El Concilio Vaticano II, hace 50 años

leer papel digital

Al Concilio Vaticano II acompañó y sobre todo siguió una mutación sociocultural cuya amplitud, radicalidad, rapidez y carácter cósmico no tienen equivalente: el triunfo de los métodos críticos, la invasión de las ciencias humanas, la rebelión de parte de la juventud, la urbanización galopante, la secularización radical, la crisis del magisterio, el desinterés por todo cuanto proviene de una jerarquía, el acaparamiento de las cosas terrenales y la invasión de lo económico.


Lo recuerdo, era ayer, en ese otoño ya lejano de 1959. Angelo Giuseppe Roncalli había sucedido el año anterior al Papa Pío XII con el nombre de Juan XXIII. El viejo campesino lombardo, que en la sede de Pedro decían ser de transición, heredaba una Iglesia con tranquilas certezas en un mundo que, tras los crujidos de la Segunda Guerra Mundial, aspiraba a disfrutar la vida intensamente. Para asombro de todos, acababa de convocar un Concilio. Muchos no sabían ni siquiera de qué se trataba. Y prácticamente nadie lo esperaba. Mis profesores de la Facultad de Teología de Angers estaban convencidos de que a partir de la definición de la infalibilidad del Papa ya no era necesario un concilio.

H68 concilio vaticano 01

Con su estilo pragmático, el buen Papa Juan, como lo llamaban —y también Juan extramuros—, desmentía la idea. Sería preciso por tanto aceptar la situación. Para algunos, eso era algo difícil. El Papa los ayudaba, sin grandes teorías, mediante numerosas confidencias en privado y en público. Todos mis visitantes en la Secretaría de Estado me decían que en cada audiencia Juan XXIII les hablaba del Concilio en su lenguaje familiar: “Una verdadera alegría para la Iglesia universal de Cristo, eso es lo que pretende ser el nuevo Concilio Ecuménico. En materia de concilio, somos todos novicios. El Espíritu Santo estará ahí cuando todos los obispos se reúnan. ¡Y se verá claramente! Será la flor espontánea de una primavera inesperada. El Concilio no es una asamblea especulativa; es un organismo vivo y vibrante, que abarca al mundo entero; una casa adornada para una fiesta, que resplandece con su decoración de primavera, donde la Iglesia llama a todos los hombres hacia ella”. “El Concilio —decía él, agregando el gesto a la palabra— es la ventana abierta, o también es sacar el polvo y barrer la casa, poner flores en ella y abrir la puerta diciendo a todos: ‘Vengan a ver. Aquí está la casa del Buen Dios’. El Concilio hará subir al Cielo un canto primaveral de juventud”. A los arquitectos les decía: “El Concilio quiere construir un edificio nuevo sobre los fundamentos colocados en el curso de la historia”. A una orquesta: “Será una poderosa sinfonía”. Y a todos: “Produce en todo el mundo una gran esperanza. ¿Qué puede ser un concilio sino la renovación del encuentro con el rostro de Jesús Resucitado? El Concilio es la Iglesia iluminando al mundo a través de los siglos. Sí, luz de Cristo, Iglesia de Cristo, luz de las naciones...” (Ver Documentación católica, T. LIX, 7 de octubre de 1962, No. 1385, El Concilio).

Luego tuvo lugar en la Plaza San Pedro la inolvidable procesión de los dos mil 860 padres, provenientes de 141 países; los obispos con mitra blanca, con el anciano Pontífice Papa en intenso recogimiento, como un bloque de oración; la interminable celebración —más de cinco horas en la Basílica de San Pedro— marcada por la extensa e impresionante homilía del viejo pontífice, con una voz sorprendentemente joven, firme y clara, fustigando a los profetas de desgracias y enunciando la famosa distinción entre el depósito de la fe y la forma del anuncio, debiendo este conservar no obstante el mismo sentido y el mismo alcance. La voz vigorosa resuena aún en mis oídos, marcada por un gesto resuelto: “Será preciso dar mucha importancia a esta forma y trabajar con paciencia, si es necesario, en esta elaboración. Y habrá que recurrir a una manera de presentar la enseñanza que tenga un carácter pastoral”.

Al clausurar esa primera sesión, el 8 de diciembre de 1962, Juan XXIII agregaba: “Será el nuevo Pentecostés tan esperado”; pero en privado añadía: “Mi parte será el sufrimiento”. Y moría, ofreciendo su vida por el Concilio.

H68 concilio vaticano 02Poco después de su muerte, su sucesor, Pablo VI, recogió ese legado con intrepidez, trayendo nuevamente a tierra, según la gráfica expresión de Jean Guitton, la carabela que quedaba en el cielo. Hierático y con recogimiento, abrió la segunda sesión el 29 de septiembre de 1963, manifestando de manera sorprendente la orientación que daba al Concilio: “Cristo es nuestro principio, nuestra vía y nuestro fin. De él venimos, en él caminamos, hacia él vamos”. La imagen, que empleó con audacia, se convirtió en un leitmotiv: el Concilio trabajará para tender un puente hacia el mundo contemporáneo. Estaban muy impresionados los observadores del patriarcado de Moscú con los cuales yo cenaba esa misma noche donde las Hermanas del Convento del Sagrado Corazón de Angers, en el Janículo.

El 7 de diciembre de 1965, presidiendo la sesión de clausura, Pablo VI destacaba la generosidad del Concilio en el encuentro con “el humanismo laico y profano, que se manifestó en su terrible estatura y en cierto sentido desafió al Concilio. ¿Qué sucedió? ¿Un choque, una lucha, un anatema? Eso podía ocurrir, pero no tuvo lugar. La vieja historia del samaritano fue el modelo de la espiritualidad del Concilio. Lo invadió enteramente una simpatía sin límites. El descubrimiento de las necesidades humanas —y son tanto mayores en la medida en que el hijo de la tierra va siendo más grande— absorbió la atención de nuestro Sínodo”. Y al día siguiente, en la Plaza San Pedro resplandeciente con el sol, en un gesto totalmente nuevo en la historia conciliar de los dos milenios, el Papa entregaba radiante los mensajes al mundo, a los gobiernos, a los hombres de pensamiento y de ciencia, a los artistas, a las mujeres, a los trabajadores, a los pobres, a los enfermos, a todos los que sufren, a los jóvenes, diciéndoles con calidez comunicativa: “Para la Iglesia Católica nadie es un extraño, nadie está excluido, nadie es lejano”. El Concilio terminaba en Roma y recién comenzaba a través del mundo.

Así, el Concilio, al terminar, recobraba la inspiración de su primer gesto, el mensaje dirigido al mundo el 20 de octubre de 1962, sobre el cual Pablo VI pudo decir: “Gesto insólito, pero admirable. ¡Es como si el carisma profético de la Iglesia hubiese explotado repentinamente! Como Pedro, que en el día de Pentecostés se sintió llamado a alzar de inmediato la voz y hablar al pueblo, habéis querido en primer lugar ocuparos no de vuestros asuntos, sino de aquellos propios de la familia humana, y entablar el diálogo no entre vosotros, sino con los hombres”.

A una distancia de 50 años, quisiera rescatar el verdadero rostro del Concilio, inspirándonos en la clave de lectura que nos propuso, desde el comienzo de su pontificado, nuestro Papa Benedicto XVI, en respuesta a las felicitaciones de Navidad de los cardenales, el 22 de diciembre de 2005.

Benedicto XVI se preguntó con valentía y sencillez:

«¿Cuál ha sido el resultado del Concilio? ¿Ha sido recibido de modo correcto? En la recepción del Concilio, ¿qué se ha hecho bien?, ¿qué ha sido insuficiente o equivocado?, ¿qué queda aún por hacer?
Nadie puede negar que, en vastas partes de la Iglesia, la recepción del Concilio se ha realizado de un modo más bien difícil (...) Surge la pregunta: ¿Por qué? Pues bien, todo depende de la correcta interpretación del Concilio o, como diríamos hoy, de su correcta hermenéutica, de la correcta clave de lectura y aplicación. Los problemas de la recepción han surgido del hecho de que se han confrontado dos hermenéuticas contrarias y se ha entablado una lucha entre ellas. Una ha causado confusión; la otra, de forma silenciosa pero cada vez más visible, ha dado y da frutos.
Por una parte existe una interpretación que podría llamar “hermenéutica de la discontinuidad y de la ruptura”; a menudo ha contado con la simpatía de los medios de comunicación y también de un dector de la teología moderna. Por otra parte, está la “hermenéutica de la reforma”, de la renovación dentro de la continuidad del único sujeto-Iglesia, que el Señor nos ha dado; es un sujeto que crece en el tiempo y se desarrolla, pero permaneciendo siempre el mismo, único sujeto del pueblo de Dios en camino.
Cuarenta años después del concilio podemos constatar que lo positivo es más grande y más vivo de lo que pudiera parecer en la agitación de los años cercanos a 1968. Hoy vemos que la semilla buena, a pesar de desarrollarse lentamente, crece, y así crece también nuestra profunda gratitud por la obra realizada por el Concilio (...).
Así hoy podemos volver con gratitud nuestra mirada al Concilio Vaticano II: si lo leemos y acogemos guiados por una hermenéutica correcta, puede ser y llegar a ser cada vez más una gran fuerza para la renovación siempre necesaria de la Iglesia».

H68 concilio vaticano 03

El 25 de diciembre de 1961, hace ahora cincuenta y un años, el Beato Papa Juan XXIII promulgaba la Bula de indicción del Concilio Vaticano II: “Acogiendo como venida de lo alto una voz íntima de nuestro espíritu, hemos juzgado que los tiempos estaban ya maduros para ofrecer a la Iglesia Católica y al mundo el nuevo don de un Concilio Ecuménico, el cual continúe la serie de los 20 grandes Sínodos, que tanto sirvieron a lo largo de los siglos, para incrementar en el espíritu de los fieles la gracia de --- Dios y el progreso del cristianismo”. Y nos invitaba a recitar todos los días junto con él su oración al Espíritu Santo por el Concilio: “Que la luz y la fuerza del Evangelio se expandan aún más en la sociedad, que la religión católica adquiera más vigor e irradiación misionera, que aumenten un conocimiento más profundo de la doctrina de la Iglesia y una saludable práctica de la vida cristiana y que la Iglesia santa propague el reino del Salvador divino, que es reino de verdad, de justicia, de amor y de paz”.

¿Qué ocurrió?

H68 concilio vaticano 04El Concilio Vaticano II, convocado por Juan XXIII y clausurado por Pablo VI, se desarrolló en cuatro sesiones, en cada otoño, en 1962, 1963, 1964 y 1965, agrupando a dos mil 300 obispos, con más de 140 congregaciones, en cuatro años, y haciendo no menos de 550 votaciones sobre textos elaborados por doce comisiones. Promulgó 16 documentos, es decir, cuatro constituciones, nueve decretos y tres declaraciones. Preciso estos datos porque siempre tenemos la tentación de poner todo en el mismo plano, si bien las constituciones tienen valor permanente, los decretos un alcance práctico inmediato y las declaraciones expresan una etapa en una toma de conciencia. Para dar tres ejemplos, una constitución se dedica a la revelación, un decreto a la formación de los sacerdotes y una declaración a los medios de comunicación social. Son evidentemente realidades de distinto orden.

La historia nos permite descubrir que los concilios han sido de gran diversidad. Su raíz humana explica la manera como responden a los problemas de su época: “Los Concilios —decía el 20 de noviembre de 1961 el cardenal Frings, del cual el joven teólogo Joseph Ratzinger era consultor— son siempre producto de una determinada época en la cual traen la palabra de Dios dándole un nuevo valor de acuerdo con sus necesidades. Ciertamente, lo que dicen es válido para todos los tiempos, ya que la verdad eterna se encarna en las palabras vinculadas con un determinado momento de la historia; pero todos tienen la marca original de la época bien determinada en la cual una situación espiritual igualmente bien determinada exigía que se precisara la formulación de un pensamiento, que se pronunciaran palabras que en lo sucesivo se incorporarían en el patrimonio permanente de la Iglesia, si bien siempre recordarían el momento que produjo ese pensamiento y esas palabras... (citado en Prendre part au Concile, Fleurus, 1962, pp. 179-180)”.

El Concilio Vaticano II

Es el Concilio de una Iglesia que por inspiración del Papa desea renovarse en un mundo nuevo (aggiornamento) para proporcionar ella misma al mundo una imagen más verdadera, como presencia del Evangelio, en el mundo de esta época.

Para Juan XXIII, el Concilio era en primer lugar un encuentro con Dios en la oración; con María, como los apóstoles en el cenáculo, en la víspera de Pentecostés. Encuentro con el Espíritu Santo; encuentro con los obispos; encuentro con los hermanos separados provenientes de todas partes, incluso de Moscú; encuentro con el mundo entero. La convocatoria del Concilio fue un gesto espontáneo e imprevisible de Juan XXIII. En la alocución del 25 de enero de 1959, el Papa se vale de una inspiración repentina (subito). Si bien Juan XXIII, por costumbre, simplifica las cosas relatándolas con sencillez, y pareciera que su decisión maduró lentamente, como sin saberlo él, desde los tiempos lejanos en que publicaba las visitas de San Carlos Borromeo a Bérgamo al día siguiente al Concilio de Trento, él siempre habla de una decisión que se le impuso en la oración. Así, en su Motu proprio del 5 de junio de 1960, señala: “Inspiración del Altísimo nos parece el pensamiento que desde el principio de nuestro pontificado brotó en nuestra mente, como flor de primavera imprevista, de convocar un concilio ecuménico”.

H68 concilio vaticano 05

Juan XXIII no tenía un plan preciso. En todos lados pide sugerencias, no solo a los dicasterios de la curia romana y a los obispos, sino también a las universidades católicas y a las facultades de Teología, y sobre todo pide oraciones: las audiencias de 1959 casi siempre terminan con un llamado a la oración por el Concilio. Para él, precisamente renovándose, poniéndose al día ante el mundo, la Iglesia, manifestando su vitalidad y su valentía, se mostrará en verdad como lo que es, como la Iglesia de Cristo: “Con la gracia de Dios, reuniremos pues el Concilio, y queremos prepararlo considerando lo que es más necesario reforzar y vigorizar en la unión de la familia católica, en conformidad con el designio de Nuestro Señor. Luego, cuando hayamos cumplido esta formidable tarea, eliminando lo que en el plano más humano podría ser obstáculo para una progresión más rápida, presentaremos la Iglesia en todo su esplendor, sine macula et sine ruga, y diremos...: ‘Ved, hermanos, es la Iglesia de Cristo’”.

Para llevar a cabo este exigente programa, el Concilio nos dejó un conjunto de textos impresionante. Al releerlos al cabo de veinte años, el Sínodo extraordinario de los Obispos convocado por Juan Pablo II en 1985 tuvo el mérito de poner de relieve con toda claridad los cuatro pilares fundamentales del Concilio a partir de las cuatro constituciones dedicadas a los mismos: la Revelación (Dei verbum), la Iglesia (Lumen gentium), la liturgia (Sacrosanctum concilium), la misión de la Iglesia en el mundo (Gaudium et spes). He aquí, en resumen, lo esencial:

H68 concilio vaticano 06B1. En primer lugar, como dice Juan Pablo II en su carta apostólica Novo Millennio Ineunte al concluir el Gran Jubileo del año 2000, el redescubrimiento de la Iglesia como misterio, es decir, como “pueblo unido de la unidad del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, no podía no incluir también el redescubrimiento de su ‘santidad’, entendida en el sentido fundamental de ser propia de Aquel que es por excelencia el Santo, el ‘tres veces Santo’, con el ‘llamado universal a la santidad’, ese ‘alto grado’ de la vida cristiana común: toda la vida de la comunidad eclesial y de las familias cristianas debe conducir en esa dirección. La Iglesia es misterio de gracia. Cada bautizado es responsable en ella, en su lugar, no solo de su salvación personal, sino también de la fidelidad de la Iglesia a su misión, para la cual tiene el deber de hacer fructificar su don de gracia, recibido en el bautismo y alimentado por los sacramentos, en especial la Eucaristía, y por la Palabra de Dios. En la Iglesia, todos los ministerios, comenzando por el del Papa, están al servicio de esta comunión eclesial fortalecida por la educación cristiana, de la cual los padres son los primeros responsables” (Declaración Gravissimum educationis sobre la educación cristiana).

Al igual que en siglos anteriores, con los concilios de Trento y Vaticano I, para responder a las nuevas necesidades de la Iglesia, en el Concilio Vaticano II surge un nuevo tipo de obispo —el Concilio definió el episcopado, un sacramento— con los sacerdotes, sus colaboradores y los diáconos —el Concilio restableció el diaconado permanente— al servicio de un nuevo tipo de comunidad cristiana, donde, en medio de los fieles laicos, los religiosos están enteramente entregados a Dios y a sus hermanos mediante la práctica de los tres consejos evangélicos de castidad, pobreza y obediencia. La Iglesia de Dios es comunión de iglesias locales cuya catolicidad expresa la riqueza de la unidad. El Papa, como primer jefe, es su garante, con sus hermanos obispos, en la colegiatura episcopal manifestada por la creación de las conferencias episcopales en cada país, los consejos de conferencias episcopales en cada continente, y sobre todo la creación, por Pablo VI, el 15 de septiembre de 1965, del Sínodo de los Obispos, decisión sin precedentes en la historia de la Iglesia latina. Al promulgarlo, el Papa declara de manera significativa: “El Concilio Ecuménico nos brindó la ocasión de concebir la idea de constituir establemente un consejo especial de obispos con el fin de que, aun después de terminado el Concilio, continúe llegando al pueblo cristiano aquella abundancia de beneficios que felizmente se ha obtenido, durante el tiempo del Concilio, como fruto de nuestra íntima unión con los obispos”.

2. La restauración de la liturgia es sin duda alguna el fruto más visible del Concilio y también el que ha provocado el mayor número de reacciones contrastantes y ampliamente mediatizadas. ¿Qué pretendió el Concilio? Lo cito en su Constitución Sacrosanctum concilium: “Organizar los textos y los ritos de tal manera que expresen con mayor claridad las realidades simples que representan y que el pueblo cristiano, en la medida de lo posible, pueda comprenderlos fácilmente y participar en los mismos mediante una celebración plena, activa y comunitaria” para “hacer progresar la vida cristiana día a día entre los fieles”. A un cuarto de siglo de distancia de la Constitución conciliar sobre la sagrada liturgia, el 4 de diciembre de 1988, Juan Pablo II publica una carta apostólica en la cual hace suya la apreciación positiva del Sínodo extraordinario de los obispos reunido por su iniciativa en Roma, en 1985, para revivir el Concilio como experiencia espiritual, verificar lo que ha inspirado en la vida de la Iglesia, profundizar su mensaje y proseguir con su aplicación: “La renovación litúrgica es el fruto más claro de toda la obra conciliar”. Al mismo tiempo, como reconoce el Papa, la implementación del Concilio ha tropezado con dificultades considerables. Ciertos fieles han retrocedido a las formas litúrgicas anteriores. Otros han promovido innovaciones fantasiosas, omisiones o añadidos ilícitos y confusiones entre el sacerdocio ministerial vinculado con la ordenación sacramental y el sacerdocio común de los fieles cuyo fundamento reside en el bautismo.

Para remediar la situación, La Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos publicó el 25 de marzo de 2004 la Instrucción Redemptionis sacramentum, que recuerda las normas que se deben observar y los abusos que se deben evitar en la celebración del misterio eucarístico, sacramento de la redención. Por lo demás, en su instrucción Varietatis legitimae, la Congregación enunció los principios de la inculturación de la liturgia en las diversas culturas. Conservando la unidad sustancial del rito romano, el proceso de inculturación llevado a cabo bajo la autoridad de la Iglesia traduce las exigencias de vida nueva anunciadas por Cristo en la lengua, la música y el canto, los gestos y las actitudes, el arte y la piedad popular.

H68 concilio vaticano 07

El Papa Benedicto XVI, como somos testigos, no deja de recurrir a todos los medios posibles para una reconciliación con la Fraternidad San Pío X de monseñor Lefebvre (ver Gérard Leclerc, Rome et les Lefebvristes, Le Dossier, Salvator, 2009), y al respecto ha liberalizado el uso de la liturgia vigente con anterioridad al Concilio Vaticano II, convertida en “forma extraordinaria” del rito romano, permaneciendo el Misal de Pablo VI como “la forma ordinaria”, mediante el Motu proprio “Summorum Pontificum” del 7 de julio de 2007, con el fin de ofrecer a todos los fieles el uso más antiguo de la liturgia romana, considerada un tesoro precioso que se debe conservar; garantizar y asegurar realmente a quienes lo solicitan el uso de la forma extraordinaria y favorecer la reconciliación en el seno de la Iglesia. La instrucción de la Pontificia Comisión Ecclesia Dei, del 30 de abril de 2011, titulada Universae Ecclesiae, señala las modalidades de aplicación (ver D.C. del 19 de junio de 2011, No. 2470, pp. 572-578).

3. La primacía de la Palabra de Dios: la Revelación es Cristo preparado en una historia, el Antiguo Testamento; manifestado en un tiempo histórico, los Evangelios; transmitido en la Iglesia ante todo por la palabra viva de los testigos, y fijado en la Escritura santa de la cual Dios mismo es el autor en la medida en que es Él quien la ha inspirado. Para que el Evangelio se conserve intacto y vivo en la Iglesia, los apóstoles transmitieron a sus sucesores, los obispos, su propio ministerio de enseñanza. Y la Revelación divina se transmitió así en su integridad a través de la santa Tradición y la Sagrada Escritura auténticamente interpretada por el magisterio. La Tradición proveniente de los apóstoles no es una materia inerte, sino un cuerpo vivo que se desarrolla en la Iglesia bajo la asistencia del Espíritu Santo.

4. La apertura hacia todos los que no son miembros de la Iglesia, catalogados hasta ese momento como “de afuera”. En una mirada de fe, la visión de la encíclica Ecclesiam suam de Pablo VI, del 6 de agosto de 1964, de los tres círculos concéntricos —no católicos, no cristianos y no creyentes— los abarca a todos en la voluntad universal de salvación de Dios, a través de Cristo, único Salvador, de una manera que solo Él conoce, ya que nadie es abandonado por la gracia y cada uno debe seguir a su conciencia, que tiene el deber de iluminar. A nadie se le puede impedir ni obligar a creer, señala la Declaración Dignitatis humanae personae sobre la libertad religiosa. Se crean tres dicasterios para poner en ejecución los decretos conciliares: Unitatis redintegratio, sobre el ecumenismo y las relaciones de la Iglesia con las iglesias orientales ortodoxas —otro decreto, Orientalium ecclesiarum, está dedicado a las iglesias orientales católicas— y las iglesias y comunidades eclesiales separadas en Occidente; Nostra aetate, sobre las relaciones de la Iglesia con las religiones no cristianas —el hinduismo, el budismo, la religión musulmana y la religión judía—, y Gaudium et spes, sobre los ateos, agnósticos, indiferentes, no creyentes.

El misterio de la Iglesia: en el mundo y su tiempo

En su carta apostólica Tertio Millennio Adveniente, del 10 de noviembre de 1994, el Papa Juan Pablo II, que fue uno de los Padres más jóvenes y también uno de los más activos del Concilio, lo presenta así:

«El Concilio Vaticano II constituye un acontecimiento providencial gracias al cual la Iglesia ha iniciado la preparación próxima del Jubileo del segundo milenio. Se trata de un concilio semejante a los anteriores, aunque muy diferente: un concilio centrado en el misterio de Cristo y de su Iglesia, y al mismo tiempo abierto al mundo, contribución que marca la preparación de la nueva primavera de vida cristiana que deberá manifestar el Gran Jubileo si los cristianos son dóciles a la acción del Espíritu Santo».

De acuerdo con la orientación propuesta por el cardenal Montini a los Padres del Concilio —previamente presentada a Juan XXIII y aceptada por él— al terminar la primera sesión, se relee, reduce y reorienta el conjunto inconexo de los 70 esquemas preparatorios para presentar el misterio de la Iglesia a los hombres de nuestro tiempo a la luz de Jesús, Verbo de Dios, que resplandece sobre su rostro e ilumina en ella los elementos humanos y divinos, visibles e invisibles, como una realidad de fe, rica de vida, portadora de esperanza y desbordante de amor, ad intra y ad extra. No es la Iglesia la luz de las naciones, sino Cristo, del cual ella debe ser el reflejo y la mensajera, la Iglesia que los cristianos que viven en el mundo actual deben redescubrir en su misterio de fe, para presentarla a los hombres: son las dos grandes constituciones conciliares, la constitución dogmática Lumen gentium y la constitución pastoral Gaudium et spes.

La Iglesia no es primeramente una estructura institucional, sino un lugar de presencia trinitaria y manifestación en el mundo del agapè trinitario. Es el redil cuya única puerta es Cristo. Es el rebaño del cual él es el pastor que dio la vida por sus ovejas. Es la tierra que Dios mismo cultiva, donde fue plantada como la viña elegida, fuente de vida y de fecundidad. Es el edificio que Dios construye sobre Cristo, piedra angular. Es la residencia de Dios, el tabernáculo donde habita en medio de los hombres. Hecha de piedras vivas unidas por el cemento del amor, es la ciudad santa, la Jerusalén celeste, misterio, sacramento, comunión, anuncio profético de la salvación. Es también a la vez visible e invisible. Una, santa, católica y apostólica, va adelante, según la palabra de San Agustín, caminando entre las persecuciones del mundo y las consolaciones de Dios.

Existencialmente, la Iglesia se descubre en triple relación: con Dios, es su dimensión original, analizada en los capítulos V y VI de Lumen gentium; con las generaciones de creyentes (capítulo VII sobre la comunión de los Santos y capítulo VIII sobre la Bienaventurada Virgen María), y con los demás hombres, los cuales no reconocen a Dios —los incrédulos— o a Jesucristo — los no cristianos— o son cristianos permaneciendo en un estado de separación de la Iglesia Romana. Cada capítulo de la Constitución dogmática sobre la Iglesia tiene una prolongación en los Decretos Christus Dominus sobre el ministerio pastoral de los obispos; Presbyterorum ordinis y Optatam totius sobre el ministerio y la vida de los sacerdotes, y sobre la formación de los sacerdotes; Perfectae caritatis sobre la renovación de la vida religiosa, y Apostolicam actuositatem sobre el apostolado de los laicos.

H68 concilio vaticano 08

“Concilio” Romano Parmeggiani, (óleo sobre tabla 1963) colección Istituto Paolo VI, Brescia.

Se crean varios consejos pontificios para poner en ejecución el Concilio: para los laicos; para la promoción de la unidad de los cristianos; para la familia; “Justicia y Paz”; “Cor Unum” al servicio de la caridad universal; para la pastoral de los migrantes y las personas en desplazamiento; para la pastoral de la salud; para la interpretación de los textos legislativos; para el diálogo interreligioso, la cultura y las comunicaciones sociales, este último inspirado por el primer Decreto del Concilio, Inter mirifica, puesto al día por las instrucciones pastorales Communio et progressio de 1971 y Aetatis novae de 1992. Así, la Iglesia, lejos de ser una totalidad encerrada entre paredes, aparece como un lugar de relaciones: “La comunidad cristiana se siente íntima y realmente solidaria del género humano y de su historia” (Gaudium et spes, n. 1). “Interesa al mundo reconocer a la Iglesia como realidad 927 social y fermento de la historia. De igual manera, la Iglesia reconoce los muchos beneficios que ha recibido de la evolución histórica del género humano” (ibíd. 44 § 1). “Con su fiel adhesión al Evangelio y el ejercicio de su misión en el mundo, la Iglesia, cuya misión es fomentar y elevar todo cuanto de verdadero, de bueno y de bello hay en la comunidad humana, consolida la paz en la humanidad para gloria de Dios” (Gaudium et spes, 76 § 6).

H68 concilio vaticano 09

La Iglesia descubre así, experimentalmente, su misterio: mediante ella, para la cual se ha entregado el Señor, Dios permanece presente en medio de los hombres, no frente al mundo, como un contramundo, sino “en el mundo de este tiempo. Es el único Pueblo de Dios presente en todas las razas de la tierra, pues de todas ellas reúne a sus ciudadanos, y estos lo son de un reino no terrestre, sino celestial” (Lumen gentium, n. 13). De aquí se desprende no solo una división de las responsabilidades: la responsabilidad de la Iglesia es el Reino de Dios, y el Concilio reconoce el carácter específico de las responsabilidades humanas, sobre todo en el plano socioeconómico y político, pero también la doble responsabilidad del cristiano, ciudadano de un Estado terrestre y al mismo tiempo miembro del Cuerpo místico de Cristo (Gaudium et spes, cap. III, n. 33-39).

Entre el mundo y la Iglesia, las relaciones son recíprocas: la Iglesia debe conocer los problemas humanos, y específicamente cada uno de aquellos a los cuales el documento dedica un capítulo: la dignidad del matrimonio y la familia, el desarrollo de la cultura, la vida económico-social, la vida en la comunidad política, el fomento de la paz, el desarrollo de la comunidad de los pueblos y las mutaciones de la cultura. Quienes tienen la responsabilidad, lo cual necesariamente está matizado por opciones políticas, son invitados a escuchar a la Iglesia: “La Iglesia, por su parte, que recibió la misión de manifestar el misterio de Dios, de este Dios que es el fin último del hombre, revela al mismo tiempo al hombre el sentido de su propia existencia, es decir, su verdad esencial”.

Ciudadanos de ambas ciudades, los cristianos deben cumplir con esmero y fidelidad sus tareas terrenales. El aggiornamento, junto con mantener la fidelidad profunda —y por ser fidelidad profunda—, tiene como objetivo ayudar a la Iglesia a cumplir su misión de anunciar el Evangelio, por cuanto “las nuevas condiciones ejercen influjo también sobre la vida religiosa” (n. 7 § 3). De aquí se desprende la importancia de distinguir debidamente las señales de los tiempos y por consiguiente presentar sin traición el anuncio del Evangelio en una cultura impregnada de una gran dosis de ateísmo multiforme (n. 19-22). La Iglesia se esfuerza por compartir sus convicciones de fe en un diálogo leal y prudente con los que no creen en Dios o no profesan religión alguna, cada vez que estos últimos están abiertos a una colaboración sincera.

La sorprendente actualidad del Concilio

El Concilio Vaticano II, nacido de una decisión de Juan XXIII, que maduró en el estudio y la oración, quiso rejuvenecer la Iglesia, lo cual para él significaba “aclarar el pensamiento, afianzar la unidad religiosa, avivar el fervor cristiano” (25 de enero de 1959).

Pero, acordándose tal vez de la vieja ley que recordaba Newman, el 7 de agosto de 1870, a una de las personas con las cuales se escribía: “Debemos recordar que rara vez ha habido un concilio al cual no haya seguido una gran confusión” (Cardenal John Henry Newman, Pensées sur l’Église, Cerf, col. Unam Sanctam, No. 30, p. 112), Juan XXIII agregaba, en la audiencia general del 5 de septiembre de 1959: “No debemos creer, sin embargo, que después del Concilio Ecuménico Vaticano II la paz será perfecta en el mundo. No debemos pensar que la vida en la tierra, a consecuencia de la renovación y el bienestar espiritual, será una especie de anticipación de la permanencia bienaventurada en el cielo. Desgraciadamente, en la existencia siempre estarán presentes las cargas y las angustias propias del peregrinaje terrenal. --- Sin embargo, habrá más claridad y las almas estarán mejor preparadas y dispuestas para recibir la ayuda del Señor”.

Newman tenía razón. Muchos concilios fueron seguidos de un largo período de debates, ciertamente de confusión en torno a los puntos de doctrina abordados, y también de falta de dedicación a la puesta en ejecución. En su carta del 6 de enero de 2001, Juan Pablo II se preguntaba cómo era realmente la situación cincuenta años después del Concilio Vaticano II. “¡Cuánta riqueza, queridos hermanos y hermanas, en las orientaciones que nos dio el Concilio Vaticano II! Por eso, en la preparación del Gran Jubileo, he pedido a la Iglesia que se interrogase sobre la acogida del Concilio. ¿Se ha hecho?” Al Concilio Vaticano II acompañó y sobre todo siguió una mutación sociocultural cuya amplitud, radicalidad, rapidez y carácter cósmico no tienen equivalente: el triunfo de los métodos críticos, la invasión de las ciencias humanas, la rebelión de parte de la juventud, la urbanización galopante, la secularización radical, la crisis del magisterio, el desinterés por todo cuanto proviene de una jerarquía, el acaparamiento de las cosas terrenales y la invasión de lo económico.

Al enfrentar estos problemas, la Iglesia del Concilio Vaticano II sigue viviendo, y su tradición permanente es creación y al mismo tiempo transmisión. Además, solo transmite renovándose, de acuerdo con lo dicho por Lacordaire: “Debido a una ley que rige todas las cosas creadas, donde el progreso se detiene, la muerte comienza a introducirse. El régimen de conservación, suficiente para la mayoría de las inteligencias, no es capaz de retener a ciertas almas ardientes” (...) Esta necesidad existe hoy en mayor medida que ayer, en un mundo marcado por la desaparición de los modelos culturales, la crisis profunda de las evidencias y las credibilidades, la dispersión del sentido en los ámbitos compartimentados del saber, la discontinuidad y la contradicción entre las referencias, la impugnación de los sistemas, la sospecha de las representaciones, el rechazo de los dogmatismos sistemáticos y totalizadores. Con lucidez, Juan Pablo II diagnostica en su carta ya citada: “Estamos entrando en un milenio que se presenta caracterizado por un profundo entramado de culturas y religiones incluso en países de antigua cristianización. En muchas regiones los cristianos son, o lo están siendo, un ‘pequeño rebaño’ (Lc 12, 32). Esto les pone ante el reto de testimoniar con mayor fuerza, a menudo en condiciones de soledad y dificultad, los aspectos específicos de su propia identidad” (n. 36).

Uno de los grandes actores del Concilio, el Cardenal Lienart, mostró muy bien que el Concilio era, de parte de Juan XXIII, un llamado al Espíritu Santo para renovar la Iglesia: “El Espíritu Santo, que está en ella, no la deja quedarse dormida en situaciones adquiridas y trabaja sin cesar en renovarla y reanimar su vigor. Por este motivo el Santo Padre ha querido que la Iglesia Católica, en presencia de las necesidades propias de un mundo en plena evolución, no permanezca inmóvil, sino que en medio del Concilio someta a un examen general el estado actual de su organización central y diocesana, de su disciplina interna, de su liturgia y en general de sus usos y métodos de apostolado con el fin de fortalecerse en sus fuentes divinas, alivianar su paso desprendiéndose de lo que no le es esencial y presentarse al mundo en su integridad, su pureza y el atractivo vigor de su eterna juventud” (Semaine Religieuse de Lille, 18 de febrero de 1962, citado en Prendre part au Concile, Fleurus, 1962, pp. 67-68).

Porque la Iglesia no es un islote aislado del mundo. El Concilio quiso ir al mundo para compartir con el mismo la buena nueva del Evangelio; pero el mundo irrumpió en la Iglesia, y este mundo donde la Iglesia no deja de cumplir su misión es hoy, como señalaba un testigo excepcional, el cardenal Garrone, en el Sínodo de los Obispos de 1985, “un mundo cuyas transformaciones nos desconciertan en nuestra reflexión”. Porque, para decirlo en pocas palabras, “el mundo del Concilio” desapareció. Mi viejo padre, angevino, campesino y viñador, me confiaba, al final de una larga existencia feliz y laboriosa, que en el curso de su vida había visto más cambios que todos sus antepasados a lo largo de un milenio. Estamos viviendo en una crisis de civilización de la cual mayo de 1968 fue la manifestación espectacular, con el vacío de una sociedad sin alma, el cuestionamiento de los pilares sobre los cuales descansaba la sociedad y la autoridad impugnada tanto en la Iglesia como en la familia y en la ciudad. La caída demográfica de Europa, la expansión del Islam y la amplitud de los movimientos migratorios alteraron profundamente los equilibrios seculares y pusieron en tela de juicio los modelos de crecimiento y de equilibrio social. La crisis, inicialmente bancaria y luego financiera, económica y social, no ha terminado de hacer sentir sus efectos en un mundo donde la globalización de la información instantánea no deja de alterar equilibrios que han llegado a ser frágiles. Tras el optimismo de los sixties, apreciado por los estadounidenses, se produjo un pesimismo generalizado. El equilibrio de los poderes, tan estimado por Montesquieu, entre el legislativo, el ejecutivo y el judicial, se hizo astillas con la presión irresistible de lo mediático. La vida misma se ve amenazada, desde el aborto hasta la eutanasia. La transmisión de los valores, sin los cuales una sociedad se deshace, es difícil de llevar a cabo con las nuevas generaciones, con este planeta de jóvenes que evoluciona en una órbita que los Padres del Concilio no solo desconocían, sino que ni siquiera podían imaginar, sobre todo Internet, que se aparta diametralmente de las vías milenarias de la educación en la familia, en la escuela y en la sociedad.

Hoy es patente una consecuencia imprevisible y del todo impensable para los Padres del Concilio: la vida de muchos hombres, especialmente los jóvenes, su manera de vivir y pensar, no está en absoluto influenciada por este acontecimiento considerable del Concilio, que viví de un extremo al otro, en el cual, por así decir, estuve inmerso en servicio en primer lugar de Juan XXIII, el inspirador; luego de Pablo VI, el timonel; de su sucesor, Juan Pablo II, que fue Padre del Concilio, y hoy día junto a nuestro Santo Padre el Papa Benedicto XVI, que lo ha vivido como experto y se esfuerza con valentía, paciencia y perseverancia por superar las rupturas del postconcilio con riesgo de provocar nuevos desgarrones.

Esta toma de conciencia, lejos de desmovilizarnos, nos incita a una mayor responsabilidad para poner en ejecución el Concilio que deseaba, de acuerdo con su inspirador e iniciador, el Beato Juan XXIII, compartir la buena nueva del amor de Cristo en el cual todos somos hijos del mismo Padre y hermanos de todos los hombres. El informe final del Sínodo extraordinario de 1985 sobre el Concilio, después de destacar que las señales de los tiempos actuales están marcadas por problemas y angustias aún más graves —hambre, opresión, injusticias, guerras, terrorismo y formas de violencia multiplicadas—, es significativo: En la Palabra de Dios, la Iglesia celebra los misterios de Cristo para la salvación del mundo. Es la razón de ser de la Iglesia, su misión propia, más difícil que nunca, como lo ha comprendido muy bien nuestro Papa Benedicto XVI, que en el otoño de 2012 reunirá al Sínodo de los Obispos para la nueva evangelización. La misión es la razón de ser de la Iglesia. Como lo afirma el Decreto Conciliar Ad gentes sobre la actividad misionera de la Iglesia: “La Iglesia es enteramente misionera”.

Así es la actualidad sorprendente del Concilio. A medio siglo de distancia, sombras y luces se manifiestan en un relieve sorprendente: renovación bíblica y litúrgica, responsabilidad eclesial y ecuménica conjunta, actitud de apertura y al mismo tiempo de discernimiento atento con respecto a las otras religiones. Mientras en Europa, junto con el envejecimiento demográfico hay una caída de la práctica religiosa y de las vocaciones sacerdotales y religiosas, las iglesias jóvenes de África, Asia y Latinoamérica dan testimonio de la alegría de la fe, del fervor de la esperanza, del dinamismo de la caridad. Con la traducción de la Palabra de Dios y de la liturgia a lenguas vivas, las vocaciones aumentan, la participación de los laicos en la vida social se afirma, las conversiones se multiplican y la Iglesia llega a ser un polo de atracción tanto para los intelectuales como para el pueblo. Viva y radiante, la Iglesia es mensajera de Buena Nueva.

También en Europa no hay lugar donde no se manifieste una sed de Dios, una necesidad de oración, el deseo de una vida evangélica auténtica, la renovación de los peregrinajes, el entusiasmo comunicativo en las JMJ y la creación de nuevas comunidades de vida evangélica y apostólica. En la crisis de civilización de este comienzo de milenio, marcada por la conmoción de los espíritus y el deterioro de las costumbres, la Iglesia responde proponiendo el mensaje del Concilio a los hombres de nuestro tiempo: Cristo es la clave de toda la historia. Su luz ilumina el misterio del hombre, que vale más por lo que es que por lo que tiene y realiza siguiéndolo la plenitud de su vocación de hijo de Dios, fuente de felicidad en este mundo y de alegría eterna. Y las palabras del Concilio cantan en mi memoria: “El porvenir está en manos de quienes sepan dar a las generaciones venideras razones para vivir y razones para esperar” (Gaudium et spes, n. 31).

“A medida que pasan los años —declaraba Juan Pablo II el 6 de enero de 2001— los textos del Concilio no pierden nada de su valor ni su esplendor. Es necesario leerlos de manera apropiada y que sean conocidos y asimilados como textos cualificados y normativos del Magisterio, dentro de la Tradición de la Iglesia. Después de concluir el Jubileo siento más que nunca el deber de indicar el Concilio como la gran gracia de la que la Iglesia se ha beneficiado en el siglo XX. Con el Concilio se nos ha ofrecido una brújula segura para orientarnos en el camino del siglo que comienza” (Novo millennio ineunte, n. 57).

En cuanto a su sucesor Benedicto XVI, su preocupación principal es poner en ejecución todo el Concilio de manera orgánica, en la continuidad de la Iglesia. En una cultura que todo lo aplana, nos recuerda —y lo ha dicho con fuerza ante sus compatriotas alemanes— que nuestro Padre del Cielo nos llama a vivir como hermanos responsables en la tierra, en la salvaguardia de la creación, el respeto a nuestros hermanos de todas las culturas y religiones, y siendo consecuentes con nuestra identidad propia de cristianos, amigos y discípulos de Jesús.

En una cultura del espectáculo permanente y efímero, en la celebración de los sacramentos y en particular de la eucaristía —la Iglesia hace la eucaristía y la eucaristía hace la Iglesia—, la Iglesia debe ayudar a los fieles a interiorizar la fe en la oración y la belleza, de lo cual nuestro Papa da ejemplo incansablemente en sus celebraciones litúrgicas, en Roma y en el curso de sus viajes a través del mundo.

En una cultura marcada por las ciencias y las técnicas, y ante la ola de los fundamentalismos, Benedicto XVI insiste semana a semana, en todos sus mensajes —y especialmente en sus grandes intervenciones, como en los Bernardinos, en París, y en el Bundestag, en Berlín—, sobre la importancia del diálogo entre la fe y la razón.

En una cultura dividida y como reventada entre el relativismo y el fundamentalismo, Benedicto XVI pide a todos los bautizados, tanto a los laicos como a los sacerdotes, religiosos y religiosas, de acuerdo con la consigna de San Pedro con los primeros cristianos de Roma “dar cuenta con dulzura y respeto de la esperanza que los anima” (1 P, 3, 15). Es el amplio campo abierto por el Concilio Vaticano II, que Benedicto XVI no deja de labrar, y donde nos invita a todos a trabajar con él, que apenas elegido por el Sacro Colegio de Cardenales se presentó a la salida del cónclave, en la Plaza San Pedro, el 19 de abril de 2005, como “un humilde obrero en la viña del Señor”.


Sobre el autor

Nacido en Angers, Francia, el 30 de agosto de 1930. Es presidente emérito del Consejo Pontificio para la Cultura y presidente emérito del Consejo Pontificio para el Diálogo Interreligioso. Tras sus estudios fue ordenado sacerdote en 1954. Se doctoró en Teología e Historia en La Sorbona, con una tesis sobre la relación entre razón y fe y entre la Iglesia y el Estado. Entre 1959 y 1971, fue oficial de la Secretaría de Estado y capellán del Instituto de San Doménico en Roma. En este cargo, estuvo presente en la solemne apertura del Concilio Vaticano II y trabajó junto a Juan XXIII y Pablo VI. De vuelta a Francia, se desempeñó durante diez años como rector del Instituto Católico de París. En 1979 fue nombrado auxiliar del arzobispo de París. Al mismo tiempo fue llamado a unirse al Colegio de la Congregación para la Evangelización de los Pueblos y al Secretariado para los No Cristianos. Ha recibido reconocimientos como Gran Premio Cardenal Grente de la Academia Francesa, Caballero de la Legión de Honor, entre otros. Creado cardenal el 27 de mayo de 1985, fue presidente del Consejo Pontificio para el Diálogo con los No Creyentes hasta el 4 de abril de 1993, cuando este se fusionó con el Consejo Pontificio para la Cultura. Desde 1988 hasta 2007 fue presidente del Consejo Pontificio para la Cultura.

Revista HUMANITAS

Edificio Mide UC, oficina 316, Campus San Joaquín.
Avenida Vicuña Mackenna 4860, Macul, Santiago.