Viva el Papa

Por Giulio Andreotti

La estatua de Pío XII, en la plaza de la Basílica de San Lorenzo extramuros
      Para mí tiene gran significado el que, en el cincuenta aniversario de la muerte de Pío XII, además de las justas celebraciones oficiales, haya habido algunos pequeños homenajes floreales llevados anónimamente a su estatua frente a la Basílica de San Lorenzo, en el lugar al que, para sorpresa de todos, acudió el Papa en julio de 1943 inmediatamente después del dramático e inesperado bombardeo.
      Otro acontecimiento de gran importancia, que ha de ser recordado, es la imponente manifestación de gente en la plaza de San Pedro el día de la Liberación de Roma. Era el grato reconocimiento de la firmeza y el valor del único punto de referencia, en un contexto caracterizado por la fuga de los poderosos y la desesperación del pueblo. Entre los manifestantes había algunos miles de hombres y mujeres (especialmente hebreos) que se habían salvado de la persecución de los ocupantes solo por la valiente hospitalidad hallada en monasterios, conventos e iglesias.
      No hay que darles demasiada importancia a las dolorosas voces en desacuerdo con este coro de gratitud. Hay algunos que no le perdonan a Pío XII la firmeza con la que se opuso al comunismo, que corría el peligro de asentarse en Roma con la excusa del antifascismo, con cuyo monopolio pretendía injustamente hacerse.
      No necesito recoger testimonios ni de consultar textos sobre este período tan atormentado. Las dificultades de comunicación habían hecho que se suspendieran las visitas ad limina que los obispos de todo el mundo le hacen el Santo Padre; así pues, al tener más tiempo, las audiencias que me concedió fueron largas y de mucho provecho.
      La duración del conflicto le angustiaba y me pareció que le agradó la cita que hice de su admonición –por desgracia no escuchada– sobre los desastres que iba a acarrear la guerra, sin ningún tipo de contrapartida positiva.
      No creo parecer provinciano si añado otro motivo de veneración por mi parte hacia este Papa: era, como toda su familia, romano.
      Junto a mi casa de la via dei Prefetti, donde nací y viví dieciséis años, estaba el apartamento del comendador Rossignani, casado con Elisabetta Pacelli. Cuando el importante monseñor iba a verlos era una fiesta también para nosotros, porque nos regalaba chocolate.
      Yo no podía imaginarme que un día iba a volver a encontrarme con estos viejos conocidos en un tribunal como defensa particular para defender de estúpidos ataques la memoria del Papa.
      El tiempo que tarda la Iglesia en elevar a los altares es sabiamente largo y articulado. Pido ya perdón si digo que para evitar deducciones erradas sería justo adoptar para los Papas un período adecuado de espera antes de dar comienzo al proceso. De todos modos, estoy convencido de que este reconocimiento terrenal no dejará de serle otorgado al papa Pacelli. Añado que para mí sería una gran felicidad si pudiera verlo con mis propios ojos.

     

Revista 30 Giorni

 

 

        www.humanitas.cl