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Domingo III de Adviento “¡Estén siempre alegres: el Señor está cerca!”
I. LA PALABRA DE DIOS Is 61,1-2a.10-11: “Desbordo de gozo con el Señor” El Espíritu del Señor está sobre mí, Sal: Lc 1,46-50.53-54: “Se alegra mi espíritu en Dios, mi Salvador” 1Tes 5,16-24: “Que su espíritu, alma y cuerpo, sea custodiado hasta la venida del Señor” Hermanos: Estén siempre alegres. Oren constantemente. Den gracias en toda ocasión, pues esto es lo que Dios quiere de ustedes en Cristo Jesús. No apaguen el fuego del Espíritu; no desprecien el don de profecía; sino examínenlo todo. Y quédense con lo bueno. Guárdense de toda clase de maldad. Que el mismo Dios de la paz los santifique totalmente, los conserve íntegros en espíritu, alma y cuerpo, y sin reproche hasta la venida de nuestro Señor Jesucristo. Él, que los ha llamado, es fiel y cumplirá sus promesas. Jn 1,6-8.19-28: “En medio de nosotros hay uno que no conocemos” Surgió un hombre enviado por Dios, Y éste fue el testimonio de Juan, cuando los judíos enviaron desde Jerusalén sacerdotes y levitas a Juan, a que le preguntaran: —«¿Tú quién eres?» Él confesó sin reservas: —«Yo no soy el Mesías». Le preguntaron: —«¿Entonces, qué? ¿Eres tú Elías?» Él dijo: —«No lo soy». —«¿Eres tú el Profeta?» Respondió: —«No». Y le dijeron: —«¿Quién eres? Para que podamos dar una respuesta a los que nos han enviado, ¿qué dices de ti mismo?» Él contestó: —«Yo soy la voz que grita en el desierto: “Allanen el camino del Señor”, como dijo el profeta Isaías». Entre los enviados había fariseos y le preguntaron: —«Entonces, ¿por qué bautizas, si tú no eres el Mesías, ni Elías, ni el Profeta?» Juan les respondió: —«Yo bautizo con agua; pero en medio de ustedes hay uno que no conocen, que viene detrás de mí, y al que no soy digno de desatar la correa de su sandalia». Esto pasaba en Betania, en la otra orilla del Jordán, donde estaba Juan bautizando. II. APUNTES «Gaudete in Domino semper; iterum dico: gaudete! Dominus prope.» Traducidas al castellano estas palabras en latín significan: «Estad siempre alegres en el Señor; os lo repito, estad alegres. El Señor está cerca.» (Flp 4,4-5) De este modo el Apóstol San Pablo exhortaba a los Filipenses a vivir una intensa alegría por la cercanía del Señor. Esta misma exhortación se dice como antífona de entrada en la Misa de este tercer Domingo de Adviento, por lo que tradicionalmente este Domingo es conocido también como “Domingo gaudete”. Una análoga invitación a la alegría fue usada asimismo por el arcángel Gabriel cuando, enviado por Dios, entró en la presencia de la Virgen de Nazaret: «Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo» (Lc 1,28). Con este saludo llegaba para ella y para todo el pueblo de Israel la definitiva invitación al júbilo mesiánico, eco del antiguo llamamiento de los profetas a la “Hija de Sión” (ver Zac 9,9-10), ya que por ella Dios se disponía finalmente a dar cumplimiento a todas las promesas de salvación hechas a Israel. La alegría que Santa María experimentó de modo eminente por la presencia del Señor en sus entrañas virginales la plasmó en un cántico, el Magníficat (En vez del Salmo responsorial), intensa oración de alabanza y gratitud a Dios. La de la Mujer que cual Arca de la Nueva Alianza porta en sí al Emmanuel, “Dios-con-nosotros”, es una “alegría mesiánica” que no se puede contener y necesita comunicarse, difundirse, irradiarse. La alegría por la presencia del Señor es eminentemente difusiva y se torna ansia comunicativa. Isabel es receptora de aquella alegría que María irradia, y como ella también el niño que lleva en sus entrañas: «en cuanto oyó Isabel el saludo de María, saltó de gozo el niño en su seno, e Isabel quedó llena de Espíritu Santo» (Lc 1,41). Aquel niño que saltaba de gozo en el seno de Isabel, su madre, se llamaría Juan. Dios tenía pensada una singular misión para él: «a muchos de los hijos de Israel, les convertirá al Señor su Dios, e irá delante de él con el espíritu y el poder de Elías, para hacer volver los corazones de los padres a los hijos, y a los rebeldes a la prudencia de los justos, para preparar al Señor un pueblo bien dispuesto» (Lc 1,15-17, ver Lc 1, 67-76). Con el tiempo aquel niño creció «y su espíritu se fortalecía». Vivió en el desierto hasta que llegó «el día de su manifestación a Israel» (Lc 1,80): entonces «fue dirigida la palabra de Dios a Juan, hijo de Zacarías, en el desierto. Y se fue por toda la región del Jordán proclamando un bautismo de conversión para perdón de los pecados, como está escrito en el libro de los oráculos del profeta Isaías: Voz del que clama en el desierto: Preparad el camino del Señor, enderezad sus sendas; todo barranco será rellenado, todo monte y colina será rebajado, lo tortuoso se hará recto y las asperezas serán caminos llanos. Y todos verán la salvación de Dios» (Lc 3,1-6). Juan, el mayor entre todos los profetas (ver Lc 7,28), estaba llamado a preparar la llegada del Mesías. De allí la grandeza e importancia de su ser y misión. Sus contemporáneos llegaron a considerarlo como un gran profeta, su influencia era grande, discípulos no le faltaban, era respetado incluso por el mismo Herodes, hombre poderoso a quien Juan enfrentó sin miedo para denunciar la inmoralidad en la que vivía. Juan era, pues, un personaje público, importante e influyente, y ejercía una gran atracción por la fuerza de su mensaje y su porte moral. Algunos pensaban incluso que él era el Mesías esperado (ver Lc 3,15). Juan, por su parte, no rehuía a esta “grandeza” en fidelidad al encargo recibido, sin embargo nunca perdió de vista que él había venido «para dar testimonio de la luz, para que todos creyeran por él» (Jn 1,7). La fama y la grandeza no lo cegaron. Él sabía bien que detrás de él venía «el que es más fuerte que yo, y no soy digno de desatarle la correa de sus sandalias» (Lc 3,16). Él acepta aparecer grande ante los demás y pone esa grandeza al servicio de Aquel a quien anuncia, de Aquel que viene. Llegado el momento, sabrá hacerse a un lado: «Es preciso que él crezca y que yo disminuya» (Jn 3,30). Él sabe muy bien que él no es el Mesías. Él sabe bien cuál es su propia identidad y misión: ser precursor, preparar el camino al Señor. Por la humildad no se cree más, pero tampoco menos. Y es así que a quienes le preguntan sobre su identidad y misión, a quienes quieren saber si él es el Mesías, les responde: «en medio de vosotros está uno a quien no conocéis» (Jn 1,26). El Mesías ya está en medio de ellos, en Él Dios se ha hecho ya presente en medio de su pueblo. Es el Señor Jesús la más radical cercanía de Dios: Él es verdaderamente el “Emmanuel”, “Dios-con-nosotros”. III. LUCES PARA LA VIDA CRISTIANA En esta tercera semana de Adviento la Iglesia, haciendo eco de la exhortación del apóstol Pablo, quiere despertar en todos sus hijos e hijas sentimientos de profunda alegría: «¡Estén siempre alegres!» (1Tes 5,16; Flp 4,4). ¿Y cuál es el motivo de esta alegría? «¡El Señor está cerca!» (Flp 4,5). Sí, la razón de la alegría que nos debe inundar hoy y cada día es la certeza de que el Señor se ha acercado a nosotros de una manera inaudita, de que en Jesucristo Dios se ha hecho hombre por amor a nosotros. El Hijo de Santa María, concebido en sus entrañas virginales por obra del Espíritu Santo, es verdaderamente el “Emmanuel”, “Dios-con-nosotros” (ver Is 7,14). Mas para que esta alegría nos inunde, permanezca siempre en nosotros y se irradie a los demás no basta con tomar conciencia de que Dios se ha acercado a nosotros haciéndose uno como nosotros, en todo igual a nosotros menos en el pecado (ver Heb 2,17; 4,15): es necesario también que cada cual salga a su encuentro para acogerlo en “su casa”, en lo más íntimo de su ser, para dejar que su presencia nos inunde, su luz ilumine el misterio de nuestra propia existencia y su amor nos transforme completamente. ¡Qué importante es dejarnos “alcanzar” e iluminar por Cristo! De esa luz que es el Señor para todo ser humano dio testimonio Juan el Bautista. Jesucristo, el Hijo del Padre, Dios y hombre perfecto, es «la luz verdadera que ilumina a todo hombre que viene a este mundo» (Jn 1,9). Sólo en Cristo «se aclara verdaderamente el misterio del hombre», sólo Él «manifiesta plenamente el hombre al propio hombre y le descubre su altísima vocación» (Gaudium et spes, 22). Sólo iluminados por Él podemos responder plenamente a la pregunta dirigida entonces al Bautista, dirigida hoy también a ti y a mí: «¿Quién eres? ¿Qué dices tú de ti mismo, de ti misma?». Como sucedió con el Bautista, sólo quien acierta a responder adecuadamente la pregunta sobre su propia identidad puede comprender también su misión en el mundo y puede así, con la fuerza del Señor, recorrer el camino que conduce a su plena realización humana y a su plena fecundidad. ¿Quieres ser feliz? ¿Quieres encontrar la alegría plena (ver Jn 15,11) que nada ni nadie pueda arrebatarte jamás (ver Jn 16,22)? El camino a la felicidad y plena realización humana pasa necesariamente por Cristo, hombre perfecto, modelo y maestro de auténtica y plena humanidad. Sólo en Él podemos comprender plenamente el misterio insondable que somos cada uno de nosotros, así como el camino que conduce a nuestra realización como seres humanos, como personas, como hombres o mujeres que somos. Si creces día a día en tu amoroso conocimiento del Señor Jesús, si junto con ese conocimiento de la identidad y persona de Jesucristo creces también en tu amor a Él, ten la certeza de que también crecerás en un auténtico conocimiento de ti mismo, de ti misma, y en ese conocimiento descubrirás la inmensa grandeza de tu vida así como la grandiosa misión que Dios en su amorosa providencia tiene reservada para ti. Una vez conocida tu identidad y misión, fortalecido con la gracia de Dios y perseverando siempre en la oración, esfuérzate día a día en ser lo que estás llamado a ser. Entonces, aún cuando ello signifique abrazarte a la cruz, conocerás lo que es la verdadera alegría cristiana y humana, alegría de la que tú debes dar testimonio a tantos en esta Navidad y más allá de esta Navidad, cada día de tu vida. Al irradiar la alegría que nos viene de la presencia del Señor en nosotros, muchos, que andan tan frustrados por no encontrar en el mundo esa alegría, se dirán a sí mismos: “¡yo también quiero esa alegría para mí!” ¡Tu alegría en el Señor puede ser el inicio de una conversión! En cambio, un “cristiano” amargado y triste, a nadie atrae, a nadie cautiva, a nadie invita a seguir al Señor. Así como el Bautista tú también estás llamado a preparar el camino al Señor irradiando la alegría que es fruto del encuentro con Cristo, de Él que viene a ti de diversos modos y de ti que te haces sensible a su presencia, que lo acoges, que escuchas lo que te dice y lo pones por obra. Con esa alegría que procede del encuentro cotidiano con el Señor, procura mostrarte siempre alegre en todo lo que hagas (ver 1Tes 5,16; 2Cor 6,10). IV. PADRES DE LA IGLESIA San Agustín: Juan era la voz; pero el Señor era la Palabra que existía ya al comienzo de las cosas. Juan era una voz pasajera, Cristo la Palabra eterna desde el principio. Suprime la palabra, y ¿qué es la voz? Donde falta la idea no hay más que un sonido. La voz sin la palabra entra en el oído, pero no llega al corazón. Observemos el desarrollo interior de nuestras ideas. Mientras reflexiono sobre lo que voy a decir, la palabra está dentro de mí; pero, si quiero hablar contigo, busco el modo de hacer llegar a tu corazón lo que ya está en el mío. Al buscar cómo hacerla llegar a ti, cómo introducir en tu corazón esta palabra interior mía, recurro a la voz y con su ayuda te hablo. El sonido de la voz conduce a tu espíritu la inteligencia de una idea mía, y cuando el sonido vocal te ha llevado a la comprensión de la idea, se desvanece y pasa, pero la idea que te trasmitió permanece en ti sin haber dejado de estar en mí. Y una vez que el sonido ha servido como puente a la palabra desde mi espíritu al tuyo ¿no parece decirte: Es preciso que él crezca y que yo disminuya? Y una vez que ha cumplido su oficio y desaparece ¿no es como si te dijera: Mi alegría ahora rebasa todo límite? Apoderémonos de la palabra, hagámosla entrar en lo más íntimo de nuestro corazón, no dejemos que se esfume. ¿Quieres ver cómo la voz pasa y la divinidad de la Palabra permanece? ¿Dónde está ahora el bautismo de Juan? Él cumplió su oficio y desapareció. Pero el bautismo de Cristo permanece. Todos creemos en Cristo y esperamos de Él la salvación; esto es lo que dijo la voz. Y como es difícil discernir entre la Palabra y la voz, los hombres creyeron que Juan era Cristo. Tomaron a la voz por la Palabra. Pero Juan se reconoció como la voz para no usurparle los derechos a la Palabra. Dijo: No soy el Mesías, ni Elías, ni el Profeta. Le preguntaron: ¿Qué dices de tu persona? Y él respondió: Yo soy la voz del que clama en el desierto: «Preparad el camino del Señor». La voz del que clama en el desierto, la voz del que rompe el silencio. Preparad el camino del Señor, como si dijera: «Soy la voz cuyo sonido no hace sino introducir la Palabra en el corazón; pero, si no le preparáis el camino, la Palabra no vendrá adonde yo quiero que ella entre.» ¿Qué significa: Preparad el camino, sino: «Rogad insistentemente»? ¿Qué significa: Preparad el camino, sino: «Sed humildes en vuestros pensamientos»? Imitad el ejemplo de humildad del Bautista. Lo toman por Cristo, pero él dice que no es lo que ellos piensan ni se adjudica el honor que erróneamente le atribuyen. Si hubiera dicho: «Soy Cristo», con cuánta facilidad lo hubieran creído, ya que lo pensaban de él sin haberlo dicho. No lo dijo: reconoció lo que era, hizo ver la diferencia entre Cristo y él, y se humilló. Vio dónde estaba la salvación, comprendió que él era sólo una antorcha y temió ser apagado por el viento de la soberbia. V. CATECISMO DE LA IGLESIA El precursor del Mesías 717: «Hubo un hombre, enviado por Dios, que se llamaba Juan» (Jn 1, 6). Juan fue «lleno del Espíritu Santo ya desde el seno de su madre» (Lc 1, 15.41) por obra del mismo Cristo que la Virgen María acababa de concebir del Espíritu Santo. La «visitación» de María a Isabel se convirtió así en «visita de Dios a su pueblo» (Lc 1, 68). 718: Juan es «Elías que debe venir» (Mt 17, 10-13): El fuego del Espíritu lo habita y le hace correr delante [como «precursor»] del Señor que viene. En Juan el Precursor, el Espíritu Santo culmina la obra de «preparar al Señor un pueblo bien dispuesto» (Lc 1, 17). 719: Juan es «más que un profeta» (Lc 7, 26). En él, el Espíritu Santo consuma el «hablar por los profetas». Juan termina el ciclo de los profetas inaugurado por Elías. Anuncia la inminencia de la consolación de Israel, es la «voz» del Consolador que llega (Jn 1, 23). Como lo hará el Espíritu de Verdad, «vino como testigo para dar testimonio de la luz» (Jn 1, 7). Con respecto a Juan, el Espíritu colma así las «indagaciones de los profetas» y el ansia de los ángeles: «Aquel sobre quien veas que baja el Espíritu y se queda sobre él, ése es el que bautiza con el Espíritu Santo... Y yo lo he visto y doy testimonio de que éste es el Elegido de Dios... He ahí el Cordero de Dios» (Jn 1, 33-36). 720: En fin, con Juan Bautista, el Espíritu Santo, inaugura, prefigurándolo, lo que realizará con y en Cristo: volver a dar al hombre la «semejanza» divina. El bautismo de Juan era para el arrepentimiento, el del agua y del Espíritu será un nuevo nacimiento. La adoración, acto de humildad 2096: La adoración es el primer acto de la virtud de la religión. Adorar a Dios es reconocerle como Dios, como Creador y Salvador, Señor y Dueño de todo lo que existe, como Amor infinito y misericordioso. «Adorarás al Señor tu Dios y sólo a él darás culto» (Lc 4, 8), dice Jesús citando el Deuteronomio (6, 13). 2097: Adorar a Dios es reconocer, con respeto y sumisión absolutos, la «nada de la criatura», que sólo existe por Dios. Adorar a Dios es alabarlo, exaltarle y humillarse a sí mismo, como hace María en el Magníficat, confesando con gratitud que Él ha hecho grandes cosas y que su nombre es santo. La adoración del Dios único libera al hombre del repliegue sobre sí mismo, de la esclavitud del pecado y de la idolatría del mundo.
Agradecemos la gentileza de Catholic News.
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