-Las ciencias, tanto naturales como
humanas, están claramente vinculadas con la
cultura del género humano. En su
condición de Presidente del Pontificio
Consejo de la Cultura, ¿cuáles
considera usted hoy en día los horizontes
más significativos que se abren en la
relación entre ciencia y fe, y cuáles
son las posibles ambigüedades que debe esta
relación tratar de evitar?
-Ante todo, quiero precisar algo. La pregunta
afirma que todas las ciencias, tanto naturales como
humanas, están vinculadas con la cultura del
género humano. Esto es verdad, por cuanto la
cultura otorga a los hombres de todas las
épocas y razas y de todos los pueblos el
horizonte de comprensión de la realidad,
la
Weltanschauung que hace posible enmarcar
los conocimientos específicos en un
ámbito de referencia. De este modo, antes de
iniciar su investigación, el hombre de
ciencia ya cuenta con presupuestos que ha recibido
como por osmosis de la cultura ambiental en la cual
ha nacido.
En todo caso, una vez señalado lo anterior,
debemos agregar que la ciencia no se define por su
relación con la cultura, sino por su
relación con la verdad. Es importante
subrayar que toda ciencia logra alcanzar la verdad
en un determinado ámbito. Ciertamente, en
los resultados de la ciencia hay límites e
imprecisiones; pero, a pesar de todo, la ciencia
consigue profundizar en la verdad. Debemos decirlo
claramente, en contraste con las actitudes
más relativistas, agnósticas,
falibilistas... En esta época de pensamiento
débil, la Iglesia defiende la confiabilidad
de la ciencia. No es verdad que el hombre de
ciencia viva de dudas sin certezas; esto no es
verdad al menos en lo tocante al verdadero hombre
de ciencia.
En cuanto a la relación entre ciencia y fe,
quisiera destacar un fenómeno nuevo,
característico de los últimos veinte
o treinta años: la aparición de la
llamada
tercera cultura. Un libro publicado
este año tiene precisamente este
título:
La tercera cultura. John
Brockman, su autor, sostiene que además de
la cultura humanista y la científica, hoy se
agrega una nueva cultura, producida por los hombres
de ciencia. Entrando en comunicación con el
grueso público a través de los medios
masivos de comunicación, abordan una enorme
variedad de temas, con lo cual van mucho más
allá de la mera divulgación
científica. Esta tercera cultura, en
permanente incremento, plantea problemas muy
estimulantes, no sólo culturales, sino
también filosóficos y
teológicos. En la actualidad, el hombre de
ciencia ya no es un sabio abstraído, aislado
en su laboratorio, perteneciente a una
pequeña
élite; el hombre de
ciencia es hoy una persona a la cual se interroga a
menudo sobre los problemas de la sociedad, respecto
de los cuales se le reconoce una verdadera
autoridad científica aun cuando no sean
propios de su competencia científica. Y de
este modo puede tener un influjo en la cultura y
la
Weltanschauung de la sociedad. Y es
éste un enorme desafío. Es preciso
ayudar a los hombres de ciencia católicos a
adquirir convicciones católicas firmes en
relación con estos problemas, que en la
actualidad son los problemas de todos: la vida y la
muerte, el amor y el sufrimiento, la persona y la
familia, la economía y la cultura.
En cuanto a los horizontes que abren nuevas
posibilidades de diálogo entre ciencia y fe,
yo diría ante todo que nunca hay un
diálogo entre ciencia y fe, sino entre
hombres de ciencia y hombres de fe, y con hombres
de ciencia sumamente interesados en los temas
religiosos y en la relación entre la
naturaleza y un Absoluto o fundamento
último, porque en la ciencia se manifiesta
de múltiples modos esta tensión hacia
lo Absoluto. Otros temas de gran interés
para muchos hombres de ciencia: el orden
maravilloso del universo, su inteligibilidad, el
fundamento de las leyes de la naturaleza, el
descubrimiento de la armonía y la belleza
del cosmos, la relación entre
espíritu y materia... Todos éstos son
temas de gran relevancia religiosa, muy vivos en la
cultura contemporánea. Basta recordar a
Einstein:
l'univers ruisselle
d'intelligence. Todo esto libera el campo de
presuntas objeciones científicas a la
fe.
Ciertamente, en todo caso, en la cultura
científica contemporánea siguen
existiendo obstáculos para la fe. Y quisiera
señalar tres de carácter principal.
El primero se encuentra en la antropología,
en la cual con frecuencia se niega la existencia
del alma espiritual y se cae así en el
materialismo. Pensemos, por ejemplo, en Francis
Crick. El segundo está en la teoría
de la evolución, que a menudo se desarrolla
aun de modo netamente antifinalista, como Monod
en
Le hasard et la nécessité,
o más recientemente, como Dawkins en
The
Blind Watchmaker. Finalmente, existe
también un gran problema en la
cosmología, cuando se habla, como algo
serio, de una autocreación del universo,
para así negar la creación, como lo
hace, por ejemplo, Atkins. Es claro que estos
desafíos son importantes y debemos estar en
condiciones de proporcionar respuestas
convincentes. Ésa fue mi preocupación
en el libro publicado ha un par de años:
Après Galilée. Science et Foi.
Nouveau Dialogue[1].
-¿Qué respondería usted a
quienes ven una dicotomía entre razón
y fe y por tanto visualizan la fe como algo
irracional?
-En primer lugar, respondería lo siguiente:
esta supuesta dicotomía entre razón y
fe es un problema planteado más bien a nivel
existencial que teológico. Por una parte,
como acabo de decir, existen algunas objeciones a
la fe, muchas de las cuales pretenden tener una
base científica; pero esta pretensión
no es suficientemente sólida como para
generar una crisis en la fe. En segundo lugar, yo
diría que la dicotomía no es tanto
entre razón y fe, sino entre fe y cultura.
De hecho, cierta cultura predominante a menudo
percibe la religión como algo inútil,
oscuro, propio del pasado, incompatible con el
progreso de la sociedad moderna. En este ambiente,
el creyente experimenta la tentación del
fideísmo. ¿Qué es el
fideísmo? Me explico: el creyente, incapaz
de enfrentar con la propia razón las
objeciones opuestas a su fe, que no obstante desea
conservar, abandona la discusión; pero esto
es sumamente peligroso, es una verdadera
esquizofrenia, por cuanto la inteligencia dice una
cosa y el corazón otra, lo cual produce una
espantosa tensión interna.
¿Qué hacer entonces? Yo diría
que la inteligencia y la voluntad deben estar de
acuerdo para que el hombre realice su unidad
profunda en el acto de fe. Ciertamente, por motivos
apologéticos, Pascal subraya que la apuesta
por la fe en Dios es aconsejable aun cuando no se
crea, porque al no apostar por la fe se corre
riesgo de perder más. Con todo, este
argumento no puede ampliarse demasiado. Una fe
no
racional, que no encuentre sólido
apoyo en sus motivos de credibilidad, no es
verdadera fe cristiana. No podemos caer en el
credo quia absurdum de Lutero: creo porque es
absurdo. La fe supera a la razón, pero no la
contradice; es suprarracional, no irracional.
Decía justamente Santo Tomás: no
creería si no tuviese motivos sólidos
para creer.
Hoy existe una marcada tendencia a sobrevalorar el
sentimiento y despreciar la razón. La
razón parece ser algo frío,
abstracto, que deforma la realidad y aprisiona al
hombre en lo abstracto. Se atribuye gran valor, en
cambio, a los sentimientos, la emoción y la
experiencia. De aquí surge un problema
enorme. No es que los sentimientos y la experiencia
no sean importantes -lo son, y en gran medida-,
pero también lo es la razón humana.
No se puede privar al hombre de su razón. El
sentimiento ciego conduce al hombre al subjetivismo
y al relativismo. La valoración de la
inteligencia, en cambio, lleva a su plenitud a la
fe.
La fe humana es una fe inteligente. La
tentativa de separar el sentimiento religioso de la
razón implica reducir al hombre y despojar a
la fe de una dimensión esencial.
Decía con razón San Anselmo:
credo
ut intelligam. Creo para comprender: para
comprender quién soy, qué es la vida,
el amor, el sufrimiento, la muerte, el destino del
mundo.
-Tullio Regge afirmó que “el
hombre está limitado, del mismo modo que sus
instrumentos de conocimiento, pero casi con total
certeza el mundo físico es infinito, tanto
en sus dimensiones como en su estructura
lógica”[2].
Este mundo nos puede hacer tomar conciencia de
nuestra pequeñez o nuestro carácter
casi insignificante ante la inmensidad del cosmos,
pero al mismo tiempo de la grandeza del hombre, que
se esfuerza, incluso con éxito, por indagar
y comprender la estructura, la evolución y
las leyes que rigen ese universo en el cual
está inmerso. ¿De qué modo la
tensión del hombre hacia un conocimiento que
va aún más allá de su
capacidad de comprensión, lo lleva a
encontrarse con el misterio de Dios, y cuál
es el enfoque adecuado para la persona humana ante
este misterio?
-En cierto sentido, Tullio Regge tiene razón
cuando habla de la infinitud del universo, pero hay
infinitud e infinitud. Y debemos decir que
sólo Dios es infinito en el verdadero
sentido. Los infinitos de las matemáticas y
la física son siempre infinitos relativos.
Los escolásticos los llamaban
infinitum
secundum quid. Sólo Dios es el infinito
metafísico. Esto lo sabía muy bien
Cantor, el matemático que desarrolló
en mayor medida la teoría de los infinitos.
Por este motivo, es más justo decir que el
universo carece de límites, pero no es
infinito.
Ante el universo, el hombre se siente muy
pequeño, pero no impotente. Inmerso en el
cosmos, goza de capacidad para comprender y
perfeccionar la realidad. Lo decía Santo
Tomás: la inteligencia es capaz de abarcar
todo el ser, porque el ser es en sí
inteligible. En cuanto a la capacidad de la
inteligencia humana, ciertamente es limitada, ya
que siempre debe partir de lo sensible, pero esto
no le impide trascender el conocimiento
empírico para alcanzar los niveles
más profundos de la realidad, si bien de
modo indirecto. Así, el hombre puede llegar
al conocimiento de un Dios trascendente y personal
como fundamento último de la realidad.
Este dinamismo del hombre, que trasciende los
niveles más elementales de la conciencia, lo
abre a la revelación del misterio. El hombre
no abandona su razón para acoger el misterio
que le es revelado, sino que, al hablar de
revelación y fe, nos alejamos ya al nivel
sobrenatural, que supera absolutamente las fuerzas
de la razón como tal. Ante Dios, que revela
su vida íntima, la única actitud
posible es la acogida humilde y confiada, la
sumisión sincera, el amor y una tierna
gratitud. Y yo diría que esto es
inteligente, porque ser inteligente es ser capaz de
descubrir la realidad de las cosas y tener un
comportamiento libre, pero responsable en
mérito.
-El Santo Padre ha afirmado que “la
interrogante sobre la existencia de Dios
está íntimamente ligada con la
finalidad de la existencia humana. No se trata
puramente del intelecto, sino también de la
voluntad del hombre, más bien del
corazón humano”[3].
¿Considera que el mundo de la cultura en
general y el de la ciencia en particular
están abiertos a la interrogante sobre Dios
y a disposición de la concepción
cristiana de la vida humana y la naturaleza?
¿Cómo se recibe además dentro de
ese ámbito la propuesta de la fe en
Jesucristo?
-Las palabras citadas del Santo Padre expresan una
gran verdad. La interrogante sobre la existencia de
Dios no es puramente una cuestión del
intelecto, sino del hombre como tal y por lo tanto
también de la voluntad. Hay una
relación sumamente estrecha entre
inteligencia y voluntad, entre la búsqueda
espiritual y el deseo del alma. El ser humano desea
saber, y su querer implica conocimiento.
Así, todo conocimiento tiene carácter
existencial. Esto se verifica de manera totalmente
especial en relación con Dios, porque el
hombre tiende hacia Dios con todo su ser. El
interés del hombre en Dios no es puramente
teórico, porque en el mismo está en
juego su propia vida. Por consiguiente, la
interrogante sobre la existencia de Dios no se
decide únicamente a nivel de la
inteligencia, sino a nivel del corazón, es
decir, en el nivel más profundo de la
persona, en la parte más íntima del
alma. Así dice Pascal:
le coeur a ses
raisons que la raison ne connaît pas!
¿Están abiertas la ciencia y la cultura
a la interrogante sobre Dios? Tal vez más
que ayer. Estamos pasando, de hecho, de la
modernidad a la postmodernidad. Hay muchas
señales en ese sentido: pensamiento
débil, renacimiento de los nacionalismos,
crisis de las instituciones, inseguridad creciente
a nivel social y psicológico, carencia de
valores éticos, proliferación de las
sectas y los nuevos movimientos religiosos, debates
sobre problemas éticos esenciales que
dividen a la sociedad, como el divorcio, la
homosexualidad, el aborto y la eutanasia. Hay una
señal de decadencia y crisis en la cultura
predominante. Cayó el sistema comunista
estatal, pero al parecer están a punto de
caer muchas cosas más. En este sentido, la
situación actual es muy distinta de la que
vivíamos hace treinta años, en la
época del Concilio Vaticano II.
Desde el punto de vista de la fe, de la apertura a
Dios, este momento cultural de disgregación,
disolución y crisis tiene también
aspectos muy positivos. La gente busca fundamentos
sólidos, la pregunta sobre Dios adquiere
importancia. Así, la Iglesia está en
situación privilegiada para difundir
semillas de esperanza y confianza en Dios y en el
hombre. De hecho, hay un despertar de la
religiosidad y una mayor sed de Dios.
Sin embargo, existe también un peligro: el
de una religiosidad “light”,
inmanentista, que no se abre hacia el Dios
trascendente de la Revelación y omite un
compromiso moral serio de renovación de la
propia vida. La tentación reside en querer
salir del
impasse cultural cayendo en una
búsqueda frenética, irracional,
desvinculada de la tradición y sin verdadera
conversión. En todo caso, éste es un
callejón sin salida, bastante frecuente en
la actualidad. Así, vemos crecer la
superstición y el ocultismo, propagarse los
magos, las sectas satánicas, etc. Todo esto
constituye una salida falsa de la posición
cultural cerrada a Dios. Es preciso volver a las
raíces evangélicas y cristianas de
nuestra cultura, se requiere una especie de
conversión global de la cultura moderna:
éste es el fruto que el Santo Padre espera
del compromiso de la Iglesia en la nueva
evangelización.
En cuanto a la apertura de la ciencia a la
interrogante sobre Dios, quisiera destacar que la
ciencia está muy vinculada con el nacimiento
y el desarrollo de la cultura moderna. Por lo
tanto, el problema de la apertura de la ciencia va
unido al de la apertura de la cultura. Hoy en
día está cayendo el cientificismo del
siglo pasado, pero todavía existen muchos
prejuicios pseudocientíficos por
superar.
-Como declaró el sacerdote y
físico Thierry Magnin, se puede decir al
final de nuestro siglo que está resurgiendo
la tentación gnóstica de “zurcir
todos los rasgones causados por la ciencia a un
mundo desencantado, reducido puramente a la
objetividad del saber lógico y el
cálculo, despojado de lo sagrado. Nos llaman
entonces a un nuevo holismo, que reafirmaría
la prioridad del todo por encima de las partes
(...). Para los gnósticos, sólo un
conocimiento superior y globalizador, que reafirme
las analogías y semejanzas, puede restituir
la integridad a lo real, incluso un hombre
integral, y por último el misterio de Dios
(el gran Todo). En esta dirección parecen ir
las gnosis como el New Age”[4].
¿Es esta tentación gnóstica la
que, en interrogantes y requerimientos, se plantea
a los hombres de ciencia que se reconocen en la
cultura cristiana?
-Thierry Magnin tiene toda la razón cuando
señala la tentación de un nuevo
gnosticismo. La religiosidad tipo New Age es en el
fondo un sincretismo superficial, que no resuelve
los verdaderos problemas. Hoy se habla
también de una religiosidad “salvaje”.
En todo caso, existe una tentación
gnosticizante tal vez más profunda, que nace
de la interpretación filosófica de
algunas teorías científicas, como la
física cuántica. El aspecto positivo
de estas interpretaciones reside en el hecho de que
procuran superar el materialismo; pero caen en un
espiritualismo excesivo o en el idealismo puro al
afirmar la identidad substancial entre
espíritu y materia. Estas interpretaciones
comúnmente encuentran gran apoyo e
inspiración en la sabiduría oriental.
Así, ha sido posible hablar, por ejemplo,
del “Tao de la física”. Estas
tentativas tienen un lado positivo, pero no pueden
ser acogidas por los católicos sin una
crítica filosófica seria. De lo
contrario, podríamos caer hasta en el
panteísmo.
Yo diría además lo siguiente: la
tentación gnóstica no constituye el
único peligro. En realidad, estas tentativas
por lo menos intentan superar la posición
cerrada a la trascendencia del cientificismo
tradicional. Sin embargo, todo lo que se difunde
comúnmente en los medios masivos de
comunicación como “visión
científica del mundo” a menudo cae en
un reduccionismo inaceptable. Justamente, hoy en
día se siente la necesidad de superarlo, ya
que es cada vez mayor la conciencia de su simplismo
y su insuficiencia. Por este motivo, en la
actualidad se aprecia mucho el enfoque
interdisciplinario, que advierte la complejidad de
los problemas, con el fin de buscar soluciones
más adecuadas. Corresponde a las
universidades desarrollar un mayor contacto entre
las diversas disciplinas, para así hacer
posible una interpretación de lo real que
capte toda su riqueza. Paulatinamente se percibe el
hecho de que el tipo de relación con el
mundo que promueve la ciencia moderna está
agotando sus posibilidades: no logra conectarse con
la realidad más intrínseca de las
cosas. Ahora es evidente que los antiguos, con
menos ciencias, estaban en condiciones de penetrar
en ciertos secretos que a nosotros se nos escapan.
Decía justamente el filósofo Gabriel
Marcel: existen
les problèmes et les
mystères. Sin embargo, no todo puede
reducirse a problemas. Y sin misterio la vida
llegaría a ser irrespirable.
-Usted ya ha afirmado que la Tierra en realidad
no es un planeta como los demás[5].
¿Qué la hace ser tan especial y no
asimilable con ningún otro cuerpo
celeste?
-Para responder a su pregunta, permítame
citar la respuesta que doy en el libro indicado por
usted.
“La tierra no es un planeta como los demás. Es un hecho
que aun cuando se ha redimensionado
cosmográfica y cosmológicamente,
conserva el privilegio de haber llegado a ser la
morada humana del Creador de todas las cosas.
Inicialmente oculto en el seno virginal de
María, el Verbo hecho carne en un remoto
rincón de Galilea se encarnó en este
minúscula partícula de materia del
espacio sideral.
Las dimensiones del universo, admirablemente
ampliadas por los prodigiosos descubrimientos
científicos, muy lejos de proyectar
cualquier sombra de duda sobre nuestra fe, le
confieren, en cambio, un justo valor, el mismo que
Pascal, por ejemplo, en una síntesis
sumamente significativa, enunciaba en su
distinción fundamental de los tres
órdenes: la materia, el espíritu y el
amor”.
Esto significa lo siguiente: no hay
oposición entre ciencia y fe. Lo
único importante es que nuestra fe sea
suficientemente viva, suficientemente arraigada en
Jesucristo, para poder dar cuenta de nuestra
esperanza al hombre de hoy. Una fe enteramente
acogida y plenamente vivida no teme enfrentar los
desafíos de la ciencia. La ciencia descubre
las maravillas de la creación de Dios,
mientras la fe se eleva para contemplar la
intimidad misma de la vida divina. Yo diría
además que el fundamento último de la
investigación científica misma es la
nostalgia de Dios, arraigada en el corazón
humano.
La ciencia no elimina la dimensión de
misterio del universo. Por el contrario, mientras
más respuestas se dan a los múltiples
problemas del
cómo, más vida
adquiere el requerimiento del
porqué.
El mundo no puede reducirse a un conjunto de
fuerzas que interactúan ni a una
aglomeración de partículas y
elementos movidos por el azar; el mundo es
expresión de un plano amoroso de Dios, y el
creyente sabe leerlo. Ver las cosas de este modo no
implica en modo alguno reducir el rigor de la
investigación científica, sino
abrirse a la fe.
Coeli enarrant gloriam
Dei.
-Los distintos usos de los
descubrimientos científicos plantean
problemas éticos relevantes a la sociedad.
¿Cuáles considera usted más
urgentes de enfrentar en la actualidad?
-El primero es evidente: la supervivencia. Los
físicos, que construyeron la primera bomba
atómica, se percataron de inmediato de que
el fruto de su técnica también
podía provocar la destrucción del
planeta. No todo lo técnicamente posible es
moralmente lícito.
Medio siglo después de la Segunda Guerra
Mundial, se observa una falta de sensibilidad cada
vez mayor ante la violación de los derechos
humanos, una verdadera degradación
ética y social. Basta pensar en el aborto o
la eutanasia. Europa tiene una gran necesidad de
despertar de la ilusión de que una sociedad
y la democracia pueden subsistir sin respetar y
promover los valores éticos fundamentales,
más allá de las soluciones
legislativas que puedan obtenerse mediante el
consenso y el acuerdo. La democracia no sólo
necesita la fuerza de los votos, sino
también el respeto a la dignidad de la
persona. ¡Basta pensar en la forma en que
Hitler llegó al poder!
El verdadero problema es cultural. La
cuestión principal no es el desarrollo de la
ciencia, que suscita nuevas interrogantes
éticas, sino la crisis del sistema de
valores de nuestra cultura en general. Los valores
éticos y religiosos son el núcleo de
toda cultura. La crisis ética es al mismo
tiempo crisis cultural de nuestra sociedad, que ha
caído en una gran inseguridad sobre el
verdadero fundamento de los valores éticos y
la dignidad de la persona. Un uso responsable de la
ciencia y sus aplicaciones sería ya un paso
importante, y esta responsabilidad es lo que a
menudo está ausente en la actualidad.
Para dar sólo un ejemplo, me referiré
brevemente al problema ético de la
fecundación
in vitro. Con
frecuencia se presenta la posición de la
Iglesia al respecto como si fuera producto de un
oscurantismo opuesto al progreso de la ciencia. Sin
embargo, basta examinar el problema para darse
cuenta de la gravedad de la situación. Ante
todo, no es el progreso de la ciencia lo que
está en juego. Desde el punto de vista
científico, las técnicas empleadas no
son tan nuevas como para dar lugar a un progreso
notable en la ciencia. Lo verdaderamente nuevo, en
cambio, es la aplicación en seres humanos de
técnicas anteriormente utilizadas
únicamente en animales. De este modo, se
olvida la dignidad del hombre, reducido al nivel de
un animal susceptible de manipulación hasta
en el momento de su concepción. En esto hay
algo tremendo: es la rebelión del hombre
contra la naturaleza misma, lo que los antiguos
llamaban el pecado de
hybris.
Es una verdadera pesadilla, imaginada ya por Aldous
Huxley, hace más de sesenta años, en
su famosa novela
Brave New World. En ese
momento, parecía una utopía sumamente
alejada de la realidad, pero ahora ha llegado a ser
incluso demasiado real. La novela describe una
sociedad en la cual la concepción de los
seres humanos se produce en una gran
fábrica, donde todo está regulado,
hasta el grado de desarrollo intelectual de los
distintos cerebros, de tal manera que desde el
comienzo cada individuo pertenezca a una
determinada clase social de acuerdo con su propia
inteligencia. Junto con tener lugar la
concepción en la fábrica, el sexo,
por su parte, se ha convertido en una
diversión que todos pueden practicar con
cualquiera, sin problemas de fidelidad, sin
problemas de salud, y sobre todo sin problemas de
fecundidad, de embarazos y por consiguiente de
hijos. Así, todo el mundo se cree feliz,
viviendo en una promiscuidad total. Y si en este
mundo alguien se ve afectado por una
depresión, basta ingerir una droga con todos
los efectos gratificantes de aquellas que
conocemos, pero sin efectos negativos en la
salud.
Ciertamente, el mundo imaginativo de Huxley es hoy
para todos nosotros un gran desafío.
¿Queremos hacer esto con las ciencias y las
técnicas que estamos desarrollando? ¿O
deberíamos comenzar a preguntarnos en
qué consiste el verdadero bien del hombre,
para así intentar promoverlo
responsablemente con las ciencias y técnicas
de que disponemos? Éste es el problema de
fondo.
-¿Cómo puede el hombre ver, a
pesar de los grandes riesgos que hoy corren la vida
y la naturaleza, la mano de un Dios infinitamente
bueno y justo sosteniendo un mundo que
parecería encaminarse a grandes pasos hacia
una degradación difícil de
detener?
-En la actualidad, tenemos cada vez más
conciencia de los riesgos que corren el hombre y
toda la humanidad, dado el uso tantas veces
irresponsable de los recursos que la naturaleza
pone a nuestra disposición.
¿Cómo armonizar estas angustias, estas
inquietudes, con la fe en un Dios justo y bueno? En
realidad, esta pregunta nos presenta el problema
abismal del mal. ¿Por qué permite Dios
el mal? Ciertamente, la degradación de la
vida y la naturaleza es un mal, pero no es el mal
absoluto. Para nosotros, los creyentes, el
verdadero mal es de orden moral, es el pecado, que
destruye realmente al hombre y pone en riesgo su
propia salvación eterna. ¿Por
qué permite Dios este mal, este verdadero
mal? La respuesta reside en el misterio de la
libertad humana, que Dios siempre respeta.
Él nos creó libres y por tanto
capaces de amar, pero también capaces de
hacer el mal. Y es precisamente por este motivo que
la naturaleza hoy se degrada: cuando el hombre la
utiliza en forma irresponsable.
La única respuesta de la fe ante esta
interrogante puede ser la siguiente: Dios permite
el mal, pero además nos libera del mal,
ofreciéndonos su amor redentor, llevado a
cabo en Jesucristo. La salvación preparada
por Dios vencerá en forma definitiva
únicamente al final de la historia. La
naturaleza también participará en
esta victoria, cuando sea transformada con el fin
de servir nuevamente de espacio vital para los
hijos de la resurrección. Entretanto, como
sabemos, los sufrimientos de esta vida nada son si
se tiene presente la alegría que un
día nos ofrecerán. Dice el
apóstol Pedro: aunque tenemos que
entristecernos un poco, en las diversas
tentaciones, para que nuestra fe se purifique como
el oro en el crisol (1
Pe 1, 6-7).
También lo sabemos: toda la creación
gime con dolores de parto, esperando la
manifestación definitiva de los hijos de
Dios; pero mientras el Señor no vuelva en la
gloria, el trigo debe crecer junto con la
cizaña, con todas las consecuencias.
Ciertamente, los riesgos que hoy corremos nos
presentan una inquietante pregunta; pero al mismo
tiempo nos recuerdan la caducidad de este mundo. Lo
dice San Pablo en la primera epístola a los
Corintios: “el tiempo es corto. Sólo
queda que los que tienen mujer vivan como si no la
tuvieran; los que lloran, como si no llorasen; los
que se alegran, como si no se alegrasen; los que
compran, como si no poseyesen, y los que disfrutan
del mundo, como si no disfrutasen, porque pasa la
apariencia de este mundo” (1
Cor 7,
29-31). Es éste el verdadero espíritu
cristiano.
-¿Es posible afirmar como
conclusión que el “libro de la vida,
de la naturaleza, del universo” es un texto
que habla de Dios al hombre de todos los
tiempos?
-Sí, ciertamente, la naturaleza, la vida, el
universo son un libro abierto que habla de Dios al
hombre de todos los tiempos; pero hoy día
eso se está redescubriendo, porque el hombre
moderno ha visto notablemente reducida su capacidad
de “leer” este libro. Este hecho no es
propiamente producto de la ciencia misma, sino
más bien de las difundidas interpretaciones
reductivas de la misma. Si pensamos en los
iniciadores mismos de la ciencia moderna, ellos
experimentaron una alegría inmensa,
sumamente intensa, al leer el libro de la
naturaleza. Galileo decía abiertamente: la
naturaleza es un libro escrito con caracteres
matemáticos. Así expresaba la
alegría de haber encontrado los instrumentos
adecuados para comprender en profundidad la
naturaleza, es decir, las matemáticas y la
nueva física; pero al mismo tiempo no
planteaba en modo alguno una duda sobre aquel que
es el Autor de semejante libro, Dios, en el cual
creía con fe sincera.
Por consiguiente, es preciso volver a encontrar esa
sensibilidad profunda que nos permita leer
nuevamente el libro de la naturaleza. Para
lograrlo, contamos con la ayuda preciosa de las
ciencias. De hecho, el desarrollo de la ciencia y
los resultados alcanzados en las últimas
décadas nos dan una visión global de
la naturaleza, sumamente rica, llena de belleza y
significado. Por lo tanto, pienso que nuestro
momento histórico es favorable.
Todavía existen muchos prejuicios heredados
del pasado, pero tenemos ante nosotros un futuro
lleno de esperanza. También el hombre
moderno es capaz de maravillarse ante la naturaleza
y encontrar a Dios en ella. Pienso, por ejemplo, en
las palabras de un hombre típicamente
moderno, como es el filósofo alemán
Emmanuel Kant, quien escribiera:
“Dos
cosas llenan el espíritu de
admiración y lo maravillan de modo siempre
nuevo y creciente: el cielo estrellado sobre
mí y la ley moral dentro de mí”.
Al avivar en sí mismo este sentimiento de
maravilla, también el hombre de la cultura
científica moderna puede encontrar
nuevamente a Dios.
Tal vez ya está ocurriendo este despertar.
En un libro reciente, Paul Davies, conocido
físico y escritor moderno, uno de los
integrantes de la “tercera cultura”
contemporánea, se ubica seriamente ante el
problema de Dios. Este libro, titulado
God.
Science and the Search for Ultimate Meaning (La
mente de Dios. La ciencia y la búsqueda del
sentido último), termina con las
siguientes palabras: “No puedo creer que
nuestra existencia en este universo sólo sea
un capricho del destino, un accidente de la
historia, una simple onda en el seno del gran drama
cósmico... No puede tratarse de un detalle
trivial, de un subproducto de fuerzas sin
inteligencia y sin intención. Si estamos
aquí, esto ha sido realmente previsto”.
Así termina el libro de Davies. Así
se abre el diálogo de fe. La pregunta es la
siguiente: ¿quién, entonces, ha
previsto este universo? He aquí el verdadero
desafío para nuestra cultura, hoy más
que nunca. ¡Corresponde a cada uno de nosotros
dar la respuesta!