ESPERANZA

P. Wojciech Giertych, O.P. Teólogo de la Casa Pontificia

Como la fé, la esperanza es una virtud teologal que nos es donada por Dios, y que tiene a Dios por objeto. Situada en la voluntad humana, la esperanza "focaliza" la voluntad y, como consecuencia, también el proceso decisional, sobre el misterio de la presencia de Dios en nuestra vida.
Debemos realizar algunas consideraciones para llegar a obtener una visión clara de la virtud de la esperanza. En primer lugar, existe la esperanza vista como emoción, que también puede ser descrita como ambición. Es un impulso "corpóreo" característico de personas que son capaces de sacar adelante arduos proyectos. Los animales poseen este impulso emotivo especial ante la caza, por ejemplo. La fuerza de esta energía en el hombre depende del temperamento. Hay personas muy entusiastas, otras menos. El temperamento no se puede cambiar pero sí orientar, construyendo nuestra estructura moral.
En segundo lugar, existe la virtud de la magnanimidad. Es la virtud moral de la esperanza humana, centrada en la realidad de este mundo. Utilizando el poder de la ambición emocional, la razón y la voluntad determinada, unidas en esta virtud, ayudan a afrontar con éxito los trabajos difíciles que hallamos en nuestro camino. En polaco la palabra esperanza – nadzieja derivada del verbo dzialac – quiere decir actuar, comportarse. La magnanimidad nos proporciona el entusiasmo para actuar. Si la persona vive una vida de virtudes teologales – de fé, esperanza y caridad – la acción emprendida con esperanza, a través del poder de la virtud moral de la magnanimidad, al tiempo que tiene como punto de mira los objetivos humanos, acepta la dependencia de estos de Dios.
La virtud teologal dé la esperanza no niega las esperanzas naturales y propias, sino que abre perspectivas más amplias; les da una nueva fisonomía, preservándolas del peligro de los ídolos. No hay nada malo en tener aspiraciones políticas, esperar un cambio social, o poseer la energía necesaria para impulsarlo. Pero si al final se cumplen esas aspiraciones, no es correcto atribuir al hecho en sí un significado último. La virtud teologal de la esperanza, precisamente porque está radicada en Dios, amplía la perspectiva, demostrándonos que estamos anclados en Dios y en el camino hacia la eternidad con Él. Esta visión más amplia, imparta las esperanzas humanas, refuerza la perseverancia, y "tonifica" la resistencia frente a las dificultades y opresiones, confiando en la infalible Providencia y en la misericordia de Dios.
San Juan de la Cruz observó que el crecimiento de la virtud de la esperanza se obtiene a través de la purificación de la memoria. Podemos tener buena memoria, pero hemos de tener cuidado de no permanecer atados a nuestros recuerdos, ya sean alegres o dolorosos. Esta atadura impide el crecimiento de la esperanza y la aceptación del misterio divino que se desvela en nuestra vida. Los recuerdos pueden perjudicar la aceptación de una nueva etapa de la vida: una madre que recuerda con nostalgia la felicidad de los momentos de vida familiar puede encontrar difícil dejar marchar a sus hijos ya adultos y orientarse hacia un nuevo proyecto de vida, como ser abuela. También los recuerdos dolorosos pueden paralizarnos, si tenemos la memoria anclada en las emociones y sufrimientos pasados. Creer en el valor redentor de la muerte de Cristo y de su resurrección nos permite abandonar el pasado y nos conduce hacia las nuevas alegrías y retos de la vida. Olvidar es un proceso psíquico; perdonar es un proceso espiritual. Porque mientras recordamos, podemos mirar con esperanza al futuro, poniendo nuestro corazón y nuestra generosidad en los desafíos que encontramos en el presente, confiando en que el futuro está en manos de Dios.

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