FORTALEZA

P. Wojciech Giertych, o.p. Teólogo de la Casa Pontificia

Por naturaleza, el ser humano posee las facultades espirituales de la inteligencia y de la voluntad (comunes a hombres y ángeles) y las facultades sensitivas del conocimiento sensible y del apetito sensible (comunes a hombres y animales). Los sentidos externos cognitivos (vista, olfato, oído, tacto y gusto) y los internos (memoria, imaginación, sentido central unificador -también llamado sentido común- y juicio práctico) estimulan el "apetito -sensible" de las emociones. Denominamos a tales movimientos "emociones" o "pasiones" porque las experimen­tamos o, literalmente, las "sufrimos". Existen dos tipo de emociones: aquellas que tienen por objeto una forma de placer o su ausencia (amor, odio, deseo, aversión, alegría y tristeza) y aquellas que tienen por objeto algún obstáculo (ambición, audacia, desesperación, miedo y rabia), cuya superación permite alcanzar el objeto primero de las emociones.
El flujo de las emociones afecta al cuerpo. Así como la tristeza provoca lágrimas y la alegría una sonrisa, la audacia tiene su influencia en los músculos faciales. El miedo puede causar palidez, y la rabia puede hacer que la persona grite. El dominio de estas pasiones siempre ha presentado un dilema moral. En los hombres, las emociones no son egocéntricas como en los animales. Pueden ser educadas, a través del esfuerzo moral, para colaborar con la razón y la voluntad, procurando así un componente corporal y humano a la adhesión a los valores. De este modo las emociones, pierden su carácter egocéntrico y se subordinan a los valores universales que la razón percibe. Algunas comentes psicológicas subyacentes .a las tradiciones ascéticas han creado desconfianza en la esfera emotiva, afirmando que esta debe ser controlada tan sólo por el intelecto y la voluntad. Según esta visión las virtudes de la templanza y de la fortaleza que custodian los dos tipos de emociones, se hallan en la esfera de la voluntad. Esta es una visión que atribuye una presión excesiva  a la mera fuerza de voluntad. Puede conducir a desórdenes psíquicos.
La visión equilibrada de santo Tomás de Aquino ve que en las emociones humanas mismas hay una, necesidad intrínseca de aceptar la luz de la razón y la guía de la voluntad. Desde esta perspectiva, las virtudes de la templanza y la fortaleza se colocan en el interior de las emociones La cooperación respetuosa de las partes espiritual y sensible del hombre no sólo es posible, sino necesaria, si bien las dificultades de esta colaboración prueban que hay necesidad también de la asistencia de la gracia sobrenatural. La persona madura no debe reprimir las emociones. Se debe aprender de la experiencia de experimentarlas, para usarlas en la elección del bien verdadero. La gloria de Dios es el hombre vivo que usa todos los recursos naturales, bien sean espirituales o corporales. El dominio de la esfera emotiva, por tanto, no debe ser despótico, sino "político", aceptando su valor y los sentimientos que ofrece, incluso cuando deban ser guiados por la razón y por la voluntad.
La formación de la virtud de la fortaleza, fruto dé la prudencia, y desde, una perspectiva cristiana también de la caridad, permite la superación de los obstáculos interiores y exteriores. Cuando no se pueden superar, la virtud  proporciona capacidad de resistencia para soportar las dificultades. Las emociones asertivas de esperanza, ambición, audacia y rabia proporcionan la fuerza que debemos integrar en la acción responsable.  La rabia es necesaria frente al mal porque da fuerza para reaccionar, para hacer algo. Mientras que el "dejarlo pasar" moral típica del mundo occidental, si no está controlado por la virtud de la templanza, lleva a la debilidad moral; el bloqueo de las emociones asertivas en las culturas marcadas por el totalitarismo lleva en cambio a la pasividad social. Si las emociones de miedo y desesperación no se corrigen por la virtud de la fortaleza pueden paralizar la acción e impedir la fidelidad al Evangelio. Sólo aquellos que con la disciplina personal cultivan la virtud de la fortaleza son capaces de dar testimonio supremo de la verdad del Evangelio, incluso cuando esta exige el martirio: "No tengáis miedo".

 

 

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