La formación de los valores en la familia

Eduardo Regal
Coordinador General del Movimiento de Vida Cristiana, en el VI Encuentro Mundial de las Familias, Ciudad de México, 14 de enero 2009.


Experiencia del Movimiento de Vida Cristiana

La experiencia del Movimiento de Vida Cristiana —y de toda la familia de vida cristiana nacida del Sodalitium Christianae Vitae— en la formación de los valores humanos y cristianos en el ámbito de la familia es rica y variada.
Desde los inicios de nuestro peregrinar, la familia ha tenido un lugar privilegiado en nuestro empeño humanizador y evangelizador. Los desafíos actuales esta enfrenta y la diversidad de experiencias culturales con las que el Movimiento se ha encontrado nos han ido llevando a desarrollar aproximaciones diferentes para colaborar con las familias concretas a aspirar al horizonte de la santidad y a desplegarse en la realidad cotidiana que viven. Brevemente presentaré algunos elementos sobre nuestro enfoque en la formación y desarrollo de los valores cristianos en la vida familiar.

Vocación a la santidad en la vida matrimonial

Ante todo nuestra pedagogía pastoral resalta que existe una vocación a la vida matrimonial, y que ella es, además, un camino de santidad. Luis Fernando Figari, nuestro fundador, considera esencial que se entienda al matrimonio como «una vocación específica a la santidad, esto es, como un llamado a una persona concreta para seguir el camino hacia la santidad en el matrimonio y la familia» .
El llamado a la vida matrimonial viene de Dios; por eso hablamos de “vocación”. Ello implica una búsqueda del Plan de Dios para cada persona, es decir, un auténtico discernimiento vocacional. Esto, a su vez, entraña un constante ponerse ante Dios. Hecho el discernimiento y surgida la pareja de esposos, sigue el sincero deseo de cada uno de los cónyuges de cooperar activamente con la gracia, poniendo los medios adecuados y proporcionales para ir configurando sus vidas a la del Señor Jesús. Sin esta centralidad de Dios en la vida personal la estructura de la pareja queda muy debilitada. Cada cónyuge debe aspirar a que Jesús sea el centro de su vida, abrirse al dinamismo de su amor, y desde él ir al encuentro de su pareja construyendo un “nosotros”, un cenáculo de amor que mire a Jesús y se nutra de Él. Podríamos hablar en un sentido propio de la vida mística de la familia. Por ello invitamos siempre a fijar la mirada en la familia de Nazaret: en la Virgen María, Madre y educadora nuestra, en San José, custodio de nuestra fe como lo fue del Niño Jesús, quien a su vez es centro y luz de la Santa Familia.
En la práctica esta centralidad de Cristo y el horizonte de su seguimiento hacia la santidad de vida en familia se traducen en un programa de cinco puntos lógicos que deben ser atendidos debidamente: 1) La santidad personal de cada uno de los esposos; 2) la vida cristiana de los cónyuges como pareja; 3) la vida cristiana con los hijos y la transmisión de los valores de la fe a ellos; 4) el trabajo como ámbito de despliegue humano y sustento familiar; y 5) el apostolado, expresión natural de la vida cristiana.

Formación permanente en la fe

La familia cristiana debe ser para todos sus miembros escuela de formación en la fe. Es por ello una tarea esencial de cada uno de los esposos, como pareja y también para con los hijos, la educación continua y permanente en la fe. Asimismo, la formación inicial que los esposos recibieron de sus padres o en la escuela debe continuar de acuerdo al propio camino de madurez intelectual, afectivo, espiritual y humano adquirido con el paso de los años, adecuándose a cada etapa y circunstancia que les toque vivir.
Esta formación permanente ha de llevar a cada uno a conocer cada vez más vitalmente el misterio de la reconciliación y sus alcances en la personalización del ser humano (fe en la mente); a adorar a Dios, adherirse vitalmente y dejarse configurar con el Señor Jesús (fe en el corazón); y a vivir la vida cristiana dando testimonio de la esperanza y ayudando a la transformación de la sociedad y la cultura según el divino Plan (fe en la acción) . Conocer para amar, y desde el amor conocer aún más íntimamente para que el actuar sea desde Dios.

Ocasiones de encuentro

Sería cuando menos un tanto ingenuo negar que el matrimonio y la familia están atravesando una grave crisis. Vienen siendo atacados ferozmente a través de diversas campañas y circunstancias que socavan, ante todo, su identidad. Así, hoy, no sólo no es sencillo llevar una existencia en consonancia con el Evangelio, sino que no es fácil constituir una familia cristiana y vivir coherentemente celebrando la fe y dando gloria a Dios.
Por ello un tercer elemento en nuestra aproximación a la familia está en la constitución de ámbitos de comunión, de encuentro, no sólo dentro de la propia familia —cometido ya de por sí muy importante—, sino también —y esto es fundamental— con otras familias que aspiran a los mismos ideales. Se trata de extender periódicamente esa dinámica de encuentro desde la propia realidad familiar a otras familias, abriéndose a compartir y celebrar juntos la fe, a formar grupos de amigos y de formación, a intercambiar ideas y reflexiones sobre el quehacer concreto de la vida como esposos y de la educación de los hijos, a alentarse en la enriquecedora experiencia de ser una familia cristiana. Al mismo tiempo, estas ocasiones de encuentro son también oportunidades de apostolado y de fortalecimiento en el ardor apostólico, así como oportunidades para proyectarse en un servicio evangelizador decidido en todos aquellos ámbitos a los que se pueda llegar.

Familia apostólica

Así llegamos a un cuarto elemento en nuestra orientación hacia la familia: su proyección apostólica, que tiene a su vez dos dimensiones. Por un lado, el apostolado hacia dentro de la propia familia, esto es, con el cónyuge, con los hijos y todos juntos en familia. Y, por otro, el testimonio de vida cristiana hacia otras realidades, más allá de la propia familia, en el esfuerzo por anunciar la Buena Nueva de la reconciliación buscando la transformación del mundo, teniendo particularmente en cuenta el horizonte del matrimonio y la familia, predicando en primer lugar con el propio ejemplo.
Se trata, pues, de orientar la vida familiar en clave de misión evangelizadora. El apostolado en el propio hogar vivido cotidianamente en las tareas domésticas es una hermosa misión a la que están llamados todos los miembros de la familia según su propia realidad. Así se comparten e internalizan los valores cristianos. A la par, las familias también están llamadas a compartir la fe recibida y vivida con otras personas, matrimonios y familias, a llevar la luz del Evangelio a las diversas realidades del trabajo y la vida pública, a colaborar con la evangelización de la cultura, y a vivir la caridad y solidaridad cristiana especialmente con los más necesitados. Es así como las familias en la Iglesia se constituyen —en palabras de Luis Fernando Figari— en la primera línea de evangelización en la Iglesia .


Notas:

Luis Fernando Figari, El matrimonio, un camino de santidad, Vida y Espiritualidad, 2da. ed., Lima 2006, p. 28.

Ver Luis Fernando Figari, Formación y misión, Vida y Espiritualidad, Lima 2008, pp. 80-81.

Ver allí mismo, p. 121.

 

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