Lo antiguo como nuevoPor el CARDENAL ANGELO SCOLAEn Humanitas 33 Eneas, el arquetipo Eneas, el héroe de Virgilio, que parte hacia la nueva tierra cargando sobre la espalda a Anquises, su padre, y llevando firmemente de la mano a su hijo Julio, puede constituir el arquetipo literario1, universalmente reconocido, para expresar este precioso tema: «De generación en generación. La difícil construcción del futuro». Atenas y Jerusalén ¿Cuál es de hecho el núcleo vital e irrenunciable de la identidad europea, aun en las mutaciones incontenibles y radicales a las cuales se encuentra actualmente sometida? El filósofo parisino Rémi Brague sostiene que el carácter fundamental de Europa, nacida de la actitud romana, es la secundariedad. Roma fue capaz de custodiar, recibir y transmitir como patrimonio propio la síntesis helenística entre Atenas y Jerusalén. Aun cuando lo recibió y no lo produjo directamente, el mundo romano lo consideraba de carácter principal. El propio cristianismo mantuvo substancialmente esta actitud romana, contribuyendo a perfilar la identidad europea. Lo hizo elevando «la secundariedad cultural al nivel de relación con lo Absoluto (...). El cristianismo de hecho sabe ser segundo con respecto a la Antigua Alianza (...). De este modo, la secundariedad religiosa impide a toda cultura que se adhiera al cristianismo, como la europea, considerarse a sí misma su propia fuente»3. En esta óptica, la identidad europea aparece como intrínsecamente dialógica. Así, inspirándonos nuevamente en el héroe de Virgilio, podemos decir que ser europeos significa «vivir la experiencia de lo antiguo como nuevo y como aquello que se renueva a través de su trasplante en un suelo nuevo, trasplante que hace de lo que era antiguo el principio de nuevos desarrollos»4. Así, sobre todo para nosotros, los europeos, generar significa proponer lo antiguo como principio de lo nuevo. Traditio La traditio christiana es un fenómeno de naturaleza sacramental, que en último término puede identificarse con la vida misma de la Iglesia. En el septenario sacramental, y de manera absolutamente especial en el sacramento eucarístico, el evento salvador de Jesucristo se ofrece a la libertad del hombre y le pide testimonio. Para terminar, quisiera sugerir una idea ciertamente de incidencia pastoral. Para favorecer el nacimiento de comunidades cristianas caracterizadas por una pertenencia fuerte en una sociedad que está perdiendo el sentido de la generación, es necesario educar a los sujetos comunitarios a vivir el tiempo y el espacio de acuerdo con la lógica sacramental. Es impresionante la lectura de un breve texto de Roland Barthes, que se refiere al arte de estar juntos enseñando en las comunidades monásticas8. Ahí se habla de tiempo vibrado en el cual dar espacio a todas las expresiones de la vida cotidiana: de la oración al trabajo, a la convivencia, al silencio, al descanso. ¿Por qué no orientar sistemáticamente a comunidades, parroquias, asociaciones, movimientos y grupos a vivir de este modo fragmentos del tiempo libre? Por ejemplo, reuniéndose el domingo. Este tiempo y este espacio se convertirían en paradigma elemental de la forma de vivir todo el tiempo y el espacio. El importante llamado a poner en el centro del dies Domini la celebración eucarística debe mostrar todo su «alcance» existencial. En realidad, en la acción litúrgica en que revive el sacrificio de Cristo, cada fiel es llamado a reconocer la fuente que da forma a cada uno de sus gestos, expresando de manera sensiblela unidad de la comunidad a la cual pertenece. La communio se convierte así en poderosa práctica de organización concreta de toda la existencia.
1 Ver Virgilio, Eneida, II, vv. 701-725.
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