El fenómeno llamado globalización
suele abordarse desde varias y diversas
perspectivas. Ya
hace mucho tiempo se
hablaba de que los descubrimientos y avances
técnicos como que hacían experimentar
al mundo más pequeño. Hoy tal
comprobación suele verse como resultado de
la evolución de la economía a escala
internacional
[1],
así como del sorprendente avance
tecnológico en las
telecomunicaciones
[2].
Y, como alcance
obvio, algunos llegan a
hablar también de una globalización
cultural.
En el mismo campo económico, que
parecería el más sencillo para
aproximarse al fenómeno, se podría
profundizar ampliamente, tanto en sí mismo
como en la dinámica de dimensión
globalizadora que en un sentido más amplio
traen consigo las nuevas tecnologías
informáticas. Pero al mismo tiempo que se da
este fenómeno y su secuela la “homogeneización”,
ambos se presentan con sentido ambiguo, o para usar
la conocida expresión de John Naisbitt: “paradójico”.
Si bien es innegable el proceso de
globalización, éste, incluso en el
campo económico, genera fenómenos
concurrentes de regionalización, de
segmentación, así como de
particularización, de singularidad. De este
modo, por ejemplo, en el proceso de
globalización del mercado se tiene la
presencia de “bloques económicos”
dando una fisonomía singular al mapa de la
macrocompetencia y de la macrocooperación
mundial. “Cuanto mayor es la economía
mundial, más poderosos son los
pequeños jugadores”, se puede traducir
la “paradoja global” que formula
Naisbitt.
Nadie puede aproximarse al fenómeno de
globalización
y de
homogeneización de manera simplista. Hoy es
incuestionable la existencia de una economía
global. Lo es también su cada vez más
extendida secuela de la extensión universal
del “consumismo”. George Ritzer ha
propuesto un concepto para explicar la
dinámica de “homogeneización”
que acompaña al proceso de
globalización en su famoso
The
McDonaldization of society. Obviamente,
el patrón de “consumismo”
que emplea el autor norteamericano como base para
explicar su tesis de una emergente cultura global
-que va introduciéndose en diversas
dimensiones sociales y culturales de la vida en el
mundo
[3]-
a impulsos de lo que denomina “macdonaldización”
no ha quedado incontestado.
En línea semejante Naisbitt señala la
oposición de lo “universal” y de
lo que en jerga sociológica se denomina “tribal”,
es decir lo local
, la idiosincrasia
particular. Para él se trata de una paradoja
más del fenómeno de
globalización, que alcanza incluso al
ámbito del lenguaje. Castells habla de una “oposición
bipolar” en la configuración del mundo
de cara
al tercer milenio. Considera que
la
modalidad de globalización de hoy,
con la imposición de sus decisiones
estratégicas, está produciendo un
efecto de desorientación social que lleva a
la
afirmación de la identidad en el “ser”
más que en el “hacer”.
Según señala, esto “tiene como
consecuencia una ruptura entre el instrumentalismo
universal y abstracto y las identidades
particulares
[4],
históricamente enraizadas”. De forma
tal que el mundo de hoy se ve sometido a la
tensión conflictual entre “globalización
e identidad
[5]“.
En el marco de lo “paradójico”
se presentan también las reflexiones de
Benjamin Barber fascinado por dos escenarios que
reaparecen sobrepuestos y retroalimentándose
mutuamente. Uno primero de “retribalización”
coloreado por un impulso de defensa de lo propio en
lo que con un término sumamente
desafortunado denomina “
jihad[6]“
.
Y otro al
que llama
“McWorld”,
que designa a un impulso de integración
y de uniformidad que “presiona a las naciones
hacia un homogéneo parque de diversiones
global
[
one homogeneous global theme
park]
, un McMundo atado por las
comunicaciones, la información, el
entretenimiento y el comercio
[7]“.
Una
especie
de melting pot o
“crisol”
universal. Ciertamente, ambas realidades coexisten
y según algunos se influyen
interdinámicamente.
Más allá de las impostaciones y
matices con que estos y otros pensadores tratan y
califican el fenómeno, parece indiscutible
la evidencia de un impulso hacia lo que se designa
como “globalización”, así
como la persistencia de realidades que reclaman la
pluralidad, la variedad más allá del “
corset”
de prefijados parámetros dentro de los
cuales se mueve la heterogénea plurioferta
del mercado de hoy, así como la
identidad cultural propia que se resiste a ser
absorbida o diluida en un
melting pot de
una
homogeneización mundial. En
el marco de la globalización, muchos
destacan la creciente variedad y pluralidad de
productos –un proceso conocido como
customerizing o “adaptación al
cliente”- como una muestra de la
heterogeneidad que el actual sistema
promueve. Parece importante destacar para una
mayor claridad que una cierta heterogeneidad en
la oferta, respondiendo a variedad de gustos,
parece siempre, moverse dentro de los
parámetros de consumismo que como
expresión de la globalidad son ofrecidos, y
en tal sentido forman parte de la
“homogeneización”
de la globalización del consumo
[8].
En
realidad se trataría de un
mecanismo por el cual el sistema amplifica y
consolida la preeminencia homologadora del
mercado.
El proceso de globalización, en sentido
amplio, con sus impulsos hacia la
homogeneización constituye una realidad que
lleva en cierto sentido a amenazar la identidad de
las personas y los pueblos en muchos
aspectos
[9].
El proceso es innegable, y como acabamos de ver
trae una contraparte que es la afirmación de
lo propio. En el contexto actual, la armonía
de lo mejor de ambos impulsos resulta a todas luces
lo deseable, algo que sólo es posible a
partir de una recta apertura a la verdad. Pero, hay
quienes han sucumbido a la
falsa antinomia y
a las secuelas, fruto del impulso globalizador y
homogeneizador que se presenta, con graves
repercusiones de fondo, como por ejemplo la falta
de confianza ya sea en la existencia de la verdad,
de su dinámica universal, o en la
posibilidad de su aprehensión. Aun cuando el
fenómeno no es exclusivo de nuestro tiempo,
hoy parece acrecentarse en forma insospechada
dentro de los nuevos dinamismos que se están
dando en el mundo. Así, las referidas
dinámicas de globalización y sus
implicancias vienen
siendo un catalizador,
especialmente por el sesgo de los medios
de
comunicación hacia corrientes de
escepticismo radical o moderado y de relativismo
generalizado.
“
Políticamente correcto”
La
más famosa y discutida de estas
corrientes de relativismo es una que aparece con
visos pragmáticos en los Estados Unidos y
que -aunque no carece de argumentos
filosóficos
[10]-
se presenta más bien en un contexto de
relativismo social, epistemológico y de los
valores
[11].
Se trata de lo que se llama “
political
correctness[12]“
o “políticamente correcto”.
El nombre parece aludir a un manual de urbanidad,
pero en verdad no se trata de nada
ni
remotamente parecido. Es más bien, como se
ha dicho, el fruto de una postura ideológica
relativista, compleja y paradójica, ligada
por un lado a la
“homogeneización”
a través del lenguaje, y por otro al
concepto de “multiculturalismo
[13]“,
y nutrida de esa reiterada afirmación de que
a través de la revolución
infotécnica global se recibirán
múltiples ofertas de “verdades”
-entre comillas- que exigen un trato igual. Al
parecer esta postura de la praxis e
ideología de lo “políticamente
correcto” surge entre los alumnos de campus
universitarios norteamericanos y luego va
expandiéndose y tomando fuerza en ciertas
corrientes de pensamiento que le dan sustento y
alimentan su expresión. Berman afirma la
existencia
de una nueva versión
nacida bajo la influencia del revoltoso
París de 1968: “De Derrida y la
filosofía del '68, como un todo, viene la
idea del lenguaje y de la literatura como las
amplias estructuras impersonales que determinan la
naturaleza de la sociedad, más que el
gobierno o la economía o la
política. Igualmente de Derrida y de los
lingüistas... surge la idea
de ofrecer
una analogía crucial entre identidad
política y análisis
lingüístico. De Foucault y las
teorías nietzscheanas de la cultura (y de
Antonio Gramsci, el marxista italiano) viene la
idea de considerar a
la cultura como campo
de batalla para obtener el poder político.
También de Foucault viene el centrarse en
grupos sociales marginales. Del marxismo viene la
idea
de aproximarse a un benéfico
cambio social. De Lacan y los freudianos viene el
enfoque en lo crítico y en la
dominación
masculina. De escritores
tercermundistas viene una variación
anti-imperialista de la penosa visión de
tradición intelectual de la
civilización occidental
[14]“.
La etiqueta
El término parece
haber sido usado
ante el gran público hace más de
veinte años, en el ámbito de la
campaña electoral presidencial
norteamericana de 1975, por la feminista Karen
DeCrow, entonces presidenta de la
Organización Nacional de la
Mujer
(EE.UU.). El propósito era y es aún
para algunos eliminar todo tipo de realidad o
apariencia de discriminación y prejuicio
expresado lingüísticamente, y
según algunos, reforzado socialmente por el
lenguaje. Para sus partidarios el lenguaje
sería el vehículo de dominio y de
imposición. El llamado problema del lenguaje
sexista y del movimiento hacia un
género neutro que no refleje la llamada “sociedad
patriarcal” y evite el extremismo de una “sociedad
matriarcal”, está en marcha en muchos
lugares. Igualmente algunos bajo la “corrección
política” buscan la eliminación
del lenguaje agresivo, o violento, e incitador de
violencia.
Al parecer esta reacción de una sensibilidad
sumamente intensa y que
percibe el lenguaje
como la fuerza subyacente del poder y el dominio,
lleva a una poda del lenguaje, bajo un evidente
prisma ideológico. Parecería, pues,
que como según sus partidarios lo esencial
es el lenguaje, al controlarlo se
controlaría el poder. Bajo el amplio
paraguas de la “corrección
política” surgen subcorrientes
moderadas que buscan una expresión
más neutra en el discurso, así como
extremistas que conducen todo bajo su agenda
ideológica. Más allá de los
defensores de lo “políticamente
correcto” o quienes lo cuestionan total o
parcialmente, cabe señalar el problema de
la
ideologización del lenguaje, y de
que su uso lleva a disfrazar
las propias
opiniones, ciertamente mas allá
de
toda correcta cortesía. Obviamente, si de
cortesía se tratara, no tendría nada
de cuestionable. Pero, bajo ese amplio y
paradójico paraguas aparentemente bien
sonante se desliza, como ya se ha dicho, una
filosofía relativista de grave impacto.
George Orwell, el famoso autor de
Granja de
animales y de
1984, denuncia con acierto
el “neolenguaje” y el “doblepensar”
que hoy cobran inusitada actualidad en un escenario
concreto, diverso al tipo de totalitarismo que
él explicitaba en la figura del “Hermano
Mayor
[15]“.
Por ejemplo, cuando les es conveniente
resultó que “todo es relativo”,
pero en cuanto se cuestionan las expresiones de la “corrección
política” entonces lo que
debería ser relativo según sus
postulados se convierte en absoluto, en una
neoexpresión del “doblepensar”
[16].
Orwell en un
ensayo escrito en 1946,
titulado
La política y la lengua inglesa,
habla de la crisis en que ha caído
el idioma inglés, a propósito de
lo cual habla de la vaguedad de la lengua, del uso
de palabras sin
sentido que forman parte de
oraciones que carecen de todo sentido
-parecería que se adelantó al
uso lingüístico en no pocos de los
llamados postmodernistas-. También en lo que
hoy
se llama
traducción
dinámica, se dan algunos de sus cultores
que la llevan al nivel de la “invención”
alejándose increíblemente del sentido
original, y así oponiendo “su sentido”
subjetivo al del mensaje que dicen querer traducir,
en un nuevo homenaje al nominalismo.
En las propias palabras de Orwell, mas bien se ha
de entender “el lenguaje como
un
instrumento para expresar y no para ocultar o
prevenir el pensamiento”, “se ha
de dejar que el sentido encuentre la palabra
que lo expresa y no al revés. En prosa, lo
peor que uno puede hacer con las palabras es
rendirse ante ellas”. Estas reflexiones ya
manifiestan las características de lo que
llama “neolenguaje” y del “doblepensar”,
que denunciará luego categóricamente
en su obra
1984. El tal “neolenguaje”
es una lengua cuyo vocabulario se reduce poco a
poco eliminando ciertas palabras “fuertes”
o de carga fuerte, buscando que las palabras sean “inofensivas”
y exigiendo una nueva manera de hablar “inofensiva”
y homogeneizadora con la intención de
controlar la opinión pública a
través de los censores del lenguaje. Hoy la “corrección
política” tiene también sus
censores, que vienen a sustituir al “Hermano
Mayor
[17]“,
y se da un contrabando ideológico y una
opción metafísica y moral tras la
aparente inocencia en la selectividad de las
palabras y en el rigor con que se las quiere
imponer. La analogía entre la “corrección
política” y pasajes de denuncia de
Orwell parece sorprendentemente clara en buen
número de las situaciones.
El curioso caso de Nozick
Esto del “lenguaje inofensivo” de lo “políticamente
correcto” se vincula también con tesis
exóticas como las de Robert Nozick, y
encuentra un fuerte impulso en ellas
[18]“.
Nozick es de origen judeo-ruso, nacido en Estados
Unidos en 1938, y hoy un prestigioso intelectual de
Harvard. Precisamente también fue de Harvard
Henry David Thoreau -quien murió en 1862- y
a cuyo anarquismo idealista recuperado debe no poco
Nozick. Algunos dicen que más que anarquista
es “minarquista” -por su
concepción del estado mínimo-. Los
libertarios lo consideran uno de los mayores
pensadores. Nozick conoce bien a los
trascendentalistas norteamericanos, en quienes
quizás ha alimentado su individualismo
extremo, y, como algunos de ellos, se siente
atraído por visiones del budismo. Todo ello
muestra su huella en sus planteamientos.
El concepto de un Estado anticoercitivo da lugar en
él a postular una anticoercitividad social
general y personal, que centra en última
instancia en el juego de derechos/deberes y en el
lenguaje. Para Nozick el discurso orgánico y
probatorio que busca expresar un pensamiento como
verdadero y contundente es calificado como “poseedor
de una coercitividad” que resulta semejante
matefóricamente a los gritos violentos y
descorteses que se lanzan dos interlocutores
debatiendo. Es decir que –siempre
según la perspectiva de Nozick- ello porta
una interrelación negativa. Parte de que “todo
es relativo”, no habría verdad
objetiva alguna, y por lo tanto todo es “subjetivo,
todo es punto de vista”, “
doxa”,opinión.
Nada es “
episteme”,
conocimiento. Todo sería proceso, pasos en
la presentación de ideas. Uno de sus mayores
argumentos es que ninguna teoría ha
triunfado en sentido definitivo. Así, una
filosofía tendría que mantener
simultáneamente planteamientos mutuamente
excluyentes, pues no ha de rechazar ninguno.
Nozick dice que él no pretende que sus “ideas”
sean aceptadas como verdaderas, sino sólo
como “estímulo” para los
demás. El ideal de “prueba” que
teóricamente descarta, algunas veces sin
embargo se filtra en sus interminables argumentos
que obligan a quien lo lee a
seguirlos uno a
uno, en un periplo cansador de recorridos y temas
no pocas veces intrascendentes. Claro que los
supuestos estímulos se presentan en su
discurso con la carga de verdaderos, por lo que
llevan un pequeño o grande contrabando que
hace que el relativismo que portan se imponga como
verdadero “mediante sutil coercitividad”
-apareciendo falazmente como neutros, al igual que
el agnosticismo funcional-. Se trataría
según el autor de “explicaciones”
con la base de supuestos principios o creencias
antagónicas. Al final la herencia
analítica, de la que algunos dicen que se
separa, terminaría convirtiendo todo en un
hábil “juego de palabras”,
alguna vez sugerentes para comunicar una
aproximación a lo real que desespera de lo
real, y de lo verdadero y de la posibilidad de su
aprehensión. Así, pues, toda
afirmación explícita, lógica,
secuencial y coherentemente argumentada es
considera una imposición, una ofensa.
Quizá no se da cuenta cuánto cae en
aquello que sus “aplaudidas”
teorías del “pensamiento no coercitivo”
dicen rechazar. Por ejemplo, en su extravagante
libro
The examined life. Philosophical
meditations el filósofo profesional de
Harvard dice: “La teología cristiana
ha sostenido que hubo dos transformaciones
importantes en la situación de la humanidad,
primero la Caída y luego la
crucifixión y resurrección de Cristo,
quien redimió a la humanidad y la
proveyó de una ruta de salida de su estado
caído. Cualquier cambio de situación
o posibilidad que se suponía que la
crucifixión y la resurrección
habrían de ocasionar, hoy ha terminado: el
holocausto ha cerrado la puerta que Cristo
abrió -pontifica Nozick-. (Yo personalmente
no soy cristiano, pero eso no es un
obstáculo para ver -quizá me ayuda a
ver más claramente- cuáles son las
más profundas implicaciones para el
cristianismo). El holocausto es la tercera
transformación importante. Aún
persisten las enseñanzas éticas y el
ejemplo de la vida de Jesús antes de su fin,
pero ya no opera más el mensaje
salvífico de Cristo. En este sentido, la era
cristiana se ha cerrado
[19]“.
Y sigue en ese tenor.
Aparte de lo gravemente ofensivo de sus
planteamientos -totalmente absurdos para un
creyente-, resulta evidente el tono con que se
expresa Nozick. Uno con justicia puede preguntarse:
¿Dónde está la
anticoercitividad? ¿Dónde están
las neutras “explicaciones”?
Obviamente no se trata de imponer ideas ni siquiera
bajo la falaz máscara de “exponer,
simplemente”, pero tampoco se trata de llegar
al extremo de diluir el pensamiento de tal forma
que todo se confunda y dé lo mismo una cosa
que otra, en el más puro subjetivismo y
relativismo. Esto ya ocurre en los Estados Unidos,
en especial en los medios académicos, y en
los ecos valorativos y campañas en la
prensa. Cuando los hijos de la Iglesia asumen estas
categorías y no se preguntan cuándo
se pasa la frontera de la “urbanidad” a
la exótica ideologización de los
planteamientos teóricos de un
Nozick
[20],
se cruza el Rubicón del reduccionismo y del
relativismo en nombre del falso “respeto al
otro” o la “libre expresión”
de una subjetividad caprichosa ubicada en
razonamientos que “pretenden” hincarse
ante una cierta racionalidad. Pues, en realidad, no
se respeta al otro, ya que se falsifica la propia
creencia y se la disuelve en un
pseudodiálogo que resulta ser sólo “juego
de palabras”, donde la verdad pierde
interés y se la enmascara en favor de la
sumisión a unas curiosas condiciones de “diálogo”
que la transforman en una parodia. Como
decía Orwell, el lenguaje se torna en un
medio de ocultamiento. En la perspectiva del
encuentro interpersonal, de la respetuosa
comunicación de un yo con un tú,
estas ideas “anticoercitivas”,
recogidas como en caja de resonancia en la
ideología de la “corrección
política”, constituyen una de las
mayores ofensas que se le pueden hacer al otro, que
responden a un individualismo que se sumerge en el
solipsismo existencial.
“
Pensamiento débil”
, “
moral
débil”
Pero las teorías de la anticoercitividad
surgidas en Norteamérica no están
solas. Existe una contraparte europea, o mejor
dicho italiana, que está representada por un
profesor de la Universidad de Turín: Gianni
Vattimo. Para él todo pensamiento que afirme
ser o buscar una armonía con el mundo
objetivo está totalmente fuera de lugar. Su
categoría básica es el llamado “pensamiento
débil”
(“pensiero debole”).
Rechaza la metafísica, porque sus
categorías estarían debilitadas.
Vattimo teme y rechaza que su pensamiento
débil se transforme en un sistema
metafísico -cree que la “aventura
metafísica del pensamiento, como la llama,
ha llegado ya a su fin-, o en un principio de
síntesis, y postula más bien que esa
condición de “debilidad” es la
que genera la crisis sobre la verdad y la nutre.
Para él no hay verdad como tal. En su ensayo
de reivindicación de Nietzsche y en su uso
de Heidegger postula una recuperación del
irracionalismo, al que considera aún “no
suficientemente exorcizado”. Para él “la
racionalidad debe debilitarse en su mismo
núcleo, debe ceder terreno, sin temor a
retroceder hacia la supuesta zona de sombras”.
Para Vattimo lo verdadero “no posee una
naturaleza metafísica o lógica, sino
retórica”. Tenemos acá una
implícita declaración de nominalismo.
Así: “Un pensamiento débil lo
es... en virtud de sus contenidos
ontológicos, del modo como concibe el ser y
la verdad: en consecuencia, es también un
pensamiento desprovisto de razones para reclamar la
superioridad que el saber metafísico
exigía en relación a la praxis”.
Así, hablar de debilidad del pensamiento, de
debilidad ontológica, es hablar
también de la debilidad en la
expresión de ideas y de débil
adhesión a las mismas. Lenguaje
anticoercitivo, pensamiento, moral y lenguaje
débil, y “corrección
política”, son todas manifestaciones
del escepticismo y relativismo que hoy está
presente en la anticultura.
El Cardenal Camillo Ruini, en una
intervención en Lima, Perú, en el
V Congreso Internacional sobre la
Reconciliación en 1996, permite captar
mejor el alcance de estas graves tendencias: “Característica
de esta situación histórica es el
hecho de que la misma fe cristiana es puesta en
entredicho, en sus contenidos de verdad y en sus
normas morales, realizándose fáciles
selecciones, escogiendo lo que se adapta a nuestras
sensibilidades, expectativas, intereses y
rechazando en cambio lo que parece
oponérseles. Es más, y en modo
incluso más radical, se pone en duda el
mismo contenido esencial de la fe, es decir Cristo,
la actuación salvífica de Dios a
nuestro favor, que es sustituida frecuentemente por
un genérico sentimiento religioso sin un
compromiso vital. De este modo se debilita el
fundamento mismo y la estructura que mantiene el
acto de fe, esto es la acogida de la
revelación y comunicación de
sí que Dios nos hace en su Hijo Jesucristo
para nuestra salvación. Esto se da en el
contexto del “pensamiento débil”,
para usar una expresión de moda hoy en
Italia, y de las respectivas “adhesiones
débiles”, a toda realidad o
institución comunitaria, que caracterizan a
las actuales sociedades y culturas europeas, donde
predomina la idea de la relatividad, equivalencia
y, en fin de cuentas, indiferencia de toda verdad y
de toda adhesión. Nos enfrentamos, en ultimo
análisis, a un eclipse del concepto mismo de
verdad en nuestra cultura y vida social y por
tanto, como ha dicho el sociólogo italiano
Franco Garelli, con “una relación
desligada del concepto de verdad” y en
consecuencia con la “devaluación de
las creencias religiosas desde el rango de las
certezas al de las opiniones
[21]“.
Así, además de su dinámica
obvia, por esta “neutralidad” o “pensamiento
débil” se puede llegar a verdaderas
situaciones grotescas. Por ejemplo, considerar que
la evangelización de la cultura es una
imposición, pues parte de una
convicción sobre la verdad y la posibilidad
de su aprehensión y se manifiesta en la
adhesión personal a la fe y sus contenidos
que se expresa en un lenguaje de fe, en un “pensamiento
fuerte” ajeno a los relativismos y que
atiende la palabra del Señor Jesús: “Sea
vuestro lenguaje: “Sí, sí”;
“no, no”: que lo que pasa de aquí viene del
Maligno”.
Dentro de este esquema de “corrección
política”, de “pensamiento
anticoercitivo”, o de “pensamiento
débil” (“pensiero debole”),
y de sus evidentes consecuencias -la
suavización u homogeneización
expresiva en relación a otros, así
como la “privatización de la
religión”-, lo que se obtiene
socialmente es modificar la conducta de quienes
deberían ser consecuentes anunciadores de la
verdad, evangelizadores que tras las huellas del
Señor Jesús anuncien la Buena Nueva.
El precio es ingresar a un proceso de “homogeneización”
ya sea por quedarse callados, no proclamar la
doctrina de vida, arrancar las páginas
socialmente incómodas del Evangelio,
silenciar los aspectos de la Tradición que
molestan al
establishment, no optar
abiertamente por una cultura de vida, aparentar o
convertirse en agnósticos funcionales, o
relativizar la propia creencia, atenuarla buscando
hacerla menos precisa más general, menos
exigente de coherencia y así pasar como un
producto más, sin identidad marcada, sin la “supuesta”
coercitividad que no le gusta a Nozick, con la “debilidad”
que postula Vattimo, sin esa incómoda
radicalidad de quien sigue al Señor
Jesús con la mente y el corazón, sin
molestar a los demás por el contenido de la
fe, sometiéndose a las reglas del mercado
establecidas por la coercitividad blanda o
“light”
de un “anónimo consenso”.
Acuario y signo de contradicción
Ante esto cabe preguntarse dónde queda el
Señor Jesús como “signo de
contradicción”. ¿Acaso en el
proceso descrito no se opta por aquel “mundo”
negativo en un sentido joánico –por
sus ideologías, métodos y
demás- en contra de la fidelidad al
Evangelio? ¿Qué hay de aquello que dice
el Espíritu por el Apóstol: “No
os conforméis a este mundo? ¿O
quizá hay quien piensa, según la
crisis metafísica de la verdad que estamos
considerando, que el Evangelio no tiene sustento o
que no tiene un mensaje megasignificativo, para
todas las culturas, épocas y pueblos? Negar
esta rica realidad histórica de la Iglesia o
presentarla de otra forma hoy en día es
haber sucumbido a las teorías de moda que en
el fondo portan una carga de relativismo brutal e
incluso en algún caso de nihilismo. Claro
que para aquellos que constituyen el
establishment o lo que se llama “cultura
de muerte”, sería quizá mejor
un cristianismo sin Iglesia, una adhesión “débil”,
subjetiva y selectiva, o una religión de
sólo barniz cristiano, de sólo
barniz, como por ejemplo lo que se da en esa
religiosidad vacua y sincrética del
fenómeno que se llama
New Age, que
llega a ser un espiritualismo sin trascendencia, un
gnosticismo ocultista de la llamada “era de
acuario”, o una especie de panteísmo.
Hay que tomar conciencia de que todos los avances
tecnológicos y las globalizaciones con sus
secuelas no han silenciado el anhelo de
trascendencia de los dinamismos más
profundos de la mismidad humana. Y quizá en
algunos casos lo han avivado. Ese hambre de Dios
sigue presente y viva en la naturaleza humana. La
contestación del
New Age, con su
afán de responder al ansia de infinito de la
creatura, es precisamente un sucedáneo que
busca sustituir la verdadera respuesta ofrecida en
la Iglesia por el Señor Jesús.
Ciertamente es una falsa o pseudo respuesta pero
constituye un intento de acallar el hambre de Dios,
la nostalgia de infinito del ser humano.
Esto en realidad no es novedad en América.
El
New Age es un fenómeno semejante
al viejo ocultismo experiencialista, al
trascendentalismo norteamericano del siglo pasado,
que expresa una reedición del paganismo en
nuevas coordenadas espacio-temporales. Aquello de
un cristianismo sin Iglesia ya se escuchaba hace
unos 28 años, cuando Julio Santa Ana
publicaba su
Cristianismo sin religión,
en el marco sincretista de secularismo y
marxismo. E incluso entonces era un eco de lo que
ya a finales del siglo pasado el papa León
XIII consideraba inaceptable para un hijo de la
Iglesia cuando en su carta
Testem benevolentiae
nostrae señalaba el error de quienes
considerasen que la Iglesia debe “acercarse
algo más a la cultura de este mundo adulto”
y “condescender con los principios y gustos
recientemente introducidos entre los pueblos. Y
muchos creen que estas concesiones han de
entenderse no sólo sobre los modos de vida,
sino también sobre las doctrinas contenidas
en el depósito de la fe”. Para ello,
decía el papa León XIII, pretenden “omitir
ciertos puntos de doctrina, como si fuesen de menor
importancia, o atenuarlos de tal manera que ya no
conserven el mismo sentido que constantemente ha
mantenido la Iglesia”. Precisamente al no ser
esto novedad no cabe excusa para descuidar la
evaluación de los graves alcances de estas
formas en que el relativismo se presenta hoy, a
pesar de que algunos lo vean como fuerza “homogeneizadora”
conveniente para la globalización.
[1]
El profesor Belk, de la Universidad de Utah,
señala: “El futuro comercial de un
mundo único... es menos fantasioso y menos
inocente de lo que a primera vista puede parecer”
(Russell W. Belk,
Hyperreality and
globalization: Culture in the age of Ronald Mc
Donald).
[2]
En su informe Our global neighbourhood, la
autodenominada Comission on Global Governance
considera que los factores arriba señalados
son sólo algunos de los que están
haciendo posible que el ideal que ellos proponen de
un “global neighbourhood” (“barrio
global”) sea una realidad.
[3]
El tema de la “homogeneización”
no sólo en parámetros y usos
económicos, sino culturales, y lo que ello
significa a escala nacional, contando con la
existencia de tradiciones y expresiones locales
propias, ha sido motivo de reflexiones en el
pasado. Lo demuestra fácilmente la
existencia de criterios como
melting pot y
assimilation. Incluso desde la perspectiva
marxista se ha producido una reflexión en
ese sentido. Por ejemplo, el
heterodoxo
marxista italiano Antonio Gramsci alude al tema
en varios pasajes. Va como ejemplo éste: “La
elaboración unitaria de una conciencia
colectiva homogénea demanda un amplio rango
de condiciones e iniciativas. La difusión
desde un centro homogéneo de una
homogénea manera de pensar y de actuar es la
principal condición, pero no debe ser ni
puede ser la única” (
Cuadernos de
la Cárcel, 24,3).
[4]
En el prólogo el primer volumen de su
trilogía, habla el autor
catalán-estadounidense de “
particularistic
identities” (ver Manuel Castells,
The
information age. Economy, society and culture.
Volume I: The rise of the network society).
[5]
En el tomo segundo de su trilogía Castells,
como en un mosaico o quizás más al
estilo de “cajón de sastre”,
reflexiona sobre la identidad y esta tensión
y algunas de sus manifestaciones concretas ante la
presión globalizadora (ver Manuel Castells,
The information age. Economy, society and
culture. Volume II: The power of identity).
[6]
El mismo Barber ofrece una suerte de excusa por el
uso de “jihad” en la edición de
1996 de su libro
Jihad vs. Mc World
(Ballantine Books, p. 299).
[7]
Benjamin Barber, ob.cit., p.4.
[8]
En todo caso extenderse en esto merecería
otro artículo.
[9]
En una postura diversa a la de Francis Fukuyama, en
El fin de la historia, Samuel Huntington en
The clash of civilizations and the remaking of
world order anuncia un futuro de hostilidades
globales de carácter cultural. Para
él la paz será fruto de un mundo “multipolar”,
de “múltiples civilizaciones”
coexistiendo si sus áreas de influencia
cultural permanecen intocadas. Su compleja tesis
plantea que lo que se designa como Occidente debe
mantenerse dentro de sus límites y dedicarse
a arreglar el caos de valores morales y principios
que están minando su propia identidad.
[10]
Paul Berman, en
The debate and its origins
(1992) apunta como el trasfondo de la
corrección política lo que llama “las
diferentes versiones de la filosofía del ‘68”
(
Debating P.C.: The controversy over
political correctness on college campuses, Dell
Publishing, p.7).
[11]
Francis J. Beckwith apunta con acierto dos
perspectivas filosóficas que se expresan en
y refuerzan esta corriente de la “corrección
política”: “(1) el relativismo
epistemológico; y (2) el relativismo de los
valores (
value relativism). En este trabajjo
he presentado una crítica filosófica.
He concluido que las dos perspectivas fallan
filosóficamente. Siendo, pues, éste
el caso, la base filosófica de la
corrección política colapsa”
(
The epistemology of political correctness,
en “Public Affairs Quarterly”, Bowling
Green, vol.8, n.4, p.338).
[12]
La traducción parecería ser “corrección
política”, pero hay quienes sugieren
que está mejor expresada en “políticamente
correcto”. Usaremos ambas.
[13]
Hoy en día, ante el desprestigio en muchos
ambientes del political correctness, el “multiculturalismo”
lo encarna y expresa. Obviamente por esta palabra
no se alude realmente a la respetuosa coexistencia
de diferencias y aportes culturales diversos en un
marco societario común, lo que desde una
perspectiva latinoamericana no ofrecería
novedad alguna. En el fenómeno
estadounidense se trata más bien de un
proceso de atomización que se funda en el
relativismo. Entre los presupuestos radicales de
esta corriente que señalan Francis
J.Beckwith y Michael E.Bauman hay dos que por ser
su falacia tan explícita no requieren mayor
comentario: “todas las culturas han
contribuido con igualdad (equally) a la historia de
la raza humana”; y “todo juicio puede
ser reducido a la “pesrpectiva cultural”
(
Are you politically correct? Debating America’s
cultural standards, Prometheus Books,
p.11).
[14]
Paul Berman (ed.),
Debating P.C., pp.
13-14.
[15]
No son escasas las denuncias de profesores,
especialmente en los Estados Unidos, contra la
intensa coerción y presión ejercida
por partidarios de lo “políticamente
correcto” que, como el orwelliano “Hermano
Mayor”, están siempre el acecho de
quien se sale de las pautas impuestas.
[16]
Ver George Orwell,
1984, parte primera,
c.III.
[17]
Los diversos libros que critican la
ideología y la praxis de lo “políticamente
correcto” suelen tener amplios elencos de
casos de hostigamiento contra quienes no se someten
a los parámetros “políticamente
correctos”.
[18]
Esto es así a pesar de que en
The nature
of rationality, Nozick defiende que la
racionalidad es esencial para los seres humanos,
tema no tan grato para algunos defensores de la
corrección política (ver Robert
Nozick,
The nature of rationality, Princeton
University Press).
[19]
Robert Nozick,
The examined life: philosophical
meditations, Simon and Schuster, p.239.
Presuntuosamente –por decir lo menos- este
ídolo del libertarismo norteamericano dice
que judíos y cristianos pueden aceptar que “cualquier
cosa que Cristo haya alguna vez logrado... hoy ya
no es así; vivimos en un estado irredento...
El holocausto ha empujado nuevamente ante nosotros
el tema de la redención, excepto que ahora
la redención debe venir de nosotros mismos,
de la humanidad como un todo, con un resultado
incierto” (allí mismo, p.241).
[20]
Se entenderá que acentúe lo del
aspecto teórico porque de un libro a otro
libro Nozick no parece respetar sus propias
teorías.
[21]
Card.Camillo Ruini,
La misión de la
Iglesia frente al Tercer Milenio en el Magisterio
de Juan Pablo II, en V Congreso Internacional de la
Reconciliación.
Nueva
Evangelización rumbo al Tercer Milenio,
Vida y Espiritualidad, Lima 1996, pp.30-31.