la pregunta: ¿qué queda de la Iglesia?, ella respon­de: queda la Iglesia entera. La Iglesia que está en sí misma, en sus miembros, muchos o pocos en la actualidad, pero que está ante todo en Cristo que es su Cabeza, y en el Espíritu Santo que es su Corazón. Ellos pueden generar ilimitadamente hijos y miembros de la Iglesia, de modo semejante a los seres sin número que han salido de sus manos. Y esa fuente mana sin cesar. Esos pocos que subsisten se mueven e interactúan dentro de la Iglesia universal, visible o invisible, de la que son su presencia y su potencia, aparentemente inerme, pero depositaria de la multiplicidad y fecundidad de todos los que han sido o serán hijos de la Iglesia. Porque en cada momento la Iglesia es toda la Iglesia. Ella es legión; simplemente, la Iglesia de Dios.

A la Iglesia le queda toda la realidad viva de la Iglesia eterna: todo el poder, la gloria y la presencia de su Señor, la Palabra de Dios, el Espíritu Santo, la Gracia de sus Sacra­mentos, la facultad de atar y desatar así en la tierra como en el cielo. Le queda la Iglesia de todos los tiempos, presentes, pasados y venideros, esto es, el Cuerpo místico y la Comunión de los Santos, la Iglesia militante, purgante y triunfante, que es la Jerusalén celeste. En definitiva: la “Iglesia del Dios vivo, columna y fundamento de la verdad” (1 Tim 3, 15).

Y le quedan sus santos, sus mártires, sus místicos y sus fieles anónimos, los de hoy y los de todas las generaciones. Le quedan sus maestros, pensadores y teólogos. Le queda su historia, a la vez espiritual, sacramental y humana, no igualada por ninguna otra colectividad en su contribución a la elevación del hombre, y expre­sada en lo hecho por sí misma y por todos los que han inspirado su sabiduría humana en la fe y en la gracia transmitidos por ella. Ella sigue siendo el único organismo verdaderamente viviente, encerrada hoy en un núcleo diminuto, pero en el que se esconde una energía ilimitada, superior a la que se albergaba en la partícula originante del universo.

Y junto a ella, invisibles pero reales, todas las milicias del cuer­po místico; innúmeras, vivientes en Aquel que vive por los siglos, prontas a la voz de su palabra.

Esta Iglesia subsiste, presente y operante, con la eficacia total de su Cabeza y de sus miembros. La Iglesia que no puede ser anulada por la fuerza del infierno y que, aunque momentáneamente ensom­brecida por la confusión y el pecado, mantiene intacta su pujanza, como Cristo en aquellas horas oscuras de la pasión y del sepulcro. Porque “nosotros compartimos su debilidad, pero por la fuerza de Dios compartimos también su vida” (2 Cor 3, 4), la “plenitud del que lo llena todo en todos” (Ef 1, 23).

Cristo lleva con Él todas las edades porque los tiempos se unifi­can en Él. Por eso, la realidad actual de la Iglesia es coextensiva a la comunidad eclesial que subsiste, en todo tiempo, en Cristo.

¿Pequeño rebaño o inmensa mayoría? No es verdad que los seguidores de Cristo estén solos ni que sean pocos. No es cierto que la Iglesia se halle reducida a la impotencia, sea por la deserción masiva de los cristianos o por el aparente eclipse de cuanto ella ha representado. En esta Iglesia, apa­rentemente residual, permanece intacta toda la fuerza vital del cristianismo, de la presencia de Cristo, de todo lo que, en el pasado o en el futuro, ha emanado y converge hacia Él, de todos los que, franqueando las etapas de la historia, integran la Iglesia perenne de Cristo.

Vuelve a suceder como al comienzo: toda la Iglesia estaba ya místicamente presente en el cenáculo cuando el Espíritu del Se­ñor descendió sobre aquel mínimo número de discípulos. O como todo el pueblo de Israel se encontraba encarnado en un hombre, Abrahán, que debía “engendrar una nación grande y poderosa, y en el que serían bendecidas todas las naciones de la tierra” (Gen 18, 18). Hoy la Iglesia es la semilla sepultada en la tierra que trae la promesa del mundo renovado, que anuncia la llegada de la tierra y del hombre nuevos, “cuando termine el quebrantamiento de la fuerza del Pueblo Santo” (Dan 12, 7).

“Mantengamos firme la profesión de la esperanza, pues el que hizo la promesa es fiel” (Hbr 10, 23).


Notas

[1] Catecismo de la Iglesia Católica (CIC), 795.
[2] id. 789.
[3] “Una simul totius ecclesiae est caput”, AAS 35, 1943, 263.
[4] Cf CIC 814.
[5] Catecismo Iglesia Católica, Compendio, 195.
[6] San Agustín, PL 41, 674.
[7] Isaac de la Estrella, Sermón 51, PL 194, 1.862-6.
[8] “El Espíritu Santo, siendo uno y el mismo numéricamente, llena y une a toda la Iglesia” (Mystici corporis, 222, citando a Sto. Tomás).
[9] Por su parte, la Carta a los Hebreos subraya con lenguaje muy expresivo la participación de la comunidad cristiana terrestre en la vida y en las riquezas de los moradores de la ciudad celeste: “os habéis acercado al monte Sión, a la ciudad del Dios vivo, la Jerusalén celeste; a los millares de ángeles en fiesta; a la asamblea de los primogénitos inscritos en el cielo; a Dios, Juez de todo; a los espíritus de los justos llegados a la meta; al Mediador de la nueva alianza, Jesús; a la sangre de la aspersión que clama con más fuerza que la de Abel” (Hbr 12, 22-24); “por su medio (de Cristo) ofrezcamos continuamente a Dios un sacrificio de alabanza” (id 13, 15) Es una descripción exultante de los múltiples y fortísimos vínculos que unen a la Iglesia militante con quienes ya la preceden en la gloria, junto a los que somos invitados a ofrecer el mismo homenaje de adoración y alabanza.
[10] CIC Compendio, 195.
[11] Cf CIC 948.
[12] “Si tú oras por todos, también la oración de todos te aprovechará a ti, pues tú formas también parte del todo… La oración de cada miembro del pueblo se enriquecerá con la oración de todos los demás miembros” (San Ambrosio, Tratado sobre Caín y Abel, libro 1, 38-39).
[13] Audiencia 26 abril, 2006.
[14] Este carácter universalista de la plegaria cristiana lo expresaba así, a mediados del siglo III, uno de los mártires de Tarragona, el obispo San Fructuoso: “es necesario que yo tenga en mi mente a la Iglesia católica, extendida de oriente a occidente”.
[15] “Vete y con tus propias fuerzas salva a Israel de los madianitas. Gedeón replicó: ¿’Cómo puedo yo liberar a Israel? Mi familia es la menor de Manases y yo soy el más pequeño de la casa de mi padre’. El Señor contestó: ‘Yo esteré contigo’ (Jue 6, 14-16).
[16] Benedicto XVI, audiencia general, 25 junio 2009.
[17] “Y por nuestra voz las demás criaturas” Plegaria Eucarística IV.

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