Con una conferencia del destacado filósofo y político italiano Rocco Buttiglione —cuyas palabras se reproducen en este número de HUMANITAS (pp. 737-749)—, la Pontificia Universidad Católica de Chile inauguró el 5 de agosto pasado el Centro UC de la Familia, el cual, radicado en la Facultad de Derecho, convoca también a académicos de las Facultades de Teología, Filosofía, Medicina y Ciencias Sociales.
Desde el Concilio Vaticano II, la Iglesia ha puesto a la familia en el centro de su preocupación
pastoral no sólo por la relevancia social que ella tiene para una armoniosa convivencia intergeneracional sustentable, sino por la verdad del amor humano que en ella se revela. Como escribió de modo insuperable Juan Pablo II en Centesimus annus, en ella «el hombre recibe las primeras nociones sobre la verdad y el bien; aprende qué quiere decir amar y ser amado, y por consiguiente qué quiere decir en concreto ser una persona». Es completamente distinta, como recordaba Buttiglione, la visión que se puede tener de la sociedad si en lugar de poner en su fundamento la lucha por el reconocimiento entre varones, que tantos filósofos modernos han asumido como clave de interpretación de la convivencia social, se pone, en cambio, la relación entre el varón y la mujer, su mutua y recíproca acogida y donación, que los realiza en su vocación y los proyecta en la recepción y educación de los hijos nacidos de su unión. El amor esponsalicio ayuda a comprender la sabiduría antropológica escondida en la diferencia sexual del varón y la mujer, llamados a ser una sola carne a partir de su diferencia y en virtud de su diferencia.
Cuando ella se pasa por alto y se habla de los seres humanos en forma genérica, se produce una abstracción que normalmente esconde la comprensión de cada ser humano como un fin en sí mismo, subordinándolo funcionalmente a la economía, a la voluntad de poder, a las expectativas de un rendimiento intelectual o comunicativo.
No deja de llamar la atención que tanto el pensamiento moderno como las mismas ciencias
sociales empíricas proyecten sobre el matrimonio y la familia esquemas nacidos para explicar situaciones sociales completamente diversas, como la división del trabajo, la lucha de clases, la búsqueda de hegemonía, juegos de roles y tantos otros, y no vean, por el contrario, la natural y espontánea complementariedad y recíproca donación que nace del amor entre un varón y una mujer, la sociabilidad surgida y educada en la acogida de los hijos y en el respeto a su condición de personas. Por ello, el magisterio de la Iglesia ha dicho que la familia es una escuela del más rico humanismo y ha perseverado en esta afirmación no obstante aparezca por doquier, especialmente en el mundo occidental, una familia crecientemente debilitada y dañada por las rupturas conyugales, los hijos nacidos fuera del matrimonio, muchas veces indeseados y expuestos a violencia intrafamiliar. Cualquiera sea la situación de hecho por la que atraviesan las familias y que es un deber de las ciencias empíricas investigar con acuciosidad, la familia es siempre mucho más que una situación de hecho. Ninguna familia se puede constituir en virtud de la violencia o de una relación injusta, aun en el caso en que, con posterioridad, se haya producido alguna situación de este tipo. La experiencia del amor humano vivido en la recíproca donación de un varón y una mujer trasciende las situaciones de hecho en la misma medida en que realiza a sus protagonistas como personas, compromete su inteligencia y su voluntad y educa su libertad a la acogida del don que representa cada vida humana que llega a la existencia.
La tarea de un centro para el estudio de la familia no puede ser entendida, en consecuencia,
como el mero dominio especializado del saber relativo a un ámbito temático. Por la naturaleza de su objeto de estudio, está también abierto a la comprensión de esa dimensión sapiencial del amor humano que se reactualiza cada vez que se constituye un matrimonio y una familia, y que se ofrece a la sociedad con la evidencia de la solidaridad intergeneracional que suscita y recrea la cultura de los pueblos. La belleza del cristianismo
reside en el reconocer que el mismo Dios que se revela como Amor Trinitario es también Logos, es decir, esa luz que ilumina el sentido último de todo lo que existe, de todo lo real. La familia, como reflejo de ese mismo amor, con todo lo imperfecto que pueda ser ese reflejo, es también un principio de intelección sobre el conjunto de la realidad humana. Quienes se dedican a su estudio pueden ofrecer, en consecuencia, un precioso servicio a la sociedad.
Siendo pues la familia la institución básica para el desarrollo de una convivencia auténticamente
humana fundada en el amor y que educa a todos sus integrantes en el amor, con la materialización de esta iniciativa ha comenzado a saldarse una deuda que la Pontificia Universidad Católica de Chile tenía con la sociedad. El estudio de la familia, su protección y su cuidado son tareas ineludibles de la sociedad. La Universidad puede ahora dedicar toda su sabiduría y competencia a este servicio.