LA FAMILIA,
LUGAR ORIGINARIO DE LA EDUCACIÓN
Por el CARDENAL CARLO CAFFARRA
En Humanitas 25
A veces procedemos con justicia y a veces no lo
hacemos, pero si nos preguntan: “¿Y
cómo te gustaría ser tratado, algunas
veces con justicia y otras injustamente o siempre
con justicia?”, estoy seguro de que la
respuesta es “Siempre en forma justa”.
Nadie desea ser tratado injustamente, ni siquiera a
veces.
Decimos la verdad y no engañamos al
prójimo, pero a veces puede ocurrir que
mintamos y lo engañemos. No obstante, si
alguien nos preguntara “¿Y tú
deseas ser engañado a veces?”, estoy
seguro de que nadie respondería seriamente
que le gusta ser engañado o lo desea.
Podría proseguirse con estos ejemplos. Estos
son suficientes para llegar a hacer un
extraordinario descubrimiento sobre nosotros
mismos. Cada uno de nosotros sabe distinguir entre “actuar
con justicia y actuar con injusticia”, entre “estar
en la verdad y ser engañados”.
Además de eso, cada uno de nosotros desea la
justicia, la verdad. El ser humano posee la
admirable capacidad de distinguir entre justicia e
injusticia o verdad y error y desear una de las dos
cosas, prefiriéndola a la otra.
En todo caso, el descubrimiento no se detiene en
este punto: aun cuando deseemos la justicia,
podemos querer tratar a otro con injusticia; aun
cuando deseemos la verdad, podemos decidir
engañar a otro. Así, puede producirse
una “grieta” en nuestro interior entre
lo que conocemos y deseamos y aquello que de hecho
llevamos a cabo.
Esta “grieta” no es producto del azar,
sino producto de cada uno de nosotros, es obra
nuestra. El conocimiento-deseo (la justicia, la
verdad...) piden a nuestra persona realizarse
concretamente. Recurren a “algo” que
está en nosotros. Este algo tiene un nombre
y se llama libertad. Ésta se nos presenta,
por consiguiente, como la capacidad de satisfacer o
no el “deseo” que reside dentro de
nuestra persona.
A partir de estos sencillos ejemplos tomados de
nuestra experiencia cotidiana, descubrimos
quiénes somos: somos un gran “deseo”
(de justicia, de verdad, de amor...) cuya
realización es encomendada a nuestra “libertad”.
Podemos decir lo mismo de la siguiente manera:
somos peregrinos hacia la beatitud movidos por
nuestra libertad.
Con todo, siento que alguien se preguntará
qué relación tiene todo esto con la
educación. Así es: veremos en seguida
que el ser humano necesita, pide ser educado,
precisamente porque es “peregrino-mendigo de
la beatitud”, en un peregrinaje que debe ser
llevado a cabo por su libertad.
Podemos comprender esto partiendo de una de las
páginas más “sugerentes”
de todo el Evangelio: el encuentro de María
e Isabel (cfr. Lc 1, 39-45)
Entre los millones de seres humanos que poblaban la
tierra, había llegado uno que era
Único, esperado por milenios: el Hijo de
Dios que vino a habitar entre nosotros. Nadie
había sentido su presencia: sólo su
madre. Las dos mujeres se encuentran. ¿Y
qué ocurre? Ese ser humano que estaba en el
vientre de Isabel “exultó”
porque en ese momento sintió la presencia de
Dios mismo en el mundo: junto a él.
También Juan, ese niño que
entró al mundo seis meses antes,
había iniciado su “peregrinación
hacia la beatitud”, como todo ser humano.
¿Qué le sucedió?
Experimentó una Presencia que introdujo en
su corazón un “sobresalto de
alegría”. Y Juan nunca olvidó
ese “sobresalto de alegría”.
Convertido en adulto, morirá a causa de la
justicia y la santidad del amor conyugal.
Intentemos ahora agrupar los elementos
fundamentales de esta extraordinaria
situación.
Una persona está entrando en el mundo, y
hemos visto de qué “equipaje”
está dotada. Y más bien quién
es: un peregrino-mendigo de beatitud, confiado a su
libertad. En este mundo, descubre una Presencia, la
Presencia de Alguien. El descubrimiento genera en
él un sobresalto de alegría: la
certeza de no ser defraudado en su deseo, de que su
peregrinaje no es hacia la nada. Ha podido
descubrir esta Presencia porque una mujer se la ha
hecho “sentir próxima”. Ahora
bien, éstos son los elementos
fundamentales de la “comunicación
educativa”.
Un persona humana que entrando al mundo inicia su
peregrinaje hacia la beatitud, pide ser “ayudada”
y encuentra a otras personas.
Éstas lo hacen sentir o no lo hacen sentir
una Presencia. Y en esta “comunicación”,
la nueva persona consigue o bien no consigue la
plena libertad de caminar.
El “punto esencial” de este
acontecimiento, que es la educación,
consiste en comprender debidamente qué
significan las palabras “personas que lo
hacen sentir/no sentir una Presencia”.
Éste es, en realidad, el “corazón”
de la relación educativa. Intentaré
una vez más explicarme con algún
ejemplo.
Todos saben que uno de los momentos más
difíciles de toda nuestra vida han sido los
primeros días de la misma. La dificultad
consistía en encontrarse dentro de una
realidad totalmente distinta a aquella en la cual
vivíamos en el cuerpo materno. En una
palabra: la dificultad del contacto con la
realidad.
Detengámonos un momento para reflexionar en
lo que significa “contacto con la realidad”,
partiendo siempre de experiencias muy comunes.
Si accidentalmente pongo mi mano sobre una plancha
caliente, siento un terrible dolor y de inmediato
retiro la mano. He tenido un contacto con la
realidad, un contacto puramente físico. El
hecho está conducido, más bien
dominado por el principio del placer/dolor.
¿Es el único contacto posible con la
realidad?
Consideremos otro ejemplo. Nos encontramos con
muchas personas. A algunas de ellas ni siquiera las
conocemos y a otras las conocemos; pero en un
momento dado, una de estas personas nos parece “distinta
a todas las demás” y entre mil
conocidos, “única e insustituible”.
¿Qué ha ocurrido? Hemos visto en esa
persona “algo” que no habíamos
visto en ninguna otra y nos ha hecho exclamar “¡Qué
maravilla que existas!” y en definitiva “¡Qué
lindo es vivir! Es la experiencia de una Presencia
dentro de la realidad concreta, que nos ha hecho “sobresaltarnos
de alegría”. ¿Qué
significa entonces “la persona necesita-pide
ser educada”? Significa: necesita-pide entrar
en contacto con la realidad para sentir en la misma
una Presencia que la haga “sobresaltarse de
alegría”, que le dé la certeza
de que vale la pena vivir, precisamente debido a
esta Presencia. Educar significa introducir a la
persona en la realidad de tal manera que se sienta
como acogida por un Destino bueno.
De lo dicho se desprende que la educación
puede ocurrir únicamente en el interior de
una relación entre personas, en el interior
de una “comunicación indirecta”
que circula de “persona a persona”.
Existe una comunicación directa entre las
personas. Cuando un profesor quiere enseñar
a dividir, entrega al niño algunas reglas.
Si es un buen profesor, si el niño presta
atención y es algo inteligente, comprende
esas reglas y ha aprendido a dividir. Ha habido una
comunicación (de un saber, en este caso) y
ha sido directa, en el sentido de que se han
aprendido ciertos conocimientos mediante ciertos
razonamientos simples. Veamos otro ejemplo.
Un joven se da cuenta muy pronto de que en su
corazón tiene un profundo deseo de justicia
y en el mundo muchas personas actúan
injustamente, por lo cual tarde o temprano puede
encontrarse en una situación en la cual debe
elegir entre soportar una injusticia o cometerla
para no ser víctima de ella. Y se pregunta
si es mejor soportar una injusticia o cometerla, si
es preferible ser engañados o
engañar.
¿Cómo se puede convencer a ese joven
muchacho de que es mejor soportar una injusticia
que cometerla, es decir, que ser justos y estar en
la verdad es, entre lo que existe, lo más
precioso, bello y digno de buscarse y desearse?
Opera únicamente la confianza otorgada a la
persona que lo educa y por consiguiente le entrega
la propuesta según la cual en la vida es
mejor dar que recibir. Es una comunicación
indirecta.
Es éste el motivo por el cual el primer
lugar de origen de la educación de la
persona es la familia. De hecho, la misma
está constituida por la relación
interpersonal padres-hijos. Es una relación
en la cual el hijo es acogido por sí mismo,
puesto que en la familia la nueva persona es
acogida en su valor puro y simple. Y así,
recíprocamente, la nueva persona toma
contacto con la realidad no como algo hostil, sino
como acogida.
“La madre se encuentra en el principio del mundo del
niño, mundo en el cual éste vive una
relación simbiótica en que ni
siquiera tiene conciencia de la diferencia entre
él y el mundo.
“Durante toda la vida, el niño vivirá el ser de
acuerdo con la temperatura emotiva originaria con
la cual vivió su relación con la
madre.
“El ser, el otro, el mundo se reconocerá como residencia
acogedora, cargada positivamente, originaria y
fundamentalmente benévola. Si no se ha
otorgado esta experiencia, hay un obstáculo
para la persona humana en la percepción de
la verdad fundamental metafísica
según la cual el ser es bien” (H.U.
von Balthasar).
Nada ni nadie jamás podrán sustituir
esta relación “de persona a persona”
en la educación.
Nos encontramos hoy, sin embargo, en una
situación que yo llamaría de “desierto
educativo”.
Hemos dicho que cada uno de nosotros es “un
gran deseo (de justicia, de verdad, de amor...)
cuya realización se encomienda a nuestra
libertad”. Tiene sentido hablar de
educación precisamente porque este deseo es
el hombre.
¿Y si se apaga el deseo en el corazón
del hombre? ¿Qué sucede?
¿Qué ocurre con la libertad? Apagar el
deseo en el hombre es algo que sucede cuando se
introduce en el corazón del hombre la
sospecha de que aquello que se desea no existe: que
su deseo no tiene sentido porque carece de
contenido. Eso ocurre cuando se afirma, cuando se
enseña que no existe una verdadera
distinción entre justicia e injusticia (y se
actúa como si no existiera), porque
puramente existen la utilidad y el interés.
Eso ocurre cuando se afirma que no existe la
verdad, sino únicamente opiniones. Eso
ocurre cuando se afirma que no es posible amarse
verdaderamente y la relación entre las
personas sólo puede configurarse como
coexistencia regulada por egoísmos en
oposición. En este punto, el hombre se
sumerge en el más puro relativismo.
¿Y qué ocurre entonces en su
corazón? Se extingue o al menos se entorpece
el deseo. ¿De qué es peregrino el
hombre? Peregrino de la nada. Educar resulta
imposible.
Las consecuencias en la libertad pueden explicarse
con un ejemplo muy sencillo. Imaginemos que al
coser olvidamos hacer el nudo en el hilo.
¿Qué sucede? Seguimos cosiendo... sin
jamás coser.
Así, una libertad desarraigada de los
verdaderos deseos del hombre, de sus “naturales
inclinaciones” (Santo Tomás), es una
libertad que ya no sabe hacia adónde
moverse, hacia adónde ir, es decir, ya no
sabe por qué elige lo que elige. Por
lo tanto, todo y lo contrario merecen ser elegidos
y al mismo tiempo nada merece ser elegido. La
libertad se reduce a mera espontaneidad.
A esto he llamado “desierto educativo”.
El desierto es el lugar donde ya no hay agua y
donde ya no hay caminos.
La ayuda
que debe el pastor a los padres
A la luz de la anterior reflexión, es
fácil comprender ahora qué debe dar un pastor de la Iglesia a los
padres como ayuda en su tarea educativa: es una
ayuda que se sitúa en dos niveles.
Primero: apoyar su autoridad educativa. No
hay educación donde no existe autoridad
educativa. ¿Qué entiendo por autoridad
educativa? Educar significa introducir a una
persona en la realidad. Introducir a una persona en
la realidad significa ofrecerle una
hipótesis para interpretar la realidad misma
(el mapa geográfico que le permite moverse
en la “región del ser”). Nadie
ofrece lo que no tiene. Por consiguiente, no se
puede educar sin estar en posesión profunda
y vivida de una interpretación de la
realidad, considerada la única verdadera
también sobre la base de la propia
experiencia. Autoridad educativa significa
posesión segura y vivida de una propuesta de
interpretación de lo real, que se
ofrece-propone para la verificación
existencial de quien es educado.
Para los padres cristianos, la única
verdadera “hipótesis”
interpretativa es la fe cristiana: la
educación cristiana es la forma más
elevada del testimonio cristiano, porque en la
misma (educación) la fe se convierte en un
don hecho al otro para que dicho testimonio sea
generado.
La cooperación principal y fundamental que
los pastores de la Iglesia deben ofrecer a los
padres es la enseñanza de la verdad de la fe
como clave para la interpretación de la
totalidad de la vida humana.
Esta cooperación es hoy día
aún más necesaria debido al “desierto
educativo” sobre el cual hablaba
anteriormente: los educadores inseguros parten
habiendo fracasado.
Segundo: apoyar su libertad educativa. De
acuerdo con la visión cristiana, la libertad
es la capacidad de hacer lo que deseo haciendo lo
que debo. Libertad educativa significa capacidad de
educar, educando en la fe.
Entendida de esta manera, la capacidad es acechada
tanto desde el interior como desde el
exterior de la persona del educador.
Desde el interior: existe también en
los padres la tentación permanente de
rendirse ante las dificultades educativas, de
carácter intrínseco en el acto
educativo mismo. El pastor debe proporcionar a los
padres la ayuda espiritual requerida para que sepan
hacer obrar el don recibido en el sacramento del
matrimonio.
Desde el exterior: la libertad educativa a
menudo es desconocida o negada por la sociedad. El
pastor debe defender también
públicamente este derecho fundamental de la
familia.
“Te amonesto que hagas revivir la gracia de Dios que hay en ti
por la imposición de mis manos” (II
Tim 1,6): así escribía Pablo a su
discípulo Timoteo. Esto es substancialmente
aquello que los padres tienen derecho a recibir de
los pastores: ser ayudados permanentemente a
reavivar en sí mismos ese don de Dios que
hay en ellos, el don de la capacidad de generar en
sentido pleno una persona humana.