Durante las últimas décadas, la teoría sociológica se ha estado transformando desde una teoría de acción social a una teoría de la comunicación social, con el propósito de describir lo más ajustadamente cómo funciona la sociedad. Este proceso no corresponde a un cambio de paradigma decidido por algunas autoridades intelectuales, sino más bien a la evolución de la sociedad misma, la que progresivamente, ha ido quitando plausibilidad a las teorías que intentaban comprenderla. Así, a grandes rasgos, podría decirse que desde Aristóteles hasta el siglo XVII la sociedad fue vista esencialmente desde la política, de tal modo que ella era descrita a partir del orden jurídico-político-institucional creado por el orden político. Desde el siglo XVII y debido a la creciente importancia del comercio y de la monetarización de la economía, al lado del orden político comienza a aparecer con fuerte autonomía la "sociedad económica" (también se le llamó sociedad civil, pero en el sentido de sociedad económica) de modo que los teóricos de la sociedad parecen oscilar en sus posturas respecto a cuál sea el peso relativo que habría que concederle a la economía o a la política en la edificación de la sociedad. En cierto sentido, hasta hace muy poco tiempo, la dialéctica entre Estado y mercado ha marcado gran parte de los debates públicos. La gran polémica ideológica del siglo XIX y XX entre liberalismo y socialismo (marxismo) se alimentó de esta disyuntiva. Sin embargo, la diferenciación autónoma de otros subsistemas sociales y su globalización, tales como la ciencia, la educación, la salud, el deporte y los medios de comunicación ha mostrado que el binomio Estado/Mercado no es suficiente para explicar el conjunto de la vida social, sino que se hace necesaria una teoría de la complejidad social que reconozca a cada subsistema su propio peso relativo.
Bajo la hipótesis metodológica de que lo social se explica por lo social, la teoría sociológica comienza a definir que el elemento constitutivo de lo propiamente social es la comunicación, la cual, desde la masificación de la cultura escrita por medio de la imprenta, comienza a adquirir niveles de complejidad tales que fuerzan a la selección y a la especialización de la información. El resultado es una sociedad policéntrica, funcionalmente diferenciada, que necesita aprovechar la contingencia y variabilidad de las circunstancias en términos de eficacia y rendimiento, para lo cual debe predisponer el tiempo a su favor y concebirse de manera globalizada por encima de fronteras territoriales o geográficas. Algunos de los subsistemas sociales antes mencionados han alcanzado ya este nivel de operación. Otros siguen la tendencia aunque no hayan alcanzado este nivel operativo.
La consecuencia de este fenómeno (para el tema que nos convoca) es que los medios de comunicación han desplazado a la política de la función de ser el "espejo" (o el mapa) en que se refleja la sociedad y el punto de observación desde donde se puede mirar unitariamente la pluralidad de las diferencias. Por una parte, los medios no necesitan limitar la información que comunican a un solo ámbito de especialización, aún cuando ellos mismos también se especialicen. Por otra parte, y a partir de la revolución electrónica de las comunicaciones, pueden adaptar su operación, con mayor eficacia que la política, a la comunicación en "tiempo real". Mientras antes la misma comunicación dependía de la autoridad política (autorización o censura), ahora es la política la que depende de la comunicación.
Así, los medios masivos de comunicación han transformado muy sustancialmente el espacio público de la vida social. Penetrando hasta la intimidad de los hogares, los medios han logrado familiarizar a las personas y las familias con los asuntos que atañen a toda la sociedad y se han hecho, a su vez, portadores de las necesidades sociales hacia las autoridades políticas. El eficiente funcionamiento de la democracia actual sería impensable sin la información transmitida por los medios, especialmente, el desarrollo de una permanente fiscalización ciudadana de los actos de gobernantes y legisladores. Parte importante de la actividad política se realiza, en consecuencia, a través de los medios y en los medios, complementando y reforzando, en ocasiones, la acción de las instituciones políticas, pero también, a veces, anticipándola y hasta sustituyéndola, contribuyendo con ello a una cierta desinstitucionalización de la actividad social, en general, y de la política, en particular, entre otras razones, por el hecho de que las instituciones no son capaces de trabajar al ritmo impuesto por una comunicación "en tiempo real".
Una importante consecuencia de este efecto de los medios de comunicación sobre la vida social y política es la acentuación del corto plazo y del presente en perjuicio del mediano y largo plazo. No se trata ciertamente de un efecto intencionalmente provocado, sino que es consecuencia de la tecnología misma de comunicación en "tiempo real". Las noticias tienen un tiempo de vigencia cada vez más corto y se olvidan con rapidez, aunque perduren en el registro. Como son efímeras, valoran también lo efímero, el instante. La actividad política, crecientemente dependiente de los medios masivos de comunicación, ha debido adaptarse progresivamente a este mismo criterio de temporalidad, como se ve por ejemplo, en la discusión de orden político de las ventajas del sistema parlamentario, o del acortamiento de los períodos de gobierno. Pero ello ha colaborado también a despojar a la actividad política de su dimensión cultural, puesto que esta última apela a la formación de tradiciones y a su transmisión intergeneracional. Pone también en riesgo la realización de los valores de la libertad y de la justicia que son esenciales para el orden político, puesto que ellos necesitan tiempo para ser comprendidos en profundidad, paciencia y perseverancia para encarnarse y socializarse. La sobrevaloración del instante favorece su sustitución por sucedáneos y distractores, pudiendo llegar a deformar gravemente la conciencia moral de las nacion Resulta muy significativo que las encuestas de confiabilidad y prestigio institucional desde hace ya tiempo arrojan el resultado de que los más confiables son los medios de comunicación y los menos confiables los partidos políticos y los tres poderes del Estado.
Queda de manifiesto, en consecuencia, la necesidad de un discernimiento y juicio cultural sobre los contenidos que transmiten los medios y sobre su efecto sobre la formación de las conciencias y las relaciones humanas que fomentan o inhiben. Como ha dicho recientemente el Papa en un congreso de universitarios católicos dedicados a la formación de comunicadores, "es evidente que en el centro de cualquier reflexión seria sobre la naturaleza y la finalidad de las comunicaciones humanas debe estar un compromiso con las cuestiones relativas a la verdad. Un comunicados puede intentar informar, educar, entretener, convencer, consolar, pero el valor final de cualquier comunicación reside en su veracidad". Pero advertía enseguida que la "pasión por la verdad, que también puede servirse de cierto escepticismo metodológico, especialmente en cuestiones de interés público, no debe distorsionarse ni convertirse en un cinismo relativista según el cual se rechace o ignore habitualmente cualquier apelación a la verdad y a la belleza". Tengo la impresión que esta advertencia del Papa se aplica de manera especial a los políticos quienes de hecho deben valerse habitualmente de ese "cierto escepticismo metodológico en sus actos de fiscalización y control de la autoridad política, como también cuando reciben peticiones interesadas de grupos de persuasión y de presión profesionales. Pero también tienen la tentación de valerse de esta metodología y transformarla en un cierto cinismo relativista de cara a los medios de comunicación con el propósito de cautivar audiencias, familiarizarlas con su imagen y acrecentar el caudal de votos. A ello les ayuda la alta credibilidad de que gozan los medios de información entre la población y la actitud de las audiencias que buscan entretención a costa de los foros y de las discusiones acerca de los problemas de las personas, sin que importe, muchas veces, ni la artificialidad de los problemas, ni la veracidad de las imputaciones si ellas ayudan a decidir quienes son ganadores y perdedores. El simulacro y la impostura, el escándalo y hasta las extravagancias pueden tener rédito si ayudan a llamar la atención de los espectadores y -ate posicionar una figura pública. Aunque se pueda decir, en cierto sentido, que tal problema ha acompañado siempre la vida política de las naciones, los medios lo han potenciado y masificado a niveles antes desconocidos, pues el espacio público ha invadido también la privacidad de los hogares.
Pues bien, por las razones antes expuestas parece indispensable ampliar la visión sobre la política más allá de los límites estrechos que usualmente le ponen los partidos políticos y los procesos electorales. Podemos entender la política como toda la actividad humana que procura reconocer y realizar el bien común de la sociedad, de construir un orden justo, de dar un testimonio de esperanza a las nuevas generaciones. Ningún ámbito de la vida social se sustrae a esta dimensión política, sino que ella los cruza todos transversalmente: la familia, la cultura, la educación, la ciencia, los medios de comunicación y ciertamente también, los ámbitos específicos del gobierno, de la legislación y de la judicatura. Desde la dignidad de la persona humana, la actividad política habría que entenderla en su proyección moral y cultural antes que en su dimensión tecnológica. Cuando la tecnología deja de tener raíces profundas en la cultura, se transforma en una tecnocracia ciega a las necesidades humanas.