LA DIMENSIÓN ANTROPOLÓGICA Y CULTURAL DE LA TECNOLOGÍA

GERMÁN DOIG KLINGE

 
Conforme la tecnología adquiere más peso en la vida de las personas se han levantado numerosas preguntas sobre su capacidad de influir en el ser humano. Pero a menudo se prescinde de un aspecto fundamental. Cualquier intento por comprender lo que es la tecnología y sobre todo lo que genera en la sociedad debe partir de un hecho fundamental: la tecnología forma parte de la cultura. En efecto, para entender tanto los orígenes como las consecuencias del desarrollo tecnológico hace falta considerar el ambiente en el que surge y en el que adquiere un determinado peso. La tecnología no genera tal o cual influjo sólo por sí misma –ya fuere desde los artefactos o desde los procesos y métodos tecnológicos concretos–, sin que lo genera principalmente porque es parte de un contexto cultural.
Desde esta perspectiva se puede entender mejor por qué se deben considerar como insuficientes tanto las explicaciones que le otorgan vida propia, como las que reducen a la tecnología a un mero instrumento. Los extremos resultan en esto reductivos e incompletos para explicar la realidad. La tecnología tiene algo de autónoma, como tiene también algo de instrumental. Esa autonomía está sujeta a otros factores que están más allá de la mera tecnología, y es ciertamente más que un instrumento. Esto nos lleva a la idea que la persona se hace de lo que es la tecnología y el papel que ocupa en su existencia, y para ello se debe acudir a la pregunta por la dimensión cultural de la tecnología.
En los tiempos actuales ha aumentado la inquietud por la dimensión cultural del fenómeno tecnológico. Diversos analistas contemporáneos han abordado directa o indirectamente el asunto. Incluso algunos, con un cierto exceso, llegan a hablar de una cultura totalmente tecnologizada. Hoy es común encontrar expresiones como tecnocultura (1), cibercultura (2), hipercultura (3), network culture (4), cultura de la computadora (5) o simplemente cultura tecnológica. Aunque la mayoría de estos analistas no se preguntan a fondo sobre la dimensión propiamente cultural del fenómeno tecnológico, en algunos de ellos aparece la conciencia de que la sola tecnología no explica lo que está sucediendo en las sociedades actuales, ni aclara tampoco convenientemente los mismos problemas que han aparecido vinculados directamente a ella. Wiebe E. Bijker señala, por ejemplo, desde su peculiar perspectiva: «Los problemas de nuestras sociedades modernas no son de la tecnología y la ciencia per se, ni tampoco exclusivamente sociales, económicos o políticos. En definitiva estos problemas pertenecen a nuestra cultura tecnológica» (6). A su vez Pedro Morandé afirma: «La esencia de la técnica no se puede encontrar en la técnica misma, ...sino en el tipo de cultura humana que la hace posible. Si queremos entender a la cultura y a la sociedad de hoy tenemos que interrogarnos, en consecuencia, acerca de la dimensión cultural de la técnica, para comprender así también lo que encierran sus productos» (7).
Se trata de un asunto fundamental que permite superar las perspectivas unilaterales y reductivas como las tecnocentristas. La tecnología no tiene por sí misma –ni en general, ni en sus aplicaciones concretas– la fuerza para influenciar de manera importante toda la conducta y el obrar de la persona humana (8). No se descubre ningún sustento para presentarla como un factor que determina inevitablemente la conducta del hombre –como hacen pensadores como Ellul o McLuhan–. La tecnología debe ser mostrada como un factor –en muchos casos importante– en relación a otros factores y en una interacción dinámica con ellos; pero sobre todo en interacción con la persona misma y su libertad. Así pues, se trata de una aproximación que plantea la existencia de varios factores en la configuración de una cultura –uno de los cuales es la tecnología–. De la confluencia de estos diversos factores se puede llegar a una mayor o menor influencia a partir de los productos tecnológicos.


1. La tecnología es parte de la cultura

La pregunta por la dimensión cultural de la tecnología abre una pista muy importante de reflexión. Esta interrogante es posible porque la tecnología forma parte de la cultura del ser humano. De ahí que no sea una pregunta meramente académica, sino que se trata de un asunto de fondo, y en cierto sentido ineludible si se aspira a comprender lo que es y lo que puede aportar de bueno o lo que puede generar de perjudicial la tecnología.
El hombre crece y se desarrolla siempre en una cultura. Se puede decir que la cultura es algo específico del ser humano. El Papa Juan Pablo II ha hecho un valioso aporte en la comprensión de esta dimensión cultural de la persona. Es muy esclarecedor sobre el particular su discurso ante la UNESCO en 1980. Allí el Santo Padre se apoya en un pasaje de Santo Tomás de Aquino que viene a ser una traducción del conocido texto de la Metafísica de Aristóteles sobre la techné: «Genus humanum arte et ratione vivit (9) (...) La significación esencial de la cultura consiste, según estas palabras de Santo Tomás de Aquino, en el hecho de ser una característica de la vida humana como tal. El hombre vive una vida verdaderamente humana gracias a la cultura. La vida humana es cultura también en el sentido de que el hombre, a través de ella, se distingue y se diferencia de todo lo demás que existe en el mundo visible: el hombre no puede prescindir de la cultura» (10). A lo que añade a renglón seguido: «La cultura es un modo específico del "existir" y del "ser" del hombre» (11). En este marco el Papa planteará que la persona «es el único sujeto óntico de la cultura» y también «su único objeto y su término» (12). Se trata de la persona considerada en todas las dimensiones de su ser. En otro discurso muy iluminador el Santo Padre dirá que la cultura proviene del ser humano, está en función de él y es para él (13). En la misma línea había manifestado en Lima: «Una cultura que no está al servicio de la persona no es verdadera cultura» (14).
La cultura se debe entender a partir del fin mismo del ser humano, de aquello que lo hace acceder al "ser". Puesto en otros términos, la cultura se define en función del bien al que está naturalmente orientado el hombre. Viene a ser en cierto sentido como la prolongación de la naturaleza humana y, al mismo tiempo, el vehículo para el cumplimiento de sus finalidades. «Es propio de la persona humana –afirma la Gaudium et spes– no llegar a la verdadera y propia humanidad si no es mediante la cultura, es decir, cultivando los bienes y valores de la naturaleza... En sentido general, con la palabra cultura se indica todo aquello con lo que el hombre afina y desarrolla sus múltiples cualidades de alma y cuerpo» (15). Como señala Fernando Moreno, «la neutralidad en relación a la valoración objetiva de aquello que permite, facilita o procura el cultivo de su ser persona, no es posible» (16). Así pues, mediante la cultura –en sus expresiones concretas, es decir cada cultura particular– el ser humano aspira al cultivo y desarrollo de sí mismo y establece relaciones adecuadas consigo mismo, con los demás, con la naturaleza y –la más importante– con Dios. La cultura así entendida será consecuencia y expresión del equilibrio en la persona humana entre la permanencia en el "ser" y su necesario despliegue. Es desde esta perspectiva que se puede afirmar que la cultura en cuanto producto de la acción del ser humano manifiesta al ser –por eso se puede decir que es epifanía del ser (17) – y lo lleva a su perfección.
Lo que está como transfondo es el principio operari sequitur esse et modus operandi modum essendi –el obrar sigue al ser y el modo de obrar al modo de ser–. La acción o praxis, que está en el origen de la cultura como plasmación del pensamiento, tiene como sujeto al ser humano. Esto implica la prioridad de la persona por ser esencialmente el sujeto de la acción humana. Es un absurdo otorgarle a la praxis la condición de sujeto. En ese sentido el trabajo –entendido como praxis– no puede crear al hombre, como lo pretende el marxismo. El trabajo y la praxis sólo son posibles porque ya existe el ser humano. Es iluminador un texto del entonces Cardenal Karol Wojtyla: «No hay duda de que la cultura se constituye a través de la praxis, a través del obrar del hombre que expresa –en cierto modo revela– su humanidad. Con tal premisa, la cultura se constituye verdaderamente a través del trabajo que implica la "transformación de la naturaleza" y también la "transmutación del mundo", pero a condición de que esta transformación y transmutación correspondan a la inteligencia del hombre y contemporáneamente a un orden objetivo de la "naturaleza" o también del "mundo". Entonces se puede decir que tal obrar o tal trabajo llevan en sí mismos una específica irradiación de la humanidad, gracias a la cual la obra de la cultura se inscribe en la obra de la naturaleza» (18). Y añadirá precisando la relación entre naturaleza y cultura: «En tal caso, a pesar de su diversidad, la cultura y la naturaleza constituyen como una unidad orgánica. Entonces se develan las raíces de la unión del hombre con la naturaleza y al mismo tiempo se devela el lugar del encuentro del hombre con el Creador en el designio perenne, del cual ha llegado a ser partícipe gracias a su inteligencia y sabiduría» (19).
Como se ha señalado ya, en el texto del discurso ante la UNESCO el Papa Juan Pablo II basa su aproximación al tema de la cultura en una cita de Santo Tomás de Aquino que recoge un texto de la Metafísica de Aristóteles: «El género humano vive por el arte –techné– y el raciocinio» (20). Es una perspectiva que abarca distintos aspectos de la manera de vivir y de desarrollarse del ser humano, en sus diversos niveles, incluyendo por cierto el obrar tecnológico y los productos que a partir de dicho obrar se generen. El sentido último de la cultura es que el ser humano llegue a ser lo que debe ser de acuerdo a su naturaleza, es decir de acuerdo a la norma de su propio ser –que no es otra cosa que las inclinaciones fundamentales de la naturaleza humana expresadas en la ley natural–. De ahí que el Papa, siguiendo en su razonamiento, afirme: «La cultura es aquello a través de lo cual el hombre, en cuanto hombre, se hace más hombre, "es" más, accede más al "ser"» (21). Desde el "ser" del hombre se ordena todo su obrar. Esto pone de manifiesto dos asuntos que tocan directamente el tema de la tecnología. En primer lugar, la cultura tiene una directa relación con la naturaleza del ser humano. Y, en segundo lugar, sus productos se deben subordinar a dicha naturaleza y a sus fines últimos. «Se piensa en la cultura –dice el Papa Juan Pablo II– y se habla de ella principalmente en relación con la naturaleza del hombre, y luego solamente de manera secundaria e indirecta en relación con el mundo de sus productos» (22).
Lo dicho pone en evidencia que la tecnología se inscribe dentro del "hacer" o el obrar humano. Como tal debe estar subordinada al "ser". El riesgo principal del tiempo actual en relación a la tecnología es que en el clima de una sociedad agnóstica y funcionalista se desplace el acento del "ser" hacia el "hacer". Esto se genera a partir de una equivocada comprensión de lo que es la tecnología y de cuál es su papel en la existencia del ser humano. Este desplazamiento introduce el criterio de la eficacia como la norma suprema y determinante para juzgar toda la realidad y para adecuar la acción y el sentido de la existencia del ser humano. Se trata de una sustitución de los fines por los medios; lo que es una manera de decir que se da una perversión del sentido de los medios.
A la luz de lo afirmado y poniendo a la tecnología en su lugar correcto es claro que los productos –aunque deben estar subordinados a los fines últimos, a aquello que constituye el "ser" de la persona humana según el divino designio– forman parte de la cultura del ser humano.
El concepto de cultura es muy rico. En el documento de la III Conferencia General del Episcopado Latinoamericano celebrada en Puebla se ofreció una definición que recoge los aportes principales de lo que proponía la Gaudium et spes: «Con la palabra "cultura" se indica el modo particular como, en un pueblo, los hombres cultivan su relación con la naturaleza, entre sí mismos y con Dios (GS 53b) de modo que puedan llegar a "un nivel verdadera y plenamente humano" (GS 53a). Es "el estilo de vida común" (GS 53c) que caracteriza a los diversos pueblos; por ello se habla de "pluralidad de culturas" (GS 53c)» (23). El Cardenal Paul Poupard distingue en la cultura las siguientes dimensiones: la psico-somática; la cósmico-material –que incluye el sometimiento del cosmos por el conocimiento y el trabajo, donde se ubica la tecnología–; la social, ética y jurídica; la histórica y axiológica (24).
Hervé Carrier, por su lado, ofrece una descripción que permite apreciar los diversos elementos que la conforman, entre ellos la tecnología: «La cultura es el universo humanizado que una colectividad se crea, consciente o inconscientemente: es su propia representación del pasado y su proyecto del futuro, sus instituciones y sus creaciones típicas, sus costumbres y sus creencias, sus actitudes y sus comportamientos característicos, su manera original de comunicar, de trabajar, de celebrar, de crear técnicas y obras reveladoras de su alma y de sus valores últimos. La cultura es la mentalidad típica que adquiere todo individuo que se identifica con una colectividad, es el patrimonio humano transmitido de generación en generación» (25).
Como se puede ver en las definiciones que se han ofrecido, la tecnología aparece como uno de los elementos que conforman la cultura. Pero ni es el único, ni es el principal. Por ello no se le ha de otorgar un lugar preeminente sino que debe ordenarse al "ser" del hombre. Sin esto todo pierde su sentido y la tecnología corre el riesgo de descarrilarse y volverse contra el mismo ser humano, como parece estar ocurriendo en muchos aspectos en el tiempo actual con ese desplazamiento del "ser" hacia el "hacer". Tener en cuenta lo que hemos llamado la dimensión cultural de la tecnología ayuda a comprender cómo es que ésta puede influir en la persona humana. Y ofrece también algunos criterios de fondo para entender cuál debe ser su lugar.


2.Relación recíproca con la cultura

Si partimos del hecho de que «toda la actividad del hombre tiene lugar dentro de una cultura y tiene una recíproca relación con ella» (26), entonces debemos considerar que todo su obrar es generador de cultura y que a la vez está en interacción con ella. Dentro de este obrar se encuentra la tecnología. Cuando el Santo Padre afirma que entre el ser humano y la cultura se genera una relación recíproca está evidenciando el doble dinamismo de toda auténtica cultura. De un lado, ya se ha visto que la cultura tiene su origen en el ser humano a través del tiempo –y por esa razón se insiste en que la cultura está al servicio de él y no al revés–. Pero esa cultura creada por el ser humano se convierte en algo objetivo externo al hombre con influencia sobre él. Puesto en otros términos, la acción humana no se realiza en una sola dirección. Cuando se hace algo se inicia un proceso interactivo. Se producen unos efectos que no permanecen fuera de la persona sino que regresan, por decirlo de alguna manera, hacia ella.
En un proceso análogo al mencionado cuando se afirma que la tecnología forma parte de la cultura se pone así en evidencia una doble corriente de interacción: de la tecnología sobre la cultura y de la cultura sobre la tecnología. Desde esta perspectiva dinámica, por un lado se afirma que hay un conjunto múltiple de factores operando en el desarrollo tecnológico y afectando su influjo sobre el ser humano. Pero al mismo tiempo se admite la importancia de la tecnología y su peso en la misma configuración cultural y por ende su influjo sobre la persona misma. De esta manera, si la tecnología responde también al cambio cultural y se ve influida directamente por él en su diseño y aplicación, al mismo tiempo juega un papel importante al influir en dicho cambio cultural. Y es que la tecnología es uno de los factores de la cultura que genera un impacto significativo en la configuración de los patrones culturales de un grupo humano. Esto es más fácil de comprender hoy en día en que la tecnología ha adquirido un peso tan importante.
El rechazo a una posición determinista no debe llevar al error de pretender que el uso de una tecnología específica en un contexto preciso no tiene consecuencia alguna en las personas y su cultura. Georges Friedmann, hablando de la técnica, afirmaba: «En el curso de una aventura milenaria en la que causas y efectos se entremezclan y se condicionan recíprocamente, el hombre modifica su medio y, a través de su medio, se modifica él mismo y se proyecta hacia nuevas transformaciones» (27). Es decir, entre los cambios que realiza el ser humano y su medio hay una acción recíproca. O, puesto de otra manera, transformando su medio y edificando una morada el ser humano se transforma a sí mismo en alguna medida. Un repaso a la historia de la humanidad revela que todo cambio tecnológico importante ha tenido algún grado de influencia en los pueblos. Y algunos de estos cambios han producido impactos de grandes proporciones. Se podría mencionar por ejemplo la invención del reloj mecánico, la imprenta de tipos móviles de Gutenberg, la máquina a vapor, el descubrimiento y utilización de la energía eléctrica, el telégrafo... Todo esto, claro está, en el juego de interacción y de influencias recíprocas. Algunos efectos son positivos. Pero otros son negativos. Por ejemplo, ¿cuánto han afectado las píldoras anticonceptivas las costumbres sexuales y la vida familiar?
El asunto central para comprender qué significa que exista una relación recíproca entre el ser humano y su cultura, y dentro de ello el papel que ocupa la tecnología, está en la manera como el ser humano se entiende a sí mismo y como piensa y comprende la realidad; se incluye aquí la forma como entiende y valora todo su obrar y, dentro de ello, como comprende el papel y ubicación de la tecnología. El Papa Juan Pablo II lo ponía en evidencia al señalar que «la primera y más importante labor se realiza en el corazón del hombre, y el modo como éste se compromete a construir el propio futuro depende de la concepción que tiene de sí mismo y de su destino» (28).
A la luz de lo dicho se comprende que cuando se menciona la dimensión cultural de la tecnología se está hablando en el fondo de un asunto antropológico. La producción tecnológica evidencia en alguna medida una concepción de lo que es el hombre que la genera y los valores o antivalores que posee. Por ello la pregunta por la dimensión cultural trae consigo una pregunta por el concepto de ser humano que está detrás del desarrollo tecnológico. Se refiere tanto a cuál sea la concepción de ser humano que se encuentra en el origen de la tecnología, como también la que tiene el que la aplica y usa. De la imagen que se tenga de lo que es ese ser humano –de su naturaleza, el sentido de su existencia, su fin último– se desprenderá lo que se espera de la tecnología, lo que se quiere que ésta haga y el rol que se le otorgará en la vida social. La dimensión cultural vendrá a ser la plasmación de esa imagen del ser humano, a través de la concreción de los valores, criterios, líneas matrices de pensamiento, actitudes básicas ante la vida, en un determinado entorno, en medio de los cuales vive la persona.
Este asunto ha despertado cierto interés en algunos analistas. Aunque lamentablemente no siempre se dé el paso hacia la pregunta por la dimensión cultural ni se tenga en cuenta los asuntos antropológicos de fondo. En ese sentido cada vez aparecen más analistas que dirigen su atención hacia el lugar y el rol que se le asigna a la tecnología en una sociedad. Por ejemplo, Mark Weiser y John Seely Brown anotan que el marco para comprender los efectos de la tecnología debe ser el tipo de relación que las personas establecen con ella. En un artículo sobre la tecnología que han llamado ubiquitous (29) ponían como premisa para abordar el asunto lo siguiente: «Las oleadas importantes de cambio tecnológico son aquellas que fundamentalmente alteran el lugar de la tecnología en nuestras vidas. Lo que importa no es la tecnología misma, sino su relación con nosotros» (30). Lo que no ponen de manifiesto estos dos analistas es que la pregunta por el lugar de la tecnología y por la relación del ser humano con ésta lleva directamente a la pregunta sobre la concepción antropológica que se tiene.
Nos situamos así ante una pista muy importante. El valor que la tecnología adquiere en una cultura parece estar directamente relacionado con la idea que las personas que forman esa cultura tienen de sí y de la tecnología, es decir, el valor y función que le dan a la tecnología en relación con el entendimiento de sí mismos y con su despliegue personal y social. Joseph Weizenbaum permite ampliar la comprensión de este asunto cuando dice: «Las decisiones que toma el público en general acerca de las tecnologías emergentes, se basan mucho más en lo que el público le atribuye a dichas tecnologías, que en lo que realmente son capaces o no de hacer» (31). Esto puede ciertamente generar un círculo vicioso, que retroalimenta cada una de las ideas que hay detrás de la aproximación a la realidad. De esta manera, una idea que "deifica" a la tecnología le dará un mayor peso en la manera de entender la realidad; y al entender cada vez más la realidad desde el filtro de la tecnología se reforzará la "deificación" de la misma.
Así pues, uno de los factores más importantes para comprender la influencia de la tecnología es la "idea" que se tiene de la misma. Aunque esta "idea" surge del contacto de la persona con un producto tecnológico concreto, tiene un influjo de los criterios imperantes en un contexto cultural. Es decir, la interacción entre la persona y el producto concreto tiene una suerte de mediación en los patrones culturales dominantes –se está hablando de influencia y no de condicionamiento, como pretenden algunas corrientes del determinismo tecnológico–. Ahora bien, la "idea", que pesa tanto en el diseño como en la utilización de la tecnología, puede ser una "idea" correcta –es decir, conforme a la naturaleza del ser humano– o puede ser una "idea" equivocada –es decir, reñida con la naturaleza–. Si es una "idea" correcta se podrá ubicar a la tecnología en el lugar adecuado subordinado, y como tal su influencia puede ser orientada al bien. Pero si no es así, si prevalece la "idea" errada, se cae en problemas como el que se está viendo actualmente de desplazamiento del "ser" al "hacer" y a la absolutización de la racionalidad tecnológica como el criterio supremo de la acción del ser humano y del sentido de su existencia.


3. De la metáfora al filtro

A lo largo de la historia se ha utilizado la tecnología como una metáfora o figura para explicar la realidad. Así, por ejemplo, los griegos usaron imágenes tomadas de la alfarería para presentar el universo (32). Santo Tomás de Aquino comparaba a Dios con un artesano. Después se tomará la figura del reloj mecánico para explicar los movimientos regulares de las esferas celestes y también para graficar la acción creadora de Dios. En 1377 el científico y filósofo francés Nicole d'Oresme acuñó la expresión: "el universo como mecanismo de relojería". La llamada edad moderna mantendrá y difundirá esta imagen del reloj (33). También la máquina de vapor ha sido usada como figura. Hoy en día la computadora está sirviendo de la misma manera como una metáfora para diversas explicaciones de la realidad. Es común oír hablar en diversos campos como la sicología, la lingüística, la sociología, la economía, de input y output, de descodificación. Se escuchan también a menudo expresiones como "procesar" una determinada información, "programar", "retroalimentar".
Pero de la metáfora se puede pasar a un filtro que, en mayor o menor grado, resulte condicionante. Una mirada a la sociedad hodierna y a sus posibles tendencias hacia el futuro indica que las nuevas tecnologías terminan siendo en algunos casos una suerte de filtro distorsionante con relación a la aprehensión de la realidad. La distorsión generada puede llevar a prescindir de aspectos de la realidad. Algunos de estos aspectos pueden ser secundarios y como tales poco importantes. Pero se puede dar el caso también de que se prescinda de asuntos de fondo, como por ejemplo la pregunta por el bien y la verdad –esto es lo que ocurre cuando se coloca a la eficacia como el criterio supremo de valoración de la realidad y del obrar humano siguiendo la lógica de la racionalidad tecnológica–. Esta distorsión podría también afectar la valoración que se hace de la realidad generando juicios equivocados.
Este tipo de desviaciones constituyen uno de los aspectos más denunciados por los críticos de las tecnologías. Para muchos de ellos el problema principal estaría en que la tecnología terminaría influyendo no sólo en la captación misma de la realidad sino también en la manera como nos situamos frente a ella y como la percibimos. Esto se puede manifestar en los diversos ámbitos relacionales del ser humano: con la naturaleza, con los otros seres humanos, consigo mismo, y con Dios. Algunos incluso hablan de un problema epistemológico. Pero hay que tener cuidado con este tipo de opiniones, puesto que al hablar de un asunto epistemológico se puede poner en duda la capacidad misma de percibir y aprehender la realidad, lo cual es un evidente exceso. La influencia que puede generar la tecnología –y la misma cultura– puede ser importante, pero no tiene cómo impedir que se conozca y aprehenda la realidad. La distorsión no llega a impedir la posibilidad de un conocimiento objetivo de la realidad.
Diversos autores han llamado la atención sobre el peso que la tecnología ha tenido en la historia humana para influir en la forma como se percibe la realidad y como el ser humano entiende su existencia. Tal el caso del mencionado Weizenbaum, quien desde un cierto tecnocentrismo sostiene: «Una herramienta es también un modelo para su propia reproducción y un guión para volver a representar la habilidad que simboliza. Ése es el sentido en el que es un instrumento pedagógico, un vehículo para instruir hombres en otros tiempos y lugares en modos adquiridos de pensamiento y acción. La herramienta, como símbolo en todos estos aspectos, así trasciende su papel como medio práctico hacia un fin determinado: es un constituyente de la recreación simbólica que hace el hombre de su mundo... La herramienta es mucho más que un mero artefacto; es un agente de cambio» (34). En una línea semejante opina David Bolter: «Evidentemente no es cierto que la tecnología cambiante sea la única responsable de la cambiante visión de la humanidad respecto a la naturaleza, pero es claro que la tecnología de cualquier época proporciona una ventana atractiva a través de la cual los pensadores pueden observar tanto su mundo físico como metafísico» (35). En ambos casos se le da a la tecnología una enorme importancia como una imagen –un modelo, un símbolo o una ventana– a través de la cual aproximarse a la realidad. Pero no queda claro en ninguno de los dos qué peso y hasta qué punto puede esta imagen distorsionar gravemente la percepción de la realidad e influir en el juicio que se puede hacer de la misma.
Un pasaje que refleja una posición que puede ser calificada como una expresión del determinismo tecnológico puede ayudar a comprender un poco mejor los alcances del problema. Se trata de la opinión de Hugh McDonald, a pesar de su declarado tomismo: «Nuestra propia cultura tecnológica distorsionará fuertemente nuestras percepciones del mundo. El usuario de tecnología se encuentra enfocado en cierto modo por las herramientas que utiliza. La tecnología impondrá un determinado esquema de prioridades. Si no enfoca hacia algo, causa desatención respecto a otras áreas. Cualquier tecnología crea un nuevo esquema de hábitos mentales. Esto es especialmente cierto respecto de las computadoras, dado que no sólo extienden meramente nuestros miembros, sino nuestras facultades cognitivas y perceptivas. El conjunto entero de la tecnología informática cambia nuestros hábitos de percepción no meramente por accidente sino por diseño» (36). McDonald manifiesta en este pasaje la influencia de McLuhan y su determinismo tecnológico. Neil Postman, a su vez, lo explica en términos simplistas que sólo se pueden ver como una caricatura: «a un hombre con un lápiz, todo le parece una lista; a un hombre con una cámara, todo le parece una imagen; a un hombre con un ordenador (computadora), todo le parecen datos. Y a un hombre con un papel pautado, todo le parece un número» (37). Postman ha reinterpretado el aforismo de McLuhan «el medio es el mensaje» con una mayor atención a los elementos epistemológicos. En su ensayo Amusing Ourselves to Death plantea que los medios traen consigo una epistemología. Allí afirma que «un medio importante y nuevo cambia la estructura del discurso; lo hace alentando ciertos usos del intelecto, favoreciendo ciertas definiciones de inteligencia y sabiduría, y exigiendo cierto tipo de contenido en la frase, creando nuevas formas de contar verdades» (38).
Tanto McDonald como Postman muestran un exagerado sesgo tecnocentrista muy en la línea de McLuhan. Para ellos la influencia de la tecnología es totalmente condicionante. Es más, ésta es presentada como un filtro con consecuencias epistemológicas. No se descubre ninguna razón para plantear que la tecnología puede ejercer una influencia de tal naturaleza. Los mismos argumentos de autores como los mencionados sólo parecen demostrar que la tecnología ejerce una influencia, pero no conducen a concluir que ésta llega hasta la capacidad cognoscitiva. Y, además, le otorgan ese poder a la tecnología misma, lo cual parece a todas luces un exceso.
Todo lo anotado sobre los problemas del determinismo tecnológico y sus especulaciones epistemológicas no quitan sin embargo el hecho de que la tecnología sí ejerce una influencia sobre el ser humano. Pero dicha influencia, como se ha venido diciendo, sólo se torna posible en la medida en que la cultura le otorgue ese "poder" a la tecnología. La tecnología de por sí no tiene dicha capacidad. Es decir, depende de la idea que se tenga del lugar y peso de la tecnología. Y en todo ello dicha influencia tiene un límite en la capacidad cognoscitiva del ser humano y en el ejercicio de su libertad que lo puede llevar a permitir una determinada influencia o a rechazarla. No cabe en este sentido un determinismo tecnológico, como tampoco un determinismo culturalista. Sólo es posible que un producto tecnológico –como la computadora– influencie de manera importante nuestros hábitos perceptivos y la valoración de la realidad si nuestra cultura –y dentro de ella cada persona concreta– le da un determinado peso praxiológico al instrumento. El que eso esté sucediendo con frecuencia actualmente no sitúa el problema en la tecnología, sino que evidencia al menos dos cosas: 1. Una deficiencia en los hábitos culturales y críticos de las personas, a pesar de vivir en una era que ha sido calificada de "informatizada"; 2. Y, el papel central que se le está dando a la tecnología en un determinado contexto cultural.
Ahora bien, a todo lo dicho hay que añadir un elemento más. La influencia que adquiere la tecnología en una determinada cultura no se produce siempre de una manera explícita, ni siquiera uniforme. Es más, lo común es que se realice de forma velada, sin aviso. La interacción con la cultura se da en la vida cotidiana. La persona va asimilando y absorbiendo naturalmente sus elementos en su medio ambiente. Y en relación a la tecnología lo más común es que no se fije ordinariamente en los riesgos sino en los beneficios y comodidades que puede conseguir de ésta. Es claro, sin embargo, que no todos los ambientes tienen una misma presencia tecnológica, como es obvio también que no todas las concreciones de la tecnología ejercen un mismo tipo de influencia –las generalizaciones ayudan a fijar mejor el asunto aunque empobrecen decididamente la precisión en la percepción de la realidad–. Un aparato de televisión tiene evidentemente un peso mayor que un horno de microondas.
Todo lo señalado, sin embargo, sólo fija claramente que existe una influencia de la tecnología en la manera como el ser humano se entiende a sí mismo y a la realidad. Pero ello no convierte esa influencia ni en la única, ni en el filtro determinante. El reconocimiento de la evidente influencia de la tecnología no debe desembocar en un determinismo tecnológico que termine, además, centrándolo todo en la tecnología y en su influjo, es decir en un desafortunado tecnocentrismo. De igual forma, tampoco debe llevar a otorgar a la tecnología una autonomía tal que la sacaría totalmente del control y dirección del ser humano.
Lamentablemente hoy en día se prescinde a menudo de lo que hemos llamado la dimensión cultural de la tecnología. Esto conduce a graves problemas en la valoración de lo que es la tecnología y sobre todo en su lugar en la vida del ser humano. Los mismos críticos de la tecnología, como los mencionados Postman o McDonald, terminan cayendo en el juego del tecnocentrismo al otorgarle a la tecnología un poder que no tiene.
Pero además, se está difundiendo una cierta mentalidad que ha dado a la tecnología la preeminencia sobre todo, colocándola como el factor principal y determinante de la cultura. La hemos llamado la mentalidad tecnologista. Sus representantes principales son los promotores de la utopía tecnológica, como por ejemplo los que pertenecen al círculo de la revista «Wired». Sus raíces se pueden seguir hasta el nominalismo, pero sobre todo será con el Renacimiento que se forje definitivamente el perfil básico de esta nueva mentalidad. Esta mentalidad ha venido jugando un papel decisivo en la manera como se ha entendido la tecnología en las situaciones culturales concretas, y en muchos sentidos podría haber sido el principal factor para la difusión del tecnocentrismo. Para los que responden a esta mentalidad el ideal es una cultura tecnologizada, es decir organizada en torno al paradigma de la racionalidad tecnológica. Con ello se desplaza definitivamente la referencia a la naturaleza del ser humano y se prescinde de las preguntas por la verdad y el bien. Es la rendición a la primacía de la praxis sin ninguna referencia al "ser". En este tipo de modelo cultural la posibilidad de influencia de la tecnología y sobre todo de la asimilación de la racionalidad tecnológica como el criterio supremo de valoración de la realidad y del sentido de la existencia del ser humano es muy grande.
La pregunta por la dimensión cultural de la tecnología lleva así hacia la búsqueda de aquellos elementos en la cultura que hacen que la tecnología tenga un determinado peso e importancia. Y de entre los varios posibles hay que detenerse en esta forma mentis que hemos llamado mentalidad tecnologista, pues es la que está en el transfondo de las posturas tecnocentristas.

Notas
1. Ver Steven Johnson, Interface Culture. How New Technology Transforms the Way We Create and Comunicate, HarperEdge, San Francisco 1997. Ésta es la expresión favorita de los tecno-ilustrados de la revista «Wired». [Regresar]
2. Ver Mark Dery, Velocità di fuga. Cyberculture a fine millennio, Feltrinelli, Milán 1997. [Regresar]
3. Ver Ben Davis, Wheel of Culture, en Edward Barrett y Marie Redmond (eds.), Contextual Media. Multimedia and Interpretation, MIT Press, Cambridge 1997, p. 248. [Regresar]
4. Kevin Kelly, Out of Control. The New Biology of Machines, Social Systems, and the Economic World, Addison-Wesley, Nueva York 1994, p. 28. [Regresar]
5. George Gilder, Life after Television. The Coming Transformation of Media and American Life (revised edition), W.W. Norton & Company, Nueva York-Londres 1994, p. 175. [Regresar]
6. Wiebe E. Bijker, Epílogo a AA.VV., Para comprender ciencia, tecnología y sociedad, EVD, Navarra 1996, p. 304. Bijker representa una corriente que se agrupa bajo las siglas CTS y que se dedica a la promoción de la tecnología a partir de la difusión de los estudios sobre Ciencia, Tecnología y Sociedad en centros educativos. [Regresar]
7. Pedro Morandé, El hombre y la cultura en la sociedad tecnológica, en colección «Carisma», vol. 30, Patris, Santiago-Buenos Aires 1991. [Regresar]
8. Este párrafo toma en consideración la posibilidad futura de ciertos desarrollos de nanotecnología, de implantes cibernéticos e incluso del desarrollo de técnicas sumamente sofisticadas en la generación de ciborgs. [Regresar]
9. Ver Santo Tomás, comentando a Aristóteles, en Post. Analyt. n. 1. [Regresar]
10. Juan Pablo II, Discurso a la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura, en la sede de la UNESCO, París, 2/6/1980, 6. [Regresar]
11. Lug. cit. [Regresar]
12. Allí mismo, 7. [Regresar]
13. Ver Juan Pablo II, Discurso a los profesores, a los universitarios y a los hombres de la cultura, Coimbra, 15/5/1982. [Regresar]
14. Juan Pablo II, Mensaje al mundo de la cultura y a los empresarios, Lima, 15/5/1988, 3. [Regresar]
15. Gaudium et spes, 53. [Regresar]
16. Fernando Moreno, La oposición entre naturaleza y cultura: un malentendido histórico, en «Schripta Theologica» 23 (1991/1), p. 260. [Regresar]
17. Ver allí mismo, p. 259. [Regresar]
18. Cardenal Karol Wojtyla, Il problema del costituirsi della cultura attraverso la "praxis" humana, texto presentado en la Universidad Católica de Milán el 18 de marzo de 1977 y publicado originalmente en la «Rivista di Filosofia Neoscolastica» LXIX (1977), pp. 513-524; la versión citada está tomada de: Karol Wojtyla. Perché l'uomo. Scritti inediti di antropologia e filosofia, Mondadori, Milán 1995, p. 186. [Regresar]
19. Allí mismo, pp. 186-187. [Regresar]
20. Ver Aristóteles, Metafísica, I,1. [Regresar]
21. Juan Pablo II, Discurso a la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura, en la sede de la UNESCO, París, 2/6/1980, 7. [Regresar]
22. Lug. cit. [Regresar]
23. Puebla, 386. [Regresar]
24. Ver Cardenal Paul Poupard, Paul VI et Jean Paul II: leur recontre avec la culture moderne, en «Seminarium» XXXVIII (1985), p. 59, nota 7. [Regresar]
25. Hervé Carrier, S.J., Evangelio y culturas. Desde León XIII a Juan Pablo II, Edicep, Madrid 1988, pp. 16-17. [Regresar]
Notas
26. Juan Pablo II, Centesimus annus, 51. [Regresar]
27. Georges Friedmann, El hombre y la técnica, Ariel, Barcelona 1970, pp. 16-17. [Regresar]
28. Juan Pablo II, Centesimus annus, 51. [Regresar]
29. Se trata de la tecnología que está presente en todo el ambiente sin que sea notada de manera especial. [Regresar]
30. Mark Weiser y John Seely Brown, The Coming Age of Calm Technology, en Peter J. Denning y Robert M. Metcalfe (eds.), Beyond Calculation. The Next Fifty Years of Computing, Copernicus, Nueva York 1997, p. 75. [Regresar]
31. Joseph Weizenbaum, Computer Power and Human Reason. From Judgment to Calculation, W.H. Freeman, Nueva York 1976, p. 7. [Regresar]
32. Ver el Timeo (48a), donde Platón compara el trabajo de la deidad creadora con un artesano. [Regresar]
33. Francis Bacon, Isaac Newton, Baruch Spinoza, John Locke, son algunos de los que usaron la figura del reloj para explicar la realidad. [Regresar]
34. Joseph Weizenbaum, ob. cit., p. 18. [Regresar]
35. J. David Bolter, Turing's Man. Western Culture in the Computer Age, University of North Carolina Press, Chapel Hill 1984, p. 10. [Regresar]
36. Hugh McDonald, The Effects of Technology on Business, ponencia presentada en el «3rd Internation Conference Promoting Business Ethics», Niagara Falls, el 1 de noviembre de 1996: http://www.vaxxine.com/hyoomik/philo/numb1.htm. [Regresar]
37. Neil Postman, Tecnópolis, Círculo de Lectores, Barcelona 1994, p. 26. [Regresar]
38. Neil Postman, Amusing Ourselves to Death, Penguin Books, Nueva York 1986, p. 27. [Regresar]


 

 

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