Hoy se reconoce la importancia que reviste una
auténtica educación sexual. El
problema radica en la modalidad ofrecida, en los
contenidos y en la manera que ha de ser tenida en
cuenta la edad y el desarrollo de los niños
y los adolescentes que la reciben. Además, y
es otro tema que conviene afrontar, no se puede
dejar de lado la pregunta: ¿A quiénes
corresponde impartir tal educación: al
Estado, a los educadores, a la familia? Es preciso
reconocer que al respecto no hay propiamente
claridad y que entre muchos padres de familia,
incluso católicos, reina un cierto
desconcierto, a veces sobre sus derechos y
capacidad para cumplir esta tarea, y especialmente
en relación con la educación sexual
que se imparte en las escuelas y colegios, no
siempre por ellos conocida, y en el caso de que se
conozcan los métodos y contenidos, no
siempre por ellos acompañada o aceptada.
La cuestión de la educación sexual
reviste mayor complejidad debido a que, en cuanto a
los contenidos y la evaluación moral de los
mismos, media, en general, un abismo de diferencia,
entre la educación que brindan o hasta
imponen los gobiernos, a través de los
Ministerios de Educación o de Salud,
según las circunstancias, y la que la
Iglesia desearía, no sólo para sus
fieles, sino para todos los que la reciben. La
educación es expropiada de la
familia
[*].
Además, no habría razón para
ocultarlo, no son en muchos casos convergentes las
posiciones y las exigencias que provienen del
Magisterio de la Iglesia y las hipótesis que
ponen en circulación algunos
teólogos, por fortuna pocos. En
relación con ciertas posiciones
reñidas con la enseñanza de la
Iglesia suele haber más aproximación
con los contenidos y los métodos empleados
por quienes imparten un tipo de educación
sexual, más restringido a lo genial y al
riesgo de enfermedades sexualmente transmitidas, en
lo cual ponen el énfasis, dentro de una
tónica de permisividad que impresiona, que
con lo que las familias cristianas, con todo
derecho, esperan y desean para sus hijos.
El Pontificia Consejo para la Familia, desde hace
tiempo había sido interpelado por
innumerables padres de familia, movimientos
apostólicos, grupos, organizaciones,
preocupados por la confusión reinante, no
obstante un conjunto de esfuerzos válidos
emprendidos en numerosos casos por las Conferencias
Episcopales. Sin embargo, no son del todo
excepcionales los casos en los cuales las mismas
Conferencias Episcopales o algunos Obispos han sido
sorprendidos, literalmente asaltados en su buena
voluntad, cuando han visto cuál era el tipo
de educación sexual que se impartía
en sus propios países y Diócesis, y
en algunos casos incluso manipulando de alguna
manera el nombre de la Iglesia.
No siempre ha estado presente un deseo de atenta
información y un sano sentido crítico
cuando se han empezado a ensayar algunos textos o a
poner en acción algunos criterios y en el
diálogo con las mismas autoridades puede
haber ocurrido que no se hayan asesorado
convenientemente.
La respuesta, después de un trabajo paciente
de algunos años, es el documento intitulado
Sexualidad humana: Verdad y Significado, que
con fecha de 8 de diciembre de 1995 ha sido
publicado por nuestro Dicasterio, en un campo que
le es de su clara competencia. Naturalmente este
documento que ha sido muy bien recibido, en primer
lugar por quienes son estudiosos de estos temas y
por quienes están más comprometidos
en esta materia, y en un caudal impresionante, por
los padres de familia, no ha de ponerse en
contradicción sino en complementariedad con
otros documentos de la Santa Sede. Es una nota
peculiar a nuestro documento lo que se subraya en
el subtítulo:
Orientaciones educativas en
familia. Y esto ya muestra un derecho
fundamental que le asiste a la familia, como
comunidad primera responsable de la
educación de los hijos, de asumir su
específica responsabilidad, que no puede ser
delegable plenamente, en un campo tan fundamental,
que marca la existencia para toda la vida.
Conviene recordar algunos literales del
Artículo 5 de la
Carta de los Derechos de
la Familia, de la Santa Sede (del 22 de octubre
de 1983), documento que fue explícitamente
solicitado por el Sínodo de la Familia (de
1980), para ver cuál es la razón por
la cual el Pontificio Consejo para la Familia ha
emprendido la tarea de profundizar en este campo: “Por
el hecho de haber dado la vida a sus hijos, los
padres tienen el derecho originario e inalienable
de educarlos; por esta razón ellos deben ser
reconocidos como los primeros y principales
educadores de sus hijos”.
Después de subrayar que “los padres
tienen el derecho de educar a sus hijos conforme a
sus convicciones morales y religiosas...”
(Lit. a), la enseñanza se hace más
concreta en relación con la educación
sexual. Transcribamos todo el literal C: #Los
padres tienen el derecho de obtener que sus hijos
no sean obligados a seguir cursos que no
están de acuerdo con sus convicciones
morales y religiosas. En particular, la
educación sexual –
que es un derecho
básico de los padres- debe ser impartida
bajo su atenta guía, tanto en casa como en
los centros educativos elegidos y controlados por
ellos”. Ha de quedar bien en claro que no hay
oposición entre la educación sexual
en los colegios, sobre lo cual la
Congregación Para la Educación
Católica había publicado un
documento:
Orientaciones Educativas sobre el
amor humano (del 1 de noviembre de 1983), y el
documento nuestro. La educación sexual, bien
entendida, debe hacerse “bajo la atenta
guía”
de los padres, incluso
cuando es impartida en las escuelas. En
ningún caso la Iglesia puede resignarse a la
expropiación del Estado o de
Instituciones.
La Encíclica
Evangelium vitae retorna
sobre la importancia de la educación sexual.
Y lo hace precisamente después de los
números en que recuerda la “decisiva
responsabilidad de la familia”, “determinante
e insustituible” para la formación en
la cultura de la vida (n. 92), y de recordar
cómo tal formación se imparte por
medio de la educación, en sus distintos
aspectos y pasos, comenzando por la
formación de la conciencia moral y el
descubrimiento del vínculo constitutivo
entre libertad y verdad (cfr. N. 96), puntualiza: “a
la formación de la conciencia vinculada
estrechamente
la labor educativa, que ayuda
al hombre a ser cada vez más hombre, lo
introduce siempre más profundamente en la
verdad, lo orienta hacia un respeto creciente por
la vida, lo forma en las justas relaciones con las
personas. En particular –enfatiza la
Encíclica-, es necesario educar en el valor
de la vida
comenzando por sus mismas
raíces. Es una ilusión pensar que
se debe construir una verdadera cultura de la vida
humana, si no se ayuda a los jóvenes a
comprender y vivir la sexualidad, el amor y toda la
existencia según su verdadero significado y
en su íntima correlación. La
sexualidad, riqueza de toda la persona, “manifiesta
su significado íntimo de llevar a la persona
hacia el don de sí mismo en el amor”.
La banalización de la sexualidad es uno de
los factores principales que están en la
raíz del desprecio por la vida naciente:
sólo un amor verdadero sabe custodiar la
vida. Por tanto, no se nos puede eximir de ofrecer
sobre todo a los adolescentes y a los
jóvenes la
auténtica
educación de la sexualidad y del amor,
una educación que implica la
formación de la castidad, como virtud que
favorece la madurez de la persona y la capacita
para respetar el significado “esponsal”
del cuerpo (E.V. n. 97). Este aparte puede
justificar, en amplia medida, el título de
nuestro documento.
El Magisterio ha enriquecido notablemente todo lo
relativo a la familia, a sus derechos. Hay tres
documentos básicos, estrechamente ligados
entre sí, que representan como fundamento
del documento de nuestro Dicasterio sobre la
Sexualidad Humana. Son la Exhortación
Apostólica
Familiaris consortio, La Carta
a las familias (Gratissimam sane) y la
Encíclica
Evangelium vitae.
Constituyen la columna vertebral de nuestro
servicio en la Curia Romana. Naturalmente
resultó muy conveniente esperar a la
publicación del
Catecismo de la Iglesia
Católica, con tantas luces sobre la
Familia y el tema que nos ocupa, lo mismo que la
publicación de la Encíclica
Veritatis splendor, porque el conjunto de
esta enseñanza es fundamento de nuestro
aporte, fruto además de la ayuda de expertos
en la materia y del diálogo que medió
para su elaboración. Por último,
Sexualidad Humana (en adelante citaremos S.H.)
está en plena convergencia con el reciente
documento del Pontificio Consejo para la Familia,
Preparación al sacramento del
matrimonio. La mejor preparación para
sumir las responsabilidades en la pareja, delante
de Dios y de la sociedad, es precisamente todo lo
que se recibe de la familia de donde se procede, es
decir, la preparación remota, que implica la
educación recibida, comprendidos aspectos
básicos de la educación sexual, a
través del ejemplo de los padres, de su
recíproca entrega gozosa y responsable,
así no se hubiera transmitido siempre (y en
muchos casos hubiera estado incluso ausente) una
educación sexual más de tipo
informativo.
Después de las Conferencias Internacionales
de El Cairo, sobre Población y Desarrollo, y
de la de Pekín, sobre la Mujer, se comprende
mejor la importancia del tema y todo lo que
está en juego. En esas Conferencias, sobre
todo en los textos preparatorios, abundaron los
conceptos ambiguos que tienen que ver con una
distorsionada educación sexual, en la que su
auténtico significado ha sido
sistemáticamente olvidado. En esas batallas
es evidente el eclipse de todo lo que comporta la
Cultura de la vida,
desde sus raíces,
es decir, desde la misma concepción del
sexo, de las fuentes de la vida, de la verdad de su
lenguaje esponsal y su relación con el amor,
la familia y la misma sociedad. Los términos
que se utilizaron y que se buscó a toda
costa imponer, como una especie de nueva moral, o
como elementos centrales de
un nuevo estilo de
vida, según la denuncia del Santo Padre,
llevaban una carga de ambigüedad y de
manipulación de un lenguaje sugerente que
respondía a la realidad de ciertos
contenidos. Así la “expropiación”
se volvía sustitución e
invasión, al procurar generar
nuevas
actitudes. Expresiones como
“derechos
sexuales”, “salud reproductiva”, “planeación
familiar”, eran entendidas y usadas en un
modo individualista, al margen del amor, de la
responsabilidad en el matrimonio y en la familia,
frecuentemente fuera del conocimiento de los
padres, con una serie de elementos convergentes
hacia una banalización del sexo, reducido a
lo meramente genital y a los riesgos de salud,
comprendido entre ellos la concepción y con
los presupuestos (que no lograron todo el suceso)
de introducir incluso el crimen abominable del
aborto como planeación familiar o como
instrumento de control demográfico.
En cierta forma podríamos decir que la “batalla
de El Cairo”, fue también la batalla
de la auténtica educación sexual, de
sus criterios, de su significación. La “expropiación”
de los derechos educativos de la familia se
intentó hacer en el plano internacional. En
el fondo, se daban por descontados los
presupuestos, como si fueran pacíficamente
compartidos, de los mitos de la
sobrepoblación y expresiones como las que
hemos recordado estaban al servicio del control de
la población a toda costa y por todos los
medios. Naturalmente partiendo desde las
raíces, de una antropología
subyacente, desde la cual la verdad del hombre y de
la mujer y el significado de la sexualidad y de su
lenguaje son ofuscados. ¿No es ésta la
lucha que, por otra parte, se está dando en
muchos de los países del mundo? El mismo
evidente interés que dan a las
campañas pone de presente la trascendencia
de lo que está en juego. No es algo
secundario.
Si bien hay otros muchos aspectos que son de
primera importancia en el campo educativo, como la
transmisión de los valores humanos y
cristianos, la educación sexual representa
algo fundamental, que da el tono, el rumbo y el
colorido a la manera de ser hombre y mujer, y que
está ligada a la dignidad de la persona
humana. Es, por tanto, uno de los campos más
conflictivos de una batalla antropológica,
o, para emplear la expresión del Santo
Padre,
la del estilo de vida.
Lo fundamental es, pues, establecer los criterios
de una auténtica educación sexual. Se
trata de una
sexualidad humana, referida a
personas humanas, por lo cual no puede estar
ausente una cimentación
antropológica, que por una parte no la
confunde o reduce a lo meramente instintivo, a
pulsiones de la líbido no sometidas a una
voluntad libre. Se conocen las conclusiones
apresuradas de ciertos estudios que dan el paso de
los comportamientos en los animales a la sexualidad
humana. Se ha hablado del “hombre neuronal”
(Changeaux), en un tipo de cientismo, de
positivismo que se limita a definir al hombre como
capacidad de sentir dolor o placer, sin establecer
otras diferencias con el mundo animal. Sería
muy oportuno distinguir con claridad entre
necesidades e instintos. No se puede
establecer una identidad entre necesidades e
impulsos sexuales. Estos poseen una anatomía
y una fisiología propias y poseen una
finalidad de relación social, de la cual la
familia es el núcleo original.
Además, los
instintos no pertenecen
al orden biológico, sino al psíquico,
o sea, no son mecánicos y
automáticos, sino que son excitados por
factores vitales preconscientes o conscientes (cfr.
Darío Composta: “Natura e ragione”,
Zurigo 1971, pp. 139, 157). Es un error de algunos “etólogos”
(que estudian la ciencia de los instintos) no
distinguir entre instintos animales e instintos
humanos. Entre los instintos humanos sobresale la “libidine”
o “concupiscencia”. La líbido es
un instinto específicamente humano y no
animal. Comenta este conocido autor italiano: “La
líbido es genial, plástica, y siempre
actual a diferencia del instinto animal que es
monótono, autorregulado, no inventivo,
repetitivo. Al contrario, la líbido, objeto
de regulación humana, no conoce ni
límites, ni estación, ni estilos
estereotipados de realización”. El
hombre tiene también una capacidad de violar
el sentido y la verdad del sexo y, en tal sentido,
Aristóteles hablaba del hombre como un “animal
maldito” (en la política) y
Aristófanes aludía al “éxtasis”
de la gratificación, sino a la “locura”
más vinculada al carácter destructivo
de un sexo desorientado y desaforado.
No es tampoco el hombre una especie de
máquina programable, con una especie de
instalación más, por perfecta que
sea. Hay, a la base, un materialismo rampante que
mutila la misma capacidad de la libertad y arroja
al hombre en los brazos del determinismo: El hombre
no tendría defensas ni posibilidades en
medio de las turbulencias sexuales o sometido a las
presiones, cada vez más invadentes, que
viene de las sociedades en las que se vive. La del
hombre es una sexualidad referida a la persona, que
la compromete. El sexo no es como algo externo a la
persona misma, concepción que conduce la
banalización, pues la variedad de conductas
no afectarían a la persona. La sexualidad no
es algo externo sino que se refiere al
núcleo íntimo de la personalidad. Es
algo que progresivamente se va descubriendo en
forma más completa. Ya la Exhortación
Apostólica
Familiaris consortio
observaba: “La sexualidad caracteriza al
hombre y a la mujer no sólo en el plano
físico, sino también en el
psicológico y espiritual, con su huella
consecuente en todas sus manifestaciones”
(F.C. n. 11). “La sexualidad es un elemento
básico de la personalidad; un modo propio de
ser, de manifestarse, de comunicarse con los otros,
de sentir, expresar y vivir el amor humano”
(
Orientaciones Educativas sobre el amor
humano, Congregación para la
Educación Católica, n. 4).
Tan sólo es dable ahora recordar algunos
aspectos del
sentido de la corporeidad,
observando que el cuerpo no debe ser considerado
una especie de objeto material, pues hace parte de
la entera vida personal, de la manifestación
del yo. Es cuerpo unido al espíritu. El
hombre es espíritu encarnado y cuerpo
espiritualizado, entendiendo bien la
formulación, y de esta manera hace parte del
entero
sujeto. Es un cuerpo vivido,
expresión también y vehículo
para ello, de la vida interior del YO. En tal
sentido, el cuerpo es encarnación del yo,
por el cual se puede vivir la historia en el tiempo
y en el espacio... lleva un patrimonio de dones que
fija en la historia. Es básica en una
ajustada visión antropológica acoger
y ahondar en la concepción
hylemórfica (no dualística)
según la cual la persona humana está
constituida por el alma y el cuerpo.
El cuerpo es humano precisamente porque es animado
por un alma espiritual y de él recibe su
unidad, su coordinación, su armonía.
De esta unión substancial proviene la unidad
de la actividad humana. Si Santo Tomás
está ligado para la historia a esta
fundamental e irremplazable antropología,
hay una serie de aportes más recientes que,
bien interpretados, representan un enriquecimiento
importante. De esta manera Gabriel Marcel puede
expresar que “yo soy mi cuerpo” (no
solamente cuerpo, evidentemente), pues como observa
“lo que es propio de mi cuerpo es no existir separadamente
solo, es no poder existir solo”. El
filósofo francés incursiona
también en la función de
mediación social del cuerpo. Se puede “estar
con otros”, estar abierto a otros por la
corporeidad y su lenguaje: es cuerpo es “presencia”
frente a los otros, es síntesis y memorial
del pasado, del presente y del futuro en
relación con los otros, todo lo cual
comporta el recíproco reconocimiento como
persona y la posibilidad de comunión
(
Homo Viator). Maritain podrá
expresar respecto de la unidad substancial del
cuerpo y del alma, que en algunos casos ha querido
ser relegada como si fuera de menor importancia: “Todo
elemento del cuerpo es humano y existe como tal, en
virtud de la existencia inmaterial del alma humana.
Nuestro cuerpo, nuestras manos, nuestros ojos
existen en virtud de la existencia de nuestra alma”
(Metafísica e morale).Como oportunamente
advierte Elio Sgreccia, los aportes de la
filosofía contemporánea son de gran
valor, siempre y cuando no se ponga en tela de
juicio la estructura ontológica de la
persona (Manuale de Bioética, Vol. I, Vita e
Pensiero, pg. 138). Se aduce, además, como
un posterior enriquecimiento, la distinción
en la lengua alemana entre
Körper (el
cuerpo orgánico, objeto de estudio) y el
Leib (cuerpo vivido, sujeto de la vida y de
la relación). Por todo ello la vida
física es un valor fundamental. Es
también el cuerpo manifestación
(epifanía), en la fuerte connotación
griega,
lenguaje.
Hay un lenguaje constitucional de la sexualidad,
como estructura de la naturaleza y no algo “socialmente
constituido”. El ser del hombre, su yo, y por
tanto el cuerpo, no es una especie de “espacio
flotante”, sin fijación, sin
áncora, como si fuera tan sólo
disponibilidad, por tanto manipulable por los
demás, por la sociedad. La sexualidad es
instrumento de un lenguaje de complementariedad que
tiene su lugar propio en el matrimonio, por ello es
manifestación, lenguaje esponsal, conyugal.
Así expresaba esta verdad el Santo Padre en
Kampala, Uganda, 1993: “Los gestos son como
palabras que revelan lo que somos, los actos
sexuales son como palabras que revelan nuestro
corazón (...). Dar vuestro cuerpo a una
persona es entregarse enteramente a esta persona”.
Esta consideración abre los horizontes al
lenguaje esponsal, conyugal.
Lo fundamental en relación con la
educación sexual
es integrar la
sexualidad en la persona, en el amor, el amor
en el matrimonio, el matrimonio en la familia, la
familia en la sociedad. Romper esta cadena
articulada es atentar contra la verdadera
educación que es nociva al ser humano, a la
sociedad y que corresponde no a una
realización del amor sino a una
traición. Cuando el amor verdadero es
traicionado, la víctima es la misma
persona.
¿Qué es, pues, educar en un
auténtico sentido de la sexualidad?
Recordemos, en primer lugar, que los progenitores
no son meros reproductores. Habría que
purificar el lenguaje, de tal manera que se hable
mejor de procrear y no de multiplicarse, producir,
reproducir, etc. Son padres. Son educadores para
ser padres. El Santo Padre, en la Carta a las
Familias,
Gratissimam Sane, observa: “Este
deber de la educación familiar de los padres
es de tanta trascedencia que, cuando falta,
difícilmente puede suplirse. Es, pues, deber
de los padres, crear un ambiente de familia (...).
Los padres son los primeros y principales
educadores de sus hijos, y en este campo tienen una
competencia fundamental: son educadores por ser
padres...” (Gr.S. n.16).
Educar no es meramente
informar. Abundan hoy
las informaciones sexuales, de todo tipo, no
siempre dosificadas y respetuosas del desarrollo
evolutivo de los niños y adolescentes. Sobra
advertir que las mismas informaciones que se
ofrecen no deben ser sesgadas, parcializadas, de
tal forma que sean vehículo de ciertos
comportamientos. Como si los niños
necesitaran para satisfacer sus inquietudes una
especie de tratados de ginecología... Educar
es formar, dar criterios, encarnar valores,
afianzar principios.
Con sobrada razón observa una atenta
investigadora: “Ni siquiera la
información puede ser fría y
aséptica transmisión de noticias,
sino que debe ser portadora de un mensaje: en otras
palabras, la información, además de
dar respuestas biológicas, debe ofrecer
respuestas éticas, o sea aclarar
ulteriormente el por qué de un
comportamiento más que de otro”.
(María Luisa Di Pietro, Revista
Identità Cattolica, p. 32).
Nuestro documento advierte acerca de dificultades
de carácter ambiental y cultural,
particularmente en relación con una
mentalidad positivista, que provoca actitudes
utilitaristas. Citemos el texto
correspondiente:
“El utilitarismo es
una civilización basada en el producir y
disfrutar, una civilización de las “cosas”
y no de las “personas”, en la que las
personas se usan como si fueran cosas” (Gr.
S. N. 13). Y esta mentalidad la refiere
expresamente a “ciertos programas de
educación sexual introducidos en las
escuelas, a menudo contra el parecer y las mismas
protestas de muchos padres” (Ibid.).
Nos hallamos frente a dos problemas de primera
magnitud. Por eso el Papa invita, como algo
necesario, a que “los padres (...)
reivindiquen su propia tarea y, asociándose,
donde sea necesario o conveniente, ejerzan una
acción educativa fundada en los
valores de la persona y del amor cristiano, tomando
una clara posición sobre el utilitarismo
ético”. (Gr.S. n. 16).
Hoy muchos padres
temen educar, eluden esa
responsabilidad, se sienten incapaces de ser
educadores (y por tanto de ser verdaderamente
padres). Es un temor que hot denuncian con fuerza
los especialistas. Experimentan desgano y hasta
pavor de inculcar valores, principios, de corregir.
Y como muy bien denuncia el profesor Tony
Anatrella, incurren en la confusión de
pensar que respecto de los hijos concierne utilizar
la metodología usual de parte de
psicólogos y psiquiatras para el tratamiento
de sus pacientes, en la cual no se dirige, no se
orienta, y se busca la terapia por medio de
catarsis que privilegia el escuchar... Educar no es
una acción terapéutica. El “counseling”
no debe confundirse con el vacío de
enseñar, formar, corregir. Me parece que
este temor de educar, como si fuera lesionar la
libertad, está bastante ligado a lo que un
psicólogo, en un libro bastante difundido,
califica como el
síndrome de Peter
Pan. El autor es
Dan Kiley. El
subtítulo lo dice todo: Esos hombres que han
rechazado crecer (en el sentido de madurar). Han
elegido ser niños, “niños
maravillosos”, como responde Peter al
Capitán Crochet. Evitan crecer como hombres
y ese deseo lo sintetiza Peter Pan en el
diálogo con la señora Darling
así: “No quiero ir a la escuela para
aprender cosas serias. No ha nacido aquel que me
atrapará, señora, para hacer de
mí un hombre. Quiero permanecer un muchacho
toda la vida, para divertirme”.
Este complejo se ha extendido bastante con la
complicidad, por omisión, de los padres, que
se niegan a cumplir su papel de educadores, y eso
tiene serias consecuencias en todos los campos,
desde luego también en un vacío de
verdadera educación sexual, a la que se
refiere el autor en varios apartes.
Otro aspecto importante es
encontrar la
verdad, la profunda significación del
sexo en relación con el amor. Nos hallamos
en un campo fundamental de la
verdad del
hombre, de la antropología. Porque el
sexo desligado del amor responsable, oblativo,
abierto al otro en el don de sí mismo, como
lo hemos recordado en ese lenguaje articulado, del
cual hablaba el Santo Padre en Kampala, pierde su
expresividad, su comunicación y se vuelve
mentira. La verdad del sexo está unida a la
verdad del hombre y ceñida a su naturaleza.
No se comprende la razón de la desconfianza
visceral que algunos moralistas sienten frente a la
ley natural, la cual o desconocen o debilitan,
mientras dan amplio cauce a la maleabilidad de la
persona en la influencia, en los engranajes
sociales. El hombre sería eminentemente
maleable (antes recordemos aquello de “espacio
flotante”, expresión de G. Lipovtsky),
hasta la afirmación de Margaret Mead: “la
naturaleza humana es eminentemente maleable,
obedece fielmente a los impulsos que le comunica el
cuerpo social...” (Moeurs et sexaulité
en Océanie, Plon, 1969, p. 252). Y no se dan
cuenta cabal que esa “maleabilidad”,
que se vuelve negación de la naturaleza del
hombre, puede conducir a modalidades de un
sexo-mentira. Al respecto no es
particularmente clara la posición de un
autor que se expresa así: “Consideramos
la pertenencia a un sexo como un hecho inmutable,
una verdad eterna. (...) Sólo recientemente
se ha comenzado a apreciar la complejidad de
nuestro sexo biológico. Nos damos cuente que
en diferentes culturas se encuentran concepciones
divergentes sobre la identidad masculina y femenina”.
El autor reconoce, “contra la tendencia,
típica del subjetivismo moderno, de desligar
al individuo de la normativa ínsita
(inherente) en la naturaleza, la ética
cristiana repropone constantemente el valor de la “ley
natural”. Pero advierte, siguiendo de cerca
de B. Häring quien sostiene que “además
de la cultura, por natuarleza, hay también
el ‘natural por cultura’ –(no
sabe uno hasta qué tipo de planteamientos)-
una contribución peculiar de la
antropología cristiana hay que verla en el
ámbito de la revisión de los
comportamientos ligados a los estereotipos sexuales”
(Corso di Morale, Diakonia, Etica della persona,
Vol. II, Queriniana, pp. 71, 72). El autor del
aparte dedicado a la Corporeidad es Sandro
Spisanti. Esto tiene bastante que ver con el
problema del
"género" (del “gender”),
que representaba una preocupación en la
Conferencia Internacional de Pekín sobre la
Mujer, por el uso ambiguo con el cual era
presentado, ¿Qué significa,
concretamente, ese deseo de revisar “estereotipos
sexuales”?
Lo que en todo caso no aparece con claridad y con
la fuerza de la Encíclica
Veritatis
splendor, tributaría de una
antropología digna de ese nombre, es la
relación entre comportamiento y verdad,
dentro del lenguaje sexual. Todo parecería
quedar como en el aire, de manera flotante, y como
suele ocurrir en tantos manuales de
Educación Sexual, las elecciones
serían libres, en relación con toda
clase de experiencias que favorecerían el
conocimiento y hasta la maduración... Llama
la atención el recurso, v.gr., a una
apología, ya no tan larvada, de la
homosexualidad, lo cual es recogido con alborozo
por quienes aprobaron la Recomendación en el
Parlamento Europeo de los derechos de las “parejas
homosexuales”, que si bien –lo
reconoce- no son ni pueden ser matrimonio, deben
gozar, en su concepción, de los efectos
civiles reconocidos al matrimonio, o en
relación con la posibilidad de adoptar,
contra las premisas lógicas de acuerdos
internacionales. En estos casos se ve, nuevamente,
la importancia decisiva de una visión
auténtica antropológica, sin la cual
el mismo diálogo se torna en extremo
difícil, pues todo es referido a un
pragmatismo carente de criterios morales. Estamos
en el corazón de la sexualidad humana como
verdad.
La confusión actual hace el diálogo
difícil. Sin embargo, hay rastros de que
ciertos criterios no están ausentes en
tribus bien primitivas, en contraste con los
vacíos de una “cultura” de
espaldas a la naturaleza y a la ética. Y en
una
verdad que implica una
antropología subyacente. C.
Lévi-Strauss observa prácticas
homosexuales en algunas tribus, pero advierte
también, en relación con una de
ellas, los Nambikwara, que a estas conductas les
dan el nombre de “Tamindige Kihandige”,
que significa
amor-mentira, con lo cual,
comenta un moralista, se muestran más
maduros que ciertos etnólogos (v.gr.
Margaret Mead) (cfr. La Famille, Des sciences
à l’étique. Ed. Bayard, pp.
262-263).
En muchísimos textos hoy se defiende
precisamente un
amor-mentira, como si fuera
una verdad, como cimentado en el vacío (que
es el concepto genuino de
vanidad: la
inconsistencia), como algo digno del hombre,
útil, como una liberación. Se olvida
en tal caso la relación fundamental entre
verdad y libertad. La ausencia de verdad no puede
sino producir esclavitud, postración. Si
hemos dado como subtítulo al documento de
nuestro Dicasterio
“Verdad y significado”
es porque en esto radica la médula del
problema y de la discusión.
Abundan interpretaciones que cubren u ofuscan la
verdad, en nombre de la necesidad de recurrir a un
diálogo para el cual se vaya con la idea de
que no se posee un peso argumentativo, un contenido
serio, una verdad. O se esfuma la verdad en la
interpretación de la libre conciencia, de
tal manera que no prestarse a la renuncia de
criterios y de principios que no pueden ser objeto
de transacción, se haga pasar como postura
intransigente, dogmática. Como si la
sociedad, como si las familias, no tuvieran derecho
a conocer la verdad que nos llega por el Magisterio
de la Iglesia o por la luz de una razón no
sometida a recortes y acomodaciones.
Permitidme transcribir un texto, particularmente
iluminante, sobre la materia que tratamos, del
Santo Padre, y que se introduce con la denuncia de
una “enfermedad mortal”, como lo es la
indiferencia hacia la verdad. Ocultar la verdad es
una grave enfermedad del espíritu.
Señala los síntomas de esta
enfermedad: “La indiferencia hacia la verdad
se manifiesta, por ejemplo, en el retener que la
verdad y la falsedad, en ética, sean
solamente uan cuestión de gustos, de
decisiones personales, de condicionamientos
culturales y sociales, o que sea suficiente hacer
lo que pensamos, sin preocuparnos ulteriormente en
saber si lo que pensamos sea verdadero o falso
(...) Si una persona es indiferente, en el sentido
antes dicho, a la verdad... terminará, tarde
o temprano, por confundir la lealtad a la propia
conciencia con la adhesión a cualquier
opinión personal o a la opinión de la
mayoría” (Juan Pablo II, Audiencia de
24 de agosto de 1983). Se niega la verdad y la
significación de la sexualidad humana de
muchas maneras. La separación
drástica, llena de consecuencias negativas,
es la separación del sexo del verdadero amor
que ha de ser un amor responsable, generoso, capaz
de verdadera donación, un amor oblativo, no
egoísta, abierto a la vida. No se puede
separar el amor del significado procreativo, como
lo ha subrayado valerosamente la Encíclica
Humanae vitae.
El lenguaje auténtico de un amor requiere
que su ejercicio sea la unión estable,
responsable, de la pareja en el matrimonio, base de
la familia. El matrimonio, que funda la familia,
consiste, según Santo Tomás, en “una
unión ordenada de personas, producida por el
mismo consentimiento” (S. Th. III, 45, 2;
cfr. G.S., 47, 48,50), y supone el respeto de sus
propiedades: unidad e indisolubilidad, propios de
una verdadera comunión de amor y de vida. El
consentimiento supone la estructura del
matrimonio. Hay una red de fines tendientes a
realizar la comunión en la íntima
condivisión de la existencia, en el amor
recíproco, en la procreación, en la
educación de los hijos. Las notas que la
Humanae vitae señalaba acerca del
amor, de un amor total, exclusivo, responsable,
fiel y fecundo, con el peso que cada uno de estos
calificativos conlleva, le dan a la sexualidad su
dimensión de dignidad y de grandeza y lo
preservan de la “banalización”
de tal forma que la educación de la
sexualidad es una educación en el amor y del
amor que implica la formación de la castidad
(cfr. E.V. n. 97).
P. Ricoeur advierte oportunamente acerca de la
banalización que, en su expresión,
hace del sexo algo sin significación,
insignificante: “el levantamiento de
los entredichos sexuales ha producido un curioso
efecto que la generación freudiana no
había conocido, la pérdida del valor
a causa de la facilidad: lo sexual vuelto
próximo, disponible y reducido a una simple
función biológica, se vuelve
propiamente insignificante” (
La maravilla,
lo errático, el enigma, citado en
Práxis Cristiana, vol. 2,
Opción por la vida y el amor. Madrid, Ed.
Paulinas, p. 275). Meyer, con razón,
advierte que en ese movimiento pendular en el que
se pasó del tabú, del miedo, del
rigorismo, a la revolución sexual, nacen
evidentes peligros: “La oleada sexual, en la
medida en que suprima tabúes..., va a
implantar nuevas dependencias y nuevos
tabúes” (
Consecuencias de la “destabuización
sexual”, en “
Selecciones de
Teología”, 11 (1972), 359).
Comenta un autor: “Los mitos actuales han
rebajado el sentido de la sexualidad hasta
despojarla de todo contenido humano como si fuera
un simple fenómeno zoológico o una
vulgar forma de entretenimiento y diversión”.
El hombre sería un “mono desnudo”.
Esto provoca una cultura de la muerte. Un sacerdote
empeñado en la pastoral universitaria, me
comentaba la dificultad que encontraba para que
muchos entendieran el lenguaje de la Iglesia, pues
han sido absorbidos por una permisividad que –era
su expresión- les había como matado
el corazón. Por fortuna hay también
signos de acogida y de positiva
dignificación de un sexo responsable, en un
amor generoso.
Desafortunadamente la sociedad no colabora para que
exista una
ecología humana, para que se
evite la polución de los corazones y se
respire el aire puro en el cual, con sólidos
principios morales, pueda educarse integralmente la
niñez y la juventud. La banalización
del sexo conduce a los peores efectos que la
sociedad no puede ocultar. Retornando al “síndrome
de Peter Pan”, bastaría considerar el
caudal de conflictos que se crean respecto de la
sexualidad, y del mismo papel que el sexo
desempeña (cfr. o
p.cit., pp. 41, 42).
Hay una serie de conductas, de “concesiones”,
como el desprecio de la virginidad, como si fuera
algo superado, que lejos de no tener repercusiones
en el desarrollo de la personalidad la afectan en
su núcleo vital y comprometen, en buena
parte, el futuro y la misma felicidad, comenzando
por la que es dable conseguir en la historia y en
el tiempo. Las primeras víctimas de una
verdadera educación, que se ha llamado “la
abstinencia educativa”, son los mismos
jóvenes, cuyas vidas pierden espesor, y es
la misma sociedad, que se desgarra las vestiduras
cuando ya es tarde, cuando han ayudado a provocar,
con la complicidad de los medios de
comunicación, una atmósfera de
permisividad que prepara el desenfreno.
Habría que ver todo lo que ha comportado la “revolución
sexual”, provocada entre otras cosas por una
mentalidad contraceptiva que ha encontrado su mayor
incentivo con la revolución de la
píldora, es decir de medios artificiales de
contracepción (los anovulatorios), que van
incrementándose y borrando las fronteras,
como es sabido, entre la contracepción y el
mismo aborto, como el Santo Padre lo recuerda en la
Evangelium vitae (n. 13).
Se olvida la verdad del sexo cuando la sociedad se
vuelve permisiva, cuando las familias son
obstaculizadas en la educación de los hijos,
cuando la pornografía se introduce por medio
de la televisión en los hogares. En una
palabra, cuando se impone un
estilo de vida.
Esa permisividad asume el
relativismo. Me ha
parecido bien interesante una reflexión al
respecto, que proviene de un agnóstico, pero
atento observador de la sociedad, el premio Nobel
de literatura Octavio Paz: “Hoy triunfa un
relativismo universal. El término es
contradictorio: ningún relativismo puede ser
universal sin dejar de ser relativismo. Vivimos en
un contradicción lógica y moral
(...). Aparte de su intrínseca debilidad
filosófica es una forma atenuada y en cierto
modo hipócrita del nihilismo... Una sociedad
relativista que no confesa que lo es, es una
sociedad
envenenada por la mentira, un veneno
lento pero seguro...”. Pensaría en
el veneno que, bajo la forma de permisividad, se
destila en ciertas formas de educación
sexual. Oigamos la reflexión, al respecto,
del escritor mexicano cuando habla de una “superstición
ante el sexo”. “Una cara de la
moralidad norteamericana (y no es limitada a esta
nación) es la libertad de las costumbres
(permisiveness) y la otra los aspavientos
públicos ante grandes o pequeñas
transgresiones sexuales de sus políticos. El
puritanismo convive con el libertinaje gracias al
puente de la hipocresía...”. (Octavio
Paz,
Itinerario, Fondo de Cultura
Económica, pp. 206, 190).
No es el caso de seguir paso a paso el desarrollo
de la “revolución sexual”,
preconizada por Wilhem Reich, quien oponía a
la regulación del instinto por la moral (que
considera patológica y caótica), “la
autorregulación por la economía
sexual”, que consiste en el rechazo de toda
norma absoluta, que es represión de la
familia y de la sociedad. Al rechazar todo lo que
repruebe el adulterio, la poligamia, la
infidelidad, se llega a la terrible
conclusión de que “el amor es un
féretro cuando sobre él se funda una
familia”. (cf. N. Mailler,
Il prigionero
del sesso, Bompiani, Milano, 1971, p. 130).
Se niega así la verdad del sexo en el
matrimonio y en la familia, que era una
sólida adquisición, o patrimonio
cultural, fundado sobre el ser del hombre,
reconocido como tal a lo largo de los siglos, con
la distinción entre una relación
sexual responsable, que la sociedad ha de proteger
y enaltecer, en el matrimonio, cimiento de la
sociedad, y el sexo aventurero, ocasional, que se
inscribe en otro ámbito.
En el matrimonio, el amor, expresado en el lenguaje
sexual, no es féretro sino fuente y la
familia es cuna de la vida. El sociólogo
Giorgio Campanini escribe: “Hay en todas las
culturas dos formas fundamentales de
relación entre los sexos: las pre y
extra-matrimoniales, que son puestas bajo la
etiqueta de lo ocasional, y aquellas que se
orientan hacia la estabilidad y dan lugar a una
unión que se prolonga en el tiempo. El
matrimonio signa como regla el paso institucional
de una relación sexual, existente o
proyectada, que tiene la característica de
ocasional, a una relación que tiene, en
cambio, la característica de duradera en el
tiempo. Y este segundo grupo de relación es
el que se coloca en el área de la familia”.
(
Realtà e problema della famiglia
contemporanea. Edizioni Paoline, Torino 1989,
pp. 12-13). Lejos de la verdad reina la
idolatría y el sexo no se pone al servicio
del hombre y de la mujer, de la familia y de la
sociedad, sino que se vuelve un ídolo que
tiraniza, aunque esa forma de esclavitud, ese “proyecto
de civilización”, parezca útil,
pues atiende a la búsqueda de sí
mismo, pero en una dimensión torcida. La
idolatría sexual parte de un modelo falso,
que se busca imponer: invade los espíritus
en una búsqueda angustiada del placer, por
los caminos de la asunción de una sexualidad
inmadura, de una
sexualidad infantil. Es un
magnífico aporte de psiquiatra Tony
Anatrella. Ya Freud abogaba por una sexualidad
altruista, en la que la otra persona
debía estar presente, en contra de las
posturas inmaduras del egoísmo (con una
cierta equivalencia al amor oblativo). Un “yo”
encerrado en él mismo, o un “egoísmo
entre dos”, empobrecen.
La madurez sexual se liga al deseo de acceder a la
paternidad. Todo lo contrario, desde luego, de una
sexualidad infantil en donce se privilegia la “pulsión”
por ella misma y no se incorpora en una
dimensión relacional, con sentido de
responsabilidad. Permitidme la digresión:
¿Una sexualidad inmadura no nos pone ya en el
camino torcido de la pneurosis contraceptiva, en
donde lo que cuenta es la pulsión o
repitamos la expresión del psiquiatra
francés: la búsqueda angustiada del
placer, en donde el sexo asume las
características de una especie de droga...
cada vez más exigente y cada vez más
frustrante? T. Anatrella ofrece este texto de
Freud: “El carácter normal de la vida
sexual es asegurado por la conjunción, hacia
el objeto y el objetivo sexual, de dos corrientes:
la de la afectividad y la de la genitalidad...
Lejos de ser extraña al objetivo antiguo que
era el placer, el nuevo objetivo se le parece en
aquello que el máximum de placer es unido al
acto final del proceso sexual: la relación
con el otro. La pulsión sexual se pone ahora
al servicio de la función de
reproducción; viene a ser, por así
decirlo, altruista (con el deseo del niño)”.
(Art. Los modelos sexuales contemporáneos y
las orientaciones actuales de la educación
sexual. En la Revista
FAMILIA ET VITA, p.
29).
Es preciso decir que la idolatría sexual tan
difundida por caminos erróneos de
educación sexual tiene el defecto no
secundario, de situarse en niveles inferiores a las
conquistas de la ciencia, si hemos de reconocer en
este campo, en los términos indicados, un
cierto progreso en la posición freudiana
que, por otra parte, no quisiéramos exaltar
propiamente.
Hay una distinción evidente entre la
búsqueda, sin responsabilidad (luego sin
verdadero amor), del mero placer, y un lenguaje de
amor que precisamente por serlo se abre a la vida,
en el hogar. No es el caso de entrar a explicar
términos, a veces usados con
ambigüedad. Pero conviene recordar que se usa
distinguir entre amor como
“eros”,
distinción ya propuesta por Viktor Frankl,
que consiste en probar el deseo de amar a una
persona en su totalidad, comprendido el uso del
sexo, y una sexualidad que es el deseo de hacer uso
de los órganos genitales por puro placer, en
donde la donación no se da. El
hedonismo hace del placer el fin
último de todas las acciones, como regla y
norma de la misma moralidad. Es ésta la
catástrofe de una revolución sexual
que no oculta su falso ideal de
liberación... “Llamaremos libre
aquella sociedad en la cual vengan adoptadas sin
ninguna limitación la masturbación,
los juegos sexuales entre adolescentes, el coito
prematrimonial, la homosexualidad...”. (J.
Van Ussel,
La repressione sessuale,
Bompiani, Milano 1971, p. 10).
La Iglesia, precisamente porque libera en la
verdad, no puede callar o acomodarse a una cultura
que sepulta el amor y la dignidad y que envenena el
corazón. No se puede reducir la
educación sexual a información
(además parcializada), por exclusivas
preocupaciones de higiene, resignándose a
esas separaciones que traicionan el amor y la
persona humana, al disociar persona y sexualidad,
actividad sexual y conyugal, conyugalidad y
fecundidad (en la neurosis contraceptiva), hasta
preparar el corazón para atentar ya no
sólo contra las fuentes de la vida, sino
contra la vida misma. Hay que transformar la
cultura permisiva y banalizadora en una
formación, en una campaña de
liberación, en una libertad que no dé
las espaldas a la verdad.
Una palabra para terminar: si nos hemos situado
prevalentemente en una reflexión
ética, que se enriquece con la luz de la
razón, con los aportes de la ciencia, no
podemos dejar de lado –todo lo contrario- la
riqueza de la visión que sobre la sexualidad
humana ofrece la antropología cristiana. La
Revelación arroja una luz extraordinaria,
desde el proyecto original de Dios en la
unión del hombre y la mujer para el misterio
de la procreación, en donde la persona
humana, imagen de Dios, se pone en convergencia con
la voluntad de Dios. Por eso la educación
sexual debe encaminarnos hacia una
civilización del amor, de las personas
responsables en un amor comprometido, no
confundible con una sexualidad meramente pulsional,
animal, que se vuelve ídolo que esclaviza y
no libera. Hemos de descubrir y de respetar en los
otros, personas humanas, amadas por Dios, que no
pueden ser tratadas como cosas, y más cuando
hay mayor indefensión y cuando los otros
requieren mayor cooperación para realizarse
plenamente como hombres.
No podría olvidar que hay hoy, en muchas
partes del mundo, una saludable reacción
contra la erosión en curso, una
reacción que se organiza, que reflexiona,
que combate por la dignidad del hombre y de la
mujer, que no se deja imponer una especie de
ideología de la confusión, tantas
veces alimentada por los mitos de la
sobrepoblación. Una reacción que no
puede sepultar los valores éticos y el
sentido de la responsabilidad también en
relación con la conducta del hombre, con su “caminar”,
en el pecado. Quisiera terminar estas reflexiones
con esta consideración de San
Agustín: “Quien es esclavo del pecado:
¿hacia dónde va? La mala conciencia no
puede huir a ella misma... ha cometido el pecado
para procurarse un placer corporal; el placer ha
pasado, el pecado permanece; ha pasado lo que
procura el placer, ha permanecido el
remordimiento... Cuando uno comienza a no tener
pecados graves (...) comienza a levantar la cabeza
hacia la libertad; pero esto no es sino el comienzo
de la libertad, no la libertad perfecta”.