PRUDENCIA

P. Wojciech Giertych, o.p. Teólogo de la Casa Pontificia

En el vocabulario común la prudencia se relaciona a menudo con la cautela. Pareciera sugerir la actitud temerosa de un observador lejano, que no participa directamente en una determinada acción, indicando que quizás deberíamos renunciar a aquello que se había proyectado. Si eso es lo que entendemos por prudencia, nos será muy difícil comprender porqué es considerada una de las virtudes que dirige la vida moral. Es más, nos preguntaremos cómo es posible que sea una virtud general, presente en todas las otras virtudes naturales, de la misma manera que la caridad, la virtud del amor divino, es una virtud general que otorga dimensión cristiana a toda la ética.
En el pensamiento clásico, la formación de la prudencia era tan importante como la formación de la conciencia. Esa, que es un acto de la razón, apunta a la acción (futura o pasada): está centrada en la verdad y con ella ilumina la acción. Pero en el comportamiento moral no está involucrada tan sólo la percepción de la verdad. Es posible ver claramente la verdad de una determinada cuestión y sin embargo no actuar acorde a esta verdad. No solamente la razón, sino también la voluntad y en cierto modo también las emociones cumplen su propio papel. Está involucrada toda la psique de un modo enteramente maduro, tal es así que cualquier cosa que hagamos, la haremos no solamente bien, sino también de manera creativa, responsable, velozmente si es necesario y con agrado.
La prudencia, que abarca tanto la razón como la voluntad, gobierna el desarrollo de una acción en cuatro fases. Primero la intención, la percepción general que algo merece la pena hacerlo. Luego la decisión. A veces, cuando la oportunidad de una acción es dudosa, es momento de proceder a un debate. Y, finalmente, la ejecución. En cada una de estas fases hay un estímulo racional y voluntario. Durante todo el desarrollo de este proceso, razón y voluntad interactúan para llegar finalmente a la ejecución, aún cuando este proceso pareciera casi automático. En la mayoría de los casos pasamos velozmente de la intención a la decisión y a la ejecución. No obstante, es bueno reflexionar y tomar conciencia del proceso. Los animales no están dotados de razón por lo que se comportan instintivamente; en cambio, los seres humanos podemos reflexionar. Podemos actuar con madurez, pero también experimentar resistencias ocultas, que nos impiden hacer aquello que querríamos, o a veces nos damos cuenta de estar haciendo cosas que no deseamos, acerca de las cuales hemos sido convencidos por otros. ¿Por qué?
En la fase de la intención, la cuestión de aquello que podría hacerse se combina con la concentración de la voluntad sobre la acción futura. Es bueno tener sueños, aspiraciones a cosas grandes, aún cuando no siempre podamos ponerlas en práctica. A nivel de decisión, existe una combinación del juicio racional y de la elección de la voluntad respecto a la acción futura. Una persona responsable tiene razones y por eso escoge una determinada acción en vez de otra. Si se presentan dudas debe procederse a la deliberación, y al consejo de un guía externo, o de una persona sabia o de la ley moral. Adoptando la sugerencia, la volun­tad acepta el necesario consejo. Finalmente al proceder a la acción no sólo contamos con la ejecución material de la decisión, sino también la verificación de la razón que asegura que la acción se lleve a cabo bien y apropiadamente.
Algunas personas tienen dificultades con la primra fase. Deben ser instruidas sobre cómo hacerlo, porque no poseen aspiraciones propias. Otros tienen grandes ideas pero poca capacidad de decisión. No pueden llegar a una conclusión y deliberan sin fin. Otros son rápidos en tomar una decisión, pero no llegan a cumplir lo que habían decidido. Cuando existe un problema es bueno analizarlo a fondo para poder corregirlo. Además, también es bueno preguntarnos si podemos involucrar a Dios. Pasamos de la intención a la decisión y después a la ejecución, olvidándonos del Padre amoroso que podría ayudarnos con Su Gracia. La capacidad de actuar de forma clara, coherente y responsable se llama virtud de la prudencia.

 

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