CARIDAD

P. Wojciech Giertych, o.p. Teólogo de la Casa Pontificia


“…El amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos ha sido dado" (Rm 5, 5). Este don del divino amor se ha "encarnado" en nuestro amor humano, transformándolo interiormente, purificándolo y fortaleciéndolo, convirtiéndose así en la fuerza impulsora del ethos cristiano. ¿Qué significa esto? ¿Cómo podemos experimentar la transformación divina?
Cada uno de nosotros llega a ser amigo de Dios por medio del don de la gracia. ¿Cómo es posible esto? La amistad necesita fundamentalmente de una relación de igualdad, de un objetivo común y de comunicación reciproca. Ahora bien, elevándonos al nivel sobrenatural con su gracia (2 Pt 1, 4), Dios nos dona la posibilidad de encontrarlo. Y nuestro fin es el de la vida eterna en Dios, de hecho nos es dado vivir en comunión de reciprocidad con Dios por medio de nuestro hermano Jesucristo (1 Cor, 1.9). Por medio de la vida de oración y la apertura a las inspiraciones divinas, podemos mantener nuestra confianza, nuestra familiaridad y nuestra amistad con Dios.
El amor de la caridad -única realidad celestial que ya podemos experimentar, en esta tierra — surge de la relación con nuestros hermanos. Nuestro amor hacia todos aquellos que vemos y conocemos no está en oposición al amor a Dios, en cuanto amamos a los demás por Dios. Tal como amamos a nuestros amigos, amamos también a sus hijos; por lo tanto no podemos amar a Dios sin amar a sus amigos. El amor divino que se propaga nos hace amar a los otros, a quienes deseamos el mismo bien que nosotros recibimos de Dios. Es muy importante comprender que nuestro amor hacia los demás no es prueba suficiente de nuestro amor hacia Dios. En realidad, el amor de la caridad incluye un auténtico interés por los otros a nivel afectivo y a veces también en sus necesidades concretas. Pero siempre existe el riesgo que ello implique solamente un amor afectivo y egoísta si llegase a faltar la primacía del amor hacia Dios en cuanto Dios. La centralidad de Dios, sostenida por la fe, garantiza que el amor hacia el prójimo sea verdadero y de "calidad" excelsa. Ello conlleva también la preocupación por el verdadero bien del prójimo, en particular de su santidad. Si no deseamos el bien más alto para el prójimo corremos el riesgo de engañarnos pensando que amamos: en realidad estamos enamorados de nosotros mismos y de nuestras necesidades y probablemente estemos manipulando a la otra persona. La fe en Dios purifica el amor humano, nos ayuda a soportar las dificultades, a perseverar en el amor auténtico y a estar verdaderamente interesados por el bien del otro.
Ahora bien, si amamos a los otros con el amor divino de la caridad, ¿debemos amar a todos del mismo modo? No, puesto que no es posible, porque es naturalmente diversa la intensidad de nuestro amor. Es normal que el amor divino de la caridad, con el que amamos a los otros, sea más intenso hacia aquellas personas que están más cerca de nosotros, que aquel que albergamos hacia aquellos más lejanos (aunque tuviesen más necesidad que nuestros amigos más íntimos). Pero no debemos sentirnos culpables por ello. El amor sobrenatural es un amor auténtico cuando involucra a la persona que amamos, y es natural amar más a algunas personas con respecto a otras. De hecho, si decimos que amamos a todos del mismo modo, en realidad no amamos a nadie.
A veces alimentar la virtud de la caridad, requiere de un esfuerzo, una negación de si mismo, la aceptación de la cruz con fe, pero es precisamente a fuerza de ello que se llega a un gozo y a una paz profundos.

 

 

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