Presentación en el Salón de Honor de la Pontificia Universidad Católica de Chile. 24 de Marzo de 2009
1. La Iglesia espera de sus Universidades que den un testimonio de excelencia
Los cristianos no son más necios que los demás. La Universidad católica se dedica a demostrarlo. De la misma forma que, en todo el mundo, incluídos los países de mayoría musulmana o budista, las escuelas católicas gozan de una excelente reputación, a pesar de la habitual carencia de medios materiales, especialmente económicos, también las Universidades deben adquirir la mejor reputación posible. Esta idea me lleva a precisar los siguientes puntos:
- La facultad de teología (pero también, cada vez que sea posible, la facultad de filosofía, por las razones anteriormente mencionadas) constituye el corazón de una Universidad católica. Le corresponde formar clérigos, pero también laicos llamados a jugar un papel importante en la Iglesia y en la sociedad. Se espera, por tanto, que la facultad de teología ponga a disposición de todos los estudiantes que frecuentan la Universidad una enseñanza de calidad apoyándose en la antropología, la moral y la doctrina social de la Iglesia y, en general, en la cultura cristiana.
- La Universidad católica no es una Universidad eclesiástica, quiero decir con esto que no se reduce a la simple enseñanza de materias eclesiásticas. Su expansión es amplia: permite a la Iglesia de participar, en manera positiva, en la construcción de la cultura social. Es misión de la Iglesia estar presente en la cultura de la sociedad, no según una forma pasiva e “indolente”, sino audaz e innovadora. Por esta razón, la Universidad católica, valora la enseñanza de materias denominadas profanas. En cierta forma, la “nueva evangelización”, de la cual el Papa Juan Pablo II decía que se jugaba, en primer lugar, en la cultura, hace de la Universidad un lugar privilegiado. Este punto vale, también, evidentemente, para aquellos que trabajan en las Universidades públicas.
- Excelencia de las enseñanzas escogidas en función de sus grados, de su competencia profesional y de su compromiso al servicio de la verdad y del humanismo cristiano. Ello implica una visión unitaria del saber. Se insiste hoy, a menudo, en el diálogo interdisciplinar como remedio a la atomización de los saberes. «Cuanto es urgente, dice Benedicto XVI, redescubrir la unidad del conocimiento y frenar las tendencias a la fragmentación y a la falta de comunicación, algo que es muy frecuente en nuestras escuelas! Es necesario un esfuerzo por reconciliar la dinámica de la especialización con la necesidad de salvaguardar la unidad del conocimiento» . El humanismo que preconizamos, no sería, por otra parte, un alinearse con una visión positivista, o incluso, escéptica del hombre. En repetidas ocasiones, el cardenal Ratzinger ha puesto en guardia contra la “dictadura del relativismo”. Este ponernos en guardia debe ser tomado con la mayor seriedad por nuestras Universidades católicas.
- Excelencia de los estudiantes. Precisamos que esta excelencia no significa, en ningún caso, que sólo los jóvenes llegados de ciertos ambientes sociales y beneficiados de una cierta solvencia material deberían frecuentar nuestras Universidades. Es el orgullo de nuestros centros acoger a aquellos que se presentan y dedicarse, de forma particular, a la formación de jóvenes con dificultades o de aquellos con más carencias. Miremos la realidad cara a cara: el joven que entra hoy en una Universidad, no llega, la mayoría de las veces, animado por una motivación de orden religioso o espiritual, sino por preocupaciones de tipo utilitarias, de orden profesional. Estas últimas son legítimas, está claro, pero son una amenaza que les puede hacer olvidar, como hemos visto precedentemente, que la razón no se reduce a este uso pragmático. Corresponde a nuestras Universidades despertar a esta “razón abierta” de la que hemos hablado y, en consecuencia, abrir al humanismo cristiano todas las materias enseñadas. Tal humanismo no se presenta como una simple opción para los enseñantes o para los estudiantes, sino como una ardiente obligación. Después de todo, nadie obliga a un profesor a enseñar en una Universidad católica; tampoco, nadie obliga a un joven a inscribirse en una Universidad católica: hacerlo corresponde a firmar un acuerdo de orden moral, según el cual unos y otros se comprometen en esta perspectiva.
2. La Iglesia espera de sus Universidades un testimonio de comunidad educativa
El hombre contemporáneo sufre un individualismo deshumanizador. Esta carencia afecta a todas las dimensiones de la vida social; se verifica, singularmente, en la Universidad que conoce desde hace unas dos o tres décadas una verdadera explosión cuantitativa. Según parece se han creado en el último cuarto de siglo más universidades que en todo el período que va desde el nacimiento de la primera, la de Bolonia, hace 900 años, hasta la fecha. Explosión, también, de materias enseñadas y de especialidades. Explosión de efectivos! Ahora bien, todo esto ha ido acompañado de un aislamiento. El mayor acceso a los estudios superiores, del cual nos podemos alegrar, ha venido acompañado, al mismo tiempo, de un padecimiento, el de la masificación y el anonimato. A la fragmentación del saber se añade, pues, el desmembramiento de las relaciones.
El nuevo humanismo al cual nos invita el Evangelio debe, por tanto, situar en primer lugar de sus preocupaciones:
- El acompañamiento personalizado de sus estudiantes. Esto debería ser como una marca de fábrica de nuestras Universidades católicas. En numerosas Univesidades públicas – no en todas – la enseñanza se dispensa de manera fría y administrativa, marcada por una distancia entre estudiantes y profesores. Los docentes de nuestros centros no deberían simplemente considerarse en regla con su contrato profesional cuando desarrollan sus cursos y sus investigaciones: se les pide de hacerse, por usar una expresión de San Pablo, particularmente oportuna aquí, «todo con todos». Al inscribirse en nuestros centros, el estudiante no entra sólo en un establecimiento, sino en una familia donde cada miembro cuenta. Yo sueño con un proyecto educativo propio para cada una de nuestras Universidades, donde el seguimiento personalizado de todos los estudiantes sea escrito negro sobre blanco, algo que por otra parte se convertiría en un argumento significativo a nuestro favor frente a la inevitable competencia con el resto de las Universidades. Recordábamos más arriba que, para el Papa, la verdad no puede caminar sin el amor. Para un cristiano, la Universidad es, al mismo tiempo, un lugar de búsqueda y transmisión de la verdad y un lugar de encuentro. En este nuevo humanismo, se debe realizar una configuración inédita de las relaciones entre profesores y estudiantes.
- El aprendizaje de la vida social. La Universidad prepara al estudiante a ser un ciudadano. «Es en la Universidad donde se hace el aprendizaje de la ciudadanía en general, escribía el historiador francés René Rémond, muerto recientemente. Si no se hace allí, es escasa la probabilidad de que se convierta más tarde, como adulto, en un ciudadano de pleno derecho». En este descubrimiento de la vida política y asociativa, el modelo de comportamiento corre el riesgo de alinearse sobre aquel del usuario y del consumidor y, en el caso de decepción, sobre el modelo del reivindicador. El cristiano recuerda que existe una dimensión de gratuidad no sólo en el dominio del saber, sino también en el de las relaciones humanas.
3. La Iglesia espera de sus Universidades un testimonio de fe
A nuestras Universidades, abiertas a todos, no se les puede pedir un testimonio de fe unánime de parte de los estudiantes y de todos los enseñantes. Los textos de la Santa Sede autentifican esta diversidad, con la condición de que sea legítima. Sin embargo, nuestra Iglesia nutre esperanzas muy precisas en lo que concierne al testimonio de la fe.
- En primer lugar, la Iglesia desea que hayan en el seno de las Universidades, sean católicas o públicas, centros de confesión de la fe, que impliquen a los enseñantes y a los estudiantes. Este papel le pertenece a las diversas capellanías universitarias. Por cierto, se me permita manifestarles aquí nuestra profunda estima y profesarles nuestro aliento. Estas capellanías aseguran las celebraciones, la práctica sacramental y un anuncio explícito de la fe. Me vendría, a menudo, de decir que una Universidad sin capilla central, visible, accesible a todos y animada por la oración cotidiana, no podría llamarse católica.
- La Iglesia está en su derecho de esperar de parte de los responsables de la Universidad católica un testimonio personal de compromiso en la vida eclesial. Aceptando su cargo, un rector o un docente, aceptan de participar, en la Universidad o en el lugar que se encuentren, en la pastoral de la Iglesia.
- De la misma manera que la Iglesia espera que se empleen criterios rigurosos de competencia profesional durante la selección de los enseñantes, ella espera, de los mismos enseñantes, al menos lo que yo llamaría un prejuicio de benevolencia hacia sus propias instituciones y el conjunto de la cultura cristiana. Obligado a un deber de reserva de naturaleza deontológica, un enseñante que utilizase su cátedra para destilar un espíritu crítico despreciativo hacia la fe y la moral católicas no encontraría su sitio en el centro.
- En definitiva, de una manera más general, la Iglesia espera de sus Universidades que estimulen el dar razón de la cultura cristiana y que la hagan presente de manera activa e ingeniosa en la construcción de la cultura del país.
Algunos habrán notado, con toda seguridad, que si bien yo me he inspirado constantemente en la Constitución Apostólica Ex corde Ecclesiae a lo largo de estas conclusiones, no la he citado nunca explícitamente. Ha sido a propósito. El 15 (quince) de agosto del próximo año, se festejará sus veinte años, ya que fue promulgada en 1990. Veinte años: es casi el espacio de una generación. En este tiempo, muchas cosas han evolucionado, y cambiado incluso. Se ha abierto paso entre nosotros la idea de proceder a una actualización de este texto fundamental. No esperen que yo me arriesgue a avanzar unos plazos: la manera de medir el tiempo no es la misma en Roma que en otras partes. En cambio, desearía hacer desde ahora una propuesta concreta. Esta actualización debe proceder de una colaboración entre las Universidades y nuestra Congregación. Lanzo, pues, una llamada a las ideas y a las propuestas de todos Ustedes. Lanzo una llamada para que las grandes zonas lingüísticas se impliquen en este gran esfuerzo, con la participación activa de cuatro o cinco de sus respectivos expertos.
A los participantes en el Encuentro de Rectores y Docentes de las Universidades Europeas, 23 de junio de 2007.