En camino a Aparecida

El tema de la conferencia permite abordar los temas más importantes de nuestra época desde la identidad más profunda del cristianismo, desde la confesión de Cristo-Logos, fuente inagotable del discipulado y de la misión, pero con la mirada puesta en la vida de nuestros pueblos, en su calidad y sustentabilidad en el mediano y largo plazo, en el realismo de la esperanza.

Toda conferencia del episcopado de América Latina y el Caribe suscita, ciertamente, una reacción positiva entre los cristianos, puesto que representa una ocasión de renovar el impulso evangelizador desde la experiencia de comunión de todas las iglesias particulares del continente y de revisar las prioridades pastorales conforme a los cambios experimentados por el contexto histórico. Además, en esta ocasión, un nuevo Pontífice inaugurará los debates y se produce una razonable expectativa de cuál será su orientación preponderante. La presencia de Juan Pablo II fue decisiva en las conferencias de Puebla y Santo Domingo y la de Benedicto XVI, en esta oportunidad, imprimirá también una honda huella.

El tema con que el Papa ha convocado a la conferencia reza: «Discípulos y Misioneros de Jesucristo para que nuestros pueblos en Él tengan vida». Puesto que Jesucristo es el camino, la verdad y la vida de los hombres, «cada hombre representa un camino para la Iglesia» (RH n.14). De ello se deduce, en primer lugar, la prioridad del Evangelio de la Vida con su valoración irrestricta e incondicional de cada vida humana en la específica realidad de su ciclo vital: los que están por nacer, los niños, los jóvenes, los adultos, la tercera edad; y en su específica realidad complementaria y esponsalicia de varón y mujer. La vocación a ser discípulos y misioneros de Jesucristo se comprende por el hecho de que en Él reside la plenitud y «cumplimiento» de la Vida, el Misterio ya revelado de la verdad del hombre y de su destino. Por ello, el Evangelio de la Vida es el anuncio de la dignidad de la Vida, de la comunión de los discípulos en la verdad y la caridad (Cfr. GS n.24), no sólo promesa de vida eterna sino también cumplimiento del «ciento por uno» en esta vida mortal, por la nueva y eterna alianza de Jesucristo y la Iglesia que es «luz para los pueblos», «sal de la tierra», «primicia y anticipo de la vida en el Espíritu».

Juan Pablo II resumió en cuatro verbos, «nacer, amar, trabajar, morir», los «acontecimientos fundamentales de la existencia» que determinan la actitud humana «hacia el misterio más grande: el misterio de Dios» (Cfr. CA n.24). En cada uno de estos cuatro acontecimientos se juegan las virtudes de la solidaridad y de la subsidiariedad de las relaciones interhumanas. Ambas son complementarias e indispensables para una relación orientada por la justicia. La solidaridad sin subsidiariedad ahoga, infantiliza, hace a los seres humanos dependientes, impidiéndoles descubrir la dramaticidad de su aceptación libre de la plenitud del don de la vida que se le ofrece en Cristo. La subsidiariedad sin solidaridad, por su parte, lleva a identificar la libertad con el desinterés, la apatía, la indiferencia, con la actitud de Caín: «¿soy acaso el guardián de mi hermano?». La exacta proporcionalidad entre solidaridad y subsidiariedad es materia de prudencia y de buen juicio, dependiendo de la etapa del ciclo vital de cada persona, de las condiciones sociales de su sobrevivencia, de los talentos naturales que cada quien ha recibido, de la educación a la que ha tenido acceso, de la estabilidad y de la paz social que cada pueblo haya alcanzado; en una palabra, de la calidad de vida y de la calidad de su ecología humana. A este buen juicio están invitadas todas las sensibilidades pastorales, cada una según el modo particular de su pertenencia eclesial y de su ámbito de acción en la vida social.

Sin embargo, sin alterar este juicio prudencial, las anteriores conferencias, y seguramente esta también, han establecido como criterio orientador una «opción preferencial» por los más pobres, débiles o necesitados, que en la actualidad tienen diferentes rostros y diferentes tipos de carencias. Habría que reconocer, por una parte, los nuevos rostros que asume la pobreza, como los adictos a las drogas, las víctimas de la violencia, especialmente delictiva; los abandonados de la tercera edad, los niños no nacidos y los de la calle, los desempleados y los que sólo consiguen empleo precario y ocasional, los desertores del sistema escolar y los que reciben una educación de pésima calidad, los esposos unilateralmente repudiados o abandonados con sus hijos, etc., y reconocer también, por otra, que la sustentabilidad de la sociedad no se puede sostener sólo en los débiles, sino en la adecuada integración del conjunto de todos los grupos sociales.

Como ha dicho Benedicto XVI, no es responsabilidad de la Iglesia construir un orden justo, sino de la política, aunque a los cristianos, como ciudadanos, les compete también esta responsabilidad (Deus caritas est n.28). Pero agrega que la fe en Cristo es una ayuda a la «purificación de la razón», a superar su ceguera frente a la responsabilidad moral de las acciones humanas y, de este modo, una contribución indirecta al orden justo. Aunque el contexto en que el Papa habla de ello está referido fundamentalmente a la política, no me parece que sea una sobre-interpretación indebida de su argumento si se lo extiende a los otros ámbitos de la vida social. «Nada hay de humano que no encuentre eco en el corazón» de la Iglesia, señala Gaudium et spes. Por otra parte, lo propio de la organización funcional de la sociedad actual es que ella es policontextual y la política ha dejado de ser el único centro de referencia para la vida social. La ciencia, la técnica, los medios de comunicación, e incluso la propia creencia religiosa, también requieren con urgencia esta «purificación de la razón». Ella es posible, evidentemente, si el discípulo sigue el camino de su maestro para encontrar en Él esa sabiduría que ilumina el mundo con la mirada de Dios. Como enseña Benedicto XVI, lo propio y determinante de la concepción bíblica de Dios es, como señala el prólogo al cuarto Evangelio, que en «el principio era el Logos y el Logos es Dios». Logos significa simultáneamente «razón» y «verbo». La purificación de la razón a la que puede contribuir la fe parte, en consecuencia, del reconocimiento y de la confesión de Cristo-Logos, sabiduría de Dios en la que se esclarece y se cumple el misterio del hombre (Cfr. GS n.22). De la comprensión de esta confesión se sigue la necesidad del anuncio de la palabra de sabiduría, la necesidad de la misión.

Cuando la evangelización se ha centrado en el verbo pero sin que quede claramente en evidencia su principio de sabiduría, de razón, el anuncio cristiano queda reducido a un «cuento», a un «meta-relato», que en la sociedad de la información compite con otros tantos relatos, perdiendo toda mordiente en cuanto al desocultamiento del de Cristo-Logos, razón y verbo, sea una pasión por toda positividad de lo real, por todo lo humano de la vida humana que es asumido en Cristo para que resplandezca en su dignidad. La vida humana, cualquiera sea su precariedad física, psicológica, social o moral, vale siempre la pena ser vivida, pues en ella se juega la esperanza en un destino de eternidad.

Esta clave de lectura sapiencial del significado de todo lo real es muy importante que prevalezca al momento de analizar las circunstancias históricas del presente. El fenómeno de la globalización, que determina muy poderosamente la época actual, se percibe con inquietante ambigüedad en muchos aspectos. Aunque ha integrado las economías latinoamericanas con las de los países desarrollados favoreciendo el comercio, las exportaciones y la estabilidad financiera, preocupa el incremento de la desigualdad entre países ricos y pobres, y no queda claro qué situación tendrán finalmente los países latinoamericanos dentro de esta desigual distribución de los recursos y, particularmente, del conocimiento. Después de dejar atrás la así llamada «década perdida» del desarrollo latinoamericano, en todos nuestros países ha habido una cierta movilización de la sociedad civil para que, una vez consolidada la democracia y el respeto al Estado de Derecho, se avance ahora también en relación a los derechos sociales, se elimine la corrupción y se aumente la eficiencia y la calidad del gasto público. Atrás quedaron las polarizaciones ideológicas, naturalmente con algunas excepciones, lo que genera una gran expectativa de que eliminadas las barreras de la inclusión/exclusión por razones directamente políticas, se haga ahora un esfuerzo por superar las exclusiones sociales con inversiones de largo plazo y con políticas de Estado, es decir, que perseveren en sus orientaciones más allá de la ocasional alternancia en el poder que pueda producirse entre gobierno y oposición. Sin el mejoramiento de la calidad y de la transparencia institucional, difícilmente se podrán revertir con ventaja los efectos de la globalización. La «purificación de la razón» de su ceguera ética podría ser una valiosa contribución de la Iglesia a este proceso.

Pero también preocupa la dimensión cultural de la globalización. ¿Existe aún una cultura latinoamericana con que la Iglesia se sienta responsable y comprometida por su gestación y su destino y que represente un aporte a la globalización y una novedad para la inculturación del cristianismo que valga la pena ser mantenida y ampliada? ¿Tiene aún esta cultura, como declaró Puebla, un «sustrato católico»? ¿Cuál es su verdad sobre el hombre y su verdad sobre Dios? ¿Cómo se transmite esta cultura en el seno de las familias, en las instituciones educacionales, en los medios de comunicación, en los espacios públicos? ¿Representa la Iglesia para ella un testimonio del valor universal de la dignidad humana, de la vocación de todo ser humano a la santidad? Estas son preguntas que atañen muy directamente al discipulado y a la misión de los cristianos, pero también, y de modo a veces angustiante, a la calidad de vida de nuestros pueblos. Ambos aspectos, incluidos en la convocatoria del Papa a la conferencia, sólo pueden manifestarse unidos si resplandece la verdad sobre el significado de la vida humana en el testimonio de la caridad, en la transparencia de los símbolos que hacen presente el misterio de Dios entre los hombres, pero también en la delicadeza y profundidad del lenguaje que habla del sentido religioso de los seres humanos. Logos es, simultáneamente, razón y palabra, y ambos deben corresponderse recíprocamente. En una época fuertemente marcada por la banalización de todos los lenguajes, resulta muy urgente el testimonio de la belleza y profundidad de la comunicación, de tal modo que logre interpelar la conciencia de las personas y les permita movilizarse con originalidad y responsabilidad en el mejoramiento de la calidad de la vida. La tan visible presencia de la corrupción en los espacios públicos latinoamericanos es también un síntoma de la ruptura interior, en el seno de la propia cultura, de la correspondencia entre la verdad de la razón y el lenguaje que la manifiesta inequívocamente en un diálogo sincero entre las antiguas y las nuevas generaciones en la familia, en la educación escolar y universitaria, en el trabajo, en la toma de decisiones, en los medios de comunicación.

Pues bien, estos parecen ser, en mi modesta opinión, los desafíos más importantes que nuestra época presentará a los obispos latinoamericanos que se reunirán en Aparecida. El tema de la conferencia permite abordarlos desde la identidad más profunda del cristianismo, desde la confesión de Cristo-Logos, fuente inagotable del discipulado y de la misión, pero con la mirada puesta en la vida de nuestros pueblos, en su calidad y sustentabilidad en el mediano y largo plazo, en el realismo de la esperanza.


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