La encÍclica “Caritas in veritate”

EN HUMANITAS 55


 

El 29 de junio de 2009, Solemnidad de San Pedro y San Pablo, el Papa Benedicto XVI ha dado a conocer la tercera encíclica de su pontificado con el título Caritas in veritate. Se trata de un homenaje, a la vez que de una actualización, de la encíclica Populorum progressio de Pablo VI, a poco más de cuarenta años de su publicación, la que, a juicio del pontífice, “merece ser considerada como la Rerum novarum de la época contemporánea, que ilumina el camino de la humanidad en vías de unificación” (n.8).
Efectivamente, la característica histórica más importante de los tiempos actuales que la nueva encíclica pone como telón de fondo de su reflexión es la creciente unificación del mundo, la cual Pablo VI había intuido ya en sus rasgos esenciales, pero que ahora se muestra en toda su fuerza y evidencia en medio de la crisis financiera internacional, de consecuencias aún difíciles de prever en el desarrollo y bienestar de los pueblos. Pero lejos de considerarla como una amenaza, el Papa Benedicto la considera más bien una oportunidad para avanzar en la construcción de aquella “civilización del amor” que Pablo VI había propuesto al mundo como respuesta a la creciente interdependencia económica, tecnológica, política, social y cultural. La condición para que ello sea posible, piensa el Papa, es que no se considere el dinamismo globalizador como el resultado de mecanismos impersonales y tecnológicos frente a los cuales el ser humano nada puede hacer, sino que las personas reaviven su conciencia sobre la responsabilidad moral que caracteriza a todos los actos de la libertad humana, cualquiera sea el ámbito específico en que ejerza su actividad. Así, mientras señala que en la época de Pablo VI su exhortación iba dirigida fundamentalmente a las autoridades públicas, ahora es necesario ampliar esta conciencia a todos los sujetos partícipes de la vida social, estén o no revestidos de poderes públicos, incluyendo ciertamente a quienes tienen esta autoridad.
Siguiendo a Juan Pablo II, quien en Centesimus annus había ya advertido sobre la necesidad de superar la dicotomía Estado-mercado, poniendo los ojos sobre la sociedad civil y sus cuerpos intermedios, Benedicto XVI recalca la complejidad creciente que ha adquirido la vida social, tanto a nivel nacional como internacional, con el protagonismo de empresas pequeñas, medianas y transnacionales, con y sin fines de lucro, de organizaciones de cooperación y de solidaridad que desarrollan una economía de comunión y una amplia gama de organismos de variado tipo que no sólo demandan para sí mismas el ejercicio de ciertos derechos sociales, sino que velan también por la justa distribución de las responsabilidades. Un ejemplo destacado, entre muchos otros, por la nueva encíclica es la así llamada “responsabilidad social empresarial” que busca orientar la responsabilidad de la gestión de las empresas no sólo frente a sus propietarios, sino también frente a sus trabajadores, a sus clientes, a la comunidad local en que está inserta y también, no menos importante, frente a la naturaleza y la preservación de sus recursos. Llama la atención la amplitud de la mirada del Papa, quien invita a superar todo tipo de esquematismos con los que habitualmente se busca simplificar la realidad hasta su caricatura. Él, en cambio, está consciente de la enorme riqueza cultural y social que ha puesto en evidencia y, a la vez, ha potenciado la globalización, lo que exige un discernimiento más fino y complejo que antaño para promover siempre el desarrollo, la solidaridad y la paz entre las naciones.
Interpreta el Papa que la Populorum progressio “nos ha querido decir, ante todo, que el progreso, en su fuente y en su esencia, es una vocación”. Y agrega: “Decir que el desarrollo es vocación equivale a reconocer, por un lado, que es incapaz de darse su significado último por sí mismo” (n.16). Pero, por otro, “la vocación es una llamada que requiere una respuesta libre y responsable. El desarrollo humano integral supone la libertad responsable de la persona y los pueblos: ninguna estructura puede garantizar dicho desarrollo desde fuera y por encima de la responsabilidad humana” (n.17). Por ello, sostiene también que no podemos sustituir las ideologías del pasado por la tecnología (n.70) puesto que “el desarrollo de la persona se degrada cuando ésta pretende ser la única creadora de sí misma. De modo análogo, también el desarrollo de los pueblos se degrada cuando la humanidad piensa que puede recrearse utilizando los ‘prodigios’ de la tecnología… Ante esta pretensión prometeica, hemos de fortalecer el aprecio por una libertad no arbitraria, sino verdaderamente humanizada por el reconocimiento del bien que la precede” (n.68).
Por lo dicho, puede señalarse que el nombre escogido para esta encíclica es su verdadera clave de lectura y comprensión: “La caridad en la verdad”. Se trata de una “fuerza que tiene su origen en Dios, Amor eterno y Verdad absoluta. Cada uno encuentra su propio bien asumiendo el proyecto que Dios tiene sobre él, para realizarlo plenamente: en efecto, encuentra en dicho proyecto su verdad y, aceptando esta verdad, se hace libre” (n.1). La caridad y la verdad son un don de Dios que al ser humano sólo cabe aceptar para su propio desarrollo. Por ello, justamente, Pablo VI lo definía como vocación. Pero el Papa Benedicto dice estar “consciente de las desviaciones y la pérdida de sentido que ha sufrido y sufre la caridad, con el consiguiente riesgo de ser mal entendida, o excluida de la ética vivida y, en cualquier caso, de impedir su correcta valoración. En el ámbito social, jurídico, cultural, político y económico, es decir, en los contextos más expuestos a dicho peligro, se afirma fácilmente su irrelevancia para interpretar y orientar las responsabilidades morales. De aquí la necesidad de unir no sólo la caridad con la verdad, en el sentido señalado por San Pablo de la “veritas in caritate” (Ef 4,15), sino también en el sentido, inverso y complementario, de “caritas in veritate” (n.2).
Así, aunque el tema de esta encíclica tiene la novedad del acento en la dimensión social del magisterio, su clave de lectura y comprensión de la vida humana y social es la misma de las dos encíclicas anteriores del actual pontífice, como la de todo su magisterio, la que deriva de las virtudes teologales de la fe, la esperanza y la caridad.