|
Nos convoca a este concurrido acto la presentación del número 51 de Revista HUMANITAS, cuyas páginas recogen una confluencia de temas importantes relacionados con efemérides que se entrelazan en palpitante actualidad. Baste por una parte mencionar la revolución estudiantil de mayo del 68 y sus inmensas consecuencias en la cultura de nuestro tiempo; o bien por otra la encíclica Humanae vitae (HV) proclamada por el Papa Pablo VI hace también 40 años (25 de julio 1968). Y a su vez medir bien -como oportunamente lo ha recordado en estos días el profesor Seifert- el verdadero alcance de lo que afirmó a propósito de ésta encíclica el papa Juan Pablo II, de feliz memoria: aceptar o rechazar la HV no es cuestión baladí, pues una y otra actitud entrañan antropologías filosóficas radicalmente opuestas.
Agradecemos muy particularmente a Monseñor Fernando Chomali que en su calidad de miembro de Consejo de Consultores y Colaboradores de Revista HUMANITAS, haya generosamente aceptado la invitación para venir esta tarde a ilustrarnos sobre este documento que se convirtió en un gran “signo de contradicción”, más quizá que ningún otro en la historia reciente del Magisterio, como lo señaló Benedicto XVI.
¿Cuál era el entorno cultural en ese mundo en que Pablo VI debió pronunciarse sobre tan decisiva materia?
Con una mirada retrospectiva, a veinte años de ese convulsivo año 1968, así lo apreciaba el entonces Cardenal Ratzinger, hoy Benedicto XVI, en una entrevista con El Mercurio, antes de su viaje a Chile, ocurrido en julio de 1988:
“El mes de mayo francés en 1968 fue sólo la intensificación de un movimiento a nivel mundial, en el cual las fuerzas religiosas se volcaron tempestuosamente hacia lo terrenal, uniéndose con la profecía marxista del paraíso factible, en una nueva praxis. Mayo de 1968 fue una explosión de cólera hacia el mundo establecido y hacia la imagen proyectada entonces por la religión. Al mismo tiempo, fue el inicio de una confianza enfática en que el abrazo entre el marxismo y las fuerzas con esperanza en una religión mundanizada, haría surgir un nuevo mundo de hermandad, el Reino de Dios. Se llegó a una politización radical de la religión y a una correspondiente ideologización radical de la política, puesto que la religión politizada es ideología. El impulso vital de entonces terminó en colapso debido a los subsecuentes desengaños. Los propios regímenes marxistas hubieron de reconocer la fragilidad de su ideología y refugiarse cada vez más en métodos pragmáticos, lisa y llanamente en aras de su propia subsistencia”.
Puede entenderse bien en dicho contexto, la soledad y el sufrimiento vividos por Pablo VI al momento de discernir acerca de la necesidad de este “sufrido documento de nuestro pontificado”, como dijo evocando la HV en su décimo aniversario (1978). No sólo sufrido por lo grave y delicado del argumento que debía tratar, sino que además, debemos recordarlo con él, por el desarrollo de un falso clima de expectativa al interior de la Iglesia –en íntima consonancia con el ambiente cultural ya descrito de ese año 1968- según el cual este documento daría curso a cambios y liberalizaciones en la doctrina moral y matrimonial de la Iglesia.
Pero la Iglesia, como dirá en el número 18 de la encíclica, no ha sido la autora de estas normas, ni puede ser su árbitro, sino sólo su depositaria e intérprete, y no le cabe declarar lícito “lo que no lo es por su íntima e inmutable oposición al verdadero bien del hombre”. A semejanza de su Fundador, la nave de Pedro se aprestaba entonces, dice Pablo VI, a ser “signo de contradicción” y a defender con humilde firmeza la moral conyugal en su integridad, sabiendo que contribuye así a una civilización verdaderamente humana.
Esta defensa radica, como sabemos, en sostener la inseparabilidad del significado unitivo y procreador de la unión conyugal. No separar sexualidad, matrimonio y procreación constituía el eje del argumento para salvar del abismo la visón buena y verdadera de la familia. Para medir su importancia, considérese cuánto esa escisión es causa de la universal confusión actual respecto de lo que es o no es familia y matrimonio –reclamado hoy como derecho incluso por personas del mismo sexo- y mídase así el peso realmente profético de la solitaria voz elevada entonces por Pablo VI.
Con razón el conocido historiador francés Georges Duby juzga que lo que sucede hoy al interior del sistema conyugal es el mayor trastorno social que registra la historia humana en 20 siglos –mucho mayor que la Revolución Francesa, tan bien conocida por él- siendo incomparable con cualquier otra situación de la historia, el impacto de lo que observamos en cuanto distorsión de la idea de matrimonio, en el plano de las creencias y de las costumbres de nuestro tiempo.
Muchos ángulos de verdadero profetismo ofrece sin duda la HV. Véase nada más esta advertencia que nos toca de manera tan actual y tan de cerca. Dice Pablo VI: “Reflexiónese también sobre el arma peligrosa que de este modo (se refiere a los métodos anticonceptivos, en particular a la píldora) se llegaría a poner en las manos de autoridades públicas despreocupadas de exigencias morales. (...) ¿Quién impediría a los gobernantes favorecer y hasta imponer a sus pueblos, si lo consideran necesario, el método anticonceptivo que ellos juzgaren más eficaz?” Se llegaría así a “dejar a merced de la intervención de las autoridades públicas el sector más personal y más reservado de la intimidad conyugal”, concluye el punto 17 de la encíclica HV.
Podemos a este propósito preguntarnos legítimamente –pregunta que ha formulado y desarrollado con claridad y valentía frente a los graves desafíos que plantea esta realidad en España, su Cardenal primado, a quien recibiremos aquí mañana- si no resuena también en nuestros oídos la actualidad de ese juicio tan claro formulado por la Veritatis splendor de Juan Pablo II: “La raíz del totalitarismo moderno hay que verla en la negación de la dignidad trascendente de la persona humana”. Totalitarismo sofisticado éste sin duda, no perceptible de modo inmediato, incluso en sociedades que han hecho de la neutralidad del Estado un símbolo de la libertad para todos. Pero en definitiva auténtico y real, si acaso la neutralidad del Estado significa de algún modo separar la justicia de la verdad del hombre, pues se hace así inevitable la violación de esa dignidad trascendente de la persona humana.
Coincide en las páginas de este número de HUMANITAS, donde se expresan estas realidades, el recuerdo y homenaje a esa gran figura de la Iglesia contemporánea y emblemático luchador por el derecho a la vida y por la familia -que hizo de la antropología de la HV un compromiso inclaudicable- y que fue el Cardenal Alfonso López Trujillo, Presidente por 18 años, y hasta el día de su muerte, del Consejo Pontificio para la Familia. Su amistad y tan constante y cercano apoyo a HUMANITAS se lo retribuimos con nuestras oraciones y se lo agradecemos una vez más públicamente.
Además de la conmemoración de HV y de la reflexión a que convida la perspectiva de estos 40 años transcurridos desde la revolución cultural de Mayo 68, este número de HUMANITAS aborda como tema prioritario –con el que se abren incluso sus páginas- la fundamental cuestión antropológica en torno a la cual gravitan los problemas educacionales modernos, no sólo en Chile por supuesto. Ya en la década de los 40 y de los 50, Maritain y Dawson, como se recuerda en el artículo editorial de este número, dijeron cosas que no podríamos dejar sin considerar. Su actualidad cobró redoblada fuerza luego de la crisis que afecta a la educación a partir del embate cultural del 68.
Dicho esto con relación al número que hoy se presenta, doy las gracias y dejamos la palabra a Monseñor Chomali, que es a quien hemos venido a escuchar.
JAIME ANTÚNEZ ALDUNATE
Director de Revista Humanitas
Pontificia Universidad Católica de Chile
|