Audiencia General del Miércoles 17 de mayo de 2006
Pedro, el pescador
En la nueva serie de catequesis hemos tratado de comprender ante todo qué es la Iglesia, cuál es la idea del Señor sobre esta nueva familia. Después, hemos dicho que la Iglesia existe en las personas. Y hemos visto que el Señor ha confiado esta nueva realidad, la Iglesia, a los doce apóstoles. Ahora queremos contemplarles uno a uno para comprender a través de estas personas en qué consiste vivir la Iglesia, qué significa seguir a Jesús. Comencemos con san Pedro.
Después de Jesús, Pedro es el personaje más conocido y citado en el Nuevo Testamento: es mencionado 154 veces con el sobrenombre de «Pétros», «piedra», «roca», que es la traducción griega del nombre arameo que le dio directamente Jesús, «Kefa», testimoniado en nueve ocasiones, sobre todo en las cartas de Pablo. Hay que añadir, además, el nombre de Simón, usado frecuentemente (75 veces), que es la forma adaptada al griego de su nombre hebreo original, Simeón (dos veces: Hechos 15, 14; 2 Pedro 1, 1).
Hijo de Juan (Cf. Juan 1, 42) o, en la forma aramea, «bar-Jona», hijo de Jonás (Cf. Mateo 16, 17), Simón era de Betsaida, (Juan 1, 44), localidad que se encontraba a oriente del mar de Galilea, de la que venía también Felipe y, claro está, Andrés, hermano de Simón. Al hablar tenía acento galileo. Como su hermano, era pescador: con la familia de Zebedeo, padre de Santiago y de Juan, dirigía una pequeña empresa de pesca en el lago de Genesaret (Cf. Lucas 5, 10). Por este motivo, debía disfrutar de un cierto desahogo económico y estaba animado por un sincero interés religioso, por un deseo de Dios --deseaba que Dios interviniera en el mundo--, un deseo que le llevó a dirigirse con su hermano hasta Judea para seguir la predicación de Juan el Bautista (Juan 1, 35-42).
Era un judío creyente y observante, confiado en la presencia activa de Dios en la historia de su pueblo, y a quien le dolía el no ver la acción poderosa en las vicisitudes de las que en ese momento era testigo. Estaba casado y su suegra, curada un día por Jesús, vivía en la ciudad de Cafarnaúm, en la casa en la que también se alojaba Simón, cuando se encontraba en esa ciudad (Cf. Mateo 8, 14s; Marcos 1, 29ss; Lucas 4, 38s). Recientes excavaciones arqueológicas han permitido sacar a la luz, bajo el suelo de mosaico en forma octogonal de una pequeña Iglesia bizantina, los restos de una iglesia más antigua, edificada en esa casa, como testimonian los «grafiti» con invocaciones a Pedro. Los Evangelios nos dicen que Pedro se encuentra entre los primeros cuatro discípulos del Nazareno (Cf. Lucas 5, 1-11), a quienes se les une el quinto, según la costumbre de todo Rabbí de tener cinco discípulos (Cf. Lucas 5, 27: la llamada de Leví). Cuando Jesús pasa de cinco a doce discípulos (Cf. Lucas 9, 1-6), quedará clara la novedad de su misión: no es uno de los muchos rabinos, sino que ha venido para reunir al Israel escatológico, simbolizado por el número doce, el de las tribus de Israel.
En los Evangelios, Simón presenta un carácter decidido e impulsivo. Está dispuesto a hacer prevalecer sus razones, incluso con la fuerza (usó la espada en el Huerto de los Olivos, Cf. Juan 18, 10s). Al mismo tiempo, a veces es también ingenuo y temeroso, así como honesto, hasta llegar al arrepentimiento más sincero (Cf. Mateo 26, 75). Los Evangelios permiten seguir paso a paso su itinerario espiritual. El punto de inicio es la llamada por parte de Jesús. Tuvo lugar en un día como cualquier otro, mientras Pedro realizaba su trabajo de pescador. Jesús se encuentra en el lago de Genesaret y la muchedumbre le rodea para escucharle. El número de los que le oían creaba ciertas dificultades. El maestro ve dos barcas amarradas a la orilla. Los pescadores han bajado de ellas y están lavando las redes. Les pide poder subir a una barca, la de Simón, y le pide que se aleje un poco de tierra. Sentado en esa cátedra improvisada, enseña desde la barca a la muchedumbre (Cf. Lucas 5, 1-3). De este modo, la barca de Pedro se convierte en la cátedra de Jesús. Cuando terminó de hablar, le dice a Simón: «Boga mar adentro, y echad vuestras redes para pescar». Simón responde: «Maestro, hemos estado bregando toda la noche y no hemos pescado nada; pero, en tu palabra, echaré las redes» (Lucas 5, 4-5). Jesús, que era un carpintero, no era un experto de pesca y, sin embargo, Simón el pescador se fía de este Rabbí, que no le da respuestas sino que le invita a fiarse. Su reacción ante la pesca milagrosa es de asombro y estremecimiento: «Aléjate de mí, Señor, que soy un hombre pecador» (Lucas 5, 8). Jesús responde invitándole a tener confianza y a abrirse a un proyecto que supera toda expectativa: «No temas. Desde ahora serás pescador de hombres» (Lucas 5,10). Pedro no se podía imaginar todavía que un día llegaría a Roma y que aquí sería «pescador de hombres» para el Señor. Acepta esta llamada sorprendente a dejarse involucrar en esta gran aventura: es generoso, reconoce sus límites, pero cree en quien le llama y sigue el sueño de su corazón. Dice «sí», un «sí» valiente y generoso, y se convierte en discípulo de Jesús.
Pedro vivirá otro momento significativo en su camino espiritual en las inmediaciones de Cesarea de Filipo, cuando Jesús plantea a los discípulos una pregunta concreta: «¿Quién dicen los hombres que soy yo?» (Marcos 8,27). A Jesús no le basta una respuesta de oídas. De quien ha aceptado comprometerse personalmente con Él, quiere una toma de posición personal. Por eso, insiste: «Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?» (Marcos 8, 29). Es Pedro quien responde también por cuenta de los demás: «Tú eres el Cristo» (ibídem), es decir, el Mesías. Esta respuesta, que no ha sido revelada ni por «la carne ni la sangre» de él, sino que ha sido ofrecida por el Padre que está en los cielos (Cf. Mateo 16, 17), contiene como la semilla de la futura confesión de fe de la Iglesia. Sin embargo, Pedro no había comprendido todavía el contenido profundo de la misión mesiánica de Jesús, el nuevo sentido de la palabra: Mesías. Lo demuestra poco a poco, dando a entender que el Mesías al que está siguiendo en sus sueños es muy diferente al auténtico proyecto de Dios. Ante el anuncio de la pasión, se escandaliza y protesta, suscitando la fuerte reacción de Jesús (Cf. Marcos 8, 32-33). Pedro quiere un Mesías «hombre divino», que responda a las expectativas de la gente, imponiendo a todos su potencia: nosotros también deseamos que el Señor imponga su potencia y transforme inmediatamente el mundo; Jesús se presenta como el «Dios humano», el siervo de Dios, que trastorna las expectativas de la muchedumbre, abrazando un camino de humildad y de sufrimiento. Es la gran alternativa, que también nosotros tenemos que volver a aprender: privilegiar las propias expectativas rechazando a Jesús o acoger a Jesús en la verdad de su misión y arrinconar las expectativas demasiado humanas. Pedro, que es impulsivo, no duda en tomarle aparte y reprenderle. La respuesta de Jesús derrumba todas las falsas expectativas, llamándole a la conversión y a su seguimiento: «¡Quítate de mi vista, Satanás! porque tus pensamientos no son los de Dios, sino los de los hombres» (Marcos 8,33). No me indiques tú el camino, yo sigo mi camino y tú ponte detrás de mí.
De este modo, Pedro aprende lo que significa verdaderamente seguir a Jesús. Es la segunda llamada, como la de Abraham en Génesis capítulo 22, después de la de Génesis capítulo 12. «Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame. Porque quien quiera salvar su vida, la perderá; pero quien pierda su vida por mí y por el Evangelio, la salvará» (Marcos 8, 34-35). Es la ley exigente del seguimiento: es necesario saber renunciar, si hace falta, a todo el mundo para salvar los verdaderos valores, para salvar el alma, para salvar la presencia de Dios en el mundo (Cf. Marcos 8, 36-37). Aunque le cuesta, Pedro acoge la invitación a seguir su camino tras las huellas del Maestro.
Me parece que estas diferentes conversiones de san Pedro y toda su figura son motivo de gran consuelo y una gran enseñanza para nosotros. También nosotros deseamos a Dios, también queremos ser generosos, pero también nosotros nos esperamos que Dios sea fuerte en el mundo y transforme inmediatamente el mundo, según nuestras ideas, según las necesidades que vemos. Dios opta por otro camino. Dios escoge el camino de la transformación de los corazones en el sufrimiento y en la humildad. Y nosotros, como Pedro, siempre tenemos que convertirnos de nuevo. Tenemos que seguir a Jesús y no precederle: Él nos muestra el camino. Pedro nos dice: tú piensas que tienes la receta y que tienes que transformar el cristianismo, pero quien conoce el camino es el Señor. Es el Señor quien me dice a mí, quien te dice a ti: «¡sígueme!». Y tenemos que tener la valentía y la humildad para seguir a Jesús, pues Él es el Camino, la Verdad y la Vida.
Resumen: Continuando la reflexión sobre el ministerio apostólico, profundizamos ahora en la personalidad de los Apóstoles. Pedro era natural de Betsaida, hermano de Andrés, pescador, casado. Hebreo confiado en la presencia viva de Dios en la historia de su pueblo. Decidido e impulsivo, aunque a veces también ingenuo y temeroso. Honesto y capaz de un arrepentimiento sincero.
Jesús le llama mientras trabajaba. Le dice: «Echa las redes». Simón se fía y reacciona ante la pesca milagrosa con estupor: «aléjate de mí que soy un pecador». Jesús responde invitándole a un proyecto: «desde ahora serás pescador de hombres». Pedro acepta y se convierte en su discípulo. Sus palabras: «Tú eres Cristo», son el germen de la futura confesión de fe de la Iglesia, aunque todavía no había entendido la misión de Jesús. Por ello, se escandaliza y protesta ante el anuncio de su pasión. Quería un Mesías «hombre divino» y Jesús se presenta como el «Dios humano» que desbarata todas las expectativas tomando un camino de humildad y sufrimiento.
Audiencia General del Miércoles 24 de mayo de 2006
Pedro, el apóstol
En estas catequesis estamos meditando en la Iglesia. Hemos dicho que la Iglesia vive en las personas y, por ello, en la última catequesis comenzamos a meditar en las figuras de cada uno de los apóstoles, comenzando por san Pedro. Hemos visto dos etapas decisivas de su vida: la llamada en el lago de Galilea y, después, la confesión de fe: «Tú eres el Cristo, el Mesías». Como dijimos, se trata de una confesión todavía insuficiente, inicial, aunque abierta. San Pedro se pone en un camino de seguimiento. Hoy queremos considerar otros dos acontecimientos importantes en la vida de san Pedro: la multiplicación de los panes --acabamos de escuchar en el pasaje que se ha leído la pregunta del Señor y la respuesta de Pedro-- y después el pasaje en el que el Señor llama a Pedro a ser pastor de la Iglesia universal.
Comencemos con la multiplicación de los panes. Sabéis que el pueblo había escuchado al Señor durante horas. Al final, Jesús dice: están cansados, tienen hambre, tenemos que dar de comer a esta gente. Los apóstoles preguntan: «Pero, ¿cómo?». Y Andrés, el hermano de Pedro, le dice a Jesús que un muchacho tenía cinco panes y dos peces. «Pero,¿de qué sirven para tantas personas?», se preguntan los apóstoles. Entonces el Señor pide a la gente que se siente y que se distribuyan estos cinco panes y dos peces. Y todos quedan saciados. Es más, el Señor encarga a los apóstoles, y entre ellos a Pedro, que recojan las abundantes sobras: doce canastos de pan (Cf. Juan 6,12-13). A continuación, la gente, al ver este milagro --que parecía ser la renovación tan esperada del nuevo «maná», el don del pan del cielo--, quiere hacer de él su rey. Pero Jesús no acepta y se retira a rezar solo en la montaña. Al día siguiente, Jesús interpretó el milagro en la otra orilla del lago, en la sinagoga de Cafarnaúm. No lo hizo en el sentido de ser el rey de Israel, con un poder de este mundo, como lo esperaba la muchedumbre, sino en el sentido de la entrega de sí mismo: «el pan que yo voy a dar es mi carne por la vida del mundo» (Juan 6, 51). Jesús anuncia la cruz y con la cruz la auténtica multiplicación de los panes, el pan eucarístico, su manera totalmente nueva de ser rey, una manera totalmente contraria a las expectativas de la gente.
Podemos comprender que estas palabras del Maestro, que no quiere realizar cada día una multiplicación de los panes, que no quiere ofrecer a Israel un poder de este mundo, resultaran realmente difíciles, es más inaceptables, para la gente. «Da su carne»: ¿qué quiere decir esto? Incluso para los discípulos parece algo inaceptable lo que Jesús dice en este momento. Para nuestro corazón, para nuestra mentalidad, era y es algo «duro», que pone a prueba la fe (Cf. Juan 6, 60). Muchos de los discípulos se echaron atrás. Buscaban a alguien que renovara realmente el Estado de Israel, su pueblo, y no a uno que dijera: «Doy mi carne». Podemos imaginar que las palabras de Jesús fueran difíciles incluso para Pedro, que en Cesarea de Filipo se había opuesto a la profecía de la cruz. Y sin embargo, cuando Jesús preguntó a los doce: «¿Queréis iros también vosotros?», Pedro reaccionó con el empuje de su corazón generoso, guiado por el Espíritu Santo. En nombre de todos, respondió con palabras inmortales, que son también palabras nuestras: « Señor, ¿donde quién vamos a ir? Tú tienes palabras de vida eterna, y nosotros creemos y sabemos que tú eres el Santo de Dios» (Cf. Juan 6, 66-69)
Aquí, al igual que en Cesarea, con sus palabras, Pedro comienza la confesión de fe cristológica de la Iglesia y se convierte en voz también de los demás apóstoles y de los no creyentes de todos los tiempos. Esto no quiere decir que ya había comprendido el misterio de Cristo en toda su profundidad. Su fe era todavía inicial, una fe en camino; sólo llegaría a su verdadera plenitud a través de los acontecimientos pascuales. Si embargo, ya era fe, abierta a la realidad más grande --abierta sobre todo porque no era fe en algo, era fe en Alguien: en Él, en Cristo--. De este modo, también nuestra fe es siempre una fe inicial y tenemos que recorrer todavía un gran camino. Pero es esencial que sea una fe abierta y que nos dejemos guiar por Jesús, pues Él no sólo conoce el Camino, sino que es el Camino.
La generosidad impetuosa de Pedro no le libra, sin embargo, de los peligros ligados a la debilidad humana. Es lo que también nosotros podemos reconocer basándonos en nuestra vida. Pedro siguió a Jesús con empuje, superó la prueba de la fe, abandonándose en él. Llega sin embargo el momento en que también él cede al miedo y cae: traiciona al Maestro (Cf. Marcos 14, 66-72). La escuela de la fe no es una marcha triunfal, sino un camino salpicado de sufrimientos y de amor, de pruebas y fidelidad que hay que renovar todos los días. Pedro, que había prometido fe absoluta, experimenta la amargura y la humillación del que reniega: el orgulloso aprende, a costa suya, la humildad. También Pedro tiene que aprender que es débil y que necesita perdón. Cuando finalmente se le cae la máscara y entiende la verdad de su corazón débil de pecador creyente, estalla en un llanto de arrepentimiento liberador. Tras este llanto ya está listo para su misión.
En una mañana de primavera, esta misión le será confiada por Jesús resucitado. El encuentro tendrá lugar en las orillas del lago de Tiberíades. El evangelista Juan nos narra el diálogo que en aquella circunstancia tuvo lugar entre Jesús y Pedro. Se puede constatar un juego de verbos muy significativo. En griego, el verbo filéo expresa el amor de amistad, terno pero no total, mientras que el verbo agapáo significa el amor sin reservas, total e incondicional. La primera vez, Jesús le pregunta a Pedro: «Simón…, ¿me amas más que éstos (agapâs-me)?», ¿con ese amor total e incondicional? (Cf. Juan 21, 15). Antes de la experiencia de la traición, el apóstol ciertamente habría dicho: «Te amo (agapô-se) incondicionalmente». Ahora que ha experimentado la amarga tristeza de la infidelidad, el drama de su propia debilidad, dice con humildad: «Señor, te quiero (filô-se)», es decir, «te amo con mi pobre amor humano». Cristo insiste: «Simón, ¿me amas con este amor total que yo quiero?». Y Pedro repite la respuesta de su humilde amor humano: «Kyrie, filô-se», «Señor, te quiero como sé querer». A la tercera vez, Jesús sólo le dice a Simón: «Fileîs-me?», «¿me quieres?». Simón comprende que a Jesús le es suficiente su amor pobre, el único del que es capaz, y sin embargo está triste por el hecho de que el Señor se lo haya tenido que decir de ese modo. Por eso le responde: «Señor, tú lo sabes todo, tu sabes que te quiero (filô-se)». ¡Parecería que Jesús se ha adaptado a Pedro, en vez de que Pedro se adaptará a Jesús! Precisamente esta adaptación divina da esperanza al discípulo, que ha experimentado el sufrimiento de la infidelidad. De aquí nace la confianza, que le hace ser capaz de seguirle hasta el final: «Con esto indicaba la clase de muerte con que iba a glorificar a Dios. Dicho esto, añadió: "Sígueme"» (Juan 21, 19).
Desde aquel día, Pedro «siguió» al Maestro con la conciencia precisa de su propia fragilidad; pero esta conciencia no le desalentó. Él sabía, de hecho, que podía contar a su lado con la presencia del Resucitado. De los ingenuos entusiasmos de la adhesión inicial, pasando a través de la experiencia dolorosa de la negación y del llanto de la conversión, Pedro llegó a fiarse de ese Jesús que se adaptó a su pobre capacidad de amor. Y nos muestra también a nosotros el camino, a pesar de toda nuestra debilidad. Sabemos que Jesús se adapta a esta debilidad nuestra. Nosotros le seguimos, con nuestra pobre capacidad de amor y sabemos que Jesús es bueno y nos acepta. Pedro tuvo que recorrer un largo camino para convertirse en testigo seguro, en «piedra» de la Iglesia, al quedar constantemente abierto a la acción del Espíritu de Jesús. Pedro mismo se presentará como «testigo de los sufrimientos de Cristo y partícipe de la gloria que está para manifestarse (1 Pedro 5, 1). Cuando escribe estas palabras ya es anciano, abocado a la conclusión de su vida, que sellará con el martirio. Será capaz, entonces, de describir la alegría verdadera y de indicar dónde puede encontrarse: el manantial es Cristo, en quien creemos y a quien amamos con nuestra fe débil pero sincera, a pesar de nuestra fragilidad. Por ello, escribirá a los cristianos de su comunidad estas palabras que también nos dirige a nosotros: «Le amáis sin haberle visto; creéis en él, aunque de momento no le veáis, rebosando de alegría inefable y gloriosa; y alcanzáis la meta de vuestra fe, la salvación de las almas» (1 Pedro 1, 8-9).
Resumen: Pedro, así como los otros apóstoles, tuvo que recorrer un camino lento, no exento de dificultades, para seguir al Maestro. Con su respuesta de fe superó la prueba que la predicación de Cristo sobre la Eucaristía supuso para muchos de los discípulos. Sin duda la suya era una fe inicial, que llegaría a su plenitud en el momento de la Pascua. Sin embargo, el camino de la fe está lleno de sufrimientos y de amor, de pruebas y de fidelidades. Incluso Pedro llegó a conocer la amargura y la humillación de la negación, llegando a la conversión a través del arrepentimiento.
Junto al lago de Tiberíades Pedro descubre cómo Cristo resucitado se adapta a su pobre capacidad de amar y cómo podrá contar siempre con su presencia. De esto nace la esperanza y la confianza que le permitirán seguirlo hasta el final de su vida, que sellará con el martirio. Y así, él será capaz de describir la verdadera alegría e indicar la fuente dónde se puede conseguir, que es Cristo, creído y amado.
Audiencia General del Miércoles 7 de junio de 2006
Pedro, la roca sobre la que Cristo fundó la Iglesia
Reanudamos las catequesis semanales que hemos comenzado en esta primavera. En la última de hace quince días había hablado de Pedro como el primer apóstol; hoy queremos volver una vez más sobre esta grande e importante figura de la Iglesia. El evangelista Juan, al narrar el primer encuentro de Jesús con Simón, hermano de Andrés, constata un dato singular: «Jesús, fijando su mirada en él, le dijo: "Tú eres Simón, el hijo de Juan; tú te llamarás Cefas", que quiere decir, "Piedra"» (Juan 1, 42). Jesús no acostumbraba a cambiar el nombre de sus discípulos. A excepción del apelativo de «hijos del trueno», dirigido en una circunstancia precisa a los hijos de Zebedeo (Cf. Marcos 3, 17), y que después no utilizará, nunca atribuyó un nuevo nombre a uno de sus discípulos. Lo hizo sin embargo con Simón, llamándole Cefas, nombre que después fue traducido en griego como «Petros», en latín «Petrus». Y fue traducido precisamente porque no sólo era un nombre; era un «mandato» que Petrus recibía de ese modo del Señor. El nuevo nombre «Petrus» volverá en varias ocasiones en los Evangelios y acabará sustituyendo a su nombre original, Simón.
Este dato alcanza particular importancia si se tiene en cuenta que, en el Antiguo Testamento, el cambio de nombre anunciaba en general la entrega de una misión (Cf. Génesis 17,5; 32,28 siguientes, etc.). De hecho, la voluntad de Cristo de atribuir a Pedro un especial relieve dentro del colegio apostólico se manifiesta con numerosos indicios: en Cafarnaúm el Maestro se aloja en la casa de Pedro (Marcos 1, 29); cuando la muchedumbre se agolpa en la orilla del lago de Genesaret, entre las dos barcas amarradas, Jesús escoge la de Simón (Lucas 5, 3); cuando en circunstancias particulares Jesús sólo se queda en compañía de tres discípulos, Pedro siempre es recordado como el primero del grupo: así sucede en la resurrección de la hija de Jairo (Cf. Marcos 5, 37; Lucas 8,51), en la Transfiguración (Cf. Marcos 9, 2; Mateo 17, 1; Lucas 9, 28), y por último durante la agonía en el Huerto de Getsemaní (Cf. Marcos 14, 33; Mateo 16, 37). A Pedro se dirigen los recaudadores del impuesto para el Templo y el Maestro paga por él y por Pedro y nada más que por él (Cf. Mateo 17, 24-27); fue el primero a quien lavó los pies en la última Cena (Cf. Juan 13, 6) y sólo reza por él para que no desfallezca en la fe y pueda confirmar después en ella a los demás discípulos (Cf. Lucas 22, 30-31).
Por otra parte, el mismo Pedro es consciente de esta posición particular que tiene: es él quién habla a menudo, en nombre de los demás, pidiendo explicaciones ante una parábola difícil (Mateo 15, 15), o para preguntar el sentido exacto de un precepto (Cf. Mateo 18, 21) o la promesa formal de una recompensa (Mateo 19, 27). En particular, es él quien supera el empacho de ciertas situaciones interviniendo en nombre de todos. De este modo, cuando Jesús, dolido por la incomprensión de la muchedumbre tras el discurso sobre el «pan de vida», pregunta: «También vosotros queréis marcharos? », la respuesta de Pedro es perentoria: «Señor, ¿donde quién vamos a ir? Tú tienes palabras de vida eterna» (Mateo 16, 15-15). Jesús pronuncia entonces la declaración solemne que define, de una vez por todas, el papel de Pedro en la Iglesia: «Y yo a mi vez te digo que tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y las puertas del Hades no prevalecerán contra ella. A ti te daré las llaves del Reino de los Cielos; y lo que ates en la tierra quedará atado en los cielos, y lo que desates en la tierra quedará desatado en los cielos» (Mateo 16, 18-19). Las tres metáforas a las que recurre Jesús son en sí muy claras: Pedro será el cimiento de roca sobre el que basará el edificio de la Iglesia; tendrá las llaves del Reino de los cielos para abrir y cerrar a quien le parezca justo; por último, podrá atar o desatar, es decir, podrá establecer o prohibir lo que considere necesario para la vida de la Iglesia, que es y seguirá siendo de Cristo. Es siempre la Iglesia de Cristo y no de Pedro. Describe con imágenes plásticas lo que la reflexión sucesiva calificará con el término «primado de jurisdicción».
Esta posición preeminente que Jesús quiso entregar a Pedro se constata también después de la resurrección: Jesús encarga a las mujeres que lleven el anuncio a Pedro, distinguiéndole entre los demás apóstoles (Cf. Marcos 16, 7); acude corriendo a él y a Juan la Magdalena para informar que la piedra ha sido removida de la entrada del sepulcro (Cf. Juan 20, 2) y Juan le cederá el paso cuando los dos lleguen ante la tumba vacía (Cf. Juan 20,4-6); Pedro será después, entre los apóstoles, el primer testigo de la aparición del Resucitado (Cf. Lucas 24, 34; 1 Corintios 15, 5). Este papel, subrayado con decisión (Cf. Juan 20, 3-10), marca la continuidad entre su preeminencia en el grupo de los apóstoles y la preeminencia que seguirá teniendo en la comunidad nacida con los acontecimientos pascuales, como atestigua el libro de los Hechos de los Apóstoles (Cf. 1,15-26; 2,14-40; 3,12-26; 4,8-12; 5,1-11.29; 8,14-17; 10; etcétera). Su comportamiento es considerado tan decisivo que es objeto de observaciones y también de críticas (Cf. Hechos 11,1-18; Gálatas 2, 11-14). En el así llamado Concilio de Jerusalén, Pedro desempeña una función directiva (Cf. Hechos 15 y Gálatas 2, 1-10), y precisamente por el hecho de ser el testigo de la fe auténtica, el mismo Pablo reconocerá en él un papel de «primero» (Cf. 1 Corintios 15,5; Gálatas 1, 18; 2,7 siguientes; etcétera). Además, el hecho de que varios de los textos claves referidos a Pedro puedan ser enmarcados en el contexto de la Última Cena, en la que Cristo confiere a Pedro el ministerio de confirmar a los hermanos (Cf. Lucas 22,31 siguientes), muestra cómo la Iglesia, que nace del memorial pascual celebrado en la Eucaristía, tiene en el ministerio confiado a Pedro uno de sus elementos constitutivos.
Este contexto del Primado de Pedro en la Última Cena, en el momento de la institución de la Eucaristía, Pascua del Señor, indica también el sentido último de este Primado: para todos los tiempos: Pedro tiene que ser el custodio de la comunión con Cristo; tiene que guiar en la comunión con Cristo de modo que la red no se rompa, sino que sostenga la gran comunión universal. Sólo juntos podemos estar con Cristo, que es el Señor de todos. La responsabilidad de Pedro consiste en garantizar así la comunión con Cristo con la caridad de Cristo, guiando a la realización de esta caridad en la vida de todos los días. Recemos para que el primado de Pedro, confiado a pobres seres humanos, sea siempre ejercido en este sentido original deseado por el Señor y para que lo puedan reconocer cada vez más en su significado verdadero los hermanos que todavía no están en comunión con nosotros.
Resumen: San Juan evangelista, al narrar el primer encuentro de Jesús con Simón, hermano de Andrés, «se le quedó mirando y le dijo: "Tú eres Simón, el hijo de Juan; tú te llamarás Cefas (que significa Pedro)"». Este cambio de nombre significa la nueva misión que se le confiaría después dentro del Colegio apostólico.
En el Evangelio hemos escuchado cómo Jesús, al preguntar a sus discípulos, Pedro responde en su nombre: «Tú eres el Mesías, el hijo de Dios vivo». Ante esta confesión de fe, Jesús define el papel de Pedro: «Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia... Te daré las llaves del Reino de los Cielos; lo que ates en la tierra, quedará atado en el cielo, y lo que desates en la tierra, quedará desatado en el cielo». Estas tres metáforas, «piedra», «llaves», «atar y desatar», son muy claras y pueden considerarse la expresión de lo que después se llamaría el «primado de jurisdicción». Esto refleja el papel preeminente que Pedro tuvo en la primera comunidad cristiana, como se narra en los Hechos de los Apóstoles.
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