Escenario de los momentos más solemnes de su existencia -desde su bautismo a sus exequias, pasando por la recepción de todos los demás sacramentos-, el hombre volcó en ellas lo mejor de su capacidad creativa, erigiéndolas en una especie de síntesis de cuanto era capaz de producir. Resultado de una acción comunitaria y social, su suma de contenidos hace que representen el principal legado cultural, patrimonial y desde luego, espiritual de nuestras ciudades.

No tengo palabras para expresar en debida forma la emoción que me produce el honroso nombramiento que la Universidad Católica, mi Universidad, se ha dignado hacer en mi persona.

Para comprender la verdad de lo que digo, y entender que no se trata de mera retórica, me es necesario confesar que cuando ingresé a ella, en 1947, venía después de haber recorrido un incierto itinerario escolar, en que, por efecto de mi incapacidad en ciertas asignaturas, mi estado de ánimo se encontraba harto abatido; la culpa la habían tenido los pésimos planes de estudios de los colegios, incapaces de interpretar las individualidades de las singulares personas cuyas aptitudes, o cuya sensibilidad, o las dos cosas juntas, resultaban del todo inadecuadas para hacerlas calzar en sus rígidas estructuras educativas. Recuerdo con gran claridad el efecto estimulante que las primeras notas -buenas- recibidas en el Escuela de Arquitectura tuvieron en mí; la sorpresa que produjeron en el seno de mi familia; el cambio radical que operaron en mi apreciación del futuro; después de conocer estos antecedentes puede comprenderse mi emoción, la sensación de increíble, que experimento al recibir el grado que hoy me otorga la Universidad.

Con la misma sinceridad con que he confesado mi precedente ineptitud, debo declarar que los seis años cursados en ella constituyeron una serie continuada de progresos en el plano personal, no sólo por la realidad de seguir una carrera con la que había soñado desde mi infancia y en la que, consecuentemente, me iba bien, sino porque conocí a maestros cuyo ejemplo recuerdo con profundo agradecimiento, y amistades que conservo hasta hoy con el más vivo afecto. Pero además soy deudor a la Universidad, a través de la Acción Católica Universitaria, las Conferencias de San Vicente, y el contacto con el mismo Rector de esos años, Monseñor Carlos Casanueva, de un nuevo itinerario espiritual cuya última expresión sería sin duda mi ingreso al monasterio benedictino, que conocí cursando el primer año de arquitectura; mi agradecimiento hacia la Universidad es así mucho más profundo que lo que pudiera expresar con palabras: sus raíces arrancan de un auténtico cambio de vida, de una experiencia vital.

Después de años de retiro, por efecto de los misteriosos, designios de la Providencia, en 1968, como resultado de un pedido hecho por el Cardenal Raúl Silva Henríquez a mis superiores, debí retornar a la Universidad con el objeto de impartir clases de Historia de la Iglesia en la Facultad de Teología; posteriormente, en 1975, hube de volver a la Escuela de Arquitectura, requerido por el entonces Decano, Mario Pérez de Arce, para las de Historia Urbana; hasta mi renuncia a estos compromisos docentes, con motivo de mi elección como Abad, de manera inesperada, debí dedicar así, en cuanto me fue compatible con mi vocación monástica, mis mejores esfuerzos a la docencia, que gracias a mis antiguos profesores había sido tan gratificante en mi época de estudiante; fruto de esta etapa fue una nueva generación de amistades jóvenes y una serie de investigaciones y seminarios, todos publicados luego por la Editorial de la Universidad.

Entre otros temas, estos estudios han sido fruto de los dos campos en que se desarrolló mi actividad en esa nueva etapa: por una parte la historia de la arquitectura y del urbanismo motivaba la mayoría de mis investigaciones; por otra, mi calidad de religioso, los estudios de Teología y las clases en esa Facultad, iluminaban la interpretación de aquellos temas con nuevas visualizaciones, si es que no se relacionaban específicamente con la historia eclesiástica.

La construcción de Iglesias

Al preparar estas líneas me ha parecido de interés, más que exponer aspectos autobiográficos, presentar la síntesis de una de estas investigaciones que, por su significación, tiene un carácter verdaderamente simbólico. Me refiero al vasto y rico tema de la construcción de iglesias.

En 1986 los Anales de la Facultad de Teología publicaron uno de mis estudios titulado Centros de Evangelización en Chile, 1541-1826; restringido a sólo al período español, su objetivo era trabajar una variada gama de noticias que pudieran allegar material para hacer posible más adelante la redacción de una Historia de la Iglesia en Chile durante aquel período.

Al reflexionar en tan ambicioso proyecto estimaba que previamente era necesario precisar algunas bases sobre las cuales poder asentar determinadas conclusiones; después de mucho meditar había descubierto que un buen punto de partida lo ofrecía el conocimiento, en cuanto fuera posible, de los espacios físicos -iglesias, capillas, oratorios- en los cuales se había celebrado tanto la eucaristía como los demás sacramentos, predicado la Palabra e impartido la evangelización.

Tales locales suponían otras realidades de orden espiritual: aunque haya habido celebraciones en descampado, en plazas, en campaña, hasta en las navegaciones, la existencia física de las iglesias era insustituible en toda tarea pastoral; la celebración litúrgica supone la existencia de un espacio sagrado, determinado marco, por simple que fuese; era necesario aproximarse al conocimiento de su número, precisar de la mejor manera posible sus características más relevantes. A la luz de la Constitución Sacrosantum Concilium, del Concilio Vaticano II, que en su Nº 10 declaraba que “la liturgia es la cumbre a la cual tiende la actividad de la Iglesia y, al mismo tiempo, la fuente de donde dimana toda su fuerza”, el hecho de poder determinar todo lo referente a los lugares en que se celebraba, pasaba así a constituir un dato clave para la comprensión de la evangelización en su conjunto.

Como parecía lógico, por una parte habían debido construirse los lugares de culto necesarios -y no más- para cubrir las necesidades pastorales del momento; los datos referentes a sus características representaban un índice del fervor del pueblo fiel comprometido en su existencia, desde el mismo momento de su construcción. Producto de una prolija investigación, la información que proporcionó ese proyecto puso de manifiesto una realidad insospechada: elaborado a base de los datos relativos a cada una de las iglesias y capillas de que se pudo tener noticia, de su procesamiento pudo deducirse una vasta información que dio pie a numerosas conclusiones: entre otras, el número de las iglesias que dependieron del clero secular o regular; las de carácter urbano o rural; las que fueron producto de la iniciativa real o eclesiástica, pública o privada; sus santos titulares; su distribución geográfica. Con posterioridad a aquella publicación, continué desarrollando el tema, cuyos datos, actualizados, expondré brevemente a continuación. Su número, en primer lugar, ya constituye una sorpresa: se pudo obtener información nada menos que de 2.530 edificios dedicados al culto que desde luego no son todos, pero que bastan para formarse una idea de la amplitud del esfuerzo evangelizador y del grado en que cubrió las necesidades pastorales de un país con un poblamiento aún precario, con grandes dificultades geográficas y de comunicaciones, no pocas veces en estado de guerra, y sujeto a terremotos y otros violentos contrastes naturales: a modo de ejemplo, la sola catedral de Santiago debió edificarse siete veces, y diez la de La Imperial-Concepción. De todos aquellos centros, 952 estuvieron vinculados a las órdenes religiosas, precedidas por las cinco dedicadas de lleno a la evangelización de los naturales, en el siguiente orden: primero los jesuitas, con 429; en segundo lugar los franciscanos, con 329; en tercero los mercedarios, con 63; en cuarto los dominicos, con 62, siguiéndoles los agustinos, con 40.

Las diez zonas más favorecidas resultaron ser el corregimiento de Santiago, con 497 centros; el gobierno de Chiloé, con 233; el corregimiento de Concepción, con 214; el estado de Arauco, con 193; el gobierno de Valdivia, con 167; y los corregimientos de Coquimbo, con 156; Aconcagua, con 143; Maule, con 147; Colchagua, con 142, y Cuyo, mientras perteneció a la jurisdicción de Chile, 107.

La precedencia de las primeras diez ciudades en cuanto al número de sus iglesias y capillas la tuvo Santiago, con 214; le siguió La Serena, con 32; Concepción, con 28; Valdivia, con 21; Mendoza, con 20; Valparaíso, con 15; Talca, con 14; Chillán y San Felipe, cada una con 12.

En lo que se refiere a los fundadores y constructores de iglesias la investigación reveló nuevas sorpresas: más del 16 por ciento resultó ser producto de la iniciativa eclesiástica; más del 14, de la liberalidad regia, y el 69 restante, a la de seglares privados; si se tiene presente que el rey es igualmente un laico, se concluye que más del 83 por ciento de las iglesias fue producto de la iniciativa seglar.

Oratorios privados y capillas de haciendas

Otro hallazgo no menos sorprendente lo constituyeron los oratorios privados y las capillas de chacras y haciendas.

En efecto, un litigio ocurrido en la diócesis de Santiago en 1768 sobre los permisos para la instalación de los primeros, reveló que existía una “Visita de Oratorios” por parte del Ordinario; una investigación realizada en 1981 en el Archivio Segreto Vatiacano nos dio con la existencia, en la Secretaría de Breves, de una sección De Oratoriis privatis, con los permisos para su establecimiento a lo largo de los sucesivos pontificados, con mención de casi todos los correspondientes a Chile. Instalados en casas de familias con muchos hijos y dependientes, fuera de la celebración eucarística, reunían a todos sus habitadores en el rezo diario del rosario, la lectura de las vidas de los santos del día, con ocasión de novenas y otras devociones, con una intensidad inversamente proporcional a su tamaño. Sólo en Santiago se pudieron contar 141 de estos oratorios. Faltando los datos correspondientes a Concepción, en La Serena fue detectada la existencia de 13, en Quillota, de otros 7; de 6 en Valdivia, 5 en Talca y uno en Illapel, Limache y Osorno. La utilidad de las capillas de fundo resulta ser en todo análoga a las anteriores, aunque dentro de un ámbito mucho mayor: no pocas veces de grandes dimensiones, acogen junto a la familia del dueño a toda la población circunvecina, asentando sus propietarios, en el momento de solicitar el permiso para su establecimiento, la necesidad de poder contar con la celebración eucarística los domingos y demás fiestas del calendario litúrgico; “para que puedan oír misa todos sus domésticos y todas aquellas personas extrañas que por necesidad o por enfermedad, o mal tiempo, quieren concurrir a la casa a oír misa”, dice en 1770 la solicitud elevada a Roma para el establecimiento de la capilla de Apaltas; en ellas los obispos administran la confirmación en sus visitas pastorales, los religiosos la catequesis durante las misiones anuales y, al igual que en las anteriores, convocan al rezo del rosario, de novenas y demás devociones. Aunque sujetas a un notable subregistro, su recuento ascendió nada menos que a 788.

Dignidad de las iglesias

Pero, desde las catedrales a estas últimas capillas, su construcción encierra una vasta gama de realidades que abarcan desde el aspecto técnico, material, al espiritual, trascendente.

En un contexto arquitectónico de gran sobriedad, en el que la vivienda privada, aun la de individuos pertenecientes a la elite económica y social, incluidos los edificios públicos del gobierno real y de los cabildos, acusan extrema austeridad, en las iglesias, a la inversa, constructores y fieles despliegan tal liberalidad, que pasan a constituir los objetos de mayor interés de las poblaciones. Desde luego, en la estimación de éstas su importancia se juzga según el número de sus iglesias; Santiago, refiere el P. Rosales, “fue desde sus principios tan noble y de tanto concurso [que] en ella pusieron todas las religiones sus cabezas para que su resplandor las coronase”; Alonso de Ovalle o Vicente Carvallo Goyeneche se extienden en la descripción de las principales iglesias de la capital, los pormenores de su arquitectura y de su suntuosa decoración. La compulsa de sus inventarios, al igual que el de las capillas de los edificios reales y los oratorios privados, revelan la existencia de un rico patrimonio artístico, cuya ulterior dispersión y pérdida no puede dejar de lamentarse: retablos dorados, pinturas de caballete y figuras de talla, además de la platería, configuran un cuadro de inimaginado esplendor.

Al fichar todas estas iglesias y capillas tuvimos el cuidado de determinar su tipo de construcción, lo que permitió establecer que el 57 por ciento fue de adobe, el 15, de madera, el 0.3 de piedra y el 0.1, de ladrillo; de un 22 por ciento se ignoró el material de construcción, siempre dependiente de los elementos que suministraba el lugar.

Los trazados armónicos

Aun pudieron apreciarse otras peculiaridades: del examen hecho a principios del presente siglo por el P. Félix de Augusta de las ruinas de las capillas de la Araucanía provenientes de los siglos XVI y XVII, se deduce que su planta observaba la proporción 1 a 3; la sección o corte de la zona central se inscribió generalmente en un cuadrado, de tal manera que, como en la de Mendoza, cerca de Rengo, si se desarrolla la curva del arco toral, se completa un círculo perfecto.

La proporción, la divina proporción, se persigue con ahínco; los jesuitas autores de la catedral de Santiago al elegir la de los arcos de las naves acuden a los tratados de Vignola, Paladio y Scamozi, respectivamente, en proporción “sexialterna, de medio proporcional entre diagonal y quebrada”, y diagonal, debiendo defender luego la altura de la nave central de las pretensiones de rebajarla, en contra de “la simetría que pide el arte”.

Desde la Catedral de Santiago, cuya fachada la inscribe Joaquín Toesca dentro de una proporción áurea, hasta los humildes frontispicios de las iglesias de Chiloé, construidas por jesuitas y franciscanos, se observan análogos trazados armónicos; en 1793 Toesca debe defender el proyecto de la catedral de Concepción de los intentos reduccionistas del intendente Francisco de Mata Linares, en virtud -dice- de que “las proporciones de la arquitectura son invariables después que están arregladas a sus alturas, [y perdiéndolas] queda la obra disforme, desproporcionada y ridícula”.

La planta central

No obstante lo raro de este esquema en el ámbito hispánico, ha quedado constancia de a lo menos tres iglesias de este tipo, en La Serena, Chacao y Valparaíso, lo que constituye un verdadero acontecimiento.

La primera es la de San Agustín, construida a partir de 1693, es un octógono de 27 varas de diámetro interior, un presbiterio de 12 por 9 y un coro alto sobre el acceso, de 5 por 9; la longitud en el eje sumaba 44 varas, descansando la linterna en cuatro pilares con 9 varas de luz.

La de Chacao, obra de un franciscano del colegio de Santa Rosa de Ocopa, fue construida en 1770 y, según el cronista de la orden, “no solo en aquella provincia -Chiloé-, sino fuera de ella, sería aplaudida por lo particular de su fábrica rotunda”.

La de Valparaíso, de los jesuitas, fue obra del Hno. Francisco Grueber, uno de los coadjutores llegados en 1748, y ha sido calificada como una “audacia arquitectónica entre los templos de Chile de la época”: inscrita dentro de un cuadrado, su traza estaba constituida por un octógono de 22 varas de diámetro; un anillo de 12, sustentado por 8 columnas jónicas, de media vara de sección sostenía la cúpula; el altar mayor se situaba en una capilla presbiterio, repetido enfrente, con tribuna, en la puerta principal; aunque en una de sus descripciones se indica que tenía cuatro altares en los ángulos; posteriormente éstos se reducen a dos, generando un eje transversal.

Capillas de hospitales, cementerios y fuertes

En la década de 1790 se plantea en el obispado de Concepción un plan de construcción de 23 capillas rurales a distancia de cuatro leguas unas de otras, para reunir en pueblo a los vecinos dispersos, “sujetándolos a la voz de la campana”; fuera de la sacristía y el presbiterio, cada capilla se proyecta según un plano tipo, con una nave de 28 varas de largo, la central de 7 de ancho y dos laterales de 3 ½ cada una, lo que da a la planta la proporción de 1 a 2; de adobe y teja, debían contar con un pórtico de 6 columnas de madera, con arcos, tanto para protección de la fachada, como para conferirle, no obstante su carácter rural, la necesaria dignidad; una variante las prevé de 36 a 40 varas de largo, por 12 o 10 de ancho -proporción armónica de 1 a 3 y 1 a 4-, con corredores en los cuatro costados, contaban, además de la sacristía con casa, y camposanto.

El planteo de la arquitectura hospitalaria constituye otro modelo emblemático: inspirada en establecimientos como el de la Santa Cruz, de Toledo, con planta de cruz griega, se tiende a diseñar un plano que, más allá de su funcionalidad, integre conceptos más elevados, disponiendo que los enfermos puedan participar en la celebración diaria de la misa desde sus camas; el ejemplo más logrado lo ofreció el hospital de San Juan de Dios, de Santiago, en que las tres naves, en planta de Tau, convergen a una capilla cuadrada, con arcos y fachada de iglesia; en el nuevo edificio, levantado en 1796, esta disposición llega a su perfección, coronándose la capilla con una linterna.

Los nuevos cementerios creados fuera de poblado, según un plano tipo, fechado en 1789, se ordenan igualmente en torno a un rectángulo cortado por dos avenidas en forma de cruz, con una capilla al término del eje central; el proyecto hecho al año siguiente para Cauquenes prevé la capilla con ábside circular, dos caminos cortados en cruz, y dos capillas pozas en los ángulos, al estilo de los atrios mejicanos.

Como no podía ser menso en un país calificado como Flandes Indiano, donde la guerra de Arauco y la ubicación estratégica del reino en relación al virreinato determinó la construcción de nada menos que 225 fortalezas de distintas características y tamaños, la construcción en ellas de capillas no podía dejar de estar presente; consta que las tuvieron al menos 125, en algunos caso, iglesias de buen tamaño, cuando no conventos completos, como en el castillos de San Antonio de Mancera, un par de iglesias, como el Tercio de Arauco, o con santuarios de la categoría de Yumbel, dedicado a San Sebastián, o de Carelmapu, dedicado a la Candelaria.

Los autores

Fueron sus autores desde arquitectos titulados en las mejores academias europeas, a misioneros y seglares anónimos, pasando por ingenieros militares egresados de los reales cuerpos de Flandes o España, maestros de obras, o hermanos coadjutores jesuitas: a Joaquín Toesca, el célebre arquitecto egresado de la Academia de San Lucas de Roma, se le conocen, fuera de su intervención en La Compañía y Santo Domingo, a lo menos once proyectos de iglesias y capillas, incluidas las catedrales de Santiago y Concepción; Francisco Sabatini, el gran arquitecto de Carlos III, también fue autor de un proyecto para la última; ingenieros militares como Juan Garland, Leandro Badarán, o Manuel Olaguer Feliú, lo fueron de importantes iglesias en diversos puntos del país, en tanto que los jesuitas Pedro Vogel o Juan Hagen se les debe el proyecto de la catedral de Santiago, confeccionado en 1752, continuado desde 1780 por Toesca.

Impronta urbana

Más allá de lo estrictamente arquitectónico, en el plano urbanístico, las construcciones que tratamos tuvieron una incidencia que abarcó desde la misma generación de los poblados a su estampa urbana.

En efecto, la construcción de las capillas rurales, según se hizo mención, obedeció a la idea de servir para aglutinar a su alrededor la población dispersa; en Chiloé el término pueblo o capilla es sinónimo, mientras ciudades como Talca o Curicó deberán su existencia a conventos preexistentes.

La planta fundacional, idealmente cuadrada -la más perfecta es la de Rancagua, Santa Cruz de Triana-, a través de fuentes medievales, se inspira en la Jerusalén Celestial, según se describe en el capítulo 21 del Apocalipsis; su trazado se efectúa en una solemne acción litúrgica que culmina en la demarcación del sitio de la iglesia y la celebración de la primera misa; la regularidad de las trazas es interrumpida sólo por las iglesias, cuyas fachadas se desplazan de la línea de las fachadas, si es que no sirven de remate a las calles principales, que toman sus nombres de su títulos. Vistas desde lejos, las poblaciones ofrecen lo que se ha llamado estampa sacral, en que el volumen y las torres de la iglesias destacan su perfil sobre el conjunto de las casas y edificios públicos. Con la iglesia mayor en la plaza principal y las de las órdenes mendicantes en las plazas menores, la planta urbana ofrece en estos espacios el escenario adecuado para autos y representaciones dramáticas, junto a itinerarios procesionales que, con ocasión de las grandes fiestas del calendario litúrgico, transforman el espacio público en un gran templo al aire libre, con participación, en una gran catequesis comunitaria, de todo el cuerpo social. El pulso ciudadano, incluso el mismo horario de trabajo, es regido por las campanas de las iglesias, mientras el tráfago del mercado, o feria, reunido en las plazas se suspende al toque de la campana mayor, durante la consagración, en la llamada misa conventual, o mayor, todos arrodillados, reanudándose a su término.

Fuera de su arquitectura, las iglesias encerraron lo mejor de la producción artística de las ciudades: pintura, escultura, orfebrería y artes menores, instrumentos y capillas musicales, coros e interpretaciones dramáticas.

Si en la construcción de su vivienda, lugares de trabajo, edificios públicos y comunitarios, el hombre ha desarrollado en todos los tiempos y lugares una fértil imaginación, en la construcción de sus iglesias, la Casa de Dios, no podía menos de esforzarse por hacerlas lo mejor posible.

Escenario de los momentos más solemnes de su existencia -desde su bautismo a sus exequias, pasando por la recepción de todos los demás sacramentos-, el hombre volcó en ellas lo mejor de su capacidad creativa, erigiéndolas en una especie de síntesis de cuanto era capaz de producir. Resultado de una acción comunitaria y social, su suma de contenidos hace que representen el principal legado cultural, patrimonial y desde luego, espiritual de nuestras ciudades.


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