Entrevista a Mons. Melchor Sánchez de Toca sobre el diálogo entre creyentes y no creyentes, su fundamento y su necesidad.

© Humanitas 93, año XXV, 2020, págs. 112 – 121.

Monseñor Melchor Sánchez de Toca, subsecretario del Consejo Pontificio para la Cultura, visitó la capital de Chile en octubre de 2019 para la realización de la segunda versión del Atrio de Santiago, una iniciativa que busca generar espacios de encuentro y de diálogo entre creyentes y no creyentes, entre las ciencias, el arte y las humanidades. La plena realización del evento se vio interrumpida por el estallido social que vivió el país.

El Atrio de Santiago quiere recordar el antiguo “Atrio de los Gentiles”, un espacio de amplio debate e intercambio de ideas —como lo fue el patio externo del templo de Jerusalén— para todos quienes participaban, sin distinción alguna de cultura, lengua o confesión religiosa, un lugar de encuentro y diversidad. La iniciativa tuvo su origen hace diez años en una invitación del Papa Benedicto XVI a abrir un espacio de diálogo interreligioso y en especial entre creyentes y no creyentes, respecto de los grandes problemas de la sociedad. El primer acto oficial se hizo en París, lugar emblemático de confluencia del pensamiento laico y el pensamiento cristiano. Allí hubo reuniones en tres lugares a su vez muy significativos: en la Sorbonne, en la Académie française —cuyos miembros se llaman a sí mismos “los inmortales”— y en la UNESCO. En años posteriores ha habido versiones en Suecia, en la Academia del Premio Nobel, en Barcelona, y en Bucarest, entre otros muchos lugares.

En esta entrevista concedida a Humanitas, monseñor Sánchez de Toca reflexiona sobre el diálogo entre creyentes y no creyentes, su fundamento y su necesidad.

—Para comenzar, nos gustaría contextualizar. ¿Cuál es la motivación y los objetivos que subyacen en la realización de estos atrios?

—El año 2009, en el discurso de Navidad a la Curia Romana, Benedicto XVI hablaba de la sorpresa que había tenido por la acogida que le dispensó la sociedad de la República Checa, una sociedad tan aparentemente secularizada —es uno de los países con el índice más alto de secularización en Europa y quizá más alto en el mundo—. Esto le llevó a pensar en la necesidad de que la Iglesia abra un espacio parecido a lo que había en el Atrio de Jerusalén. El Templo de Jerusalén se encontraba en medio de una gran explanada a la que también podían acceder los incircuncisos, es decir, los no judíos, que subían a adorar a su manera al Dios de Israel. Sin ser parte del pueblo de Israel, sin tener una idea clara de Dios, subían allí, y allí podían dialogar y entablar conversaciones con los maestros de la ley.

El Papa Benedicto dijo que la Iglesia tenía que abrir una especie de Atrio de los Gentiles donde aquellos que no conocen a Dios y lo sienten extraño, que tienen dificultades para concebir un Dios personal, puedan acercarse a su manera y entrar en contacto con el Misterio y con los creyentes. Esta intuición está en sintonía con un tema muy presente en el pensamiento de Ratzinger. Su obra más popular es Introducción al cristianismo (1968), donde plantea la cuestión de la búsqueda de Dios y la duda, cuestión central de su Pontificado. Desde el Consejo Pontificio de la Cultura acogimos aquella invitación, pues encontramos en esta imagen de Benedicto la fórmula ideal para relanzar el diálogo con los no creyentes.

La cuestión de la increencia fue madurando desde la creación del Secretariado para los no creyentes, en el año 1965 por Pablo VI, hasta luego de la caída del Muro de Berlín. El no creer fue concibiéndose como algo personal, no como un ateísmo de Estado. Benedicto retoma este diálogo con los no creyentes sobre una base nueva.

—¿Qué temas sirven de base para este diálogo entre creyentes y no creyentes?

—El diálogo entre creyentes y no creyentes se da acerca de las grandes cuestiones de la existencia; la cuestión de Dios y la cuestión del sentido último de la existencia. La muerte, el origen de todo, el destino final del universo. También se da sobre temas concretos, como cuestiones de economía y de sociedad. En nuestro tiempo, ante la emergencia climática, la emergencia para la paz, la crisis económica mundial, los grandes desplazamientos, es necesario que todas las personas de buena voluntad traten de dialogar y busquen soluciones consensuadas. El tiempo de las imposiciones se ha terminado, pues ya no es posible.

—¿Quiénes son los no creyentes?

—El escritor italiano Erri De Luca dice que creyente es un participio presente no pasivo. Creyente es uno que está creyendo, no uno que creyó una verdad, la aceptó y con eso puede vivir el resto de su vida. En otros tiempos era muy fácil hacer la distinción. Creyente católico era un bautizado en la Iglesia Católica que aceptó lo que la Iglesia dice que hay que aceptar. Sin embargo, siempre se está creyendo. San Agustín nos enseñó que a Dios nunca lo llegamos a poseer aquí, siempre nos aproximamos entre sombras y, viceversa, un no creyente no es simplemente uno que no crea en nada, un no creyente cree también en muchas cosas; lo que pasa es que no se reconoce en una tradición religiosa de la humanidad. Esa dicotomía radical entre creyentes y no creyentes no es tal, la línea es mucho más sutil.

 

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Mons. Sánchez de Toca

 

El cardenal Carlo Maria Martini no dividía el mundo entre creyentes y no creyentes, sino entre pensantes y no pensantes. Creyentes pensantes, creyentes no pensantes; no creyentes pensantes, no creyentes no pensantes. Es más fácil entenderse entre creyentes pensantes y no creyentes pensantes; la distinción es la seriedad y la profundidad de la fe. El Atrio de los Gentiles no pretende ser una disputa académica, sino un tratar de encontrarse; tampoco pretende buscar acuerdos a mitad del camino; es encuentro, no transacción.

El reconocimiento del otro se adquiere cuando te acercas a la búsqueda interior de una persona, la que no cree en Dios, pero que no se contenta con un materialismo barato, sino que se interroga. Su interrogación ilumina la propia fe. Benedicto XVI dice que creyentes y no creyentes están hermanados en la actitud de búsqueda.

En su Tratado sobre la Santísima Trinidad, san Agustín dice que a Dios se le busca para encontrar y se Le encuentra para seguir buscándolo. Uno no termina nunca de abarcar a Dios; como ese niño que con un balde trataba de meter el mar en un agujero, uno tampoco podrá meter a Dios en su cabeza.

—¿Hay un nuevo énfasis en el Atrio de los Gentiles al estar ahora el Papa Francisco a la cabeza?

—Yo creo que tanto Benedicto XVI como Francisco están planteando la salida de la inmanencia, del sí mismo. Esta salida de sí mismo Benedicto la planteó en sentido vertical; plantea la cuestión de Dios como la cuestión de sentido último de la existencia. El Papa Francisco propone salir del “veneno amargo de la inmanencia”, como lo llama, como un salir hacia el otro, el otro con minúscula. Eso se ve muy bien en todos sus escritos, la acogida del otro. Para Francisco, la construcción de la propia identidad no es en contra del otro, por contraposición, sino a partir del otro.

Cuando el Papa habla de la acogida, a esto se está refiriendo. El refugiado y el emigrante, por definición, es el otro. Cuando se dan traslados masivos, estos otros llegan como avalanchas que crean una desestabilización. Pero a veces la desestabilización es necesaria, cambia el rostro de la sociedad entera, pero es que la sociedad como la vemos está siempre cambiando.

—La sociedad siempre está cambiando, así como también el mismo cristianismo se va transformando…

Evangelii gaudium es el gran documento programático de Francisco. En él habla del rostro multiforme de la Iglesia y del cristianismo. A lo largo de la historia ha habido muchos cristianismos. En los orígenes la Iglesia tuvo dos almas: la Iglesia de la circuncisión, la de los judíos que habían aceptado a Cristo como mesías, y la Iglesia de los paganos, que aceptaron la fe. Había dos maneras de vivir la fe cristiana muy diferentes, y de las dificultades de integración entre ambas dan prueba, por ejemplo, los Hechos de los Apóstoles. San Pablo en la Carta a los Gálatas tuvo que reprochar públicamente a Pedro su falta de coherencia: con los cristianos procedentes del judaísmo se comportaba de una manera, y cuando llegaban los gentiles se comportaba de otra. Después, a lo largo de la historia, ha habido una cristiandad de lenguas semíticas, que es todo el cristianismo asirio que llegó hasta China, pasando por Irak, Persia, Siria e India. Era un cristianismo que se expresaba en lengua aramea, con categorías diferentes de la Iglesia Grecolatina. El rostro de Dios es un rostro multiforme, y tendrán que surgir otras formas posibles de cristianismo.

Estos son procesos lentos, y cuando se habla de inculturación no hay que olvidar que quienes han hecho la inculturación de verdad han sido los santos que viven en medio de un Pueblo. La inculturación no puede ser una estrategia pastoral diseñada. Los grandes inculturadores han sido los santos. En Europa los santos evangelizaron los pueblos eslavos, les inculcaron la cultura latina, la cultura griega, e inventaron un alfabeto para que estos pudieran alabar a Dios. Adaptaron la liturgia a los usos y costumbres de estos pueblos, algo que en su tiempo creó muchos problemas.

La misma fe cristiana nace ya adaptada en diálogo constante con el contexto cultural. En el Nuevo Testamento las palabras de Jesús han llegado a nosotros traducidas y, por lo tanto, adaptadas. El Evangelio se predicó en griego para salir del ambiente local de Palestina, de Judea y Galilea y tuvo que abrirse al mundo y traducirse. Traducir no es simplemente cambiar una palabra por otra, es usar categorías diferentes; por eso palabras pronunciadas por la boca de Jesús tenemos muy poquitas, son verdaderas perlas. Abba, Talita Kum, Eloi Eloi lama sabactani. Los evangelios han conservado algunos Rabbi, que significa Maestro, y Golgotha, que significa lugar de la Calavera. La fe cristiana nace ya desde el comienzo entrando en diálogo con la cultura a la que se presenta.

El rito romano se ha ido formando a través de los siglos producto también de la devoción. Las personas necesitamos de puntos de anclaje, de referencia, para nuestra existencia. Naturalmente los grandes símbolos, sobre todo los que tocan las fibras más íntimas de la existencia, son los que dan seguridad. Tocar eso lleva un riesgo social muy grande porque desestabiliza a las personas, y a veces es muy difícil aceptar un discurso racional que se refiere a realidades que tocan esos anclajes del ser humano. Por ejemplo, la lengua. La lengua materna es algo que está metido en lo más íntimo de las personas; por eso discusiones acerca de la lengua, de la tierra, de los usos y costumbres, crean siempre mucha polémica. Pero la lengua y las culturas están en constante evolución. Todas las culturas están sujetas al dinamismo cultural, y privar a un pueblo primitivo de la evolución natural de su cultura es aislarlo y hacerlo desaparecer. Las culturas están en constante interacción y el proceso de inculturación, que es hacer que el Evangelio penetre en una cultura y que esta cultura penetre también en la Iglesia, es un proceso largo que se hace a lo largo de la vida.

Los misioneros han debido cambiar constantemente sus métodos. San Francisco Javier en Japón hizo traducir el Credo; con el tiempo los misioneros se dieron cuenta de que la imagen que habían escogido para hablar de Dios no era adecuada. En cambio, Mateo Richi en China entra en la Corte como matemático y como ingeniero, le regala al Emperador un reloj que había que cargar y como no sabían cómo hacerlo funcionar, lo llamaron y el Emperador lo nombró “encargado del reloj”, lo que le permitió entrar y conocer la cultura china y estudiarla. Gracias a esto pudo traducir, en categorías mentales chinas, conceptos clave de la fe cristiana y, al mismo tiempo, valorar elementos de la cultura China, por ejemplo el culto a los antepasados, que fue uno de los temas de las disputas de los ritos.

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Atrio de Santiago

 

Cuando hablamos de inculturación no hay que pensar solo en pueblos originarios, también se debe inculturar la fe cristiana y la cultura contemporánea, la cultura digital; se trata en el fondo de que el mensaje del Evangelio pueda ser percibido como una oferta de sentido por sus destinatarios. No se trata simplemente de usar medios modernos, sino de hacer una traducción en categorías culturales comprensibles y esto es difícil, pero es la tarea de todo misionero.

—¿Cómo se da el diálogo entre creyentes y no creyentes cuando se está en países de mayoría islámica?

—El diálogo entre creyentes y no creyentes es central para la cultura occidental, pero en otros contextos, por ejemplo en Asia, no se entiende. Los obispos de países de Asia, como la India, Tailandia o Vietnam, nos dicen que el problema no es la falta de religión, sino el exceso de religión. En los países musulmanes no se entiende, porque el que no cree es un apóstata, no hay un sitio en el imaginario Islámico para un no creyente: o es un musulmán que no practica o un cristiano.

En el mundo islámico el encuentro interreligioso es lo central. Hay una tradición en el pensamiento musulmán de diálogos entre sabios cristianos y sabios musulmanes. En la Edad Media hubo un intercambio fecundo de pensamiento. Santo Tomás está dialogando continuamente con Averroes y con otros pensadores; Averroes a su vez había leído a Aristóteles. En el Califato de Bagdad ha habido a lo largo de la historia diversas disputas teológicas entre sabios cristianos y sabios musulmanes, hay una cierta tradición.

El Documento sobre la fraternidad humana firmado por el Papa Francisco y el Gran Imán de Al-Azhar, Ahmad Al-Tayyeb, durante el Viaje Apostólico a los Emiratos Árabes (febrero 2019), tiene su prehistoria. El famoso discurso de Benedicto XVI en la Universidad de Ratisbona provocó las iras del mundo musulmán por una cita muy interesante, aunque poco afortunada por el contexto, de una disputa entre el emperador bizantino Manuel II Paleólogo con un persa culto, sobre el cristianismo y el islam. El Emperador Manuel decía que vivir sin la razón, sin el logos, es contrario a la naturaleza de Dios. Pero el Papa Benedicto para situar en contexto esta cita habló de las palabras del Emperador que antes había pronunciado, reprochando a los musulmanes la violencia y haber impuesto el Islam a punta de espadas. Esta rigurosidad desató un polvorín. Digamos que el Emperador es injusto porque no es cierto que el Islam se haya impuesto siempre a punta de espada; el Islam en Asia se ha difundido pacíficamente gracias a comerciantes y viajeros. A raíz de eso, una serie de intelectuales musulmanes escribieron una carta, la carta de los 132 Teólogos Musulmanes, hablando de puntos de contacto que ofrecían ellos como terreno de diálogo común. Como centro pusieron al amor, que es, como sabemos, el corazón del mensaje de Cristo: amarás al Señor tu Dios con todo el corazón y a tu prójimo como a ti mismo. De esa carta, ha habido una evolución hasta llegar al Documento sobre la fraternidad humana.

—¿Qué aspectos le llaman la atención de la sociedad chilena y de la Iglesia en Chile?

—Hoy estamos atravesando dinámicas que son comunes al mundo occidental, y puesto que vivimos en un mundo verdaderamente global, hay fenómenos similares en distintas latitudes. Chile, como Europa, se ha convertido en un país receptor de emigración. Las migraciones son fenómenos globales en la historia de Europa, son el movimiento de los pueblos cuando hay una sociedad que ha perdido dinamismo y creatividad, que se traduce también en el descenso demográfico que está sucediendo en Europa, sobre todo en el sur. Se crea un vacío que tiene que llenarse, puesto que existe un horror al vacío. Cuando hay un vacío en la naturaleza, una especie nueva lo llena; cuando una sociedad pierde pujanza demográfica, vitalidad y creatividad, ese vacío tiende a llenarse. Si a esto añadimos factores como el cambio climático y la inestabilidad política y económica de los sistemas, la consecuencia es clara.

Por otra parte, tenemos el fenómeno de la secularización en Europa Occidental que está remodelando completamente el rostro de la sociedad occidental y de la Iglesia. Países de antigua tradición cristiana como España e Italia han visto sus índices de autoidentificación religiosa y de práctica religiosa descender constantemente, sobre todo entre los más jóvenes. Esto significa que hay una ruptura en la transmisión de la fe en las nuevas generaciones. Chile no es ajeno a estas dinámicas. En Estados Unidos los católicos tienen uno de los índices más bajos de transmisión de la fe a las nuevas generaciones. Esto tiene que interrogarnos sobre cómo estamos haciendo las cosas. Armando Matteo ha escrito un libro muy interesante que se llama “La primera generación incrédula” (La prima generazione incredula: il difficile rapporto tra i giovani e la fede. Rubbettino, 2010). Él dice que están llegando a las catequesis de sacramentos los hijos de las hijas del 68, que han aprendido a vivir y a organizarse sin una vida de fe, conservando quizá algún elemento de tipo tradicional, como por ejemplo bautizar a los niños o que hagan la primera comunión. Estos niños llegan a los sacramentos no solo sin información religiosa, sino que además sin tener las categorías, las estructuras fundamentales de la fe cristiana: que existe un Dios único, que Jesucristo es nuestro salvador y que murió por todos los hombres, que el pecado aparta de Dios y necesitamos de su ayuda, nada. Hablar de Adán y Eva y Moisés es verdaderamente un desafío. Antes se decía que los jóvenes se alejaban de la Iglesia después de la Confirmación; bueno, ahora ya ni siquiera eso. Después de la primera comunión no los volvemos a ver. No hay tampoco mayor participación religiosa o mayor identificación religiosa en colegios católicos que en colegios públicos.

Está desapareciendo una época y con esta época están desapareciendo estructuras, esquemas y modelos de pastoral que respondían a otro contexto. La prueba está en que parroquias y comunidades que tienen el valor de comenzar algo nuevo están llenas de vida, y no a costa de diluir la fe, sino apuntando a algo que es primordial en nuestros tiempos que es la acogida. La acogida de las personas individualmente no como número, donde cada cristiano es protagonista de las comunidades de la fe. Esto es un problema europeo y del mundo occidental; en Asia y en África las iglesias rebosan de vida, incluso en lugares impensables como en el Golfo Pérsico, donde los cristianos, que son una minoría, son al mismo tiempo un prodigio de vitalidad, de entusiasmo en la fe y de convivencia entre católicos de origen distinto.

San Agustín decía a los cristianos de su tiempo:

¿Por qué piensas, pues, que los tiempos pasados fueron mejores que los tuyos? (…) Los mismos sufrimientos que soportamos nosotros tuvieron que soportarlos también nuestros padres; en esto no hay diferencia. Y, con todo, la gente murmura de su tiempo, como si hubieran sido mejores los tiempos de nuestros padres. Y si pudieran retornar al tiempo de sus padres, murmurarían igualmente. El tiempo pasado lo juzgamos mejor, sencillamente porque no es el nuestro. [1] 

Notas

[1] De los Sermones de san Agustín, obispo, Sermón Caillau-Saint-Yves 2, 92: PLS 2, 441-552.

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